UCRANIA DOS

 No digo que me arrepienta de la última entrada que publiqué en este blog, pero sí creo que, aunque bienintencionada, fue desacertada y no se ajusta a lo que realmente pienso, al menos al día de hoy. Fue un fruto de su momento concreto, escrito bajo la emotividad de las imágenes de una guerra, bajo un mar de incertidumbres, de la sorpresa y diría que algo ofuscado por la nube de humos de la batalla que me ocultaron la realidad.  Me refiero, obviamente, a la invasión de Ucrania por Rusia, que a día de hoy todavía continúa.

     Es difícil comprender la realidad de lo que acontece, es decir por un lado las causas mediatas e inmediatas que han motivado esta invasión y guerra abierta. Parece que tampoco interesa esto mucho. En mi país, y creo que en muchos otros del ámbito europeo, se ha tomado de manera generalizada partido por Ucrania, y se ha procedido a la demonización de Rusia y de su presidente al que ya se califica como criminal de guerra y se le compara con Hitler, y por otro lado a la santificación de Ucrania con la canonización de su presidente, el archipublicitado Zelenski.

    Pero el tiempo pasa y poco a poco se va disipando la niebla y la sentimentalidad va dejando paso al pensamiento racional y desapasionado. Y en ese proceso se va equilibrando, a mi entender, la balanza de las culpabilidades entre ambos contendientes. Y sin justificar una invasión de un país por el vecino, el asunto ya no se presenta como blanco contra negro, sino que aparecen muchos matices que hace que las dos partes presenten un color gris oscuro.  Así, lo que en los primeros momentos me parecía una resistencia heroica dirigida por un líder carismático, se me va transformando en una postura descabellada y poco razonable en la que un fanático arrastra a su pueblo a una resistencia suicida defendiendo intereses poco claros de otras potencias. Puede que haya un poco de ambas cosas, heroísmo y suicidio, y por ello el pueblo ucraniano merece mi simpatía, pero tampoco oculto mi antipatía por el presidente ucraniano, que crece en proporción inversa a las alabanzas que recibe de todos los opinadores occidentales que le jalean y publicitan su look de guerrillero partisano, al que no le falta ni la camiseta verde caqui ni la cuidada “barba descuidada” de dos días.

    En todo caso es difícil desde nuestro país hacerse una idea cabal de lo que está pasando. La información es tan escasa como abundante la propaganda, y apenas es posible desentrañar alguna verdad entre tanta falsedad generalizada. Lo más sorprendente es que los medios occidentales acusan a Rusia de manipular la información que se ofrece en su país. Me recuerda aquello que dicen que le dijo la sartén al cazo: “apártate que me tiznas”. Ciertamente no estoy en Rusia para comprobar el grado de veracidad de sus informantes, que seguro que no es mucha, pero sí que estoy en España, para comprobar que la desinformación y manipulación informativa es enorme.

   Por ejemplo, aquí apenas nadie nos informa de las andanzas del ucraniano “Batallón Azov”, que desde hace años trabaja para Zelenski, quien ha utilizado a esta legión racista y supremacista blanca, para acabar con los eslavos ucranianos pro-rusos de las regiones de Donetsk y Donbás . Ahora este batallón está integrado en la milicia oficial que lucha contra el ejército ruso, pero según parece, haciendo el trabajo sucio de evitar que los corredores humanitarios sean eficaces, atacando sin piedad a los civiles que pretenden utilizarlos.

 Por ello, aunque la propaganda funcione a toda máquina, no puedo evitar pensar que hay algo que huele a podrido en Ucrania y que no todo es tan inocente como nos lo presentan. Y todo ello viene de antes de la invasión rusa. Por ejemplo no queda muy clara la intervención en la política ucraniana de ciertos siniestros personajes  como el magnate de la televisión ucraniana Kolomoysky (dueño entre otros del grupo mediático 1+1 Media Group),  gran financiador de la campaña presidencial de Zelensky y en cuya televisión se hizo popular como actor en una serie en la que el personaje que encarnaba el hoy presidente del país,  llegaba a ser el  presidente de Ucrania en la ficción. Desde que me enteré de este dato no puedo menos que pensar que está actuando, interpretando un guion que alguien le ha escrito, cada vez que sale en televisión o por videoconferencia cuando regaña a los parlamentos europeos, en un intento de resolver su problema local arrastrando a otros países soberanos  a entrar en guerra contra Rusia. El papel que interpreta es el de convencernos de que la forma de resolver un conflicto particular entre dos países vecinos y poco amistosos desde hace años es el de provocar una guerra global, la tercera guerra mundial.

      Casualmente el oligarca Kolomoysky, es también dueño de la empresa gasista Gas Burisma Holding, de la que fue dirigente entre 2014 y 2019 Hunter Biden, hijo del presidente actual de los Estados Unidos. ¿Casualidad o causalidad? ¿No podemos cuando menos tener la sospecha de que la larga mano de Estados Unidos está detrás de esta guerra y de los cambios de política causados en muchos países europeos, y singularmente Alemania?. Sospechar todavía es libre. También lo es opinar que si hubiera ganado las elecciones el Presidente Trump esta situación no hubiera ocurrido.

     Por si fuera poco este magnate israelí/ucraniano Kolomoysky,  amigo de la familia Biden y mentor de Zelenski, ha sido recurrentemente acusado desde hace más de diez años de financiar directamente a todas las milicias paramilitares nacionalistas que llevan operando libremente en Ucrania, preferentemente en las regiones díscolas de Donbas y Donetsk. Entre ellas el ya citado Batallón Azov, el Batallón Aidar y otros de parecido corte neofascista. Estos grupos tienen varias acusaciones por parte de Amnistía Internacional de haber cometido crímenes contra la humanidad y ataques indiscriminados a la población civil por el simple hecho de ser prorrusos. La financiación por parte de este oligarca ucraniano no es una acusación que me saque de la manga, consta incluso en la entrada que Wikipedia tiene de este personaje.

   Nada de esto se nos cuenta en los medios occidentales, donde sólo existen las maldades de los oligarcas rusos, a quienes tampoco me pide el cuerpo defenderlos. A mi parecer una vez más estamos siendo manipulados, haciéndonos entrar en un juego interesado de buenos y malos, de demócratas y fascistas, y apelando continuamente a una sentimentalidad que nos provocan con imágenes de dudosa veracidad.

    Yo no soy un especialista en estos temas, sino un simple espectador desde mi solitario acantilado, que reclama simplemente que haya un poco de ecuanimidad para valorar un conflicto que en principio, y aunque todo el mundo se empeñe en lo contrario, me resulta bastante lejano. Por supuesto que lo más real de este conflicto es el sufrimiento cierto de muchas personas, que una vez más son las víctimas de los juegos de poder. Pero ese dolor real también es utilizado para fines torticeros.

        Ahora todos tenemos la obligación de sentir un amor especial por un país del que hace apenas unos meses no éramos capaces de situar correctamente en el mapa. Han tocado a rebato los poderes occidentales para que nos sintamos hondamente afectados y seamos especialmente solidarios con Ucrania. Y por ello estamos obligados a conmovernos con los tristes sufridores de este conflicto en la misma medida que debemos ignorar el sufrimiento que otras guerras actuales causan a otros pueblos como los kurdos, los uigures, los sirios, lo malienses, los nigerianos y tantos otros, cuyo dolor nos debe ser indiferente, y que parecen no merecer la atención que nos monopoliza Ucrania. El mainstream no nos deja ni elegir libremente nuestro dolor.

DESPERTANDO CON EL RUIDO DE LA GUERRA

Hay días que realmente no se sabe que decir. La guerra es una realidad desde hace unos días, y el dolor y  la devastación se extiende en el otro extremo de Europa. Demasiado lejos de mi casa para oír el rugido del fuego los dragones, pero demasiado cerca para no estremecerte con el sufrimiento real de la gente y el ardor de los resistentes.      

Es cierto que desde la tronera de este Acantilado he reflexionado a menudo acerca de que la maldad se extiende por el mundo a su manera, de una forma paulatina, taimada, poderosamente invasiva de las costumbres. Y aunque el mal avanza lo hace de una manera lenta, y eso hace que de alguna manera uno se va acostumbrando a ello. Es como el anochecer que va apagando lentamente la luz y haciendo que la vista se vaya acomodando poco a poco a la oscuridad. Esta es la estrategia de los fabianos, que imponen su voluntad de manera progresiva, con pequeñas pero continuas conquistas, que hacen casi imperceptible su avance, hasta que un día descubres que te han dominado por completo, sin que te hayas dado ni cuenta y sin que ni siquiera hayas tenido la posibilidad de rebelarte.

  En esta realidad de gente adormecida y despreocupada se ha producido una conmoción, un cataclismo. Hemos descubierto que hay quien no gusta de esos métodos de consecución progresiva del poder y prefiere los métodos que parecían desaparecidos de la conquista violenta, la invasión directa, la imposición por la fuerza imperativa de los ejércitos y las armas. Ante la visión de los carros de combate avanzando por un territorio real de Europa pensamos que esto no puede estar pasando, es imposible, es algo de tiempos pasados ya superados y propios de anacrónicos documentales del canal de historia de nuestra televisión de pago. En nuestro mundo de realidades virtuales, solo se mata en los videojuegos, en las escaramuzas infantiloides de Fortnite y allí donde las bombas solo te hacen alcanzar objetivos en las batallas espurias que se desarrollan en los oscuros tableros de las pantallas de ordenador.

       Los ejércitos son para muchos cosas del pasado que se están reciclando en bomberos y rescatadores de los gatitos que se suben a los tejados. Los coroneles solo están para cultivar regimientos de coles, o ayudar a cruzar la calle algunos niños menesterosos y desvalidos. Pero no para matar, ni para morir. Eso ya no se lleva, no se mata ni siquiera a las ratas o las cucarachas, y mucho menos a los lindos conejitos que nos miran con la expresión tierna de “Tambor”, el amiguito de Bambi.

    Y en este prado rumoroso de armonía en el que creemos vivir, entre gladiolos florecidos en el parterre del pensamiento mágico, donde el mal no es posible, resulta que ha entrado como un elefante en una cacharrería un malnacido descreído de la modernidad. Un psicópata que pretende  que, como durante miles y miles de años de la historia del hombre, puede imponer su voluntad por la fuerza. Y no solo lo cree, sino que ejecuta sus amenazas con la realidad imperiosa de su ejército. Ante ello, los otros dominadores, es decir los taimados, los conquistadores silentes del poder, se retuercen alarmados ante una reacción inesperada de violencia extrema. No es posible, nos rompe nuestros planes y estrategias, esto no vale, es romper la baraja. La dominación de los hombres parece que solo es legítima si se hace de manera silenciosa, sin que moleste el ruido de las detonaciones, sin que se den cuenta los conquistados.

    Pero en este juego de poder, en el tablero de ajedrez de la geopolítica, una vez más somos los peones los que somos sacrificados, siempre es así, aunque en esta ocasión nos estamos percatando de ello de una manera brutal. El ruido de las explosiones de las bombas nos ha hecho despertar del letargo, y en un estado todavía de somnolencia, no salimos del estado de incredulidad por lo que está pasando. Resulta que estábamos entretenidos en decorar nuestra casa con farolillos de papel de ideologías posmodernas y “chupilerendis”, y de pronto tenemos que agacharnos por el silbido de las balas sobre nuestras cabezas. Tal vez con este despertar abrupto nos demos cuenta de que nunca debimos de dejar de pensar en la defensa de nuestro mundo, que hay gente que quiere derribarlo con ruidosos lanzagranadas o con ambiciones siniestras, aunque silenciosas.

    Aunque nos empeñemos en que las cosas deberían ser como nos gustaría que fueran, las cosas son como son. Y llevamos años toreando de salón, sin enfrentarnos a morlacos de verdad. Y así ocurre que en la tozuda realidad, después de tanto y tanto feminismo e igualdad, cuando llega una guerra de verdad a los únicos que movilizan es a los varones. Tenemos que asumir que el hambre es algo real y una amenaza posible y solo gente decadente puede permitirse rechazar determinados alimentos por prejuicios ideológicos. Que el frío es también real y no lo elimina la propaganda, sino que es necesaria energía para procurarnos calor y para mantener los hospitales funcionando y que es más importante sobrevivir que cuantificar la huella de carbono. Hay que comprender que cuando tienes una amenaza real no es posible defenderte con tweets o con insultos histéricos contra tu agresor, o con canciones de John Lennon,  sino que hay que empuñar un fusil de verdad y luchar por lo que consideras justo.

    Es necesario regresar a la realidad. Dejar el mundo fantasioso de la posverdad, donde todo es fluido e inconcreto. Y lamentablemente parece que la única forma de que esto sea posible es a cañonazos. Suena en la radio una canción de Abba, «Can you hear the drums, Fernando?». ¿Será un señal?

HACERNOS UN «SALAZAR»

  Una de las noticias que más me ha divertido en los últimos tiempos es un suceso que en realidad ocurrió hace cincuenta años, aunque yo acabe de enterarme. Me refiero al hecho recientemente desvelado de que el presidente portugués Oliveira Salazar estuviera durante casi dos años engañado por su entorno sobre el hecho de que en realidad ya no era presidente, ya que había sido sustituido en el poder, si bien nadie se atrevió a decírselo. Según cuentan se sentó sobre una silla que cedió y tuvo una caída que tras varias complicaciones acabó dejándole en estado de coma. En el entretanto le nombraron un sustituto en la presidencia, Marcelo Caetano. Cuando despertó del coma creyendo que todavía era Presidente de la República, no hubo quien se atreviera a contarle la verdad, y todo su entorno cercano siguió haciéndole creer que seguía ejerciendo el poder. Dictaba decretos inexistentes, mantenía reuniones con falsos diplomáticos, hasta se editaba un periódico especial con una tirada de un solo ejemplar en el que se recogían las noticias sobre las falsas reuniones que mantenía. En suma un gran paripé con el que le tenían totalmente engañado. Murió dos años después sin saber que todo lo que tenía a su alrededor era un enorme trampantojo, un decorado, una ilusión óptica, una fata morgana.

       Este hecho me recuerda la anécdota posiblemente apócrifa de “ha muerto Stalin. Ya  pero a ver quién se lo dice”. Precisamente esta situación se narra en la delirante película “La muerte de Stalin”, aunque en este caso se facilitaba el asunto porque el dictador estaba realmente muerto. No así ocurrió con Salazar, que tuvo la osadía de recuperarse de una enfermedad irreversible, dejando a su entorno en una situación imposible que solo supieron resolver creando una realidad artificial con la que se le mantenía engañado, controlando de manera exhaustiva la información que le llegaba. Hay que reconocer que este “Good bye Lenin” a la portuguesa le mantuvo feliz sus últimos días. Y debiera agradecerlo porque ya desde el Rey Lear se sabe que no es buena idea para un dictador la de abandonar el poder antes de tiempo. Si no que se lo digan a Pinochet, que no supo seguir el ejemplo de Franco o de Stalin que mantuvieron el poder hasta el final. Y así le fue.

        Pero al margen de lo entrañable, y casi diríamos cómico, de la situación de Salazar, lo verdaderamente relevante es cómo se es posible que se pueda mantener a una persona viviendo una situación completamente falsa, en una representación continua, en la que solo se le permite saber lo que se quiere que sepa. Para ello es necesario controlar cada información que le llega y por supuesto ocultarle todo aquello que no debe saber. Sin embargo, el sainete se convierte en tragedia cuando esta situación se traslada del palacio presidencial de Portugal a la realidad cotidiana de nuestra vida de hoy.

   Porque la situación en la que se encontró Salazar se asemeja bastante a la que vivimos los ciudadanos occidentales cada día. La manipulación de la información es tan generalizada y tan grosera que solo llega a nuestro conocimiento aquello que interesa que llegue, y no nos enteramos de lo todo aquello que no es conveniente que sepamos. Los informativos, sobre todo los que nos ofrecen por televisión,  han perdido el pudor más elemental y son únicamente panfletos de descarada propaganda globalista.

    Son muchos los ejemplos de esta cotidiana manipulación. Basta con tener el atrevimiento de encender la televisión a las tres de la tarde o a las nueve en punto de la noche. En un momento comienza el animado espectáculo de luz y sonido donde nos cuentan cosas que aparentemente suceden, y se ocultan otras que no nos conviene que sepamos.

     Por poner un ejemplo de los últimos días, ha sido verdaderamente revelador el ocultamiento total que los medios han realizado de la situación por la que ha atravesado Canadá en las últimas semanas. Mientras decenas de miles de camioneros y otras personas colapsaban las carreteras en columnas de cientos de kilómetros protestando contra las medidas anticovid, mientras el centro de las ciudades eran tomados por las protestas contra la vacunación obligatoria, mientras el lindo presidente de Canadá tuvo que abandonar su sede oficial y esconderse en un lugar secreto para  evitar responder por sus fanatismos covidianos, mientras todo eso ocurría y ocurre todavía, ni una sola palabra sobre ello se oyó durante semanas en ningún medio de comunicación. Daba igual que fuera un medio audiovisual, escrito en papel o digital. Esa noticia simplemente no existió durante mucho tiempo. Algún tiempo después comenzó a asomarse tímidamente a algunos noticiarios, por supuesto nunca informando de manera neutral sino siempre tomando partido.

        Evidentemente el apagón informativo no es casual. Puede que un medio no quiera dar una noticia, pero es revelador que no la dé ningún medio de comunicación. Obviamente siempre hay excepciones y conductos por los que fluye la información al margen de los cauces mayoritarios. Pero la cuestión es que si no se divulga en los cauces oficiales y generalizados de información simplemente un hecho no existe.

A los camioneros por la Libertad canadienses no solo les secuestraron todas las cantidades recaudadas por medio de aportaciones populares por medio de crowdfounding , sino que incluso les expulsaron de «Twitter», con una reglas que solo aplican a quien le interesa, que nunca son los activistas de BLM u otros parecidos. La mayoría de las redes sociales son el paradigma de la censura en el Siglo XXI.

      De este modo no existen noticias sobre casos de varones asesinados o maltratados por sus parejas femeninas. O su tratamiento informativo es infinitamente menor que si ocurre lo contrario. Está vetado informar sobre la nacionalidad u origen de los delincuentes, para no caer en xenofobia, aunque ello implique hurtar un dato relevante de la información. Si una persona de origen africano roba y mata a alguien, apenas se habla de ello. Pero si la víctima es africano o si es gay, es portada de los periódicos a toda plana.

El apagón es siempre selectivo según el sesgo de lo que se quiere promocionar o condenar socialmente. De este modo, no existen para los medios informativos los terribles efectos secundarios de las vacunas contra el Covid. No existe la pederastia fuera de la Iglesia Católica. No existen los científicos que discuten el cambio climático. No existe memoria histórica para las checas ni para Paracuellos. No existe una terrorífica dictadura en China, ni existe la detención de cientos de miles de Uigures en centros de reeducación comunista. No existen los daños colaterales en población civil si el que bombardea es un tal Obama o Biden…. La lista sería interminable

       Ya nos vamos acostumbrando a los apagones informativos. Una parte relevante de lo que acontece no aparece en los informativos, ni periódicos digitales o en papel o en las redes sociales, y por tanto no existe. Pero en su lugar hay otras supuestas noticias con las que nos mantenemos entretenidos. Y el que se cuestione la veracidad de las consignas que recibimos a través de la información, es acusado de negar la realidad, y obviamente no merece otro nombre que el de «negacionista». Término que se ha convertido en el insulto preferido de la progresía, pero que a fuerza de escucharlo voy percatándome que más que un insulto es una descripción bastante correcta del pensamiento de muchas personas, entre las que me incluyo. Lo único que es éticamente admisible ante tanto embuste es negar todo lo que nos proponen e imponen. Ser negacionista es presentar una enmienda a la totalidad al mundo totalitario que nos apabulla. Como dice una de las últimas canciones Joaquín Sabina, yo lo niego todo.

       Como a Salazar nos preparan cada día un periódico “ad hoc”, con lo que conviene que nos enteremos para que no descubramos la realidad. Y es que realmente hace mucho tiempo que el pueblo no gobierna. Que, tal como le ocurrió Antonio de Oliveira Salazar, ha sido depuesto y el poder lo han tomado unas élites que se encargan a través de sus agentes de que vivamos embobados, adormecidos, anestesiados y sólo sepamos aquello que es conveniente que conozcamos. A los ciudadanos nos hacen cada día un “Salazar” y preferimos no darnos cuenta. Aunque puede que así vivamos más felices

MADRE PATRIA

    Hay libros que llegan en la vida en un momento providencial, que vienen a llenar un hueco que antes de leerlos ni siquiera sabías que existía. Algunos libros pasan por la vida sin pena ni gloria. Se leen y se olvidan con la misma rapidez, aunque puede que de manera inconsciente dejen algún poso. Otros libros sin embargo marcan una huella indeleble, una marca permanente en el pensamiento o en el alma.

    En mi vida no son tantos los libros que pueden presumir de haber dejado esa impronta. Dedico estas líneas a uno cuya lectura acabo de terminar, y que es uno de aquellos que nada más leer una docena de páginas sientes su importancia, uno de esos libros destinados a tenerlos siempre a mano en la mesilla de noche, para consultarlo de vez en cuando, posiblemente durante muchos años. Y además de su interés particular para mí, creo que también ha llegado en el momento preciso para mucha otra gente y que viene a revitalizar una corriente de pensamiento por la que llevo tiempo caminando y avanzando con decidido entusiasmo y convencimiento. 

        Este libro al que me refiero es la obra del politólogo argentino Marcelo Gullo Omodeo, titulada “Madre Patria (Desmontando la leyenda negra desde Bartolomé de las Casas hasta el separatismo catalán)”. Lo encontré por casualidad y sin conocer su contenido en una de las visitas a una librería a la que acudí buscando otra obra que ahora mismo no recuerdo. Me llamó la atención el título y leí descuidadamente la solapa, como hago con otros tantos, para ver así a primera vista de qué pie cojea el autor, o dicho de otro modo, si puede ser de interés para mí o por el contrario es de aquellos que merecen acabar en la piscina como hacía el malhumorado Umbral. A primera vista me pareció interesante y con una cierta duda decidí comprarlo en una de las decisiones de las que menos me arrepiento.

Marcelo Gullo es Doctor en Ciencias Políticas argentino autor de numerosas obras tales como «La insubordinación fundante», «La lucha del pueblo argentino por la independencia del imperio inglés» y muchas otras. En 2021 publicó en España «Madre Patria» que en cinco meses ya ha alcanzado ocho ediciones de la obra.

       “Madre Patria” es una obra que podría ser incluida dentro de la vigorosa corriente actual del revisionismo histórico sobre la leyenda negra. Como es bien sabido la expresión de “leyenda negra” fue utilizada por primera vez hace más de cien años por Doña Emilia Pardo Bazán en una conferencia en París, quién sabe si después unos de los tórridos encuentros que en la capital francesa mantenía con Don Benito Pérez Galdós. La idea se desarrolló y tomó carta de naturaleza con Julián Juderías y su genial obra “La Leyenda Negra”. Posteriormente ha sido desarrollada y defendida por muchas otras personas con más o menos entusiasmo y acierto durante todo el siglo XX.  Pero en los últimos tiempos esta corriente revisionista de la historia oficial de España que supone la existencia de la leyenda negra, y simultáneamente el análisis riguroso de lo que constituyó y constituye todavía hoy en día, ha tomado una fuerza inusitada y casi diría imparable.

      Si la pérdida de Cuba y Filipinas determinó un pesimismo histórico que fraguó en la Generación del 98, ahora frente a un fenómeno similar como es la previsible desmembración de otras partes de España, ha surgido una reacción quizás menos pesimista, pero en todo caso muy realista, que tiende a mirar a la cara a la situación que nos acecha, y a plantearse el origen y las causas mediatas e inmediatas de estos procesos separatistas. La mejor intelectualidad de España está examinando esta cuestión y en su gran mayoría entienden que la raíz del problema separatista tiene su origen en la leyenda negra, que es la que ha minado nuestra fuerza como pueblo y la que ha destruido nuestra nación tanto moral como materialmente. En España nos hemos creído todo lo que nuestros enemigos han inventado de nosotros y hemos claudicado con una docilidad ovejuna a todo lo que nos han impuesto desde fuera. Sufrimos desde hace varios siglos algo así como el síndrome de la mujer maltratada por el marido, que a cada paliza reacciona asumiendo su culpa por sus errores y además venerando a su maltratador que con su poder no deja que se piense algo distinto de lo que a él le interesa.

       Afortunadamente empieza a haber muchos que consideramos que a lo mejor la única culpa real que debe asumir España es la de la debilidad, la de haber sido derrotada por otros que no son mejores sino más fuertes, la de vivir pensando nada más que complacer a nuestros difamadores históricos y la de la pereza de desmontar todas las mentiras y tópicos que se han divulgado por nuestros vecinos únicamente para aprovecharse de la situación. Hemos asumido de tal manera nuestra inferioridad que más que un complejo ya ha derivado en un auténtico síndrome de Wendy, en el que todo lo que hacemos, lo hacemos pensando en el qué dirán. Y solo vivimos para conseguir la aceptación de los demás países, con nuestra autoestima por los suelos y una continua autoconmiseración y autoflagelación, llevando la autocrítica a lo patológico. Mientras tanto, los países que han generado, creado y favorecido la leyenda negra para acabar con nuestra antigua supremacía se han hecho ricos y prosperado a costa de todo el planeta, devastándolo sin piedad y sin un átomo de remordimiento.

      En este proceso de restauración de nuestro orgullo excesivamente humillado hay un antes y un después de la impagable obra de Elvira Roca “Imperiofobia y leyenda negra”, en la que sistematizó y divulgó de manera amena todas las causas y las consecuencias de la leyenda negra, enmarcando su existencia para el caso de España dentro de una corriente que a su juicio es común a todos los imperios que ha habido en la historia, como es el caso de Roma, Rusia y Estados Unidos.

  «IMPERIOFOBIA Y LEYENDA NEGRA» de Elvira Roca Barea, auténtico “best-seller” que lleva 25 ediciones desde 2016,  ha tenido tanta importancia desde el punto de vista de la divulgación  y de la comprensión de la historia de España y de Hispanoamérica, que desde aquí aunque sé que no soy nadie para solicitarlo, pido para dicha autora el premio Princesa de Asturias  o cualquiera otro que refleje la deuda que tenemos los españoles con ella, por abrirnos a muchos los ojos y ayudar a dar forma a algo difuso que sentíamos, pero no acertábamos a canalizar y sistematizar.

        Aparte de Elvira Roca, ha habido otras muchas obras muy notables en la misma dirección, en una bibliografía relativamente abundante, que ha llegado a crear en ciertas librerías un apartado especial sobre la leyenda negra, dentro de la sección de la historia de España.  Y aunque no sea una obra escrita, quiero también resaltar en esta corriente la película documental,  “España, la primera Globalización”, de  López Linares, que se estrenó en el recién concluido 2021, con un éxito notable. Fue para mí una gran sorpresa cuando el día que la vi en uno de los cines de la periferia de Madrid, al terminar la sesión el público de forma unánime, y por supuesto yo entre ellos, prorrumpió en aplausos.

     Y dentro de esta corriente, creo que tiene un interés especial “Madre Patria” por varios motivos. El primero de ellos es que está escrito por una persona de allá, del otro lado del Atlántico, por un americano y concretamente un argentino. Un argentino además que según reconoce carece de ascendientes españoles, y confiesa que toda su ascendencia es italiana. El recibir el mensaje que se envía en este libro procedente de un hispanoamericano es una enorme satisfacción. Lo más habitual en los últimos tiempos es la defenestración de todo lo hispano, el derribar estatuas y recibir insultos y descalificaciones, y esto es así tanto aquí como allí. Y no es que como español me guste que me regalen los oídos, porque tampoco creo que sea todo elogioso en este libro. De hecho hay unas críticas feroces a determinadas actitudes altaneras que se mantienen en esta parte del océano Atlántico, críticas que son muy justificadas y más que razonables. Pero se agradece que desde allí se realice una búsqueda de la objetividad histórica y de la comprensión real de lo que fue la conquista de América, de lo que fue el Imperio y de lo que pudo haber sido de no entrometerse potencias enemigas destruyendo esta enorme labor. Y así, se me antoja que tiene más mérito todo lo que dice Marcelo Gullo, porque viene dicho desde allí, por alguien que no es español, con la seguridad de que si lo mismo lo dice alguien de aquí,  se le tacha de chauvinista, franquista y se desprecia sin más como un fruto de un trasnochado nacionalismo español.

     La segunda importancia que le concedo a este libro es que no está planteado desde una perspectiva de ideología política entendiendo por tal la lucha que tanto aquí como allí hay entre las izquierdas y las derechas. Se parte de una refutación de los motivos que sustentan la  leyenda negra sin hacer de ello una bandera partidaria y destacando que esta posición ha sido defendida por gente de toda posición política. Y prueba de ello es que el prólogo está escrito por el socialista español Alfonso Guerra. Y en ella se citan numerosos pensadores de clara posición marxista que han defendido y todavía hoy lo hacen la necesidad de recuperar la unidad de toda Hispanoamérica. Hay una cierta tendencia a identificar la reivindicación del imperio español con el franquismo o posiciones conservadoras, lo que se demuestra que es un error. La civilización que se extendió por las tierras americanas es perfectamente reivindicable desde la derecha y desde la izquierda. Al menos por la izquierda tradicional, es decir aquella que se preocupaba por los problemas sociales y no era globalista y vendida a intereses espurios. De hecho, el discurso defendido en el libro, al menos en lo esencial, es asumido sin complejo alguno por intelectuales españoles de izquierda radical como lo es el politólogo Santiago Armesilla.

(https://hispanoamericaunida.com/2013/07/28/hispanofobia/ )

          La tercera cuestión es hacernos ver a los españoles de Europa que la leyenda negra no es algo que ha perjudicado a España, o solamente a España, sino que por el contrario es algo que ha perjudicado de manera igual de intensa a los países hispanoamericanos, siendo ellos también víctimas de tan infamante propaganda. Son víctimas porque generó en ellos unas divisiones territoriales destinadas a debilitarles, a crear naciones débiles y claudicantes frente al poder anglosajón. Y después de ello han sido víctimas porque les han borrado la memoria, la identidad, el orgullo de su civilización, borrando los referentes culturales e imponiendo una servidumbre cultural e intelectual frente a la modernidad anglosajona. Han sido ellos tan acomplejados como los propios españoles frente a lo que desde determinados focos de opinión nos han dicho a todos que es lo correcto. Así una cultura como la anglosajona o la protestante en general que fue incapaz de interactuar con los pueblos que se encontraban a su paso, que solo supieron desplazarlos, humillarlos y despreciarlos y finalmente masacrarlos, da lecciones de cómo se deben de hacer las cosas para ser modernos. Marcelo Gullo nos aclara que las verdaderas víctimas de la Leyenda Negra son todos los pueblos hispanoamericanos, incluyendo en ello a los españoles de Europa y a los españoles de América.

      Es de justicia tanto para los españoles actuales como para los hispanoamericanos actuales  reivindicar nuestro pasado común, reivindicar sin complejos la liberación que Hernán Cortes y doña Marina efectuaron de los pueblos oprimidos por los antropófagos aztecas que vivían atemorizados de ser devorados por ellos como pollos de corral. Parece ser que Moctezuma, como emperador no era muy aficionado a la carne humana, como el resto de su corte, y sólo comía el muslo derecho de los hombres y mujeres que le cazaban, seguramente que en los seres humanos como en los pollos el muslo debe ser la parte más escogida y sabrosa. Es preciso aclarar que, si trescientos hombres pudieron acabar con un ejército de más de doscientos mil aztecas, fue únicamente porque así lo quisieron el resto de los pueblos que allí  vivían esclavizados,  que vieron la oportunidad de liberarse de la terrible costumbre de ser cazado y servido para cenar. Esto explica que un pequeño destacamento llegue a conquistar un imperio poderosísimo, en el único caso en la historia en que un país conquista otro sin enviar un verdadero ejercito de invasión. En el Siglo XVI los soldados de España estaban destinados en Flandes o en Sicilia, o luchando contra el turco en el mar, pero no se enviaron tercios a América. Solo se pudo conseguir la conquista porque así lo quisieron la mayoría de los pueblos nativos que estaban oprimidos y se sirvieron de los españoles para su liberación, y decidieron cambiar un emperador antropófago por un emperador lejano que les construía hospitales, carreteras, escuelas y universidades y les decía que todos los hombres son iguales, todos hijos de un Dios invisible y amoroso, que no exige sacrificios humanos.

     Aparte de la conquista inicial, es de justicia reivindicar la obra civilizatoria y bienintencionada que se realizó, en ningún caso depredadora como se ha dicho desde la leyenda negra. Prueba de ello son  las Universidades que se crearon, o la red de hospitales (por cierto gratuitos, lo que no son ahora en muchos países) para todos los habitantes súbditos de su majestad, fueran nacidos en Europa o de etnia mapuche, charrúa, aymara, nahualt o cualquier otra. Es decir se reivindica con orgullo un pasado imperial en el que todos los hombres que allí vivían eran miembros de una misma comunidad. En ella había hombres pobres y ricos, pero había ricos indios y blancos, y había pobres blancos e indios.  El mestizaje era algo normal y prueba de ello es que desde los primeros momentos el Inca Garcilaso de la Vega presumía de sus dos ascendencias castellana e inca, o el mestizo Martín Cortes Malintzin, quien orgulloso de su doble ascendencia, formó parte del ejercito del emperador en la lucha contra los musulmanes en las Alpujarras.  Qué diferencia con lo que ocurría en el Norte de América, donde el héroe nacional es el repugnante y despiadado General Custer y el lema oficial de la conquista del Oeste fue “el único indio bueno es el indio muerto”.  

      Marcelo Gullo nos explica todo esto, que yo brevemente gloso, con gran claridad,  haciendo ver las diferencias existentes entre el imperio y el imperialismo. El primero es integrador y civilizador, es el modelo de Roma, que se trasladó a América. El segundo es depredador y devastador, solo interesa lo que favorece a la metrópoli, aunque destruya lo conquistado. Es el modelo anglosajón y protestante. Pero para la opinión dominante ellos son los buenos y nosotros los malos.

       Y ya, por último, pero en absoluto menos importante, destaco de la obra de Marcelo Gullo el que no solo analiza el pasado sino que además plantea objetivos para el futuro. El superar la leyenda negra tanto en América como en España debe realizarse con la finalidad de reconocer que la finalidad de aquella fue dividirnos, crear naciones pequeñas y débiles mucho más fáciles de controlar por el poder británico y luego estadounidense. Mientras los Estados Unidos de América, hacían eso precisamente, es decir unirse, acumulando territorios previamente despejados de molestos ocupantes, se fomentaba la división del Sur del continente en pequeños estados claudicantes y sometidos. Nuestros enemigos no podían consentir tener a sus puertas una enorme nación-continente unida y poderosa. Pues bien, ahora toca intentar revertir el proceso lograr la unidad de los países hispanoamericanos y por supuesto con España.

          La relación de España e Hispanoamérica es mucho mayor de lo que parece. En cuanto a los ciudadanos de todos estos países nos sentimos a menudo hermanados de manera sincera, con una cercanía efectiva y real. Yo como español me siento más cercano de un ecuatoriano, cubano, chileno  o venezolano, que de un finlandés, búlgaro, escocés o noruego. Para empezar no les entiendo sino con mucho esfuerzo.

   En alguna forma debemos comprender que lo normal es que toda Hispanoamérica hubiera permanecido unida desde el momento de la independencia de la corona de España. Y que una vez superados los prejuicios falsos que motivaron la independencia se restablecieran los lazos, con la parte europea de Hispanoamérica. Es sabido que los nativos lucharon mayoritariamente a favor del Rey de España y las minorías criollas ilustradas y anglófilas a favor de la independencia, en lo que fue una auténtica guerra civil entre españoles. Una más de las seis o siete guerras civiles que ha padecido España en los últimos trescientos años.

       Por todo ello creo que lo más inteligente que podemos hacer unos y otros es suprimir las barreras que otros nos han creado y ahondar en nuestra unidad como una comunidad real de afectos que desemboque en una entidad política de intereses comunes destinada a crear amistad y prosperidad para todos. En suma, a reconocer primero la existencia de una nación hispanoamericana y luego dotarle de una estructura de estado, que reconozca como sus nacionales a los de españoles de Europa y a los españoles de América por igual. Como fue en tiempos de la monarquía hispánica, aunque actualizado y amoldado a los tiempos presentes. Adicionalmente la parte europea de Hispanoamérica necesita un nuevo impulso y la empresa de embarcarse en un proyecto ilusionante que nos dé la cohesión que necesitamos para seguir adelante y superar los secesionismos inminentes. Y para ello necesitamos que nos ayuden los españoles de América y que recibamos aquí a todos aquellos que deseen venir con la mayor de la cordialidad de la que seamos capaces. Esa cordialidad que se tiene cuando se recibe a un compatriota.

      Este proceso no es ni mucho menos fácil, y lo primero es superar los respectivos nacionalismos de banderas de colorines  e interiorizar este proyecto superior, para el que reivindico una bandera común que no debería ser otra que aquella que nos unió en su día y es la bandera blanca con la Cruz de Borgoña de aspas rojas, que llegó  a Castilla  con Felipe el Hermoso  y que nos unió a los allende y aquende los mares. Pero en todo caso lo de menos son las banderas y lo verdaderamente importante es atrevernos a mirar nuestra historia común sin resentimientos, con humildad y con orgullo a la vez. Que así sea.

TU QUOQUE FILI MI?

     Hacía muchos años que no pisaba Asturias. Para mí es una tierra especialmente apreciada desde que era pequeño. Crecí con el mito de Don Pelayo y el inicio de la reconquista de España en las breñas de Covadonga, tal como lo relataba la Enciclopedia Álvarez que circulaba por mi casa. Era en mi imaginario Asturias el último  reducto de la cristiandad, algo así como la aldea gala de Asterix frente a Roma, pero cambiando Julio César por el moro Almanzor. Uno imagina que no hay nada más español que Asturias, y tanto es así que en su día se popularizó el eslogan de “España es Asturias y lo demás tierra conquistada”.

     Es muy difícil no disfrutar en Asturias, da igual la parte que se elija para visitar. Yo acerté a estar en los alrededores de Pravia, en una casona del Siglo XVI,  reconvertida en hotel rural, aunque creo que da casi igual donde se vaya, es todo de una hermosura exuberante, incluso bajo la lluvia, que para no romper el tópico no se tomó ni un minuto de tregua en todo el tiempo que por allí anduve. Y si me traigo en la retina la belleza de los bosques y prados, no menos me impactó la fiereza del mar embravecido al que un habitante de la meseta no está acostumbrado.

      El azar me llevó a una cita no prevista con la historia. Se me presentó de improviso apareciendo de entre las piedras de una pequeña ermita milenaria en una pedanía de Pravia, que cobija ni más ni menos que los restos mortales de un rey asturiano, el Rey Silo y su esposa la reina Adosinda, nieta ésta del mismísimo Don Pelayo. Cuando llegué a la Iglesia de San Juan en Santianes, me adentré precipitadamente para cobijarme de la incesante lluvia en el momento que comenzaba la misa dominical de un domingo cualquiera, como los miles de domingos en los que los feligreses han acudido a oír la palabra del Dios de los cristianos, allí, en los únicos reductos de la península no profanados por las hordas agarenas. En alguna guía leí que el altar de esa Iglesia de San Juan es el más antiguo que se conserva en activo en toda España.  La Iglesia se fundó hace mil trescientos años más o menos, o sea que, a cincuenta y dos domingos por año, se han debido decir en aquel recinto no menos de 67.000 misas en las mañanas de otros tantos domingos. Yo tuve el privilegio de asistir a una de ellas, quizás de las últimas, porque lo que no consiguieron los musulmanes lo está logrando   el descreimiento que impone la modernidad  y que ya ha llegado a las más altas jerarquías de la Iglesia. Sea como fuere, escuchando allí una misa postconciliar, no pude menos que trasladarme a ese Siglo VIII cuando fue la iglesia construida, y por unos minutos reconstruir en mi cabeza lo que debió suponer para los cristianos asediados  mantener la resistencia en aquellas tierras sintiendo toda la península ocupada, siendo conscientes de la pérdida de España

     Colaborador del Rey Silo fue el monje Beato de Liébana que además de ilustrar bellísimamente los comentarios sobre el Apocalipsis y debatir furiosamente con Elipando, fue el muñidor de la idea de establecer a Santiago como patrón de España. Y es bien sabido que Santiago Matamoros fue el alimento espiritual que precisaban los cristianos para avanzar hacia el sur, lo que ha llevado a considerar a Beato el verdadero ideólogo de la Reconquista.. Esto revela que los reyes asturianos no se desentendieron de su misión y la intelligentsia no fue derrotada, las elites tenían claro que aunque reducidos a territorios marginales, el proyecto era la Reconquista de los reinos perdidos a manos de los musulmanes. Hoy la historiografía progre tiende a negar este concepto de “reconquista” como misión concreta y organizada, argumentando que no hubo tal idea, sino una mera sucesión de hechos más o menos fortuitos que terminaron con la toma de Granada. Yo creo que no fue así, que realmente hubo una voluntad política constante que se transmitió de generación en generación durante ocho siglos. Puede parecer mucho, pero no es tanto si observamos por ejemplo la perseverancia del pueblo judío para conservar y transmitir la idea de  retornar dos mil años después a su tierra prometida.

   Pero para mi desazón en Asturias no es oro todo lo que reluce.  Hoy esa parte de España está, como muchas otras, contaminada del nacionalismo emergente que ha podrido otras regiones y amenaza con desmembrar la unidad que nos habíamos procurado. No se puede negar que la enfermedad del nacionalismo está allí menos desarrollada que en otras zonas como Cataluña o Galicia. Pero han dado un gran salto adelante en el particularismo con la aprobación como idioma co-oficial del asturiano. Realmente muchos lingüistas consideran que el asturiano no es un idioma, sino un “habla”, que no otra cosa significaba el término “bable”, con el que era conocido ese dialecto,  esa forma de hablar el español. Un habla es una forma espontánea de hablar y es solamente verbal, carece de escritura y de literatura, la transformación en idioma escrito es un acto deliberado de voluntad. Creando un idioma, se crea una identidad y con ella una ristra de intereses, mucho dinero público para crear academias, diccionarios, profesores, investigadores, y premios de poesía en asturiano. Luego viene el imponer la enseñanza a los chavales incluso aquellos cuyos padres jamás hablaron ese supuesto idioma, después será necesario hablar asturiano con el nivel “x” para trabajar en la administración, por lo que no podrán acceder más que los del terruño. Posteriormente se crean un par de agravios reales o inventados y se convierten en víctimas de un centralismo al que se le imputan todos los males. Un par de generaciones estudiando en la escuela nada más que el asturiano junto con una inventada y tendenciosa historia de Asturias, da como resultado una mayoría que asume que son una nación diferente y oprimida que no ha hecho más que padecer y resistir heroicamente el poder de los reyes castellanos. Y finalmente, dado que son tan diferentes, que hablan distinto y sus costumbres son tan diversas, la lógica impone que haya que reclamar la independencia. Ya hemos visto demasiadas veces este proceso en España y lo rentable que sale a quienes lo realizan.  Es cierto que en Asturias está en estado embrionario, pero la semilla del mal ha germinado y solo le queda crecer y desarrollarse.

       El idioma tiene una importancia capital para mantener la unidad de una nación o para desmembrarla. En la península itálica, la creación artificial por las élites políticas de un idioma a base de retales de otros o dialectos locales , forjaron la unidad de Italia, que sin ese idioma que hoy conocemos como italiano probablemente no existiría como nación. Algo parecido ocurre en las provincias vascongadas donde primero para crear su identidad, se inventaron un idioma, el euskera batua, juntando muchas variedades de las lenguas vascuences. Y una vez creado y generalizado, procede imponerse a territorios que jamás hablaron dicha lengua como es la Ribera del Ebro tanto alavesa como navarra. Algo parecido ocurre con el catalán, que en su forma normalizada  por el talibán lingüístico Pompeu Fabra, se utiliza con criterios imperialistas imponiéndolo a territorios que nunca lo hablaron y aplastando y borrando  los idiomas propios de esas provincias, como ocurre con el mallorquín y el valenciano. Los nacionalistas saben que lo esencial de su proyecto es la lengua  y por ello es a lo que más importancia se da en sus mezquinas pero eficaces políticas.

      Asturias ha dado un paso inicial, ha sembrado una semilla para la diferenciación. Pero no es la única región o comarca que lo está haciendo, ya se están cocinando otras lenguas, como  el “cántabru”, el “andalú” (existe una autodenominada Zoziedá pal Ehtudio’el Andalú, Z.E.A.),  el aragonés, el berciano, el llionés, el cabreirés y sabe Dios cuantos más. Es obvio que en todas las regiones hay particularismos en el habla,  yo si ir más lejos en mi Salamanca querida, tengo contabilizados numerosos localismos o palabras que sólo se utilizan por allí y que incluso despertaron la curiosidad de Unamuno. Pero de ahí a reclamar un idioma propio va un abismo. Y en todo caso es retroceder en el tiempo y perder territorio ganado.

      Con la desmembración del imperio romano el latín que se hablaba dio lugar a muchas lenguas en toda la Europa conquistada por Roma, y en el caso de la península ibérica surgió una lengua romance diferenciada casi en cada valle y en cada comarca. Pero de una manera natural y no impuesta se generalizó entre todas ellas una lengua franca, que era entendida y compartida por todos por su sencillez y facilidad de pronunciación, a lo que sin duda ayudó la adopción de las cinco vocales vascas. Fue por tanto la simbiosis de una lengua romance y el vasco, la que motivó el éxito del castellano, que se extendió por todo el valle del Ebro, y luego por el Duero, y por toda la península, y que andando el tiempo, ya convertida en idioma español cruzaría el Océano para ser igualmente la lengua común de millones de personas.

    En fin, tampoco soy lingüista, puede que haya imprecisiones que pueda detectar un especialista. Y no es para mí lo importante, sino que lo es la intención de determinadas voluntades políticas de construir o deconstruir identidades, según el caso, utilizando los idiomas y la complacencia de todos los tontos útiles que cargados de un romanticismo pueril les dejan hacer y les secundan sus propósitos. Y mucho de esto parece haber por el Principado a juzgar por las decisiones políticas que adoptan. Es cierto que no hay unanimidad sobre la oficialidad del asturiano, pero estas decisiones raramente se revierten. Por ello, ante la vorágine de separatismos que nos atacan, sólo me sale decir aquello de, Asturias, ¿tu quoque fili mi?

LA PARÁBOLA DE LOS DOS AMOS DEL MUNDO.

     Cuentan que se juntaron los dos más poderosos amos del Mundo, que rivalizaban entre ellos por ser el que más poder tenía sobre la Tierra. Y uno de ellos (Amo-primero) retó al otro (Amo-segundo) para que mostrara el poder del que alardeaba, diciéndole:

     – Si eres de verdad el más poderoso podrías demostrarlo, y para ello te propongo un reto. ¿Serías capaz de que toda la humanidad sin excepción haga algo que tú quisieras? Si eres capaz de conseguirlo me retiro y te concedo todo el poder para ti.

      Después de pensarlo el Amo-segundo aceptó el reto y afirmó que toda la humanidad haría una cosa que él iba a imponer a cada hombre, mujer y niño sobre la faz de la Tierra, y ello consistiría en que cada ser humano se pincharía voluntariamente con una aguja en el brazo. Aunque al Amo-primero le pareció una oferta extravagante la aceptó, pero además le dijo: 

– Si tu fracasas yo ganaré y con tu fracaso habré de ser yo el que consiga que todos los hombres sin excepción lleven una impronta mía, tengan una cosa impuesta por mí. Pero no sabrás lo que es hasta que tu fracases y así demostraré que yo sí puedo lograr que la humanidad haga algo por mí y mereceré el poder que tendré sobre toda la humanidad.  

       Y así el Amo-segundo, se puso manos a la obra para ganar la apuesta que habría de darle todo el poder. Y para conseguir su propósito de que cada hombre se pinchara voluntariamente en uno de sus brazos, ideó soltar insectos infectados con una enfermedad fuertemente contagiosa para los humanos y ocasionalmente mortal en un remoto lugar de una región donde tenía muchos y fieles escuderos que le obedecían. Y comunicó el hecho de la liberación y esparcimiento de la plaga infecciosa por medio de todos sus portavoces en todos los confines de la Tierra, y así sembró el temor y la desesperanza en todas las gentes de cualquier lugar, jóvenes y ancianos, varones y mujeres, de todo credo o condición social. Luego comunicó a todos sus esbirros repartidos por los cuatro puntos cardinales un plan para acabar con los efectos de la plaga y de la enfermedad que ella causaba, que consistía en suministrar un fármaco precipitadamente obtenido, pero milagroso y denominado con nombres variados, que había de administrarse mediante una inyección con una jeringuilla en uno de los brazos de cada uno de los hombres sobre la faz de la tierra. Las gentes recobraron algo de esperanza ante la noticia de la existencia de una cura a tan contagiosa enfermedad. Sus apóstoles se lanzaron sin discusión a convencer a todos los hombres de la bondad de pincharse en el brazo el remedio milagroso. Convencieron a muchos, amenazaron a otros, sedujeron a los demás para que obligaran a otros, sobornaron voluntades, amenazaron y crearon intereses y complicidades variadas. Y con estas artes, logró que miríadas de hombres se pincharan en el brazo para inyectarse el antídoto contra el agente infeccioso esparcido por la plagas y causante de la enfermedad. Y la mayoría lo hacían pensando que hacían lo correcto. Lo de menos era que el remedio fuera eficaz o no, la mayoría aceptaban el placebo sin cuestionarlo, sin preguntar su bondad, o efectos reales, pero en todo caso lo hacían voluntariamente. Como el contagio se publicitaba como mortífero, pero en realidad sólo era así en algunos casos y para la mayoría sólo generaba leves trastornos, se afianzó la creencia general en la eficacia del remedio. Pensaba la mayoría que si así lo ordenan los gobernantes es porque debe de ser lo correcto, es impensable que quieran desear su mal.  Y Amo-segundo, con sus diversos tentáculos y voceros, siguió insistiendo, aumentando su presión, imponiendo su voluntad hasta conseguir que muchas personas lo hicieran dos, tres y hasta veinte veces. Hasta los niños de corta edad, reclamaban su derecho a ser pinchados, aunque el virus apenas les afectaba. De este modo la mayoría de la humanidad, casi todos los hombres se pincharon por propia voluntad en el brazo.

        Pero no todos lo hicieron. Algunos se percataron del engaño del remedio milagroso o preferían otros medios curativos o por la razón que fuere se resistieron de manera contumaz, y no hubo manera de convencerles, lo que suponía una insubordinación e insolencia insoportable. El Amo-segundo veía que el tiempo transcurría y que no lograba su propósito completamente y ello le llevaba a arreciar con una nueva oleada de virus, y una nueva y renovada energía propagandística de sus heraldos. Más presiones, sanciones y amenazas, pero todo en vano. A pesar del ímpetu y entusiasmo seguía habiendo resistencia. La única solución era imponer el pinchazo en el brazo por la fuerza, pero eso no le permitía ganar la apuesta, ya que se exigía que el pinchazo fuera voluntario, es decir someter las voluntades de los hombres. 

     Llegado un día admitió que definitivamente no había conseguido su propósito, porque había unos pocos hombres y mujeres que no le habían obedecido y se habían negado de manera irreversible a pincharse voluntariamente en el brazo. Así, Amo-segundo, tras reconocer su derrota, varios años después y tras unos devastadores efectos sobre las vidas y haciendas de los hombres, decidió asumirlo y reconocerlo ante su retador.

       Amo-primero, ante el fracaso del Amo-segundo, cuando éste se presentó ante él, le dio las gracias por su gran trabajo y esfuerzo, aunque hubiera fracasado, y le dijo:

    – Ahora te revelaré lo que yo he conseguido que todos los hombres tendrán gracias a mí, y que he logrado gracias a ti. Gracias a tu fracaso, ahora yo tendré todo el poder y tendré una humanidad debilitada, temerosa y sumisa, porque lo que yo he conseguido gracias a ti es que todos los hombres, sin excepción, tengan miedo. Ahora me obedecerán las naciones y los hombres sin rechistar, porque saben que puedo volver a utilizarte cuando quiera y que estoy dispuesto a hacerlo si es preciso y han asumido y aceptado que puedo hacer con ellos lo que quiera. Incluso los rebeldes no podrán sino temerme, porque ya son plenamente conscientes de mi poder.

      El Amo-segundo reconoció la gran sabiduría del ganador, reconoció su mayor poder y decidió para siempre servirle y rendirle pleitesía, como el único Amo del Mundo.

EL GRAN APAGÓN

  Hace algún tiempo que no me paseo por el Acantilado. Siento que muchos de los pensamientos e ideas que cada día se pasean por mi cabeza pasan de largo sin dejar el reposo necesario para recogerlas en estas líneas que navegan por la blogosfera. El mundo se acelera de manera vertiginosa y apenas deja espacio para cazar al vuelo alguna de las sensaciones o inquietudes y transformarlas en palabras. Por todo ello tengo la sensación de que cuando quiero escribir sobre algo ya es historia y otro acontecimiento lo sepulta y le hace perder interés.

    Si en general el mundo se mueve muy deprisa, lo de este país en el que vivo  es algo cercano a la locura. Tenemos en el poder unos fanáticos transformadores de la realidad que parecen apurar los días que se han autoconcedido para cambiarlo todo. Pudiera pensarse que saben que ostentan el poder de manera interina y posiblemente ilegítima. Se saben una minoría, y lo son, pero por una extraña conjunción de fuerzas ostentan el poder. Actúan como fanáticos presos de un furor irrefrenable en una carrera de demolición de lo existente y en la creación de la nueva realidad. Nada se les escapa en cuanto a la regulación minuciosa de este nuevo orden que encaja como un guante en la desquiciada agenda 2030.

  Y cuando digo que nada se escapa a su regulación es literalmente así. En su breve estancia en el poder y con su exigua representación en el parlamento, han regulado sobre casi todo y siempre de manera parcial y sectaria. Sin tener en cuenta en nada la opinión de la otra mitad de la población. No me atrevo a hacer un catálogo de sus contrafueros y lindezas legislativas en esta carrera de llegar cuanto antes a la meta que nos espera en la tierra prometida del paraíso progre.

Precisamente estos días andan nuestros dirigentes reunidos en una de las grandes tenidas globalizadoras, que tienen lugar entre Roma y Glasgow, haciendo unos ejercicios espirituales de afirmación de la nueva religión climática, sin que falten el dolor de los pecados cometidos contra el planeta y un decidido propósito de la enmienda para salvar a la humanidad. Si no fuera porque de ello resultan consecuencias nefastas para nuestra vida cotidiana, podría ser enternecedor ver nuevamente mendigando una foto con el septuagenario yanqui, a ese señor a quien un ilustre miembro de la Real Academia acaba de calificar como personaje maquiavélico, malo, chulo, ambicioso, arrogante y cínico. Y todo ello aderezado, tal vez por ser «Jalogüín, con la visita estelar de la reencarnación en una muchacha sueca de la niña del exorcista.

    Por eso creo que ya no queda otra cosa que hacer, al igual que cuando llega un tsunami, que buscar un lugar elevado donde refugiarse, un acantilado lo suficientemente alto donde se pueda sobrevivir el tiempo que tarde en amainar la furia de los elementos. Y no queda otra que sobrevivir y esperar a que, sea dentro de dos años o dentro de veinte, se pueda recuperar el imperio de la cordura y la libertad. Eso sí, haciendo buen acopio de víveres y mantas para aguantar la que nos tienen preparada desde las cumbres del poder mundial y sin olvidarnos de las linternas y antorchas para mejor sobrellevar el gran apagón. A lo mejor acabamos suplicando por un calentamiento verdadero del planeta para no morir congelados.

       La desesperanza es enorme. Con la promesa de levantar un mundo mejor, la barbarie arrasa todos los restos de la civilización que nos habíamos procurado. Estamos en manos de unos iluminados fanáticos, miembros de la secta universal que obedece sin titubeos al Señor Oscuro de Tolkien, al Guardabosques de Jünger y que nos lleva de la mano y sin vacilar a Un Mundo Feliz, a Walden Dos, a Matrix, al que ya nos van introduciendo poco a poco a través del metaverso. Para ello es preciso forzar un gran apagón de la realidad, de la vida, de la verdad, de la memoria y de la luz, para recrearnos en una nueva dimensión donde seremos como un nuevo hombre ya expulsado para siempre del paraíso terrenal pero siendo feliz para la eternidad en un paraíso virtual.

    Reconozco que con frecuencia me siento como un ciclotímico social y paso de la negatividad más extrema  a una euforizante confianza en el futuro. Al menos conservo en los momentos más neutros el convencimiento y la determinación de que algo debe hacerse, aunque sea poco, aunque sea solamente esparcir unas palabras al viento de este triste y destartalado blog que tengo prohijado para desahogos personales y reflexiones particulares.

      Sé que muchas personas que en principio consideran que tengo razón, al menos en algunas cosas, se van dejando arrastrar por la ola, adaptando a la realidad que se moldea poco a poco a nuestro alrededor, y acomodándose al nuevo hábitat, más que nada por la pereza de enfrentarse cada día a todo y convertirse en un estigmatizado socialmente y un casposo reaccionario. Yo lucho contra eso dentro de mí cada día, es decir lucho por no aceptar acríticamente el Nuevo Orden. Por ello estas palabras son de reafirmación, de dejar dicho, aunque no sirva para mucho, que de momento no entra en mis planes claudicar.

FRIGILIANA / BOBASTRO

 Termina el verano. Avanzo por el vendimiario que en mi caso particular me trae cada año una cosecha de años. Cumplo en este mes de septiembre religiosamente un año más en mi aburrida historia. Y lo de religiosamente lo digo con perdón de los tiempos que corren. Más me valdría decir laicamente, en esta época en que la religión ha desaparecido totalmente de la vida, y sólo queda ese simulacro de Ong en que se ha convertido la Iglesia Católica con su descreído pastor al frente.

     El verano, como cada año, ha sido un periodo de relajo que permite viajar y cambiar los hábitos cotidianos. Puesto que seguimos bajo el impacto del virus chino, he considerado lo más recomendable no salir de la patria para no enfrentarme a una colección de requisitos administrativos con los que te reciben por doquier, tales como certificados, pruebas de salubridad, aislamientos y cuarentenas. No me seduce la idea de ser tratado como un apestado en un aeropuerto de cualquier ciudad del planeta, añadiendo un grado superior de intensidad a la angustia que de por sí ya me causan los aeropuertos.

    Por ello este año, como el anterior, tocó recorrer la geografía nacional, que por otro lado es para mí una gran desconocida y no deja de sorprenderme en cada uno de sus rincones. Si el año pasado visité una parte de Galicia, este año como para compensar, he acudido al Este de Andalucía. Y no me arrepiento, aunque suene a tópico turístico, no me canso de recorrer Andalucía por cualquiera de sus territorios. Es una tierra especialmente amable y bonita, que lo ha sido siempre, pero en los últimos tiempos se ha de añadir a sus cualidades la de ser próspera y cuidada.

    Sólo hay una cosa que no soporto demasiado bien de esas tierras y es su vocación “islamizante”,  la tendencia a resaltar, destacar y promocionar todo lo que tenga que ver con la cultura islámica y a potenciar la arquitectura y diseño que evoque al pasado muslim. Por no hablar del culto al notario nacionalista Blas Infante quien, como masón reconocido, supo identificar que la forma de atacar la civilización cristiana es favoreciendo a sus enemigos. Y por ello, al margen de que se acabara convirtiendo o no al Islam, se dedicó toda su vida a fomentar todo lo musulmán, a identificar Andalucía con cultura árabe. Y ello no por convicción religiosa, sino únicamente como elemento disgregador, como estrategia de disolución de la tradición dominante. Esto creó escuela y sigue ocurriendo en la actualidad y no sólo en Andalucía. Hoy en determinados ambientes intelectuales y políticos es una constante el favorecer a las minorías musulmanas para atacar el monopolio religioso del cristianismo, sin apreciar el riesgo de que con tanto favor lleguen a imponer una intolerancia muy superior a la que se pretende atacar.

     Es muy recurrente por el Este de Andalucía, en la zona de las Alpujarras y de la Axarquía, la rememoración de los moriscos, su revuelta y expulsión. En general esta expulsión se suele presentar como un acto de barbarie y como un gesto de la intolerancia religiosa de los reyes españoles actuando al abrigo del fanatismo y a las órdenes de la Inquisición. Si reflexiono sobre esto es porque en mi recorrido por Andalucía las guías turísticas me llevaron hasta Frigiliana, bellísimo pueblo de Málaga, muy cerca de Nerja, en el que por sus calles enrevesadas, empinadas y blanquísimas unos azulejos colocados en las fachadas te van narrando la peripecia de la rebelión morisca y musulmana contra Felipe II, que tuvo en ese pueblo una de sus escaramuzas más importantes. En sus escarpadas callejuelas al abrigo de unas inaccesibles laderas se refugiaron y encastillaron los rebeldes moriscos, alzados contra la corona en la segunda mitad del Siglo XVI, y allí tuvo que emplearse a fondo lo más granado del ejército real al mando de Don Luis Requesens, quien, tras sofocar con gran esfuerzo la revuelta de los moriscos en Frigiliana, se embarcó hacia Lepanto para formar parte de la “más alta ocasión que vieron los siglos”.

      La expulsión de los moriscos fue en su momento un tema controvertido, pero sólo una simplificación puede presentarla como un simple acto de intolerancia religiosa. Los moriscos durante todo el siglo XVI se habían convertido en una enorme molestia para el orden social de la época. Por supuesto no en todos los sitios, ya que en muchas zonas la convivencia era pacífica, como en Hornachos en Badajoz, Ricote en Murcia y tantos otros. Pero no en todas partes era así. En particular en la zona del antiguo reino de Granada el poder y extensión de los moriscos era una molestia continua y más que eso una amenaza directa al poder político más que al religioso. Habría que trasladarse a esa época para saber valorar el poder del Turco y en general todos los esbirros musulmanes de la Sublime Puerta por el Mediterráneo que era un mar infestado de piratas berberiscos y argelinos. La sombra de una invasión norteafricana de la costa española era continua y los moriscos eran unos decididos partidarios de dicha invasión para entregar el poder a sus correligionarios mahometanos. En resumen, los moriscos eran una “quinta columna” de un poder extranjero poderosísimo y muy hostil, que comprometía la unidad del reino. Todo ello lo tenía claro el Duque de Lerma al convencer a Felipe III de la necesidad de adoptar la tajante medida de la expulsión.

    Sea como fuera es muy frecuente hoy en día contraponer la tolerancia del Islam frente a la intolerancia de los reyes cristianos. Se tiende a pintar por muchos la Andalucía musulmana como una sociedad idílica, llena de armonía, cultura elevada y con una convivencia social y religiosa inmejorable. Nada más lejos de la realidad. En los últimos tiempos muchos historiadores (Serafín Fanjul, Darío Fernández-Morera, Felipe Maíllo y tantos otros,) con rigurosos estudios han ido poniendo las cosas en su sitio y desmontando el mito del paraíso andalusí. Y para aportarme una prueba sobre el terreno de que no todo fue armonía en los tiempos de la dominación árabe en Andalucía, el azar me llevó a Bobastro.

      Hoy Bobastro es un lugar abandonado en medio del campo, ocultado por la naturaleza que lo ha ido borrando bajo un manto de encinas, zarzas y lentiscos, en la ladera de una montaña de vistas impresionantes no lejos del imponente desfiladero de los Gaitanes, hoy recorrido  por la bonita y entretenida ruta pedestre conocida como “El Caminito del Rey”, muy recomendable para desentumecerse de las tensiones de la ciudad.

En las ruinas de Bobastro a las que hay que acceder entre maleza y piedras, quedan restos de una impresionante iglesia troglodita moldeada en la peña y muy poco más que sea visible. Por lo demás queda solamente la memoria desdibujada, por ser hoy poco políticamente correcta, de Omar ben Hafsún, quien murió en esta desaparecida ciudad, ya con el nombre cristiano de Samuel en el año 918. Omar/Samuel fue un descendiente de cristianos visigodos, convertidos al Islam posiblemente de manera falsa, que tras numerosas peripecias de persecuciones políticas se levantó frente al poder de los todopoderosos califas Omeyas y controló bajo su mando un enorme territorio que hoy abarcaría las provincias de Granada, Málaga  y parte de la de Córdoba. El poder que consiguió ostentar ben Hafsún provocó la furia de Abderramán III, quien envío a lo mejor de su ejército al aplastamiento de la rebelión y terminó con la destrucción de Bobastro, donde se había hecho fuerte Omar y su ejército de cristianos (mozárabes, muladíes) que pretendían la creación de un reino cristiano desgajado del califato de Córdoba.

        

La vida y peripecia del heroico caudillo Omar/Samuel  ben Hafsún y de Bobastro daría para una buena novela o una magnífica película, que sin duda existiría si este país fuera otro menos acomplejado con su pasado.

imagen de la Iglesia troglodita de Bobastro.

   Omar Ben Hafsún, después de vivir como un criptocristiano, decidió por fin «salir del armario» musulmán y abrazar abiertamente el cristianismo junto con su esposa Columba y construir varias iglesias en su ciudadela de Bobastro, de las que de una de ellas todavía hoy se conservan unos restos espectaculares labrados en la peña. Los cristianos rebeldes fueron derrotados y la ciudad destruida y arrasada para siempre. Samuel murió defendiendo la plaza en la fe de Cristo y su hija Argéntea llegó a ser santa de la Iglesia, mérito que alcanzó gracias al martirio que sufrió en Córdoba por no renunciar a su fe, a manos de los muy tolerantes Omeyas que antes de quitarle la vida le cortaron la lengua y le dieron mil latigazos por su contumacia cristiana.   

  De todos modos quisiera sacar una moraleja final en este escrito. En Frigiliana, Felipe II, Rey prudente y cristianísimo, defendió su reino ante una amenaza secesionista y posiblemente no era lo más relevante que los alzados fueran musulmanes o cristianos. En Bobastro, de manera semejante, el Gran Califa agareno Abderramán III sofocó y aplastó la revuelta de un caudillo que pretendía crear un reino y un poder escapado a su control, y posiblemente lo de menos es que fueran los rebeldes musulmanes o cristianos. En el fondo los dos casos Frigiliana y Bobastro tienen una gran semejanza y son como el negativo y el positivo de una misma fotografía, que nos demuestra que casi todos los grandes poderes lo son porque se defienden frente a sus enemigos y nada nos dicen sobre la legitimidad, bondad o maldad de esos poderes y sobre la justicia o no de las causas de los rebeldes. Yo desde luego tomo partido desde mi perspectiva presente, y muestro más simpatías por unas y otras causas. Pero sobre todo comprendo que todo poder establecido tiende a aplastar la disidencia y ello aunque se revista con los ropajes actuales de tolerancia y pluralidad. Nada ha cambiado, se sigue aplastando y masacrando al discrepante, pero me quedo con la valentía de Omar/Samuel y como él, tenemos el deber moral levantar miles de ciudadelas para defendernos con uñas y dientes y volver a construirlas cuando previsiblemente sean destruidas y arrasadas.

MANTENELLA Y NO ENMEDALLA.

  En una entrada anterior de esta escondida y oculta bitácora dejaba constancia de mis dudas personales acerca de permitir que mi cuerpo fuera profanado por la vacuna coronavírica. Debo confesar, no sin rubor, que al día siguiente de escribirlo fui vacunado con la única dosis que tenía el modelo de vacuna que me tocó en suerte ( o en mala suerte, que todavía no lo sé). O sea que ya estoy vacunado, con la pauta completa, tal y como se dice en la «jergaza» mediática con la que nos bombardean a diario. Ciertamente lo de la vacuna completa es en realidad una ilusión, puesto que ya están lanzando la idea de que va a ser necesaria otra dosis, que será la segunda, la tercera, la cuarta, la enésima. En vez de reconocer que su puñetera vacuna no vale para nada, insisten en su posición de seguir vacunando hasta el infinito, o hasta que se aburran de hacer caja.

     Es aquello de “mantenella y no enmendalla”. Dicen los eruditos que la expresión deriva de las “Mocedades del Cid” de Guillén de Castro en donde un conde que sabedor de que una acusación es falsa, prefiere mantenerla y batirse en duelo antes que pedir perdón y retirar la ofensa. La frase referida ha tenido varias versiones, desde la edad media, como “sostenella  y no enmendalla” o “defendella y no enmendalla” y  desde luego la expresión que he elegido como título de “mantenella y no enmendalla”, la cual es mi favorita por mi devoción a la “Venganza de Don Mendo”, que es de donde me ha llegado a mí. En cualquiera de sus variedades significa lo mismo, la persistencia consciente en el error, en mantener el camino equivocado, aún en contra de las evidencias. Porque seamos sinceros, las vacunación universal no está sirviendo para nada, o para muy poco, ya que de hecho siguen existiendo contagios y los fallecimientos por el virus chino.

    Rebobinemos un poco para recordar lo que se nos decía hace apenas unos meses, en el mes de enero, cuando empezaron a bombo y platillo las vacunaciones masivas. Se nos decía que en unos meses se alcanzaría la inmunidad de rebaño y por tanto el final del virus. Que eso ocurriría cuando se alcanzara el 70% de la población. Nuestro infame presidente era uno de los más activos en apuntarse las medallas de la salvación de la humanidad. Pues bien hemos alcanzado esa cifra y continúa habiendo contagios y fallecidos.

     Siempre hay una explicación más o menos lógica que tranquiliza a la población y que hace que no se vea con claridad lo que está ocurriendo. La situación de la actual quinta ola es la misma que la de la cuarta, y de la tercera y las anteriores. Sigue habiendo contagios y fallecidos, pero eso se nos explica por las variantes nuevas del virus (y ello desoyendo al premio Nobel Montagnier que sugiere que al revés de lo que comúnmente se dice, las nuevas variantes son fruto de las vacunas, reacciones del virus frente a la vacunación). Sigue habiendo contagios y muertes, pero es porque los jóvenes no están vacunados y son unos inconscientes que no pueden parar de hacer botellones. Sigue habiendo brotes y fallecidos en las residencias de mayores e incluso de personas ya vacunadas. Pero la culpa es de las patologías previas de los pobres ancianos y además de tres o cuatro auxiliares insolidarios que no quieren vacunarse.

       Esta es otra de las cosas completamente inintenigibles para mí. Parece que hay unanimidad (de momento y hasta nueva orden) con el hecho de que una persona vacunada puede contagiar la enfermedad a terceros. Si es así, es del todo irrelevante que los enfermeros o cuidadores de otras personas estén vacunados o no lo estén. Si contagian lo mismo los no vacunados que los vacunados, no hay argumento lógico para obligar a vacunarse.  No tiene razón alguna la generalizada demonización del no vacunado, como insolidario y mala persona. Sólo corre supuestos riesgos para él mismo,  y en relación  con los terceros es igual que los demás. No tiene sentido, por lo tanto, la vacunación obligatoria, ni el carnet de vacunación, ni otras marcas de legitimidad social que lo único que hacen es recordar el célebre y apocalíptico número de la Bestia marcado en la frente sin el cual nadie puede comprar ni vender, es decir vivir en esta sociedad. No queda demasiado para que la única forma de acreditar nuestra correcta vacunación sea un chip subcutáneo con un código de barras o un código QR. ¿Será este el verdadero propósito de toda esta enorme campaña para la vacunación voluntaria antes de pasar a ser obligatoria?

     Veamos las cosas como son en la realidad y al margen de la propaganda: el proceso de vacunación es un ENORME FRACASO. Lo escribo así con mayúsculas, para realzar la afirmación. Ni las vacunas evitan contagiar a otras personas, ni evitan contagiarse a uno mismo, ni evitan la enfermedad, ni las hospitalizaciones, ni los fallecimientos. ¿Entonces para que c…. sirven? Como queremos agarrarnos a un clavo ardiendo nos creemos a pie juntillas todas las mentiras que cada día nos cuentan. Nos bombardean a todas horas en los telediarios y resto de medios de comunicación con las consignas de que en realidad sí sirven las vacunas, que aunque mueren personas son menos los muertos, que aunque se enferma, es más liviana la enfermedad, que aunque vayas a la UCI, la estancia allí es más confortable gracias a la vacuna. Sólo falta ya que nos convenzan de que la vacuna trae la felicidad. Y el día que eso ocurra lo creeremos. Seremos felices porque así lo dice la televisión y el que lo dude es un negacionista.

     Da igual, no se puede discrepar del brutal “mainstream”, ni siquiera plantearse alguna pregunta que induzca a la duda. Ya no se admite ninguna discrepancia. No entro en la polémica entre afirmacionistas y negacionistas. No me atrevo a afirmar que el virus no existe, ni a negar la utilidad de las mascarillas, ni afirmar ni a negar nada, pero sí soy capaz de observar la realidad y el tratamiento desproporcionado que se da a los discrepantes

          Parece mentira que ante la evidencia no se busque una solución alternativa. Se me ocurre por ejemplo que se pudieran investigar otras terapias curativas, medicinas, tratamientos, etc. Yo  me limito a dudar de la eficacia, por el momento, de las vacunas que nos han suministrado, y a manifestar mi arrepentimiento de haberme vacunado y mi intención de no permitir que me impongan las tropecientas dosis que están preparando con mi nombre. No voluntariamente al menos. Arrepentidos los quiere Dios.

     Y ante la contumacia en el error ya no puedo juzgar que haya buena intención por parte de la autoridad que nos domina. Me viene a la cabeza la frase atribuida a Séneca, errare humanum est, perseverare autem diabolicum, et tertia non datur.

¿CUANDO SE JODIÓ EL PERÚ?

Cuando yo era pequeño tenía gran predilección por los cuentos de un simpático personaje llamado “Tiro Loco Mcgraw”, que era un salado caballito que siempre llevaba un enorme sombrero. Ahora lo recuerdo cada vez que veo al flamante presidente que se han procurado los peruanos. Aunque este último no tenga nada de simpático ni de salado. Sólo tienen en común el sombrero, que en el caso del peruano es desproporcionadamente grande para un cabeza que alberga un caletre tan reducido. Este caballerete, cuya elección ha sido más que sospechosa, parece tener como único propósito en la vida el ofender a otra nación soberana, que por supuesto es España.

      Fue de pésimo gusto, incluso para los republicanos patrios, que en presencia del Jefe del Estado español, que tuvo la cortesía de acudir a su toma de posesión como presidente, echara pestes gitanas de la nación del invitado, y que se refiriera en presencia de nuestro Rey Felipe VI, de manera despectiva a los nativos que preferían como Emperador a Carlos V frente a Atahualpa, como los “felipillos”, término que al día de hoy sirve para tildar a todo aquel que se aparta de la ortodoxia comunista-indigenista. Incluso aunque pensara, como de hecho piensa, que todos los males del Perú son culpa de los españoles, existe algo que se llama educación y hospitalidad, que debería haber servido de freno a su incontinencia verbal.

      Se preguntaba Zabalita, personaje de la novela de  Vargas Llosa “Conversaciones en la Catedral”:  ¿En qué momento se jodió el Perú?.  Es ésta una pregunta que les atormenta por aquellas tierras, porque muchos peruanos tienen la conciencia de haber sido una nación próspera, moderna y avanzada hasta un determinado momento en el que pasaron a ser un país empobrecido y en decadencia. Y desde luego no se remontan a la época prehispánica, de la que apenas tienen memoria más allá de la mera mitología de las nuevas ideologías indigenistas. Y no quieren responder con sinceridad esta pregunta porque tal vez les llevaría a reconocer que la verdadera edad de oro de la zona de América que actualmente constituye la República del Perú, tuvo lugar durante los siglos  XVII y XVIII.

    Aunque, como se diría hoy, es “tendencia” considerar que todo lo negativo que les ocurre a esos países es culpa de haber estado allí los españoles, creo que se debe recordar que al menos hay otra posible visión de las cosas, no tan negativa para la presencia española. Por ejemplo, me viene a la memoria que en el ya lejano 1551 fue fundada en Lima la primera Universidad de América por el Emperador Carlos I. Sí, la primera universidad americana, mucho antes de fundarse Harvard o Yale. Parece que, en contra lo que dice el señor que habita debajo de ese enorme sombrero,  no todos los recursos que se producían allí eran traídos a Europa. De hecho según los historiadores objetivos, sólo el 20 % del oro que salía de las minas, se transportaba a España, el resto se quedaba allí para producir riqueza en la propia zona. Y de hecho la produjo, debido a una organización económica estable y organizada y que contaba con todos, desde luego también con los indígenas, que nunca fueron esclavos, sino que siempre fueron ciudadanos libres. Y que en esas minas cobraban los trabajadores un salario semejante a lo que se pagaba en Europa por esa misma labor.

      A diferencia de lo que se suele argumentar, los españoles no fueron arrasando o avasallando, e imponiendo por la fuerza su cultura. Querían convencer a los lugareños de las bondades de su fe y para enseñarla, lejos de imponer el idioma español, generalmente aprendían y utilizaban para predicar las lenguas locales. Así la primera gramática de la lengua “quechua” se debe al español Fray Diego de Santo Tomás, publicada en Valladolid en 1560, quien por otro lado fue el primero que se doctoró en la Universidad de San Marcos de Lima. En 1579 se fundó en esa Universidad la primera “cátedra General de la lengua de Indios”. De hecho, sólo mucho después de la independencia el español pasó a ser el idioma mayoritario,

      Sé que estos temas suelen incitar a caer en tópicos, en posiciones radicales de blanco o negro, sin admitir una enorme gama de tonalidades grises. Pero defender con argumentos un razonamiento histórico no debe ser considerado nunca como un tópico. Yo estoy de acuerdo en no caer en una visión idealizada de una realidad histórica con claroscuros, pero siempre cambio de que por la otra parte se abandone ese mito indigenista de la existencia de un paraíso anterior a la conquista por el reino de España. El preboste perulero, dijo en su discurso que durante 4500 años vivieron en armonía con la naturaleza, hasta que llegaron los españoles, que lo estropearon todo. Luego recordó que llevan ya doscientos años de independencia, por lo que han podido tener tiempo para recuperarse de sus males, pero eso da igual, la culpa ya para la eternidad la tenemos los españoles. No quiero decir con ello que todo lo hispánico fuera maravilloso. Sólo que debería haber un poco de objetividad en la búsqueda de la verdad histórica, sin prejuicios y con honestidad.

       No sabemos qué hubiera pasado si los castellanos no hubieran cruzado la mar océana con tres destartaladas carabelas. Como tampoco sabemos cómo hubiera sido la historia si los cartagineses hubieran derrotado a los romanos en las guerras púnicas. Puede que sin la existencia de Colón hubiera habido un reino en el Perú de enorme justicia y probidad. O puede que no. Pero sí podemos comparar el comportamiento y el resultado de la acción de otros países europeos con la de la corona española en su forma de atender los territorios de ultramar.  Y creo sinceramente que si yo tuviera que elegir ser conquistado por alguien preferiría a los españoles frente a los anglosajones. Aunque obviamente preferiría no ser conquistado por nadie. Como descendiente de los vettones, reclamo para mí también el derecho de ser indígena, y puede que en tiempos de Viriato me hubiera opuesto a una conquista, pero ante la inevitabilidad de la misma hubiera preferido la conquista por  la civilizada Roma a los bárbaros hunos de Atila.

      Por ello ante estos discursos tan extendidos por gentes con sombreros superlativos y sin sombreros, de aquí y de allí, a veces lamento que en los viajes transoceánicos, no se nos adelantaran los ingleses o franceses y les proporcionaran  a esas tierras del sur del continente, un destino parecido al que proporcionaron a los indios pieles rojas un poco más al Norte. Que   los civilizados ingleses o ilustrados franceses hubieran expulsado a los aimaras o a los quechuas de sus tierras en vez de mestizarse con ellos, que los hubieran encerrado en reservas para conservarlos en alcohol, en vez de preocuparse por la instrucción, por procurarles trabajo y medios de vida como lo hicieron los españoles, por ejemplo en las ejemplares reducciones jesuíticas. Realmente si el trato que hubieran recibido de los españoles hubiera sido el mismo que nuestros vecinos de la civilizada Europa dieron a los indios que se encontraron en su camino, mereceríamos un justo resentimiento.

         Merecerían en Perú a un presidente rubio con apellido anglosajón, en vez de un presidente con unos apellidos netamente castellanos, lo que nos muestra la verdadera realidad del mestizaje. También me gustaría ver alguna vez a un presidente indígena o incluso mestizo en Estados Unidos, o Canadá o Nueva Zelanda o Australia.