LA GANGRENA

Hace tiempo que busco una respuesta a lo que está pasando en España en los últimos años. Tenemos un gobierno que es como una maldición, y dirigido por quien según me dice una persona muy cercana, es la encarnación del Maligno. Caigo en la desesperanza y en la melancolía, que no es otra cosa que sentirse dominado por los humores corporales más negativos,  umbrío por la pena, casi bruno,  parafraseando a Miguel Hernández. Nunca llegué a imaginar el grado de descomposición que tiñe la actual vida política española.

     Pensé en algún momento que me eran insoportables las corruptelas de unos cuantos desaprensivos, queriendo pensar  que las noticias que nos inundan cada día sobre corrupción eran una excepción, como una leve capa de moho sobre una fruta, que finalmente con un poco de destreza se puede retirar y disfrutar de su sabor. No, no era eso, la realidad era que al abrir la manzana se descubre que, bajo una apariencia de sabrosa lozanía, el interior estaba totalmente podrido y colonizado por saludables gusanos que la fagocitan. Algo parecido ocurre en España, aparentamos tener una lozana salud democrática que en la realidad no es más que un envoltorio pomposo y grandilocuente que oculta una chusca mafia que controla una nomenclatura que se enriquece y disfruta de los placeres del poder a costa de todos nosotros.

   Nos dicen que somos demócratas, que somos modernos, sostenibles, solidarios, inclusivos, que somos todo esto y que vivimos en un régimen equiparable a las democracias europeas. Pero yo me permito dudarlo y afirmar que en realidad somos los sufridores y “paganinis” que  mantenemos en el poder a una elite depredadora. Pero eso sí, con buenas palabras, que somos por fin civilizados. La pregunta real es por qué lo consentimos si se supone que estamos en una democracia en la que manda el pueblo. La respuesta es sencilla, ni lo uno ni lo otro es cierto. Ni estamos en una democracia ni manda el pueblo, ni en realidad ha mandado nunca, sino que casi siempre ha sido el instrumento para que las clases dominantes perpetúen su dominación. Es cierto que con el imperfecto sistema electoral se consigue una cierta rotación en las personas que se enriquecen al cambiar las estructuras de saqueo sistémico de los recursos públicos. Quizás en un plano superior haya poderes inamovibles que no se ven afectados por estos vaivenes electorales. Me atrevería a afirmarlo, así como que éstos son quienes juegan con los que están debajo y que periódicamente los cambian por otros que como los anteriores no se atrevan a discutir a ese verdadero poder.

      Recuerdo cuando un discurso parecido lo defendían unos cuantos idealistas desharrapados que se instalaron en la Puerta del Sol de Madrid, con el auto calificativo de “indignados”. ¿Ubi sunt? ¿ Dónde están aquellos que querían restaurar la verdadera democracia?. Me temo que unos instalados en un “casoplón” en Galapagar,  otros robando a banderas desplegadas todo el dinero público y otros, la mayoría en sus casas con cara de tontos por haberse sentido utilizados por los de siempre, a los que aparentemente parecían atacar y sintiendo una especie de vergüenza retrospectiva ante tanta candidez de verse girando las manos a modo de aplausos. Es decir aplaudiendo en silencio a sus verdugos.

    Con el tiempo vamos aprendiendo que la clase política que accede a gobernar por las reglas democráticas, cuando alcanzan sus objetivos lo hacen ávidos de zambullirse en ese gran mundo que da el dinero y el poder. Y saben que tienen un tiempo limitado para conseguirlo por lo que no pueden perder tiempo ni energías en otras cuestiones como sería el interés general. Me recuerda a aquel que estando herido tenía en torno a la herida una nube de moscas, y al acercarse otro a espantarlas queriendo ayudarle, el primero le decía que por favor no las espantase, que las que están, ya están saciadas y que si se iban llegarían otras que chuparían la sangre con todavía más avidez. La alternancia política no hace sino acercar nuevas moscas ávidas de sangre a la herida por la que supura la sociedad.

     Y en este momento en la situación concreta de España estamos descubriendo, por razones que todavía no comprendo demasiado bien, a un festín de moscas hambrientas o de buitres carroñeros en torno a un cadáver moribundo. Les estamos viendo la cara y sus sanguinolentos ojos. Lo cual hay que reconocerlo, es una novedad importante, ya que hasta ahora unos y otros habían actuado ocultos a nuestra vista y con la más total impunidad. Los recientes acontecimientos nos han demostrado y probado que realmente lo que se ocultaba bajo el manto de la normalidad democrática no era más que un patio de Monipodio, en el que nos robaban a manos llenas. Una cleptocracia en toda regla, de la que pocos políticos escapan, pero que tiene su auténtico hábitat natural en el entorno de las izquierdas y en particular del llamado Partido Socialista Obrero Español. No es que las derechas escapen a esta tentación de aprovecharse del poder cuando lo tienen, pero creo que en comparación con el otro extremo del espectro político, en mi modesta opinión, son meros aprendices.

     Y no se puede obviar que lamentablemente hay un importante factor sociológico que sostiene a los corruptos de izquierdas y que hace que a pesar de todo tengan un sector y no menor de la sociedad que justifica sus conductas. Y es que muchos de los votantes, militantes y simpatizantes de las izquierdas no ven del todo mal que los suyos roben a manos llenas, con tal que consigan y logren que no lleguen al poder los adversarios, las odiadas derechas y ultraderechas, en una palabra, los fascistas. Si pillan al ladrón con las manos en la masa, o las joyas robadas en su caja fuerte, enseguida encuentran una disculpa o le echan la culpa al policía o al Juez que les tiene manía. Este objetivo opaca cualquier crítica porque creen que la parte mollar de lo robado va a crear y mantener unas estructuras que hagan conseguir y luego mantener el poder de los suyos. El fin progresista justifica los medios, sean lícitos o ilícitos. Con esta finalidad de mantener a una elite que afirme que es progresista y de vez en cuando suelte alguna migaja a los ciudadanos se puede soportar todo, absolutamente todo. Especialmente tragar con las groseras mentiras con las que seducen a incautos y que contradicen continuamente con sus actos. Sueltan arengas contra la prostitución mientras regentan lupanares, prohíben el tabaco mientras fuman como chimeneas, pontifican contra las drogas y no hacen una fiesta sin su nieve en la nariz, defienden la enseñanza pública pero llevan a sus hijos a carísimos colegios y universidades privadas …. La lista sería interminable, por no entrar en las lecciones sobre moral feminista, cuando muchos de ellos acaban siendo denunciados por abusos sexuales variados.

     Pero realmente si lo analizamos fríamente el problema es más profundo, ya que la corrupción y el robo sistematizado no es la enfermedad, sino que es solo el síntoma. El mal que subyace y de lo que todo lo dicho no son más que manifestaciones cutáneas o superficiales, a modo de chancros sifilíticos, es la toma del poder por parte de una camarilla que se autodenomina progresista y que tiene el objetivo de colonizar y controlar todas absolutamente todas las instituciones de la nación. Cualquiera que se quiera mirar, y tanto públicas como privadas. Así ocurre con el gobierno de la nación que es el principal instrumento para este control, y después de éste todo lo demás, llámese Tribunal Constitucional, Tribunal de Cuentas, Consejo de Estado, Televisiones públicas, Fiscalía General del Estado, Consejo del Poder Judicial, Tribunal de la Competencia, Empresas participadas por el Estado, la SEPI, correos, paradores Nacionales, …. Llenaría varios folios con todos los organismos o instituciones que tienen infiltrados en su estrategia de toma del poder. El único objetivo aceptable es conquistar el poder, parasitarlo y mantenerlo a toda costa, incluso contra la opinión mayoritaria del pueblo. Maquiavelo fue solo el autor de la primera entrega del Manual de Resistencia.

  Esta estrategia de dominación es el verdadero peligro, y con lo que hay que acabar si se quiere tener una sociedad sana. Si se acaba con este ecosistema se acabará con la corrupción que vive perfectamente adaptada a dicho hábitat, con una impunidad que se torna escandalosa. Si solo se quita el moho de las corruptelas sin atacar el mal profundo, será solo un mero maquillaje de la realidad. Es cierto que es una tarea complicada, pero si no se tiene claro el propósito, se cometerán nuevamente errores pasados. No se trata de deponer a un maligno gobernante, o no solo se trata de esto, también de deshacer desde los cimientos toda su obra.

    Quizás no esté todo perdido. Hace tres o cuatro años era más pesimista, porque la inacción frente a este totalitarismo rampante era total. Me he llevado la grata sorpresas en los últimos años que como dijera aquel aldeano de Potsdam, todavía quedan jueces en Berlín, y al parecer también en Madrid, incluso en Badajoz.   Y es así que algunos poderes del Estado, como jueces independientes, unos pocos y valientes fiscales y algunos reductos de la policía y Guardia Civil , han tenido la valentía de dejar de mirar para otro lado ante las escandalosas y descaradas corrupciones que han proliferado en torno al gobierno actual  y  han comenzado a actuar, cada uno en lo que le corresponde.

      Es gratificante ver entrar en la cárcel a los que hasta hace poco tiempo eran todopoderosos ministros, y que por fin se condene a las sanguijuelas que viven de robar dinero público, de la mentira institucionalizada, o de practicar con descaro el nepotismo. Pero no nos confundamos, esto es solo la capa superficial de lodo, que como aceite flota sobre el hediondo pozo negro que son los actuales rectores del gobierno de la nación. Como ya anticipé, se hace preciso cortar por lo sano para quitar la gangrena. Y esto es algo que solo se puede hacer desde un gobierno alternativo que llegue algún día con energía y resolución para limpiar todas las zahúrdas donde se han instalado los actuales detentadores del poder, con el propósito deliberado de permanecer allí para siempre.

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