TRAIDOR, INCONFESO …. ¿Y MÁRTIR?

Mes de agosto. Cuando la vida era normal, éste era un tiempo de total paralización de la vida política. La gente se retiraba de la corte y dejaba por un tiempo dormitar sus ambiciones. Seguramente esta languidez era utilizada para avanzar por los malvados aprovechando que la gente normal, es decir, los que tenemos una vida normal, estábamos por así decirlo atontados remojándonos en el mar y concentrados en una paella en un chiringuito playero, o dando brincos al son de la charanga haciendo tiempo para irnos a la cama un poco achispados después de los fuegos artificiales en las fiestas de cualquier pueblo de la geografía patria.

  Parece que esto ha cambiado, agosto ya no es como era, la diferencia más importante es que los malvados son ahora los que descansan, se dedican al buceo y a la molicie con su familia, mientras el país arde ante su indiferencia. La gente normal estamos en un “sinvivir” contemplando indefensos cómo se chamuscan nuestros bosques, y como nos invade la morería, mientras que quien tendría que estar al pie del cañón, retoza desde su palacete bien abastecido por todos los españoles,  tocando la lira de la molicie, como un Nerón cualquiera de pacotilla. El que haya llegado leyendo hasta aquí, y no haya abandonado por superar lo escrito los ciento cuarenta caracteres, habrá deducido que me estoy refiriendo al actual, y espero que, por poco tiempo, presidente del Gobierno.

   Creo que en este blog le he dedicado  a este sujeto demasiadas palabras desde que comencé a escribirlo, creo que he desgastado demasiados adjetivos con el chulángano de marras, pero es que cada poco se supera en su descaro y desfachatez, y aunque me propongo olvidarme de él y escribir sobre otras cuestiones, me lo pone imposible.

     Espero que realmente ya quede menos para para perder tiempo con sus chulerías de estadista de todo a cien y por fin llegue pronto su destitución. Pero no las tengo todas conmigo. Creo que está demasiado aferrado al avión privado, al palacio gratuito y a la adulación de sus acólitos y gacetilleros de cámara para no sentir la tentación de seguir, incluso por medios que no sean los estrictamente legales. Muchos tenemos la fundada sospecha de que algo está tramando para seguir encaramado al poder. Y dada su acreditada falta de escrúpulos, su ambición, su narcisismo y por qué no decirlo, su suerte para alcanzar y conservar el poder, muchos nos maliciamos que algo está cociendo para perpetuarse en la poltrona.

    No sabemos realmente cual va a ser su próxima actuación, si será directamente un pucherazo electoral, como los que ya se ha probado que hizo en su partido, o bien un decretazo de suspensión electoral por una alarma real o inventada. Quizás una emergencia climática. Sabe Dios qué pasará por su ambicioso caletre. Se ha hablado mucho de su manipulación del censo, colando a millones de nietos de españoles, o regalando nacionalidades españolas a cambio de unos cuantos votos. Realmente no lo sé y no lo sabremos hasta que llegue el momento y seguramente nos pille con el pie cambiado y sin capacidad de reacción. Es tal el temor y el estado de ánimo en el que nos mantiene, que uno tiende a pensar que realmente este señor es una maldición con la que hay que convivir como con un forúnculo persistente a cualquier antibiótico.

    Pero lo realmente preocupante no es su persona. Esto es solo una desagradable presencia, que en su inmarcesible vanidad, se cree joven, guapo y molón, cuando en realidad su sola presencia es para mí simplemente un emético absolutamente eficaz. Pero como digo, esto no es lo peor. Podría ser simplemente un chuleta de barrio inofensivo, pero es que no es así, es un elemento ladino, interesado y profundamente traidor, y por todo ello extremadamente dañino para España.

     Este es el verdadero papel de este Presidente, ser la encarnación de la traición a la nación española. Ya su antecesor socialista, su mentor y profesor en el arte de traicionar a España, llegó a decir que la nación era un concepto discutido y discutible. Por supuesto solo lo es la nación española, que ninguna objeción se hace a la nación catalana, marroquí, china o incluso palestina.  Es una constante en la izquierda la de traicionar los intereses de España buscando no sé cuales fines de armonía universal o planetaria que casi siempre ocultan la realidad y es que lo único que persiguen es hacerse inmensamente ricos.

     La historia de las traiciones de la izquierda podría ocupar varios volúmenes, que podrían empezar por la extraña entrega por el progresista Sagasta de Cuba y Filipinas a los Estados Unidos. No se tienen pruebas concretas contra don Práxedes, pero la sospecha que rodeó a tal ignominiosa rendición no se han disipado todavía.

     Pero no hace falta ir tan lejos en el tiempo para hacer un completo catálogo de traiciones por el actual presidente del Gobierno.  Si traicionar es no ser leal a tu nación y anteponer los intereses de potencias o ideologías ajenas a los propios del Estado al que sirves, creo que puede convenirse que el Presidente actual es un traidor. No sé si sus conductas encajan exactamente en los tipos penales y por ello no pretendo imputarle un delito como tal. Ni soy penalista, ni pretendo serlo. Pero más allá del concepto penal de alta traición, hay un concepto moral, puramente político, o si se quiere histórico con el que adjetivamos  a personajes como el Conde don Julián, Antonio Pérez o al mismísimo Godoy, que se hacía llamar Príncipe de la Paz, en un epíteto que le cuadraría como un guante al declinante ex presidente Zapatero. Sorprendentemente el pueblo a este sujeto le apodaba el “choricero”, que parece que también le encajaría bien al expresidente de los joyones.  Y en este sentido histórico de grandes traidores a España, creo que debería incluirse al actual Presidente Sánchez.

      Atendiendo a los informativos son bastantes las veces que tienes la sensación de que actual presidente ha comprometido la  dignidad o los intereses vitales de España, y presuntamente ha mantenido inteligencia o relación de cualquier género con Gobiernos extranjeros, con sus agentes o con grupos, Organismos o Asociaciones internacionales o extranjeras. Pero de esta gavilla de supuestos, simplemente voy a centrarme brevemente en tres de ellos: Su actuación en Gibraltar, su actuación en las relaciones con Marruecos y con el pueblo saharaui y su posición en la masacre de Gaza

      Comenzando por esta última, puede sorprender que defender a los desheredados palestinos de los atropellos cometidos por el Estado de Israel pueda considerarse una traición a España. Pero realmente lo es, porque al hacerlo de manera tan vehemente y radical lo ha hecho no por defender una causa que pueda ser justa, que él como persona particular podría defender y nadie se lo reprocharía. Pero no es un particular sino el presidente de una nación y por encima de sus filias o fobias debe estar el interés de España, y si al hacerlo de manera flagrante va contra intereses diplomáticos, económicos y de otra índole, estaría trabajando no para España, sino para Organizaciones internacionales que pueden tener intereses contradictorios con los españoles, y ello con fines de pura propaganda personal, de crearse una imagen concreta que le posiciona como un caudillo en las huestes progresistas internacionales en cuyo seno quiere prosperar y tal vez ser acogido a  mesa y mantel el día que abandone el poder. En resumen su imagen de vigoroso antisionista y de némesis de Trump, la hace a costa de los intereses de todos los españoles y trabajando para Organizaciones de un sesgo ideológico radical o por intereses electorales y para contentar a su menguante parroquia. Y no se trata de bailarle el agua a Israel o a los Estados Unidos, se trata de no crear gratuitamente enemigos a España para satisfacer el ego de un dirigente traidor y corrupto. Enemigos que se crean por su exclusivo interés, pero cuyas consecuencias negativas las sufre España.

    En la cuestión de Gibraltar, realmente me deja atónito y totalmente desesperanzado la absoluta dejación de los intereses españoles en manos de las élites más siniestras que defienden intereses espurios de los paraísos fiscales y otras camarillas globalistas masónicas o británicas, que vienen a ser lo mismo.  España ha perdido la oportunidad histórica de acabar con una situación colonial, con la última colonia que persiste en territorio europeo. Realmente solo alguien a quien le importa un pito España y su dignidad ha podido permitir semejante acuerdo que ha concluido con la consolidación ad eternum de la realidad ignominiosa de Gibraltar. Se ha desperdiciado una ocasión única con el Brexit para renegociar y ponerse firme en la posición de la soberanía y sin embargo el resultado ha sido todo lo contrario. Y este coste de oportunidad irremediablemente perdida puede ser por pura negligencia, pero cuesta creerlo.  Mi opinión no puede ser otra que la de que nuestros gobernantes, una vez más,  nos han traicionado, han atendido intereses ajenos en vez los que les correspondería defender. Han trabajado para otras potencias y poderes fácticos distintos de los del Estado español. No sé para el Código penal, pero esto para mí es traición.

    La sospecha de traición se vuelve clamorosa y resplandeciente cuando los españoles vemos atónitos la posición de nuestros gobernantes con el presidente a la cabeza en relación con nuestro hostil vecino del Sur, con Marruecos y con el cobarde y ruin abandono de los saharauis para gran satisfacción de un reyezuelo feudal. La defensa sin vergüenza del Gobierno de todo lo que interesa, propone o persigue Marruecos es escandalosa. Y lo hacen ya a banderas desplegadas, sin disimulo alguno. Realmente somos muchos los que no entendemos nada.

      Marruecos es objetivamente para España un vecino incómodo y hostil, con el que conviene llevarse bien, pero sabiendo esto precisamente, que no es un amigo, sino un enemigo al que es necesario controlar. No es posible que se considere un país amigo quien pretende continuamente y sin disimulo robarnos una parte de nuestro territorio, como son Ceuta, Melilla, las Chafarinas, Alhucemas, el Peñón de Vélez de la Guevara, el islote de Perejil y por supuesto las Islas Canarias, con todas las aguas territoriales y sus recursos. No puede ser amigo quien nos hostiga periódicamente con oleadas de personas, como misiles de una guerra híbrida. No puede ser amigo quien espía los teléfonos personales de los gobernantes y supuestamente les chantajea. Y si todo esto es una verdad incuestionable, no se entiende que nuestros gobernantes defiendan cada cosa que hace o dice Marruecos, que se les justifique cada conducta hostil e insistan cada vez que tienen ocasión en que son una nación amiga. Con amigos así, es preferible tener enemigos, que son más fiables en sus actitudes. No se entiende nada, salvo que trabajen para ellos y para sus intereses, por convicción, por soborno o por chantaje, o quizás por las tres cosas a la vez.

    Recientemente ha habido una invasión de más de ochenta mil marroquíes a territorio español, de los que han regresado la mayoría en unos pocos días, pero no todos. Y nuestro presidente del gobierno, en vez de llamar a consultas al embajador, o directamente declararles la guerra que es lo que procedería ante una violación por un país vecino de nuestro territorio, se han deshecho en elogios hacia el rey moro, de quien alaba su ejemplar conducta de colaboración, que únicamente la ve él.. Solo le ha faltado decir que si nos han invadido es porque nos lo tenemos merecido por ocupar ilegalmente unos territorios que no nos pertenecen. Y es lo que realmente piensan, o parecen pensar, todos los que forman el gobierno porque son unos traidores a España y cualquier pretensión antiespañola les parece legítima.

  Aunque sea un tema de rango menor, algo parecido se ha planteado, con el próximo mundial de futbol, que inicialmente organizaban únicamente España y Portugal y que, por una intervención personal de PSHDLGP (acrónimo que pudiera significar «Por Ser Hermoso Debe La Gente Piropearme»), se invitó a participar a Marruecos. Pues bien, esta invitación la agradecen queriendo birlar a España el partido más importante del torneo, como es la final. Y nuestro presidente, calla y otorga. Y sigue diciendo que es un país amigo.

   Y la lista de ofensas y agravios es interminable, pero ninguna tan palmaria como el cambio de actitud en relación con el pueblo Saharaui y su derecho de autodeterminación. Como este tema molesta profundamente al imperialista rey moro, su lacayo obediente, ha modificado lo que en España era una cuestión de Estado, aceptado por las derechas y las izquierdas, como era defender la independencia del llamado Sahara español frente a la anexión marroquí. Es evidente la diferencia de trato con el pueblo palestino. Los saharauis, aunque son perseguidos, acosados, expoliados sus recursos, y viven mayoritariamente recluidos en guetos donde se violan sistemáticamente los derechos humanos, no merecen ningún comentario, ni solidaridad, por parte del Presidente del Gobierno español. Así queda patente que las violaciones de derechos humanos es procedente denunciarlas solo cuando interesa al autócrata español. Y en este caso de los saharauis y el Frente Polisario no interesa, porque el sujeto parece estar a sueldo de reyezuelo de Rabat y sus planes expansionistas. Aquí hay a mi entender una doble traición, por un lado a los españoles que tenemos el deber moral como potencia descolonizadora de velar por la autodeterminación del Sahara (y además se controlaría de manera estratégica por el Sur a este país hostil) y también traición a los propios saharauis que durante muchos años confiaban en la amistad de España y a quienes les ha dado una puñalada trapera. Reconocer la marroquinidad del Sahara ha sido una gran torpeza estratégica para España y un gran éxito para Marruecos. ¿Para quién trabaja el Presidente Sánchez?

     Creo que se podría continuar con el catálogo de traiciones de nuestro presidente, bastaría con recordar las negociaciones con la Eta, las cesiones a los golpistas catalanes y su infame amnistía, las cesiones a los intereses chinos y sus empresas y otras tantas que harían la lista interminable.  Prácticamente cada día aparece un nuevo motivo para que este detentador del poder fuera reprobado, pero todavía tenemos un pequeño rescaño de fe, en que sea el último verano que veranee como un pachá a costa del sudor de todos los españoles. El año que viene o el siguiente le imagino veraneando en un pisito en Gandía pagado con los pingües beneficios de los puticlubs de su familia política, y como cuando lo echaron del partido y se tuvo que ir con el Peugeot, se nos presentará como una víctima del fascismo que le ha privado injustamente a su derecho innato a viajar en falcón, es decir como un mártir. Y por supuesto, nunca nos va a confesar las razones de sus traiciones. Es por ello que al ver su rostro bronceado en las noticias se me viene  a la mente el título de la obra de Zorrilla, sobre el pastelero de Madrigal, “traidor, inconfeso … y ¿mártir? . Ya veremos.

LA GANGRENA

Hace tiempo que busco una respuesta a lo que está pasando en España en los últimos años. Tenemos un gobierno que es como una maldición, y dirigido por quien según me dice una persona muy cercana, es la encarnación del Maligno. Caigo en la desesperanza y en la melancolía, que no es otra cosa que sentirse dominado por los humores corporales más negativos,  umbrío por la pena, casi bruno,  parafraseando a Miguel Hernández. Nunca llegué a imaginar el grado de descomposición que tiñe la actual vida política española.

     Pensé en algún momento que me eran insoportables las corruptelas de unos cuantos desaprensivos, queriendo pensar  que las noticias que nos inundan cada día sobre corrupción eran una excepción, como una leve capa de moho sobre una fruta, que finalmente con un poco de destreza se puede retirar y disfrutar de su sabor. No, no era eso, la realidad era que al abrir la manzana se descubre que, bajo una apariencia de sabrosa lozanía, el interior estaba totalmente podrido y colonizado por saludables gusanos que la fagocitan. Algo parecido ocurre en España, aparentamos tener una lozana salud democrática que en la realidad no es más que un envoltorio pomposo y grandilocuente que oculta una chusca mafia que controla una nomenclatura que se enriquece y disfruta de los placeres del poder a costa de todos nosotros.

   Nos dicen que somos demócratas, que somos modernos, sostenibles, solidarios, inclusivos, que somos todo esto y que vivimos en un régimen equiparable a las democracias europeas. Pero yo me permito dudarlo y afirmar que en realidad somos los sufridores y “paganinis” que  mantenemos en el poder a una elite depredadora. Pero eso sí, con buenas palabras, que somos por fin civilizados. La pregunta real es por qué lo consentimos si se supone que estamos en una democracia en la que manda el pueblo. La respuesta es sencilla, ni lo uno ni lo otro es cierto. Ni estamos en una democracia ni manda el pueblo, ni en realidad ha mandado nunca, sino que casi siempre ha sido el instrumento para que las clases dominantes perpetúen su dominación. Es cierto que con el imperfecto sistema electoral se consigue una cierta rotación en las personas que se enriquecen al cambiar las estructuras de saqueo sistémico de los recursos públicos. Quizás en un plano superior haya poderes inamovibles que no se ven afectados por estos vaivenes electorales. Me atrevería a afirmarlo, así como que éstos son quienes juegan con los que están debajo y que periódicamente los cambian por otros que como los anteriores no se atrevan a discutir a ese verdadero poder.

      Recuerdo cuando un discurso parecido lo defendían unos cuantos idealistas desharrapados que se instalaron en la Puerta del Sol de Madrid, con el auto calificativo de “indignados”. ¿Ubi sunt? ¿ Dónde están aquellos que querían restaurar la verdadera democracia?. Me temo que unos instalados en un “casoplón” en Galapagar,  otros robando a banderas desplegadas todo el dinero público y otros, la mayoría en sus casas con cara de tontos por haberse sentido utilizados por los de siempre, a los que aparentemente parecían atacar y sintiendo una especie de vergüenza retrospectiva ante tanta candidez de verse girando las manos a modo de aplausos. Es decir aplaudiendo en silencio a sus verdugos.

    Con el tiempo vamos aprendiendo que la clase política que accede a gobernar por las reglas democráticas, cuando alcanzan sus objetivos lo hacen ávidos de zambullirse en ese gran mundo que da el dinero y el poder. Y saben que tienen un tiempo limitado para conseguirlo por lo que no pueden perder tiempo ni energías en otras cuestiones como sería el interés general. Me recuerda a aquel que estando herido tenía en torno a la herida una nube de moscas, y al acercarse otro a espantarlas queriendo ayudarle, el primero le decía que por favor no las espantase, que las que están, ya están saciadas y que si se iban llegarían otras que chuparían la sangre con todavía más avidez. La alternancia política no hace sino acercar nuevas moscas ávidas de sangre a la herida por la que supura la sociedad.

     Y en este momento en la situación concreta de España estamos descubriendo, por razones que todavía no comprendo demasiado bien, a un festín de moscas hambrientas o de buitres carroñeros en torno a un cadáver moribundo. Les estamos viendo la cara y sus sanguinolentos ojos. Lo cual hay que reconocerlo, es una novedad importante, ya que hasta ahora unos y otros habían actuado ocultos a nuestra vista y con la más total impunidad. Los recientes acontecimientos nos han demostrado y probado que realmente lo que se ocultaba bajo el manto de la normalidad democrática no era más que un patio de Monipodio, en el que nos robaban a manos llenas. Una cleptocracia en toda regla, de la que pocos políticos escapan, pero que tiene su auténtico hábitat natural en el entorno de las izquierdas y en particular del llamado Partido Socialista Obrero Español. No es que las derechas escapen a esta tentación de aprovecharse del poder cuando lo tienen, pero creo que en comparación con el otro extremo del espectro político, en mi modesta opinión, son meros aprendices.

     Y no se puede obviar que lamentablemente hay un importante factor sociológico que sostiene a los corruptos de izquierdas y que hace que a pesar de todo tengan un sector y no menor de la sociedad que justifica sus conductas. Y es que muchos de los votantes, militantes y simpatizantes de las izquierdas no ven del todo mal que los suyos roben a manos llenas, con tal que consigan y logren que no lleguen al poder los adversarios, las odiadas derechas y ultraderechas, en una palabra, los fascistas. Si pillan al ladrón con las manos en la masa, o las joyas robadas en su caja fuerte, enseguida encuentran una disculpa o le echan la culpa al policía o al Juez que les tiene manía. Este objetivo opaca cualquier crítica porque creen que la parte mollar de lo robado va a crear y mantener unas estructuras que hagan conseguir y luego mantener el poder de los suyos. El fin progresista justifica los medios, sean lícitos o ilícitos. Con esta finalidad de mantener a una elite que afirme que es progresista y de vez en cuando suelte alguna migaja a los ciudadanos se puede soportar todo, absolutamente todo. Especialmente tragar con las groseras mentiras con las que seducen a incautos y que contradicen continuamente con sus actos. Sueltan arengas contra la prostitución mientras regentan lupanares, prohíben el tabaco mientras fuman como chimeneas, pontifican contra las drogas y no hacen una fiesta sin su nieve en la nariz, defienden la enseñanza pública pero llevan a sus hijos a carísimos colegios y universidades privadas …. La lista sería interminable, por no entrar en las lecciones sobre moral feminista, cuando muchos de ellos acaban siendo denunciados por abusos sexuales variados.

     Pero realmente si lo analizamos fríamente el problema es más profundo, ya que la corrupción y el robo sistematizado no es la enfermedad, sino que es solo el síntoma. El mal que subyace y de lo que todo lo dicho no son más que manifestaciones cutáneas o superficiales, a modo de chancros sifilíticos, es la toma del poder por parte de una camarilla que se autodenomina progresista y que tiene el objetivo de colonizar y controlar todas absolutamente todas las instituciones de la nación. Cualquiera que se quiera mirar, y tanto públicas como privadas. Así ocurre con el gobierno de la nación que es el principal instrumento para este control, y después de éste todo lo demás, llámese Tribunal Constitucional, Tribunal de Cuentas, Consejo de Estado, Televisiones públicas, Fiscalía General del Estado, Consejo del Poder Judicial, Tribunal de la Competencia, Empresas participadas por el Estado, la SEPI, correos, paradores Nacionales, …. Llenaría varios folios con todos los organismos o instituciones que tienen infiltrados en su estrategia de toma del poder. El único objetivo aceptable es conquistar el poder, parasitarlo y mantenerlo a toda costa, incluso contra la opinión mayoritaria del pueblo. Maquiavelo fue solo el autor de la primera entrega del Manual de Resistencia.

  Esta estrategia de dominación es el verdadero peligro, y con lo que hay que acabar si se quiere tener una sociedad sana. Si se acaba con este ecosistema se acabará con la corrupción que vive perfectamente adaptada a dicho hábitat, con una impunidad que se torna escandalosa. Si solo se quita el moho de las corruptelas sin atacar el mal profundo, será solo un mero maquillaje de la realidad. Es cierto que es una tarea complicada, pero si no se tiene claro el propósito, se cometerán nuevamente errores pasados. No se trata de deponer a un maligno gobernante, o no solo se trata de esto, también de deshacer desde los cimientos toda su obra.

    Quizás no esté todo perdido. Hace tres o cuatro años era más pesimista, porque la inacción frente a este totalitarismo rampante era total. Me he llevado la grata sorpresas en los últimos años que como dijera aquel aldeano de Potsdam, todavía quedan jueces en Berlín, y al parecer también en Madrid, incluso en Badajoz.   Y es así que algunos poderes del Estado, como jueces independientes, unos pocos y valientes fiscales y algunos reductos de la policía y Guardia Civil , han tenido la valentía de dejar de mirar para otro lado ante las escandalosas y descaradas corrupciones que han proliferado en torno al gobierno actual  y  han comenzado a actuar, cada uno en lo que le corresponde.

      Es gratificante ver entrar en la cárcel a los que hasta hace poco tiempo eran todopoderosos ministros, y que por fin se condene a las sanguijuelas que viven de robar dinero público, de la mentira institucionalizada, o de practicar con descaro el nepotismo. Pero no nos confundamos, esto es solo la capa superficial de lodo, que como aceite flota sobre el hediondo pozo negro que son los actuales rectores del gobierno de la nación. Como ya anticipé, se hace preciso cortar por lo sano para quitar la gangrena. Y esto es algo que solo se puede hacer desde un gobierno alternativo que llegue algún día con energía y resolución para limpiar todas las zahúrdas donde se han instalado los actuales detentadores del poder, con el propósito deliberado de permanecer allí para siempre.

¿HAY FRANCESES EN FRANCIA?

            ¡Vaya con Mariano Rajoy! El presidente que no quería pisar ningún charco porque todo era un lío, el que huía de cualquier compromiso y decisión categórica y el que parecía querer exiliarse de cualquier compromiso político opinando únicamente de deportes, la ha liado parda. En su columna en un diario digital sobre futbol y el mundial que ahora se está disputando, ha vertido una opinión que ha trascendido lo deportivo para recibir las críticas más furibundas de casi todo el mundo, en especial de la izquierda española y del gobierno de Francia. Y lo que ha motivado semejante terremoto es la siguiente frase “Francia ….ocupa la primera posición del ranking FIFA. Tiene, además, una plantilla de altísimo nivel. Eso sí, sin franceses.”

       Como he dicho, lo más suave que le han calificado es de racista, que es el epíteto que se acaba llevando todo aquel que discrepa de las políticas oficiales sobre inmigración que la bienpensancia europea cacarea e impone. Y lo peor es que seguramente el señor “emepuntorajoy” ni siquiera lo ha pretendido, o al menos nunca ha mostrado, ni él ni su grupo político, la más leve desviación de la ortodoxia bruselense en materia migratoria, y por supuesto tampoco en ninguna otra materia de compromiso woke.

     Ha sido seguramente un lapsus, en el que el político de marras se ha dejado llevar por el sentido común, dejando a un lado la verborrea de lo políticamente correcto, seguramente por bajar la guardia al estar tratando de un tema deportivo y por el tiempo que dejó la política activa, que hace que esté algo desentrenado en el idioma politiqués. Creo que por una vez le he oído decir algo que piensa mucha gente y no se atreve a decir. Intentaré reflexionar si tiene algo de razón en su afirmación..

   Casi todo el mundo ha querido interpretar que no se puede ser negro y francés y creo que esto no es lo que se trasluce de sus palabras o al menos lo que yo entiendo o quiero entender. El problema es otro, es el de lo que significa ser nacional de un país. Es un tema que es de gran actualidad ahora en España en un momento en el que por ejemplo se está concediendo la nacionalidad a gente que no ha pisado jamás el territorio español por meras conveniencias electorales. La nacionalidad es desde luego un concepto jurídico, pero ¿realmente es solamente esto? Ser español, o francés, o sueco, es solamente tener un pasaporte, o es algo más.

     No es un problema del color de la piel, aunque es indudable que cada país tiene un fenotipo racial dominante, este no es un elemento decisivo. No es un problema de raza, aunque en las selecciones africanas que están jugando el Mundial, tales como Senegal, Cabo Verde, República de Congo, y alguna otra, no hay un solo jugador de raza blanca. Obviamente no pasaría nada porque lo hubiera, pero no es el caso.

   Realmente el batiburrillo racial se muestra de manera muy intensa en tres o cuatro países europeos, pero en mi opinión nadie cuestiona esto. No creo que nadie pueda decir que por ser blanco no pueda ser nacional de Costa de Marfil o por ser negro no pueda ser francés. Creo que no van por ahí los tiros, aunque se quiera utilizar como arma arrojadiza el estigma de ser racista a la menor desviación de la consigna oficial multiculturalista. Al menos en el caso de España este debate se superó ya hace siglos, cuando Isabel de Castilla y su nieto Carlos no dudaron en considerar a todos los nativos americanos como súbditos de la Corona en igualdad con los castellanos o aragoneses. Y no eran racialmente europeos, y por aquel entonces tampoco existían las naciones en sentido moderno, de existir sin duda habrían gozado de la nacionalidad en igualdad de condiciones que los peninsulares europeos.

     En mi opinión la nacionalidad va más allá de los pasaportes. Por ejemplo, un famosísimo jugador como es Messi, tiene nacionalidad española y pasaporte español, y sin embargo hace gala de defender a su nación argentina y llora por su país cuando gana títulos y consigue que se emocione toda la población de Buenos Aires y resto del país cuando marca goles. Nadie califica a Messi como español, aunque lo sea. Es argentino porque además de decirlo su pasaporte al tener doble nacionalidad, llora, sufre y vive por y para Argentina. Utilizó la nacionalidad española para beneficiarse en su carrera deportiva, pero nunca sintió a España como su nación verdadera.

  En las selecciones deportivas, cada vez se percibe más una especie de nacionalidad de conveniencia o a la carta, por un interés puramente deportivo que no afectivo con la selección que se defiende y lo hace como si de un contrato profesional con un club más que como una prestación pública y vocacional hacía una nación de la que se siente parte. En un momento en que sobre todo en Europa hay una fortísima inmigración, estas situaciones de dobles fidelidades son cada día más frecuentes. La selección española no es ajena a ello, por ejemplo, Nico Williams ha decidido jugar con España, mientras su hermano mayor lo hace con la selección de Ghana. Un tal Yamal,  participa por España, aunque en sus botas luce la bandera de Marruecos. El defensa central Aymeric Laporte, era un francés de pura cepa que se ha nacionalizado para defender a España frente su verdadero país de origen. Y otros como Brahim Díaz, español de Málaga, al no ser llamado por la selección española se enroló en las filas de Marruecos. Los ejemplos podrían seguir, incluso en otras disciplinas deportivas.

      Yo desconozco los casos concretos que afectan a la selección francesa. Más allá de los hermanos Hernández que les hemos “prestado” para que jueguen con su selección en los últimos años, ignoro la verdadera vocación nacional de los jugadores galos, pero sospecho que será algo parecido a lo que he indicado anteriormente que ocurre en España. La estrella emergente Olise, nacido en Inglaterra, apenas habla francés y parece que podía elegir hasta cinco posibles naciones con las que jugar. También me viene a la memoria que el hijo del muy francés Zinedine Zidane, ha defendido en este campeonato a la selección de Argelia. Sospecho que pueda ocurrir que en la selección francesa son desde luego todos franceses de pasaporte, pero puede que no todos franceses de sentimiento. O puede que no sea así, como digo realmente lo desconozco. Por esto creo que el expresidente se refiere más bien a esta sensación de identidades nacionales claudicantes o difusas que parecen emanar de la selección nacional gala.

     Vemos así que la nacionalidad es a veces pura conveniencia y que adquirirla no siempre implica su ruptura sentimental con la nacionalidad anterior. Es por ello que hoy en día la vinculación afectiva o emocional con una nación, es una cosa y la nacionalidad como vínculo jurídico es otra. En muchas ocasiones coinciden, pero no siempre. Y ya como opinión personal yo creo que lo correcto sería que coincidieran, es decir que, para adquirir o conservar una nacionalidad, al menos la española, debería tenerse claro que se quiere cultivar ese vínculo que va más allá del puro interés. Así es que opino que solo debería concederse la nacionalidad en los casos de que no se tenga por origen, a quienes manifiesten una vocación de ser españoles, de compartir emociones, historia, proyectos y futuro en común. Dicho en términos futboleros, a quienes sientan los colores de la nación española.   

     Esta implicación sentimental, de pura vocación, de afinidad de historia y destino, no tiene nada que ver con la raza, pero tampoco con el mero interés pecuniario o de prestigio social o deportivo. Es la certeza inequívoca de pertenecer a un colectivo intergeneracional que te aporta una determinada identidad, quizás no única, pero si indeleble, imprecisa pero categórica. Y esto no te lo da un carnet ni estar incluido en un censo, te lo da el corazón, con aquellas razones que cuestan definir a la propia razón, tal y como expresara el gabacho, pero sabio, Blas Pascal.

     Esta sensación de pertenencia no tiene nada que ver con lo que luego se ha dado en llamar nacionalismo. Tener una nacionalidad concreta no necesariamente implica orgullo de pertenencia, aunque puede darse a veces legítimamente y otras no tanto. Y mucho menos puede significar desprecio a los demás, ni cualquier suerte de supremacismo, lo cual es una desviación patológica del hecho objetivo que proporciona formar parte de una nación. Como igualmente, patológico, aunque legítimo, puede ser el desprecio de la propia identidad nacional por prejuicios globalizadores sobre este colectivo tachándolo con una falsa humildad como inferior a otros o incluso negarlo como inexistente.

      Y lo más paradójico es que precisamente hoy en día se cultivan estas identidades colectivas como signo de modernidad, salvo que se invoquen tres o cuatro naciones históricas, en cuyo caso son reprobables, cuando no racistas. Me explicaré para no llevar a confusión, con unos cuantos ejemplos. Es progresista pertenecer y sentir orgullo del colectivo gay, y si algún homosexual no se identifica con aquel es un traidor a su causa. Lo mismo con colectivos feministas, para las mujeres,  con el “blacks lives matter”, para los hombres de raza negra, con la clase obrera para los trabajadores por cuenta ajena. En estos casos lo único lícito es el orgullo de tu colectivo, aunque ser miembro del mismo no genere por sí nada especial que lo motive. Es como estar orgulloso de ser rubio o pelirrojo. Sentir orgullo por pertenecer a cualquier colectivo, por extravagante que sea es aceptable. Pero estar orgulloso de ser español no es nada moderno, es más bien casposo

       Tal vez no tiene sentido crear competiciones de selecciones deportivas nacionales, al tiempo que parece discutirse el concepto de nación. Puede ser un contrasentido fomentar la identidad en torno a unos equipos deportivos que se definen por representar a una nación    y a la vez diluir las fronteras de quienes forman parte de una u otra nación, de manera que se puede ser de una nación o de otra a conveniencia. Si a una nación la puede representar cualquiera aunque no se sienta parte de la misma solo por un interés de éxitos deportivos, no hay diferencia alguna entre este plantel de deportistas y el de un club de fútbol cualquiera. Seguramente porque lo verdaderamente importante en estos asuntos es el business y las clases dirigentes son conscientes de la cantidad de dinero que pueden ganar con estos eventos en los que utilizan una realidad incuestionable como son los sinceros sentimientos nacionales de las personas, si bien debidamente encauzados en unos espectáculos mundialistas travestidos de auténticas orgías del globalismo.

     El asunto no deja de ser complicado de abordar al interferir los sentimientos y el derecho, y como todo en la vida real, no hay nada del todo blanco ni negro. Puedo comprender que en personas concretas se pueda dar un conflicto de afinidades o de identidades. Algo así como a quién quieres más a mamá o a papá, cuando en realidad puedes querer por igual a los dos.  No entiendo tanto cuando después de varias generaciones se sigue cultivando un sentimiento atávico de devoción por una nación a la que ya realmente no se pertenece, pero parece empeñado en pertenecer a ella, descuidando aquella a la que realmente sí pertenece o debería ya formar parte inequívoca de ella. Es como una especie de disforia de nacionalidades que lo único que genera es disfuncionalidades personales y sociales y una enorme insatisfacción. Pero esto es un mal endémico de muchos países europeos que, por impotencia o desidia, no han sabido integrar a muchas de las personas que vienen de fuera a su propia forma de vida y han mantenido islas culturales que se empeñan en conservar las identidades de origen durante varias generaciones, sin diluirse como sería lo normal en la sociedad de acogida.

     Por esta razón y de lege ferenda,  y en España,  abogo por un endurecimiento radical en la concesión de la nacionalidad a quienes no la tienen por origen. Esto no es discriminación, ya que puedes perfectamente crear un derecho de residencia y ciudadanía que otorgue los mismos o análogos derechos que a los nacionales. Ya en el derecho romano había al menos dos categorías jurídicas de pertenencia al estado, como la latinidad y la ciudadanía. Y restringiría la nacionalidad a aquellas personas que verdaderamente deseen de corazón adquirirla, que quieran formar parte de este colectivo, no por interés cualquiera que sea, no porque te de un plus en derechos, sino porque quieres como en un matrimonio, unirte con un compromiso de futuro a un proyecto de vida compartido, renunciando a cualesquiera relaciones anteriores, que pudieron ser maravillosas en su momento, pero ya no lo son.  Y solo permitiría acceder al privilegio de defender los colores de la selección de mi país, si se hace sin reserva mental alguna, con pleno convencimiento y con la devoción que en exclusiva se merece.  Si sigues unido sentimentalmente a otra nación el renunciar a su nacionalidad es traicionarla y el adoptar una nueva no es otra cosa que un matrimonio de conveniencia, donde puede que el sexo sea satisfactorio, pero no hay amor.

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 LEÓN XIV en el CONGRESO.

   Escribo estas palabras mientras todavía está en mi ciudad el Papa León XIV en su visita apostólica a Madrid y otras ciudades españolas. Y comienzo a escribir estas líneas después de escuchar el discurso de su Santidad a la nación española desde la tribuna del Congreso de los Diputados. Realmente todavía tengo la piel de gallina ante tan apreciables palabras, ante un memorable discurso, de los mejores que he podido escuchar en los últimos tiempos. Y confieso que no confiaba demasiado en que pudiera aplaudirle desde la cercana lejanía de mi casa y desde esta plataforma en la que escribo. Pero debo resaltar que pocas veces se han escuchado palabras tan sabias y tan certeras desde esa tribuna, al menos en los últimos tiempos en que el listón de la exigencia intelectual está ciertamente muy, pero que muy devaluado.

         Como español me he sentido gratificado al vislumbrar que un Papa católico sea capaz de comprender la misión histórica de este país, de comprender la esencia de España, sus logros y sus propósitos en la Historia. En palabras del Papa “aquel momento en que España quedó situada ante responsabilidades históricas de carácter universal”. Me sorprendió que evocara el nombre de los Reyes Católicos en un Parlamento donde hoy solo se menciona a Azaña y a Clara Campoamor. Y sin duda es reconfortante escuchar a la cabeza de la Iglesia no solo mencionar, sino alabar y no escatimar elogios a la Escuela de Salamanca. Con la percepción de que esta alabanza deriva de comprender lo que significó en su momento,  que no fue otra cosa que un intento serio y efectivo de cómo la modernidad debió haberse abordado desde la razón y no desde la codicia, que es lo que surgió de otras potencias europeas impregnadas por el protestantismo y su exaltación de las riquezas y los mercados.

Nos recuerda León XIV la importancia de responder a la “pregunta salmantina” lo cual no es otra cosa que dar respuesta a cómo se debe limitar el poder para que éste no traspase los límites de la dignidad humana. Es la necesidad, entonces y también ahora, de establecer que el poder, y diríamos todo poder, público o privado,  tenga que tener límites morales.  Aquella escuela de pensamiento nos recuerda que el poder deja de ser justo cuando no está ordenado a estas exigencias y es lícito oponerse a este poder injusto, por mucho que esté investido de toda la autoridad y la fuerza. La Escuela de Salamanca, nos ha recordado Prevost, surgió ante un reto que se había presentado a España, como fue la responsabilidad de la empresa transoceánica y frente a la intuición de un mundo global, de la ruptura de las barreras que limitaban las fronteras y que creaban unas nuevas relaciones entre gentes antes no imaginadas. Ante este reto la Escuela de Salamanca, con Fray Francisco de Vitoria al frente, asumió una de las construcciones intelectuales, pero a la vez prácticas, más trascendentes de la Historia de la humanidad en sus últimos tiempos. Se propuso diseñar los cimientos del edificio de la globalización, bajo parámetros de control del poder, del respeto de la dignidad humana, de la libertad y de la verdad. Refrenando el impulso del desenfrenado ánimo de lucro y depredación de aquellos lugares que se incorporaban a la corona. De ahí nacieron las Leyes de Indias y tantos y tantos otros proyectos legislativos, organizativos, sanitarios y de otras variadas índoles, tuitivos de los indígenas en América, que, al inspirarse en una razón cristiana y profundamente moral, orientaron una civilización naciente hacia el bien común, la cultura, la conservación de las costumbres, una economía humana  y siempre con el propósito de refrenar en cuanto era posible el factor depredador que siempre se esconde en todo poder.

Que no todo fue perfecto en aquel proceso es algo que es obvio. El Santo Padre ha recordado también en el Congreso que en esa misión “ni la sociedad ni la Iglesia estuvieron siempre a la altura de los desafíos morales planteados durante la conquista y evangelización de América,”. Pero estas palabras no creo que sean, como han dicho algunos en una interpretación interesada, una enmienda a la totalidad de la Conquista, sino una mera aceptación de una realidad histórica. Por el contrario en esas palabras yo creo que encierran una aprobación general más que una condena. Ello se deriva de la propia dicción literal de los términos empleados. Esa frase papal (“no siempre estuvieron a la altura”) implica necesariamente que, en otras ocasiones, tal vez en la mayoría de los casos, la sociedad hispánica y la Iglesia sí  que estuvieron a la altura. Las palabras utilizadas son importantes.  En mi opinión la excesiva humildad cristiana, hace que la Iglesia se fije en exceso en los fallos cometidos, asumiendo en demasía los errores puntuales. Es un exceso de autocrítica, comprensible en estos tiempos de dictadura de lo políticamente correcto que lleva a pedir perdón por casi todo, pero no debe impedir que un juicio imparcial no sea tan severo.  Esto y la enorme presión de los indigenismos vampirizados por ideologías sectarias, casi siempre al servicio de intereses espurios, con los que la Iglesia debe convivir. En todo caso está muy lejos esta expresión empleada hoy por León XIV, dentro de un contexto de enorme elogio de la Escuela de Salamanca, de las lamentables palabras de su predecesor que en gloria (?) esté, que se atrevió a pedir perdón en nombre de la Iglesia por la evangelización de América.

     No es de sorprender que Robert Prevost, el que fuera obispo de Chiclayo, allá en el Perú, hace un par de días en Madrid, ante un joven que le preguntó cuáles eran sus santos favoritos, escogiera entre ellos a Santo Toribio de Mogrovejo, que no fue en realidad sino una santa plasmación de ese espíritu de la Escuela de Salamanca, Universidad en la cual enseñó leyes, antes de ser designado por Felipe II como obispo de Lima, el cual tras ordenarse sacerdote aprisa y corriendo, se fue a aplicar en la práctica lo que había enseñado en la teoría de las aulas salmantinas y proceder a una defensa de los indios a menudo contra los propios poderes locales.

     Todos sabemos que el edificio de la globalización finalmente no se construyó con los planos que diseñó la Escuela de Salamanca, que solo pudo edificar una parte de la ciudad, hasta que incluso aquella fue derribada. Pero llegamos a ver los cimientos y parte de los muros, que aprovechaban y se apoyaban en las construcciones anteriores. Y nos quedó la bondad de sus planteamientos. Lamentablemente en el proceso de la creación del “totus Orbis”, se impuso el modelo arquitectónico anglo-protestante, cuyo hijo predilecto son los Estados Unidos de América, que partía de hacer tabla rasa de todas las construcciones anteriores, confinando a los indígenas a indignas reservas, y a imponer una moral del éxito y del culto a la riqueza que todavía hoy florece en Wall Street. Ya nunca podremos saber cómo sería hoy en día nuestro mundo actual si se hubiera podido construir con las ideas de la Escuela de Salamanca. En mi opinión sería un mundo más justo y más bello, más cercana a la Civitas Dei, que, a la Babilonia proyectada por la Gran Ramera, en la que vivimos.

     De una gran lucidez intelectual me ha parecido la reivindicación de la Escuela de Salamanca por León XIV,  no solo para el pasado, sino para los nuevos retos que amenazan a la Humanidad. Si la Escuela de Salamanca fue la respuesta a un cambio total de la mentalidad y la ruptura de los límites del mundo, que fue lo que ocurrió con el descubrimiento de América, ahora nos enfrentamos, según nos dice a una nueva frontera, que no es geográfica sino tecnológica, en una clara referencia a la Inteligencia Artificial. Y frente a ella aboga la necesidad de algo parecido a lo que fue el pensamiento salmantino. Se vuelve a plantear dar respuesta a la “pregunta salmantina”, ¿Cómo se puede auto limitar el poder ante esta monstruosa hidra que amenaza nuestra libertad y nuestra dignidad?  

     Pero no quisiera quedarme solo con el aspecto ya destacado de su discurso, sino que en el mismo ha abordado muchas otras cuestiones de gran interés y que obviamente no puedo resaltar a todas ellas aquí. Por ejemplo, nos ha recordado León XIV que la tecnología no es neutral,  que la ciencia no es neutral, que obedece a los intereses de quien la crea, la financia y la fomenta en un sentido o en otro y por eso no debe tenerse como un ídolo a la ciencia y el progreso, como gusta de defender la mayoría de las ideologías modernas. La ciencia, la tecnología, como el derecho sólo es legitima si se sustenta en la dignidad humana y busca la Verdad. No toda ley es justa, ni todo lo legal es legítimo. Reivindica, y yo lo comparto, un nuevo Derecho Natural, unos principios y valores que están por encima de cualquier ordenamiento positivo y solo si es así, el derecho se convierte en un instrumento de defensa del hombre contra los intereses particulares de unos pocos.  Y en este contexto les recordó a sus señorías que no puede ser justa la legislación que mata los niños antes de nacer y se deshace de los enfermos por no ser ya productivos. La ley deja de ser justa. Valiente y riguroso en su defensa encendida de la vida, leyendo la cartilla a todos los abortistas de todos los signos políticos presentes en el hemiciclo a quienes afeó su cultura de la muerte. Como bellísima fue su defensa de la institución de la familia como instrumento de transmisión de la civilización y como escuela de la convivencia. También reivindicó el derecho a la educación de sus hijos en valores cristianos que tienen los padres, frente a toda la caterva masónica defensora furibunda del laicismo presente en la mayoría de los escaños del Palacio de la Carrera de San Jerónimo.

    En materia de inmigración, ha recordado la necesidad cristiana de practicar la caridad con los que llegan y tienen necesidad de ayuda, pero también el que deberían llegar por medio de cauces ordenados y legales, y que además deberían tener derecho a vivir de manera digna en sus países de origen. Una crítica nada velada a las mafias que trafican con seres humanos. Y destacó una palabra que muchos no han querido oír, y es la necesidad de  que los que llegan  a un país procedan a su  integración en la sociedad de acogida. Concepto esencial que echa por tierra todas las tentaciones de alimentar la multiculturalidad wokista. Nada que objetar a lo dicho, aunque quieran ver los actuales gobernantes españoles un respaldo a sus descabelladas políticas migratorias. En todo caso cabría recordarle al Papa, con todo el respeto que merece, que precisamente el Estado del Vaticano no es un ejemplo de puertas abiertas y de conceder su nacionalidad a cualquiera y que recientemente ha endurecido las sanciones para quienes ingresan ilegalmente en sus fronteras.

        En su profundo discurso, ha tratado muchos otros temas y todos ellos de gran interés. Sé que determinados medios han querido destacar del mismo, llevando el agua a su molino, la defensa del derecho internacional en las relaciones internacionales, y con ello un espaldarazo a la política gubernamental del actual gobierno socialista. Que un Papa abogue por el desarme de las naciones me parece lo natural y yo lo comparto como cristiano  y como lo ideal en un mundo idílico que desgraciadamente no existe.

        Otros han resaltado del discurso su alegato contra la polarización de la sociedad y la creación de odios y demonización del rival ideológico. Nada que objetar tampoco. Simplemente me sorprende que los mayores generadores de odio y polarización de la sociedad, entienden que esas palabras no iban dirigidas a ellos, sino a una supuesta ultraderecha intransigente. Deberían comprender, que esta intransigencia y polarización es fruto de una reacción de autodefensa contra los ataques continuos que se reciben del otro extremo del espectro político. La derecha es casi siempre simplemente reaccionaria.

     En fin, un discurso profundo, elevado, valiente y lleno de matices en que cada uno ha entendido un poco lo que mejor le ha parecido. Yo no estoy nada descontento con su contenido y percibo que en los medios más alejados del pensamiento cristiano se han quedado con un par de cosillas que le interesan, ignorando el resto, desoyéndolo o simplemente no queriendo entenderlo. La posición de estos, que incluso han llegado a decir que el Papa defiende al gobierno actual, me recuerda a aquella anécdota en la que Lorca al escuchar a Rubén Darío el verso de su poema “Responso a Verlaine”, que dice “que púberes canéforas nos ofrenden el acanto”, reconoció que solo había entendido la palabra “que”.

¡QUÉ DURO SER MADURO!

   Empieza el año 2026 con demasiados sobresaltos para lo que sería normal y deseable. No habían pasado ni dos días,  mientras estábamos por estos lares celebrando el aniversario de la toma de Granada por los Reyes Católicos, cuando nos sorprendía una noticia de esas que te dejan con la boca abierta. Me llegó al móvil un aviso que decía que los Estados Unidos habían capturado y detenido al mandamás de Venezuela, el desdichado, maléfico y atrabiliario gorila rojo, que atiende en la vida civil al nombre de Nicolás Maduro. Y también a su malhumorada esposa, que no sé muy bien porqué, pero cada vez que la veo me viene a la mente la imagen de la marimandona primera dama de la aldea de Asterix, Clarabella, abroncando continuamente al gordinflón jefe de la tribu.

    La primera sensación fue un estado de euforia, parecía significar que terminaría por fin el desgraciado régimen bolivariano, la dictadura que impuso el socialismo del siglo XXI el desaparecido Hugo Chávez. Seguí con gran expectación la comparecencia, del no menos atrabiliario presidente useño, quien rodeado por sus enérgicos chicos nos trató de explicar que no era una invasión, y por lo que yo entendí, que lo único que realmente le interesaba era el petróleo de Venezuela. Como casi ningún político dice una verdad completa, y casi siempre dicen todo lo contrario de lo que piensan, llegué a la conclusión que lo del petróleo era una simple excusa para su mercado interno. Que la realidad consistía en una toma de control de un país que se estaba volviendo demasiado molesto. Recordemos que llegó al poder prometiendo al ciudadano medio que se iba a desentender de los problemas del imperio  y sólo ocuparse de las cosas de comer de la clase media y de los problemas con la obesidad de los hijos de los granjeros de Minnesota.  Tardé un tiempo en comprender que pretendía hacernos creer  que todo lo realizado era una rutinaria captura de un delincuente ( o dos) reclamado por un tribunal de un barrio de Nueva York, por un asuntillo de drogas.

     No, ya he comprendido que entrar en otro país y llevarse por la fuerza a su presidente no es una invasión de un país soberano. No seamos mal pensados.   Lo cierto es que mi mente calenturienta empezó a imaginar qué pasaría si ante la sospecha, o realidad, de que el rey de una dictadura vecina nos inunda con su hachís y otras lindezas en forma de patera, decidiéramos enviar a los Geos a secuestrarle en plena noche para encerrarlo en Soto del Real. Pero descarté inmediatamente esa descabellada idea.

     Tras la alegría inicial, menudo bajón en el ánimo cuando escuché que aunque se llevaran al capo, dejaban al mando del país a la vicepresidenta Delcy, alias “la maletas”, al parecer debidamente sometida al nuevo poder ante el que se ha arrodillado rápidamente. Parece que ha quedado claro que no se pretendía acabar con el régimen dictatorial, sino sólo de que esa dictadura se sometiera y pusiera todo su poder sobre el pueblo al servicio de una potencia extranjera. Dicen que es por hacer una transición tranquila. Veremos. De momento se aclaró que lo de celebrar elecciones va para largo, que es mucho más interesante tener una oligarquía sometida y a su servicio, que un posible gobernante salido de las urnas, que podría tener opiniones propias. Parece que al igual que un escorpión no puede dejar de picar porque va en su naturaleza, un yanqui no puede dejar de ser imperialista, porque sería como negarse a sí mismo, como negar su propia naturaleza.

    Y aquí es donde se me presenta el dilema para formarme una opinión sobre lo que ha ocurrido y puede seguir ocurriendo en Venezuela. Me debato entre sentirme indignado porque a un país hermano, miembro destacado de una Hispanidad, que defiendo sin fisuras, sea asaltado y humillado por la bota imperialista yanqui, que una vez más se arroga el derecho auto concedido por la denigrante doctrina Monroe, de pisotear a un pueblo hispano. Por otro lado, siento la tentación de alegrarme de que por fin se descabece una cruel dictadura y se libere a un pueblo hermano de la esclavitud del socialismo real.

     Todo lo anterior se conjuga en un extraño coctel de sentimientos encontrados, de alivio, alegría y humillación al mismo tiempo, sobre lo que quisiera reflexionar.

    Para ello no puedo menos que plantearme si realmente es un ataque a la Hispanidad el acabar con Maduro. Y la conclusión es que no lo creo así. De hecho, el bolivarianismo ha sido el motor y alimento del llamado Grupo de Puebla, que ha sido  quien en los últimos tiempos,  con más inquina ha trabajado contra la idea de Hispanidad, y quienes más han defendido la leyenda Negra y el indigenismo más pernicioso. Es obvio que los norteamericanos también han defendido e impuesto la leyenda Negra con entusiasmo, pero en su caso es lógico, son sus autores y beneficiarios. No así los pueblos hispanos del Sur de América, que defienden en gran medida la leyenda negra, cuando son las verdaderas víctimas de la misma. Y por ello resulta mucho más incomprensible la posición de estos últimos.

     Por otro lado, con el secuestro de Maduro, se ha defenestrado a un ser despreciable, socialista, tiránico y cruel, que ha sido como un cáncer para su país y para casi toda la humanidad. Es cierto que, aunque pretendiera negarlo, es un ejemplar netamente hispánico, (dice ser medio  judío sefardí, colombiano e indígena) pero como tantos otros que hay por allí y por aquí, un traidor a su propia realidad. Los españoles hemos sufrido directamente el veneno inyectado en nuestra sociedad por el chavismo o madurismo, a ellos le debemos la creación e impulso de un partido de radicalidad comunista, ha acogido y protegido etarras y defendido el separatismo catalán, por no hablar de su íntima relación con el gran enemigo de España, el Partido Socialista Obrero Español.  Han alimentado y fomentado tanto aquí como allí, todo lo que puede hacernos daño y destruirnos. Solo puedo alegrarme con su desaparición.

      El rojerío patrio y parte de los moderaditos nacionales, han bramado porque esta acción suponía una violación del derecho internacional. Lo primero es que creo que este concepto de “derecho internacional” es un oxímoron, una contradicción en los términos, no hay derecho sino hay un poder que lo imponga y esto sólo se alcanza si hay un estado con coerción suficiente para imponerlo. No existe un auténtico poder internacional, sino muchos poderes de muchas naciones poderosas cada una con sus intereses. Y esto que ha ocurrido en Venezuela, es una muestra más. Hubo casos semejantes que nadie o casi nadie ha cuestionado. Me refiero por ejemplo al asesinato de Bin Laden en Pakistán por Clinton, o el bombardeo de Sarajevo por la OTAN ordenado por Javier Solana. No creo que sea un argumento válido para criticar la captura de Maduro el decir que se ha violado el derecho internacional. Más bien es la constatación de que éste no existe. Y el lamento de que mi país, a diferencia de otros, no tenga el poder suficiente para hacerse respetar en el concierto internacional.

      Por todo ello, creo que la conclusión es que aunque las formas sean discutibles, los españoles que defendemos a España y su integridad, así como los venezolanos y el resto de los pueblos hispanos, debemos estar agradecidos a Trump, y al también  hispano Marco Rubio, de habernos librado de una pesadilla.

      Ello no es obstáculo para que deje de sentir la humillación de tener que soportar la prepotencia y complejo de superioridad de los Estados Unidos. Y por ello, una vez dadas las gracias por librarnos del dictador , debemos seguir reivindicando con mayor fuerza si cabe, la necesidad de la unidad de los pueblos hispanos, el orgullo de nuestra identidad común y la defensa de nuestra identidad hispana frente a quien quiera borrarla y pisotearla, sobre todo si son coterráneos del General Custer.

Rosalía: Arte y Espiritualidad en LUX

No me imaginaba yo escribiendo esto que aquí escribo. Realmente no sé como retractarme de mis propios pensamientos y valoraciones respecto de una persona o mejor dicho de una artista. Artista con todas las letras. Reconozco que me había guiado por una serie de ideas superficiales, que me hacían verla como un icono raro de la música moderna que en general detesto. Y además no dejaba de recibir la sugestión de querer presentarla como un icono de todo lo woke, por quienes manejan los medios de comunicación. Es decir, la calificaba desde el desconocimiento de su obra y sólo por la imagen que sobre ella proyectaban los medios y a los que yo atendía sólo superficialmente por lo que de manera machacona querían presentarme los diseñadores de los cánones culturales, a los que tanto detesto y desprecio.

       Me estoy refiriendo a la cantante Rosalía. Yo apenas había escuchado ninguna canción suya, más allá de alguna que sonó machaconamente, como aquella que decía algo así como “malamente, tra, tra…”. Puede que haya escuchado más pero no las identificaba como suyas, dentro del magma de cantantes hoy llamadas “latinas”. Su nombre sí que me era conocido, pero a veces más por posiciones políticas totalmente contrarias a las mías o por el hecho de ser una catalana más que canta en español, para disgusto de sus paisanos.

   Pero hete aquí que alguien un día me dijo:  «¿no has visto el último video de Rosalía?, es sorprendente». Y me picó la curiosidad, y en un rato perdido y con desgana pinché en el video de la canción Berghain . Y lo que en principio fue algo de desconcierto, se transformó en auténtica sorpresa, al ver una auténtica maravilla, una perla tanto musical como visual, con un prodigio de voz, pasando de la ópera al llanto, todo ello enredado en un onírico desasosiego que pellizcaba el alma con una belleza prodigiosa. No me encajaba en la idea de la canción contemporánea en ninguno de sus encuadres, ni pop, ni rock, ni música latina, reggaetón, rap, … no sabía cómo clasificarlo. Y al final llegué a la conclusión de que es simplemente arte.

      Y claro, ello me llevó a las plataformas a escuchar el resto de las canciones de su último disco hasta el momento, titulado LUX, y en el que aparece en la portada con una desconcertante toca de monja católica. Y así fueron desgranándose una tras otra unas maravillosas creaciones, que me han hecho replantearme mi imagen y mi valoración de esta artista.

    Me parece de una gran valentía mantener la personalidad de la creación al margen de las modas y corrientes oficiales, defender la verdad de la propia creación tal como quiere brotar, sin pensar si esto encaja en las modas que dominan el mercado musical. En éste, hoy mandan las músicas rítmicas, casi habladas, rapeadas y muy sexualizadas y con mensajes progres. Y en este disco de Rosalía aparece todo lo contrario, canciones arrítmicas, íntimas, personales, espirituales y que se inspiran claramente en la música tradicional española. Hay mucho flamenco, hay rumba, hay copla, pero sobre todo hay verdad.  Me hace pensar lo que la música y en general la cultura hispánica podría haber aportado a la humanidad si no hubiera sido aplastada por la vulgaridad anglosajona que ha apabullado la creación artística a nivel planetario. Pero no sólo la cultura hispánica, también ibérica o mediterránea en general. Y así Rosalía, las reivindica todas ellas y nos deleita con un maravilloso fado en portugués y con una bellísima canción italiana a caballo entre los ritmos meridionales y la copla española. Y muchas otras canciones, de las más variadas estirpes, idiomas, evocaciones y formas, pero cada cual más deslumbrante.

    Pero quizás lo más sorprendente es que toda su creación trasluce y está teñida de una sincera búsqueda de espiritualidad, una inquietud religiosa o de transcendencia, o al menos de pesadumbre ante el vacío del mero materialismo. La canción “sexo, violencia  y llantas”, nos plantea esa vieja dicotomía de elegir entre Dios o el Mundo, el demonio y la carne, o de intentar compaginar las dos. También es conmovedor el tema “Mio Cristo piangi diamanti”, o lo que es lo mismo “Mi Cristo llora diamantes”,  en el cual entre otras nos encontramos con esta bella estrofa: Quanti pugni ti hanno dato Che avrebbero dovuto essere abbracci? E quanti abbracci hai dato Che avrebbero potuto essere pugni? ( Cuántos golpes te han dado, que deberían haber sido abrazos?. ¿Y cuántos abrazos has dado, que podrían haber sido golpes?).

No sé cual es el auténtico propósito de Rosalía sobre la religión, parece que está fuertemente inspirado en la personalidad y la obra de Simone Weil, a quien cita en su disco («el amor no es consuelo, es luz«), cita que parece ser el origen del título del mismo. Weil, partiendo del materialismo más feroz, se convirtió al cristianismo pero siempre desde una posición personal y heterodoxa, y tal vez la cantante esté en un camino parecido, en una búsqueda personal, una exploración de caminos e inquietudes, que no sabemos, donde concluirán, quizás no lo sepa ni ella, pero revelan por el momento una honestidad que me parece muy elogiable.

Por supuesto, esto no hace que vaya a aceptar cualquier opinión de esta cantante, pasada o futura, que será muy libre de hacer y yo de compartir o no. Pero ello no obstará para que valore su arte. No sería la primera ni la última artista, varón o mujer, y de cualquier campo del arte y la creación, respecto de los cuales considere magnifica su obra y no comparta sus posiciones ideológicas. Como también ocurre a la inversa.

En fin y resumiendo, que he sido cautivado por la luz (¡LUX!) de esta artista, y que entono el “mea culpa”  de haberla juzgado negativamente sin conocer su música. Y tiene mérito en mi caso, ya que elogiarla me hace compartir opinión con personas a las que detesto, y sin ir más lejos con el endemoniado tiranorzuelo que actualmente nos gobierna, que manifestó que le parecía maravilloso y que había interrumpido su siniestra tarea de corrupciones variadas para escuchar del tirón este disco. Me molesta compartir algo con este señor, ni siquiera una opinión. Me consuela que una canción del disco parece estar dedicada a él. Más que parecerlo, se trata de un retrato-robot del personaje. Es una que se titula “La Perla”, en la que entre otras cosas dice lo siguiente:

Él es tan encantador
Un espejismo
Medalla olímpica de oro al más cabrón
Él es el centro del mundo
Y ya después ¿lo demás qué más dará?
¿Pero de qué te sirve
Si siempre mientes más que hablas?
Te harán un monumento a la deshonestidad

Adiós Morante, gracias Maestro.

      He visto en mi vida muchas corridas de toros. He disfrutado de la emoción de momentos memorables que siempre recordaré y otros que no los recuerdo ya, pero que los saboreé en su momento, luego se disolvieron en el viento, al modo de una sinfonía o un bello poema recitado. Recuerdo haber disfrutado desde mi modesta localidad de la andanada en Las Ventas de la mano desmayada de Joselito, la variedad estética de Esplá, el temple clásico de César Rincón, la emoción vertical de José Tomás y tantos y tantos otros que no puedo traer aquí. Pero de todas las bellas luchas (la tauromaquia no es otra cosa que una pelea), me quedo con la última faena que he visto, y es la que saboreé hace unos pocos días y que todavía me tiene encogido el corazón y arrebujada el alma como un capote de áspero percal dibujando una media verónica. Y no es otra que la que tuvo a bien regalarnos el inigualable Morante de la Puebla el último día de la Hispanidad.

      Seguramente no será la mejor faena que he visto, ni la más redonda, y por ello considerarla como la “mejor” sería injusto. Estoy casi seguro de ello.  Pero también me atrevo a asegurar que mientras viva no podré olvidar un momento tan memorable como el del último toro de Morante y tras el cual, de manera sorpresiva, al menos para mí, se cortó la coleta. En esta faena , como en una conjunción perfecta de las esencias del Toreo,  se dieron la mano la emoción, la lucha encarnizada, el arte y la precisión técnica, rematado todo ello con la referida y sorprendente decisión de cortarse la coleta y dejarnos tras la gloria del éxito, huérfanos de su arte para siempre.

      Tengo todavía la emoción erizándome la piel. A cada momento quiero recrear en mi mente esa mano baja de un artista dibujando una lentísima elipse en el viento, acompasando los latidos de mi corazón con la furia dominada que embiste para matar. Quiero ver una y mil veces en mi cabeza, esa verdad del dolor de la lucha, del héroe maltratado por la fiera que se recupera de los revolcones que le da el astado, como si fuera un ciego destino, para volver a imponer su ley. Fuerza y arte, emoción y verdad. En un mundo de sucedáneos culturales, y de trampantojos de la realidad, emerge una visión hercúlea de un titán encarnado en un hombre que por su propia voluntad desafía los límites de la naturaleza, con una liturgia incomprensible arriesga su vida. Es tan cierto, hay tanta verdad que sólo puede generar asombro y admiración en todos los que desde la barrera cumplimos nuestra misión de saborear y deleitarnos con los sublimes efluvios que destilan un trozo de tela, una espada y hombre vestido con la luz del sol, encarnando un arquetipo del hombre primigenio, habitante por un rato de la edad de oro, donde el lenguaje es poesía y la lucha contra la adversidad y la decadencia, puro arte y belleza.

         Han pasado varios días y sigo temblando ante un ejemplo depurado de la épica que, por otro lado, siento que para casi todo el mundo es algo incomprendido. En redes sociales, leí algún comentario en el que le tachaban de “asesino”, y comprendí que esta épica no es sino un pésimo ejemplo para el hombre contemporáneo, es decir para un tipo humano decadente como es el que predomina en la sociedad actual, que se regocija de su propia cortedad de espíritu, que se vanagloria de su mediocridad, de su enanismo mental, y de eso hace una expresión cultural asimismo mediocre y cobarde. Ese tipo humano que sólo se compadece del animal, pero desprecia la mística guerrera que es una virtud del hombre que es capaz de mirar a la muerte a los ojos. Es tan anticíclico el arte del toreo con los tiempos que vivimos que es casi una reliquia de un tiempo escapado, un fósil viviente de un mundo que valoraba la verdad, la emoción y la profundidad a diferencia del que nos domina donde solo triunfa la mentira, el cinismo y la superficialidad.

      En esta última faena de Morante, yo sí sentí que el torero estaba jugando a una ruleta rusa con su vida y que por un pequeño detalle del destino salió triunfador el hombre. Cuando el toro le volteó y lanzó por los aires, al llegar al albero parecía un ser acabado, sin fuerza, exánime y llegué a temer por su vida, o por una lesión fatal, como  la que ya sufrió años atrás mi paisano Julio Robles. Pero como un ave fénix renació, y aturdido y limitado, empuñó los trastos para deleitarnos con unos memorables muletazos, siempre plenos de emoción, con un puntazo de pitón incluido. La lucha comenzó a decantarse para el ser dorado, héroe áureo, que empuñó la espada y formó una certera cruz entre el vertical estoque y el horizontal del lomo del animal. Luego el delirio de la multitud que supo alimentarse de la gloria y le llevó en volandas por las calles de Madrid, hasta la calle de Velázquez donde fue aclamado. Justa ovación a un hombre que se elevó sobre los demás, haciendo algo que muy pocos podemos hacer: luchar, vencer, crear belleza, y pellizcar el alma.

      Muchas gracias José Antonio Morante de la Puebla. Gracias por tu arte que me ha llevado al borde de las lágrimas como pocas manifestaciones artísticas lo han hecho. Me has hecho recordar algo que estaba olvidando, y es que el placer estético que proporciona el toreo no lo consigue casi ninguna otra disciplina artística. Gracias porque me has recordado lo bello que puede ser el toreo y la necesidad de mantener este arte vivo y conservar este rescoldo de un mundo casi desaparecido y del que me niego a aceptar que tenga que morir. Gracias maestro.

Otoño, «El Buen Lugar» para la poesía.

(POETICA I)

  Ha regresado el otoño. Ese periodo de tiempo en que el año  se equipara con mi propia vida. Y como cada año, retorna la sensación de que he perdido parte de mi tiempo en el pasado verano, y en la anterior primavera. Que se aproxima otro fin de año sin grandes avances vitales. Desperdiciar el tiempo es la última y quizás única razón de vivir. Y ello porque no sé en qué consiste aprovechar el tiempo o perderlo. Quiero decir que todo tiempo se pierde, siempre, en todo momento y esta es la única realidad. Lo de tener la sensación de haberlo aprovechado o utilizado correctamente o no, es ya algo puramente subjetivo. Es algo que pertenece al mundo de la utilidad, de la productividad y de la vanidad. O quizás ni eso, al resbaladizo mundo de la conciencia y la autosatisfacción.

    Lo cierto es que el otoño, enciende en mí, la ardorosa necesidad de la poesía, de leerla, de escribirla, casi diría de respirarla. No sé cuál es la razón de ello, quizás ese clima que cada año retorna a pesar de los fanáticos de la secta apocalíptica que se han alzado con casi todos los resortes del poder. El otoño trae días más cortos y noches más largas, y la progresiva huida de la luz desata un sentido de melancolía crepuscular que me lleva a transitar por  los versos y las metáforas.

      Este año no ha sido una excepción, pero con una especialidad respecto de otros años y es que en el verano recién terminado he leído un libro escrito por un poeta, el cual leído a su vez por otro poeta, o que al menos pretende serlo, ha reactivado algunas de las preguntas e inquietudes que todo escritor que se toma en serio su creación se plantea. Es muy fácil hablar de poesía, y algo menos escribirla, pero lo verdaderamente difícil es saber qué es la poesía.

      Y el libro al que me refiero es la reciente publicación de la obra “El Buen Lugar” del poeta extremeño Basilio Sánchez, donde recoge una y mil expresiones de lo que, para él, gran poeta, significa la poesía. Ofrece en su obra una catarata de pensamientos ante los que te tienes que detener exánime, desmayado, con la imperiosa necesidad de parar un momento la vida para paladearlo, para intentar comprenderlo. Y es así que encuentro, salvando todas las comparaciones que humildemente asumo, una afinidad de planteamiento sobre lo que es la poesía, o lo que puede o debe ser. Me resulta ciertamente revelador ver expresadas muchas cosas que a mí me resultarían difíciles de explicar. Y es por ello un libro extraordinario, de lectura atenta y relectura pausada. No puedo menos que compartir con él la vocación de vivir la poesía como una necesidad metafísica e inexplicable.

        Comparto esta sensación de encontrar una necesidad de trascendencia de la poesía, de una rara inquietud que te lleva a caminar por territorios resbaladizos, entre la realidad de las palabras y la irrealidad de algún territorio todavía por descubrir. Dice en algún momento Basilio Sánchez, que no es posible definir la poesía, de la misma manera que no se puede definir la vida, la muerte o el amor. Y citando a Pedro Salinas nos indica que la poesía es la experiencia profunda del misterio, de lo inexplicable.

     Pese a que afirma que no se puede definir la poesía, hay que reconocer que el autor lo intenta, pero de una manera poética, es decir utilizando el símbolo, la metáfora, la propia poesía con que desarrolla sus meditaciones. Y reconozco que  casi siempre me valen estas aproximaciones, aunque no siempre, ya que muchas veces a lo largo de mi vida he intentado encorsetar en una definición lo que es la poesía, sin tener que acudir al lenguaje poético.

      Y es que, este libro que comento, ha reavivado una vieja inquietud, que por periodos mantengo adormecida y que rebrota periódicamente como una comezón crónica en el alma que a veces se apacigua y otras estalla. Escribo poesía desde que tengo uso de razón, y debo reconocer con humildad, que desconozco realmente lo qué es la poesía. Seguramente cada persona que escribe poesía tiene algún motivo o alguna explicación de por qué lo hace. Creo que en mí es una búsqueda de una transcendencia que de otro modo se me niega, es quizás una ansiedad antropológica ante las limitaciones físicas, temporales, anímicas o espirituales que nos plantea la vida y que soñamos como no existentes en algún estado superior del hombre.

      Resultaría un poco cómico perder parte de las horas de una vida sentado ante un folio en blanco buscando palabras que quieran encadenarse en la forma adecuada, si esto no fuera el modo de satisfacer una necesidad íntima de trascender. Y no me refiero a una trascendencia vanidosa de todo creador como reconocimiento mundano, sino a la necesidad profunda de elevarse por un rato por encima de una realidad limitada y frustrante, como lo es la realidad del hombre.

     Para mí, el hombre ha inventado la poesía como un intento de regresar a un paraíso perdido. El estado poético es algo así como un estado adánico, donde el hombre vive en un estado de perfección, con un lenguaje asimismo perfecto, donde todo está ordenado y se es feliz de una manera plena. El poeta es un hombre que a su modo, es decir usando el lenguaje, rememora una pérdida difusa y comprende a su manera que hemos sido expulsados del Paraíso. Así la poesía se torna búsqueda, lamento, pérdida, queja e insatisfacción. La poesía es una reminiscencia del lenguaje que se hablaba en el paraíso perdido y cada poeta intenta encontrar, casi diría recordar, aquellas palabras, aquella música, aquel amor.

   Soy consciente que caigo en el error que hace un momento pretendía criticar, y es que doy una definición de la poesía puramente poética, incurriendo en una tautología como es explicar la poesía con un poema o lenguaje poético que encripta lo definido. Reconozco mi fracaso, ya que en estas líneas que escribo hoy me planteaba hacer una definición más prosaica de la poesía, es decir algo más cartesiano, menos impenetrable. Pero estamos en otoño y todos mis intentos por centrarme en una definición técnica de la poesía han fracasado.

    No obstante voy a tirar la piedra, sin esconder la mano, y voy a dejar aquí escrita la definición que de la poesía me atreví a plantear hace algún tiempo y sobre la que prometo volver en este blog el día que me encuentre más terrenal, quizás para la próxima primavera.

      Como adelanto diré que un poema, que es la cristalización de la poesía en lo concreto, para mí, tiene que tener siempre y en todo caso un contenido, una razón, una búsqueda, un sentido, que a mí me gusta definir como una “verdad”. Y también tiene que tener una forma concreta que se elabora con la materia del lenguaje, pero siempre con una cadencia, una sonoridad, una musicalidad, un ritmo. Alma y cuerpo, fondo y forma. Con todo ello yo he definido de manera no académica, puramente personal y que no me atrevería a defender ante nadie, pero que a mí me sirve. Poesía es para mí, la expresión de palabras que guardan, encierran, revelan o atesoran una verdad, grande o pequeña, enunciada con el ritmo de la música del Universo.

FLOR DE AVISPA

  Regreso a este refugio mío en el Acantilado, abrumado por la realidad y buscando un modo de evasión con la escritura. El paisaje que me circunda en mi país es desolador y descorazonador, todo parece arrasado por la mediocridad, la codicia y la corrupción. Y esto hace que me sienta como un ser doliente y desacompasado, que se atreve a mirar de soslayo el entorno, buscando refugio de la ansiedad en el recogimiento y en el silencio. Pero me acuso de llevar demasiado tiempo silenciando este blog, casi bordeando los límites del olvido. No encuentro la clave para adentrarme en él. A veces demasiado excitado por la rabiosa actualidad, me invita a volcar un torrente de improperios y desacatos al buen gusto, que inmediatamente reprimo. Otras veces la duda, de si no será una simple pérdida de tiempo, que siempre es una buena excusa para la alimentar la desidia. Busco encontrar el tono correcto. Busco un equilibrio que no consigo alcanzar y el resultado es el prolongado silencio.

  Con la llegada de la pausa obligada que impone en Madrid el severo calor  del mes de agosto, hago propósito de regresar a mi Acantilado, de contar algo, lo que sea, siempre que ello me reporte un poco de satisfacción. No quiero rendirme a la sensación de que no tengo nada interesante que decir, incluso aunque fuera cierto. Y sobre todo, como ya dije antes, busco refugio en la frescura que para el  alma procura la literatura. Demasiado pensamiento recalienta las neuronas y acentúa los sudores. Decididamente es muy difícil filosofar bajo un sol de justicia. La hora de la siesta invita más bien a la molicie que procura el adentrarse en mundos ajenos, esto es a la lectura de un buen libro de narrativa.  Por ello, con cuidado aparto de mi cercanía los ensayos o los tratados políticos y sociales y busco aquello que la lectura puede aportarme de serenidad personal y también alimento para el espíritu. Me lanzo a la lectura de una buena novela.  

          Desde luego que también busco un aliado contra los sofocos veraniegos en la escritura, sobre todo en la poesía, y ello incluso cuando no escribo demasiado últimamente. Ello no impide que incluso en la duermevela de la siesta ejerza de poeta. Tengo entre mis manos un libro del que solo he leído tres páginas pero ya me ha cautivado (y sobre el que seguramente volveré), en el que leo que la poesía es una actitud ante la existencia, un estado de continua disponibilidad y atención silenciosa. No puedo estar más de acuerdo.

  Si refugio busco en la literatura, en el arte de la palabra, no sólo lo hago cultivando la actitud poética sino también y sobre todo, como he dicho, con la lectura de ficción, de narrativa, que reconozco que en los últimos años la tengo un poco relegada. Y aquí he tenido la suerte de encontrarme en el camino con una novela excepcional, que me ha reconciliado con el género. Me estoy refiriendo a “Flor de Avispa” de Miguel de los Santos, publicado por “Pie de Página.

   Para los que, además de una edad cierta, tenemos ya una cierta edad (curiosa expresión, que connota ya la cercanía a la ancianidad), Miguel de los Santos fue un referente del periodismo televisivo. Realmente no tenía noticias suyas desde hace mucho tiempo, y tampoco lo tenía considerado como un referente literario. Más bien he desconfiado de los periodistas famosos que escriben novelas, que son legión. Y tal vez sea injusto, pero siempre me han parecido más bien productos de marketing literario, más que buena literatura. A pesar de todas estas reticencias, este libro me decidí a comprarlo en la última feria del libro de Madrid, quizás por su llamativa portada, quizás por la recomendación personal de su editor, Álvaro Martín, a quien le debo gratitud y aprecio en partes iguales. Sea cual fuere el motivo, no puedo menos que congratularme con esta adquisición.

     La novela “Flor de Avispa” es de una frescura sorprendente si se considera que su autor tiene ochenta y nueve años. Es amena y a ratos hasta divertida. Está inspirada al parecer, en la vida del sacerdote, poeta y revolucionario Ernesto Cardenal, aunque en lo que creo una inspiración más evocadora que estrictamente biográfica. Y realmente, esta referencia no creo que sea un aliciente especial  para quienes, como yo, no somos precisamente unos admiradores de la teología de la liberación. Tampoco es que sea un enamorado de su poesía, que sólo conozco parcialmente (si soy sincero sólo conocía un poema-oración dedicado a la muerte de Marilyn Monroe, que no me entusiasma). Y en cuanto su vida, prefiero quedarme con la última parte, en la que reniega del resultado en el que ha terminado la dictadura de Daniel Ortega, que tan activamente apoyó.

    La novela “Flor de Avispa” la coprotagonizan un sacerdote, -como Cardenal-, y su hijo adoptivo, que es un ser de una inocencia e ingenuidad salvífica. Relata con agilidad y cierto desasosiego la peripecia de una redención por un mal causado, de una búsqueda del sentido de la vida, y no hallándolo en la ambición material, ni en la vida política, ni en la lucha social, sino en la vida simple y sencilla  y en el puro amor, que no es un amor carnal, sino una pura entrega. Nos propone que la salvación personal para los seres perdidos, los deshechos de la sociedad,  está en la vida interior simple, alejada de casi todo lo material superfluo, que se representa en una comunidad perdida en un rincón de Nicaragua, donde seres olvidados y preteridos son capaces de conseguir que fructifique una planta sin flor, pero que da un fruto de amor y felicidad verdadera. Frente a esta comunidad de seres felices y extraños, se exhibe una llamativa flor, la que da título al libro, que es la vistosa “Flor de Avispa” (o hibisco), que es la que da nombre a un burdel, y que es la antítesis de todo lo anterior: lujuria, materialismo, violencia, corrupción y en suma destrucción del hombre que queda atrapado por los oropeles de esa deslumbrante trampa visual.  Y que se propone corromper la inocencia y utilizarla para sus espurios fines.

     La obra es, a mi juicio, profundamente religiosa, y reivindicativa de una religiosidad interior. Sugiere un cristianismo personal, alejado quizás de la jerarquía, aunque no opuesta a ella, pero también alejado de lo que parecería que podía ser lo dominante en ese entorno vital concreto, la reivindicación de la lucha social. Pese a que está ambientada en ese tiempo y lugar donde floreció la misa campesina, y aquel credo que nos llegó a nosotros de la mano de Carlos Mejía Godoy y Elsa Baeza, en la que se reivindica un Cristo obrero que resucita en “cada brazo que se alza para defender al pueblo del dominio explotador.” Sin embargo, el cura protagonista de la novela no es un luchador contra la opresión y la lucha de clases, no es un revolucionario, sino que lo que afronta es una lucha interior. Casi diría que antes que revelarse contra la injusticia, pone la otra mejilla, asume con mansedumbre su destino. Muy poco apropiado para la combativa teología de la liberación.

  Además la novela es también en gran medida una novela política y profundamente crítica con las dictaduras represivas, sean del signo que sean y por ello, también con las utopías liberadoras que nos ha propuesto el marxismo en el siglo XX,  y todavía ahora.  En cierto modo recuerda a la “Rebelión en la Granja” (animal farm) de Orwell, cuando los ilusionados animales se rebelan buscando justicia contra la tiranía del granjero y solo consiguen una dictadura peor, sustituyendo a los hombres por los cerdos en el poder. Algo parecido ha ocurrido en la realidad en Nicaragua,  con la destitución del tirano Anastasio Somoza, y la colocación en su lugar del despiadado Daniel Ortega y su señora la poetisa Rosario Murillo. En “Flor de Avispa” se muestra de manera patente este enorme desengaño político, que sí parece que sufrió al final de su vida Ernesto Cardenal, como también Sergio Ramírez. Esta desilusión la encarna en la novela, y por qué no decirlo, también en la realidad, como un potente símbolo omnipresente, el terrorífico penal ”El Chipote”  de Managua, donde torturaba Somoza y que los sandinistas mantuvieron intacto y todavía hoy, después de cincuenta años de la caída de aquel dictador bananero, sigue activo y en plena actividad.

   Las vistosa flor de avispa es como aquellos ideales que atraen a los hombres, al modo que la flor atrae a los insectos, los seduce y deslumbra, y los utiliza para sus propios fines. Muchos hombres quedan para siempre atrapados en esa vistosidad, o lo están hasta que descubren que no hay nada consistente detrás, sino la lucha por el poder, y que han sido un instrumento útil para encumbrar a otros. Metáfora que encierra una interesante moraleja, conforme a la cual conviene desconfiar de casi todo, incluso de aquello que se nos presenta como una solución milagrosa a nuestros problemas y nos promete un paraíso de libertad. Utilizando la frase hecha con otro país centroamericano, es como salir de Guatemala, para ir a “Guatepeor”. En suma, y sin ánimo de destripar el final, que no deja de ser sorprendente, es para mí una muy recomendable novela.

¿QUIÉN DIJO MIEDO?

    A medida que uno va tirando del hilo y adoptando una posición más crítica de la situación política y social en la que vivimos, se van identificando algunos de los resortes con los que el poder nos controla y manipula. La realidad social establecida es un complejo sistema de apariencias y sugestiones cuidadosamente cultivadas con mimo por alguien que no da la cara, y que realmente no es fácil saber quién es. Una gran sombra es la que decide nuestra forma de vivir, la que nos controla y esclaviza de una forma tan sutil que somos incapaces de percibir ni siquiera que estamos controlados y mucho menos quien o quienes lo hacen.

    No soy un estudioso de la cuestión, no soy un politólogo, ni un sociólogo, ni nada parecido. Sólo uno más de los controlados, de los manipulados, que, a ratos, y confieso que no siempre, intenta vislumbrar quien mueve los hilos detrás del decorado. Asumo mi derrota en este propósito, es tan complejo el entramado y la maraña de elementos superpuestos para evitar que se descubran los trucos del prestidigitador que a veces sólo queda quedarse con la boca abierta y aplaudir ante la magistral forma de dominación y el escapismo de su efigie que no es sino una digna actuación del gran Houdini.

  Pero a veces en la actuación de los magos, por buenos que sean, cuando repiten muchas veces el mismo truco se acaba descubriendo o por lo menos sospechando donde está la trampa, el engaño. Y algo así está ocurriendo con uno de los instrumentos que más se está utilizando últimamente para dominación y control social. Y no es otra cosa que la utilización continua del miedo. Las personas que vivimos en este tiempo estamos continuamente amedrentados por los más variados motivos, casi todos ellos generados o creados desde los medios de comunicación y los creadores de opinión.

     El miedo es un mecanismo de defensa de la naturaleza frente a la adversidad. El perro apaleado tiene miedo del palo. Y en el hombre no es la cosa muy diferente. Siempre y en todo momento de la historia el hombre como individuo ha sentido temor al rayo, a la muerte, a la enfermedad, a pasar hambre. Es una manifestación del instinto de supervivencia. Y es algo ínsito a la propia existencia, y que en las personas se manifiesta con mayor o menor intensidad, .

   El miedo como toda debilidad instalada en el alma humana es particularmente útil como instrumento para el control de las personas. Y así ha sido posiblemente desde siempre. Todos los poderosos han sustentado su dominio y poder en la utilización del miedo, en la coacción, y cuanto más despiadado y totalitarios han sido los gobernantes más han utilizado esta forma de poder. En el “Yo Claudio” de Robert Graves, (que en gran medida no es otra cosa que un remake de la “vida de los Doce Césares”,  de Suetonio)  se recoge aquella frase del Emperador Tiberio como medio para conservar su poder: “que me teman, siempre que me obedezcan”. Fue superado por Calígula, quien según dicen prefería la de “Oderint dum metuam” , es decir, “que me odien siempre que me teman”.  El poder autocrático como el de los Césares romanos, no tiene inconveniente alguno de utilizar el miedo para asegurarse la sumisión y obediencia de sus súbditos.

   Este es el miedo que imponen los regímenes autoritarios, el que utilizaba Stalin para sojuzgar a su pueblo. El miedo al poder como forma de coacción y amansamiento de los pueblos. Luchar contra los regímenes dictatoriales requiere una dosis de valentía para superar esa imposición de fuerza, que hace que quien se opone al mismo acabe pagando con su libertad, su hacienda o incluso su vida. Oponerse a estas formas de poder requiere una importante dosis de heroísmo, de valentía y de osadía, superadores de ese miedo generalizado y opresor.

   Las formas modernas de dominación son más sutiles, pero no menos eficaces. Los sistemas políticos que se autodefinen como democráticos o estados de derecho, que se ven a sí mismos como respetuosos con los derechos humanos, con las garantías y contragarantías, no pueden lograr la aquiescencia de los súbditos por medio del miedo al aparato del Estado. Sería formalmente contradictorio con sus propios principios, que se basan en crear la ilusión en los gobernados de que son libres, de que viven en un sistema que permite libertades como la de opinión, de asociación, de prensa, etc.

   Estos sistemas, que podemos definir, por abreviar, como democráticos, parten de la premisa de que el pueblo los acepta, y por ello su supervivencia reside en conseguir que el pueblo los admita con general aquiescencia, para lo cual, como no hay un poder fáctico aparente que se imponga, debe procurarse la sumisión de los gobernados por medio de eficaces medios de creación de opinión que haga que el discrepante sea apartado del rebaño como una oveja infectada. Su forma de legitimación es lograr que el pueblo crea sinceramente que desea esa forma de gobierno y para ello es preciso continuamente alimentar esa opinión, esa ilusión, o esa fantasía de que es la mejor  y la única forma de gobierno posible. Quien discrepa, a diferencia de los regímenes totalitario, no se le encarcela, pero se le tilda de “populista”, de “negacionista”, se le impone el total ostracismo, lo que se ha dado en llamar en esto tiempos como la cancelación.

    Pues bien, en estos sistemas de aparente libertad, basados en el inducido autoengaño de las masas, el miedo tiene también un importante papel como instrumento de control social. El miedo, es un estado psíquico o emocional que se genera en una persona cuando siente, percibe o tiene la creencia de que va a sufrir un mal. La reacción más natural es tomar las precauciones o adoptar las conductas que se considere que son más adecuadas para evitar ese posible mal que se imagina. Cuando una persona padece miedo está condicionada en su conducta, sus decisiones no son ya totalmente libres sino que están mediatizadas por la necesidad de tratar de evitar los males que le amenazan. Y eso hace que estas personas sean más sumisas respecto de quienes le prometen defenderles de esos males que le atemorizan. Y no solo para impedir que se haga algo, que prohibir generando miedo es más sencillo, sino incluso consiguiendo que hagas algo que no harías si no existiera ese temor. El mecanismo sería algo parecido a si yo te genero un miedo sobre algo concreto y al tiempo te indico la forma de superarlo, que es precisamente la forma en la que yo quiero que te comportes para complacerme. Por ejemplo, me molesta que mi vecino deje la luz de su parcela toda la noche encendida, y quiero que la apague, puedo cortarle violentamente la luz, o puedo amedrentarle con que es inminente un ataque aéreo de un enemigo imaginario, si consigo que lo crea, él mismo por miedo apagará voluntariamente todas las noches la luz y creyendo que actúa con libertad y por su propia decisión. Obviamente será necesario que consiga que se crea que ese riesgo es cierto, y ahí es donde entraría toda la propaganda mediática para dar verosimilitud a esta descabellada situación.

     Los gobernantes, que incluiríamos en el espectro democrático, y que se sirven a la nueva dominación globalista, son conscientes, (como todo poder)  del enorme instrumento de control social que es el miedo. Pero como no quieren dar la cara de una imposición fáctica del terror, que les haría sentirse autoritarios o dictatoriales, lo utilizan de una forma indirecta pero no menos eficaz. Quizás más eficaz,  porque los ciudadanos no perciben que el miedo lo genera un poder concreto, un tirano contra el que se puede luchar y al que se podría derrocar.  

     Así vemos que en los últimos tiempos los medios de comunicación están continuamente alimentando el miedo de las personas de las formas más variadas, con tal que estemos los ciudadanos continuamente instalados en el temor de algo que nos pueda ocurrir.  No hay más que ver alguno de los noticiarios para ver que una sección fija de los mismos es la de una anticipación general de males, algunos reales y otras meras sugestiones interesadas, que no tienen otra finalidad que mantener un estado de atemorización general de las personas.

     Son muchos y muy variados los temores creados desde el poder, que obviamente afectan más o menos a las personas según su propia propensión a padecer miedo o a ignorarlo.  Uno de los más utilizados y evidentes es el terror climático. Todos días tenemos varias noticias sobre catástrofes naturales, inundaciones, huracanes, incendios de bosques, etc. en cualquier punto del planeta, para inmediatamente sugerir que no son otra cosa que consecuencia del cambio climático, y que este cambio climático, que estoy yo provocando con mis irresponsables conductas, va a hacer inhabitable mi país, va a subir el nivel del mar inundando enormes extensiones y ciudades, y en suma se destruirá el planeta. Esto es terrible y hay que evitarlo a toda costa, para lo cual una vez asumido profundamente ese miedo debilitante, hay que apoyar y aplaudir a quienes luchan contra ese fantasma de la destrucción del planeta. Y hay que apartar como apestados a quienes niegan que esto sea verdad e incluso a los que, aunque crean que es posible que fuera cierto, entiendan que hay que superar ese miedo irracional a la destrucción planetaria.

    Los ejemplos de creaciones artificiales de miedos en la población son variados. Miedo al contagio y a la enfermedad (desde el Sida, el coronavirus, la gripe A, etc.) , a las epidemias en personas o en animales; miedo generado por un la posibilidad de que un asteroide llegue a chocar contra la tierra (de vez en cuando avisan de esta posibilidad, quizás como creación de estado de ánimo para su utilización futura), miedo a que los antibióticos dejen de ser eficaces, miedo difuso al fascismo….. Una de las últimas creaciones es el miedo a la guerra que nos pueda llegar ante una amenaza bastante ilusoria de que Rusia pueda invadirnos. Hasta nuestros más sensatos y equilibrados gobernantes nos han sugerido que tomemos en serio la amenaza, nos proporcionemos un kit de supervivencia al tiempo que todos los medios de comunicación nos informan, como que no quiere la cosa, qué hacer en caso de ataque nuclear  o las ventajas de tener un búnker subterráneo en el jardín.

Por el contrario, cuando el miedo es digámoslo así, espontáneo, no creado o impulsado desde el poder, éste es negado y ocultado. Si tengo miedo a que ocupen mi vivienda, si tengo miedo a que se instalen en mi entorno personas venidas de otras culturas, de creencias intolerantes con mi forma de vida y que puedan atacarme o vejarme, no puedo exteriorizarlos, ya que de hacerlo soy directamente un elemento sospechoso de antisocial. Hay miedos autorizados y miedos prohibidos.

     El miedo es inseparable de la naturaleza humana. Pero sólo se puede ser libre si uno es capaz de controlarlo, de superarlo, de eliminarlo de la mente y del corazón. Y hay que luchar contra el miedo al tirano y contra el miedo que nos crean nuestros gobernantes para tenernos paralizados, adormecidos y sojuzgados. Fue clarividente San Juan Pablo II, quien, al ser elegido Papa, las primeras palabras que dijo a la multitud que le aclamaba en la plaza de San Pedro, fueron precisamente “No tengáis miedo”.