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LA NUEVA NORMALIDAD


La confesada tarea del gobierno español estos días es alcanzar la “nueva normalidad”. No es este un concepto periodístico sino un término empleado oficialmente por el gobierno, directamente parido en las zahúrdas de La Moncloa, por quién sabe qué grupo de expertos ocultos en los sótanos de este triste palacio. Éstos deben ser los que han elaborado lo que han denominado pomposamente “plan para la transición hacia una Nueva Normalidad”.

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  Por mi parte la reflexión que me tiene entretenido es entender en primer lugar qué es la “normalidad”, o al menos qué es lo que por “normalidad” entiende este gobierno. Una vez fijado ese concepto ya se podrán analizar las diferencias entre las “normalidades”, que como Castilla, también hay dos la nueva y la vieja. 

Como tantas palabras de uso frecuente de ésta nos es conocido su significado pero es complicado definirla con precisión.  Acudo como casi siempre a pedir el auxilio de la RAE, donde aparecen siete acepciones de esta palabra. Descartando otras que no hacen al caso me quedo con la segunda acepción, conforme a la cual, la normalidad es lo “habitual u ordinario”, y con la cuarta, que entiende normalidad es aquello que “por su naturaleza, forma o magnitud, se ajusta a  ciertas normas fijadas de antemano”.

      La primera de las acepciones hace relación a lo que es. A la realidad tal y como ha llegado a ser, a lo habitual y ordinario, y en el contexto actual, lo referiríamos a nuestra realidad cotidiana tal y como se ha formado después de nuestro devenir vital, tanto particular como social. Ello comprende nuestros hábitos diarios, lo que solemos comer, vestir, hacer, hablar y pensar en general. Son el fruto de nuestra propia experiencia individual y de la experiencia colectiva como miembros de la tribu. Así entendemos “lo normal” como un adjetivo calificativo aplicable a cualquier cosa, persona o actividad cuando se presente en su forma más frecuente y ordinaria. Por su parte la “normalidad” sería un sustantivo con el que definimos una realidad conformada por el conjunto de hábitos, costumbres y patrones que rigen la vida ordinaria y cotidiana de las personas y por extensión de la sociedad.

      Pero vimos que había otra acepción de “normalidad” conforme a la cual ésta se define como aquella realidad que se ajusta a ciertas normas fijadas de antemano. Este segundo sentido atiende, no tanto a lo “que es”,  sino a lo “que debería ser”. Esta normalidad, más entroncada con el concepto de normatividad, es la que de manera apriorística aprueba criterios que fijan los contornos de la misma. Se decide de antemano lo que es normal y lo que no es normal. Lo primero es lo que se ajusta a los parámetros previamente establecidos y regulados. Lo que está dentro de ellos conforma “la normalidad”. Por ejemplo, unos análisis clínicos nos indicarán unos valores concretos de colesterol  o de la bilirrubina, y nos los entregarán con la explicación de si aquéllos se encuentran entre los valores mínimos y máximos en los cuales se encuentra la normalidad, límites que se han fijado previamente por alguien que ha establecido esos valores de la normalidad. Si lo referimos a nuestros hábitos de vida y costumbres sociales y de pensamiento la normalidad, en este sentido, será la que se desarrolle dentro de unas pautas o reglas previamente aprobadas. Es la normalidad planificada, ordenada y definida en la que de antemano está estipulado que lo normal es una forma determinada de vestir, comer, hablar y pensar. Es la normalidad surgida de las normas o impuesta por ella.  

  Así pues, vemos que la normalidad es un concepto anfibológico que por un lado nos dice lo que nos es conocido y habitual en cada momento (esté o no dentro de la norma, es decir, sea o no sea ilegal), y por otro son un conjunto de criterios que fijan los márgenes dentro de los cuales esas costumbres y hábitos son aceptables y por tanto fuera de ellos no hay normalidad. El problema surge cuando se entremezclan ambos conceptos y el poder, en vez de limitarse a respetar la normalidad existente, entiende que debe “normalizar la normalidad”. Es decir, diseñar e imponer una normalidad estableciendo unos límites dentro de los cuales deben encuadrarse los hábitos, costumbres o ideologías, y por tanto fijando cuales son normales y cuales no lo son.

   En verdad siempre que aceptamos vivir como individuos en sociedad admitimos que se fijen determinados límites. Por ello la cuestión se debe plantear en términos de proporción o intensidad. Por ejemplo, aunque haya normas en ambos casos, no es igual de aceptable una regulación legal que nos dice que no es normal el matar a otra persona que otra que dijera que es anormal el onanismo o el adulterio. Tampoco sería aceptable decir que éstos últimos conforman la normalidad, simplemente las normas deberían abstenerse de entrar en esos asuntos y dejar a la sociedad que decida sin imposiciones su propia normalidad, una vez excluidas las anormalidades flagrantes como el asesinato o el robo. Y tampoco presenta la misma intensidad de fijación normativa de la normalidad cuando los límites pasan de ser negativos (prohibiciones) a ser positivos, y la normalidad se destina a imponer conductas activas (obligaciones), y sobre todo imposiciones activas sobre la ideología de las personas (debes pensar dentro de la forma que se ha considerado como normal).

     Aunque los dos conceptos son a veces difíciles de deslindar y como hemos visto se entremezclan, revelan claramente que hay dos formas de entender la normalidad:  la natural y la planificada. La primera es la que nace de una tradición colectiva de una manera espontánea y por decirlo así nace desde abajo. Las normas que surgen de la misma son posteriores a la normalidad vital y regulan una situación dada, que reconocen, aceptan y modulan evitando estridencias. Hay una normalización de la normalidad suave o atenuada, y en este caso la norma es posterior a la normalidad creada en el seno de la sociedad y fruto de su libre desarrollo y natural evolución, y por tanto consecuencia de ésta.

    La  segunda forma de entender la normalidad es la que se impone por el  poder desde arriba, la diseñada u organizada. La norma se configura como un instrumento para crear la normalidad o para sustituirla si es preciso. Hay una normalización de la normalidad intensa o reforzada, y la norma precede a la normalidad y es su creadora.

    Los que nos tenemos por liberales defendemos sin vacilación la primera. Queremos la normalidad, por decirlo así, que nos da la gana y por tanto que se respete la forma de vivir que queremos como individuos y no la que nos sugiere o impone el Estado. Eso no supone, obviamente, prescindir de las normas pero sí entenderlas como unos instrumentos niveladores y de evitación de abusos, reconocedoras de situaciones de hecho preexistentes, y nunca instrumentos para el control del pensamiento. Esto es hoy prácticamente de imposible o muy difícil aplicación, porque el creciente desarrollo de los medios de información y control de esa información hace que la tentación planificadora sea infinita por todas las ideologías. Por eso no conviene engañarse, el ámbito de libertad real hoy es bastante limitado, pero al menos pedimos desde esta perspectiva que me atrevo a definir de conservadora, que los cambios y adaptaciones que requiere la “normalización de la normalidad” sean lentos, paulatinos, adaptados a las necesidades reales y sobre todo, en la medida de lo posible, voluntarios.

    Frente a esa opción se presenta hoy en día como ideología absolutamente dominante la de los planificadores, los organizadores, los diseñadores de la normalidad.  En términos masónicos diríamos que ostentan el poder los arquitectos y constructores de la realidad. Éstos parten de una idea preconcebida del deber ser y utilizan los medios que sean necesarios para conseguir que la sociedad se adapte a su plan. Los medios de los que se sirven son sobre todo las leyes, pero también los medios de comunicación social, la imposición de modas, la ridiculización de las costumbres tradicionales, en suma, la ingeniería social con todas las herramientas a su alcance. Para esta posición ideológica la misión del gobernante y del legislador es diseñar la sociedad y para ello tiene que intervenir activamente hasta conseguir que la sociedad quede normalizada y los individuos se muevan dentro de los parámetros de normalidad que previamente han dibujado.

     En principio esta intención planificadora y controladora podría obedecer a diversas ideologías que quieran imponer su forma concreta de ver la sociedad. En el pasado hemos observado como la sociedad era diseñada por la religión en las variadas formas de estados confesionales y todavía hoy esto ocurre en los estados confesionales islámicos. Pero en Occidente en la actualidad hay un proyecto dominante ideológicamente que prevalece sobre cualquier otro en su pretensión de control social y de dominación de cuerpos y mentes.

      Y ese proyecto lo abanderan los que se autodenominan como progresistas, concepto que comprende un amplio espectro ideológico, con muchos matices, pero que tienen en común la idea de la construcción de una sociedad conforme a sus valores que tienen por superiores y que se atribuyen a sí mismos legitimidad para imponer su propia  normalidad a los demás.

   Por eso cuando el actual gobierno español formado por una coalición socialista-comunista y encuadrado en el espectro ideológico que hemos definido como progresista habla de “nueva normalidad”, debemos entender ese concepto en sus correctos términos. Ante la ocasión de haberse producido una ruptura de la normalidad existente como consecuencia de la irrupción del virus llegado de China, no procede restaurar la situación anterior (vieja normalidad), sino aprovechar la coyuntura para avanzar en su proyecto filosófico-político y en la imposición de una normalidad diferente a la anterior y por lo tanto «nueva». Esa normalidad la tienen diseñada desde hace tiempo y trabajan sin descanso para imponerla poco a poco. La gran dificultad que han tenido para imponer totalmente su nueva normalidad era la de romper con la normalidad anterior. Pero ese trabajo de ruptura ya lo han hecho sus correligionarios chinos, probablemente de manera involuntaria (aunque nunca sabremos si es así), por lo que ahora procede ejecutar la segunda parte,  la de la implementación de la “Nueva Normalidad”, la creación de las nuevas normas que delimiten lo que a partir de ahora va a ser nuestra nueva vida normal.

Tal vez en este contexto sean más comprensibles determinadas medidas adoptadas por nuestros gobernantes encaminadas, por decirlo así, a reforzar los efectos rupturistas del virus, tales como imposición de medidas de confinamiento extremo e incluso en zonas rurales o aisladas donde carecían totalmente de sentido; de paralización extrema de la economía; de adopción de medidas extremas de suspensión de derechos y libertades; de control y censura de las redes sociales. Además se han generado hábitos sociales de obediencia extrema al poder que hoy son justificados por una alarma sanitaria, pero mañana pueden ser por otros motivos menos confesables. Cuanto más intensa sea la brecha que se causa en la sociedad y más se destruya su vieja normalidad, más fácilmente se asumirán los postulados de la nueva normalidad.

En qué consistirá esta nueva normalidad lo iremos viendo, pero ya se van predibujando algunos trazos del boceto: relativización de derechos fundamentales, geolocalización de las personas, control por big data de movimientos, de ideas, de hábitos personales, de hábitos de consumo, clasificación del individuo por su ideología, religión, sexualidad, valores, etc., falta de transparencia en política, control de medios de comunicación, censura de opiniones discrepantes, desaparición física del dinero, estatalización y control de la economía, desaparición de la propiedad privada, …. e incluso el nacimiento de los vigilantes espontáneos de la nueva normalidad que son capaces de denunciar al vecino que cometa a su juicio cualquier desliz. Pero sobre los nuevos policías de balcón hablaré en otra ocasión.

Sólo me queda una última pregunta para concluir: ¿La nueva normalidad es en realidad un eufemismo con el que no llamar por su verdadero nombre a una nueva dictadura?.

EL SEÑOR OSCURO

Siento miedo. Miedo real. Uno se cree muy valiente al escribir en un blog y piensa que sus osadas opiniones sólo las van a leer los amigos, los conocidos y algún que otro curioso desconocido. Realmente, como escribí en la portada, la intención de este Blog era tener un carácter «clandestino», aunque usando este término como licencia poética con un sentido de reservado, limitado, restringido, escondido o discreto. Y no tanto con el verdadero sentido que tiene ese término de permanecer oculto para burlar la ley. La intención es escribir por placer y sin pretensiones y no buscar un exceso de notoriedad, sino al contrario, pasar un poco desapercibido.

Pero en el breve espacio de tiempo de existencia de este blog se han producido dos hechos extraños, muy extraños para mí, que hacen que tenga la sensación de que soy observado.

En la entrada en la que hablaba sobre la gripe española, y en la que cité por sus nombres al presidente de los Estados Unidos y al fundador de ese gigante de la informática que ahora es un famoso filántropo, se recibieron en el blog dos visitas desde ese país que está entre México y Canadá. No conozco a nadie en ese país. En realidad sí, conozco a una persona, un viejo amigo del Colegio que vive en Pasadena y trabaja en la Nasa. Pero la persona a la que me refiero no sabe de la existencia de este blog. Por ello esas visitas me resultaron ya sospechosas.

En la entrada anterior a la presente («Lex Aquilia»), en la que escribí sobre la responsabilidad que habría de soportar un país lejano, comunista y famoso por una gran muralla (y que no es la de Ávila), he recibido en el blog dos visitas desde ese país. Y en ese país, que ya no me atrevo a mencionar, no conozco absolutamente a nadie.

Me siento como el portador del anillo cuando recibía la mirada de Sauron, el Señor Oscuro. He conseguido que se pose en mí su siniestra mirada, seguramente con ninguna buena intención. Tengo la sensación de que ya he quedado fichado como ser poco amistoso.

Resulta inquietante que se escriba en una página perdida en la vorágine de las millones de ellas que debe haber en todo el mundo, y que no pase desapercibida y llame la atención del Poder que todo lo escruta, hasta los últimos confines de la blogosfera. No me imagino un blog más recóndito y humilde que el presente, y aún así han posado en él su mirada, han escudriñado, han olfateado y probablemente han anotado cuidadosamente.

Siento en la nuca el aliento del Poder que además ha querido dejar rastro de su presencia. Es como despertarse con una cabeza de caballo en la cama. Tomo nota de su poder y quedo advertido. En lo sucesivo seré más cauto. Y habré de empezar a practicar el arte del disimulo y la ocultación para que no vuelva a posarse sobre este diminuto blog el poderoso ojo del Señor Oscuro.

A lo mejor es que yo soy un poco paranoico, por lo que pregunto a mis selectos lectores: ¿No os parece raro que se interesen por mis escritos desde esa región del planeta ya impronunciable para mí?

LEX AQUILIA

   Desde que comenzó la epidemia del coronavirus hay un enigma sin resolver, aparte de la solución médica a la enfermedad. Es el del verdadero origen del virus. Lo único que parece claro es su aparición en escena en un punto  geográfico concreto de la República Popular China en la ciudad de Wuhan (nombre que por cierto me sonaba a chino hasta hace poco, y que sorprendentemente me sigue sonando igual). Wuhan es a decir de las enciclopedias la capital del provincia de Hubei, una región que tiene más de 57 millones de habitantes, y la capital, incluyendo el barrio chino que sin duda tendrá, unos 11 millones.

    En cuanto a su origen no geográfico, sino de filiación o identificación de sus progenitores, la cuestión parece menos clara.  Está por un lado la versión oficial que afirma que es un virus de origen animal transmitido al hombre desde el murciélago o el pangolín, bichos que al parecer tienen la costumbre en ese país de tomar para merendar en vez de conformarse con un rico flan chino mandarín.  

     Junto a aquélla aparecen una enorme variación de teorías no oficiales en las que se puede ver un grado mayor o menor de conspiranoía. Las más moderadas entienden que en el laboratorio chino para estudio de los virus, que causalmente estaba situado también en Wuhan ( El «Instituto de Microbiología de Wuhan») hubo un descuido, una negligencia o un accidente que hizo que el virus se escapara del lugar donde estaba confinado. Paradojas del destino, parece que el virus se desconfinó así por las buenas, sin desescalamiento ni fases, de golpe. Es desde luego una casualidad mosqueante que el virus aparezca en el mismo lugar donde está ese ya célebre laboratorio. Murciélagos y pangolines hay por todos lados pero laboratorios que trabajen con virus sólo uno. ¿Casualidad o causalidad? La realidad es que la versión oficial tiene más trampas que una película de chinos.

   Teorías más atrevidas incluso afirman la existencia de una intención maliciosa de dejar escapar el virus para causar un desastre económico mundial. Básicamente el plan consistiría en arruinar al resto del mundo y adquirir sus activos a bajísimo precio.  Algunos incluso creen que el plan está saliendo a las mil maravillas.

      Reconozco mi afición por las conspiraciones y lo crédulo que suelo ser. Me gustan, me atraen las teorías conspiratorias como la miel a las moscas. Siempre creo que todo poder se propone engañarnos como chinos y ocultarnos la verdad de lo que sea. Pero reconozco que, en esta ocasión, estando más preocupado por evitar el contagio o entretenido en otros asuntos, no he reparado demasiado en ellas.

      Pero para una vez que yo estaba tan orgulloso de mi sensatez, por no dar demasiado pábulo a las teorías conspiranoicas, resulta que tampoco acierto. Todo el mundo más o menos oficialista asume la teoría de la conspiración, de modo que me he quedado con cara de tonto creyéndome casi en solitario la verdad oficial.  Ni que decir tiene,  que he cambiado inmediatamente de bando, pues no voy a ser yo menos que el Secretario de Estado de Norteamérica, su homólogo alemán o australiano y otros tantos.  Son muchos los países, por decirlo así, serios y sensatos, que dudan de la tierna historia del pangolín y más bien sugieren o afirman que el virus salió del siniestro laboratorio donde los chinos juegan a aprendices de brujo.

     De momento, como diplomáticos que son, no van más allá que a sugerir la existencia un descuido y como mucho una falta de información culposa. Todavía no han dado el paso, como si han hecho algunos científicos entre ellos el ínclito Montagnier, de afirmar que es un virus de creación puramente artificial en el laboratorio. Ya que me cambiado al bando de los conspiradores no me voy a quedar a medio camino y  ya estoy dispuesto a defender con armas y bajages la exigencia de una explicación razonable. Basta de cuentos chinos. ¡Queremos saber la verdad!.  Reconozco que no tengo ni idea de ciencia, pero soy un aceptable conspirador de tertulia de café, que es mucho más divertido al menos para mí.

    Pero sobre todo lo hago por interés.  Creo que el interés de nuestro país y del resto de nuestros vecinos es acreditar la responsabilidad de China en el origen, en la propalación del virus, en la falta de información veraz y en la ausencia de control de sus fronteras que permitió que expandiera por todo el planeta. La cuestión es clara, si es responsable del daño causado, debe asumir las consecuencias de sus actos y las reparaciones que sean procedentes. Esto es lo que en derecho, al menos el occidental heredero del derecho romano, se denomina como responsabilidad aquiliana, en memoria de la Lex Aquilia y que acoge nuestro Código Civil al indicar que quien por culpa o negligencia causa daño a otro deberá indemnizar al daño causado. Desconozco totalmente el derecho chino, en el caso de que exista, pero me apostaría a que existe un precepto semejante, así como en el Derecho Internacional, porque la citada ley no hace otra cosa que recoger un principio General del Derecho de validez universal.

    Conforme a ello corresponde a China indemnizar todos los daños económicos causados por su culpa o negligencia. Y los países soberanos deberían reclamarle estas indemnizaciones como por ejemplo se exigieron a los países derrotados al final de la Primera y de la Segunda Guerra Mundial. Es su responsabilidad moral que debe traducirse en responsabilidad patrimonial y compensaciones económicas concretas.

    Cuestión aparte es quién le pone el cascabel al gato. ¡Naranjas de la China! será la respuesta que obtenga del doble de Winnie the Pooh quien se atreva a reclamarle un sólo yuan. Esta es hoy la partida en el tablero de ajedrez del poder mundial con dos bandos diferenciados. Por un lado China el país el causante del daño que está defendido por sus secuaces entre los que están  la Organización Mundial de la Salud, empeñada en defender a capa y espada la versión oficial, y la cohorte de  aliados globalistas de la siniestra izquierda internacional capitaneada por Soros, quien aprovechando que el Elba pasa por Hamburgo, quiere utilizar la ocasión causada por el desastre para cumplir su viejo sueño de imponer por fin sus ansiados eurobonos.

      En el otro bando estamos los damnificados, los que sufrimos el daño, los que hemos sido engañados como chinos. Probablemente no tengamos los arrestos para exigir la responsabilidad al verdadero causante del daño, es un enemigo demasiado poderoso. Aunque como dije antes creo que esta idea de las compensaciones por daños no esté ajena al pensamiento de muchos gobernantes y si se unieran todos los damnificados en un frente común la lucha sería menos desigual.

      No sé lo que harán el resto de países. Pero yo reclamo del mío una actitud de defensa de nuestra soberanía exigiendo a nuestros gobernantes que pidan explicaciones a China, y si aquéllas no son satisfactorias, tengamos la valentía de reclamarles los cientos de miles de millones de Euros que nos está costando su dejadez o su maldad. Como primera medida por nuestros gobernantes sería considerar extinguida por compensación la parte de la deuda española que está en manos de China, casi un 10% del total de nuestra deuda pública, es decir, a ojo de buen cubero, unos cien mil millones de euros. Y los ciudadanos deberíamos tomar conciencia de ello, del origen de nuestra desgracia, de los causantes de la tortura china que padecemos, y negarnos a recibir producto alguno que venga de ese país.

      No sé si esto arreglaría algo, pero como dijo Confucio: “Es mejor encender una vela que maldecir la oscuridad”.

HOY, QUE PUEDO SALIR, ME METO EN UN JARDÍN.

   Hoy voy aprovechar el confinamiento rebajado para meterme en un jardín del que no sé cómo voy a salir. O mejor si lo sé, voy a salir desplumado. Y sólo puede librarme de ello el hecho de ser un mamífero implume.

  Me está llegando a mi teléfono desde varios de mis contactos una grabación radiofónica emitida recientemente en la que un tertuliano ha hecho una disertación en la que compara la forma de afrontar la crisis del Coronavirus en varios países del mundo. Supongo que a esto se refieren cuando califican una noticia de viral. A que se expande con la rapidez y contagiosidad de un virus, y que sólo lavándote las manos como Pilatos o estornudando en el codo, te puedes librar de él. Yo en este caso reconozco que no he sido un vector de contagio (sea lo que sea que signifique esto), puesto que no lo he reenviado a nadie. Y no lo he reenviado a nadie, no por su interés, sino por suponer que ya lo tendrían mis hipotéticos destinatarios. Pero sí lo he escuchado atentamente.

    La disertación que hace el tertuliano trata de como los países que mejor han afrontado la pandemia están gobernados por mujeres. Se afirma que, al menos entre los mejores del Mundo (entre los que desde luego no está España), hay siete de ellos que están gobernados por mujeres. Estos países son Nueva Zelanda, Alemania, Finlandia, Taiwan, Islandia, Noruega, Dinamarca.  Y la cuestión es si la conclusión a la que llega ese tertuliano, que no es otra que las mujeres son mejores gobernantes, es una conclusión correcta.

  Cuando ya tenía unas líneas escritas para reflexionar sobre esta cuestión, en uno de los grupos de chats a los que pertenezco, y en el que por ser de compañeros de un colegio masculino todos los miembros somos varones, se formó un animado debate. Por un lado unos consideraban esta grabación como sexista y oportunista, y otro grupo alababa las bondades de estas opiniones, y que las conclusiones eran correctas y que en cualquier caso no eran sexistas, sino objetivas y realistas.

   Yo me alineé de inmediato con el primer grupo, e hice una breve intervención que no hace al caso, más impulsiva que reflexionada, como es normal cuando se escribe tan apresuradamente. Por ello me limité a tomar nota del debate y a retomarlo aquí para escribir mi opinión al respecto. Y sobre todo donde nadie puede contradecirme.

      Y tengo que concluir que para mi esa intervención del tertuliano que tanto éxito ha tenido en las redes sociales,  es sin duda alguna,  sexista, tendenciosa y oportunista. Me explicaré. No dudo del hecho objetivo de que esos siete países tienen como presidente de sus respectivos gobiernos a mujeres. Tampoco que esos países hayan hecho una gestión buena o razonable de la crisis del coronavirus. Y ni siquiera que estos siete países estén entre los mejores del mundo en la gestión de la crisis, aunque el hecho de  hacer escalafones es más dudoso, porque para ello habría que por un lado tener claro los criterios con los que valorar la gestión y la certeza de los datos que se han proporcionado.

     Y de hecho esa afirmación de que esos siete países gobernados por mujeres son los que mejor han gestionado, es cuando menos tendenciosa. Y lo es porque excluye de ese escalafón a muchos países que han actuado muy correctamente, pero tienen el pequeño defecto de no estar gobernado por mujeres. Así si consideramos la ratio entre número de fallecidos por coronavirus y población total, tenemos por ejemplo que Nueva Zelanda tiene 3,9 fallecidos por millón de habitantes, pero su vecina Australia tiene 3,7 por millón, si bien no aparece en la lista por no está gobernada por una mujer.  Y tampoco entra en esa lista Japón, con una ratio de 3,5 por millón o Corea del Sur, con 4,8 por millón y que además tienen en común su cercanía con China. Y en Europa, con una ratio mejor que la de Alemania (79 por millón), están Austria (66), Hungría (33), Polonia (17) o Grecia (14). De hecho, algunos de ellos presentan una ratio superior que Noruega (37) o Islandia (27). La buena gestión de todos ellos resulta si se compara con el dato que corresponde a España (851) o Bélgica (672). Luego parece que ese listado, si bien incluye países bien gestionados y gobernados por mujeres, no incluye otros países igual o mejor gestionados pero que no están gobernados por mujeres. A pesar de ello esta construcción no se ha cuestionado y se ha aceptado sin discusión. Y se difunde como se difunden en general las cosas, por que dicen lo que la gente quiere oír.

Y esta opinión, que a mi me llegó a través del mencionado tertuliano, se ha generalizado en la red, apareciendo muchas páginas que replican sin cuestionar este contenido. Como muestras: https://www.womennow.es/es/noticia/coronavirus-mujeres-buena-gestion-crisis/ ; https://videos.elmundo.es/v/p3hTj0RlFMk-los-paises-gobernados-por-una-mujer-se-han-enfrentado-mejor-al-coronavirus; https://www.clarin.com/mundo/coronavirus-paises-gobernados-mujeres-mejor-respuesta-_0_jZ0WYnVr-.html;    

Si se pone en el buscador Google la expresión “países que mejor han gestionado la crisis del Coronavirus”  aparecen en lugar destacado dos entradas una de Antena Televisión que dice “¿Por qué los países liderados por mujeres han gestionado mejor la crisis del Coronavirus? .Y otro del diario La Rioja ¿Están las mujeres mejor dotadas para resolver la crisis de la COVID-29?

    El meollo de la cuestión es si tomando esas premisas, la conclusión al silogismo es que las mujeres son mejores gobernando que los varones, o al menos mejores gestionando situaciones de crisis, tal y como afirmaba el tertuliano. Y la respuesta correcta es que no. Por supuesto tampoco sería admisible sacar la conclusión de que son peores. Con esas premisas simplemente no es posible obtener conclusiones.

    Para ello habría que contrastar qué hubiera pasado en esos países si su gobernante fuera varón, lo que es imposible. Pero, y esto ya es una simple opinión, tal vez la gestión no hubiera sido muy diferente, porque por mucho que se quiera ponderar los méritos de un gobernante, el éxito de muchas gestiones derivan de equipos, de la educación de sus ciudadanos, de los sistemas de organización administrativa, sanitaria, de los recursos de los que se dispone,  etc.. Y tampoco se debe despreciar en  esta valoración los criterios que tienen los diferentes países para seleccionar bien a sus gobernantes, sean hombres o mujeres. Y no olvidemos que algunos pueblos, como nuestra querida España, parece tener un sistema que lleva a elegir como gobernantes a los más ineptos e incapaces. No es desdeñable el valor de un líder, que sabe optimizar todo lo bueno y minimizar lo negativo, pero considerar que es factor único de valoración de la dirección de un país parece excesivo. Hay otros factores que tienen en común la lista de países mejor gestionados. Por ejemplo, cinco de esos siete países son europeos y de lo que podríamos llamar la Europa del Norte. Excluyendo Alemania, son países relativamente pequeños y que reciben poco turismo. Y en ese listado ocupan un lugar destacado países que son islas: Taiwan, Islandia, Nueva Zelanda (gobernados por mujeres), Japón, Australia (gobernados por hombres), a los que habría que añadir a Corea del Sur, que si bien es una península, su aislamiento con su vecino del norte lo convierte de hecho en una isla. Y no sabemos cuantos otros condicionantes que pueden influir.

  Pero aparte de todo ello hay que concluir que las siete mujeres a las que nos referimos lo han hecho bien, muy bien. Han sido previsoras en anticipar medidas y eficaces en la gestión una vez que la pandemia ya era un hecho. Mi enhorabuena a los pueblos que han tenido esa suerte que aquí no hemos tenido. Y que han tenido la habilidad de elegir para gobernarles a personas capaces y diligentes.

   Pero creo que, a pesar de ello,  no es posible extraer una regla general.  Pongamos un ejemplo, si  entre los   gobernantes de los doce países mejores  hubiera siete rubios y seis morenos, ¿nos parecería bien si alguien dijera que son mejores gobernantes los que tienen pelo de color trigueño?. Poético pero falso.

  La afirmación de que las mujeres gestionan mejor parte de la premisa de que las mujeres son una categoría unívoca. Que todas las mujeres del mundo comparten unas mismas virtudes, defectos, potencias y aptitudes. Y a la vez que estas son diferentes de las que corresponden a los varones.   Llevamos más de cien años propagando a los cuatro vientos la igualdad de hombres y mujeres, para ahora afirmar que unos y otros son esencialmente diferentes. Afirmar que las mujeres gestionan mejor que los hombres, sólo es posible afirmando la desigualdad entre unos y otros. Deberíamos por tanto aclararnos , o bien somos iguales hombres y mujeres, o bien somos desiguales. Y si somos desiguales, sería necesario definir cuáles de las características que aparecen en los seres humanos son masculinas y cuáles femeninas, pero de verdad, sin tópicos ni lugares comunes, sin complacencias ni prejuicios ideológicos. Yo me meto en los jardines que quiero, pero en ese, no voy a entrar. No creo que socialmente interese iniciar una guerra de sexos. Al menos a mi no.

      Por ello afirmar que las mujeres afrontan mejor las crisis o que gestionan mejor que los hombres, es una afirmación necesariamente sexista. Y lo es por que parte de una valoración asentada en el sexo de los miembros valorados. Es tan sexista como sería afirmar lo contrario, es decir, que los hombres gobiernan mejor que las mujeres. La única afirmación que me parecería correcta sería decir que hay gobernantes buenos y malos y unos y otros pueden ser varones o hembras.

     Otra cuestión es que ese sexismo, es decir diferenciación por sexos, solo está hoy en día bien visto, y sólo es socialmente admisible, si el comentario sexista resulta elogioso para las mujeres y también en el caso que el comentario es  negativo para el varón. Pero no es tan correcto si es favorable al hombre o perjudicial para la mujer. El comentario del tertuliano es una prueba perfecta de lo que afirmo. Se  aplaude  y se difunde el sexismo, porque es favorable a la mujer. Y este sexismo, es decir la valoración de las personas por su sexo, cuando la valoración es favorable a la mujer se denomina feminismo y se lleva como un orgullo ideológico por muchas personas.

     En el segundo caso, es decir si la comparación es favorable al varón, se denomina machismo, que es un término despectivo, y claramente teñido de connotaciones negativas. No voy a decir que lo que se denomina como machismo o feminismo sea sólo esto, pero eso queda para otro día.

En todo caso, en la vida cotidiana y mucho más en la publicada, uno camina por terreno seguro si afirma que las mujeres son más listas, más aplicadas, más prácticas, más sensibles, más valientes, más organizadoras, más empáticas e incluso más simpáticas que los varones. Pero uno se mete en terrenos pantanosos, un auténtico cenagal, un jardín sin salida, si afirma que los varones son en algo superior a las mujeres. Si por ejemplo reseño el dato (sacado de internet) de que entre los Grandes Maestros y los mejores cien jugadores de ajedrez del mundo de la historia sólo hay una mujer (la húngara Judit Polgar, puesto 43 en julio de 2009), seguramente me ganaré de la antipatía muchas personas, e incluso muchos me afearían y con razón que esta afirmación es de un indudable mal gusto, sobre todo si se utiliza en un contexto inadecuado o pretendiendo esgrimir una superioridad. Que conste que sólo lo utilizo aquí como ejemplo de laboratorio y no para reivindicar nada. Y vaya por delante que si bien hay hombres que juegan muy bien al ajedrez, yo por el hecho de ser hombre no juego bien, de hecho soy muy malo, y seguramente perdiera con cualquier mediana jugadora con la que me enfrentara. Tampoco siento una cercanía especial ni orgullo particular, ni emoción alguna como varón por el hecho de que esos Grandes Maestros sean en su mayoría de sexo masculino, francamente me es indiferente. Pero también sé, que si digo que las mujeres gobiernan mejor, aunque el dato sea dudoso, me llevo el aplauso general.

  En realidad creo que no digo más que obviedades. Porque creo que es obvio que las personas valen lo que valen con independencia de su sexo. Es cierto que esto no siempre ha sido así, y que en el pasado las condiciones de igualdad no eran las de hoy. Había otro mundo, otro contexto y otro reparto de roles. Pero quiero creer que eso ya no es así, o al menos no debería serlo y en todo caso no utilizar los agravios pasados para futuras venganzas. Yo creo que hay que valorar a los individuos y no a los colectivos. Y como individuos hay machos y hembras valiosos, de manera individualmente considerada. Buenos y malos gobernantes de ambos sexos. Mujeres asombrosas y hombres asombrosos, así como todo lo contrario, tanto en el sexo masculino como en el femenino aparecen ejemplares absolutamente despreciables. Y la mayoría, pues ni una cosa ni otra, es decir «normalitos» tanto ellas como ellos. Y en los colectivos, simplemente no creo, ni los hombres colectivamente considerados son mejores que las mujeres, ni al revés. Como cualquier otra generalización, aquélla me parece absurda, ni los catalanes son mejores que los castellanos, ni los andaluces son vagos. Dentro de cada colectivo hay individuos de todos los pelajes.

  Espero que no me retiren el saludo alguno de mis amigos y amigas, y que me perdonen si algo les ha molestado, por que no es mi intención ni molestar, ni ofender. Yo, que soy muy ingenuo, y creo conceptos como los de la igualdad, tiendo a no valorar las distinciones que tienen su origen en el sexo de las persona valorada. Puede que no haya agotado el tema. Puede incluso que olvide algo importante, pero es mi honesta opinión. Quiero creer que de verdad tenemos interiorizado esa igualdad, pero estaría bien que desaparecieran las consideraciones sexistas, tanto en un sentido como en otro. Pero tengo claro que soy un ingenuo y además que me gusta adentrarme en jardines e incluso en berenjenales.

CONFINADO VII.

Escribir es dejar impresos en un soporte cualquiera ideas o estados de ánimo. Y me inclino por una mayor importancia de lo segundo, porque incluso las ideas se exponen con más o menos claridad según el estado de ánimo de quien las expresa. Los impulsos que parten desde el cerebro hasta los dedos para transformarse en palabras, vienen teñidos del color del traje con el que está vestida el alma al tiempo de escribirlas. El hombre tiene la capacidad de pasar de una posición vital de absoluta tristeza a una de inmensa alegría, pasando por cientos de estados intermedios, tales como  apatía, emoción, desolación, melancolía, expectación, impaciencia, entusiasmo, resignación…. Es imposible enumerarlos todos, y lo cierto es que en un simple día se pueden atravesar muchos de ellos sin tener muy claro cuáles son los detonantes del paso de uno a otro.

  Hoy he escuchado una interesante reflexión sobre la nostalgia y me ha hecho pensar que yo la padezco en un grado casi patológico. Pero lo más sorprendente es que no la refiero a algún momento concreto de mi vida, sino que sobre todo, tengo nostalgia de lo que no he sido. De todas las posibilidades que se perdieron por el camino, de las ocasiones perdidas, de las palabras no dichas. De haber estado preso de miedos, vergüenzas y auto castraciones mentales. A menudo he actuado pensando en los demás, en lo que puedan llegar a pensar de mí. En suma, creo que tengo nostalgia de la libertad, de haber sido verdaderamente libre. Pero de esta limitación sólo yo tengo la culpa, lo que realmente me hace más culpable. Pude ser libre y elegí no serlo, o no me atreví a serlo, pero en todo caso es una cuestión estrictamente personal y no de libertad política. Obviamente estas reflexiones no interesan a nadie, pero al menos hoy me doy el capricho de escribir lo que realmente quiero, sin concesiones a la opinión de los demás.

   Este cuaderno de bitácora se está convirtiendo inevitablemente en una manifestación de los estados de ánimo que se suceden durante este confinamiento. El propósito manifestado en la portada de este blog, era observar la realidad circundante, el mundo que tengo a mi alrededor,  y descubro que en gran medida, en vez de eso,  lo dedico a observarme a mí, que soy de todo lo que está pasando, lo menos interesante.

     Pero supone para mí un auténtico imperativo ético reflexionar acerca de la forma en que esto me afecta ante la cercanía del peligro. La guerra que se libra en el Mundo ha dejado de ser algo difuso y lejano, una vaga sensación de que imperceptiblemente iba ganando el gran hermano orwelliano, para tomar formas concretas y reales. Siempre he querido conservar la sensación, seguramente falsa, de libertad. Intuíamos que el enemigo andaba por ahí, pero hacíamos grandes esfuerzos para no verlo, para no darnos por enterados. Pero hoy esto es ya imposible. Estamos sujetos a un arresto domiciliario forzoso e imperativo, el poder se manifiesta en nuestra vida con toda su crudeza, y además esta situación está siendo aprovechada, por ciertas personas y poderes reales para efectuar un ataque frontal a nuestro “way of life”, a nuestra realidad cotidiana. Llevamos años sufriendo un paulatino y lento ataque a nuestra forma de vida, pero ahora estamos realmente ante un auténtico sitio de nuestra débil fortaleza. Encastillados en la ciudadela donde resistimos los ataques de nuestros enemigos, que curiosamente son las mismas personas que supuestamente nos defienden. Los ataques de todo orden a derechos y libertades que creíamos conquistadas, indiscutibles y parte esencial de nuestra vida, se han recrudecido al encontrar un poderoso aliado en un virus descontrolado, y nuestras defensas empiezan a presentar grietas severas en los muros. Y yo quiero conservar a toda costa el derecho a seguir sintiendo la libertad como una parte esencial de de mi ecosistema vital, el derecho a decir lo que quiera o a no decir nada, y seguramente por eso a estas alturas de mi vida me he embarcado en esta reivindicación de la libertad de expresión que suponen estos escritos.

    Mi único consuelo es que, si conseguimos sobrevivir, puede que esto nos sirva para descubrir el juego taimado de muchos jugadores, que lo hacen a varias barajas. Tal vez no consigamos la vacuna contra el virus, pero si no consiguen vencer, habremos de quedar vacunados al menos durante una generación contra el totalitarismo. Pero también es posible que no consigamos conservar la libertad suficiente para contarlo.

CONFINADO (VI) POR BULERÍAS

 En esta fase del confinamiento, cercana al pico (no sabemos todavía si subiendo o bajando),   la palabra que se oye en todos los mentideros es la de “bulo”, valga la redundancia.

  Para el poder instalado, todo lo que le perjudica o molesta es un bulo creado por sus enemigos. Es cierto que en las redes sociales circula de todo, pero difícilmente sabemos quién es el autor último, la causa última y eficiente de la propalación. Para el poder no hay duda de que el autor de ellos es un colectivo de ciudadanos anónimos debidamente organizado, como un cuerpo místico de la mentira, que debe ser vigilado, acallado,   censurado y al fin expulsado de las redes, donde sólo deben existir los que conocen cual es la correcta interpretación de lo que debe ser la libertad de expresión.

 Todo el mundo acusa a todo el mundo de ser autor o propalador de bulos. Cualquier afirmación, opinión, crítica, comentario o propuesta es inmediatamente anatemizada … es un bulo.

   Pero cuando oímos en una declaración pública a un gobernante decir una falsedad evidente, con la intención de eludir su responsabilidad, de autojustificarse, de echar a otros las culpas que a él le corresponden, y en suma, de engañar a sus conciudadanos, asistimos perplejos a la causa primera y directa, a la epifanía del bulo en su estado puro, que se nos presenta así en toda su perfección y libre de toda mácula, con un grado de pureza que no causa más que justa admiración.

    Y digo yo si no deberíamos enfocar el asunto desde una perspectiva de género, para examinar si procede referirnos al  bulo y la bula. Un pensamiento más reposado nos hace ver que la palabra bulo es claramente negativa, y por tanto nadie va a discutir su indudable carácter masculino. La bula, además es otra cosa. Pueden ser papales, como aquellas que vendía el buldero que contrató a Lazarillo. Aparte de éstas, en su sentido coloquial, tener bula implica poder hacer algo que a los demás no les está permitido, y desde esta acepción, se puede decir sin remordimiento que hoy en día hay personas con bula para el bulo y otros que claramente carecen de ella.

Hoy, aparte de poco inspirado, me siento un poco bufón, y por ello he dejado que lleguen hasta mi mano, desde mi cabeza, estos versos que quieren tomar la forma de un soneto en alejandrinos y que se presentan al modo de una adivinanza. ¿De quien hablarán?

Si por ser un casi- rey tiene bula para el bulo
Será su semi-imperio un plagio del infierno
mentiras son verdades en las salas del averno
Y sólo en el cielo no se admite el disimulo.
 
Si bula cree tener, no es sabio sino mulo
O burdégano irrespetuoso con lo eterno,
O pudiera ser presidente de un gobierno
Quien por ley trueca la bandera en cachirulo.
 
De bulo, la rima malsonante he olvidado
Por no ofender, que “no es no” sólo por un rato,
lo que era blanco ayer, es hoy negro indubitado.
 
Todo puede ser, según convenga, liebre o gato,
Sólo en tristes bulos cum laude doctorado,
da igual, si hay quien te cree: o truco o trato.

CONFINADO V. VIRUS CHINO/GRIPE ESPAÑOLA

A nadie se le escapa que la causa de nuestra actual situación es el celebérrimo virus llamado «coronavirus» o «covid-19». Parece ser que el primero de los nombres es referido a que en su contorno exterior tiene algo que podría asemejarse a una corona, nombre que ha conservado en su expresión en latín y por ello es idéntica al término en español. Pero como parece que son varios los virus «coronados», habría que apellidar éste de una manera especial. Y el lenguaje popular pronto pasó a identificarlo como el «virus chino», o incluso «peste china». La razón es evidente, por mucho que nos quieran confundir, si una cosa tenemos clara en esta enfermedad, es que proviene de China. Y a pesar de este origen o procedencia geográfica indudable, la corrección política universal se ha lanzado en tromba a evitar esta denominación. Apellidar el virus por su origen supone estigmatizar a todos los chinos. Probablemente tienen razón quienes así lo afirman. Está claro que la identificación del virus con China es una connotación negativa para ese país, y por ello los grandes esfuerzos para evitarlo. El Ministro de Asuntos exteriores chino protestó enérgicamente y a nivel global por el hecho de que al coronavirus se le denominara como virus chino. Cuando un político español, por cierto buen amigo, afectado por la enfermedad, lo denominó en twitter como «maldito virus chino», la embajada china en Madrid salió inmediatamente a criticarle tachándole de racista, y le espetó en un perfecto castellano un «contratuit» en el podía leerse : «La libertad de expresión tiene límites. La @WHO denominó oficialmente el virus como #COVID19, abogando por evitar referirse a cualquier ubicación geográfica, cultura, población...»

Así defiende el Estado comunista chino su buen nombre y sus intereses comerciales y políticos. Evitando cualquier conexión con el virus. Pudo empezar en China, pero hoy se enseñorea por todo el planeta, y por tanto utiliza todos sus esfuerzos para negar toda relación. Y en la misma forma que ellos se defienden, sus enemigos (USA) le atacan recordando más o menos intensamente la conexión del virus con China, sabedores del daño en la reputación que hace el colocarte el nombre de una enfermedad. Por ello Donald Trump ha repetido en numerosas ocasiones la expresión «virus chino» para referirse a actual epidemia. Ante estos ataques la sospechosa Organización Mundial de la Salud (OMS / WHO) ha salido inmediatamente en defensa del honor de China, dando instrucciones a los ciudadanos del planeta y, para evitar el estigma que ello supone, nos ha impuesto la obligatoriedad de utilizar la expresión COVID-19 para referirnos al maldito virus chino (con perdón). Son esas unas siglas que no ofenden ya a nadie. No creo que sea el lugar para analizar a quien obedece esa Organización y la sobreprotección que parece haber ejercido sobre China en esta pandemia, al menos si hacemos caso a la opinión del Presidente Trump. No podemos olvidar quien (WHO) es actualmente, el mayor contribuyente de la OMS, que no es otro que la Fundación de Bill Gates y señora (como quiera que se llame esa señorona progre), es decir una organización puramente privada y no precisamente de ideología conservadora. Los bienpensantes españoles no parecen escandalizados con este tema, aunque esos mismos en el caso de una Fundación de una empresa del IBEX que hace donaciones altruistas a la sanidad española la critican de manera feroz.

Pues bien, aceptemos el término COVID-19, que es un término neutral y no ofensivo que se forma con las siglas de las palabras «COrona-VIrus-Disease», más una referencia al año 2019, en el que apareció el virus. Aceptemos como conveniente la supresión de la referencia a China, o a Wuhan, o cualquier otra connotación geográfica o de origen. Como los años no tienen honor ni pueden ser estigmatizados, ni existen defensores del número 19, ni Organizaciónes Internacionales trabajan a su favor, no será necesario suprimir la mención al año 2019. En caso contrario cuando alguien se refiera la actual pandemia, podríamos encontrarnos que habría que definirlo como un virus de origen desconocido, que empezó en algún lugar del planeta en un año cualquiera de la primera mitad del siglo XXI, y luego se extendió por otros países, causando situaciones de infelicidad a la población. Nada preciso y nada claro, pero sobre todo, y es lo importante, no ofende a nadie.

Nota: el verdadero significado de las siglas «covid-19», que me ha sido revelado en un sueño profético: «COmo VIvirás Diferente al año 2019» Este nombre nos indica que el virus ha venido cambiar nuestra vida, que ya nada será igual a partir del mismo.

Sorprende la exquisitez de trato con los chinos y el total desprecio para con los españoles, que tenemos que seguir admitiendo que todavía hoy que la gripe de 1918, sea llamada «gripe española»

La razón de reflexionar sobre la conveniencia o inconveniencia de hablar del «virus chino», y a la postre, de aceptar que no se identifique al virus con china, me traslada a la más famosa de las identificaciones de las recientes epidemias, me refiero a la conocida mundialmente y sin ningún tipo de remordimiento bienpensante, como la «gripe española». En este caso parece que no hay problema para estigmatizar, para identificar una enfermedad con un país y no hay protestas, que yo sepa, de la Organización Mundial de la Salud. La epidemia a la que se identifica con ese nombre tuvo lugar en el año 1918, y fue devastadora en cuanto al número de fallecidos, alrededor de 40 millones de personas y muchas de ellas personas jóvenes. Ni siquiera comenzó en España, ya que está acreditado que el primer caso empezó en Kansas (Estados Unidos) y de allí en plena I Guerra Mundial pasó, probablemente traída por soldados americanos, a los frentes de batalla de Centro-Europa. Ocurrió que en mitad de la Gran Guerra todos los países beligerantes, decidieron por unanimidad atribuirle la gripe al único país europeo sensato que se mantuvo al margen de la guerra. Mientras la censura de los países en guerra prohibía hablar de muertes para no minar la moral de los combatientes, la prensa española hablaba con libertad de la epidemia llegada de más allá de Los Pirineos, que causaba estragos y miles, o cientos de miles de muertos. Incluso llegó a enfermar el propio Rey Alfonso XIII. Como era el único país en que se hablaba con libertad de esa enfermedad, y en el que la gente moría sólo por la gripe, y no además por las balas, pareció que sólo existía aquí. De todos modos atribuir a los españoles lo que no le gusta es una constante en la historia de Europa, ya es casi una costumbre hacer causa de todos los males al salvaje Sur, a la incivilizada España. Mientras se mataban millones de personas en una estúpida y salvaje guerra, parece que sólo se pusieron de acuerdo ambos bandos contendientes en una cosa, en bautizar la gripe como española, tal vez como castigo por ser una única nación realmente civilizada y cuerda, que supo mantenerse neutral y al margen de esa cruel masacre. De este modo como en tiempos de Guillermo de Orange, la culpa de los muertos, no la tenía el enemigo real, sino que la tenía uno imaginario, los españoles, y con una total e inmerecida unanimidad aquel mal, paso a denominarse como «gripe española».

Un siglo después, así sigue llamándose a la gripe del año 1918, de manera unánime y universal. Si uno busca en google «spanish flu«, recibe 103 millones de respuestas. Hay un hecho curioso. Si se escribe en español en google las palabras «gripe española«, aparece en Wikipedia una entrada denominada «Pandemia de gripe 1918», y en su explicación comienza así «La pandemia de gripe de 1918, también conocida como la gripe española…». Si por el contrario se busca en google en inglés «spanish flu«, aparece la página de Wikipedia en inglés titulada «SPANISH FLU», -es decir «GRIPE ESPAÑOLA»- que comienza así: «Spanish flu also known as 1918 flu pandemic». Esto denota que en todo el mundo, al menos en el mundo angloparlante, la forma primera por la que es conocida esa epidemia es la de «gripe española».

Mi sorpresa es todavía mayor cuando la muy venerable, respetuosa y adalid de la corrección política Organización Mundial de la Salud (WHO) dice en su «Informe sobre la vigilancia mundial de las enfermedades infecciosas propensas a las epidemias – Influenza» que la «pandemia de 1918-1919 llamada «gripe española» fue particularmente virulenta y mató a unos 40 millones en todo el mundo«.

https://www.who.int/csr/resources/publications/influenza/CSR_ISR_2000_1/en/

La conclusión de todo ello es que como para casi todo hay una doble vara de medir según a quien afecte una cuestión. Los chinos no se merecen que el virus lleve su nombre, a pesar de su indudable origen en ese país, ( y sin entrar en la explicación de la causa de la epidemia). Sin embargo los españoles sí debemos merecer dar nombre a una epidemia, a pesar de que no fuimos más que una víctima más, ni siquiera el origen de la misma. Y es cierto que no es el caso de España el único que da nombre a un virus en virtud del origen del mismo, recordemos la fiebres de Malta, y mucho más recientemente el Virus de Ebola que es el nombre de un río y una región del Congo. Parece evidente que ni España, ni Malta ni el Congo, tienen el poder que tiene China para controlar su imagen y su buen nombre en el Mundo.

CONFINADO IV

Estoy utilizando mucho, y sobre todo en estos escritos, la expresión “confinamiento” o “confinado”, y he caído en la cuenta que nunca había analizado esta palabra detenidamente. Hasta hace poco era una palabra más del idioma que conozco y hablo, una de tantas. Pero desde que comenzó la cuarentena obligatoria que padecemos, esta palabra se ha puesto de moda y por ello me propongo una breve reflexión sobre la misma. La propongo como palabra del año, a pesar de que sólo estamos en el mes de abril. Al menos la propongo como candidata para competir con “desescalada”, aunque no sé si esta es una auténtica palabra o un palabro del “politiqués”, idioma con el que nos bombardean los políticos y los medios a su servicio, y que las personas normales usamos cuando queremos ponernos finos y supuestamente enterados de algún tema, y sobre todo ser políticamente correctos.

Confinado según la RAE significa estar una persona condenada a vivir en una residencia obligatoria. Según esto, ¿estamos realmente confinados? Pues sí, la definición parece bastante exacta para describir nuestra situación, tanto en lo que se refiere a tener una residencia obligatoria, como al hecho de que sea una condena. En este segundo caso la expresión supone un tropo literario, puesto que se utiliza la palabra condena en sentido figurado o metafórico, ya que, aunque no responde a la finalidad propia de las condenas penales propiamente dichas, como una pena impuesta por la comisión de una conducta reprochable, sí que coincide tanto en sus efectos (arresto domiciliario), como en su origen, en cuanto es impuesta por el poder de forma coactiva.

No nos engañemos, nuestra vida siempre está confinada por algo, siempre nos movemos dentro de unos límites, ya sean espaciales, temporales, económicos o mentales. Lo que ocurre es que ahora se nos han definido unos confines espaciales muy concretos, como son las paredes exteriores de mi casa, y el concepto de confinamiento que padecemos ser refiere de manera especial a ciertos límites físicos que definen y acotan un espacio concreto. Este confinamiento espacial puede venir referido a los límites de una vivienda, o de una celda de una prisión, o los que crean las cercas en las que se encierra el ganado. Siempre tenemos un confinamiento más o menos flexible, incluso el que imponen las fronteras de un país. Pero cuanto más amplios son esos límites menos percepción de su existencia tenemos. En el mundo antiguo los límites del Mundo venían determinados por las Columnas de Hércules, que imponían un confinamiento de la realidad ordenando que más allá de ese límite (non plus ultra) estaba prohibido adentrarse. El mundo occidental estaba así confinado, respetando otros mundos allende los mares, hasta que se transgredió la prohibición, por la visión de una reina atrevida y valiente, financió con sus joyas una expedición para llevar la cristiandad más allá de la Ultima Thule de la que hablaba Virgilio. El nuevo confinamiento global es ya la totalidad de planeta, a la espera de que se superen estos confines y se establezcan colonias en Marte.

Pero de manera simultánea a la expansión física de los confines del mundo geográfico y en proporción inversa se van estrechando los confines del pensamiento.  Los límites más allá de los cuales está prohibido adentrarse (nos plus ultra). Son los límites asfixiantes de la corrección política y de los nuevos dogmas del pensamiento único. Por ello el lenguaje, que es la expresión que se utiliza para desarrollar el pensamiento cada vez se limita y degrada más. Lo ideal es expresar ideas que no excedan de 140 caracteres, es decir consignas. No puedo menos que recordar una de mis citas favoritas, de Heidegger, aquella que dice “los límites de mi lenguaje, son los límites de mi mundo”.  

CONFINADO III

Desde la prisión de mi morada.

Confinado, como cualquiera,

En la ascética sumisión de este claustro laico.

Repaso las pequeñas mezquindades

Que anudan la severa convivencia:

Agravios de veniales egoísmos,

Se ensartan como cuentas de rosario

Con reproches que mueren en los labios.

¡Nunca más que ahora ansío la soledad!

Habré de navegar sin otros vientos que los que mecen mi lecho

Sin confiar en capitanes ridículos

Que ocultan que no saben pilotar con promesas

Y que ya desde el puerto erraron la derrota.

Desde la calle llega el crepitar de los aplausos insinceros,

Que celebran que la muerte haya elegido al vecino.

Llega el ruido de estornudos que esparcen boletos

Para jugar a la macabra ruleta.

Llega el clamor del odio de los que siempre nos odian.

Llega la mentira cabalgando con sus jinetes habituales.

Llega el silencio y el dolor de los amigos.

Llega la esperanza de una llamada inesperada.

Llega la resignación arropando a la impaciencia.

Llega la abnegación indefensa.

Llega el estruendoso silencio de Dios.

Llegan los bandos siniestros del poder.

Llegan las llamaradas del desconsuelo.

Llegan insensatos consejos.

Llegan verdades falseadas.

Llegan consignas disfrazadas.

Llega el escalofrío del enojo.

Llega el arrepentimiento de las palabras no dichas.

Llegan falsas luminarias de la apariencia.

Llega el rumor apagado de la impotencia.

Llega la interminable excepción.

Y todos ellos me arropan en las noches insomnes,

Visitan mi duermevela impaciente por despertar

Son desde la madrugada al crepúsculo fieles compañeros de celda.

CONFINADO II

Seguimos confinados. Por mi formación jurídica, llevo varios días meditando sobre la legalidad de las medidas que se han impuesto como consecuencia de la declaración del estado de alarma y en especial la mas intensa de todas ellas, que no es otra que el confinamiento domiciliario obligatorio y la prohibición de la circulación voluntaria y solo autorizada para casos concretos (acudir a trabajar, ir a comprar o a otras actividades que se consideren esenciales). No pretendo que esto sea un tratado de derecho político, no soy un especialista en esa materia, sino hacer un simple acercamiento a la cuestión. Entiendo que el marco en el que nos debemos mover es la interpretación de la Constitución, de la Ley de 1981 por el que se regula el estado de Alarma y por último por el Decreto de declaración de estado de alarma y sus sucesivas prórrogas y el resto de normas de desarrollo.

A primera vista la Constitución es clara, reconoce en su artículo 19, como uno de los derechos fundamentales, el derecho de elegir libremente la residencia y el de circular libremente por el territorio nacional. En párrafo aparte, el mismo artículo, incluye además el derecho a entrar y salir libremente de España en los términos que la ley establezca. Este artículo reconoce por tanto dos derechos que no pueden ser limitados por ley como son el de elegir libremente su residencia y el de circular por territorio nacional, y además reconoce otro derecho, más matizado, como es de entrar y salir de España, pues éste si puede limitarlo o controlarlo una ley, si bien esa ley no puede atender a motivos ideológicos o políticos. Evidentemente sí a motivos sanitarios.

El derecho a elegir libremente la residencia, incluso en este proceso de epidemia que vivimos, facultaría para decidir si quiero irme a habitar una segunda residencia en cualquier lugar en que se encuentre de España. Y el derecho a circular libremente, facultaría para por un lado ir a esa segunda residencia y en su caso retornar a la principal, y además salir a la calle o lugares públicos en todo momento y sin tener que justificar la motivación de la salida del domicilio.

Por otro lado el artículo 21 de la Constitución reconoce el derecho de reunión, sin que sea necesaria autorización previa, y sólo pudiendo ser limitado en lugares públicos por razón de orden público. Obviamente este derecho autoriza a reunirme con otras personas en la calle, es decir a hablar con quien quiera o salir acompañado de quien quiera y en otro orden a realizar en lugares cerrados o particulares, estoy pensando por ejemplo una iglesia, una reunión con los fines que tenga por conveniente o sin finalidad concreta alguna.

Estos derechos son de los considerados especialmente protegidos, protección que entre formas se manifiesta con una defensa especial a través del recurso de amparo en el caso de que fueran vulnerados. Es cierto que estos derechos, juntamente con algunos otros derechos fundamentales, pueden ser suspendidos o limitados en un único caso, que es según el artículo 55 de la Constitución la declaración de los estados de excepción y de sitio. Observemos que este artículo no dice nada del estado de alarma. Luego de la lectura primera y directa de la Constitución resulta que la declaración del estado de alarma no autoriza para suspender los derechos fundamentales de libertad de elección de residencia, de libre circulación, ni de derecho de reunión. Y sin embargo de facto el Decreto de declaración de estado alarma, los ha suspendido. No cabe decir que únicamente han quedado limitados o condicionado. El artículo 7 del Real Decreto  463/2020, de 14 de marzo, supone una auténtica privación del derecho de libre circulación, ya que toda circulación de personas por la vía pública con carácter general es prohibida y conforme al mismo solo es admisible circular (en ningún caso deambular) en determinados casos excepcionados y tasados, supuestos que son definidos por una finalidad determinada. Es decir no estamos ante un derecho reconocido que se limita en casos concretos, (lo que no está prohibido está permitido), sino una privación total del derecho, (lo que no está permitido está prohibido) que se excepciona su supuestos concretos (las personas únicamente podrán circular por las vías de uso público para la realización de las siguientes actividades: (…). Y en cualquier caso, más allá de la letra de la ley, su aplicación práctica ha sido la de la prohibición total y el total control por parte de las fuerzas de seguridad, que han estado patrullando las calles e imponiendo cientos de miles de sanciones a los ciudadanos.

La Ley Orgánica 4/1981, de 1 de junio, que regula los estados de alarma, excepción y sitio, establece que en el caso de declaración de estado de alarma, unas de las medidas que se pueden adoptar es «Limitar la circulación o permanencia de personas o vehículos en horas y lugares determinados, o condicionarlas al cumplimiento de ciertos requisitos«. Entiendo que el gobierno busca en este artículo el fundamento jurídico-legal de las medidas adoptadas. Pero creo que esta ley no sirve de cobertura para las medidas actualmente adoptadas, porque como he dicho antes, aquellas no son una mera limitación del derecho a la libre circulación, sino una absoluta prohibición de la misma, con algunas excepciones, y por tanto excede lo autorizado por esa Ley. Si se considerara que esa ley de 1981 ampara la adopción de medidas como las impuestas por el decreto de alarma, habría que concluir que dicha ley, al menos en esta interpretación extensiva, sería claramente inconstitucional, por que el estado de Alarma no está incluido en el artículo 55 de la Constitución.

Por todo lo expuesto, y con los considerandos efectuados, a mi juicio, las prohibiciones que nos han sido impuestas son inconstitucionales y solo podrían haberse impuesto esas medidas, recogidas en el Decreto de declaración del estado de alarma y sus sucesivas prórrogas, si se hubiera procedido a la declaración del estado de sitio.

Que conste que no estoy entrando sobre la utilidad de la medida del confinamiento, y su conveniencia o no. Ese es otro debate, pero en el que estamos aquí es en la importancia del respeto a la legalidad. Si se vulneran derechos fundamentales sin guardar la legalidad, se abre la puerta a cualquier otra vulneración futura de esos derechos. Podemos lícitamente preguntarnos, ¿Cuál será el próximo derecho fundamental ignorado? , ¿la libertad de expresión?, ¿el pluralismo político?, ¿el derecho de asociación…?. Si existe un mecanismo legal correcto para limitar de manera excepcional los derechos fundamentales, no se puede entender por que no se ha utilizado el mismo. No quiero pensar que se la actual situación se quiera utilizar como precedente para justificar futuros recortes de derechos fundamentales amparados en alarmas reales o ficticias. Mi temor sería menor si no fuera por que al menos una parte significativa del gobierno ha justificado teóricamente estas limitaciones en sus escritos políticos y ha aplaudido su aplicación práctica en algunos países en los que han colaborado incluso en la redacción de sus constituciones.

Confío, con un exceso de ingenuidad, que los jueces y Tribunales, en especial el Tribunal Constitucional e incluso el Tribunal Internacional de Derechos Humanos, alguna vez aclare esta cuestión, es decir se pronuncie sobre la legalidad de las medidas adoptadas. No sé lo que resolverán y me permito temer que no se corresponderá con lo que yo sostengo en este escrito, dada su trayectoria hasta la fecha y dada las consecuencias que podría tener en el futuro declarar ilegal al menos una gran parte de lo actuado bajo el estado de alarma.