JUAN RANA

 Antes de que empezara esta extrañísima situación de transición a la nueva normalidad yo era un ciudadano que, como tantos otros, tenía la costumbre de ir de cuando en cuando al teatro. La última obra que tuve la ocasión de presenciar en la vieja normalidad fue la denominada “Andanzas y Entremeses de Juan Rana”, cuya representación tuvo lugar en el Teatro de la Comedia de Madrid y que era representada por la compañía teatral denominada “Ron Lalá”. Esta compañía goza últimamente de gran prestigio en el mundo teatral, especialmente por sus adaptaciones y recreaciones de autores del teatro clásico español.

    En el programa de mano y en la cartelería se presentaba como una obra en la que se compendiaban entremeses de varios autores del Siglo de Oro (Calderón, Moreto, Jerónimo de Cáncer, etc), que tienen en común su relación con Juan Rana.  Y es de justicia en primer lugar agradecer al grupo Ron Lalá haberme dado a conocer y despertar mi interés por Juan Rana, al que hasta ese momento desconocía por completo.

    Después de la representación teatral, intrigado por la imagen que de él se presenta en la misma, he investigado un poco sobre ese personaje, el cual es realmente interesante. Para quien no lo conozca indicaré que Juan Rana fue un afamado actor del siglo XVII llamado realmente Cosme Pérez, y cuyo nombre artístico, así como el nombre de su personaje habitual en escena, fue precisamente el de Juan Rana.  Este actor-personaje gozó de una enorme popularidad y notoriedad en su tiempo hasta el punto de que más de cincuenta obras de autores consagrados, como los antes citados, fueron escritas expresamente para él, siendo en muchas ocasiones el protagonista absoluto de las mismas.  Esto nos da la idea de que debió ser celebérrimo en su tiempo, y tanto lo fue, que incluso tuvo el raro privilegio de sentarse a comer en la mesa del Rey Felipe IV, quien era su admirador, quizás influido por la estrecha amistad de Cosme con la actriz María Calderón “La Calderona”, amante regia y madre de bastardo real.

  

Existe un retrato de Juan Rana, propiedad de la Real Academia, en el que nos lo presenta como una persona con un cuerpo grotesco, orondo, cargado de espaldas, incluso contrahecho..

     Pero fuera por su cuerpo, por sus gestos, por su voz atiplada o afeminada, por su ingenio o por su lengua mordaz y satírica, parece que era el máximo exponente de la comicidad, hasta el punto de que su sola presencia en escena provocaba una carcajada general. También era famoso por su dudosa virilidad, su notoria ambigüedad sexual,  su travestismo en escena e incluso fuera de ella. Algunos dicen que el apodo de “rana” se le impuso por no ser ni hombre ni mujer al modo del batracio que no es ni carne ni pescado. Sea por lo que fuera no dejaba indiferente a nadie y se decía que el mero anuncio de su presencia en un teatro provocaba un lleno total del mismo.  En suma, un cómico en estado puro, histrión, cascarrabias, pero a la vez parece que muy valorado y hasta querido por sus coetáneos.

       Cuentan sus biógrafos que tuvo un problema con la Inquisición, tribunal ante el que tuvo que defenderse de la acusación del delito-pecado nefando de sodomía. En dicho proceso, de breve duración, resultó absuelto y libre de todo cargo. Siguió después de ello actuando, cantando, provocando, y haciendo reír a su numeroso público de toda la escala social.

      Juan Rana se retiró  del teatro  y vivió hasta su fallecimiento  a la provecta edad de 79 años en su casa de la calle de Cantarranas (en pleno barrio de las Letras de Madrid), en la que también tuvieron su casa Lope de Vega e incluso unos años antes Cervantes.

       En lo que he podido informarme de su historia personal y artística, llego a la conclusión de que en general fue un personaje valorado, querido y apreciado por sus contemporáneos, que se reían a mandíbula batiente con sus actuaciones y parodias de alcaldes corruptos, hombres y mujeres ambiguos sexualmente y otros muchos personajes cómicos.  En él se confundían el personaje con la persona, es decir, Juan Rana con Cosme Pérez, y de hecho Juan Rana era en sí mismo un personaje teatral y no sólo un actor. Así por ejemplo de los cinco entremeses escritos para él por Calderón, varios llevan  su nombre (“el desafío de Juan Rana”; “Juan Rana en la zarzuela”; “el triunfo de Juan Rana”…) . Y de igual manera otras muchas obras de otros autores, hasta un total de cincuenta.

   De todo lo visto creo que se puede afirmar que si pudo mantener alrededor de sesenta años su actividad artística no fue un moda pasajera sino el fruto de su época. Y de ello se me antoja concluir que esa sociedad española del siglo XVII  sabía también reír y le gustaba divertirse, y no sólo era una sociedad oscurantista y triste como se empeñan tantas personas en describirla. No puede olvidarse, desde luego, la existencia de una literatura mucho más sesuda y filosófica, dramones de honor, y obras de profunda religiosidad. Pero si es cierto que en esos años se escribió la  “Vida es Sueño” y buen número de autos sacramentales, también lo es que tenía su espacio en la escena y en la sociedad Juan Rana. Una sociedad con claroscuros de la que podía ser un claro exponente Lope de Vega, que alternaba la profunda y sentida devoción religiosa que le llevaba a ordenarse sacerdote y al mismo tiempo sin solución de continuidad retozar en los sensuales brazos de Marta de Nevares.  El Siglo XVII en España es cualquier cosa menos triste.  Y un ejemplo de ello es Juan Rana, que es una prueba viviente de que había una sociedad que alternaba la severidad de la contrarreforma y de la dirección de un Imperio, con un desenfadada vida alegre y divertida, socarrona, tolerante con los cómicos y sus mojigangas y más permisiva con la moralidad sexual de lo que suele decirse.

        De lo que he podido informarme sobre Juan Rana y su tiempo yo llego a las anteriores conclusiones y a pesar de la dificultad de hacer valoraciones retrospectivas, si me tuviera que comprometer, mi valoración  de esa época sería más bien positiva. Por supuesto con todas las complejidades y problemas que presenta cada momento histórico.  Pero  por el contrario el colectivo teatral Ron Lalá, a través de su referida obra “Entremeses y Andanzas de Juan Rana”,  llega a la conclusión contraria. Condena a ese siglo y a la sociedad que lo habita con un veredicto tenebroso.  Y es que en su montaje teatral nos presenta una sociedad oprimida y triste, sofocada por la Inquisición, un mundo negro, oscuro, tétrico, aplastada bajo una estricta moral y una implacable censura, donde incluso según nos dicen se pretendía prohibir la risa por pecaminosa.

   La mentada obra teatral convierte un trance puntual de la vida de Juan Rana, el breve proceso inquisitorial que sufrió, en una categoría general, es decir, como si toda su vida hubiera sido una continua persecución. Cuando terminó la función abandoné el teatro con la idea de que la vida de Juan Rana fue un permanente tormento y un continuo huir de la Inquisición. Pero tras investigar un poco llegué a la conclusión de que eso no era ni mucho menos cierto. De hecho, ese “horrendo tribunal” implacable y ávido de tormentos, le absolvió y declaró inocente de cualquier delito. Y ello a pesar de la abierta provocación del actor que no ocultaba a nadie en exceso sus inclinaciones sexuales.  No pretendo entrar a enjuiciar a la Inquisición como institución, que tiene como toda obra humana sus luces y sus sombras, pero ya nos resulta excesivo a algunos que cualquier visión de nuestro pasado tengamos que verla a la luz de la vela de Torquemada.

     Y en todo caso los españoles siempre tenemos una especial propensión al autoflagelo a diferencia de las personas de otros países que teniendo igual o peor historia que exhibir parecen, por decirlo así, no haber roto un plato en su vida. Por ejemplo, en ese mismo  Siglo XVII, en la tolerante Francia, Moliere no pudo ser enterrado en cementerio cristiano por el mero hecho de ser actor y autor teatral. Aquí por el contrario, a pesar de la Inquisición, eran autores teatrales sacerdotes como Lope y Calderón, y lo eran incluso de divertidas comedias profanas. Y en cuanto a la persecución de los actos contra natura no era ni mucho menos una exclusiva española ni siquiera sólo de los países católicos. De hecho en España según los territorios, de esos delitos conocían en unos lugares los tribunales civiles y en otros los eclesiásticos (Inquisición), y otros lugares como el reino de Aragón en que eran competentes los dos y en los cuales los acusados de vicios nefandos intentaban que conocieran el asunto estos últimos por su mayor benignidad. Recordemos por ejemplo que en ese mismo período en Inglaterra estaba en pleno vigor la Buggery Act (aprobada por Enrique VIII en 1533), que castigaba la sodomía ( buggery) con la horca, ley que estuvo en vigor en Reino Unido hasta el año 1861, que entró en vigor la » Offences Against the Person Act» (ley de delitos contra las personas) la cual mantuvo el tipo penal aunque suavizara las penas, como bien pudo comprobar Oscar Wilde.

      En mi opinión es deleznable el planteamiento que ha hecho Ron Lalá de nuestro entrañable Juan Rana. Someterlo a un juicio retrospectivo desde sus mentalidades deformadas por el progresismo más barato y acudir a una colección de lugares comunes para tratar de justificar lo estupendos y tolerantes que somos hoy en día en contraposición con nuestro pasado oscuro y tenebroso. La forma que tiene la progresía oficial de justificar su supuesta superioridad moral es inventándose un oscuro pasado inexistente y legitimador todas las actuales inmoralidades e intolerancias presentes. Según yo lo veo, no les interesa el teatro clásico sino únicamente para tergiversar un pasado como medio para justificar un presente que sí que es poco presentable en general. Por eso les pediría que cuando se acercan a nuestra historia se olvidaran del cliché sempiterno de la Inquisición. No es sano. Ningún otro país lo hace. Y en el fondo sólo denota una falta enorme de imaginación y creatividad.

   Y por último me queda por plantear la duda de si tal vez hoy la nueva inquisición de lo políticamente correcto habría impedido actuar en un teatro a una persona de cuerpo poco convencional y habrían sustituido su libertad artística y creativa por conmiseración paternalista y lo habrían confinado de por vida en la conserjería de un ministerio. O tal vez ni hubiera llegado a nacer.

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