ÉRAMOS POCOS Y PARIÓ LA ABUELA

Éramos pocos y parió la abuela. Así reza un conocido refrán español, que todos hemos utilizado en algún momento para expresar de manera castiza que una situación ya complicada siempre es susceptible de ponerse peor. Es un refrán de gran abolengo y antigüedad y ya aparece recogido en la extensa recopilación que hace Juan  Mal Lara en La  Philosophía Vulgar en 1568. Esta obra lo recoge en una variante distinta a la actual, cuando dice “éramos treinta y parió nuestra agüela” (sic)   y lo explica diciendo “Acontecese que en las casas do ay poca hazienda se acrescientan los parientes y han de manternerse todo del ordinario que antes avía…”, continúa explicando en un castellano muy lúcido, que cuanto más se reparte una misma hacienda entre todos los que acuden a la casa menos recibe cada uno.

      Este es sentido más lógico y se entiende que alegórico o metafórico del refrán, ya que en realidad no es frecuente, (tampoco imposible) que una abuela se ponga de parto literalmente. Pero mira por donde en este país que pasan cosas rarísimas, resulta que ahora se nos está llenando de nietos que no han pisado este país nunca y cuyas abuelas, o quién sabe si bisabuelas o tatarabuelas, se fueron por ahí hace más de setenta años para probar fortuna por otras tierras. Resulta que ahora en España las abuelas están pariendo como conejas, y no paren hijos, sino nietos o bisnietos en forma de nuevos españoles, con su reluciente y hermoso derecho de voto y otra serie de derechos, eso sí, sin ninguna obligación. Y los que somos españoles de aquí, los de toda la vida, no nos queda otra que aceptarlos y repartir con ellos la poca hacienda electoral que por acá disfrutamos y tenemos que darle vela en el entierro de la democracia en forma de incluirlos en el censo para que tengan voz y voto en nuestros vulgares y triviales asuntillos de por acá.

     Resulta que un nieto por definición tiene cuatro abuelos y un bisnieto ocho bisabuelos, un tataranieto dieciséis tatarabuelos. Pues bien, basta que uno de ellos hubiera salido de España hace más  de setenta años  y diga de una manera vaga que su yayo, bisyayo o tatarayayo era rojillo, para que su progenie, su hermosa camada de retoños, despreciando a los otros tres, siete o quince ascendientes restantes, sea, sin más español.  Si un bisnieto tuviera sus ocho bisabuelos de diferentes nacionalidades, y todos esos países tuvieran unos políticos tan imbéciles como los gobernantes españoles (lo que es prácticamente imposible), ese pollo podría coleccionar ocho nacionalidades distintas y votar en ocho países distintos, quizás en nueve si viviera de manera efectiva en un país distinto del de sus antepasados.

Se ha hecho popular en estos últimos días un chascarrillo respecto de un edificio de diez vecinos en el que asistirán a la junta de la comunidad de propietarios setenta u ochenta personas, porque tienen derecho de voto todos los que han vivido allí en los últimos cien años y sus respectivos descendientes. Pues bien, esto que se puede considerar una aberración, es lo que está sucediendo en España con la llamada ley de nietos. Gente que se fue, que vive y prospera, o no, en otro lugar, y que han perdido la conexión real con nuestra comunidad, se le concede el derecho a votar en España. Esto es una merced inmerecida para esa patrulla de intrusos a los que les entregamos el derecho de inmiscuirse en nuestras decisiones, pero además, es un atentado muy directo a mi propio derecho como ciudadano a votar. Es algo parecido a una devaluación de la moneda y la pérdida de valor que se produce al aumentar el dinero en circulación, una especie inflación electoral, cuanto más electores hay para elegir a los representantes menos vale mi voto. Por el contrario, este derecho que me limitan a mí y a todos lo que vivimos y trabajamos en este país, se le da gratis et amore a unos desconocidos, los cuales además pueden votar en otros países en los que viven y en los que no renuncian a su derecho electoral. Los nietísimos pueden votar dos veces y mientras tanto mi voto valdrá la mitad, es decir es un voto devaluado.

El sentido de la democracia, si es que todavía conserva alguno, está en que el pueblo elija a sus representantes y gobernantes. La Constitución actual dice que la soberanía reside en el pueblo español del que dimanan los poderes del Estado. Pero hasta ahora no habíamos caído en la cuenta que esto podía tener una trampa, ya que no se aclara qué es el pueblo. Nunca se había cuestionado este concepto y se daba como sobreentendido que el pueblo español, es la gente de nacionalidad española, que vive, trabaja, sueña, lucha y paga impuestos en España, y que estas gentes son las que eligen a los gobernantes españoles, así como el pueblo guatemalteco o el yemení a los suyos. Somos tan ingenuos que no nos habíamos detenido a comprobar que en realidad el proceso se ha invertido y desde hace poco la democracia consiste en que los gobernantes eligen a los electores, es decir seleccionan cuidadosamente un nuevo electorado a su gusto para que éste luego les vote y les devuelva el favor manteniéndoles sine die en el poder. Trampas como la que se ha consagrado con la ley de nietos, hace que se tambalee por su base la credibilidad de la democracia. Algunos ya teníamos poca fe en la realidad fáctica de que fuera el pueblo el que manda, tal y como parece querer decir el término democracia. La fe se esfuma totalmente si el “demos” es elegido a la carta, cuando se constata que no hay un “poder del pueblo”, sino un “pueblo del poder”.

          Como ya todo es interpretable, creo que el siguiente paso, es definir el derecho al sufragio, es decir al voto. Realmente la Constitución española no dice en ningún lugar que a cada ciudadano le corresponde un único voto. Esto es una costumbre, o un axioma elemental de la democracia. Pero como no lo dice expresamente la Carta Magna, siempre puede dársele una vuelta, y en una próxima ley de abolorios progresistas, se puede establecer con el beneplácito de los sesudos intérpretes constitucionales, que aquel que alegue que su antepasado lucho en la guerra carlista contra las casposas huestes de Zumalacárregui pueda votar dos veces,  y hasta cuatro si era partidario de Riego y jura que su tatarabuelo participó con él en el pronunciamiento de las Cabezas de San Juan, o diez si apoyó a Prim en la septembrina de 1868 que mando temporalmente a los borbones al exilio,…. en fin, así un hermoso catálogo que permita votar hasta cincuenta veces si afirma que su abuelo dirigió una checa en Madrid en 1936. Si los aitonas o birraitonas son vascos estos valores podrían duplicarse, que para esto de los privilegios los vascongados se dan mucha maña.

      Yo soy más modesto en mi propósito, desde esta tribuna lanzo a quien quiera escucharla una propuesta llena de sentido común y de una lógica aplastante. De lege ferenda yo propongo, que, si tener un abuelo español da derecho a un voto, sin duda alguna, yo que tengo ocho abuelos españoles, tengo que tener ocho votos en cada elección.

SON INVASORES, NO MIGRANTES

    Sé que no es el modo más adecuado de afrontar un problema el caer en la tristeza y la melancolía y tampoco dejarse arrastrar por la furia iracunda y arrasar sin reflexión con todo lo que se pone por delante. Pero las dos tendencias se alojan en mí estos días, sucediéndose una a la otra, hasta el punto de que por mi propia estabilidad emocional no puedo menos que dejar de escuchar los medios de comunicación, si no quiero que las noticias que me llegan a través de ellas me lleven a cometer alguna barbaridad o a hundirme en una profunda depresión anímica. Me refiero naturalmente a lo acontecido en Ceuta recientemente y que se prolonga ya durante más de un mes, es decir a la invasión de mi país por de más de ochenta mil personas, en una valoración generosa, ya que fueron más y el posterior asentamiento de parte de los invasores en territorio español. Seguramente no menos de veinte mil.

   Ante estos hechos, paso de la indignación a la angustia, con una escala en el territorio de la desesperación. Y todo ello porque no se debería haber consentido nunca semejante atropello por parte de un país enemigo, pero sobre todo y de manera muy especial porque quienes tendrían que resolverlo solo se dedican a mimar a los invasores con prebendas y disimulados arrumacos de bienvenida. A llamarlos pobrecillos migrantes a los que no son sino enemigos todos ellos, ya sean mayores, menores, varones y hembras. Y no le veo solución con los presentes gobernantes.

     Creo que, si tengo que solidarizarme y ser comprensivo con alguien es con mis compatriotas de Ceuta, que sin comerlo ni beberlo se ven expatriados de su realidad y de su vida, porque un sátrapa iluminado e imperialista ha decidido que en su ciudad van a vivir miles de desharrapados por las calles, que se proponen “morificarla”, improvisando zocos, casbas y expandiendo ese olor de pieles mal curtidas que en ellas se desprende de las babuchas y de las jamugas. Y no siento más que lástima por ellos y desazón por tener que compartir su entorno cotidiano con semejante chusma callejera, que se ha plantado sin permiso alguno en nuestras calles. Los invasores me dan menos pena, porque si pasan penalidades tienen la fácil solución de cruzar la frontera y ¡voilá!, sus problemas habitacionales y alimenticios quedan resueltos. Y además muchos de ellos presentan un estado saludable y los vemos cantando y bailando alegremente, quizás celebrando su victoria y la posible concesión de una medalla morabita como pioneros de una ciudad bajo la égida del Comendador de los Creyentes.

    Pero esto no se puede decir, ya que los buenistas y biempensantes te llamarán inmediatamente racista y xenófobo. Es obligatorio no discrepar y quieras o no ser compresivos con esos seres humanos que han sido utilizados como proyectiles de una guerra híbrida, y que parece que tienen más derechos que los españoles. Tienen derecho a acampar donde quieren, a dormir en la calle, a hacer sus más humanas necesidades donde les plazca, a vender productos en mercadillos sin licencias, a hacer fuego, cocinar en tajines en plena calle, a cazar palomas, gatos y hasta torturar delfines. Los autóctonos no podemos rezar el rosario en la calle Ferraz, pero ellos pueden improvisar mezquitas en las aceras y rezar a todas horas en las que se lo solicita su Profeta. Ellos sí pueden. Sí se puede, que es lo que gritaban los podemitas en su época de esplendor. Mientras tanto yo, como los ceutíes,  parece que lo único que puedo hacer es pagar religiosamente impuestos para que estos señores invasores y ocupas de nuestra nación, acampen a sus anchas y se les alimente, eso sí,  “de extranjis” a través de las Organizaciones No Gubernamentales, que son lo más gubernamental que pueda uno imaginarse, ya que viven y prosperan de la teta del Estado.

      Yo quiero pagar impuestos para que con ellos se expulse de manera inmediata y expeditiva a quienes nos invaden y no para consolidar la invasión, bajo la excusa de los dudosos derechos de unos extranjeros, que todos ellos han entrado violentando la ley española. Luego dirán los tertulianos televisivos que no todos son malos. No lo serán seguramente, pero todos, absolutamente todos han violado la ley al entrar ilegalmente en España y más cuando lo han hecho trabajando para los intereses estratégicos de un potencia extranjera. Ayer tuve un atisbo de esperanza cuando leí la primera parte de una noticia en la que decía que el Gobierno español mandaba un buque de guerra a Ceuta, pero mi gozo se fue al pozo cuando descubrí que era para transportar miles de colchones para que sus señorías los invasores descansen comoditos. Indignante.

     Si el Gobierno no puede echar a los invasores, solo queda como solución echar al Gobierno. Si el Estado no es capaz de echar a esa chusma autodenominada migrante, hay que suprimir al Estado, aunque ello suponga volver a la ley de la selva, donde al menos uno puede defenderse sin cortapisas. Al salvaje Oeste, que decidimos superar para evitar tener que ocuparnos de asuntos como este, cediendo al Estado el monopolio del uso de la fuerza. Y si es la ley la que no permite echar a quienes te invaden quedan dos alternativas, o bien cambiar la ley de manera súbita o bien violarla flagrantemente y sin remordimiento, y asumir con gallardía lo que pueda pasar.

      No es que invite a incumplir las leyes, pero hay casos de un interés superior que permite asumir las consecuencias de vulnerarla. Si una persona se está desangrando y su única salvación es llevar un coche por dirección prohibida hasta el hospital, uno no se lo plantea e infringe la ley sin temer a las consecuencias. Y, además, tampoco sería tan raro cuando a los invasores se les permite, como he dicho anteriormente, infringir decenas de leyes que a los españoles nos aplican a rajatabla y son premiados con colchones, comidita halal y carpas para echar la siesta. Y sobre todo con la promesa más o menos velada de quedarse sine die en España, hasta una próxima tómbola de permisos de residencia y regularizaciones masivas que tengan a bien realizar.

      Se debe tener muy claro que todo lo que ocurre es porque el Gobierno y las Cortes Generales lo quieren así, ya que habría un mecanismo fácil y rápido para evitar todas estas cuestiones legales, que permite la Constitución por medio del estado de excepción o de sitio. Esta declaración permitiría suprimir todos los derechos de los extranjeros que han entrado de manera tumultuosa y contra natura en este país y permitiría su expulsión inmediata y sin papeleos, burocracias, recursos y pantomimas de procesos inoperantes y eternos, destinados a no expulsar definitivamente a nadie. Claro que esto acabaría con el pingüe negocio de las ONG`s caritativas que se nutren de esta y de otras invasiones migratorias. La conclusión es que estos estados de excepcionalidad, al igual que las normas sobre miccionar en la vía pública, sólo se aplican a los españoles, a quienes nos tuvieron encerrados y confinados en casa y privados de nuestros derechos fundamentales en los tristes tiempos de la pandemia covidiana. Y por cierto de manera ilegal según luego dictaminó el Constitucional “pre-pumpidial”.

     Pero no confiemos en que esto ocurra, tengo la certeza de que este estado de alarma y privación de derechos solo se aplicaría si fuera el pueblo de Ceuta y por extensión el pueblo español el que se levantara para expulsar al invasor, y se declararía para defender a los malos, es decir a los invasores. Tengo la certeza de que, si hoy alguien hiciera el llamamiento de Andrés Torrejón contra los gabachos, pero contra los muslimes invasores, acabaría en el trullo, acusado de rebelión. El teniente Jacinto Ruiz, ceutí de nacimiento, hoy acabaría sus días en Soto del Real. Tal es la confianza que tengo en estos masonazos que hoy nos gobiernan, si bien a diferencia de aquellos afrancesados del dos de mayo, estos son “marroquinizados, viven subyugados por los dineros que les llegan de Rabat o sometidos por los secretillos que les desveló “pegasus” y  también fascinados por ese “nosequé” que todos los progres de hoy le ven a las culturas islámicas que se empeñan en ponerte mirando a la Meca, cuando a los españoles nos va más eso de ponernos mirando a Cuenca.  

       Reconozco que este escrito es un pataleo, para intentar apaciguar la enorme frustración que siento de ver a mi Patria ofendida y humillada. De ver a mi país al que sueño con su grandeza y expectativas, arrodillado e impotente ante una potencia extranjera de medio pelo que no merece otra cosa que un buen sopapo y una enérgica contestación, sea híbrida, como se lleva ahora, o sea eléctrica o incluso con un motor de explosión de los de toda la vida. Y hablando de explosiones ¿Tuvo Marruecos algo que ver con los trenes del once de marzo de dos mil cuatro?

TRAIDOR, INCONFESO …. ¿Y MÁRTIR?

Mes de agosto. Cuando la vida era normal, éste era un tiempo de total paralización de la vida política. La gente se retiraba de la corte y dejaba por un tiempo dormitar sus ambiciones. Seguramente esta languidez era utilizada para avanzar por los malvados aprovechando que la gente normal, es decir, los que tenemos una vida normal, estábamos por así decirlo atontados remojándonos en el mar y concentrados en una paella en un chiringuito playero, o dando brincos al son de la charanga haciendo tiempo para irnos a la cama un poco achispados después de los fuegos artificiales en las fiestas de cualquier pueblo de la geografía patria.

  Parece que esto ha cambiado, agosto ya no es como era, la diferencia más importante es que los malvados son ahora los que descansan, se dedican al buceo y a la molicie con su familia, mientras el país arde ante su indiferencia. La gente normal estamos en un “sinvivir” contemplando indefensos cómo se chamuscan nuestros bosques, y como nos invade la morería, mientras que quien tendría que estar al pie del cañón, retoza desde su palacete bien abastecido por todos los españoles,  tocando la lira de la molicie, como un Nerón cualquiera de pacotilla. El que haya llegado leyendo hasta aquí, y no haya abandonado por superar lo escrito los ciento cuarenta caracteres, habrá deducido que me estoy refiriendo al actual, y espero que, por poco tiempo, presidente del Gobierno.

   Creo que en este blog le he dedicado  a este sujeto demasiadas palabras desde que comencé a escribirlo, creo que he desgastado demasiados adjetivos con el chulángano de marras, pero es que cada poco se supera en su descaro y desfachatez, y aunque me propongo olvidarme de él y escribir sobre otras cuestiones, me lo pone imposible.

     Espero que realmente ya quede menos para para perder tiempo con sus chulerías de estadista de todo a cien y por fin llegue pronto su destitución. Pero no las tengo todas conmigo. Creo que está demasiado aferrado al avión privado, al palacio gratuito y a la adulación de sus acólitos y gacetilleros de cámara para no sentir la tentación de seguir, incluso por medios que no sean los estrictamente legales. Muchos tenemos la fundada sospecha de que algo está tramando para seguir encaramado al poder. Y dada su acreditada falta de escrúpulos, su ambición, su narcisismo y por qué no decirlo, su suerte para alcanzar y conservar el poder, muchos nos maliciamos que algo está cociendo para perpetuarse en la poltrona.

    No sabemos realmente cual va a ser su próxima actuación, si será directamente un pucherazo electoral, como los que ya se ha probado que hizo en su partido, o bien un decretazo de suspensión electoral por una alarma real o inventada. Quizás una emergencia climática. Sabe Dios qué pasará por su ambicioso caletre. Se ha hablado mucho de su manipulación del censo, colando a millones de nietos de españoles, o regalando nacionalidades españolas a cambio de unos cuantos votos. Realmente no lo sé y no lo sabremos hasta que llegue el momento y seguramente nos pille con el pie cambiado y sin capacidad de reacción. Es tal el temor y el estado de ánimo en el que nos mantiene, que uno tiende a pensar que realmente este señor es una maldición con la que hay que convivir como con un forúnculo persistente a cualquier antibiótico.

    Pero lo realmente preocupante no es su persona. Esto es solo una desagradable presencia, que en su inmarcesible vanidad, se cree joven, guapo y molón, cuando en realidad su sola presencia es para mí simplemente un emético absolutamente eficaz. Pero como digo, esto no es lo peor. Podría ser simplemente un chuleta de barrio inofensivo, pero es que no es así, es un elemento ladino, interesado y profundamente traidor, y por todo ello extremadamente dañino para España.

     Este es el verdadero papel de este Presidente, ser la encarnación de la traición a la nación española. Ya su antecesor socialista, su mentor y profesor en el arte de traicionar a España, llegó a decir que la nación era un concepto discutido y discutible. Por supuesto solo lo es la nación española, que ninguna objeción se hace a la nación catalana, marroquí, china o incluso palestina.  Es una constante en la izquierda la de traicionar los intereses de España buscando no sé cuales fines de armonía universal o planetaria que casi siempre ocultan la realidad y es que lo único que persiguen es hacerse inmensamente ricos.

     La historia de las traiciones de la izquierda podría ocupar varios volúmenes, que podrían empezar por la extraña entrega por el progresista Sagasta de Cuba y Filipinas a los Estados Unidos. No se tienen pruebas concretas contra don Práxedes, pero la sospecha que rodeó a tal ignominiosa rendición no se han disipado todavía.

     Pero no hace falta ir tan lejos en el tiempo para hacer un completo catálogo de traiciones por el actual presidente del Gobierno.  Si traicionar es no ser leal a tu nación y anteponer los intereses de potencias o ideologías ajenas a los propios del Estado al que sirves, creo que puede convenirse que el Presidente actual es un traidor. No sé si sus conductas encajan exactamente en los tipos penales y por ello no pretendo imputarle un delito como tal. Ni soy penalista, ni pretendo serlo. Pero más allá del concepto penal de alta traición, hay un concepto moral, puramente político, o si se quiere histórico con el que adjetivamos  a personajes como el Conde don Julián, Antonio Pérez o al mismísimo Godoy, que se hacía llamar Príncipe de la Paz, en un epíteto que le cuadraría como un guante al declinante ex presidente Zapatero. Sorprendentemente el pueblo a este sujeto le apodaba el “choricero”, que parece que también le encajaría bien al expresidente de los joyones.  Y en este sentido histórico de grandes traidores a España, creo que debería incluirse al actual Presidente Sánchez.

      Atendiendo a los informativos son bastantes las veces que tienes la sensación de que actual presidente ha comprometido la  dignidad o los intereses vitales de España, y presuntamente ha mantenido inteligencia o relación de cualquier género con Gobiernos extranjeros, con sus agentes o con grupos, Organismos o Asociaciones internacionales o extranjeras. Pero de esta gavilla de supuestos, simplemente voy a centrarme brevemente en tres de ellos: Su actuación en Gibraltar, su actuación en las relaciones con Marruecos y con el pueblo saharaui y su posición en la masacre de Gaza

      Comenzando por esta última, puede sorprender que defender a los desheredados palestinos de los atropellos cometidos por el Estado de Israel pueda considerarse una traición a España. Pero realmente lo es, porque al hacerlo de manera tan vehemente y radical lo ha hecho no por defender una causa que pueda ser justa, que él como persona particular podría defender y nadie se lo reprocharía. Pero no es un particular sino el presidente de una nación y por encima de sus filias o fobias debe estar el interés de España, y si al hacerlo de manera flagrante va contra intereses diplomáticos, económicos y de otra índole, estaría trabajando no para España, sino para Organizaciones internacionales que pueden tener intereses contradictorios con los españoles, y ello con fines de pura propaganda personal, de crearse una imagen concreta que le posiciona como un caudillo en las huestes progresistas internacionales en cuyo seno quiere prosperar y tal vez ser acogido a  mesa y mantel el día que abandone el poder. En resumen su imagen de vigoroso antisionista y de némesis de Trump, la hace a costa de los intereses de todos los españoles y trabajando para Organizaciones de un sesgo ideológico radical o por intereses electorales y para contentar a su menguante parroquia. Y no se trata de bailarle el agua a Israel o a los Estados Unidos, se trata de no crear gratuitamente enemigos a España para satisfacer el ego de un dirigente traidor y corrupto. Enemigos que se crean por su exclusivo interés, pero cuyas consecuencias negativas las sufre España.

    En la cuestión de Gibraltar, realmente me deja atónito y totalmente desesperanzado la absoluta dejación de los intereses españoles en manos de las élites más siniestras que defienden intereses espurios de los paraísos fiscales y otras camarillas globalistas masónicas o británicas, que vienen a ser lo mismo.  España ha perdido la oportunidad histórica de acabar con una situación colonial, con la última colonia que persiste en territorio europeo. Realmente solo alguien a quien le importa un pito España y su dignidad ha podido permitir semejante acuerdo que ha concluido con la consolidación ad eternum de la realidad ignominiosa de Gibraltar. Se ha desperdiciado una ocasión única con el Brexit para renegociar y ponerse firme en la posición de la soberanía y sin embargo el resultado ha sido todo lo contrario. Y este coste de oportunidad irremediablemente perdida puede ser por pura negligencia, pero cuesta creerlo.  Mi opinión no puede ser otra que la de que nuestros gobernantes, una vez más,  nos han traicionado, han atendido intereses ajenos en vez los que les correspondería defender. Han trabajado para otras potencias y poderes fácticos distintos de los del Estado español. No sé para el Código penal, pero esto para mí es traición.

    La sospecha de traición se vuelve clamorosa y resplandeciente cuando los españoles vemos atónitos la posición de nuestros gobernantes con el presidente a la cabeza en relación con nuestro hostil vecino del Sur, con Marruecos y con el cobarde y ruin abandono de los saharauis para gran satisfacción de un reyezuelo feudal. La defensa sin vergüenza del Gobierno de todo lo que interesa, propone o persigue Marruecos es escandalosa. Y lo hacen ya a banderas desplegadas, sin disimulo alguno. Realmente somos muchos los que no entendemos nada.

      Marruecos es objetivamente para España un vecino incómodo y hostil, con el que conviene llevarse bien, pero sabiendo esto precisamente, que no es un amigo, sino un enemigo al que es necesario controlar. No es posible que se considere un país amigo quien pretende continuamente y sin disimulo robarnos una parte de nuestro territorio, como son Ceuta, Melilla, las Chafarinas, Alhucemas, el Peñón de Vélez de la Guevara, el islote de Perejil y por supuesto las Islas Canarias, con todas las aguas territoriales y sus recursos. No puede ser amigo quien nos hostiga periódicamente con oleadas de personas, como misiles de una guerra híbrida. No puede ser amigo quien espía los teléfonos personales de los gobernantes y supuestamente les chantajea. Y si todo esto es una verdad incuestionable, no se entiende que nuestros gobernantes defiendan cada cosa que hace o dice Marruecos, que se les justifique cada conducta hostil e insistan cada vez que tienen ocasión en que son una nación amiga. Con amigos así, es preferible tener enemigos, que son más fiables en sus actitudes. No se entiende nada, salvo que trabajen para ellos y para sus intereses, por convicción, por soborno o por chantaje, o quizás por las tres cosas a la vez.

    Recientemente ha habido una invasión de más de ochenta mil marroquíes a territorio español, de los que han regresado la mayoría en unos pocos días, pero no todos. Y nuestro presidente del gobierno, en vez de llamar a consultas al embajador, o directamente declararles la guerra que es lo que procedería ante una violación por un país vecino de nuestro territorio, se han deshecho en elogios hacia el rey moro, de quien alaba su ejemplar conducta de colaboración, que únicamente la ve él.. Solo le ha faltado decir que si nos han invadido es porque nos lo tenemos merecido por ocupar ilegalmente unos territorios que no nos pertenecen. Y es lo que realmente piensan, o parecen pensar, todos los que forman el gobierno porque son unos traidores a España y cualquier pretensión antiespañola les parece legítima.

  Aunque sea un tema de rango menor, algo parecido se ha planteado, con el próximo mundial de futbol, que inicialmente organizaban únicamente España y Portugal y que, por una intervención personal de PSHDLGP (acrónimo que pudiera significar «Por Ser Hermoso Debe La Gente Piropearme»), se invitó a participar a Marruecos. Pues bien, esta invitación la agradecen queriendo birlar a España el partido más importante del torneo, como es la final. Y nuestro presidente, calla y otorga. Y sigue diciendo que es un país amigo.

   Y la lista de ofensas y agravios es interminable, pero ninguna tan palmaria como el cambio de actitud en relación con el pueblo Saharaui y su derecho de autodeterminación. Como este tema molesta profundamente al imperialista rey moro, su lacayo obediente, ha modificado lo que en España era una cuestión de Estado, aceptado por las derechas y las izquierdas, como era defender la independencia del llamado Sahara español frente a la anexión marroquí. Es evidente la diferencia de trato con el pueblo palestino. Los saharauis, aunque son perseguidos, acosados, expoliados sus recursos, y viven mayoritariamente recluidos en guetos donde se violan sistemáticamente los derechos humanos, no merecen ningún comentario, ni solidaridad, por parte del Presidente del Gobierno español. Así queda patente que las violaciones de derechos humanos es procedente denunciarlas solo cuando interesa al autócrata español. Y en este caso de los saharauis y el Frente Polisario no interesa, porque el sujeto parece estar a sueldo de reyezuelo de Rabat y sus planes expansionistas. Aquí hay a mi entender una doble traición, por un lado a los españoles que tenemos el deber moral como potencia descolonizadora de velar por la autodeterminación del Sahara (y además se controlaría de manera estratégica por el Sur a este país hostil) y también traición a los propios saharauis que durante muchos años confiaban en la amistad de España y a quienes les ha dado una puñalada trapera. Reconocer la marroquinidad del Sahara ha sido una gran torpeza estratégica para España y un gran éxito para Marruecos. ¿Para quién trabaja el Presidente Sánchez?

     Creo que se podría continuar con el catálogo de traiciones de nuestro presidente, bastaría con recordar las negociaciones con la Eta, las cesiones a los golpistas catalanes y su infame amnistía, las cesiones a los intereses chinos y sus empresas y otras tantas que harían la lista interminable.  Prácticamente cada día aparece un nuevo motivo para que este detentador del poder fuera reprobado, pero todavía tenemos un pequeño rescaño de fe, en que sea el último verano que veranee como un pachá a costa del sudor de todos los españoles. El año que viene o el siguiente le imagino veraneando en un pisito en Gandía pagado con los pingües beneficios de los puticlubs de su familia política, y como cuando lo echaron del partido y se tuvo que ir con el Peugeot, se nos presentará como una víctima del fascismo que le ha privado injustamente a su derecho innato a viajar en falcón, es decir como un mártir. Y por supuesto, nunca nos va a confesar las razones de sus traiciones. Es por ello que al ver su rostro bronceado en las noticias se me viene  a la mente el título de la obra de Zorrilla, sobre el pastelero de Madrigal, “traidor, inconfeso … y ¿mártir? . Ya veremos.

LA GANGRENA

Hace tiempo que busco una respuesta a lo que está pasando en España en los últimos años. Tenemos un gobierno que es como una maldición, y dirigido por quien según me dice una persona muy cercana, es la encarnación del Maligno. Caigo en la desesperanza y en la melancolía, que no es otra cosa que sentirse dominado por los humores corporales más negativos,  umbrío por la pena, casi bruno,  parafraseando a Miguel Hernández. Nunca llegué a imaginar el grado de descomposición que tiñe la actual vida política española.

     Pensé en algún momento que me eran insoportables las corruptelas de unos cuantos desaprensivos, queriendo pensar  que las noticias que nos inundan cada día sobre corrupción eran una excepción, como una leve capa de moho sobre una fruta, que finalmente con un poco de destreza se puede retirar y disfrutar de su sabor. No, no era eso, la realidad era que al abrir la manzana se descubre que, bajo una apariencia de sabrosa lozanía, el interior estaba totalmente podrido y colonizado por saludables gusanos que la fagocitan. Algo parecido ocurre en España, aparentamos tener una lozana salud democrática que en la realidad no es más que un envoltorio pomposo y grandilocuente que oculta una chusca mafia que controla una nomenclatura que se enriquece y disfruta de los placeres del poder a costa de todos nosotros.

   Nos dicen que somos demócratas, que somos modernos, sostenibles, solidarios, inclusivos, que somos todo esto y que vivimos en un régimen equiparable a las democracias europeas. Pero yo me permito dudarlo y afirmar que en realidad somos los sufridores y “paganinis” que  mantenemos en el poder a una elite depredadora. Pero eso sí, con buenas palabras, que somos por fin civilizados. La pregunta real es por qué lo consentimos si se supone que estamos en una democracia en la que manda el pueblo. La respuesta es sencilla, ni lo uno ni lo otro es cierto. Ni estamos en una democracia ni manda el pueblo, ni en realidad ha mandado nunca, sino que casi siempre ha sido el instrumento para que las clases dominantes perpetúen su dominación. Es cierto que con el imperfecto sistema electoral se consigue una cierta rotación en las personas que se enriquecen al cambiar las estructuras de saqueo sistémico de los recursos públicos. Quizás en un plano superior haya poderes inamovibles que no se ven afectados por estos vaivenes electorales. Me atrevería a afirmarlo, así como que éstos son quienes juegan con los que están debajo y que periódicamente los cambian por otros que como los anteriores no se atrevan a discutir a ese verdadero poder.

      Recuerdo cuando un discurso parecido lo defendían unos cuantos idealistas desharrapados que se instalaron en la Puerta del Sol de Madrid, con el auto calificativo de “indignados”. ¿Ubi sunt? ¿ Dónde están aquellos que querían restaurar la verdadera democracia?. Me temo que unos instalados en un “casoplón” en Galapagar,  otros robando a banderas desplegadas todo el dinero público y otros, la mayoría en sus casas con cara de tontos por haberse sentido utilizados por los de siempre, a los que aparentemente parecían atacar y sintiendo una especie de vergüenza retrospectiva ante tanta candidez de verse girando las manos a modo de aplausos. Es decir aplaudiendo en silencio a sus verdugos.

    Con el tiempo vamos aprendiendo que la clase política que accede a gobernar por las reglas democráticas, cuando alcanzan sus objetivos lo hacen ávidos de zambullirse en ese gran mundo que da el dinero y el poder. Y saben que tienen un tiempo limitado para conseguirlo por lo que no pueden perder tiempo ni energías en otras cuestiones como sería el interés general. Me recuerda a aquel que estando herido tenía en torno a la herida una nube de moscas, y al acercarse otro a espantarlas queriendo ayudarle, el primero le decía que por favor no las espantase, que las que están, ya están saciadas y que si se iban llegarían otras que chuparían la sangre con todavía más avidez. La alternancia política no hace sino acercar nuevas moscas ávidas de sangre a la herida por la que supura la sociedad.

     Y en este momento en la situación concreta de España estamos descubriendo, por razones que todavía no comprendo demasiado bien, a un festín de moscas hambrientas o de buitres carroñeros en torno a un cadáver moribundo. Les estamos viendo la cara y sus sanguinolentos ojos. Lo cual hay que reconocerlo, es una novedad importante, ya que hasta ahora unos y otros habían actuado ocultos a nuestra vista y con la más total impunidad. Los recientes acontecimientos nos han demostrado y probado que realmente lo que se ocultaba bajo el manto de la normalidad democrática no era más que un patio de Monipodio, en el que nos robaban a manos llenas. Una cleptocracia en toda regla, de la que pocos políticos escapan, pero que tiene su auténtico hábitat natural en el entorno de las izquierdas y en particular del llamado Partido Socialista Obrero Español. No es que las derechas escapen a esta tentación de aprovecharse del poder cuando lo tienen, pero creo que en comparación con el otro extremo del espectro político, en mi modesta opinión, son meros aprendices.

     Y no se puede obviar que lamentablemente hay un importante factor sociológico que sostiene a los corruptos de izquierdas y que hace que a pesar de todo tengan un sector y no menor de la sociedad que justifica sus conductas. Y es que muchos de los votantes, militantes y simpatizantes de las izquierdas no ven del todo mal que los suyos roben a manos llenas, con tal que consigan y logren que no lleguen al poder los adversarios, las odiadas derechas y ultraderechas, en una palabra, los fascistas. Si pillan al ladrón con las manos en la masa, o las joyas robadas en su caja fuerte, enseguida encuentran una disculpa o le echan la culpa al policía o al Juez que les tiene manía. Este objetivo opaca cualquier crítica porque creen que la parte mollar de lo robado va a crear y mantener unas estructuras que hagan conseguir y luego mantener el poder de los suyos. El fin progresista justifica los medios, sean lícitos o ilícitos. Con esta finalidad de mantener a una elite que afirme que es progresista y de vez en cuando suelte alguna migaja a los ciudadanos se puede soportar todo, absolutamente todo. Especialmente tragar con las groseras mentiras con las que seducen a incautos y que contradicen continuamente con sus actos. Sueltan arengas contra la prostitución mientras regentan lupanares, prohíben el tabaco mientras fuman como chimeneas, pontifican contra las drogas y no hacen una fiesta sin su nieve en la nariz, defienden la enseñanza pública pero llevan a sus hijos a carísimos colegios y universidades privadas …. La lista sería interminable, por no entrar en las lecciones sobre moral feminista, cuando muchos de ellos acaban siendo denunciados por abusos sexuales variados.

     Pero realmente si lo analizamos fríamente el problema es más profundo, ya que la corrupción y el robo sistematizado no es la enfermedad, sino que es solo el síntoma. El mal que subyace y de lo que todo lo dicho no son más que manifestaciones cutáneas o superficiales, a modo de chancros sifilíticos, es la toma del poder por parte de una camarilla que se autodenomina progresista y que tiene el objetivo de colonizar y controlar todas absolutamente todas las instituciones de la nación. Cualquiera que se quiera mirar, y tanto públicas como privadas. Así ocurre con el gobierno de la nación que es el principal instrumento para este control, y después de éste todo lo demás, llámese Tribunal Constitucional, Tribunal de Cuentas, Consejo de Estado, Televisiones públicas, Fiscalía General del Estado, Consejo del Poder Judicial, Tribunal de la Competencia, Empresas participadas por el Estado, la SEPI, correos, paradores Nacionales, …. Llenaría varios folios con todos los organismos o instituciones que tienen infiltrados en su estrategia de toma del poder. El único objetivo aceptable es conquistar el poder, parasitarlo y mantenerlo a toda costa, incluso contra la opinión mayoritaria del pueblo. Maquiavelo fue solo el autor de la primera entrega del Manual de Resistencia.

  Esta estrategia de dominación es el verdadero peligro, y con lo que hay que acabar si se quiere tener una sociedad sana. Si se acaba con este ecosistema se acabará con la corrupción que vive perfectamente adaptada a dicho hábitat, con una impunidad que se torna escandalosa. Si solo se quita el moho de las corruptelas sin atacar el mal profundo, será solo un mero maquillaje de la realidad. Es cierto que es una tarea complicada, pero si no se tiene claro el propósito, se cometerán nuevamente errores pasados. No se trata de deponer a un maligno gobernante, o no solo se trata de esto, también de deshacer desde los cimientos toda su obra.

    Quizás no esté todo perdido. Hace tres o cuatro años era más pesimista, porque la inacción frente a este totalitarismo rampante era total. Me he llevado la grata sorpresas en los últimos años que como dijera aquel aldeano de Potsdam, todavía quedan jueces en Berlín, y al parecer también en Madrid, incluso en Badajoz.   Y es así que algunos poderes del Estado, como jueces independientes, unos pocos y valientes fiscales y algunos reductos de la policía y Guardia Civil , han tenido la valentía de dejar de mirar para otro lado ante las escandalosas y descaradas corrupciones que han proliferado en torno al gobierno actual  y  han comenzado a actuar, cada uno en lo que le corresponde.

      Es gratificante ver entrar en la cárcel a los que hasta hace poco tiempo eran todopoderosos ministros, y que por fin se condene a las sanguijuelas que viven de robar dinero público, de la mentira institucionalizada, o de practicar con descaro el nepotismo. Pero no nos confundamos, esto es solo la capa superficial de lodo, que como aceite flota sobre el hediondo pozo negro que son los actuales rectores del gobierno de la nación. Como ya anticipé, se hace preciso cortar por lo sano para quitar la gangrena. Y esto es algo que solo se puede hacer desde un gobierno alternativo que llegue algún día con energía y resolución para limpiar todas las zahúrdas donde se han instalado los actuales detentadores del poder, con el propósito deliberado de permanecer allí para siempre.

¿HAY FRANCESES EN FRANCIA?

            ¡Vaya con Mariano Rajoy! El presidente que no quería pisar ningún charco porque todo era un lío, el que huía de cualquier compromiso y decisión categórica y el que parecía querer exiliarse de cualquier compromiso político opinando únicamente de deportes, la ha liado parda. En su columna en un diario digital sobre futbol y el mundial que ahora se está disputando, ha vertido una opinión que ha trascendido lo deportivo para recibir las críticas más furibundas de casi todo el mundo, en especial de la izquierda española y del gobierno de Francia. Y lo que ha motivado semejante terremoto es la siguiente frase “Francia ….ocupa la primera posición del ranking FIFA. Tiene, además, una plantilla de altísimo nivel. Eso sí, sin franceses.”

       Como he dicho, lo más suave que le han calificado es de racista, que es el epíteto que se acaba llevando todo aquel que discrepa de las políticas oficiales sobre inmigración que la bienpensancia europea cacarea e impone. Y lo peor es que seguramente el señor “emepuntorajoy” ni siquiera lo ha pretendido, o al menos nunca ha mostrado, ni él ni su grupo político, la más leve desviación de la ortodoxia bruselense en materia migratoria, y por supuesto tampoco en ninguna otra materia de compromiso woke.

     Ha sido seguramente un lapsus, en el que el político de marras se ha dejado llevar por el sentido común, dejando a un lado la verborrea de lo políticamente correcto, seguramente por bajar la guardia al estar tratando de un tema deportivo y por el tiempo que dejó la política activa, que hace que esté algo desentrenado en el idioma politiqués. Creo que por una vez le he oído decir algo que piensa mucha gente y no se atreve a decir. Intentaré reflexionar si tiene algo de razón en su afirmación..

   Casi todo el mundo ha querido interpretar que no se puede ser negro y francés y creo que esto no es lo que se trasluce de sus palabras o al menos lo que yo entiendo o quiero entender. El problema es otro, es el de lo que significa ser nacional de un país. Es un tema que es de gran actualidad ahora en España en un momento en el que por ejemplo se está concediendo la nacionalidad a gente que no ha pisado jamás el territorio español por meras conveniencias electorales. La nacionalidad es desde luego un concepto jurídico, pero ¿realmente es solamente esto? Ser español, o francés, o sueco, es solamente tener un pasaporte, o es algo más.

     No es un problema del color de la piel, aunque es indudable que cada país tiene un fenotipo racial dominante, este no es un elemento decisivo. No es un problema de raza, aunque en las selecciones africanas que están jugando el Mundial, tales como Senegal, Cabo Verde, República de Congo, y alguna otra, no hay un solo jugador de raza blanca. Obviamente no pasaría nada porque lo hubiera, pero no es el caso.

   Realmente el batiburrillo racial se muestra de manera muy intensa en tres o cuatro países europeos, pero en mi opinión nadie cuestiona esto. No creo que nadie pueda decir que por ser blanco no pueda ser nacional de Costa de Marfil o por ser negro no pueda ser francés. Creo que no van por ahí los tiros, aunque se quiera utilizar como arma arrojadiza el estigma de ser racista a la menor desviación de la consigna oficial multiculturalista. Al menos en el caso de España este debate se superó ya hace siglos, cuando Isabel de Castilla y su nieto Carlos no dudaron en considerar a todos los nativos americanos como súbditos de la Corona en igualdad con los castellanos o aragoneses. Y no eran racialmente europeos, y por aquel entonces tampoco existían las naciones en sentido moderno, de existir sin duda habrían gozado de la nacionalidad en igualdad de condiciones que los peninsulares europeos.

     En mi opinión la nacionalidad va más allá de los pasaportes. Por ejemplo, un famosísimo jugador como es Messi, tiene nacionalidad española y pasaporte español, y sin embargo hace gala de defender a su nación argentina y llora por su país cuando gana títulos y consigue que se emocione toda la población de Buenos Aires y resto del país cuando marca goles. Nadie califica a Messi como español, aunque lo sea. Es argentino porque además de decirlo su pasaporte al tener doble nacionalidad, llora, sufre y vive por y para Argentina. Utilizó la nacionalidad española para beneficiarse en su carrera deportiva, pero nunca sintió a España como su nación verdadera.

  En las selecciones deportivas, cada vez se percibe más una especie de nacionalidad de conveniencia o a la carta, por un interés puramente deportivo que no afectivo con la selección que se defiende y lo hace como si de un contrato profesional con un club más que como una prestación pública y vocacional hacía una nación de la que se siente parte. En un momento en que sobre todo en Europa hay una fortísima inmigración, estas situaciones de dobles fidelidades son cada día más frecuentes. La selección española no es ajena a ello, por ejemplo, Nico Williams ha decidido jugar con España, mientras su hermano mayor lo hace con la selección de Ghana. Un tal Yamal,  participa por España, aunque en sus botas luce la bandera de Marruecos. El defensa central Aymeric Laporte, era un francés de pura cepa que se ha nacionalizado para defender a España frente su verdadero país de origen. Y otros como Brahim Díaz, español de Málaga, al no ser llamado por la selección española se enroló en las filas de Marruecos. Los ejemplos podrían seguir, incluso en otras disciplinas deportivas.

      Yo desconozco los casos concretos que afectan a la selección francesa. Más allá de los hermanos Hernández que les hemos “prestado” para que jueguen con su selección en los últimos años, ignoro la verdadera vocación nacional de los jugadores galos, pero sospecho que será algo parecido a lo que he indicado anteriormente que ocurre en España. La estrella emergente Olise, nacido en Inglaterra, apenas habla francés y parece que podía elegir hasta cinco posibles naciones con las que jugar. También me viene a la memoria que el hijo del muy francés Zinedine Zidane, ha defendido en este campeonato a la selección de Argelia. Sospecho que pueda ocurrir que en la selección francesa son desde luego todos franceses de pasaporte, pero puede que no todos franceses de sentimiento. O puede que no sea así, como digo realmente lo desconozco. Por esto creo que el expresidente se refiere más bien a esta sensación de identidades nacionales claudicantes o difusas que parecen emanar de la selección nacional gala.

     Vemos así que la nacionalidad es a veces pura conveniencia y que adquirirla no siempre implica su ruptura sentimental con la nacionalidad anterior. Es por ello que hoy en día la vinculación afectiva o emocional con una nación, es una cosa y la nacionalidad como vínculo jurídico es otra. En muchas ocasiones coinciden, pero no siempre. Y ya como opinión personal yo creo que lo correcto sería que coincidieran, es decir que, para adquirir o conservar una nacionalidad, al menos la española, debería tenerse claro que se quiere cultivar ese vínculo que va más allá del puro interés. Así es que opino que solo debería concederse la nacionalidad en los casos de que no se tenga por origen, a quienes manifiesten una vocación de ser españoles, de compartir emociones, historia, proyectos y futuro en común. Dicho en términos futboleros, a quienes sientan los colores de la nación española.   

     Esta implicación sentimental, de pura vocación, de afinidad de historia y destino, no tiene nada que ver con la raza, pero tampoco con el mero interés pecuniario o de prestigio social o deportivo. Es la certeza inequívoca de pertenecer a un colectivo intergeneracional que te aporta una determinada identidad, quizás no única, pero si indeleble, imprecisa pero categórica. Y esto no te lo da un carnet ni estar incluido en un censo, te lo da el corazón, con aquellas razones que cuestan definir a la propia razón, tal y como expresara el gabacho, pero sabio, Blas Pascal.

     Esta sensación de pertenencia no tiene nada que ver con lo que luego se ha dado en llamar nacionalismo. Tener una nacionalidad concreta no necesariamente implica orgullo de pertenencia, aunque puede darse a veces legítimamente y otras no tanto. Y mucho menos puede significar desprecio a los demás, ni cualquier suerte de supremacismo, lo cual es una desviación patológica del hecho objetivo que proporciona formar parte de una nación. Como igualmente, patológico, aunque legítimo, puede ser el desprecio de la propia identidad nacional por prejuicios globalizadores sobre este colectivo tachándolo con una falsa humildad como inferior a otros o incluso negarlo como inexistente.

      Y lo más paradójico es que precisamente hoy en día se cultivan estas identidades colectivas como signo de modernidad, salvo que se invoquen tres o cuatro naciones históricas, en cuyo caso son reprobables, cuando no racistas. Me explicaré para no llevar a confusión, con unos cuantos ejemplos. Es progresista pertenecer y sentir orgullo del colectivo gay, y si algún homosexual no se identifica con aquel es un traidor a su causa. Lo mismo con colectivos feministas, para las mujeres,  con el “blacks lives matter”, para los hombres de raza negra, con la clase obrera para los trabajadores por cuenta ajena. En estos casos lo único lícito es el orgullo de tu colectivo, aunque ser miembro del mismo no genere por sí nada especial que lo motive. Es como estar orgulloso de ser rubio o pelirrojo. Sentir orgullo por pertenecer a cualquier colectivo, por extravagante que sea es aceptable. Pero estar orgulloso de ser español no es nada moderno, es más bien casposo

       Tal vez no tiene sentido crear competiciones de selecciones deportivas nacionales, al tiempo que parece discutirse el concepto de nación. Puede ser un contrasentido fomentar la identidad en torno a unos equipos deportivos que se definen por representar a una nación    y a la vez diluir las fronteras de quienes forman parte de una u otra nación, de manera que se puede ser de una nación o de otra a conveniencia. Si a una nación la puede representar cualquiera aunque no se sienta parte de la misma solo por un interés de éxitos deportivos, no hay diferencia alguna entre este plantel de deportistas y el de un club de fútbol cualquiera. Seguramente porque lo verdaderamente importante en estos asuntos es el business y las clases dirigentes son conscientes de la cantidad de dinero que pueden ganar con estos eventos en los que utilizan una realidad incuestionable como son los sinceros sentimientos nacionales de las personas, si bien debidamente encauzados en unos espectáculos mundialistas travestidos de auténticas orgías del globalismo.

     El asunto no deja de ser complicado de abordar al interferir los sentimientos y el derecho, y como todo en la vida real, no hay nada del todo blanco ni negro. Puedo comprender que en personas concretas se pueda dar un conflicto de afinidades o de identidades. Algo así como a quién quieres más a mamá o a papá, cuando en realidad puedes querer por igual a los dos.  No entiendo tanto cuando después de varias generaciones se sigue cultivando un sentimiento atávico de devoción por una nación a la que ya realmente no se pertenece, pero parece empeñado en pertenecer a ella, descuidando aquella a la que realmente sí pertenece o debería ya formar parte inequívoca de ella. Es como una especie de disforia de nacionalidades que lo único que genera es disfuncionalidades personales y sociales y una enorme insatisfacción. Pero esto es un mal endémico de muchos países europeos que, por impotencia o desidia, no han sabido integrar a muchas de las personas que vienen de fuera a su propia forma de vida y han mantenido islas culturales que se empeñan en conservar las identidades de origen durante varias generaciones, sin diluirse como sería lo normal en la sociedad de acogida.

     Por esta razón y de lege ferenda,  y en España,  abogo por un endurecimiento radical en la concesión de la nacionalidad a quienes no la tienen por origen. Esto no es discriminación, ya que puedes perfectamente crear un derecho de residencia y ciudadanía que otorgue los mismos o análogos derechos que a los nacionales. Ya en el derecho romano había al menos dos categorías jurídicas de pertenencia al estado, como la latinidad y la ciudadanía. Y restringiría la nacionalidad a aquellas personas que verdaderamente deseen de corazón adquirirla, que quieran formar parte de este colectivo, no por interés cualquiera que sea, no porque te de un plus en derechos, sino porque quieres como en un matrimonio, unirte con un compromiso de futuro a un proyecto de vida compartido, renunciando a cualesquiera relaciones anteriores, que pudieron ser maravillosas en su momento, pero ya no lo son.  Y solo permitiría acceder al privilegio de defender los colores de la selección de mi país, si se hace sin reserva mental alguna, con pleno convencimiento y con la devoción que en exclusiva se merece.  Si sigues unido sentimentalmente a otra nación el renunciar a su nacionalidad es traicionarla y el adoptar una nueva no es otra cosa que un matrimonio de conveniencia, donde puede que el sexo sea satisfactorio, pero no hay amor.

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 LEÓN XIV en el CONGRESO.

   Escribo estas palabras mientras todavía está en mi ciudad el Papa León XIV en su visita apostólica a Madrid y otras ciudades españolas. Y comienzo a escribir estas líneas después de escuchar el discurso de su Santidad a la nación española desde la tribuna del Congreso de los Diputados. Realmente todavía tengo la piel de gallina ante tan apreciables palabras, ante un memorable discurso, de los mejores que he podido escuchar en los últimos tiempos. Y confieso que no confiaba demasiado en que pudiera aplaudirle desde la cercana lejanía de mi casa y desde esta plataforma en la que escribo. Pero debo resaltar que pocas veces se han escuchado palabras tan sabias y tan certeras desde esa tribuna, al menos en los últimos tiempos en que el listón de la exigencia intelectual está ciertamente muy, pero que muy devaluado.

         Como español me he sentido gratificado al vislumbrar que un Papa católico sea capaz de comprender la misión histórica de este país, de comprender la esencia de España, sus logros y sus propósitos en la Historia. En palabras del Papa “aquel momento en que España quedó situada ante responsabilidades históricas de carácter universal”. Me sorprendió que evocara el nombre de los Reyes Católicos en un Parlamento donde hoy solo se menciona a Azaña y a Clara Campoamor. Y sin duda es reconfortante escuchar a la cabeza de la Iglesia no solo mencionar, sino alabar y no escatimar elogios a la Escuela de Salamanca. Con la percepción de que esta alabanza deriva de comprender lo que significó en su momento,  que no fue otra cosa que un intento serio y efectivo de cómo la modernidad debió haberse abordado desde la razón y no desde la codicia, que es lo que surgió de otras potencias europeas impregnadas por el protestantismo y su exaltación de las riquezas y los mercados.

Nos recuerda León XIV la importancia de responder a la “pregunta salmantina” lo cual no es otra cosa que dar respuesta a cómo se debe limitar el poder para que éste no traspase los límites de la dignidad humana. Es la necesidad, entonces y también ahora, de establecer que el poder, y diríamos todo poder, público o privado,  tenga que tener límites morales.  Aquella escuela de pensamiento nos recuerda que el poder deja de ser justo cuando no está ordenado a estas exigencias y es lícito oponerse a este poder injusto, por mucho que esté investido de toda la autoridad y la fuerza. La Escuela de Salamanca, nos ha recordado Prevost, surgió ante un reto que se había presentado a España, como fue la responsabilidad de la empresa transoceánica y frente a la intuición de un mundo global, de la ruptura de las barreras que limitaban las fronteras y que creaban unas nuevas relaciones entre gentes antes no imaginadas. Ante este reto la Escuela de Salamanca, con Fray Francisco de Vitoria al frente, asumió una de las construcciones intelectuales, pero a la vez prácticas, más trascendentes de la Historia de la humanidad en sus últimos tiempos. Se propuso diseñar los cimientos del edificio de la globalización, bajo parámetros de control del poder, del respeto de la dignidad humana, de la libertad y de la verdad. Refrenando el impulso del desenfrenado ánimo de lucro y depredación de aquellos lugares que se incorporaban a la corona. De ahí nacieron las Leyes de Indias y tantos y tantos otros proyectos legislativos, organizativos, sanitarios y de otras variadas índoles, tuitivos de los indígenas en América, que, al inspirarse en una razón cristiana y profundamente moral, orientaron una civilización naciente hacia el bien común, la cultura, la conservación de las costumbres, una economía humana  y siempre con el propósito de refrenar en cuanto era posible el factor depredador que siempre se esconde en todo poder.

Que no todo fue perfecto en aquel proceso es algo que es obvio. El Santo Padre ha recordado también en el Congreso que en esa misión “ni la sociedad ni la Iglesia estuvieron siempre a la altura de los desafíos morales planteados durante la conquista y evangelización de América,”. Pero estas palabras no creo que sean, como han dicho algunos en una interpretación interesada, una enmienda a la totalidad de la Conquista, sino una mera aceptación de una realidad histórica. Por el contrario en esas palabras yo creo que encierran una aprobación general más que una condena. Ello se deriva de la propia dicción literal de los términos empleados. Esa frase papal (“no siempre estuvieron a la altura”) implica necesariamente que, en otras ocasiones, tal vez en la mayoría de los casos, la sociedad hispánica y la Iglesia sí  que estuvieron a la altura. Las palabras utilizadas son importantes.  En mi opinión la excesiva humildad cristiana, hace que la Iglesia se fije en exceso en los fallos cometidos, asumiendo en demasía los errores puntuales. Es un exceso de autocrítica, comprensible en estos tiempos de dictadura de lo políticamente correcto que lleva a pedir perdón por casi todo, pero no debe impedir que un juicio imparcial no sea tan severo.  Esto y la enorme presión de los indigenismos vampirizados por ideologías sectarias, casi siempre al servicio de intereses espurios, con los que la Iglesia debe convivir. En todo caso está muy lejos esta expresión empleada hoy por León XIV, dentro de un contexto de enorme elogio de la Escuela de Salamanca, de las lamentables palabras de su predecesor que en gloria (?) esté, que se atrevió a pedir perdón en nombre de la Iglesia por la evangelización de América.

     No es de sorprender que Robert Prevost, el que fuera obispo de Chiclayo, allá en el Perú, hace un par de días en Madrid, ante un joven que le preguntó cuáles eran sus santos favoritos, escogiera entre ellos a Santo Toribio de Mogrovejo, que no fue en realidad sino una santa plasmación de ese espíritu de la Escuela de Salamanca, Universidad en la cual enseñó leyes, antes de ser designado por Felipe II como obispo de Lima, el cual tras ordenarse sacerdote aprisa y corriendo, se fue a aplicar en la práctica lo que había enseñado en la teoría de las aulas salmantinas y proceder a una defensa de los indios a menudo contra los propios poderes locales.

     Todos sabemos que el edificio de la globalización finalmente no se construyó con los planos que diseñó la Escuela de Salamanca, que solo pudo edificar una parte de la ciudad, hasta que incluso aquella fue derribada. Pero llegamos a ver los cimientos y parte de los muros, que aprovechaban y se apoyaban en las construcciones anteriores. Y nos quedó la bondad de sus planteamientos. Lamentablemente en el proceso de la creación del “totus Orbis”, se impuso el modelo arquitectónico anglo-protestante, cuyo hijo predilecto son los Estados Unidos de América, que partía de hacer tabla rasa de todas las construcciones anteriores, confinando a los indígenas a indignas reservas, y a imponer una moral del éxito y del culto a la riqueza que todavía hoy florece en Wall Street. Ya nunca podremos saber cómo sería hoy en día nuestro mundo actual si se hubiera podido construir con las ideas de la Escuela de Salamanca. En mi opinión sería un mundo más justo y más bello, más cercana a la Civitas Dei, que, a la Babilonia proyectada por la Gran Ramera, en la que vivimos.

     De una gran lucidez intelectual me ha parecido la reivindicación de la Escuela de Salamanca por León XIV,  no solo para el pasado, sino para los nuevos retos que amenazan a la Humanidad. Si la Escuela de Salamanca fue la respuesta a un cambio total de la mentalidad y la ruptura de los límites del mundo, que fue lo que ocurrió con el descubrimiento de América, ahora nos enfrentamos, según nos dice a una nueva frontera, que no es geográfica sino tecnológica, en una clara referencia a la Inteligencia Artificial. Y frente a ella aboga la necesidad de algo parecido a lo que fue el pensamiento salmantino. Se vuelve a plantear dar respuesta a la “pregunta salmantina”, ¿Cómo se puede auto limitar el poder ante esta monstruosa hidra que amenaza nuestra libertad y nuestra dignidad?  

     Pero no quisiera quedarme solo con el aspecto ya destacado de su discurso, sino que en el mismo ha abordado muchas otras cuestiones de gran interés y que obviamente no puedo resaltar a todas ellas aquí. Por ejemplo, nos ha recordado León XIV que la tecnología no es neutral,  que la ciencia no es neutral, que obedece a los intereses de quien la crea, la financia y la fomenta en un sentido o en otro y por eso no debe tenerse como un ídolo a la ciencia y el progreso, como gusta de defender la mayoría de las ideologías modernas. La ciencia, la tecnología, como el derecho sólo es legitima si se sustenta en la dignidad humana y busca la Verdad. No toda ley es justa, ni todo lo legal es legítimo. Reivindica, y yo lo comparto, un nuevo Derecho Natural, unos principios y valores que están por encima de cualquier ordenamiento positivo y solo si es así, el derecho se convierte en un instrumento de defensa del hombre contra los intereses particulares de unos pocos.  Y en este contexto les recordó a sus señorías que no puede ser justa la legislación que mata los niños antes de nacer y se deshace de los enfermos por no ser ya productivos. La ley deja de ser justa. Valiente y riguroso en su defensa encendida de la vida, leyendo la cartilla a todos los abortistas de todos los signos políticos presentes en el hemiciclo a quienes afeó su cultura de la muerte. Como bellísima fue su defensa de la institución de la familia como instrumento de transmisión de la civilización y como escuela de la convivencia. También reivindicó el derecho a la educación de sus hijos en valores cristianos que tienen los padres, frente a toda la caterva masónica defensora furibunda del laicismo presente en la mayoría de los escaños del Palacio de la Carrera de San Jerónimo.

    En materia de inmigración, ha recordado la necesidad cristiana de practicar la caridad con los que llegan y tienen necesidad de ayuda, pero también el que deberían llegar por medio de cauces ordenados y legales, y que además deberían tener derecho a vivir de manera digna en sus países de origen. Una crítica nada velada a las mafias que trafican con seres humanos. Y destacó una palabra que muchos no han querido oír, y es la necesidad de  que los que llegan  a un país procedan a su  integración en la sociedad de acogida. Concepto esencial que echa por tierra todas las tentaciones de alimentar la multiculturalidad wokista. Nada que objetar a lo dicho, aunque quieran ver los actuales gobernantes españoles un respaldo a sus descabelladas políticas migratorias. En todo caso cabría recordarle al Papa, con todo el respeto que merece, que precisamente el Estado del Vaticano no es un ejemplo de puertas abiertas y de conceder su nacionalidad a cualquiera y que recientemente ha endurecido las sanciones para quienes ingresan ilegalmente en sus fronteras.

        En su profundo discurso, ha tratado muchos otros temas y todos ellos de gran interés. Sé que determinados medios han querido destacar del mismo, llevando el agua a su molino, la defensa del derecho internacional en las relaciones internacionales, y con ello un espaldarazo a la política gubernamental del actual gobierno socialista. Que un Papa abogue por el desarme de las naciones me parece lo natural y yo lo comparto como cristiano  y como lo ideal en un mundo idílico que desgraciadamente no existe.

        Otros han resaltado del discurso su alegato contra la polarización de la sociedad y la creación de odios y demonización del rival ideológico. Nada que objetar tampoco. Simplemente me sorprende que los mayores generadores de odio y polarización de la sociedad, entienden que esas palabras no iban dirigidas a ellos, sino a una supuesta ultraderecha intransigente. Deberían comprender, que esta intransigencia y polarización es fruto de una reacción de autodefensa contra los ataques continuos que se reciben del otro extremo del espectro político. La derecha es casi siempre simplemente reaccionaria.

     En fin, un discurso profundo, elevado, valiente y lleno de matices en que cada uno ha entendido un poco lo que mejor le ha parecido. Yo no estoy nada descontento con su contenido y percibo que en los medios más alejados del pensamiento cristiano se han quedado con un par de cosillas que le interesan, ignorando el resto, desoyéndolo o simplemente no queriendo entenderlo. La posición de estos, que incluso han llegado a decir que el Papa defiende al gobierno actual, me recuerda a aquella anécdota en la que Lorca al escuchar a Rubén Darío el verso de su poema “Responso a Verlaine”, que dice “que púberes canéforas nos ofrenden el acanto”, reconoció que solo había entendido la palabra “que”.

¡QUÉ DURO SER MADURO!

   Empieza el año 2026 con demasiados sobresaltos para lo que sería normal y deseable. No habían pasado ni dos días,  mientras estábamos por estos lares celebrando el aniversario de la toma de Granada por los Reyes Católicos, cuando nos sorprendía una noticia de esas que te dejan con la boca abierta. Me llegó al móvil un aviso que decía que los Estados Unidos habían capturado y detenido al mandamás de Venezuela, el desdichado, maléfico y atrabiliario gorila rojo, que atiende en la vida civil al nombre de Nicolás Maduro. Y también a su malhumorada esposa, que no sé muy bien porqué, pero cada vez que la veo me viene a la mente la imagen de la marimandona primera dama de la aldea de Asterix, Clarabella, abroncando continuamente al gordinflón jefe de la tribu.

    La primera sensación fue un estado de euforia, parecía significar que terminaría por fin el desgraciado régimen bolivariano, la dictadura que impuso el socialismo del siglo XXI el desaparecido Hugo Chávez. Seguí con gran expectación la comparecencia, del no menos atrabiliario presidente useño, quien rodeado por sus enérgicos chicos nos trató de explicar que no era una invasión, y por lo que yo entendí, que lo único que realmente le interesaba era el petróleo de Venezuela. Como casi ningún político dice una verdad completa, y casi siempre dicen todo lo contrario de lo que piensan, llegué a la conclusión que lo del petróleo era una simple excusa para su mercado interno. Que la realidad consistía en una toma de control de un país que se estaba volviendo demasiado molesto. Recordemos que llegó al poder prometiendo al ciudadano medio que se iba a desentender de los problemas del imperio  y sólo ocuparse de las cosas de comer de la clase media y de los problemas con la obesidad de los hijos de los granjeros de Minnesota.  Tardé un tiempo en comprender que pretendía hacernos creer  que todo lo realizado era una rutinaria captura de un delincuente ( o dos) reclamado por un tribunal de un barrio de Nueva York, por un asuntillo de drogas.

     No, ya he comprendido que entrar en otro país y llevarse por la fuerza a su presidente no es una invasión de un país soberano. No seamos mal pensados.   Lo cierto es que mi mente calenturienta empezó a imaginar qué pasaría si ante la sospecha, o realidad, de que el rey de una dictadura vecina nos inunda con su hachís y otras lindezas en forma de patera, decidiéramos enviar a los Geos a secuestrarle en plena noche para encerrarlo en Soto del Real. Pero descarté inmediatamente esa descabellada idea.

     Tras la alegría inicial, menudo bajón en el ánimo cuando escuché que aunque se llevaran al capo, dejaban al mando del país a la vicepresidenta Delcy, alias “la maletas”, al parecer debidamente sometida al nuevo poder ante el que se ha arrodillado rápidamente. Parece que ha quedado claro que no se pretendía acabar con el régimen dictatorial, sino sólo de que esa dictadura se sometiera y pusiera todo su poder sobre el pueblo al servicio de una potencia extranjera. Dicen que es por hacer una transición tranquila. Veremos. De momento se aclaró que lo de celebrar elecciones va para largo, que es mucho más interesante tener una oligarquía sometida y a su servicio, que un posible gobernante salido de las urnas, que podría tener opiniones propias. Parece que al igual que un escorpión no puede dejar de picar porque va en su naturaleza, un yanqui no puede dejar de ser imperialista, porque sería como negarse a sí mismo, como negar su propia naturaleza.

    Y aquí es donde se me presenta el dilema para formarme una opinión sobre lo que ha ocurrido y puede seguir ocurriendo en Venezuela. Me debato entre sentirme indignado porque a un país hermano, miembro destacado de una Hispanidad, que defiendo sin fisuras, sea asaltado y humillado por la bota imperialista yanqui, que una vez más se arroga el derecho auto concedido por la denigrante doctrina Monroe, de pisotear a un pueblo hispano. Por otro lado, siento la tentación de alegrarme de que por fin se descabece una cruel dictadura y se libere a un pueblo hermano de la esclavitud del socialismo real.

     Todo lo anterior se conjuga en un extraño coctel de sentimientos encontrados, de alivio, alegría y humillación al mismo tiempo, sobre lo que quisiera reflexionar.

    Para ello no puedo menos que plantearme si realmente es un ataque a la Hispanidad el acabar con Maduro. Y la conclusión es que no lo creo así. De hecho, el bolivarianismo ha sido el motor y alimento del llamado Grupo de Puebla, que ha sido  quien en los últimos tiempos,  con más inquina ha trabajado contra la idea de Hispanidad, y quienes más han defendido la leyenda Negra y el indigenismo más pernicioso. Es obvio que los norteamericanos también han defendido e impuesto la leyenda Negra con entusiasmo, pero en su caso es lógico, son sus autores y beneficiarios. No así los pueblos hispanos del Sur de América, que defienden en gran medida la leyenda negra, cuando son las verdaderas víctimas de la misma. Y por ello resulta mucho más incomprensible la posición de estos últimos.

     Por otro lado, con el secuestro de Maduro, se ha defenestrado a un ser despreciable, socialista, tiránico y cruel, que ha sido como un cáncer para su país y para casi toda la humanidad. Es cierto que, aunque pretendiera negarlo, es un ejemplar netamente hispánico, (dice ser medio  judío sefardí, colombiano e indígena) pero como tantos otros que hay por allí y por aquí, un traidor a su propia realidad. Los españoles hemos sufrido directamente el veneno inyectado en nuestra sociedad por el chavismo o madurismo, a ellos le debemos la creación e impulso de un partido de radicalidad comunista, ha acogido y protegido etarras y defendido el separatismo catalán, por no hablar de su íntima relación con el gran enemigo de España, el Partido Socialista Obrero Español.  Han alimentado y fomentado tanto aquí como allí, todo lo que puede hacernos daño y destruirnos. Solo puedo alegrarme con su desaparición.

      El rojerío patrio y parte de los moderaditos nacionales, han bramado porque esta acción suponía una violación del derecho internacional. Lo primero es que creo que este concepto de “derecho internacional” es un oxímoron, una contradicción en los términos, no hay derecho sino hay un poder que lo imponga y esto sólo se alcanza si hay un estado con coerción suficiente para imponerlo. No existe un auténtico poder internacional, sino muchos poderes de muchas naciones poderosas cada una con sus intereses. Y esto que ha ocurrido en Venezuela, es una muestra más. Hubo casos semejantes que nadie o casi nadie ha cuestionado. Me refiero por ejemplo al asesinato de Bin Laden en Pakistán por Clinton, o el bombardeo de Sarajevo por la OTAN ordenado por Javier Solana. No creo que sea un argumento válido para criticar la captura de Maduro el decir que se ha violado el derecho internacional. Más bien es la constatación de que éste no existe. Y el lamento de que mi país, a diferencia de otros, no tenga el poder suficiente para hacerse respetar en el concierto internacional.

      Por todo ello, creo que la conclusión es que aunque las formas sean discutibles, los españoles que defendemos a España y su integridad, así como los venezolanos y el resto de los pueblos hispanos, debemos estar agradecidos a Trump, y al también  hispano Marco Rubio, de habernos librado de una pesadilla.

      Ello no es obstáculo para que deje de sentir la humillación de tener que soportar la prepotencia y complejo de superioridad de los Estados Unidos. Y por ello, una vez dadas las gracias por librarnos del dictador , debemos seguir reivindicando con mayor fuerza si cabe, la necesidad de la unidad de los pueblos hispanos, el orgullo de nuestra identidad común y la defensa de nuestra identidad hispana frente a quien quiera borrarla y pisotearla, sobre todo si son coterráneos del General Custer.

Rosalía: Arte y Espiritualidad en LUX

No me imaginaba yo escribiendo esto que aquí escribo. Realmente no sé como retractarme de mis propios pensamientos y valoraciones respecto de una persona o mejor dicho de una artista. Artista con todas las letras. Reconozco que me había guiado por una serie de ideas superficiales, que me hacían verla como un icono raro de la música moderna que en general detesto. Y además no dejaba de recibir la sugestión de querer presentarla como un icono de todo lo woke, por quienes manejan los medios de comunicación. Es decir, la calificaba desde el desconocimiento de su obra y sólo por la imagen que sobre ella proyectaban los medios y a los que yo atendía sólo superficialmente por lo que de manera machacona querían presentarme los diseñadores de los cánones culturales, a los que tanto detesto y desprecio.

       Me estoy refiriendo a la cantante Rosalía. Yo apenas había escuchado ninguna canción suya, más allá de alguna que sonó machaconamente, como aquella que decía algo así como “malamente, tra, tra…”. Puede que haya escuchado más pero no las identificaba como suyas, dentro del magma de cantantes hoy llamadas “latinas”. Su nombre sí que me era conocido, pero a veces más por posiciones políticas totalmente contrarias a las mías o por el hecho de ser una catalana más que canta en español, para disgusto de sus paisanos.

   Pero hete aquí que alguien un día me dijo:  «¿no has visto el último video de Rosalía?, es sorprendente». Y me picó la curiosidad, y en un rato perdido y con desgana pinché en el video de la canción Berghain . Y lo que en principio fue algo de desconcierto, se transformó en auténtica sorpresa, al ver una auténtica maravilla, una perla tanto musical como visual, con un prodigio de voz, pasando de la ópera al llanto, todo ello enredado en un onírico desasosiego que pellizcaba el alma con una belleza prodigiosa. No me encajaba en la idea de la canción contemporánea en ninguno de sus encuadres, ni pop, ni rock, ni música latina, reggaetón, rap, … no sabía cómo clasificarlo. Y al final llegué a la conclusión de que es simplemente arte.

      Y claro, ello me llevó a las plataformas a escuchar el resto de las canciones de su último disco hasta el momento, titulado LUX, y en el que aparece en la portada con una desconcertante toca de monja católica. Y así fueron desgranándose una tras otra unas maravillosas creaciones, que me han hecho replantearme mi imagen y mi valoración de esta artista.

    Me parece de una gran valentía mantener la personalidad de la creación al margen de las modas y corrientes oficiales, defender la verdad de la propia creación tal como quiere brotar, sin pensar si esto encaja en las modas que dominan el mercado musical. En éste, hoy mandan las músicas rítmicas, casi habladas, rapeadas y muy sexualizadas y con mensajes progres. Y en este disco de Rosalía aparece todo lo contrario, canciones arrítmicas, íntimas, personales, espirituales y que se inspiran claramente en la música tradicional española. Hay mucho flamenco, hay rumba, hay copla, pero sobre todo hay verdad.  Me hace pensar lo que la música y en general la cultura hispánica podría haber aportado a la humanidad si no hubiera sido aplastada por la vulgaridad anglosajona que ha apabullado la creación artística a nivel planetario. Pero no sólo la cultura hispánica, también ibérica o mediterránea en general. Y así Rosalía, las reivindica todas ellas y nos deleita con un maravilloso fado en portugués y con una bellísima canción italiana a caballo entre los ritmos meridionales y la copla española. Y muchas otras canciones, de las más variadas estirpes, idiomas, evocaciones y formas, pero cada cual más deslumbrante.

    Pero quizás lo más sorprendente es que toda su creación trasluce y está teñida de una sincera búsqueda de espiritualidad, una inquietud religiosa o de transcendencia, o al menos de pesadumbre ante el vacío del mero materialismo. La canción “sexo, violencia  y llantas”, nos plantea esa vieja dicotomía de elegir entre Dios o el Mundo, el demonio y la carne, o de intentar compaginar las dos. También es conmovedor el tema “Mio Cristo piangi diamanti”, o lo que es lo mismo “Mi Cristo llora diamantes”,  en el cual entre otras nos encontramos con esta bella estrofa: Quanti pugni ti hanno dato Che avrebbero dovuto essere abbracci? E quanti abbracci hai dato Che avrebbero potuto essere pugni? ( Cuántos golpes te han dado, que deberían haber sido abrazos?. ¿Y cuántos abrazos has dado, que podrían haber sido golpes?).

No sé cual es el auténtico propósito de Rosalía sobre la religión, parece que está fuertemente inspirado en la personalidad y la obra de Simone Weil, a quien cita en su disco («el amor no es consuelo, es luz«), cita que parece ser el origen del título del mismo. Weil, partiendo del materialismo más feroz, se convirtió al cristianismo pero siempre desde una posición personal y heterodoxa, y tal vez la cantante esté en un camino parecido, en una búsqueda personal, una exploración de caminos e inquietudes, que no sabemos, donde concluirán, quizás no lo sepa ni ella, pero revelan por el momento una honestidad que me parece muy elogiable.

Por supuesto, esto no hace que vaya a aceptar cualquier opinión de esta cantante, pasada o futura, que será muy libre de hacer y yo de compartir o no. Pero ello no obstará para que valore su arte. No sería la primera ni la última artista, varón o mujer, y de cualquier campo del arte y la creación, respecto de los cuales considere magnifica su obra y no comparta sus posiciones ideológicas. Como también ocurre a la inversa.

En fin y resumiendo, que he sido cautivado por la luz (¡LUX!) de esta artista, y que entono el “mea culpa”  de haberla juzgado negativamente sin conocer su música. Y tiene mérito en mi caso, ya que elogiarla me hace compartir opinión con personas a las que detesto, y sin ir más lejos con el endemoniado tiranorzuelo que actualmente nos gobierna, que manifestó que le parecía maravilloso y que había interrumpido su siniestra tarea de corrupciones variadas para escuchar del tirón este disco. Me molesta compartir algo con este señor, ni siquiera una opinión. Me consuela que una canción del disco parece estar dedicada a él. Más que parecerlo, se trata de un retrato-robot del personaje. Es una que se titula “La Perla”, en la que entre otras cosas dice lo siguiente:

Él es tan encantador
Un espejismo
Medalla olímpica de oro al más cabrón
Él es el centro del mundo
Y ya después ¿lo demás qué más dará?
¿Pero de qué te sirve
Si siempre mientes más que hablas?
Te harán un monumento a la deshonestidad

Adiós Morante, gracias Maestro.

      He visto en mi vida muchas corridas de toros. He disfrutado de la emoción de momentos memorables que siempre recordaré y otros que no los recuerdo ya, pero que los saboreé en su momento, luego se disolvieron en el viento, al modo de una sinfonía o un bello poema recitado. Recuerdo haber disfrutado desde mi modesta localidad de la andanada en Las Ventas de la mano desmayada de Joselito, la variedad estética de Esplá, el temple clásico de César Rincón, la emoción vertical de José Tomás y tantos y tantos otros que no puedo traer aquí. Pero de todas las bellas luchas (la tauromaquia no es otra cosa que una pelea), me quedo con la última faena que he visto, y es la que saboreé hace unos pocos días y que todavía me tiene encogido el corazón y arrebujada el alma como un capote de áspero percal dibujando una media verónica. Y no es otra que la que tuvo a bien regalarnos el inigualable Morante de la Puebla el último día de la Hispanidad.

      Seguramente no será la mejor faena que he visto, ni la más redonda, y por ello considerarla como la “mejor” sería injusto. Estoy casi seguro de ello.  Pero también me atrevo a asegurar que mientras viva no podré olvidar un momento tan memorable como el del último toro de Morante y tras el cual, de manera sorpresiva, al menos para mí, se cortó la coleta. En esta faena , como en una conjunción perfecta de las esencias del Toreo,  se dieron la mano la emoción, la lucha encarnizada, el arte y la precisión técnica, rematado todo ello con la referida y sorprendente decisión de cortarse la coleta y dejarnos tras la gloria del éxito, huérfanos de su arte para siempre.

      Tengo todavía la emoción erizándome la piel. A cada momento quiero recrear en mi mente esa mano baja de un artista dibujando una lentísima elipse en el viento, acompasando los latidos de mi corazón con la furia dominada que embiste para matar. Quiero ver una y mil veces en mi cabeza, esa verdad del dolor de la lucha, del héroe maltratado por la fiera que se recupera de los revolcones que le da el astado, como si fuera un ciego destino, para volver a imponer su ley. Fuerza y arte, emoción y verdad. En un mundo de sucedáneos culturales, y de trampantojos de la realidad, emerge una visión hercúlea de un titán encarnado en un hombre que por su propia voluntad desafía los límites de la naturaleza, con una liturgia incomprensible arriesga su vida. Es tan cierto, hay tanta verdad que sólo puede generar asombro y admiración en todos los que desde la barrera cumplimos nuestra misión de saborear y deleitarnos con los sublimes efluvios que destilan un trozo de tela, una espada y hombre vestido con la luz del sol, encarnando un arquetipo del hombre primigenio, habitante por un rato de la edad de oro, donde el lenguaje es poesía y la lucha contra la adversidad y la decadencia, puro arte y belleza.

         Han pasado varios días y sigo temblando ante un ejemplo depurado de la épica que, por otro lado, siento que para casi todo el mundo es algo incomprendido. En redes sociales, leí algún comentario en el que le tachaban de “asesino”, y comprendí que esta épica no es sino un pésimo ejemplo para el hombre contemporáneo, es decir para un tipo humano decadente como es el que predomina en la sociedad actual, que se regocija de su propia cortedad de espíritu, que se vanagloria de su mediocridad, de su enanismo mental, y de eso hace una expresión cultural asimismo mediocre y cobarde. Ese tipo humano que sólo se compadece del animal, pero desprecia la mística guerrera que es una virtud del hombre que es capaz de mirar a la muerte a los ojos. Es tan anticíclico el arte del toreo con los tiempos que vivimos que es casi una reliquia de un tiempo escapado, un fósil viviente de un mundo que valoraba la verdad, la emoción y la profundidad a diferencia del que nos domina donde solo triunfa la mentira, el cinismo y la superficialidad.

      En esta última faena de Morante, yo sí sentí que el torero estaba jugando a una ruleta rusa con su vida y que por un pequeño detalle del destino salió triunfador el hombre. Cuando el toro le volteó y lanzó por los aires, al llegar al albero parecía un ser acabado, sin fuerza, exánime y llegué a temer por su vida, o por una lesión fatal, como  la que ya sufrió años atrás mi paisano Julio Robles. Pero como un ave fénix renació, y aturdido y limitado, empuñó los trastos para deleitarnos con unos memorables muletazos, siempre plenos de emoción, con un puntazo de pitón incluido. La lucha comenzó a decantarse para el ser dorado, héroe áureo, que empuñó la espada y formó una certera cruz entre el vertical estoque y el horizontal del lomo del animal. Luego el delirio de la multitud que supo alimentarse de la gloria y le llevó en volandas por las calles de Madrid, hasta la calle de Velázquez donde fue aclamado. Justa ovación a un hombre que se elevó sobre los demás, haciendo algo que muy pocos podemos hacer: luchar, vencer, crear belleza, y pellizcar el alma.

      Muchas gracias José Antonio Morante de la Puebla. Gracias por tu arte que me ha llevado al borde de las lágrimas como pocas manifestaciones artísticas lo han hecho. Me has hecho recordar algo que estaba olvidando, y es que el placer estético que proporciona el toreo no lo consigue casi ninguna otra disciplina artística. Gracias porque me has recordado lo bello que puede ser el toreo y la necesidad de mantener este arte vivo y conservar este rescoldo de un mundo casi desaparecido y del que me niego a aceptar que tenga que morir. Gracias maestro.

Otoño, «El Buen Lugar» para la poesía.

(POETICA I)

  Ha regresado el otoño. Ese periodo de tiempo en que el año  se equipara con mi propia vida. Y como cada año, retorna la sensación de que he perdido parte de mi tiempo en el pasado verano, y en la anterior primavera. Que se aproxima otro fin de año sin grandes avances vitales. Desperdiciar el tiempo es la última y quizás única razón de vivir. Y ello porque no sé en qué consiste aprovechar el tiempo o perderlo. Quiero decir que todo tiempo se pierde, siempre, en todo momento y esta es la única realidad. Lo de tener la sensación de haberlo aprovechado o utilizado correctamente o no, es ya algo puramente subjetivo. Es algo que pertenece al mundo de la utilidad, de la productividad y de la vanidad. O quizás ni eso, al resbaladizo mundo de la conciencia y la autosatisfacción.

    Lo cierto es que el otoño, enciende en mí, la ardorosa necesidad de la poesía, de leerla, de escribirla, casi diría de respirarla. No sé cuál es la razón de ello, quizás ese clima que cada año retorna a pesar de los fanáticos de la secta apocalíptica que se han alzado con casi todos los resortes del poder. El otoño trae días más cortos y noches más largas, y la progresiva huida de la luz desata un sentido de melancolía crepuscular que me lleva a transitar por  los versos y las metáforas.

      Este año no ha sido una excepción, pero con una especialidad respecto de otros años y es que en el verano recién terminado he leído un libro escrito por un poeta, el cual leído a su vez por otro poeta, o que al menos pretende serlo, ha reactivado algunas de las preguntas e inquietudes que todo escritor que se toma en serio su creación se plantea. Es muy fácil hablar de poesía, y algo menos escribirla, pero lo verdaderamente difícil es saber qué es la poesía.

      Y el libro al que me refiero es la reciente publicación de la obra “El Buen Lugar” del poeta extremeño Basilio Sánchez, donde recoge una y mil expresiones de lo que, para él, gran poeta, significa la poesía. Ofrece en su obra una catarata de pensamientos ante los que te tienes que detener exánime, desmayado, con la imperiosa necesidad de parar un momento la vida para paladearlo, para intentar comprenderlo. Y es así que encuentro, salvando todas las comparaciones que humildemente asumo, una afinidad de planteamiento sobre lo que es la poesía, o lo que puede o debe ser. Me resulta ciertamente revelador ver expresadas muchas cosas que a mí me resultarían difíciles de explicar. Y es por ello un libro extraordinario, de lectura atenta y relectura pausada. No puedo menos que compartir con él la vocación de vivir la poesía como una necesidad metafísica e inexplicable.

        Comparto esta sensación de encontrar una necesidad de trascendencia de la poesía, de una rara inquietud que te lleva a caminar por territorios resbaladizos, entre la realidad de las palabras y la irrealidad de algún territorio todavía por descubrir. Dice en algún momento Basilio Sánchez, que no es posible definir la poesía, de la misma manera que no se puede definir la vida, la muerte o el amor. Y citando a Pedro Salinas nos indica que la poesía es la experiencia profunda del misterio, de lo inexplicable.

     Pese a que afirma que no se puede definir la poesía, hay que reconocer que el autor lo intenta, pero de una manera poética, es decir utilizando el símbolo, la metáfora, la propia poesía con que desarrolla sus meditaciones. Y reconozco que  casi siempre me valen estas aproximaciones, aunque no siempre, ya que muchas veces a lo largo de mi vida he intentado encorsetar en una definición lo que es la poesía, sin tener que acudir al lenguaje poético.

      Y es que, este libro que comento, ha reavivado una vieja inquietud, que por periodos mantengo adormecida y que rebrota periódicamente como una comezón crónica en el alma que a veces se apacigua y otras estalla. Escribo poesía desde que tengo uso de razón, y debo reconocer con humildad, que desconozco realmente lo qué es la poesía. Seguramente cada persona que escribe poesía tiene algún motivo o alguna explicación de por qué lo hace. Creo que en mí es una búsqueda de una transcendencia que de otro modo se me niega, es quizás una ansiedad antropológica ante las limitaciones físicas, temporales, anímicas o espirituales que nos plantea la vida y que soñamos como no existentes en algún estado superior del hombre.

      Resultaría un poco cómico perder parte de las horas de una vida sentado ante un folio en blanco buscando palabras que quieran encadenarse en la forma adecuada, si esto no fuera el modo de satisfacer una necesidad íntima de trascender. Y no me refiero a una trascendencia vanidosa de todo creador como reconocimiento mundano, sino a la necesidad profunda de elevarse por un rato por encima de una realidad limitada y frustrante, como lo es la realidad del hombre.

     Para mí, el hombre ha inventado la poesía como un intento de regresar a un paraíso perdido. El estado poético es algo así como un estado adánico, donde el hombre vive en un estado de perfección, con un lenguaje asimismo perfecto, donde todo está ordenado y se es feliz de una manera plena. El poeta es un hombre que a su modo, es decir usando el lenguaje, rememora una pérdida difusa y comprende a su manera que hemos sido expulsados del Paraíso. Así la poesía se torna búsqueda, lamento, pérdida, queja e insatisfacción. La poesía es una reminiscencia del lenguaje que se hablaba en el paraíso perdido y cada poeta intenta encontrar, casi diría recordar, aquellas palabras, aquella música, aquel amor.

   Soy consciente que caigo en el error que hace un momento pretendía criticar, y es que doy una definición de la poesía puramente poética, incurriendo en una tautología como es explicar la poesía con un poema o lenguaje poético que encripta lo definido. Reconozco mi fracaso, ya que en estas líneas que escribo hoy me planteaba hacer una definición más prosaica de la poesía, es decir algo más cartesiano, menos impenetrable. Pero estamos en otoño y todos mis intentos por centrarme en una definición técnica de la poesía han fracasado.

    No obstante voy a tirar la piedra, sin esconder la mano, y voy a dejar aquí escrita la definición que de la poesía me atreví a plantear hace algún tiempo y sobre la que prometo volver en este blog el día que me encuentre más terrenal, quizás para la próxima primavera.

      Como adelanto diré que un poema, que es la cristalización de la poesía en lo concreto, para mí, tiene que tener siempre y en todo caso un contenido, una razón, una búsqueda, un sentido, que a mí me gusta definir como una “verdad”. Y también tiene que tener una forma concreta que se elabora con la materia del lenguaje, pero siempre con una cadencia, una sonoridad, una musicalidad, un ritmo. Alma y cuerpo, fondo y forma. Con todo ello yo he definido de manera no académica, puramente personal y que no me atrevería a defender ante nadie, pero que a mí me sirve. Poesía es para mí, la expresión de palabras que guardan, encierran, revelan o atesoran una verdad, grande o pequeña, enunciada con el ritmo de la música del Universo.