LEÓN XIV en el CONGRESO.

   Escribo estas palabras mientras todavía está en mi ciudad el Papa León XIV en su visita apostólica a Madrid y otras ciudades españolas. Y comienzo a escribir estas líneas después de escuchar el discurso de su Santidad a la nación española desde la tribuna del Congreso de los Diputados. Realmente todavía tengo la piel de gallina ante tan apreciables palabras, ante un memorable discurso, de los mejores que he podido escuchar en los últimos tiempos. Y confieso que no confiaba demasiado en que pudiera aplaudirle desde la cercana lejanía de mi casa y desde esta plataforma en la que escribo. Pero debo resaltar que pocas veces se han escuchado palabras tan sabias y tan certeras desde esa tribuna, al menos en los últimos tiempos en que el listón de la exigencia intelectual está ciertamente muy, pero que muy devaluado.

         Como español me he sentido gratificado al vislumbrar que un Papa católico sea capaz de comprender la misión histórica de este país, de comprender la esencia de España, sus logros y sus propósitos en la Historia. En palabras del Papa “aquel momento en que España quedó situada ante responsabilidades históricas de carácter universal”. Me sorprendió que evocara el nombre de los Reyes Católicos en un Parlamento donde hoy solo se menciona a Azaña y a Clara Campoamor. Y sin duda es reconfortante escuchar a la cabeza de la Iglesia no solo mencionar, sino alabar y no escatimar elogios a la Escuela de Salamanca. Con la percepción de que esta alabanza deriva de comprender lo que significó en su momento,  que no fue otra cosa que un intento serio y efectivo de cómo la modernidad debió haberse abordado desde la razón y no desde la codicia, que es lo que surgió de otras potencias europeas impregnadas por el protestantismo y su exaltación de las riquezas y los mercados.

Nos recuerda León XIV la importancia de responder a la “pregunta salmantina” lo cual no es otra cosa que dar respuesta a cómo se debe limitar el poder para que éste no traspase los límites de la dignidad humana. Es la necesidad, entonces y también ahora, de establecer que el poder, y diríamos todo poder, público o privado,  tenga que tener límites morales.  Aquella escuela de pensamiento nos recuerda que el poder deja de ser justo cuando no está ordenado a estas exigencias y es lícito oponerse a este poder injusto, por mucho que esté investido de toda la autoridad y la fuerza. La Escuela de Salamanca, nos ha recordado Prevost, surgió ante un reto que se había presentado a España, como fue la responsabilidad de la empresa transoceánica y frente a la intuición de un mundo global, de la ruptura de las barreras que limitaban las fronteras y que creaban unas nuevas relaciones entre gentes antes no imaginadas. Ante este reto la Escuela de Salamanca, con Fray Francisco de Vitoria al frente, asumió una de las construcciones intelectuales, pero a la vez prácticas, más trascendentes de la Historia de la humanidad en sus últimos tiempos. Se propuso diseñar los cimientos del edificio de la globalización, bajo parámetros de control del poder, del respeto de la dignidad humana, de la libertad y de la verdad. Refrenando el impulso del desenfrenado ánimo de lucro y depredación de aquellos lugares que se incorporaban a la corona. De ahí nacieron las Leyes de Indias y tantos y tantos otros proyectos legislativos, organizativos, sanitarios y de otras variadas índoles, tuitivos de los indígenas en América, que, al inspirarse en una razón cristiana y profundamente moral, orientaron una civilización naciente hacia el bien común, la cultura, la conservación de las costumbres, una economía humana  y siempre con el propósito de refrenar en cuanto era posible el factor depredador que siempre se esconde en todo poder.

Que no todo fue perfecto en aquel proceso es algo que es obvio. El Santo Padre ha recordado también en el Congreso que en esa misión “ni la sociedad ni la Iglesia estuvieron siempre a la altura de los desafíos morales planteados durante la conquista y evangelización de América,”. Pero estas palabras no creo que sean, como han dicho algunos en una interpretación interesada, una enmienda a la totalidad de la Conquista, sino una mera aceptación de una realidad histórica. Por el contrario en esas palabras yo creo que encierran una aprobación general más que una condena. Ello se deriva de la propia dicción literal de los términos empleados. Esa frase papal (“no siempre estuvieron a la altura”) implica necesariamente que, en otras ocasiones, tal vez en la mayoría de los casos, la sociedad hispánica y la Iglesia sí  que estuvieron a la altura. Las palabras utilizadas son importantes.  En mi opinión la excesiva humildad cristiana, hace que la Iglesia se fije en exceso en los fallos cometidos, asumiendo en demasía los errores puntuales. Es un exceso de autocrítica, comprensible en estos tiempos de dictadura de lo políticamente correcto que lleva a pedir perdón por casi todo, pero no debe impedir que un juicio imparcial no sea tan severo.  Esto y la enorme presión de los indigenismos vampirizados por ideologías sectarias, casi siempre al servicio de intereses espurios, con los que la Iglesia debe convivir. En todo caso está muy lejos esta expresión empleada hoy por León XIV, dentro de un contexto de enorme elogio de la Escuela de Salamanca, de las lamentables palabras de su predecesor que en gloria (?) esté, que se atrevió a pedir perdón en nombre de la Iglesia por la evangelización de América.

     No es de sorprender que Robert Prevost, el que fuera obispo de Chiclayo, allá en el Perú, hace un par de días en Madrid, ante un joven que le preguntó cuáles eran sus santos favoritos, escogiera entre ellos a Santo Toribio de Mogrovejo, que no fue en realidad sino una santa plasmación de ese espíritu de la Escuela de Salamanca, Universidad en la cual enseñó leyes, antes de ser designado por Felipe II como obispo de Lima, el cual tras ordenarse sacerdote aprisa y corriendo, se fue a aplicar en la práctica lo que había enseñado en la teoría de las aulas salmantinas y proceder a una defensa de los indios a menudo contra los propios poderes locales.

     Todos sabemos que el edificio de la globalización finalmente no se construyó con los planos que diseñó la Escuela de Salamanca, que solo pudo edificar una parte de la ciudad, hasta que incluso aquella fue derribada. Pero llegamos a ver los cimientos y parte de los muros, que aprovechaban y se apoyaban en las construcciones anteriores. Y nos quedó la bondad de sus planteamientos. Lamentablemente en el proceso de la creación del “totus Orbis”, se impuso el modelo arquitectónico anglo-protestante, cuyo hijo predilecto son los Estados Unidos de América, que partía de hacer tabla rasa de todas las construcciones anteriores, confinando a los indígenas a indignas reservas, y a imponer una moral del éxito y del culto a la riqueza que todavía hoy florece en Wall Street. Ya nunca podremos saber cómo sería hoy en día nuestro mundo actual si se hubiera podido construir con las ideas de la Escuela de Salamanca. En mi opinión sería un mundo más justo y más bello, más cercana a la Civitas Dei, que, a la Babilonia proyectada por la Gran Ramera, en la que vivimos.

     De una gran lucidez intelectual me ha parecido la reivindicación de la Escuela de Salamanca por León XIV,  no solo para el pasado, sino para los nuevos retos que amenazan a la Humanidad. Si la Escuela de Salamanca fue la respuesta a un cambio total de la mentalidad y la ruptura de los límites del mundo, que fue lo que ocurrió con el descubrimiento de América, ahora nos enfrentamos, según nos dice a una nueva frontera, que no es geográfica sino tecnológica, en una clara referencia a la Inteligencia Artificial. Y frente a ella aboga la necesidad de algo parecido a lo que fue el pensamiento salmantino. Se vuelve a plantear dar respuesta a la “pregunta salmantina”, ¿Cómo se puede auto limitar el poder ante esta monstruosa hidra que amenaza nuestra libertad y nuestra dignidad?  

     Pero no quisiera quedarme solo con el aspecto ya destacado de su discurso, sino que en el mismo ha abordado muchas otras cuestiones de gran interés y que obviamente no puedo resaltar a todas ellas aquí. Por ejemplo, nos ha recordado León XIV que la tecnología no es neutral,  que la ciencia no es neutral, que obedece a los intereses de quien la crea, la financia y la fomenta en un sentido o en otro y por eso no debe tenerse como un ídolo a la ciencia y el progreso, como gusta de defender la mayoría de las ideologías modernas. La ciencia, la tecnología, como el derecho sólo es legitima si se sustenta en la dignidad humana y busca la Verdad. No toda ley es justa, ni todo lo legal es legítimo. Reivindica, y yo lo comparto, un nuevo Derecho Natural, unos principios y valores que están por encima de cualquier ordenamiento positivo y solo si es así, el derecho se convierte en un instrumento de defensa del hombre contra los intereses particulares de unos pocos.  Y en este contexto les recordó a sus señorías que no puede ser justa la legislación que mata los niños antes de nacer y se deshace de los enfermos por no ser ya productivos. La ley deja de ser justa. Valiente y riguroso en su defensa encendida de la vida, leyendo la cartilla a todos los abortistas de todos los signos políticos presentes en el hemiciclo a quienes afeó su cultura de la muerte. Como bellísima fue su defensa de la institución de la familia como instrumento de transmisión de la civilización y como escuela de la convivencia. También reivindicó el derecho a la educación de sus hijos en valores cristianos que tienen los padres, frente a toda la caterva masónica defensora furibunda del laicismo presente en la mayoría de los escaños del Palacio de la Carrera de San Jerónimo.

    En materia de inmigración, ha recordado la necesidad cristiana de practicar la caridad con los que llegan y tienen necesidad de ayuda, pero también el que deberían llegar por medio de cauces ordenados y legales, y que además deberían tener derecho a vivir de manera digna en sus países de origen. Una crítica nada velada a las mafias que trafican con seres humanos. Y destacó una palabra que muchos no han querido oír, y es la necesidad de  que los que llegan  a un país procedan a su  integración en la sociedad de acogida. Concepto esencial que echa por tierra todas las tentaciones de alimentar la multiculturalidad wokista. Nada que objetar a lo dicho, aunque quieran ver los actuales gobernantes españoles un respaldo a sus descabelladas políticas migratorias. En todo caso cabría recordarle al Papa, con todo el respeto que merece, que precisamente el Estado del Vaticano no es un ejemplo de puertas abiertas y de conceder su nacionalidad a cualquiera y que recientemente ha endurecido las sanciones para quienes ingresan ilegalmente en sus fronteras.

        En su profundo discurso, ha tratado muchos otros temas y todos ellos de gran interés. Sé que determinados medios han querido destacar del mismo, llevando el agua a su molino, la defensa del derecho internacional en las relaciones internacionales, y con ello un espaldarazo a la política gubernamental del actual gobierno socialista. Que un Papa abogue por el desarme de las naciones me parece lo natural y yo lo comparto como cristiano  y como lo ideal en un mundo idílico que desgraciadamente no existe.

        Otros han resaltado del discurso su alegato contra la polarización de la sociedad y la creación de odios y demonización del rival ideológico. Nada que objetar tampoco. Simplemente me sorprende que los mayores generadores de odio y polarización de la sociedad, entienden que esas palabras no iban dirigidas a ellos, sino a una supuesta ultraderecha intransigente. Deberían comprender, que esta intransigencia y polarización es fruto de una reacción de autodefensa contra los ataques continuos que se reciben del otro extremo del espectro político. La derecha es casi siempre simplemente reaccionaria.

     En fin, un discurso profundo, elevado, valiente y lleno de matices en que cada uno ha entendido un poco lo que mejor le ha parecido. Yo no estoy nada descontento con su contenido y percibo que en los medios más alejados del pensamiento cristiano se han quedado con un par de cosillas que le interesan, ignorando el resto, desoyéndolo o simplemente no queriendo entenderlo. La posición de estos, que incluso han llegado a decir que el Papa defiende al gobierno actual, me recuerda a aquella anécdota en la que Lorca al escuchar a Rubén Darío el verso de su poema “Responso a Verlaine”, que dice “que púberes canéforas nos ofrenden el acanto”, reconoció que solo había entendido la palabra “que”.

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