SON INVASORES, NO MIGRANTES

    Sé que no es el modo más adecuado de afrontar un problema el caer en la tristeza y la melancolía y tampoco dejarse arrastrar por la furia iracunda y arrasar sin reflexión con todo lo que se pone por delante. Pero las dos tendencias se alojan en mí estos días, sucediéndose una a la otra, hasta el punto de que por mi propia estabilidad emocional no puedo menos que dejar de escuchar los medios de comunicación, si no quiero que las noticias que me llegan a través de ellas me lleven a cometer alguna barbaridad o a hundirme en una profunda depresión anímica. Me refiero naturalmente a lo acontecido en Ceuta recientemente y que se prolonga ya durante más de un mes, es decir a la invasión de mi país por de más de ochenta mil personas, en una valoración generosa, ya que fueron más y el posterior asentamiento de parte de los invasores en territorio español. Seguramente no menos de veinte mil.

   Ante estos hechos, paso de la indignación a la angustia, con una escala en el territorio de la desesperación. Y todo ello porque no se debería haber consentido nunca semejante atropello por parte de un país enemigo, pero sobre todo y de manera muy especial porque quienes tendrían que resolverlo solo se dedican a mimar a los invasores con prebendas y disimulados arrumacos de bienvenida. A llamarlos pobrecillos migrantes a los que no son sino enemigos todos ellos, ya sean mayores, menores, varones y hembras. Y no le veo solución con los presentes gobernantes.

     Creo que, si tengo que solidarizarme y ser comprensivo con alguien es con mis compatriotas de Ceuta, que sin comerlo ni beberlo se ven expatriados de su realidad y de su vida, porque un sátrapa iluminado e imperialista ha decidido que en su ciudad van a vivir miles de desharrapados por las calles, que se proponen “morificarla”, improvisando zocos, casbas y expandiendo ese olor de pieles mal curtidas que en ellas se desprende de las babuchas y de las jamugas. Y no siento más que lástima por ellos y desazón por tener que compartir su entorno cotidiano con semejante chusma callejera, que se ha plantado sin permiso alguno en nuestras calles. Los invasores me dan menos pena, porque si pasan penalidades tienen la fácil solución de cruzar la frontera y ¡voilá!, sus problemas habitacionales y alimenticios quedan resueltos. Y además muchos de ellos presentan un estado saludable y los vemos cantando y bailando alegremente, quizás celebrando su victoria y la posible concesión de una medalla morabita como pioneros de una ciudad bajo la égida del Comendador de los Creyentes.

    Pero esto no se puede decir, ya que los buenistas y biempensantes te llamarán inmediatamente racista y xenófobo. Es obligatorio no discrepar y quieras o no ser compresivos con esos seres humanos que han sido utilizados como proyectiles de una guerra híbrida, y que parece que tienen más derechos que los españoles. Tienen derecho a acampar donde quieren, a dormir en la calle, a hacer sus más humanas necesidades donde les plazca, a vender productos en mercadillos sin licencias, a hacer fuego, cocinar en tajines en plena calle, a cazar palomas, gatos y hasta torturar delfines. Los autóctonos no podemos rezar el rosario en la calle Ferraz, pero ellos pueden improvisar mezquitas en las aceras y rezar a todas horas en las que se lo solicita su Profeta. Ellos sí pueden. Sí se puede, que es lo que gritaban los podemitas en su época de esplendor. Mientras tanto yo, como los ceutíes,  parece que lo único que puedo hacer es pagar religiosamente impuestos para que estos señores invasores y ocupas de nuestra nación, acampen a sus anchas y se les alimente, eso sí,  “de extranjis” a través de las Organizaciones No Gubernamentales, que son lo más gubernamental que pueda uno imaginarse, ya que viven y prosperan de la teta del Estado.

      Yo quiero pagar impuestos para que con ellos se expulse de manera inmediata y expeditiva a quienes nos invaden y no para consolidar la invasión, bajo la excusa de los dudosos derechos de unos extranjeros, que todos ellos han entrado violentando la ley española. Luego dirán los tertulianos televisivos que no todos son malos. No lo serán seguramente, pero todos, absolutamente todos han violado la ley al entrar ilegalmente en España y más cuando lo han hecho trabajando para los intereses estratégicos de un potencia extranjera. Ayer tuve un atisbo de esperanza cuando leí la primera parte de una noticia en la que decía que el Gobierno español mandaba un buque de guerra a Ceuta, pero mi gozo se fue al pozo cuando descubrí que era para transportar miles de colchones para que sus señorías los invasores descansen comoditos. Indignante.

     Si el Gobierno no puede echar a los invasores, solo queda como solución echar al Gobierno. Si el Estado no es capaz de echar a esa chusma autodenominada migrante, hay que suprimir al Estado, aunque ello suponga volver a la ley de la selva, donde al menos uno puede defenderse sin cortapisas. Al salvaje Oeste, que decidimos superar para evitar tener que ocuparnos de asuntos como este, cediendo al Estado el monopolio del uso de la fuerza. Y si es la ley la que no permite echar a quienes te invaden quedan dos alternativas, o bien cambiar la ley de manera súbita o bien violarla flagrantemente y sin remordimiento, y asumir con gallardía lo que pueda pasar.

      No es que invite a incumplir las leyes, pero hay casos de un interés superior que permite asumir las consecuencias de vulnerarla. Si una persona se está desangrando y su única salvación es llevar un coche por dirección prohibida hasta el hospital, uno no se lo plantea e infringe la ley sin temer a las consecuencias. Y, además, tampoco sería tan raro cuando a los invasores se les permite, como he dicho anteriormente, infringir decenas de leyes que a los españoles nos aplican a rajatabla y son premiados con colchones, comidita halal y carpas para echar la siesta. Y sobre todo con la promesa más o menos velada de quedarse sine die en España, hasta una próxima tómbola de permisos de residencia y regularizaciones masivas que tengan a bien realizar.

      Se debe tener muy claro que todo lo que ocurre es porque el Gobierno y las Cortes Generales lo quieren así, ya que habría un mecanismo fácil y rápido para evitar todas estas cuestiones legales, que permite la Constitución por medio del estado de excepción o de sitio. Esta declaración permitiría suprimir todos los derechos de los extranjeros que han entrado de manera tumultuosa y contra natura en este país y permitiría su expulsión inmediata y sin papeleos, burocracias, recursos y pantomimas de procesos inoperantes y eternos, destinados a no expulsar definitivamente a nadie. Claro que esto acabaría con el pingüe negocio de las ONG`s caritativas que se nutren de esta y de otras invasiones migratorias. La conclusión es que estos estados de excepcionalidad, al igual que las normas sobre miccionar en la vía pública, sólo se aplican a los españoles, a quienes nos tuvieron encerrados y confinados en casa y privados de nuestros derechos fundamentales en los tristes tiempos de la pandemia covidiana. Y por cierto de manera ilegal según luego dictaminó el Constitucional “pre-pumpidial”.

     Pero no confiemos en que esto ocurra, tengo la certeza de que este estado de alarma y privación de derechos solo se aplicaría si fuera el pueblo de Ceuta y por extensión el pueblo español el que se levantara para expulsar al invasor, y se declararía para defender a los malos, es decir a los invasores. Tengo la certeza de que, si hoy alguien hiciera el llamamiento de Andrés Torrejón contra los gabachos, pero contra los muslimes invasores, acabaría en el trullo, acusado de rebelión. El teniente Jacinto Ruiz, ceutí de nacimiento, hoy acabaría sus días en Soto del Real. Tal es la confianza que tengo en estos masonazos que hoy nos gobiernan, si bien a diferencia de aquellos afrancesados del dos de mayo, estos son “marroquinizados, viven subyugados por los dineros que les llegan de Rabat o sometidos por los secretillos que les desveló “pegasus” y  también fascinados por ese “nosequé” que todos los progres de hoy le ven a las culturas islámicas que se empeñan en ponerte mirando a la Meca, cuando a los españoles nos va más eso de ponernos mirando a Cuenca.  

       Reconozco que este escrito es un pataleo, para intentar apaciguar la enorme frustración que siento de ver a mi Patria ofendida y humillada. De ver a mi país al que sueño con su grandeza y expectativas, arrodillado e impotente ante una potencia extranjera de medio pelo que no merece otra cosa que un buen sopapo y una enérgica contestación, sea híbrida, como se lleva ahora, o sea eléctrica o incluso con un motor de explosión de los de toda la vida. Y hablando de explosiones ¿Tuvo Marruecos algo que ver con los trenes del once de marzo de dos mil cuatro?

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