LA NUEVA NORMALIDAD


La confesada tarea del gobierno español estos días es alcanzar la “nueva normalidad”. No es este un concepto periodístico sino un término empleado oficialmente por el gobierno, directamente parido en las zahúrdas de La Moncloa, por quién sabe qué grupo de expertos ocultos en los sótanos de este triste palacio. Éstos deben ser los que han elaborado lo que han denominado pomposamente “plan para la transición hacia una Nueva Normalidad”.

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  Por mi parte la reflexión que me tiene entretenido es entender en primer lugar qué es la “normalidad”, o al menos qué es lo que por “normalidad” entiende este gobierno. Una vez fijado ese concepto ya se podrán analizar las diferencias entre las “normalidades”, que como Castilla, también hay dos la nueva y la vieja. 

Como tantas palabras de uso frecuente de ésta nos es conocido su significado pero es complicado definirla con precisión.  Acudo como casi siempre a pedir el auxilio de la RAE, donde aparecen siete acepciones de esta palabra. Descartando otras que no hacen al caso me quedo con la segunda acepción, conforme a la cual, la normalidad es lo “habitual u ordinario”, y con la cuarta, que entiende normalidad es aquello que “por su naturaleza, forma o magnitud, se ajusta a  ciertas normas fijadas de antemano”.

      La primera de las acepciones hace relación a lo que es. A la realidad tal y como ha llegado a ser, a lo habitual y ordinario, y en el contexto actual, lo referiríamos a nuestra realidad cotidiana tal y como se ha formado después de nuestro devenir vital, tanto particular como social. Ello comprende nuestros hábitos diarios, lo que solemos comer, vestir, hacer, hablar y pensar en general. Son el fruto de nuestra propia experiencia individual y de la experiencia colectiva como miembros de la tribu. Así entendemos “lo normal” como un adjetivo calificativo aplicable a cualquier cosa, persona o actividad cuando se presente en su forma más frecuente y ordinaria. Por su parte la “normalidad” sería un sustantivo con el que definimos una realidad conformada por el conjunto de hábitos, costumbres y patrones que rigen la vida ordinaria y cotidiana de las personas y por extensión de la sociedad.

      Pero vimos que había otra acepción de “normalidad” conforme a la cual ésta se define como aquella realidad que se ajusta a ciertas normas fijadas de antemano. Este segundo sentido atiende, no tanto a lo “que es”,  sino a lo “que debería ser”. Esta normalidad, más entroncada con el concepto de normatividad, es la que de manera apriorística aprueba criterios que fijan los contornos de la misma. Se decide de antemano lo que es normal y lo que no es normal. Lo primero es lo que se ajusta a los parámetros previamente establecidos y regulados. Lo que está dentro de ellos conforma “la normalidad”. Por ejemplo, unos análisis clínicos nos indicarán unos valores concretos de colesterol  o de la bilirrubina, y nos los entregarán con la explicación de si aquéllos se encuentran entre los valores mínimos y máximos en los cuales se encuentra la normalidad, límites que se han fijado previamente por alguien que ha establecido esos valores de la normalidad. Si lo referimos a nuestros hábitos de vida y costumbres sociales y de pensamiento la normalidad, en este sentido, será la que se desarrolle dentro de unas pautas o reglas previamente aprobadas. Es la normalidad planificada, ordenada y definida en la que de antemano está estipulado que lo normal es una forma determinada de vestir, comer, hablar y pensar. Es la normalidad surgida de las normas o impuesta por ella.  

  Así pues, vemos que la normalidad es un concepto anfibológico que por un lado nos dice lo que nos es conocido y habitual en cada momento (esté o no dentro de la norma, es decir, sea o no sea ilegal), y por otro son un conjunto de criterios que fijan los márgenes dentro de los cuales esas costumbres y hábitos son aceptables y por tanto fuera de ellos no hay normalidad. El problema surge cuando se entremezclan ambos conceptos y el poder, en vez de limitarse a respetar la normalidad existente, entiende que debe “normalizar la normalidad”. Es decir, diseñar e imponer una normalidad estableciendo unos límites dentro de los cuales deben encuadrarse los hábitos, costumbres o ideologías, y por tanto fijando cuales son normales y cuales no lo son.

   En verdad siempre que aceptamos vivir como individuos en sociedad admitimos que se fijen determinados límites. Por ello la cuestión se debe plantear en términos de proporción o intensidad. Por ejemplo, aunque haya normas en ambos casos, no es igual de aceptable una regulación legal que nos dice que no es normal el matar a otra persona que otra que dijera que es anormal el onanismo o el adulterio. Tampoco sería aceptable decir que éstos últimos conforman la normalidad, simplemente las normas deberían abstenerse de entrar en esos asuntos y dejar a la sociedad que decida sin imposiciones su propia normalidad, una vez excluidas las anormalidades flagrantes como el asesinato o el robo. Y tampoco presenta la misma intensidad de fijación normativa de la normalidad cuando los límites pasan de ser negativos (prohibiciones) a ser positivos, y la normalidad se destina a imponer conductas activas (obligaciones), y sobre todo imposiciones activas sobre la ideología de las personas (debes pensar dentro de la forma que se ha considerado como normal).

     Aunque los dos conceptos son a veces difíciles de deslindar y como hemos visto se entremezclan, revelan claramente que hay dos formas de entender la normalidad:  la natural y la planificada. La primera es la que nace de una tradición colectiva de una manera espontánea y por decirlo así nace desde abajo. Las normas que surgen de la misma son posteriores a la normalidad vital y regulan una situación dada, que reconocen, aceptan y modulan evitando estridencias. Hay una normalización de la normalidad suave o atenuada, y en este caso la norma es posterior a la normalidad creada en el seno de la sociedad y fruto de su libre desarrollo y natural evolución, y por tanto consecuencia de ésta.

    La  segunda forma de entender la normalidad es la que se impone por el  poder desde arriba, la diseñada u organizada. La norma se configura como un instrumento para crear la normalidad o para sustituirla si es preciso. Hay una normalización de la normalidad intensa o reforzada, y la norma precede a la normalidad y es su creadora.

    Los que nos tenemos por liberales defendemos sin vacilación la primera. Queremos la normalidad, por decirlo así, que nos da la gana y por tanto que se respete la forma de vivir que queremos como individuos y no la que nos sugiere o impone el Estado. Eso no supone, obviamente, prescindir de las normas pero sí entenderlas como unos instrumentos niveladores y de evitación de abusos, reconocedoras de situaciones de hecho preexistentes, y nunca instrumentos para el control del pensamiento. Esto es hoy prácticamente de imposible o muy difícil aplicación, porque el creciente desarrollo de los medios de información y control de esa información hace que la tentación planificadora sea infinita por todas las ideologías. Por eso no conviene engañarse, el ámbito de libertad real hoy es bastante limitado, pero al menos pedimos desde esta perspectiva que me atrevo a definir de conservadora, que los cambios y adaptaciones que requiere la “normalización de la normalidad” sean lentos, paulatinos, adaptados a las necesidades reales y sobre todo, en la medida de lo posible, voluntarios.

    Frente a esa opción se presenta hoy en día como ideología absolutamente dominante la de los planificadores, los organizadores, los diseñadores de la normalidad.  En términos masónicos diríamos que ostentan el poder los arquitectos y constructores de la realidad. Éstos parten de una idea preconcebida del deber ser y utilizan los medios que sean necesarios para conseguir que la sociedad se adapte a su plan. Los medios de los que se sirven son sobre todo las leyes, pero también los medios de comunicación social, la imposición de modas, la ridiculización de las costumbres tradicionales, en suma, la ingeniería social con todas las herramientas a su alcance. Para esta posición ideológica la misión del gobernante y del legislador es diseñar la sociedad y para ello tiene que intervenir activamente hasta conseguir que la sociedad quede normalizada y los individuos se muevan dentro de los parámetros de normalidad que previamente han dibujado.

     En principio esta intención planificadora y controladora podría obedecer a diversas ideologías que quieran imponer su forma concreta de ver la sociedad. En el pasado hemos observado como la sociedad era diseñada por la religión en las variadas formas de estados confesionales y todavía hoy esto ocurre en los estados confesionales islámicos. Pero en Occidente en la actualidad hay un proyecto dominante ideológicamente que prevalece sobre cualquier otro en su pretensión de control social y de dominación de cuerpos y mentes.

      Y ese proyecto lo abanderan los que se autodenominan como progresistas, concepto que comprende un amplio espectro ideológico, con muchos matices, pero que tienen en común la idea de la construcción de una sociedad conforme a sus valores que tienen por superiores y que se atribuyen a sí mismos legitimidad para imponer su propia  normalidad a los demás.

   Por eso cuando el actual gobierno español formado por una coalición socialista-comunista y encuadrado en el espectro ideológico que hemos definido como progresista habla de “nueva normalidad”, debemos entender ese concepto en sus correctos términos. Ante la ocasión de haberse producido una ruptura de la normalidad existente como consecuencia de la irrupción del virus llegado de China, no procede restaurar la situación anterior (vieja normalidad), sino aprovechar la coyuntura para avanzar en su proyecto filosófico-político y en la imposición de una normalidad diferente a la anterior y por lo tanto «nueva». Esa normalidad la tienen diseñada desde hace tiempo y trabajan sin descanso para imponerla poco a poco. La gran dificultad que han tenido para imponer totalmente su nueva normalidad era la de romper con la normalidad anterior. Pero ese trabajo de ruptura ya lo han hecho sus correligionarios chinos, probablemente de manera involuntaria (aunque nunca sabremos si es así), por lo que ahora procede ejecutar la segunda parte,  la de la implementación de la “Nueva Normalidad”, la creación de las nuevas normas que delimiten lo que a partir de ahora va a ser nuestra nueva vida normal.

Tal vez en este contexto sean más comprensibles determinadas medidas adoptadas por nuestros gobernantes encaminadas, por decirlo así, a reforzar los efectos rupturistas del virus, tales como imposición de medidas de confinamiento extremo e incluso en zonas rurales o aisladas donde carecían totalmente de sentido; de paralización extrema de la economía; de adopción de medidas extremas de suspensión de derechos y libertades; de control y censura de las redes sociales. Además se han generado hábitos sociales de obediencia extrema al poder que hoy son justificados por una alarma sanitaria, pero mañana pueden ser por otros motivos menos confesables. Cuanto más intensa sea la brecha que se causa en la sociedad y más se destruya su vieja normalidad, más fácilmente se asumirán los postulados de la nueva normalidad.

En qué consistirá esta nueva normalidad lo iremos viendo, pero ya se van predibujando algunos trazos del boceto: relativización de derechos fundamentales, geolocalización de las personas, control por big data de movimientos, de ideas, de hábitos personales, de hábitos de consumo, clasificación del individuo por su ideología, religión, sexualidad, valores, etc., falta de transparencia en política, control de medios de comunicación, censura de opiniones discrepantes, desaparición física del dinero, estatalización y control de la economía, desaparición de la propiedad privada, …. e incluso el nacimiento de los vigilantes espontáneos de la nueva normalidad que son capaces de denunciar al vecino que cometa a su juicio cualquier desliz. Pero sobre los nuevos policías de balcón hablaré en otra ocasión.

Sólo me queda una última pregunta para concluir: ¿La nueva normalidad es en realidad un eufemismo con el que no llamar por su verdadero nombre a una nueva dictadura?.

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