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LA MALA REPUTACIÓN

Parece que llegó mi hora. La de enfrentarme a la realidad de que soy un sumiso súbdito del sistema. Lo sabía y lo asumo, pero cada vez que recibo por parte del poder un par de banderillas nuevo en mi costado, me hace sentirme fatal. Humillado y ofendido, y sobre todo cobarde. En suma todo lo contrario de lo que defiendo. La razón de mi desazón, que mi sinrazón despierta, es precisamente que he recibido un maldito mensaje en mi teléfono citándome para vacunarme, es decir para pasar por el saneamiento semiobligatorio con el que quedaré ungido como uno más entre la grey de los siervos. No es que no lo supiera, no soy tan ingenuo, pero como digo, cada acto de soberanía que se me impone me siento más castigado. Quisiera ser como el toro al que cantaba Miguel Hernández que se crece en el castigo y lleva al cuello un vendaval sonoro, pero en realidad me siento más como un ternero pastueño que acude sumiso al matadero y lleva al cuello una esquila de borrego. Tal vez en eso consista efectivamente la famosa inmunidad de rebaño, en considerar a los hombres no como seres libres y suficientes sino como cabezas de ganado. El proceso me recuerda demasiado las campañas de saneamiento ganadero que impone desde hace años la política ganadera, en el que todas las reses, mansas y bravas, pasan sin opción posible  por la humillación de ser marcadas con un crotal con código de barras.        

Eso me parece a mí la vacunación masiva de la ciudadanía, que además para más inri, queda vestida de un supuesto derecho de elección a no vacunarse, el cual es  realmente ficticio porque el Estado no es neutral y ya anuncia a banderas desplegadas que no vacunarse es una irresponsabilidad, y de hecho desliza sutilmente la idea de que quien no lo hace es un mal ciudadano, insolidario y egoísta. Y obviamente enseguida enarbolan esa bandera los ciudadanos siempre despiadados contra sus vecinos.

      La gente acepta con naturalidad recibir en su teléfono móvil un mensaje de la Autoridad dando cita para la humillación. Incluso lo reciben como una llamada de la suerte. Yo tenía la esperanza de que no tuvieran mi número de teléfono. No recuerdo haberlo aportado nunca a la autoridad sanitaria pública, a la que accedo en muy pocas ocasiones. Pero resulta que sí, que mi esperanza de confundirme con la niebla y pasar desapercibido, era vana. Estoy perfectamente fichado como uno más. Y ahora ya mi afán por pasar desapercibido pasa por vacunarme, ya que de no hacerlo quedaré todavía más marcado con el código de barras de los apestados, que no podrán ni viajar ni subirse a un autobús.

      La realidad es que yo no quiero enfermar de coronavirus, pero tampoco quiero meter en mi cuerpo un elemento extraño y distorsionador, con apenas control de sus efectos, más que a un breve plazo. Nos dicen que debemos confiar en la ciencia, pero la ciencia está llena de efectos secundarios desagradables. No es necesario recordar los efectos de la Talidomida o de Chernobyl, que en su día fueron avalados por sesudos científicos.  Todos sabemos que hay una larga lista de medicinas que, recomendadas inicialmente, pasado un tiempo son retiradas del mercado por sus efectos adversos que sólo se manifestaron o conocieron con el transcurso de los años. ¿Quién nos puede afirmar que la euforia por salir de una situación angustiosa generada por el siniestro virus chino no se transformará en lamentos y crujir de dientes?  

    Lo cierto es que, a pesar de todo, sé positivamente que acabaré vacunándome antes o después y ello porque carezco de la fuerza necesaria para enfrentarme a la ola de la enorme presión social y política. Al fin y al cabo, prácticamente todo el mundo que conozco termina asumiendo la vacuna, y la mayoría con entusiasmo. Y los que no tienen entusiasmo, con resignación, como yo. Pero como dijera George Brassens, en su versión española de Paco Ibáñez, a la gente no gusta que uno tenga su propia fe, y que aunque uno piense «que no hace daño queriendo vivir fuera del rebaño«, al final resulta que sí, que la mala reputación es arrasadora, y exige una fortaleza para mantenerse en pie frente al huracán, de la que carezco.  

    Sé que este escrito va a generar pocas simpatías a mi favor. Los partidarios de la vacuna verán una posición irracional y absurda. Los contrarios a la vacuna, una posición cobarde y claudicante.  Y los neutrales que aceptan acríticamente las ventajas de una vacunación masiva contra el coronavirus, simplemente no me comprenderán y me mirarán de soslayo con extrañeza ante lo que hace presentarme como un bicho raro y contradictorio. Un triste y patético anarquista de salón. Pero os ahorro el trabajo, ya me lo digo yo todo.  Seguramente debería callarme y vacunarme de una vez. Y si escribo esto es porque, cuando empecé estos escritos me prometí ser sincero en mis posiciones, aunque sean poco populares. E incluso aunque sean perjudiciales para mí, causantes de mala reputación.

Una pequeña escaramuza.

Hace tiempo que no me acerco al Acantilado. Me pasa a menudo, las tareas y quehaceres me mantienen maniatado a la necesidad. Se impone el vivir al filosofar y a veces la vida es tan exigente que no deja tiempo para sosegarse y escribir. También hay un punto de pereza intelectual. Por razones desconocidas, baja durante un tiempo la necesidad vital de escribir y de exteriorizar ideas, y sube la tentación de la molicie. Son como ritmos, ciclos o cadencias en el discurrir de la existencia, que hace que unas veces predomine la acción, otras la reflexión y otras la mera holganza. No sé si tiene algo que ver con las fases lunares o los biorritmos. No me atrevo teorizar sobre ello y ni siquiera aventurar hipótesis. Pero sí creo que puedo llegar hasta la frontera de afirmar que en mí esos ciclos existen. Períodos en que no sólo pierdo el interés por decir nada, sino que incluso me planteo retrospectivamente y prospectivamente la idoneidad de emplear algún tiempo, por poco que sea, a escribir. Estos períodos de autocuestionamiento y galvana hábilmente entremezclados, al menos para mí, son incontrolables. Gracias a Dios, no soy un escritor profesional, sino un mero diletante, y por tanto las ausencias no me privan del sustento.

 Creo que no he superado totalmente la fase de agrafia temporal y de indecisión ante la página en blanco, pero intento hacer un esfuerzo y sobreponerme para hacer algo de justicia con lo que de manera reiterada vengo defendiendo en este blog. En general reconozco que predomina el pesimismo cuando me adentro en terrenos de índole política o social. Y por ello cuando en la guerra, que según sostengo se viene produciendo con carácter global,  se produce alguna pequeña victoria de lo que considero mi bando o mi partido, creo que es necesario reflejarlo para no caer en el derrotismo y en la desesperación.

    La mayoría de mis escritos anteriores son una queja ante el acoso a que nos somete el enemigo, interior y exterior, y de los atropellos que cada día con mayor encono sufrimos en nuestras, como diría Rosendo, maneras de vivir.  Por ello, si en una entrada anterior  dejaba constancia de la derrota sufrida en lo que me atreví a llamar la “Batalla del Capitolio”, hoy quiero dejar reflejada una victoria, no  de la guerra, ni siquiera de una batalla, pero sí de una victoria en una pequeña escaramuza, en un territorio cercano para mí, porque es precisamente en el que vivo. Sé que es una victoria local, parcial y provisional, pero ayuda a subir la moral de la tropa.

   Y si ha sido una victoria, no es porque en unas recientes elecciones regionales se haya obtenido un resultado electoral concreto, o haya sacado más votos un partido más o menos afín. Realmente nunca he considerado una auténtica victoria el triunfo electoral del partido que ha ganado otra vez estas elecciones, sino todo lo más un mal menor o un aplazamiento de los problemas reales que nunca se han mostrado interesado en combatirlos, sino únicamente en modularlos, cuando no directamente en disimularlos. Por eso le abandoné, porque descubrí, que cada vez que le votaba, lo hacía tarareando aquello que cantaba la Jurado, de «hace tiempo que no siento nada al hacerlo contigo«.

    Si considero que ha habido en esta ocasión una auténtica victoria, es porque en estas recientes elecciones por primera vez en una parte de España se ha planteado la elección entre dos modelos de sociedad, no sólo una opción de un modelo de gestión. Y eso se le debe a una persona en concreto, que rompiendo con la tradición conformista y sumisa de su partido ha hecho bandera de lo que realmente siente una gran parte de la sociedad, del hartazgo ante la sumisión moral en la que vivimos inmersos y que casi toda la clase política había asumido hasta ahora sin rechistar, mientras esperaba su turno para usufructuar el poder durante una temporada, pero sin discutir ninguno de los principios que casi nadie se atreve a cuestionar. Es revelador que se haya recuperado para la ocasión la palabra “libertad”. El uso eficaz de la misma es un síntoma que revela que muchas personas empiezan a ser conscientes de su falta. Han llegado a percibir que el modelo social que nos vienen imponiendo sutilmente desde los poderes reales que nos dominan a través de los cánones culturales, las modas, los medios de comunicación, la publicidad, y tantos otros, no es sino una forma moderna y edulcorada de esclavitud. Y al fin ha prendido la idea de que la pandemia que nos asola, ha sido una estupenda excusa para avanzar en ese camino liberticida, y ha sido tan asfixiante que al menos ha producido el efecto de hacerlo comprender a mucha gente, a pesar de la propaganda oficial.

      Por ello una aplastante mayoría de personas votando a favor de la libertad, no puede sino reconfortar. No nos engañemos, una golondrina no hace primavera, y esto es sólo un pequeño paso, pero podemos soñar que sea un paso semejante al que diera Don Pelayo en las breñas asturianas, o ya que estamos en Madrid, podemos soñar con un nuevo dos de mayo y un nuevo Andrés Torrejón. Un pequeño villorrio como Móstoles llamó a desperezarse a todos los españoles ante una invasión y frente al total colaboracionismo de las élites y los poderosos. Tal vez podamos aprender de su ejemplo.

Imágenes del Cerro de Garabitos (Madrid). Atalaya natural para soñar con Madrid al fondo.

11 DE MARZO DE 2004. MADRID.

Hoy es día 11 de marzo. Desde hace diecisiete años es para mí una fecha que no pasa desapercibida. Más allá de las remembranzas oficiales, siempre impostadas y falaces, yo traigo a la memoria, a mi particular memoria, el horror padecido aquel día, así como la incredulidad, el miedo, el desasosiego, la impotencia y otros estados de ánimos y sensaciones que recupero con gran intensidad. Reconozco que en fechas posteriores las emociones mutaron, y prevaleció la búsqueda de la verdad como una auténtica obsesión ante las burdas maquinaciones que las cloacas y los políticos idearon para utilizar la muerte en su propio provecho. Pero eso fue después, el día del 11 de marzo y los dos o tres posteriores, fueron días de puro abatimiento y tristeza. Nunca como entonces, ni siquiera en lo más severo del confinamiento que hemos tenido recientemente, he compartido con los habitantes de Madrid un estado de ánimo de tanta tristeza general, colectiva y sincera. No puedo olvidar a una joven sentada frente a mí en el metro que de forma espontánea comenzó a llorar con un llanto que se contagió en mayor o menor medida a todos los que íbamos en aquel vagón. El que más y el que menos volvía el rostro para ocultar los sollozos. Aún hoy, diecisiete años después,  el recuerdo de ese momento hace que se me humedezcan los ojos. Es una sensación rara para una sociedad normalmente tan individualista que acostumbra a evitar al compañero de viaje y en la que casi siempre cada persona es una burbuja que defiende su asilamiento con unos auriculares o una conversación telefónica. Aquel día fue diferente, compartíamos sin palabras un mismo sentimiento. Nos sentíamos hermanados en el dolor, el desconcierto y la injusticia. Otros atentados, que en Madrid habían sido relativamente frecuentes, eran por decirlo así quirúrgicos, dentro de su maldita injusticia tenían por destino a una persona concreta. En este caso no era así, las víctimas potenciales éramos todos, cualquiera que viajara de madrugada en un tren para ir a trabajar.

    La historia de la hábil manipulación de esos sentimientos para fines concretos, así como de la farsa judicial y la montaña de mentiras que han sepultado los hechos que realmente ocurrieron bajo una burda versión oficial, no es hoy lo que me trae a escribir estas líneas. Lo dejo para otro momento y sin duda lo haré, porque creo que es una exigencia de justicia. Hoy sólo quiero recordar la angustia de esa mañana en la que nos llamábamos por teléfono unos a otros preguntándonos si habríamos pasado por la Estación de Atocha. El alivio al oír descolgar y comprobar que contestaban la llamada.  Recuerdo el cielo gris, el sol oculto por la niebla como si fuera un humo escapado de las hogueras del infierno, y un frío que parecía entumecer el alma. El silencio y la mirada cabizbaja de los caminantes inconsolables buscando en el asfalto una respuesta. Nunca he vuelto a sentir esa conmoción colectiva de una ciudad al completo en estado de shock.

      No me puedo olvidar tampoco de que poco después llegó la manipulación que transformó el dolor en  rabia dirigida, no contra los culpables de la matanza, sino contra  otros conciudadanos culpables al parecer de respaldar a quien nos había llevado a una guerra contra los musulmanes que ahora se vengaban. A los pocos días el dolor que el atentado me había causado, lejos de desaparecer se vio intensificado por la percepción del odio que sin disimulo recibía de parte de algunos vecinos. Los de siempre esparciendo su dosis generosa de veneno. Ni siquiera nos dejaron llorar en paz. Fue allí cuando comprendí que este país no tiene solución.

       Quiero terminar estas líneas, con unos versos que escribí a los pocos días de ese terrible suceso, cuando todavía tenía anclada en el alma la angustia sufrida. Hoy es ya una vieja cicatriz que escuece cuando cambia el tiempo, y eso ocurre al menos una vez al año, precisamente hoy.

MADRID. 11 DE MARZO DE 2004

Mientras florece el almendro,
un día como otro cualquiera de primavera temprana,
la Bestia de ojos sangrientos
ha inyectado su mirada en mis pupilas. 
Su aliento es el estrago del infierno, 
arrastrando inocentes al abismo. 
¡Oh tiempos de desamparo, que prohijas la miseria y el horror! 
¿Qué hemos hecho para ser azotados 
por tu furia en las desprevenidas almas, 
sino ser simples caminantes de la vida? 
El dolor ya me atosiga
con la herrumbre de los cuerpos traspasados
hincados en mi pecho.
Ya no hay palabras,
sino sollozos ahogados.
Ya no hay risas,
sino muecas ausentes.
Entre el silencio demacrado,
se esconde la muerte vengativa:
ha germinado el odio que ha sembrado,
y ya cosecha sus mieses
en el campo de los justos.
¿De qué ajedrez infernal somos peones? 
¿Qué sanhedrín sangriento 
nos ofrece en holocausto al dios espurio de la guerra? 
Con un rayo de fuego tenebroso,
nos han incendiado la esperanza
y la ciega muerte ha crepitado entre nosotros, 
blandiendo su guadaña, 
enlutando la fría mañana cotidiana.
La severa espada ha ejecutado
su injusta sentencia en mi costado.
Hoy ya me faltas, mi anónimo vecino,
un ladrón desalmado te robó la vida
y el alma del pueblo que te llora.
Y se conduele de tu ausencia,
como de un miembro amputado.
El que sirve para amar y el del consuelo.

ANIVERSARIO

   Sigue avanzando el año 2021, con un ritmo que unos días me parece vertiginoso y otros premioso. Así son los días en la vida, unos largos y otros cortos, aunque todos sean iguales, No se me ocurre algo menos científico que la sensación de transcurso del tiempo. Quizá se asemeja un poco la desmemoria generalizada sobre el otro tiempo, el atmosférico. Realmente la palabra «tiempo» es un poco complicada en español, por esta rara polisemia. Tienen en común la facilidad que tienen para difuminarse en la memoria. Parece haber un consenso en que la diferencia esencial entre ambos es que uno es variable, caprichoso y a veces es bueno y otras malo, aunque esto último en un concepto totalmente relativo y discutible. Y el otro es invariable, fijo, siempre ordenado y siempre igual, de una puntualidad, casi diría puntillosidad, suiza.

     A pesar de ello, hay una sólida unanimidad entre los hombres que ya llevamos varias décadas desgastando las suelas por la superficie de la tierra, en la creencia de que a medida que avanza la vida, el tiempo va más deprisa, se acelera. La conocida expresión tempus fugit seguramente no la parió un adolescente en la flor de la vida. El primer síntoma de que se ha dejado atrás la primera etapa de la vida es cuando se percibe ese vértigo del tiempo huyendo despavorido. Y ya se tiene de modo irremediable la convicción de que se ha dejado de ser joven cuando se alcanza, primero la impresión y luego la certeza, de que ya no te va a dar tiempo a hacer todo lo que querrías hacer en la vida. Empiezan así las ansiedades, que suelen llamarse la crisis de los treinta, los cuarenta, los cincuenta …  y que yo con una precocidad asombrosa experimenté por primera vez al cumplir dieciocho años, de lo cual obviamente hace ya mucho. Luego he sufrido cada cambio de década como un aldabonazo, como los clarines que en la corrida anuncian que hay que pasar al tercio siguiente, hayas o no cumplido el objetivo del anterior, y que como al toro te anuncian un final ya inminente.

      Es un clásico en la literatura el lamento por el tiempo perdido, que por definición es todo, ya que todo el que se ha ido no volverá. Si pienso en cómo he malgastado yo mi tiempo, que no volverá, no regresará, más, cantaba Battiato. Envidio profundamente a quienes saben vivir ejerciendo el “carpe diem”, sin volver la vista atrás que sin remedio te convierte en estatua de sal. Da igual si lo que has dejado atrás es el paraíso o Sodoma y Gomorra, no hay nada más improductivo que el arrepentimiento y en particular el pesar por decisiones desacertadas que tal vez podrían haber cambiado el rumbo de la vida. Quien no sabe o no puede evitarlo tiene que hacer frente a ello, y optar por la resignación, el desaliento o por el contrario abandonar ese bucle melancólico y tomar la decisión de hacer aquello que sea todavía posible hacer. Y si aquello no es mucho, qué le vamos a hacer, siempre algo es mejor que nada. Y no, no estoy pretendiendo escribir un libro de autoayuda barato. No pretendo remedar a Paulo Coelho, sino que todo este circunloquio es, o pretende tener como meta, sólo realizar una leve reflexión acerca de este blog.

     Y si me permito esta digresión es porque me tengo que poner una pequeña medalla personal, y ello porque “Desde el Acantilado” está a punto de cumplir un año de existencia. Y aunque es una propuesta de una ambición mínima, corría el riesgo, muy propio de mi carácter, de dejarlo olvidado y preterido flotando en el líquido amniótico de  la blogosfera, mientras buscaba otras formas alternativas de perder el tiempo. Pero ha alcanzado un año de edad, veintitantas entradas, lo que hace una media de unas dos entradas al mes, menos da una piedra. En el escrito de presentación ya mostraba mi temor a que se quedara en un nasciturus, una criatura no nata, un embrión sin viabilidad. Y al menos ha alcanzado ya un año de vida pública, aunque realmente la criatura haya nacido tímida, a semejanza de su autor.

Citaba en aquel escrito de presentación del blog una frase del prólogo del Quijote, en el que dice que cada cosa engendra su semejante, y supongo que es así, que este blog ha reflejado los estados de ánimo que se suceden en la vida de quien lo escribe, y por tanto aparece unos días melancólico y triste, otros exaltado y cabreado. Pero aunque esté mediatizado por el prisma del color del día y del humor que toca esa jornada, siempre ha intentado perseguir su propósito confesado, que no es otro que intentar modestamente ser un testigo de la época que me ha tocado vivir, observar desde mi atalaya, tronera o acantilado, el mundo que me rodea, y que en el último año ha sido particularmente extraño y cruel. Ello puede explicar que en general el tono ha sido predominantemente pesimista, a lo que sin duda también contribuye que la edad va acendrando la visión negativa del presente y el futuro.

Y otra vez acudiendo a Cervantes me siento un poco como debió de sentirse él cuando ya superados los cincuenta comprobaba que ya a nadie le interesaba que hubiera perdido un brazo en la más alta ocasión que vieron los siglos luchando para el hijo del rayo, es decir Carlos V, y que veía que su lucha había sido estéril porque un nuevo orden se extendía por la cristiandad. Es decir que se empeñaba en habitar un mundo que había dejado de existir. Un viejo reaccionario y cascarrabias, este es el papel que siento que me va a tocar asumir de aquí en adelante, como le ocurrió a D. Miguel, lo que lejos de molestarme, me sirve de estímulo al comprobar que éste publicó su obra maestra cuando le faltaban un par de años para cumplir los sesenta. Y que a pesar de todo pudo conservar un estruendoso sentido del humor. Así que no todo está perdido.  

¡O tempora, o mores!.

      Hace unos días escuché esta alocución latina que he consignado en el título, (que conozco, no voy a negarlo, gracias a los cuentos de Asterix), en una obra de teatro de reciente estreno en Madrid: “Viejo amigo Cicerón” de Ernesto Caballero. Fue una curiosa coincidencia que unas horas antes de ello yo había escrito esa frase en el estado en el whatsapp,  lo que he percibido como una premonición que  me ha sugerido una especie de comunión mística entre algunos conciudadanos que no nos sentimos cómodos con el mundo actual y que acudimos a esta frase (O tempora, o mores!) para expresar nuestro desconcierto con la realidad que nos circunda.

   Aparece en la obra citada esa expresión (Oh tiempos, oh costumbres), recordando que fue empleada por Cicerón, en sus Catilinarias,  para referirse a la situación de Roma en tiempos de la célebre conjura de Catilina. Y realmente la expresión, que trasluce disgusto e incomprensión con los tiempos que nos han tocado vivir, es aplicable no sólo a la época de la República romana sino también a los tiempos actuales. Si en aquel momento Cicerón destapó la conjura de un caudillo populista y agitador de masas que aspiraba conseguir el poder total de Roma, como era Catilina, hoy en día nuestra frágil convivencia, está también atacada por fuertes enemigos que nos asedian y nos amenazan con imponer un poder omnímodo.

    La diferencia más relevante es que nuestro enemigo actual no es una persona concreta, sino que la conjura que nos amenaza es una conspiración total y general dirigida por brujos ocultos del poder, de una hidra que al no tener una única cabeza es casi imposible de derrotar. Pero no por ello es menos pertinente recuperar en estos momentos la figura de Marco Tulio Cicerón, como luchador por la libertad, y el ejemplo de un guerrero que utiliza como arma principal la palabra, poderosa arma que no fue bastante para conservar la vida frente al tirano. Debemos por ello agradecer a Ernesto Caballero que nos haya presentado un brillante texto teatral de reivindicación de Cicerón.

        Reconozco que fui a ver la obra por la recomendación expresa de quien me suele hacer óptimas recomendaciones sobre teatro y otras sugerencias interesantes, pero sin mirar de antemano quien era el autor. Al llegar al teatro mis expectativas aumentaron al ver que el texto era de Caballero, de quien ya había hablado en este blog en una entrada anterior. ( https://desdeelacantilado.com/2020/10/22/salida-urgente/ ) Y tras ver la obra confieso que no sufrí decepción alguna, sino todo lo contrario. La obra es literariamente, en mi humilde opinión, un prodigio de creación artística, que para en los tiempos que corren es casi un milagro, lo que me lleva a considerar que Ernesto Caballero es posiblemente el autor teatral vivo y en activo más importante del momento, y que merece un puesto de honor entre los grandes autores teatrales del teatro contemporáneo.

        

En el teatro actual parece que hay un ocultamiento de los autores, que antes eran los indiscutibles reclamos para una obra. Así ocurrió con Lope de Vega,  Lorca,  Benavente,  Jardiel, Mihura, Casona y un largo etcétera. Hoy en los carteles el nombre del autor se pone en pequeño, en forma casi vergonzante, como si más importante fuera el espectáculo, la función, o el actor que el texto. Esto me parece injusto y por ello, modestamente quiero reivindicar el nombre y el valor del autor de obras de teatro. 

      Cada escritor escribe para su tiempo, y aporta algo (o no) que sus contemporáneos quieren escuchar y sentir. Pasado un tiempo puede que ese sentimiento y discurso  no conserven la misma vigencia, y simplemente las obras caen en el olvido. Por ejemplo, el teatro de Buero Vallejo, fue muy interesante en su momento concreto para una sociedad en pleno franquismo, ávida de ver otras perspectivas de la vida distintas de las oficiales, pero hoy muchas de sus obras, sin negarles la indudable calidad literaria, han quedado ciertamente desfasadas. O todavía más claro en el caso del premio nobel Echegaray. Otras obras, sin embargo,  como “Los Intereses Creados” de Benavente o “Un enemigo del pueblo” de Ibsen, consiguen mantener el interés más allá de su momento concreto de creación. Es la diferencia entre espectáculos de consumo,  buenas obras de teatro y  las obras maestras, quedando limitadas éstas a las que consiguen trascender a su época y hacerse imperecederas.    

No me atrevo a decir en qué categoría debemos incluir “Viejo Amigo Cicerón”. Posiblemente, de momento, sólo es una buena obra de teatro, pero tiene todos los mimbres para convertirse en una obra de largo recorrido. Y ello es así porque tiene un discurso que penetra en la mente, que plantea problemas políticos, de conciencia, que revisiona y cuestiona ideas, las actualiza y las vuelve a plantear con toda su crudeza con el lenguaje de hoy, haciéndonos ser conscientes de que nuestra situación actual es claudicante frente a tentaciones totalitarias, y que nos exige no dar nada por supuesto, es decir, tener cada día que luchar por defender lo que tenemos, por poco e insuficiente que pueda parecernos.

     La obra, he leído por ahí, es un clásico sin togas, y estoy de acuerdo. Es decir nos muestra el mundo clásico visto desde una prisma actual, lo que lo hace más cercano a nuestra vida que los Marco Antonio, Julio César o Bruto de Shakespeare. Quiero con ello decir que tal vez el mismo mensaje nos llega con un lenguaje que hoy nos es cercano, y nos hace inteligibles los problemas, nos lo explica o nos lo plantea en términos que sabemos entender hoy sin demasiado esfuerzo. Pero todo ello con unos diálogos trepidantes e intensos que apenas te dejan saborear las deliciosas frases o reflexionar sobre ellas, en un ritmo teatral que maneja con maestría, por supuesto defendido por la magistral y contundente actuación de José María Pou.

    Se puede argumentar, que es una obra con “recado”, es decir que plantea las cuestiones para llegar a una conclusión que es querida por el autor, lo cual es cierto, pero eso no es una crítica a la obra, sino por el contrario un elogio. Estamos en un momento en el que no es aceptable la equidistancia y es exigible un compromiso con valores que son dignos de ser defendidos. También desde otras posiciones ideológicas tenemos derecho a percibir que alguien escribe para nosotros, que el teatro puede ser, como dijera Gabriel Celaya de la poesía, un arma cargada de futuro.

RESETEANDO, QUE ES GERUNDIO.

    En el llamado Foro de Davos, cada año nos muestran un adelanto, unas pinceladas de lo que será nuestro futuro, la forma de vida que adoptará nuestra nueva normalidad. Ya desde hace unos años ese proyecto globalizador le han llamado “agenda 2030”, que es el nombre con el  que los arquitectos del nuevo orden mundial han bautizado a su siniestro proyecto.

   Decía Jardiel que el mundo ha avanzado por medio de frases, que comenzó con el conocido “creced y multiplicaos” y se desarrolló con la de “vacaciones sin kodak, son vacaciones perdidas”. Pues bien  la frase con que se publicita la nueva normalidad, con la que nos quieren vender las bondades de su proyecto es la de “En 2030 no tendrás nada y serás feliz” . ¡Tal cual!, que diría el castizo. Eso es lo que nos espera.

La primera parte de la frase es una profecía siniestra: “no tendrás nada”. Lo que quiere decir, obviamente, es que la propiedad privada desaparecerá ya que todo será colectivizado. Fin al sueño burgués de la propiedad sobre las cosas para dar paso a la nueva forma de uso en el que no eres el dueño sino sólo el tenedor. Es la resurrección de la forma de propiedad feudal en la que a través de la figura de los censos enfitéuticos los agricultores usaban la tierra para cultivarla pero tenían que reconocer la propiedad a otra persona a quien estaban sometidos y a quien debían abonar cada año un canon y cada cierto tiempo un reconocimiento o vasallaje, el laudemio.

    Pero el slogan publicitario tiene una segunda parte, y es que gracias a estar desposeídos de todo alcanzaremos la felicidad. Y seremos felices porque en ese Walden-Dos idílico, remedo de la Arcadia, nuestros amos nos darán todo lo que deseemos.  A condición claro que desees lo que ellos quieren que desees y sobre todo a condición de que no protestes. Si discrepas, protestas o quieres cosas distintas a las que te dan, el amo te castigará y no te dará nada por malo. Esto no aparece en la publicidad, sino en la letra pequeña, tan pequeña que es imposible de leer. En el prospecto de la agenda 2030 sólo te prometen la felicidad, pero no han hecho constar las contraindicaciones, los desagradables efectos secundarios.

     No nos explican tampoco qué ocurrirá si por el contrario en el año 2030, yo quiero conservar la propiedad de mi casa, de mis libros e incluso de un Winchester para defenderme de las agresiones que me causa la agenda de marras, y aunque ello implique causarme infelicidad. De hecho, ni a mi ni a nadie nos han consultado sobre la cuestión. Hablan continuamente de la voluntad popular, pero el pueblo en su gran mayoría es totalmente ajeno a estos planes que le tienen preparados. Es una agenda, como lo llaman ellos, o un plan, que no emana del pueblo, que sería lo democráticamente aceptable, sino que se le impone por unas élites supuestamente bienintencionadas. Una nueva versión del despotismo ilustrado dieciochesco, que en realidad nunca ha desaparecido plenamente y que una vez se justifica a sí mismo con otra célebre frase, la de “todo para el pueblo, pero sin el pueblo”.

     La Agenda 2030, diseñada por poderes ajenos y poco definibles, es asumida por los gobiernos democráticos sin rechistar. Incluso en España tenemos un ministerio especial para imponerla (implementarla, dicen en lenguaje «politiqués«) . El título completo del ministerio es “vicepresidencia segunda de asuntos sociales y agenda 2030” . Y es que, para poder ejecutar los planes, antes del año 2030, es preciso pisar el acelerador, y sobre todo es necesario borrar lo que consideran muchos hábitos nocivos del pasado. Hábitos nocivos como la propiedad, la familia, la iniciativa privada, las creencias religiosas y tantos otros. Para ello han sugerido que es necesario, a modo de lo que ocurre con los ordenadores que presentan problemas de resistencia a obedecer correctamente las órdenes que se les dan, un reinicio. Lo llaman enfáticamente “El Gran Inicio”  Y la pandemia, es la gran ocasión que se presenta, es el momento perfecto para efectuar el gran reseteo de nuestras vidas. Han comprobado directamente que ya estamos preparados para aceptar todo lo que nos impongan.

https://es.weforum.org/agenda/2020/06/ahora-es-el-momento-de-un-gran-reinicio

      La página oficial del World Economic Forum (foro de Davos) sugiere que la población se encuentra lo suficientemente sometida, debido al miedo provocado por la tragedia sanitaria, para acatar las órdenes del cónclave de mandatarios. Se puede leer en la indicada página, entre otras lindezas, lo siguiente:  «Un aspecto positivo de la pandemia es que nos ha enseñado que podemos introducir cambios radicales en nuestro estilo de vida con gran rapidez. Los ciudadanos han demostrado con creces que están dispuestos a hacer sacrificios por el bien de la atención sanitaria y otros trabajadores esenciales y grupos de población vulnerables, como los ancianos. Es evidente que existe una voluntad de construir una sociedad mejor y debemos aprovecharla para garantizar el Gran Reinicio que necesitamos con tanta urgencia«.

Tienen prisa, se acerca el momento, van poco a poco pero cada vez más rápidamente en su proceso. Quien no quiera verlo, que no lo vea, pero no digan que no avisamos. Dentro de poco será demasiado tarde, si es que no lo es ya.

¿EL ULTIMO EMPERADOR?

No salgo de mi asombro. La impunidad con la que se enseñorean nuestros amos empieza a ser algo obsceno. En realidad llevan muchos años exhibiendo su poder aunque casi nadie quería verlo, pero ha llegado ya a un grado en el que es imposible ocultarlo. En fechas recientes ha tenido una vez más el contubernio mundialista del Foro Económico de Davos, en el que en la tenida de este año ha tenido la atracción de la coronación del nuevo emperador, el sin par presidente chino. Y todos los líderes europeos encabezados por la presidenta alemana y el presidente francés le han rendido la oportuna pleitesía y homenaje. Para no hacerle sombra ni siquiera ha acudido este año el recién elegido presidente norteamericano.

  Quizás fuera preciso reflexionar sobre las personas que acuden a este Foro y otros saraos semejantes de los poderes fácticos globales. Habitualmente se dice que a ellos acuden los mandatarios de todo el mundo. Y lo que exige una explicación y reflexión es precisamente la palabra mandatario, que es realmente anfibológica, ya que por un lado se refiere a «los que mandan», pero también y sobre todo en el mundo jurídico, un mandatario es el que «ejecuta un mandato» por cuenta de otra persona. En este segundo sentido la institución jurídica requiere que exista un mandante, alguien que ordena lo que tiene que hacer al mandatario. Si queremos caer en una ingenuidad buenista podríamos pensar que el mandante es el pueblo. Pero esto más allá de palabrería demagógica es una pura falsedad. Los mandantes de los mandatarios mundiales son otros. ¿Pero quiénes son? Esta es una pregunta sin una respuesta clara. Los auténticos mandantes no tienen nombre conocido, se ocultan entre las sombras de su propio poder que les permite difuminarse.  Los mandantes manejan los hilos en la oscuridad y dan la cara por ellos los mandatarios, que obviamente están encantados de ser mandados, porque este mandato, les da a su vez un poder enorme, aunque visible en una mayor o menor medida.

 Pues bien, este segundo estrato del poder, es decir el poder visible, es el que nos es permitido más o menos atisbar. Y en esta esfera se está produciendo o se ha producido un relevo en los apoderados o mandatarios. Es en este plano donde ha tomado el testigo, podríamos decir el cetro, el nuevo emperador que viene de la China, que está respaldado por una gran corte de enormes poderes fácticos de orden global, tales como agentes económicos, multinacionales, Fondos de Inversión, agentes mediáticos, partidos políticos, fundaciones, y un largo etcétera.

    Primero fue la dinastía Ming, luego la dinastía Ching, a la que pertenecía el último emperador al que se le dedicó una famosa película, y que fue derrocado para instaurar lo que podríamos llamar la dinastía Mao. Este nuevo imperio está destinado a convertirse en un poder global, universal, que trasciende los límites de la conocida muralla. Se ha instaurado una especie de monarquía universal electiva al modo en el que elegían reyes los visigodos, aunque quizá no falte mucho para que también sea hereditaria, como de hecho ya ocurre en Corea del Norte.

    Resulta humillante que no nos dé vergüenza como europeos reírle las gracias a ese señor que sólo ha venido a decirnos en nuestra casa europea cuánto poder tiene y cuánto respeto le debemos. Nos preciamos de demócratas y demonizamos a los países que tienen regímenes dictatoriales, o tal vez eso era antes. ¿Algún noticiario del planeta ha abierto alguna vez sus portadas con los resultados de las elecciones en China? ¿alguien sabe cómo se elige el alcalde de Pekín? No hace ni dos días que China ha respaldado el reciente golpe de estado militar en Birmania (Myanmar) derrocando al gobierno recién elegido por unas elecciones. ¿Dónde están los adalides de la democracia mundial condenando la intromisión en un país extranjero? China ha bloqueado la condena del golpe por el Consejo de Seguridad de la ONU. Sin solución de continuidad hemos pasado del imperialismo yankee al imperialismo chino. Hay que aceptarlo como una realidad. Pero al mismo tiempo echo de menos que los que pasaron media vida con el “yankees go home” como bandera, no cambien el slogan por el que procedería ahora de “chinese go home” (lo siento no sé escribirlo en su propio idioma, pero creo que el inglés lo entienden bien). No, eso ni hablar, es xenofobia, y que quede claro que me estoy refiriendo siempre al estado chino, a su organización política y a quienes la sustentan, no a los ciudadanos chinos que viven y trabajan en mi país y que probablemente la mayoría son tan víctimas de la situación como los españoles. La realidad es que toda la progresía occidental venera todo lo que viene de la China. Al fin y al cabo, son comunistas como ellos. Y encima carecen de complejo alguno para exhibir su enorme poder económico, su escandalosa vida de lujo y derroche. La sociedad china actual tiene lo peor del comunismo, que es la degradación moral y devastación cultural del hombre, fruto de la terrorífica revolución cultural, y lo peor del capitalismo, como es el ansía por el consumismo más desaforado.  Pues este es nuestro nuevo modelo, el “chinese way of life”, que es el que nos tienen preparado como ideal de vida. Seremos súbditos aculturizados de un imperio en el que sólo se nos permite ser consumidores pacíficos y sumisos. Sólo persiguen nuestra sumisión total.

LA BATALLA DEL CAPITOLIO. (ADIOS PRESIDENTE II)

  Cuanto más lo pienso, más comprendo la saña que los globalizadores están empleando contra Donald Trump. Son implacables y no les basta con haber evitado su reelección, su propósito es destrozar su legado para evitar para que pueda recuperarse y para prevenir que les vuelva a pasar algo parecido. La guinda de la tarta en su cometido la han puesto con el estrafalario supuesto golpe de Estado que supuso la invasión del Capitolio. Una escaramuza más en la guerra sin cuartel entre las élites globalizadoras y la resistencia. Podría pasar a la historia como la batalla del Capitolio. Y según el bando en el que se milite, contada como una gran victoria o una penosa derrota.

    De este modo no puede entenderse el asalto al Capitolio por unos manifestantes descontrolados sino como una obra maestra de los manipuladores de la información. Necesitaban algo así y lo han conseguido a su satisfacción. Dada la enorme confusión sobre lo que realmente ocurrió, para entender algo,  sólo cabe preguntarse como en otras ocasiones en que se producen fenómenos extraños:  ¿Qui prodest?.

       Este proceso que terminó con las hilarantes y disparatadas imágenes de un señor con cuernos presidiendo el Congreso de los Estados Unidos de América, comenzó mucho antes, con una preparación conveniente de la opinión pública. Para ello unos meses antes de las elecciones presidenciales los medios oficialistas, es decir todos, prepararon cuidadosamente todas las encuestas en la que se vaticinaba una victoria cómoda y holgada para el candidato demócrata. El primer paso fue convencer a la mayoría de los votantes y observadores de todo el mundo de que lo normal es que Trump fuera derrotado. En España ya conocemos la estrategia de utilizar las encuestas para dirigir y condicionar la realidad.

   Pero la realidad era otra y se demostró en la jornada electoral americana. El Presidente Trump podía mantener la presidencia. De hecho lejos de perder apoyo popular llegó a obtener de diez millones de votos más que en las elecciones anteriores. En la historia de Estados Unidos, hasta las presentes elecciones, siempre que un presidente en el cargo aumentaba su apoyo popular, había resultado reelegido. Durante parte de la noche electoral la situación era incierta, hasta que empezaron a ocurrir cosas verdaderamente raras en cinco de los estados que son claves para decantar la elección. Los resultados de Pensilvania, Georgia, Michigan, Arizona, Carolina del Norte quedaron bajo la sospecha del fraude electoral. En todos estos estados, e incluso en otros, hubo numerosas irregularidades en el proceso electoral: graves anomalías del voto por correo, máquinas de votación electrónica aportando resultados sorprendentes, -que casualmente están diseñadas y programadas por empresas globalizadoras al servicio de la élite-, desalojos inauditos de centros de recuento de votos en los que con posterioridad aparecían miles de papeletas, casualmente todas demócratas.

     Ante esta situación lo lógico para los electores fue denunciar la situación y de hecho así ocurrió. Dicen que al menos un 80 por ciento de los votantes republicanos creen que hubo fraude y robo de la presidencia. Eso supone que casi 60 millones de ciudadanos americanos creen que les han estafado. Pero esto no podía difundirse y por ello, para eliminar esta sospecha de fraude, entraron en juego todos los medios de comunicación del planeta, salvo escasas excepciones, quienes lejos de cumplir su deber de informar, ocultaron cuidadosamente cualquier referencia a ello. Su papel fue primero el del silencio total de las denuncias, de las pruebas y de las evidencias, o al menos divulgar la opinión de muchos electores. Simplemente no se hablaba de ello, y por este procedimiento tan sencillo de evitar informar sobre ello, han establecido la verdad oficial de la inexistencia de un fraude electoral. Nadie habla de ello, luego no existe. Las pocas referencias que aparecieron en los medios fueron nada más que para calificar a quienes expresaban abiertamente sus reticencias a la limpieza de las elecciones, como gente paranoica anti demócrata que no acepta el resultado de las urnas. Por supuesto las redes sociales hicieron lo mismo, hasta el punto de llegar a censurarse en la plataforma you tube cualquier video en el que se hablara o se defendiera la existencia del fraude de las elecciones.

        Pero este apagón informativo no era suficiente. Una vez consumado el pucherazo, la siguiente fase habría de consistir en deslegitimar de manera total y absoluta y para siempre al movimiento que había abanderado Trump y le había dado la presidencia. La satanización de Trump y todo lo que huela a trumpismo. La consigna es no hacer prisioneros. La guinda del pastel de la enorme farsa mediática la proporcionó el esperpéntico asalto al Capitolio.

        El presidente Trump no estuvo listo ni mucho menos, cuando convocó o alentó una manifestación multitudinaria para protestar contra el pucherazo electoral. Porque podía pasar lo que de hecho ocurrió, que una manifestación con intención pacífica, fue transformada por alguien en una enorme representación de un supuesto golpe de Estado. ¿De verdad alguien puede creer que si las fuerzas de seguridad hubieran querido impedir el acceso de los manifestantes al Capitolio no lo habrían hecho?. Lo permitieron, e incluso lo alentaron instigados en algunos casos por activistas infiltrados de grupos de extrema izquierda convenientemente acompañados con periodistas con cámaras al hombro. El resultado fue que unos inocentes y estrafalarios manifestantes se vieron animados a entrar en el parlamento, pensando que estaban salvando la patria, cuando en realidad eran utilizados para aniquilar todo lo que creían defender. Así tanto el Presidente como sus partidarios quedaron como los fautores de un golpe de estado, cuando en realidad eran las víctimas de una gran conspiración para acabar con ellos.

    Jugada maestra. Jaque mate. It´s over. Por fin se ha pasado página a la pesadilla de un presidente no controlado. Todo ha vuelto a la normalidad, mejor dicho a la nueva normalidad reforzada y apuntalada. Ya no se ha vuelto a oír hablar de fraude electoral, ni siquiera de Trump. Es historia. Todo vuelve a ser maravilloso, las piezas vuelven a encajarse. Todo es demasiado bonito para que no sea otro maquiavélico plan de los globalistas, otra batalla ganada por ellos en esta guerra sin cuartel que se libra en el planeta tierra.

ADIOS PRESIDENTE (I)

     ¡Quién me lo iba a decir!. Que yo acabara despidiendo con nostalgia a un presidente de los Estados Unidos de América. Nunca me interesó demasiado la política useña. Y por ello cuando Donald Trump fue elegido como Presidente, lo percibí según me lo quisieron presentar, y fui uno más a quien su elección le pareció un estrafalario y casposo ejemplo de una América descerebrada e inculta, que imponía a un presidente zafio como reflejo de la propia incultura general de la masa. Así nos lo presentaron todos los medios de comunicación españoles, algo así como si los americanos hubieran elegido por presidente a un espantapájaros, y lo hubieran hecho para humillar a la superprogre Hillary, ejemplo de la modernidad y la “bienpensancia” concienciada. El tiempo poco a poco me ha ido sacando de ese error, hasta llegar a sentir nostalgia ante su inminente adiós.

        Hilaria era la buena, la amiga del pueblo americano y por extensión de todo el planeta civilizado «comme il faut«. La elegida por todo el capital internacional que actualmente domina la realidad, que la traía en carroza mediática destinada a ser la reina de la fiesta mundialista. Nos la imponía esa corriente poderosa que impone todo lo que debe ser, y que en un anglicismo más se ha denominado como “mainstream”. Pero no contaron con un pequeño detalle, la tozudez del pueblo americano, la gente corriente, el pueblo llano, que de vez en cuando no se deja dominar y que algunas veces prefiere vivir su vida aburrida, dedicarse a trabajar, a cuidar su familia, a comer carbohidratos, a salir a cazar o a hacer lo que le da la gana y se olvida de ver la televisión y todas las redes sociales por las que los tentáculos del poder nos controla. Por supuesto alguien que se atreve a ser libre y a pensar por su cuenta solo puede ser considerado como chusma cavernícola para el pensamiento dominante.

     Resultó que el pueblo prefirió al peculiar Donald. En contra de todas las previsiones y encuestas eligió a un tipo especial, hecho a sí mismo, que no comulgaba con toda la tontería ideológica de los pseudointelectuales oficiales que contonean su bellos cuerpos y raquíticas mentes en las pantallas de Hollywood. Un hombre de presencia rara y modales toscos que se enfrentaba al “stablismenth” de las grandes fortunas concienciadas de los  Bloomberg, Bezos, Gates, Zuckerberg, Soros y otras personas más poderosas y más ocultas. Éstos tomaron buena nota y les quedó muy claro que eso no podía volver a pasar.

      Y así, resultó elegido un Presidente que, a diferencia de otros, se dedicó a atender a su pueblo, que fue un gobernante preocupado por las necesidades reales de sus ciudadanos, más que un agente del poder globalista.  Resultó que fue el primer presidente de los Estados Unidos que no declaró la guerra a ningún país durante su mandato. A pesar de todo ello nunca le darán el premio Nobel de la Paz que sí le dieron a su antecesor, el bendecido Obama, que ordenó bombardeos en Afganistán, Yemen, Irak, Pakistán, Somalia y Libia, algunos de ellos con daños colaterales sobre la población civil. 

      Evidentemente con la presidencia de Trump el furor de la jauría mediática global se encendió sin límite, hasta el punto de que se le han dedicado todos los epítetos imaginables durante cuatro años. De tal manera que para el ciudadano medio español y europeo el presidente Trump ha sido poco menos que la encarnación de todas las maldades posibles. Y no digo gente poco informada porque en realidad la gente que piensa así es gente que recibe mucha información, pero lamentablemente una información sesgada, manipulada y falseada, es decir pura desinformación, que por otro lado es la única que proporcionan todos los medios de comunicación españoles, sin distinción de color político. Ha habido alguna rara excepción en este consenso global, como lo ha sido el profesor Jorge Verstrynge,  a quien su militancia de izquierda radical no le impidió ver con honestidad los valores presidente, más allá de las puras apariencias.

     Resulta inexplicable para los europeos que al menos la mitad de los ciudadanos americanos lo defendieran. Y tampoco tenemos explicación para el hecho de que todos los productos culturales sin excepción que llegan de ese país, sean escritos, musicales o audiovisuales, lo critiquen sin piedad. Hay una desconexión evidente entre la vida real y la realidad publicada. Las películas o las series de televisión se han convertido en auténticos panfletos. Serían muchos los ejemplos, pero por todos ellos me viene a la memoria una serie “made in usa” de abogados llamada algo así como “The Good Fight” en el que cada capítulo gira en torno a la obsesión de las personas de bien por derrocar a Trump, incluso mediante el fraude electoral al que se justifica descaradamente en el episodio 7 de la temporada 3ª, cuya visualización recomiendo como ejemplo de lo que sostengo en este escrito.

     Y parece que finalmente sí, que para evitar que el pueblo volviera a equivocarse, ha sido necesario acudir a un lamentable y descarado pucherazo electoral. Por supuesto está prohibido afirmarlo, a pesar de las evidencias notorias de graves irregularidades. Se impone la ley del silencio. Nadie debe hablar de ello. Incluso You Tube ha anunciado que eliminará cualquier video en el que se defienda la tesis del fraude electoral. Es lamentable tener que acudir a imponer esta auténtica censura para consagrar la elección de un gris y triste nuevo presidente, decrépito en lo físico, pero sobre todo en lo moral y que arrastra un vergonzoso curriculum de acusaciones de acosos sexuales, que por supuesto el movimiento “me too”  consiente y perdona. Tal vez solo las tolere de momento, porque todo parece indicar que el nuevo elegido no es  más que un títere al que se arrojará a los perros una vez utilizado, para dar paso a la verdadera designada por el poder, la vicepresidenta Harris, que reúne todo lo que lo que conviene para ser el nuevo presidente de los Estados Unidos: de una minoría racial, feminista radical, californiana y socialista. ¿Alguien da más?.

    De nada le ha servido a Trump desgañitarse desde las elecciones en gritar que él es el vencedor. Nadie le ha hecho caso, salvo una parte importante de su pueblo que sigue confiando en él . En la prensa española nadie ha informado con seriedad de los graves problemas que se produjeron en las elecciones presidenciales, que hacen que su resultado sea algo más que sospechoso. Silencio total. Nadie quería escuchar la verdad, no sea que se acabe rompiendo el juguete.

     Y así llegamos a la traca final de su mandato, que ha constituido el rarísimo asalto al Capitolio por una turba de frikis, donde creo que las fuerzas progres han ganado la batalla de la comunicación, gracias a la torpeza de un presidente en horas bajas y derrotado. Son demasiados enemigos y demasiado fuertes y al final le han doblegado. Pero sobre este asalto final al Capitolio daré mi opinión en otro escrito posterior.

ENSOÑACIONES

Hace ya más de un año que se dictó una de las sentencias más importantes y frustrantes de nuestra reciente historia como país. En ella el más alto tribunal de España entendió que el levantamiento y golpe de estado que en el año 2017 tuvo lugar en Cataluña fue una mera ensoñación. Durante mucho tiempo he estado cabreado con la sentencia pensando que era una prevaricación más de las tantas a la que nos tienen acostumbrados nuestros jueces tan bien aclimatados al ecosistema de las verdades oficiales.

    Pero a medida que pasa el tiempo, me voy dando cuenta que la sentencia tenía razón. Todo lo que pasó en Cataluña hace dos años, y todo lo que está pasando en España, es una mera ensoñación. Le doy las gracias a los altos magistrados por descubrirme el hecho de que los ciudadanos vivimos en una ensoñación colectiva, no percibimos la realidad sino un trampantojo que nos envuelve y nos mantiene ensimismados con los fantasmas que nos rodean por doquier. Son las nuevas artes del poder, la forma de control real de los ciudadanos. El poder que impera en Cataluña, generó una alucinación colectiva que llevó a los ciudadanos de esa parte de España a soñar que se independizaban, y una gran mayoría de ellos vivió esa ensoñación con la intensidad de una situación real. Pero no era real, sólo era fantasía onírica. Una de tantas ilusiones ópticas con las que nos manejan. Por ello hay que darle la razón al Tribunal Supremo al considerar que no hubo golpe de estado, sino ensoñación. No saben sus señorías que hoy en día las armas para los golpes de estado no son los fusiles sino las ensoñaciones. Pero sí que es evidente que no está tipificado en el Código Penal el delito de generar ensoñaciones al pueblo. Además si existiera ese delito todos los que ejercen el poder en España y diría en el mundo, deberían estar en la cárcel.

      La única realidad sobre la que tenemos certeza es que el poder se encarga de adormecernos, de narcotizarnos con sugerentes entretenimientos. Nos mantiene hipnotizados bien con procesos de independencia, bien con causas cuidadosamente escogidas,  y por supuesto con los deportes, con las músicas de moda, con las tendencias, con las estupideces de los trendings topics y las banalidades de las redes sociales y los programas televisivos de cotilleos. Que si una tonadillera salida de la cárcel se enfada con su hijo, que si una fulanilla es infiel a un galán de pacotilla, que a su vez la engaña con su mejor amigo. Todo vale para mantener la vista fija de la mayoría de los ciudadanos en un foco concreto con el que se mantiene entretenido sin causar problemas al verdadero poder. O para causarlos controladamente cuando hace falta a sus intereses que se causen. Ensoñaciones de todos los colores han recorrido el mundo cuidadosamente organizadas como movimientos supuestamente espontáneos que la mayoría de las veces han desembocado en auténticas pesadillas. Hoy la política no es el arte de gobernar, sino de manejar ensoñaciones, crearlas, modelarlas y utilizarlas para los fines propios. Un pueblo hipnotizado obedece ciegamente y sumisamente. Si al poder le interesa, deja que te rebeles un poquito, (me viene a la memoria el frustrante movimiento 15 M), cuando no le interesa exige que te quedes tranquilo viendo la televisión y no causes problemas. Las marionetas bajo los efectos de los opiáceos ni se enteran de las cuerdas con las que las manejan y en su delirio se ven a sí mismas como auténticas personas libres y con propia voluntad.

   La pandemia que atravesamos es un ejemplo de casi todo lo malo de lo que el poder es capaz de hacer. Ha tenido a la ciudadanía secuestrada y aplaudiendo por las ventanas, pero no se ha visto en televisión un solo féretro de las decenas de miles de muertos que nos ha causado. Un fontanero que vino a casa me contó que por publicar un vídeo con los ataúdes de los muertos del Palacio de Hielo de Madrid, fue expulsado durante un año de facebook. Eso no interesa y no se enseña, no sea que el pueblo se despierte. A quien le ha tocado el drama en su casa o su familia se ha dado de bruces con la terrible realidad del sufrimiento, el resto de las personas han seguido mayoritariamente enganchados a la ensoñación. Es sintomático que lo primero que regresó a las televisiones fuera el fútbol y los realities, que de hecho no se interrumpieron nunca.

La religión ya no es el opio del pueblo, hoy las adormideras las suministran los medios de comunicación de masas, internet y las redes sociales, éstos son los medios por los que nos llega la droga al cerebro, y que cada vez reclamamos en mayores dosis para evitar un síndrome de abstinencia creciente. Es paradójico que los medios que deberían mantener alerta a los ciudadanos y vigilando al poder, hagan justamente lo contrario, es decir vigilar a los ciudadanos al servicio del poder y mantenerlos adormecidos y en un estado de abotargamiento total.

    No seamos ingenuos, la ensoñación no se crea y mantiene para conseguir la felicidad del pueblo, sino que obedece a una estrategia deliberada de dominación. Mientras proseguimos en esta duermevela de hipnosis colectiva, en la que sólo es posible manifestar una felicidad somatizada en nuestras expresiones autorizadas, hay quien prosigue con su proyecto de asalto del poder, de la conquista de los cuerpos y las almas. Mientras nosotros dormimos el vigilante no descansa, y se ocupa en esparcir adormideras y en dar cada día una vuelta más a la cadena con la que nos aherroja.

   Pareciera que el manual de uso de la política ha pasado de ser «El Príncipe» de Maquiavelo a la “Vida es Sueño” de Calderón. Al menos ha llegado a ser una evidencia aquello de que hoy en día “todos sueñan lo que son, aunque ninguno lo entiende”. Pero a diferencia de Segismundo que soñaba con la libertad estando prisionero, nosotros nos creemos libres mientras en realidad vivimos «de prisiones cargados«, es decir, en nuestro sueño no vemos nuestras cadenas reales. Y de eso se trata básicamente, de poner todos los medios para que permanezcamos en nuestra dulce ensoñación, mientras cada día se limita una vieja libertad, cada día se cercena un viejo derecho. Unos días es la propiedad, otro la libertad de expresión, otra la educación, la movilidad, la libertad de información, de pensamiento, … únicamente nos va quedando la libertad de soñar, pero por supuesto únicamente lo que nos permiten que soñemos.

      La velocidad de crucero que está alcanzando el proyecto liberticida es asombrosa, pero no lo percibimos apenas, porque la nueva normalidad ha impuesto ya el toque de ensoñación, a las diez o a las doce, según las ciudades. Y a esa hora todos debemos estar en nuestras casas sumisamente viendo series de televisión con las que nos adoctrinan y nos convencen de nuestra felicidad. Y todos los voceros mediáticos, apesebrados hasta límites inverosímiles, se niegan a informar de la realidad. Es esencial que el pueblo no despierte de la ensoñación. Como si  fueran Aurora Bautista, interpretando a Juana la Loca en la película de Juan de Orduña, le dicen a cualquiera que pretenda rasgar el velo de la ensoñación: “El pueblo duerme, no  lo despertéis” ….

   Pareciera que el manual de uso de la política ha pasado de ser El Príncipe de Maquiavelo a la “Vida es Sueño” de Calderón.