No sé por qué, pero hoy desde que me levantado he sentido la necesidad y el impulso de releer a Yeats. Y como cada vez que retomo el desgastado libro que recoge una breve antología de su obra, voy en primer lugar a mi poesía favorita : «The coming of wisdom with time» (traducida al español como “la llegada de la sabiduría con el tiempo”) . Sólo tiene cuatro versos, pero ¿para qué más? Dada su brevedad a menudo la recito mentalmente tanto en inglés como en español (reconozco que es la única poesía que sé balbucear en inglés, idioma que siempre me ha esquivado cuidadosamente). Quizás me evoca una vieja aspiración vital que consiste en que algún día yo pueda decir, tal como dice el poema, “ahora ya puedo marchitarme en la verdad”.
Transcribo aquí la poesía completa:
“Aunque las hojas son muchas, la raíz es una; Durante todos los días mentidos de mi juventud yo agité mis hojas y flores al sol; Ahora puedo marchitarme en la verdad”
Though leaves are many, the root is one; Through all the lying days of my youth I swayed my leaves and flowers in the sun; Now I may wither into the truth.
Esos cuatro versos sirven para reconciliarme conmigo mismo, perdonarme la inconsciencia de la pasada juventud y mantener la esperanza de alcanzar todavía algo de sabiduría. Juventud como sinónimo de expansiva irreflexión. Sol como fuente de sabiduría. Madurez como plenitud y verdad. Ese debería ser el desarrollo vital de cada hombre, aunque en la realidad y en la práctica el proceso no es así. Cada vez menos las personas, hombres y mujeres, alcanzan la sabiduría con los años. Todo lo más se adquiere cierta experiencia, y en este mundo moderno continuamente cambiante la experiencia cada día sirve para menos. El propio Yeats en otro poema dice a propósito de que los hombres mejoran («improve«) con los años, ¿Es esto mi sueño o es la verdad?
Cada verso de este poema es un curso de filosofía de la vida. El verso inicial nos recuerda la necesidad de volver la mirada a la raíz de donde nos llega la vida, a la esencia de las cosas y a no perder el poco tiempo del que disponemos distraídos mirando las hojas, juzgando las apariencias y la superficialidad de las cosas. Las ramas, como la juventud, se alejan del tronco y de la raíz buscando el sol, pero cada vez más lejos del centro, más desconectadas del origen. A mi juicio uno de los problemas de la gente que formamos la sociedad actual es que estamos obsesionados con ser eternamente jóvenes, agitando las hojas y gesticulando ademanes de energía impostada, y muy pocos pueden presumir al final de sus años de haberse marchitado en la verdad.
Esto último enlaza con otro de mis poemas favoritos de Yeats, el titulado “El segundo advenimiento”. En él hay unos versos que proclaman: “Todo se desmorona. El centro ya no puede sostenerse, la anarquía está suelta por el mundo…” (Things fall apart; the centre cannot hold / Mere anarchy is loosed upon the world)
Este poema es cautivador por la feroz crítica que hace al mundo moderno, alejado del Centro, de la raíz, al modo que un halcón da vueltas en círculos crecientes y llega a un punto en el que ya no divisa ni escucha al halconero (Turning and turning in the widening gyre / The falcon cannot hear the falconer). Critica el fanatismo y el poder de las masas y el triunfo sistemático de los peores.
Estos clarividentes versos parecen escritos para definir nuestros días:
“Los mejores de toda convicción carecen, mientras los peores
están llenos de intensidad apasionada”.
(The best lack all conviction, while the worst
Are full of passionate intensity).
Después de muchos meses, he vuelto al teatro. No al enlatado Estudio Uno que por internet ha servido de alimento a los teatreros empedernidos como yo en los tiempos de confinamiento domiciliario, sino a un escenario real, con unos actores reales, con un público real, aunque convenientemente distanciado entre sí. Dado lo poco que me prodigo en salidas sociales y de ocio en los últimos tiempos, era esta visita a un teatro una necesidad que se estaba convirtiendo en una verdadera urgencia.
Y si la última vez que fui al teatro, la obra me dejó un regusto amargo, que ya relaté en una entrada anterior («Juan Rana») , en esta ocasión la sensación ha sido totalmente contraria. He tenido la suerte de reencontrarme con el teatro con una obra inteligente, divertida y audaz. Un estreno englobado dentro de una propuesta teatral que han denominado sus promotores muy acertadamente como “Teatro Urgente”. Y es que es urgente recuperar el teatro y en general la cultura, pero no de cualquier manera sino generando propuestas interesantes en lo estético y también en lo ético.
La obra estrenada en el Teatro Galileo de Madrid, se titula “En el lugar del otro” y son sus co-autores, Javier Gomá y Ernesto Caballero. Consiste en cuatro historias diferentes, de las que corresponden dos a cada uno de los autores citados. Si nos halláramos en el Siglo de Oro seguramente se les hubiera definido como entremeses, pero como estamos en el pedante siglo XXI, lo llamaremos propuestas.
Las dos historias escritas por el filósofo Gomá, del que ya nos habíamos deleitado con su obra anterior “inconsolable”, son dos historias ingeniosas, pero sobre todo profundamente literarias. Es un placer escuchar sus textos, porque suponen la recuperación de la literatura para el teatro, no sólo el espectáculo, el entretenimiento y el ritmo, sino sobre todo el arte, la construcción del texto de manera cuidada y minuciosa, recuperando la más elevada utilización del idioma. Esto sobre todo se manifiesta en el texto de “Don Sandio”. Pero por supuesto el autor no puede ser ajeno a su preocupación por la ética y otras cuestiones puramente filosóficas que son su mundo, como filósofo en ejercicio. Éstas se hacen más presentes en el segundo de sus entremeses, titulado “la Sucursal”, que gira en torno al concepto de la “dignidad” como exigencia ética de todo ser humano para poder vivir, más allá de los condicionamientos económicos. Y sobre todo la necesidad de superar las apariencias a la hora de juzgar a las personas, puesto que quien a priori parece más superficial puede resultar finalmente tener más dignidad que aquel que se presenta en sociedad como un Diógenes de pacotilla. Nos invita el autor a desconfiar de quienes desde una superioridad ética nos dan lecciones de conducta moral, y lo desenmascara haciéndonos descubrir que el supuesto referente moral no es más que un fariseo contemporáneo que puede vivir así no por virtud, sino gracias a una subvención del Estado y a costa de todos.
Pero si las historias de Gomá son intelectuales y literarias, las dos propuestas de Ernesto Caballero, son de una audacia y crítica de la realidad actual poco frecuentes. Plantea problemas nucleares de la sociedad en la que vivimos, como son la soberbia de la juventud despótica e intolerante con unos padres y en general un entorno que le han facilitado todo, o la nueva moralidad que impone una censura implacable que evita el dialogo intelectual sustituyéndolo por dogmas y consignas. Todo esto está en la historia denominada “Que venga Miller”, siendo éste un supuesto intelectual heterodoxo al que se le niega asistir a dar una conferencia en la universidad porque no es del agrado de toda la élite instalada y dominante. Pero la crítica es más furibunda todavía en la última de las historias (“El reverendo Dogson”) donde se describe el fanatismo de nuestra actual sociedad en general para todo aquello que se aparte de su canon y en especial para observar tiempos pasados a los que se juzga retrospectivamente con nuestras deformaciones mentales sin ni siquiera comprender que otros vivieron antes que nosotros con otras perspectivas y valores, y posiblemente con mayor inocencia e ingenuidad. Y todo ello lleva a no comprender al diferente, sea de otro tiempo o de otro espacio, al cual sólo se le puede observar y juzgar desde la atalaya de los empoderamientos ensoberbecidos de una sociedad fanatizada, que se niega a admitir algo que no sean sus propios puntos de vista. Denuncia con mucho fundamento la implantación de un nuevo puritanismo y un nuevo decoro que es la antesala de la censura y la intolerancia.
Gracias Gomá, gracias Caballero, gracias a la directora y a todo el elenco de la obra. Esperamos con expectación nuevos textos y nuevas propuestas, quiero decir entremeses, tan interesantes, tan valientes, tan literarias y tan poco frecuentes en la escena española.
No, no estoy dando la bienvenida a una prima de mi padre que tiene ese nombre. No me refiero a una opinadora lenguaraz, sosias de Merryl Streep, que va esparciendo su escasa preparación por las tertulias televisivas. No me refiero a ninguna persona de carne y hueso a la que sus padres decidieron imponerle ese nombre.
Me estoy refiriendo a otra Elisa, la que como una visita inesperada se puede presentar en tu casa para hacerte pasar la prueba del algodón de tu ortodoxia democrática.
Pudiera parecer una adivinanza pero no lo es. Hemos conocido que un organismo público al que pagamos todos los españoles llamado Centro Criptológico Nacional, (CCN-CERT) dependiente del Centro Nacional de Inteligencia (CNI) ha parido a la tal “Elisa”, que no es una funcionaria rubia, con minifalda y gafas, sino un protocolo o una solución para la defensa nacional.
Parece ser que ese organismo público ha sido creado para defender a España de los ataques cibernéticos y para la ciberseguridad del Estado y de los españoles en general. Loable misión en un momento en el que las guerras se libran en el ciberespacio y la protección de tu nación exige la creación de batallones virtuales que patrullen las redes de internet. Para ello este organismo ha creado una serie de protocolos que aportan distintas soluciones para defender incidentes o vulnerabilidades, y a los que ha bautizado con nombres de mujer. Y así están Ana, Vanesa, Amparo, Lucía e Inés entre otras. (No vamos a entrar aquí en el tufillo feministoide de sólo emplear a mujeres, ahora que hasta los huracanes alternan los nombres masculinos y femeninos. Pero no nos distraigamos). Todos esos nombres, obedecen a figuras de autodefensa o protección de la seguridad nacional razonables. No podemos permitirnos ser atacados por otras potencias o por ciberdelincuentes de cualquier tipo.
Pero entre estos nombres, aparece incluido como uno más, uno que es realmente inquietante: Elisa.
Elisa ha sido creada para rastrear las redes y las plataformas de internet en busca de lo que esta criatura considera enemigos de la democracia. Y lo inquietante es quienes son para esta señora los enemigos de la democracia, de la estabilidad y de la seguridad nacional. No son los terroristas, los yihadistas, los cibercriminales, los piratas, los hackers, los pedófilos, los delincuentes de cualquier clase,…. No son ninguno de ellos, los verdaderos enemigos de España son quienes “erosionen la confianza en las instituciones públicas” y en particular erosionen lo siguiente :
– Confianza en el pensamiento científico.
-Confianza en las instituciones públicas nacionales.
-Confianza en las instituciones públicas multilaterales.
-Confianza en el sistema económico y financiero.
-Confianza en los medios de comunicación tradicionales.
Si en la nueva normalidad se hubiera creado ya un sacramento laico de confesión, habría de confesarme de haber pecado contra estas cinco confianzas teologales. De hecho soy carne de excomunión por la contumacia en el pecado y la falta de arrepentimiento. Prácticamente para Elisa es peligrosa cualquier discrepancia sobre cualquier cosa. Para ella y sus amos es pecado decir que las televisiones manipulan la información, que la OMS es un nido de comunistas al servicio de China, que los comités de expertos del gobierno son unos ineptos, o lo serían si realmente existieran. Debemos felicitarnos, todavía podemos hablar de futbol. Aprovechemos, ya que pronto será sospechoso afirmar que Messi no es el mejor futbolista del mundo.
Pero Elisa, sobre todo tiene una particular fijación, además de las anteriores, que consiste en señalar y combatir todo aquello que se considere como antiglobalista. Considera que el pecado más potente, pecado mortal o incluso contra el Espíritu Santo, que es el único que no admite perdón, es precisamente éste, el antiglobalismo.
Su informe destaca que «las narrativas antiglobalistas tienen una naturaleza antisistema contrarias a las instituciones democráticas y pueden suponer una amenaza directa para la cohesión social, la estabilidad, incluso la salud del país. La crisis de la Covid-19 ha favorecido un gran crecimiento de estas narrativas, así como de las fuentes digitales que difunden este tipo de contenidos. Sólo entre el mes de abril de 2020 y septiembre de 2020, el ‘Observatorio Digital Elisa’ ha detectado 1.808 contenidos antiglobalistas difundidos en 157 plataformas».
No se puede decir, sin ser enemigo de la democracia, que determinadas élites mundiales imponen su poder con la ayuda de sus lacayos progres. No se puede hablar del poder de Soros y su corte luciférica de vasallos, porque viene Elisa a visitarte y a poner orden en tu desinformada casa y con un poco de suerte a bloquearte y a silenciarte. Si opinas así, en uso de la libertad de expresión más básica, estás generando desconfianza en las instituciones y pasas a ser un enemigo del pueblo.
El proyecto Elisa, que puede recordar el “proyecto bartolo” desarrollado por la TIA de Mortadelo y Filemón en una de sus más delirantes historietas, es cualquier cosa menos gracioso. Es inquietante y perturbador, y demuestra como el Estado va perdiendo la neutralidad y va pasando ya a defender sin tapujos a los amos de quienes lo controlan en la actualidad. ¿Qué mayor prueba de la existencia de esas élites de poder global que poner a sus esbirros y lacayos a trabajar para negar y ocultar su existencia? Es mucho más cómodo permanecer en la sombra imponiendo su poder entre bambalinas y sin dar la cara.
Sí, señora Elisa, repita conmigo: cuando un Estado no es neutral y no está al servicio de los ciudadanos con independencia de su ideología deja de ser legítimo. Si Elisa, lo siento, pero si dejamos de confiar en el Estado y sus instituciones, no puede restaurarse la confianza por decreto ley, ni siquiera promulgando un estado de alarma o excepción. Escucha Elisa, es lícito rebelarse contra un estado que se ha pervertido. Atiende esto Elisa, es lícito luchar contra cualquier tipo de dictadura.
Recordemos que por un desliz de un general del Guardia Civil en una rueda de prensa en Moncloa supimos que estaban monitorizando las redes para controlar lo que se decía en ellas en plena pandemia. Ahora sabemos que el general se refería a Elisa, esa “metomentodo” gruñona que se presenta sin avisar y se chiva de tus pecadillos de antiglobalizador de tertulia de café. Otro paso más en la censura y pérdida de libertades que vengo denunciando desde que comencé esta pobre bitácora.
Yo propongo a ese importante Centro de lucha cibernética, que jubile a Elisa, y que fiche a Facunda, con la finalidad de entretener al personal, o a Jacinta, con el propósito de hacernos sonreír, o a Ramona, para ponernos cachondos. Son objetivos más loables que éstos a los que actualmente se dedica.
Sé que este blog es una gota en el mar del ciberespacio, pero como no dudo de su competencia y minuciosidad, sé que en cuanto publique esta entrada, me va a visitar Elisa. Sé bienvenida, pasa y tómate un «cafelito», que lo cortés no quita lo valiente.
Si alguna virtud tiene el gobierno que actualmente tenemos en España es que sabe sacar lo peor de mí prácticamente cada día. Algún día se despista, pero no es lo habitual. Es una máquina prácticamente perfecta de generación de crispación y odio. Como gobierno es nefasto en su gestión, pero genial en su labor de fastidiarme a diario. Cuando no abandera una ofensiva republicana, perpetra una burda manipulación de la justicia, o defiende una agresiva ley de eutanasia, o se entretiene en el blanqueamiento de terroristas, de separatistas, de okupas … defiende casi todo lo que yo detesto. Trabajan a destajo en la conformación de la nueva normalidad mientras parece no importarle un virus que nos acosa a diario y tal vez por estar distraídos en sus asuntos están consiguiendo que seamos el peor país del mundo en datos sanitarios y económicos.
Esta semana, una cualquiera en los albores de la era de la nueva normalidad entre el verano y el otoño, ha presentado la vieja novedad de amenazarnos con otra ley de revanchismo y odio, a la que han denominado como ley de memoria democrática.
Ante las agresiones deliberadas del gobierno y sus acólitos mediáticos suelo alternar varias actitudes, según el talante con el que me levante ese día. Unos días adopto la técnica del avestruz, es decir aislarme de la realidad y no escuchar nada, absolutamente nada de las noticias y la actualidad. Me niego a recibir cualquier noticia que sea posterior al Siglo XVI, y éstos suelen ser los días más felices para mí. Otros días practico una aparente indiferencia, elegante pero perturbadora. Y otros como hoy, opto por el exabrupto. Y ello da como resultado el presente escrito, fruto del deseo de obtener un desahogo personal por medio de un pataleo digital.
Los generadores de odio que nos gobiernan hoy han tenido un día particularmente perfecto, y seguramente han conseguido ir incluso un paso más allá de lo que perseguían, han sobrepasado el efecto de causar enfado y han alcanzado un grado más: el de generar desolación. Esto seguramente es un grado más en su escalafón, un mérito en su hoja de servicios, un entorchado más en su uniforme. Su nueva graduación les avala su maestría, no ya como generadores de odio, sino como generadores de desolación. Cabría suponer que eso les hace felices, pero sabemos que no, que sólo estarán satisfechos con la aniquilación y desaparición física de sus adversarios.
No sé si es legítimo un gobierno que tiene por objetivo conseguir que prácticamente la mitad de su población caiga en un estado de desolación. Probablemente lo sea, pero es particularmente triste que tengamos que soportar un poder que nos odia, que aborrece y detesta a una parte significativa de sus gobernados, y ello únicamente por pensar de manera diferente, por no ser miembro de la secta. Como su gestión efectiva en casi cualquier materia es desastrosa, sólo cabe pensar que cada mañana se levantan con el único propósito de fastidiar y de ser buenos y eficaces en el único campo en el que lo son, en causar desánimo, en generar desolación.
Lamentablemente así y no de otra forma empiezan las guerras civiles, con el encono cultivado cuidadosamente. Cuando parte de la población llega a la convicción de que no hay alternativa para sobrevivir, que se enfrentan a un poder al que únicamente le basta una sumisión total y completa tanto de los cuerpos como de las almas. El procedimiento que siguen tiene como primer paso inyectar una dosis generosa de odio, al que lógicamente reaccionas con un odio reflejo. Pero como insisten te planteas que no quieres vivir con tanto odio acumulado y ello te lleva a caer en la desolación. El paso siguiente es la angustia por ver desaparecer tu mundo, luego el miedo total. Y cuando se juntan todos esos estados a la vez en una sociedad, el resultado es la opción entre asumir la propia esclavitud o el alzamiento contra el opresor. Esta nueva ley y tantas otras acciones de este gobierno generan el efecto de que conozcamos de primera mano el sentimiento de los españoles que se levantaron hace ochenta y cuatro años y que les comprendamos hasta el punto que nunca hubiéramos debido llegar a comprenderles.
Seguramente lo que persiguen es tener una segunda oportunidad, ya que se consideran herederos directos de los derrotados en la última guerra y no soportan haberla perdido. Aunque son unos maestros en cambiar la historia hay hechos que ni siquiera ellos pueden cambiar. Su derrota fue tan absoluta y total que no caben reinterpretaciones ni visiones alternativas de aquella evidencia. En vez de optar por el olvido y la reconciliación, como generosamente habían hecho los herederos de los vencedores, han optado por el recuerdo, la revancha y el rencor. En el fondo es poco inteligente, porque el recuerdo puede generar un regusto retrospectivo de traer a nuestra memoria, tan democrática como la otra, la visión casi olvidada de como huyeron con el rabo entre las piernas. Sin proponérselo nos traen la memoria de una victoria y de una derrota total. Por eso su objetivo real es imponer una visión única y controlada del pasado, como medio para aplastar ese placer retroactivo que ellos mismos generan al remover las cenizas. Es decir sólo estará permitido acordarnos en la nueva memoria selectiva que trae la nueva normalidad de aquello que ellos decidan.
Y por ello antes de que sea delito conforme a la nueva ley mordaza anunciada, quiero dejar escrito que me alegro profundamente la victoria del bando nacional en la Guerra Civil que tuvo lugar en el siglo pasado, y a la vez me alegro profundamente de la derrota del frente popular y de la república sovietizada, a la que abandonaron todas las democracias europeas por su deriva totalitaria, comunista y estalinista. Es una simple opinión histórica y política, pero dentro de poco será un delito. Nunca me había planteado decirlo abiertamente, porque aun pensándolo, creía que no era necesario remover el pasado y porque en un afán de concordia me parecía lo educado y prudente no decir cosas que pudieran crispar y disgustar a otros conciudadanos. Pero este Gobierno que tenemos nos ha enseñado el camino a seguir, hay que dejarse de cortesías y decir abiertamente lo que se piensa. Hagámoslo. Porque si nos callamos sólo será interpretado como un acto de cobardía, no un gesto de cortesía.
Por eso antes de que sea delito, quiero dejar dicho que Franco es lo mejor que le pudo haber pasado a España en el siglo XX y es posiblemente el mejor gobernante que ha tenido España desde que existe como nación moderna. Con enormes claroscuros, como toda gestión que se prolongue varias décadas, su valoración global es francamente – valga la redundancia- positiva. A su muerte quedó una nación próspera, dinámica, bien organizada y una sociedad respetuosa, laboriosa y educada. Es ésta una opinión sobre un periodo de la historia de España, la cual puede ser acertada o errónea. En todo caso yo si puedo aceptar que no todo el mundo la comparta, pero en ningún caso se me ocurriría meter en la cárcel a quien no lo haga y tenga una opinión diferente.
Esta ley en particular además de ser liberticida y totalitaria, es una ofrenda que la izquierda rosa, la de los devotos de Soros, le proporciona a la izquierda roja, la rencorosa y asesina de curas. A esta izquierda de siempre, sin que se haya dado ni cuenta, le han escamoteado su bandera roja con la hoz y el martillo del primero de mayo y le han dado el cambiazo por la bandera arcoíris del día del orgullo gay. Con leyes guerracivilistas como la anunciada les mantienen fieles en su filas, pese a que ya no defienden casi nada de aquello por lo que murieron sus abuelos en las trincheras.
Parece que el resultado final será derribar la Cruz de Cuelgamuros. La más grande de la cristiandad. Continúa la tala de cruces que ya anunció José María Pemán en su poema:
“Una mano secreta desde la noche oscura,
ha ordenado una siega satánica de cruces”.
Conocemos al segador, que se sienta en el banco azul del Congreso, pero ¿quién es la mano secreta?
Por el confinamiento, el estado de alarma, el virus y los miedos variados, el viajar se ha limitado mucho este año. Por ello perduran en mi memoria más que en otros anteriores los últimos viajes realizados. El penúltimo fue por Sicilia y creo que diré algo sobre ese lugar en algún momento. Y el último viaje, allá por el principio de año pre-pandémico, fue a la isla de El Hierro. Uno de los confines y lugares más remotos de España, siempre visto desde el «madrileñocentrismo» con el que inevitablemente nos movemos quienes vivimos en la Capital. Si España es un todo no hay por definición unos territorios más que alejados de otros, pero no cabe duda que incluso en esta visión integral hay periferias, y esta isla es posiblemente uno de los territorios más periféricos. Por supuesto descontando como parte de España las islas del Pacífico que todavía legalmente pertenecen a nuestro país por no haberse cedido formalmente su soberanía en ningún momento, como son un par de islotes del archipiélago de Las Marianas.
Esto es anécdota y no tiene nada que ver con la isla de El Hierro, que es un trozo esencial de España, como lo son todas las partes de la península y las islas que forman nuestro bello y complejo país. Tengo debilidad por aquellas partes de España que se asienta en islas. Desde luego no las conozco todas, pero alguno de los lugares más bellos y fascinantes los he encontrado en islas como Fuerteventura, La Palma, Menorca, Formentera, La Graciosa e incluso, por qué no, en el bello islote de Tabarca.
Pocos lugares me han impactado tanto como la isla de El Hierro. Y tal vez sea por que es no sólo es una isla en sentido geográfico, sino también al menos para el visitante, en sentido mental e incluso temporal. A lo mejor fue pura casualidad el llegar y encontrar dentro de mi la tranquilidad y la paz interior. O quizás me atraparon fuerzas telúricas que de manera subconsciente generan bienestar. No lo puedo saber con certeza y tal vez nunca lo averigüe.
Cuando me he planteado escribir sobre ella, lo primero que me ha surgido es la duda de si hago bien o hago mal alabando sus virtudes. Sé que todo el mundo quiere atraer visitantes para que con ellos vengan recursos con los que prosperar económicamente. Pero gran parte de la atracción que tiene la isla es precisamente la ausencia masiva de visitantes. Puede que influyera el haber ido en el mes de enero, que es una temporada poco activa para el turismo. Quizás tenga por ello una idea deformada, pero es aquélla tan encantadora que no me merece la pena despejar la duda. En todo caso, aunque en verano pueda ser diferente, sospecho que dada la pequeñez de su aeropuerto y la ausencia de grandes infraestructuras hoteleras la contaminación turística no debe ser especialmente invasiva. Pero me reservo el derecho de volver en otro momento, siempre intentando hacer prevalecer en mí la condición de viajero sobre la de turista.
Como intentaba decir más arriba, tengo remordimientos por si el elogio pudiera incitar que se visite esa isla tan extremadamente aislada, tan bella y tan tranquila. Y no quiero hacer de este escrito un catálogo turístico con una relación de sus innumerables lugares bellos o pintorescos, porque no sabría hacerlo y olvidaría sin duda muchas cosas de interés. Ni tampoco quiero caer en la tentación de encadenar un rosario de adjetivos y lugares comunes sobre las bondades del lugar.
Pero no puedo resistirme a constatar el hecho de que apenas puedo imaginar un lugar más bello que el bosque de laurisilvas por los que pude pasear con extremada soledad y silencio. Como si de muñecas rusas se tratara, allí me encontré con una isla dentro de la isla y en ella me sentí como un náufrago a la deriva entre los húmedos árboles de figuras fantasmales bajo la niebla y la llovizna. En esa segunda, o tercera isla si consideramos como tal el estruendoso silencio, alcancé la sensación de no formar parte del mismo mundo en el que vivo cotidianamente rodeado de asfalto, coches y ansiedades. Fue como cruzar un túnel del tiempo para transitar por un rato por un mundo primigenio y sin contaminar. Pareciera que toda la isla estuviera pensada como un tabernáculo para custodiar ese pequeño sanctasanctórum, donde se sublima el misterio de la naturaleza.
Fue imposible captar en fotografías la magia de ese lugar, del que me resistía a partir, y al que prometo firmemente regresar. O tal vez sea mejor no hacerlo y conservar su imagen en mi memoria.
Allí mirando el atardecer sobre el mar desde una terraza del parador en que nos alojábamos y desde donde se puede respirar la espuma de las olas, escribí estos versos que ahora me transportan a ese mágico momento, y que -con un poco de pudor- quiero compartir con los lectores de este blog.
EL HIERRO
Roca varada en la eternidad
imprudente frente a las olas.
Si he llegado hasta esta isla somnolienta
será para respirar el silencio.
Guardo tu secreto. Será mi tributo a los bosques
que custodian el oculto relicario de laurel, musgo y paz,
entre la bruma y las viejas sabinas retorcidas.
Muero de impaciencia por que huya la niebla
para contemplar bajo el sol tu rostro.
Nadie te profanará en mi nombre:
serás en mi memoria el volcán perezoso
que acaricia la espuma,
la armadura herrumbrosa
que en la fragua infernal viejos dioses forjaron
y cubrió de esmeraldas la lluvia.
En este mundo de descreídos, hay pocos que creen en Dios, pero todavía son menos los que creen en el demonio. El demonio según el Nuevo Testamento fue quien tentó al mismísimo Jesús con otorgarle el poder “sobre todos los reinos del mundo y la gloria de ellos”. Jesucristo rechazó esta tentación. Pero teniendo en cuenta que al día de hoy existe un poder global sobre toda la tierra y sobre todos los reinos del mundo, sólo cabe colegir que quien lo tiene lo ha recibido de quien puede darlo. Y si creemos a los Evangelios éste sería el demonio. Alguien habría aceptado el ofrecimiento del poder total sobre todas las naciones. Quizás ello nos lleve a replantearnos la existencia del diablo.
El diablo, el demonio o Satanás, son figuras demasiado casposas para la modernidad. Resulta más elegante presentarse, o semiocultarse, bajo la advocación de Lucifer. Como un ángel heterodoxo, portador de la luz, de la razón, de la modernidad y que anuncia un paraíso final socialista, en vez de la hecatombe del Apocalipsis, que vaticinan los cuervos de la caverna retrógrada. Mejor todavía esa corriente de poder la simboliza Prometeo, que es un Lucifer sin la pátina clerical. No es casualidad que la estatua de Prometeo presida unos de los grandes templos del mundialismo que es el Rockefeller Center de Nueva York.
PROMETEO EN EL ROCKEFELLER CENTER
Si católico es lo universal para Dios, globalización es lo universal para el demonio. A la vista del avance imparable de la Globalización sobre el planeta, se puede deducir que el demonio es quien está imponiendo por medio de sus esbirros un poder total y global sobre toda la tierra y sobre todos los hombres. Parece que alguien sí que ha aceptado la tentación de tener el poder sobre todos los reinos del mundo. Y ese poder crece día a día, por Oriente y por Occidente por el Norte y por el Sur, hasta que no quede ni un hombre sin someterse, ni un rincón del planeta en que no muestre su presencia
Tolkien, ferviente católico, comprendió esa presencia oscura, vigilante y poderosa y la describió como nadie, pero con una mitología que evitaba nombrar al maligno por sus nombres habituales. Aunque, en mi opinión, fue demasiado optimista al suponer una victoria del hombre libre en la batalla final. Por otro lado como símbolo está bien, pero es dudoso que ese poder lo ostente un sólo hombre en la cumbre. Si el cristianismo extendió su poder por medio de apóstoles misioneros y por medio de una organización casi perfecta, con la que extendió San Pablo las redes de pescador de San Pedro por medio mundo. De manera análoga su eterno enemigo también se mueve por medio de una potente y compleja organización, en la que no faltan fundaciones, partidos, organizaciones, movimientos, revoluciones de colorines y multitudes de adeptos y secuaces. Y con una nueva red inmaterial a su disposición, como una hidra con millones de cabezas y terminales, como una tela de araña que atrapa las almas desprevenidas.
El filósofo marxista italiano Diego Fusaro, ha denominado ese poder global como el “amo cosmopolita”, al tiempo que denuncia que las izquierdas actuales son el instrumento del que se vale para imponer su voluntad. La izquierda abandonó sus postulados tradicionales para levantar banderas que favorecen al gran poder más que a los trabajadores oprimidos. Por ejemplo, si el amo quiere mano de obra barata y manejable, conseguirá que toda la progresía defienda la apertura de fronteras y llegada masiva de pateras, aunque ello lleve a miles de personas a la muerte y sea contrario a los intereses evidentes de los trabajadores locales. Y según este clarividente filósofo, para este “amo no border” todo aquello que se le opone y se enfrenta a él, es directamente fascista. Para este poder es fascismo, “todo lo que no es orgánico del pensamiento único políticamente correcto y éticamente corrupto”. Casi todos encajamos en mayor o menor medida en esa definición y por tanto somos fascistas. Quedan pocos escondites para escapar al poder total.
Yo tengo mis resistencias mentales para creer en la existencia del demonio, pero tengo la sensación de que este poder omnímodo universal trasciende a la voluntad humana. Quizás va ser verdad aquello de que la mejor estrategia del demonio es hacer creer que no existe.
Después de algún tiempo ausente vuelvo a darme una vuelta por el Acantilado. No he podido venir mucho en los últimos tiempos, porque a este lugar se accede por el camino del sosiego, la tranquilidad y el tiempo. Y últimamente estos caminos han estado llenos de zarzas y de maleza. Pertrechado con un machete me abro paso y por fin regreso a este añorado refugio, siquiera por un rato.
Sigo con el propósito de observar desde el Acantilado la realidad que me circunda, pero creo que cada vez me resulta más difícil. La desinformación y la mentira se extienden sobre el mundo como un virus imparable. Cada vez es más complicado saber qué es lo verdadero y qué es lo falso. Probablemente sea que en realidad no hay ya verdad y mentira, sino que estos son unos conceptos cada vez más relativos. Es desesperante vivir en el reino de la posverdad, en que la realidad objetiva, incluso la que se observa directamente con nuestros ojos, pasa a ser escamoteada y sutilmente cambiada por otra adaptada a las necesidades que interesan a quien la maneja. Es pura magia en su sentido más estricto el que hace que la realidad llegue a nosotros moldeada de tal forma que siempre se presenta de manera que sustenta unos intereses concretos. Como si los hechos fueran de plastilina se modelan por los aprendices de brujo que controlan los medios para servir de apoyatura a nuestra posición previamente admitida e inconmovible. Convenzámonos, nunca hemos sido menos libres que ahora. Estamos esclavizados, no con cadenas como los galeotos amarrados al duro banco de una galera turquesa, sino esclavizados por medio hilos invisibles que manejan a sus antojo las emociones, las sensaciones y las pulsiones. El hombre contemporáneo obedece a su amo como nunca antes en la historia. Actúa como hipnotizado, sin rechistar y con complacencia total. Y la mayor de las veces sin tener conciencia de que se tiene un amo al que se sirve.
Cuando algo de la realidad ataca nuestras creencias y valores, no intentamos repensar esos valores o cuestionarlos, sino simplemente cuestionar la realidad o adaptarla a nuestra necesidad para seguir cómodamente instalados en nuestro confortable hábitat mental. De este modo, una vez que consigues que un individuo se vea a sí mismo como progresista, va a rechazar sin ni siquiera cuestionarlo todo aquello que las consignas esparcidas por los medios de comunicación y redes sociales se considere contrario al progreso. Lo verá todo tal y como se le ha solicitado por el poder que lo vea, y defenderá con ardor esa visión, sin plantearse si es cierta o no. Ataca mi mundo, luego es falso. Conviene a mi realidad, luego es verdadero. A esto se ha reducido la verdad y la mentira, a un burdo juego de intereses, al concepto de verdad que ha nacido después de morir el concepto tradicional y que aprendimos en la familia y la escuela. Es decir a la posverdad. Y da lo mismo que en pocos meses defiendas cosas contradictorias. Se puede defender una cosa y la contraria con la misma ferocidad y sin sonrojo alguno. Una de las características del hombre moderno es su profunda desmemoria, y eso lo saben bien los políticos que actualmente triunfan. De este modo será siempre verdad la que él defienda. ¡Faltaría más, que un progresista no esté siempre del lado de la verdad! Me recuerda esto a Max Estrella, que afirmaba sin vacilación «Donde yo vivo, siempre es un palacio«, siendo indiferente que la evidencia muestre que vive en una casa de vecinos de la calle Bastardillos esquina San Cosme.
El amo del mundo está manejando a su antojo los resortes del poder mundial, los va perfeccionando y afinando. Creo que su obra maestra es la gestión universal de la pandemia del Coronavirus. Con ella está obteniendo cum laude en el doctorado en manipulación de la realidad global y universal (urbi et orbe), con el perfecto manejo de la posverdad y de la creación y utilización a conveniencia de los llamados eufemísticamente “hechos alternativos”, (antes simplemente mentiras).
Lo que voy a escribir en el día de hoy es algo que me sorprende a mí mismo. Y que me sorprende que me sorprenda, aunque en el fondo creo que no sorprenderá a casi nadie.
Sin más rodeos: añoro los tiempos de la reclusión domiciliaria obligada por la orden de confinamiento. Añoro aquellos momentos tanto como detesté la posterior situación de alivio de luto a la que dio paso la época de severa reclusión, en la que no se estaba ni confinado ni libre. En que había que ir a trabajar para luego volver a casa, donde debía permanecer encerrado hasta las ocho de la tarde en que nos daban permiso para salir un ratito al recreo. Pero incluso esta situación fue mejor que lo que vino después, que es la situación que tenemos en la actualidad, que no es otra cosa que una vuelta a una normalidad enrarecida y en el que un intenso trabajo se combina con la incomodidad de las mascarillas y los malos humores de muchos ciudadanos.
Ya no me queda ninguna duda, prefería la severidad del enclaustramiento total. Ha producido en mí, y creo que no soy el único que lo ha experimentado, fenómenos curiosos, que me llevan a reflexionar sobre los mismos .
Cada uno tiene sus propias experiencias personales, una forma de ser propia e intransferible, pero sobre todo, cada uno tiene que acostumbrarse a vivir con sus propias contradicciones. Yo, que me paso el día clamando por la libertad, reconozco que alcanzo las mayores cotas de felicidad personal cuando aquélla desaparece y con ella la posibilidad de elegir. En cuanto surgen las opciones y las alternativas surge la indecisión y la ansiedad. Ansiedad que a veces puede ser severamente patológica, cercana al pánico. Si puedo hacer varias cosas alternativamente, lo más probable es que no haga ninguna, ante la terrible decisión de tener que descartar varias.
Por ello soy en gran medida un trabajador compulsivo y a veces casi feliz en el trabajo. Mientras se trabaja no hay otra cosa alternativa que hacer. Es lo que procede y no se discute. El problema llega cuando se acerca el fin de semana en el que hay dos días en blanco completamente dispuestos a ser vividos con diferentes posibilidades. Y lo peor es que como no soy capaz de conseguir la bilocación, unos planes excluyen necesariamente a los otros. El resultado suele ser, ante la patológica incapacidad de decidir, que no haga ninguno de los planes proyectados y acabe anestesiado atiborrado de partidos de fútbol y de series de televisión. Y ello además favorecido por el hecho de llegar tan exhausto al viernes por la tarde que las exiguas fuerzas que sobreviven apenas sirven para apretar los diferentes botones de un mando a distancia. Una intensa actividad laboral entre semana genera en mí, durante el fin de semana o las vacaciones un potente síndrome de abstinencia, que cuando se consigue por fin superar y alcanzar la estabilidad adecuada, llega irremediablemente otro lunes u otro mes de septiembre.
Evidentemente se trata de una hipérbole que no desearía que saliera de aquí, ya que no quisiera que sirviera para justificar las tentaciones del poder de organizar las vidas privadas y llevado al extremo para justificar los campos de trabajo o los Gulags. El trabajo no hace libre, pero es cierto incluso en el campo de concentración, que el trabajo distrae, agota tus fuerzas y te obliga a no pensar y a veces ni siquiera a percibir que tienes un verdugo vigilando tus esfuerzos y aprovechándose de ellos.
Entrada del campo de concentración de Sachsenhausen, cerca de Berlin.
El encierro provocado por el Coronavirus, ha generado un curioso paréntesis vital. Unos días de un cambio de ritmo vital tan intenso que por su rareza no pueden pasar desapercibidos. Una especie de ejercicios espirituales forzosos, como los que teníamos en tiempos del colegio, en el que no producían ninguna fervorosa conversión, pero que hasta los más descreídos recibían con la alegría de alterar la rutina diabólica, de relajar las obligaciones cotidianas y de hacer ver que la vida puede tener otro ritmo diferente y que el que normalmente nos atenaza y nos aherroja es una pura convención. El virus chino ha provocado entre otras cosas el hacernos ver que se puede vivir de otra manera. Es posible una vida en la que hay tiempo para pensar, para leer, para escribir, para hablar o relacionarse con los amigos, en suma, para vivir. Este blog es en gran medida hijo del confinamiento, y en cuanto ha retornado la libertad, ha comenzado a languidecer.
No me atrevo a generalizar, pero percibo en mi entorno que no soy el único que ha sentido una sensación de bienestar en los días de más severo confinamiento. Y tengo para mí, que esto ha venido motivado por la imposición y la obligación que ha suprimido la libertad de elegir, y esa coacción, por raro que parezca, ha generado una rara sensación de liberación. Ha hecho que las energías que desgastamos absurdamente en elegir planes y opciones se hayan concentrado simplemente en vivir, y ante la inevitabilidad de la situación, muchos nos hemos relajado y nos hemos dejado llevar por la corriente sin preguntarnos adonde nos acabaría llevando. Desapareció también la absurda propensión del hombre moderno a moverse sin parar, a viajar sin freno, a pretender estar continuamente cambiando el paisaje, como si una continua actividad le mantuviera entretenido en un torbellino que impide cualquier reflexión. Tal vez el confinamiento haya provocado una felicidad como la de un canario en su jaula, que una vez acostumbrado a ella, no quiere sentir el abismo de la amplitud del horizonte y la zozobra de elegir entre posarse en un tejado o en un poste de la luz. Siento añoranza de la jaula. No sé si ya ha recibido un nombre este síndrome que para un psicólogo aficionado estaría a medio camino entre el de Peter Pan y el de Estocolmo, y que yo bautizaría como el síndrome de San Simeón el estilita, por la remembranza de aquel santo que decidió vivir aislado en lo alto de una columna, donde permaneció ajeno al tráfago humano y con su única compañía. (Por cierto no puedo evitar consignar aquí el regocijo que me ha causado ver que en algún lugar de internet se refieren a él como «el estilista», como si fuera el patrón de los peluqueros).
Para mí, por la razón que fuere, ha sido un encierro particularmente productivo, y al no tener la posibilidad de elegir otras alternativas, no se me ha manifestado el síndrome de la angustia de la libertad. Y eso lo ha diferenciado de unas vacaciones, de un largo fin de semana o de una jubilación temporal. En todas estas situaciones el tiempo está libre, disponible para ser ocupado por muchas actividades y planes, pero sobre todo por la ansiedad que genera la libertad. Por ello esta reclusión vivida se me asemeja más a una convalecencia en que sólo hay un objetivo que se impone a los demás, que es el de superar la enfermedad. Esa justificación de perseguir un motivo superior no discutido y excluyente de cualesquiera otros no permite las dudas y las vacilaciones, impone su ley y hace concentrar la mente y la voluntad en un único propósito dando un sentido y una finalidad concreta a la vida. Suprime de un plumazo proyectos erráticos y contradictorios al poner todos los sentidos en único proyecto superior.
Séneca tiene por el peor de los vicios la ira, y sin negar que ésta sea uno de los peores, yo creo que es todavía más dañino para el alma humana la indecisión, madre y mentora de la pereza. Nunca entendí como el catecismo Ripalda no la incluyó entre los pecados capitales, porque es tan destructiva o más que la envidia, la gula o la lujuria, ya que como éstos, atrapan la vida en círculos sin salida y cuando la indecisión se agudiza y se vuelve patológica puede también llevar a la destrucción personal.
Ya de regreso a la normalidad recuerdo con añoranza estos días todavía cercanos en que estuve confinado, observando a mi alrededor un mundo tranquilo, silencioso, pausado y casi detenido. Quizás tuve la habilidad de conseguir ordenar el tiempo de manera acorde al nuevo ritmo lento y cadencioso de las horas de encerramiento y la suerte de que no llegara hasta mi entorno la enfermedad y el dolor. Sabiendo que han muerto sólo en España varias decenas de miles de personas por esta epidemia, da un poco de pudor manifestar una excesiva complacencia con la situación. Pero todavía me cuesta más admitir que pocas veces he estado tan sereno y ordenado en mi vida como en aquellos días, y que la felicidad parece que se consigue en proporción inversa al grado de libertad del que se dispone. Me remueve muchas creencias, pero es de justicia reconocerlo. No sé si esa sensación duraría para siempre si el encierro llegara a ser permanente. De llegar a ese convencimiento acabaría profesando en un convento de clausura. Pero creo que para que allí alcanzara la plena felicidad sería necesario que me fuera extirpada la opción de abandonar el claustro. Si tuviera la posibilidad de optar entre volver al mundo o permanecer en el monasterio, ya se habría esfumado la tranquilidad del alma que tanto perseguía el antes citado filósofo estoico.
La paradoja es añorar la libertad y saber que lo que verdaderamente aporta la paz y sosiego es la reclusión. Algunos presumimos en público de libertarios, pero en secreto suspiramos por vivir bajo la estricta regla benedictina. El libre albedrío está sobrevalorado.
En la versión española de Aló Presidente, en la que cada sábado nos aburre con sus homilías el mentiroso doctor, ayer se sintió espléndido y como si fuera un profeta de la nueva normalidad, nos espetó lleno de fervor progresista: “La próxima emergencia es la climática y España quiere anticiparse”. Y aclaró como exégeta de sí mismo: “Una emergencia es un acontecimiento capaz de alterar por completo la vida del planeta y ocasionar daños colosales como ha ocurrido con el Covid-19«
Por supuesto que no se lo oí personalmente, ya que la preocupación por mi salud mental me impide escuchar las larguísimas alocuciones del falso doctor. Pero aún sin querer enterarme de sus consignas, éstas me llegan sin remedio en cuanto se baja la guardia y le pillan a uno un poco desprevenido.
Al leer lo de la “emergencia climática” algo vino vagamente a mi memoria, como un “deja vu” (léase “deyaví” para hacernos los políglotas), como una reminiscencia de una vida anterior, un eco lejano de la vieja normalidad. Consulté el enorme archivo que proporciona internet y regresó a mí el día del Señor de 21 de enero 2020 el que el Consejo de Ministros del Gobierno de España de manera solemne y pomposa aprobó un acuerdo declarando la “emergencia climática”.
De todo ello me permito extraer las siguientes conclusiones:
En el mes de enero (a finales) en vez de estar atentos a una emergencia real, como la del virus Chino, que ya era en esa fecha una amenaza efectiva, estaba nuestro gobierno en sus rollos de siempre, previendo emergencias imaginarias y luchando contra fantasmas que sólo ellos ven.
Ahora, que ya se siente un poco aliviado de la emergencia real, recupera sus emergencias imaginarias, pretendiendo enlazar la primera con la segunda.
Dice el pseudo-doctor : “España quiere anticiparse a la emergencia climática”. La frase quedó incompleta, le faltó decir: “Y no como en el caso de coronavirus, que no nos anticipamos a nada, sino que llegamos muy tarde”.
Utiliza políticamente la crisis del coronavirus para que aceptemos tempranamente las medidas restrictivas que va a imponernos ante una nueva emergencia que sólo está en su cabeza.
Nos anuncia y prepara para nuevas emergencias que justifiquen sus superpoderes, a los que ha cogido el gusto como un dictadorzuelo.
El doctor apócrifo tiene poderes adivinatorios, ¿Cómo puede afirmar cuál va a ser la próxima emergencia?. Lo afirma con la seguridad de quien ya tiene decidido declararla, sea o no sea cierta.
Después de la emergencia climática, ¿vendrá la emergencia contra la violencia machista? ¿Y luego la emergencia contra el fascismo? …. y así indefinidamente.
Si en el mes de enero el concepto «emergencia climática» era más o menos retórico, la declaración de emergencia hoy tiene un contenido efectivo. Ha descubierto un medio muy eficaz para ejecutar su programa ideológico por medio de declaraciones de emergencias sucesivas que pueden imponer medidas restrictivas aunque conlleven “alterar por completo la vida”.
Justifica la emergencia por los informes de los científicos sobre el cambio climático. ¿Esos informes serán elaborados por expertos tan independientes y fiables como los que nos han dirigido en la presente crisis?. Para echarse a temblar.
El Presidente honoris causa ya está desescalando a la fuerza, porque cada vez tiene más difícil la renovación de los superpoderes del estado de excepción, y ya en los albores de la nueva normalidad vuelve a recuperar todo su viejo argumentario, pero eso sí, con un instrumento nuevo para su implantación: la declaración de emergencias.
No entro aquí en el tema controvertido del cambio climático, que como dogma de fe que es, hay quien lo cree y quien no lo cree. Yo me encuentro más bien en el bando de los descreídos. Pero en lo que sí creo es en la efectividad de las declaraciones de emergencias.
Antes de que empezara esta extrañísima situación de transición a la nueva normalidad yo era un ciudadano que, como tantos otros, tenía la costumbre de ir de cuando en cuando al teatro. La última obra que tuve la ocasión de presenciar en la vieja normalidad fue la denominada “Andanzas y Entremeses de Juan Rana”, cuya representación tuvo lugar en el Teatro de la Comedia de Madrid y que era representada por la compañía teatral denominada “Ron Lalá”. Esta compañía goza últimamente de gran prestigio en el mundo teatral, especialmente por sus adaptaciones y recreaciones de autores del teatro clásico español.
En el programa de mano y en la cartelería se presentaba como una obra en la que se compendiaban entremeses de varios autores del Siglo de Oro (Calderón, Moreto, Jerónimo de Cáncer, etc), que tienen en común su relación con Juan Rana. Y es de justicia en primer lugar agradecer al grupo Ron Lalá haberme dado a conocer y despertar mi interés por Juan Rana, al que hasta ese momento desconocía por completo.
Después de la representación teatral, intrigado por la imagen que de él se presenta en la misma, he investigado un poco sobre ese personaje, el cual es realmente interesante. Para quien no lo conozca indicaré que Juan Rana fue un afamado actor del siglo XVII llamado realmente Cosme Pérez, y cuyo nombre artístico, así como el nombre de su personaje habitual en escena, fue precisamente el de Juan Rana. Este actor-personaje gozó de una enorme popularidad y notoriedad en su tiempo hasta el punto de que más de cincuenta obras de autores consagrados, como los antes citados, fueron escritas expresamente para él, siendo en muchas ocasiones el protagonista absoluto de las mismas. Esto nos da la idea de que debió ser celebérrimo en su tiempo, y tanto lo fue, que incluso tuvo el raro privilegio de sentarse a comer en la mesa del Rey Felipe IV, quien era su admirador, quizás influido por la estrecha amistad de Cosme con la actriz María Calderón “La Calderona”, amante regia y madre de bastardo real.
Existe un retrato de Juan Rana, propiedad de la Real Academia, en el que nos lo presenta como una persona con un cuerpo grotesco, orondo, cargado de espaldas, incluso contrahecho..
Pero fuera por su cuerpo, por sus gestos, por su voz atiplada o afeminada, por su ingenio o por su lengua mordaz y satírica, parece que era el máximo exponente de la comicidad, hasta el punto de que su sola presencia en escena provocaba una carcajada general. También era famoso por su dudosa virilidad, su notoria ambigüedad sexual, su travestismo en escena e incluso fuera de ella. Algunos dicen que el apodo de “rana” se le impuso por no ser ni hombre ni mujer al modo del batracio que no es ni carne ni pescado. Sea por lo que fuera no dejaba indiferente a nadie y se decía que el mero anuncio de su presencia en un teatro provocaba un lleno total del mismo. En suma, un cómico en estado puro, histrión, cascarrabias, pero a la vez parece que muy valorado y hasta querido por sus coetáneos.
Cuentan sus biógrafos que tuvo un problema con la Inquisición, tribunal ante el que tuvo que defenderse de la acusación del delito-pecado nefando de sodomía. En dicho proceso, de breve duración, resultó absuelto y libre de todo cargo. Siguió después de ello actuando, cantando, provocando, y haciendo reír a su numeroso público de toda la escala social.
Juan Rana se retiró del teatro y vivió hasta su fallecimiento a la provecta edad de 79 años en su casa de la calle de Cantarranas (en pleno barrio de las Letras de Madrid), en la que también tuvieron su casa Lope de Vega e incluso unos años antes Cervantes.
En lo que he podido informarme de su historia personal y artística, llego a la conclusión de que en general fue un personaje valorado, querido y apreciado por sus contemporáneos, que se reían a mandíbula batiente con sus actuaciones y parodias de alcaldes corruptos, hombres y mujeres ambiguos sexualmente y otros muchos personajes cómicos. En él se confundían el personaje con la persona, es decir, Juan Rana con Cosme Pérez, y de hecho Juan Rana era en sí mismo un personaje teatral y no sólo un actor. Así por ejemplo de los cinco entremeses escritos para él por Calderón, varios llevan su nombre (“el desafío de Juan Rana”; “Juan Rana en la zarzuela”; “el triunfo de Juan Rana”…) . Y de igual manera otras muchas obras de otros autores, hasta un total de cincuenta.
De todo lo visto creo que se puede afirmar que si pudo mantener alrededor de sesenta años su actividad artística no fue un moda pasajera sino el fruto de su época. Y de ello se me antoja concluir que esa sociedad española del siglo XVII sabía también reír y le gustaba divertirse, y no sólo era una sociedad oscurantista y triste como se empeñan tantas personas en describirla. No puede olvidarse, desde luego, la existencia de una literatura mucho más sesuda y filosófica, dramones de honor, y obras de profunda religiosidad. Pero si es cierto que en esos años se escribió la “Vida es Sueño” y buen número de autos sacramentales, también lo es que tenía su espacio en la escena y en la sociedad Juan Rana. Una sociedad con claroscuros de la que podía ser un claro exponente Lope de Vega, que alternaba la profunda y sentida devoción religiosa que le llevaba a ordenarse sacerdote y al mismo tiempo sin solución de continuidad retozar en los sensuales brazos de Marta de Nevares. El Siglo XVII en España es cualquier cosa menos triste. Y un ejemplo de ello es Juan Rana, que es una prueba viviente de que había una sociedad que alternaba la severidad de la contrarreforma y de la dirección de un Imperio, con un desenfadada vida alegre y divertida, socarrona, tolerante con los cómicos y sus mojigangas y más permisiva con la moralidad sexual de lo que suele decirse.
De lo que he podido informarme sobre Juan Rana y su tiempo yo llego a las anteriores conclusiones y a pesar de la dificultad de hacer valoraciones retrospectivas, si me tuviera que comprometer, mi valoración de esa época sería más bien positiva. Por supuesto con todas las complejidades y problemas que presenta cada momento histórico. Pero por el contrario el colectivo teatral Ron Lalá, a través de su referida obra “Entremeses y Andanzas de Juan Rana”, llega a la conclusión contraria. Condena a ese siglo y a la sociedad que lo habita con un veredicto tenebroso. Y es que en su montaje teatral nos presenta una sociedad oprimida y triste, sofocada por la Inquisición, un mundo negro, oscuro, tétrico, aplastada bajo una estricta moral y una implacable censura, donde incluso según nos dicen se pretendía prohibir la risa por pecaminosa.
La mentada obra teatral convierte un trance puntual de la vida de Juan Rana, el breve proceso inquisitorial que sufrió, en una categoría general, es decir, como si toda su vida hubiera sido una continua persecución. Cuando terminó la función abandoné el teatro con la idea de que la vida de Juan Rana fue un permanente tormento y un continuo huir de la Inquisición. Pero tras investigar un poco llegué a la conclusión de que eso no era ni mucho menos cierto. De hecho, ese “horrendo tribunal” implacable y ávido de tormentos, le absolvió y declaró inocente de cualquier delito. Y ello a pesar de la abierta provocación del actor que no ocultaba a nadie en exceso sus inclinaciones sexuales. No pretendo entrar a enjuiciar a la Inquisición como institución, que tiene como toda obra humana sus luces y sus sombras, pero ya nos resulta excesivo a algunos que cualquier visión de nuestro pasado tengamos que verla a la luz de la vela de Torquemada.
Y en todo caso los españoles siempre tenemos una especial propensión al autoflagelo a diferencia de las personas de otros países que teniendo igual o peor historia que exhibir parecen, por decirlo así, no haber roto un plato en su vida. Por ejemplo, en ese mismo Siglo XVII, en la tolerante Francia, Moliere no pudo ser enterrado en cementerio cristiano por el mero hecho de ser actor y autor teatral. Aquí por el contrario, a pesar de la Inquisición, eran autores teatrales sacerdotes como Lope y Calderón, y lo eran incluso de divertidas comedias profanas. Y en cuanto a la persecución de los actos contra natura no era ni mucho menos una exclusiva española ni siquiera sólo de los países católicos. De hecho en España según los territorios, de esos delitos conocían en unos lugares los tribunales civiles y en otros los eclesiásticos (Inquisición), y otros lugares como el reino de Aragón en que eran competentes los dos y en los cuales los acusados de vicios nefandos intentaban que conocieran el asunto estos últimos por su mayor benignidad. Recordemos por ejemplo que en ese mismo período en Inglaterra estaba en pleno vigor la Buggery Act (aprobada por Enrique VIII en 1533), que castigaba la sodomía ( buggery) con la horca, ley que estuvo en vigor en Reino Unido hasta el año 1861, que entró en vigor la » Offences Against the Person Act» (ley de delitos contra las personas) la cual mantuvo el tipo penal aunque suavizara las penas, como bien pudo comprobar Oscar Wilde.
En mi opinión es deleznable el planteamiento que ha hecho Ron Lalá de nuestro entrañable Juan Rana. Someterlo a un juicio retrospectivo desde sus mentalidades deformadas por el progresismo más barato y acudir a una colección de lugares comunes para tratar de justificar lo estupendos y tolerantes que somos hoy en día en contraposición con nuestro pasado oscuro y tenebroso. La forma que tiene la progresía oficial de justificar su supuesta superioridad moral es inventándose un oscuro pasado inexistente y legitimador todas las actuales inmoralidades e intolerancias presentes. Según yo lo veo, no les interesa el teatro clásico sino únicamente para tergiversar un pasado como medio para justificar un presente que sí que es poco presentable en general. Por eso les pediría que cuando se acercan a nuestra historia se olvidaran del cliché sempiterno de la Inquisición. No es sano. Ningún otro país lo hace. Y en el fondo sólo denota una falta enorme de imaginación y creatividad.
Y por último me queda por plantear la duda de si tal vez hoy la nueva inquisición de lo políticamente correcto habría impedido actuar en un teatro a una persona de cuerpo poco convencional y habrían sustituido su libertad artística y creativa por conmiseración paternalista y lo habrían confinado de por vida en la conserjería de un ministerio. O tal vez ni hubiera llegado a nacer.