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TU QUOQUE FILI MI?

     Hacía muchos años que no pisaba Asturias. Para mí es una tierra especialmente apreciada desde que era pequeño. Crecí con el mito de Don Pelayo y el inicio de la reconquista de España en las breñas de Covadonga, tal como lo relataba la Enciclopedia Álvarez que circulaba por mi casa. Era en mi imaginario Asturias el último  reducto de la cristiandad, algo así como la aldea gala de Asterix frente a Roma, pero cambiando Julio César por el moro Almanzor. Uno imagina que no hay nada más español que Asturias, y tanto es así que en su día se popularizó el eslogan de “España es Asturias y lo demás tierra conquistada”.

     Es muy difícil no disfrutar en Asturias, da igual la parte que se elija para visitar. Yo acerté a estar en los alrededores de Pravia, en una casona del Siglo XVI,  reconvertida en hotel rural, aunque creo que da casi igual donde se vaya, es todo de una hermosura exuberante, incluso bajo la lluvia, que para no romper el tópico no se tomó ni un minuto de tregua en todo el tiempo que por allí anduve. Y si me traigo en la retina la belleza de los bosques y prados, no menos me impactó la fiereza del mar embravecido al que un habitante de la meseta no está acostumbrado.

      El azar me llevó a una cita no prevista con la historia. Se me presentó de improviso apareciendo de entre las piedras de una pequeña ermita milenaria en una pedanía de Pravia, que cobija ni más ni menos que los restos mortales de un rey asturiano, el Rey Silo y su esposa la reina Adosinda, nieta ésta del mismísimo Don Pelayo. Cuando llegué a la Iglesia de San Juan en Santianes, me adentré precipitadamente para cobijarme de la incesante lluvia en el momento que comenzaba la misa dominical de un domingo cualquiera, como los miles de domingos en los que los feligreses han acudido a oír la palabra del Dios de los cristianos, allí, en los únicos reductos de la península no profanados por las hordas agarenas. En alguna guía leí que el altar de esa Iglesia de San Juan es el más antiguo que se conserva en activo en toda España.  La Iglesia se fundó hace mil trescientos años más o menos, o sea que, a cincuenta y dos domingos por año, se han debido decir en aquel recinto no menos de 67.000 misas en las mañanas de otros tantos domingos. Yo tuve el privilegio de asistir a una de ellas, quizás de las últimas, porque lo que no consiguieron los musulmanes lo está logrando   el descreimiento que impone la modernidad  y que ya ha llegado a las más altas jerarquías de la Iglesia. Sea como fuere, escuchando allí una misa postconciliar, no pude menos que trasladarme a ese Siglo VIII cuando fue la iglesia construida, y por unos minutos reconstruir en mi cabeza lo que debió suponer para los cristianos asediados  mantener la resistencia en aquellas tierras sintiendo toda la península ocupada, siendo conscientes de la pérdida de España

     Colaborador del Rey Silo fue el monje Beato de Liébana que además de ilustrar bellísimamente los comentarios sobre el Apocalipsis y debatir furiosamente con Elipando, fue el muñidor de la idea de establecer a Santiago como patrón de España. Y es bien sabido que Santiago Matamoros fue el alimento espiritual que precisaban los cristianos para avanzar hacia el sur, lo que ha llevado a considerar a Beato el verdadero ideólogo de la Reconquista.. Esto revela que los reyes asturianos no se desentendieron de su misión y la intelligentsia no fue derrotada, las elites tenían claro que aunque reducidos a territorios marginales, el proyecto era la Reconquista de los reinos perdidos a manos de los musulmanes. Hoy la historiografía progre tiende a negar este concepto de “reconquista” como misión concreta y organizada, argumentando que no hubo tal idea, sino una mera sucesión de hechos más o menos fortuitos que terminaron con la toma de Granada. Yo creo que no fue así, que realmente hubo una voluntad política constante que se transmitió de generación en generación durante ocho siglos. Puede parecer mucho, pero no es tanto si observamos por ejemplo la perseverancia del pueblo judío para conservar y transmitir la idea de  retornar dos mil años después a su tierra prometida.

   Pero para mi desazón en Asturias no es oro todo lo que reluce.  Hoy esa parte de España está, como muchas otras, contaminada del nacionalismo emergente que ha podrido otras regiones y amenaza con desmembrar la unidad que nos habíamos procurado. No se puede negar que la enfermedad del nacionalismo está allí menos desarrollada que en otras zonas como Cataluña o Galicia. Pero han dado un gran salto adelante en el particularismo con la aprobación como idioma co-oficial del asturiano. Realmente muchos lingüistas consideran que el asturiano no es un idioma, sino un “habla”, que no otra cosa significaba el término “bable”, con el que era conocido ese dialecto,  esa forma de hablar el español. Un habla es una forma espontánea de hablar y es solamente verbal, carece de escritura y de literatura, la transformación en idioma escrito es un acto deliberado de voluntad. Creando un idioma, se crea una identidad y con ella una ristra de intereses, mucho dinero público para crear academias, diccionarios, profesores, investigadores, y premios de poesía en asturiano. Luego viene el imponer la enseñanza a los chavales incluso aquellos cuyos padres jamás hablaron ese supuesto idioma, después será necesario hablar asturiano con el nivel “x” para trabajar en la administración, por lo que no podrán acceder más que los del terruño. Posteriormente se crean un par de agravios reales o inventados y se convierten en víctimas de un centralismo al que se le imputan todos los males. Un par de generaciones estudiando en la escuela nada más que el asturiano junto con una inventada y tendenciosa historia de Asturias, da como resultado una mayoría que asume que son una nación diferente y oprimida que no ha hecho más que padecer y resistir heroicamente el poder de los reyes castellanos. Y finalmente, dado que son tan diferentes, que hablan distinto y sus costumbres son tan diversas, la lógica impone que haya que reclamar la independencia. Ya hemos visto demasiadas veces este proceso en España y lo rentable que sale a quienes lo realizan.  Es cierto que en Asturias está en estado embrionario, pero la semilla del mal ha germinado y solo le queda crecer y desarrollarse.

       El idioma tiene una importancia capital para mantener la unidad de una nación o para desmembrarla. En la península itálica, la creación artificial por las élites políticas de un idioma a base de retales de otros o dialectos locales , forjaron la unidad de Italia, que sin ese idioma que hoy conocemos como italiano probablemente no existiría como nación. Algo parecido ocurre en las provincias vascongadas donde primero para crear su identidad, se inventaron un idioma, el euskera batua, juntando muchas variedades de las lenguas vascuences. Y una vez creado y generalizado, procede imponerse a territorios que jamás hablaron dicha lengua como es la Ribera del Ebro tanto alavesa como navarra. Algo parecido ocurre con el catalán, que en su forma normalizada  por el talibán lingüístico Pompeu Fabra, se utiliza con criterios imperialistas imponiéndolo a territorios que nunca lo hablaron y aplastando y borrando  los idiomas propios de esas provincias, como ocurre con el mallorquín y el valenciano. Los nacionalistas saben que lo esencial de su proyecto es la lengua  y por ello es a lo que más importancia se da en sus mezquinas pero eficaces políticas.

      Asturias ha dado un paso inicial, ha sembrado una semilla para la diferenciación. Pero no es la única región o comarca que lo está haciendo, ya se están cocinando otras lenguas, como  el “cántabru”, el “andalú” (existe una autodenominada Zoziedá pal Ehtudio’el Andalú, Z.E.A.),  el aragonés, el berciano, el llionés, el cabreirés y sabe Dios cuantos más. Es obvio que en todas las regiones hay particularismos en el habla,  yo si ir más lejos en mi Salamanca querida, tengo contabilizados numerosos localismos o palabras que sólo se utilizan por allí y que incluso despertaron la curiosidad de Unamuno. Pero de ahí a reclamar un idioma propio va un abismo. Y en todo caso es retroceder en el tiempo y perder territorio ganado.

      Con la desmembración del imperio romano el latín que se hablaba dio lugar a muchas lenguas en toda la Europa conquistada por Roma, y en el caso de la península ibérica surgió una lengua romance diferenciada casi en cada valle y en cada comarca. Pero de una manera natural y no impuesta se generalizó entre todas ellas una lengua franca, que era entendida y compartida por todos por su sencillez y facilidad de pronunciación, a lo que sin duda ayudó la adopción de las cinco vocales vascas. Fue por tanto la simbiosis de una lengua romance y el vasco, la que motivó el éxito del castellano, que se extendió por todo el valle del Ebro, y luego por el Duero, y por toda la península, y que andando el tiempo, ya convertida en idioma español cruzaría el Océano para ser igualmente la lengua común de millones de personas.

    En fin, tampoco soy lingüista, puede que haya imprecisiones que pueda detectar un especialista. Y no es para mí lo importante, sino que lo es la intención de determinadas voluntades políticas de construir o deconstruir identidades, según el caso, utilizando los idiomas y la complacencia de todos los tontos útiles que cargados de un romanticismo pueril les dejan hacer y les secundan sus propósitos. Y mucho de esto parece haber por el Principado a juzgar por las decisiones políticas que adoptan. Es cierto que no hay unanimidad sobre la oficialidad del asturiano, pero estas decisiones raramente se revierten. Por ello, ante la vorágine de separatismos que nos atacan, sólo me sale decir aquello de, Asturias, ¿tu quoque fili mi?

LA PARÁBOLA DE LOS DOS AMOS DEL MUNDO.

     Cuentan que se juntaron los dos más poderosos amos del Mundo, que rivalizaban entre ellos por ser el que más poder tenía sobre la Tierra. Y uno de ellos (Amo-primero) retó al otro (Amo-segundo) para que mostrara el poder del que alardeaba, diciéndole:

     – Si eres de verdad el más poderoso podrías demostrarlo, y para ello te propongo un reto. ¿Serías capaz de que toda la humanidad sin excepción haga algo que tú quisieras? Si eres capaz de conseguirlo me retiro y te concedo todo el poder para ti.

      Después de pensarlo el Amo-segundo aceptó el reto y afirmó que toda la humanidad haría una cosa que él iba a imponer a cada hombre, mujer y niño sobre la faz de la Tierra, y ello consistiría en que cada ser humano se pincharía voluntariamente con una aguja en el brazo. Aunque al Amo-primero le pareció una oferta extravagante la aceptó, pero además le dijo: 

– Si tu fracasas yo ganaré y con tu fracaso habré de ser yo el que consiga que todos los hombres sin excepción lleven una impronta mía, tengan una cosa impuesta por mí. Pero no sabrás lo que es hasta que tu fracases y así demostraré que yo sí puedo lograr que la humanidad haga algo por mí y mereceré el poder que tendré sobre toda la humanidad.  

       Y así el Amo-segundo, se puso manos a la obra para ganar la apuesta que habría de darle todo el poder. Y para conseguir su propósito de que cada hombre se pinchara voluntariamente en uno de sus brazos, ideó soltar insectos infectados con una enfermedad fuertemente contagiosa para los humanos y ocasionalmente mortal en un remoto lugar de una región donde tenía muchos y fieles escuderos que le obedecían. Y comunicó el hecho de la liberación y esparcimiento de la plaga infecciosa por medio de todos sus portavoces en todos los confines de la Tierra, y así sembró el temor y la desesperanza en todas las gentes de cualquier lugar, jóvenes y ancianos, varones y mujeres, de todo credo o condición social. Luego comunicó a todos sus esbirros repartidos por los cuatro puntos cardinales un plan para acabar con los efectos de la plaga y de la enfermedad que ella causaba, que consistía en suministrar un fármaco precipitadamente obtenido, pero milagroso y denominado con nombres variados, que había de administrarse mediante una inyección con una jeringuilla en uno de los brazos de cada uno de los hombres sobre la faz de la tierra. Las gentes recobraron algo de esperanza ante la noticia de la existencia de una cura a tan contagiosa enfermedad. Sus apóstoles se lanzaron sin discusión a convencer a todos los hombres de la bondad de pincharse en el brazo el remedio milagroso. Convencieron a muchos, amenazaron a otros, sedujeron a los demás para que obligaran a otros, sobornaron voluntades, amenazaron y crearon intereses y complicidades variadas. Y con estas artes, logró que miríadas de hombres se pincharan en el brazo para inyectarse el antídoto contra el agente infeccioso esparcido por la plagas y causante de la enfermedad. Y la mayoría lo hacían pensando que hacían lo correcto. Lo de menos era que el remedio fuera eficaz o no, la mayoría aceptaban el placebo sin cuestionarlo, sin preguntar su bondad, o efectos reales, pero en todo caso lo hacían voluntariamente. Como el contagio se publicitaba como mortífero, pero en realidad sólo era así en algunos casos y para la mayoría sólo generaba leves trastornos, se afianzó la creencia general en la eficacia del remedio. Pensaba la mayoría que si así lo ordenan los gobernantes es porque debe de ser lo correcto, es impensable que quieran desear su mal.  Y Amo-segundo, con sus diversos tentáculos y voceros, siguió insistiendo, aumentando su presión, imponiendo su voluntad hasta conseguir que muchas personas lo hicieran dos, tres y hasta veinte veces. Hasta los niños de corta edad, reclamaban su derecho a ser pinchados, aunque el virus apenas les afectaba. De este modo la mayoría de la humanidad, casi todos los hombres se pincharon por propia voluntad en el brazo.

        Pero no todos lo hicieron. Algunos se percataron del engaño del remedio milagroso o preferían otros medios curativos o por la razón que fuere se resistieron de manera contumaz, y no hubo manera de convencerles, lo que suponía una insubordinación e insolencia insoportable. El Amo-segundo veía que el tiempo transcurría y que no lograba su propósito completamente y ello le llevaba a arreciar con una nueva oleada de virus, y una nueva y renovada energía propagandística de sus heraldos. Más presiones, sanciones y amenazas, pero todo en vano. A pesar del ímpetu y entusiasmo seguía habiendo resistencia. La única solución era imponer el pinchazo en el brazo por la fuerza, pero eso no le permitía ganar la apuesta, ya que se exigía que el pinchazo fuera voluntario, es decir someter las voluntades de los hombres. 

     Llegado un día admitió que definitivamente no había conseguido su propósito, porque había unos pocos hombres y mujeres que no le habían obedecido y se habían negado de manera irreversible a pincharse voluntariamente en el brazo. Así, Amo-segundo, tras reconocer su derrota, varios años después y tras unos devastadores efectos sobre las vidas y haciendas de los hombres, decidió asumirlo y reconocerlo ante su retador.

       Amo-primero, ante el fracaso del Amo-segundo, cuando éste se presentó ante él, le dio las gracias por su gran trabajo y esfuerzo, aunque hubiera fracasado, y le dijo:

    – Ahora te revelaré lo que yo he conseguido que todos los hombres tendrán gracias a mí, y que he logrado gracias a ti. Gracias a tu fracaso, ahora yo tendré todo el poder y tendré una humanidad debilitada, temerosa y sumisa, porque lo que yo he conseguido gracias a ti es que todos los hombres, sin excepción, tengan miedo. Ahora me obedecerán las naciones y los hombres sin rechistar, porque saben que puedo volver a utilizarte cuando quiera y que estoy dispuesto a hacerlo si es preciso y han asumido y aceptado que puedo hacer con ellos lo que quiera. Incluso los rebeldes no podrán sino temerme, porque ya son plenamente conscientes de mi poder.

      El Amo-segundo reconoció la gran sabiduría del ganador, reconoció su mayor poder y decidió para siempre servirle y rendirle pleitesía, como el único Amo del Mundo.

EL GRAN APAGÓN

  Hace algún tiempo que no me paseo por el Acantilado. Siento que muchos de los pensamientos e ideas que cada día se pasean por mi cabeza pasan de largo sin dejar el reposo necesario para recogerlas en estas líneas que navegan por la blogosfera. El mundo se acelera de manera vertiginosa y apenas deja espacio para cazar al vuelo alguna de las sensaciones o inquietudes y transformarlas en palabras. Por todo ello tengo la sensación de que cuando quiero escribir sobre algo ya es historia y otro acontecimiento lo sepulta y le hace perder interés.

    Si en general el mundo se mueve muy deprisa, lo de este país en el que vivo  es algo cercano a la locura. Tenemos en el poder unos fanáticos transformadores de la realidad que parecen apurar los días que se han autoconcedido para cambiarlo todo. Pudiera pensarse que saben que ostentan el poder de manera interina y posiblemente ilegítima. Se saben una minoría, y lo son, pero por una extraña conjunción de fuerzas ostentan el poder. Actúan como fanáticos presos de un furor irrefrenable en una carrera de demolición de lo existente y en la creación de la nueva realidad. Nada se les escapa en cuanto a la regulación minuciosa de este nuevo orden que encaja como un guante en la desquiciada agenda 2030.

  Y cuando digo que nada se escapa a su regulación es literalmente así. En su breve estancia en el poder y con su exigua representación en el parlamento, han regulado sobre casi todo y siempre de manera parcial y sectaria. Sin tener en cuenta en nada la opinión de la otra mitad de la población. No me atrevo a hacer un catálogo de sus contrafueros y lindezas legislativas en esta carrera de llegar cuanto antes a la meta que nos espera en la tierra prometida del paraíso progre.

Precisamente estos días andan nuestros dirigentes reunidos en una de las grandes tenidas globalizadoras, que tienen lugar entre Roma y Glasgow, haciendo unos ejercicios espirituales de afirmación de la nueva religión climática, sin que falten el dolor de los pecados cometidos contra el planeta y un decidido propósito de la enmienda para salvar a la humanidad. Si no fuera porque de ello resultan consecuencias nefastas para nuestra vida cotidiana, podría ser enternecedor ver nuevamente mendigando una foto con el septuagenario yanqui, a ese señor a quien un ilustre miembro de la Real Academia acaba de calificar como personaje maquiavélico, malo, chulo, ambicioso, arrogante y cínico. Y todo ello aderezado, tal vez por ser «Jalogüín, con la visita estelar de la reencarnación en una muchacha sueca de la niña del exorcista.

    Por eso creo que ya no queda otra cosa que hacer, al igual que cuando llega un tsunami, que buscar un lugar elevado donde refugiarse, un acantilado lo suficientemente alto donde se pueda sobrevivir el tiempo que tarde en amainar la furia de los elementos. Y no queda otra que sobrevivir y esperar a que, sea dentro de dos años o dentro de veinte, se pueda recuperar el imperio de la cordura y la libertad. Eso sí, haciendo buen acopio de víveres y mantas para aguantar la que nos tienen preparada desde las cumbres del poder mundial y sin olvidarnos de las linternas y antorchas para mejor sobrellevar el gran apagón. A lo mejor acabamos suplicando por un calentamiento verdadero del planeta para no morir congelados.

       La desesperanza es enorme. Con la promesa de levantar un mundo mejor, la barbarie arrasa todos los restos de la civilización que nos habíamos procurado. Estamos en manos de unos iluminados fanáticos, miembros de la secta universal que obedece sin titubeos al Señor Oscuro de Tolkien, al Guardabosques de Jünger y que nos lleva de la mano y sin vacilar a Un Mundo Feliz, a Walden Dos, a Matrix, al que ya nos van introduciendo poco a poco a través del metaverso. Para ello es preciso forzar un gran apagón de la realidad, de la vida, de la verdad, de la memoria y de la luz, para recrearnos en una nueva dimensión donde seremos como un nuevo hombre ya expulsado para siempre del paraíso terrenal pero siendo feliz para la eternidad en un paraíso virtual.

    Reconozco que con frecuencia me siento como un ciclotímico social y paso de la negatividad más extrema  a una euforizante confianza en el futuro. Al menos conservo en los momentos más neutros el convencimiento y la determinación de que algo debe hacerse, aunque sea poco, aunque sea solamente esparcir unas palabras al viento de este triste y destartalado blog que tengo prohijado para desahogos personales y reflexiones particulares.

      Sé que muchas personas que en principio consideran que tengo razón, al menos en algunas cosas, se van dejando arrastrar por la ola, adaptando a la realidad que se moldea poco a poco a nuestro alrededor, y acomodándose al nuevo hábitat, más que nada por la pereza de enfrentarse cada día a todo y convertirse en un estigmatizado socialmente y un casposo reaccionario. Yo lucho contra eso dentro de mí cada día, es decir lucho por no aceptar acríticamente el Nuevo Orden. Por ello estas palabras son de reafirmación, de dejar dicho, aunque no sirva para mucho, que de momento no entra en mis planes claudicar.

FRIGILIANA / BOBASTRO

 Termina el verano. Avanzo por el vendimiario que en mi caso particular me trae cada año una cosecha de años. Cumplo en este mes de septiembre religiosamente un año más en mi aburrida historia. Y lo de religiosamente lo digo con perdón de los tiempos que corren. Más me valdría decir laicamente, en esta época en que la religión ha desaparecido totalmente de la vida, y sólo queda ese simulacro de Ong en que se ha convertido la Iglesia Católica con su descreído pastor al frente.

     El verano, como cada año, ha sido un periodo de relajo que permite viajar y cambiar los hábitos cotidianos. Puesto que seguimos bajo el impacto del virus chino, he considerado lo más recomendable no salir de la patria para no enfrentarme a una colección de requisitos administrativos con los que te reciben por doquier, tales como certificados, pruebas de salubridad, aislamientos y cuarentenas. No me seduce la idea de ser tratado como un apestado en un aeropuerto de cualquier ciudad del planeta, añadiendo un grado superior de intensidad a la angustia que de por sí ya me causan los aeropuertos.

    Por ello este año, como el anterior, tocó recorrer la geografía nacional, que por otro lado es para mí una gran desconocida y no deja de sorprenderme en cada uno de sus rincones. Si el año pasado visité una parte de Galicia, este año como para compensar, he acudido al Este de Andalucía. Y no me arrepiento, aunque suene a tópico turístico, no me canso de recorrer Andalucía por cualquiera de sus territorios. Es una tierra especialmente amable y bonita, que lo ha sido siempre, pero en los últimos tiempos se ha de añadir a sus cualidades la de ser próspera y cuidada.

    Sólo hay una cosa que no soporto demasiado bien de esas tierras y es su vocación “islamizante”,  la tendencia a resaltar, destacar y promocionar todo lo que tenga que ver con la cultura islámica y a potenciar la arquitectura y diseño que evoque al pasado muslim. Por no hablar del culto al notario nacionalista Blas Infante quien, como masón reconocido, supo identificar que la forma de atacar la civilización cristiana es favoreciendo a sus enemigos. Y por ello, al margen de que se acabara convirtiendo o no al Islam, se dedicó toda su vida a fomentar todo lo musulmán, a identificar Andalucía con cultura árabe. Y ello no por convicción religiosa, sino únicamente como elemento disgregador, como estrategia de disolución de la tradición dominante. Esto creó escuela y sigue ocurriendo en la actualidad y no sólo en Andalucía. Hoy en determinados ambientes intelectuales y políticos es una constante el favorecer a las minorías musulmanas para atacar el monopolio religioso del cristianismo, sin apreciar el riesgo de que con tanto favor lleguen a imponer una intolerancia muy superior a la que se pretende atacar.

     Es muy recurrente por el Este de Andalucía, en la zona de las Alpujarras y de la Axarquía, la rememoración de los moriscos, su revuelta y expulsión. En general esta expulsión se suele presentar como un acto de barbarie y como un gesto de la intolerancia religiosa de los reyes españoles actuando al abrigo del fanatismo y a las órdenes de la Inquisición. Si reflexiono sobre esto es porque en mi recorrido por Andalucía las guías turísticas me llevaron hasta Frigiliana, bellísimo pueblo de Málaga, muy cerca de Nerja, en el que por sus calles enrevesadas, empinadas y blanquísimas unos azulejos colocados en las fachadas te van narrando la peripecia de la rebelión morisca y musulmana contra Felipe II, que tuvo en ese pueblo una de sus escaramuzas más importantes. En sus escarpadas callejuelas al abrigo de unas inaccesibles laderas se refugiaron y encastillaron los rebeldes moriscos, alzados contra la corona en la segunda mitad del Siglo XVI, y allí tuvo que emplearse a fondo lo más granado del ejército real al mando de Don Luis Requesens, quien, tras sofocar con gran esfuerzo la revuelta de los moriscos en Frigiliana, se embarcó hacia Lepanto para formar parte de la “más alta ocasión que vieron los siglos”.

      La expulsión de los moriscos fue en su momento un tema controvertido, pero sólo una simplificación puede presentarla como un simple acto de intolerancia religiosa. Los moriscos durante todo el siglo XVI se habían convertido en una enorme molestia para el orden social de la época. Por supuesto no en todos los sitios, ya que en muchas zonas la convivencia era pacífica, como en Hornachos en Badajoz, Ricote en Murcia y tantos otros. Pero no en todas partes era así. En particular en la zona del antiguo reino de Granada el poder y extensión de los moriscos era una molestia continua y más que eso una amenaza directa al poder político más que al religioso. Habría que trasladarse a esa época para saber valorar el poder del Turco y en general todos los esbirros musulmanes de la Sublime Puerta por el Mediterráneo que era un mar infestado de piratas berberiscos y argelinos. La sombra de una invasión norteafricana de la costa española era continua y los moriscos eran unos decididos partidarios de dicha invasión para entregar el poder a sus correligionarios mahometanos. En resumen, los moriscos eran una “quinta columna” de un poder extranjero poderosísimo y muy hostil, que comprometía la unidad del reino. Todo ello lo tenía claro el Duque de Lerma al convencer a Felipe III de la necesidad de adoptar la tajante medida de la expulsión.

    Sea como fuera es muy frecuente hoy en día contraponer la tolerancia del Islam frente a la intolerancia de los reyes cristianos. Se tiende a pintar por muchos la Andalucía musulmana como una sociedad idílica, llena de armonía, cultura elevada y con una convivencia social y religiosa inmejorable. Nada más lejos de la realidad. En los últimos tiempos muchos historiadores (Serafín Fanjul, Darío Fernández-Morera, Felipe Maíllo y tantos otros,) con rigurosos estudios han ido poniendo las cosas en su sitio y desmontando el mito del paraíso andalusí. Y para aportarme una prueba sobre el terreno de que no todo fue armonía en los tiempos de la dominación árabe en Andalucía, el azar me llevó a Bobastro.

      Hoy Bobastro es un lugar abandonado en medio del campo, ocultado por la naturaleza que lo ha ido borrando bajo un manto de encinas, zarzas y lentiscos, en la ladera de una montaña de vistas impresionantes no lejos del imponente desfiladero de los Gaitanes, hoy recorrido  por la bonita y entretenida ruta pedestre conocida como “El Caminito del Rey”, muy recomendable para desentumecerse de las tensiones de la ciudad.

En las ruinas de Bobastro a las que hay que acceder entre maleza y piedras, quedan restos de una impresionante iglesia troglodita moldeada en la peña y muy poco más que sea visible. Por lo demás queda solamente la memoria desdibujada, por ser hoy poco políticamente correcta, de Omar ben Hafsún, quien murió en esta desaparecida ciudad, ya con el nombre cristiano de Samuel en el año 918. Omar/Samuel fue un descendiente de cristianos visigodos, convertidos al Islam posiblemente de manera falsa, que tras numerosas peripecias de persecuciones políticas se levantó frente al poder de los todopoderosos califas Omeyas y controló bajo su mando un enorme territorio que hoy abarcaría las provincias de Granada, Málaga  y parte de la de Córdoba. El poder que consiguió ostentar ben Hafsún provocó la furia de Abderramán III, quien envío a lo mejor de su ejército al aplastamiento de la rebelión y terminó con la destrucción de Bobastro, donde se había hecho fuerte Omar y su ejército de cristianos (mozárabes, muladíes) que pretendían la creación de un reino cristiano desgajado del califato de Córdoba.

        

La vida y peripecia del heroico caudillo Omar/Samuel  ben Hafsún y de Bobastro daría para una buena novela o una magnífica película, que sin duda existiría si este país fuera otro menos acomplejado con su pasado.

imagen de la Iglesia troglodita de Bobastro.

   Omar Ben Hafsún, después de vivir como un criptocristiano, decidió por fin «salir del armario» musulmán y abrazar abiertamente el cristianismo junto con su esposa Columba y construir varias iglesias en su ciudadela de Bobastro, de las que de una de ellas todavía hoy se conservan unos restos espectaculares labrados en la peña. Los cristianos rebeldes fueron derrotados y la ciudad destruida y arrasada para siempre. Samuel murió defendiendo la plaza en la fe de Cristo y su hija Argéntea llegó a ser santa de la Iglesia, mérito que alcanzó gracias al martirio que sufrió en Córdoba por no renunciar a su fe, a manos de los muy tolerantes Omeyas que antes de quitarle la vida le cortaron la lengua y le dieron mil latigazos por su contumacia cristiana.   

  De todos modos quisiera sacar una moraleja final en este escrito. En Frigiliana, Felipe II, Rey prudente y cristianísimo, defendió su reino ante una amenaza secesionista y posiblemente no era lo más relevante que los alzados fueran musulmanes o cristianos. En Bobastro, de manera semejante, el Gran Califa agareno Abderramán III sofocó y aplastó la revuelta de un caudillo que pretendía crear un reino y un poder escapado a su control, y posiblemente lo de menos es que fueran los rebeldes musulmanes o cristianos. En el fondo los dos casos Frigiliana y Bobastro tienen una gran semejanza y son como el negativo y el positivo de una misma fotografía, que nos demuestra que casi todos los grandes poderes lo son porque se defienden frente a sus enemigos y nada nos dicen sobre la legitimidad, bondad o maldad de esos poderes y sobre la justicia o no de las causas de los rebeldes. Yo desde luego tomo partido desde mi perspectiva presente, y muestro más simpatías por unas y otras causas. Pero sobre todo comprendo que todo poder establecido tiende a aplastar la disidencia y ello aunque se revista con los ropajes actuales de tolerancia y pluralidad. Nada ha cambiado, se sigue aplastando y masacrando al discrepante, pero me quedo con la valentía de Omar/Samuel y como él, tenemos el deber moral levantar miles de ciudadelas para defendernos con uñas y dientes y volver a construirlas cuando previsiblemente sean destruidas y arrasadas.

MANTENELLA Y NO ENMEDALLA.

  En una entrada anterior de esta escondida y oculta bitácora dejaba constancia de mis dudas personales acerca de permitir que mi cuerpo fuera profanado por la vacuna coronavírica. Debo confesar, no sin rubor, que al día siguiente de escribirlo fui vacunado con la única dosis que tenía el modelo de vacuna que me tocó en suerte ( o en mala suerte, que todavía no lo sé). O sea que ya estoy vacunado, con la pauta completa, tal y como se dice en la «jergaza» mediática con la que nos bombardean a diario. Ciertamente lo de la vacuna completa es en realidad una ilusión, puesto que ya están lanzando la idea de que va a ser necesaria otra dosis, que será la segunda, la tercera, la cuarta, la enésima. En vez de reconocer que su puñetera vacuna no vale para nada, insisten en su posición de seguir vacunando hasta el infinito, o hasta que se aburran de hacer caja.

     Es aquello de “mantenella y no enmendalla”. Dicen los eruditos que la expresión deriva de las “Mocedades del Cid” de Guillén de Castro en donde un conde que sabedor de que una acusación es falsa, prefiere mantenerla y batirse en duelo antes que pedir perdón y retirar la ofensa. La frase referida ha tenido varias versiones, desde la edad media, como “sostenella  y no enmendalla” o “defendella y no enmendalla” y  desde luego la expresión que he elegido como título de “mantenella y no enmendalla”, la cual es mi favorita por mi devoción a la “Venganza de Don Mendo”, que es de donde me ha llegado a mí. En cualquiera de sus variedades significa lo mismo, la persistencia consciente en el error, en mantener el camino equivocado, aún en contra de las evidencias. Porque seamos sinceros, las vacunación universal no está sirviendo para nada, o para muy poco, ya que de hecho siguen existiendo contagios y los fallecimientos por el virus chino.

    Rebobinemos un poco para recordar lo que se nos decía hace apenas unos meses, en el mes de enero, cuando empezaron a bombo y platillo las vacunaciones masivas. Se nos decía que en unos meses se alcanzaría la inmunidad de rebaño y por tanto el final del virus. Que eso ocurriría cuando se alcanzara el 70% de la población. Nuestro infame presidente era uno de los más activos en apuntarse las medallas de la salvación de la humanidad. Pues bien hemos alcanzado esa cifra y continúa habiendo contagios y fallecidos.

     Siempre hay una explicación más o menos lógica que tranquiliza a la población y que hace que no se vea con claridad lo que está ocurriendo. La situación de la actual quinta ola es la misma que la de la cuarta, y de la tercera y las anteriores. Sigue habiendo contagios y fallecidos, pero eso se nos explica por las variantes nuevas del virus (y ello desoyendo al premio Nobel Montagnier que sugiere que al revés de lo que comúnmente se dice, las nuevas variantes son fruto de las vacunas, reacciones del virus frente a la vacunación). Sigue habiendo contagios y muertes, pero es porque los jóvenes no están vacunados y son unos inconscientes que no pueden parar de hacer botellones. Sigue habiendo brotes y fallecidos en las residencias de mayores e incluso de personas ya vacunadas. Pero la culpa es de las patologías previas de los pobres ancianos y además de tres o cuatro auxiliares insolidarios que no quieren vacunarse.

       Esta es otra de las cosas completamente inintenigibles para mí. Parece que hay unanimidad (de momento y hasta nueva orden) con el hecho de que una persona vacunada puede contagiar la enfermedad a terceros. Si es así, es del todo irrelevante que los enfermeros o cuidadores de otras personas estén vacunados o no lo estén. Si contagian lo mismo los no vacunados que los vacunados, no hay argumento lógico para obligar a vacunarse.  No tiene razón alguna la generalizada demonización del no vacunado, como insolidario y mala persona. Sólo corre supuestos riesgos para él mismo,  y en relación  con los terceros es igual que los demás. No tiene sentido, por lo tanto, la vacunación obligatoria, ni el carnet de vacunación, ni otras marcas de legitimidad social que lo único que hacen es recordar el célebre y apocalíptico número de la Bestia marcado en la frente sin el cual nadie puede comprar ni vender, es decir vivir en esta sociedad. No queda demasiado para que la única forma de acreditar nuestra correcta vacunación sea un chip subcutáneo con un código de barras o un código QR. ¿Será este el verdadero propósito de toda esta enorme campaña para la vacunación voluntaria antes de pasar a ser obligatoria?

     Veamos las cosas como son en la realidad y al margen de la propaganda: el proceso de vacunación es un ENORME FRACASO. Lo escribo así con mayúsculas, para realzar la afirmación. Ni las vacunas evitan contagiar a otras personas, ni evitan contagiarse a uno mismo, ni evitan la enfermedad, ni las hospitalizaciones, ni los fallecimientos. ¿Entonces para que c…. sirven? Como queremos agarrarnos a un clavo ardiendo nos creemos a pie juntillas todas las mentiras que cada día nos cuentan. Nos bombardean a todas horas en los telediarios y resto de medios de comunicación con las consignas de que en realidad sí sirven las vacunas, que aunque mueren personas son menos los muertos, que aunque se enferma, es más liviana la enfermedad, que aunque vayas a la UCI, la estancia allí es más confortable gracias a la vacuna. Sólo falta ya que nos convenzan de que la vacuna trae la felicidad. Y el día que eso ocurra lo creeremos. Seremos felices porque así lo dice la televisión y el que lo dude es un negacionista.

     Da igual, no se puede discrepar del brutal “mainstream”, ni siquiera plantearse alguna pregunta que induzca a la duda. Ya no se admite ninguna discrepancia. No entro en la polémica entre afirmacionistas y negacionistas. No me atrevo a afirmar que el virus no existe, ni a negar la utilidad de las mascarillas, ni afirmar ni a negar nada, pero sí soy capaz de observar la realidad y el tratamiento desproporcionado que se da a los discrepantes

          Parece mentira que ante la evidencia no se busque una solución alternativa. Se me ocurre por ejemplo que se pudieran investigar otras terapias curativas, medicinas, tratamientos, etc. Yo  me limito a dudar de la eficacia, por el momento, de las vacunas que nos han suministrado, y a manifestar mi arrepentimiento de haberme vacunado y mi intención de no permitir que me impongan las tropecientas dosis que están preparando con mi nombre. No voluntariamente al menos. Arrepentidos los quiere Dios.

     Y ante la contumacia en el error ya no puedo juzgar que haya buena intención por parte de la autoridad que nos domina. Me viene a la cabeza la frase atribuida a Séneca, errare humanum est, perseverare autem diabolicum, et tertia non datur.

¿CUANDO SE JODIÓ EL PERÚ?

Cuando yo era pequeño tenía gran predilección por los cuentos de un simpático personaje llamado “Tiro Loco Mcgraw”, que era un salado caballito que siempre llevaba un enorme sombrero. Ahora lo recuerdo cada vez que veo al flamante presidente que se han procurado los peruanos. Aunque este último no tenga nada de simpático ni de salado. Sólo tienen en común el sombrero, que en el caso del peruano es desproporcionadamente grande para un cabeza que alberga un caletre tan reducido. Este caballerete, cuya elección ha sido más que sospechosa, parece tener como único propósito en la vida el ofender a otra nación soberana, que por supuesto es España.

      Fue de pésimo gusto, incluso para los republicanos patrios, que en presencia del Jefe del Estado español, que tuvo la cortesía de acudir a su toma de posesión como presidente, echara pestes gitanas de la nación del invitado, y que se refiriera en presencia de nuestro Rey Felipe VI, de manera despectiva a los nativos que preferían como Emperador a Carlos V frente a Atahualpa, como los “felipillos”, término que al día de hoy sirve para tildar a todo aquel que se aparta de la ortodoxia comunista-indigenista. Incluso aunque pensara, como de hecho piensa, que todos los males del Perú son culpa de los españoles, existe algo que se llama educación y hospitalidad, que debería haber servido de freno a su incontinencia verbal.

      Se preguntaba Zabalita, personaje de la novela de  Vargas Llosa “Conversaciones en la Catedral”:  ¿En qué momento se jodió el Perú?.  Es ésta una pregunta que les atormenta por aquellas tierras, porque muchos peruanos tienen la conciencia de haber sido una nación próspera, moderna y avanzada hasta un determinado momento en el que pasaron a ser un país empobrecido y en decadencia. Y desde luego no se remontan a la época prehispánica, de la que apenas tienen memoria más allá de la mera mitología de las nuevas ideologías indigenistas. Y no quieren responder con sinceridad esta pregunta porque tal vez les llevaría a reconocer que la verdadera edad de oro de la zona de América que actualmente constituye la República del Perú, tuvo lugar durante los siglos  XVII y XVIII.

    Aunque, como se diría hoy, es “tendencia” considerar que todo lo negativo que les ocurre a esos países es culpa de haber estado allí los españoles, creo que se debe recordar que al menos hay otra posible visión de las cosas, no tan negativa para la presencia española. Por ejemplo, me viene a la memoria que en el ya lejano 1551 fue fundada en Lima la primera Universidad de América por el Emperador Carlos I. Sí, la primera universidad americana, mucho antes de fundarse Harvard o Yale. Parece que, en contra lo que dice el señor que habita debajo de ese enorme sombrero,  no todos los recursos que se producían allí eran traídos a Europa. De hecho según los historiadores objetivos, sólo el 20 % del oro que salía de las minas, se transportaba a España, el resto se quedaba allí para producir riqueza en la propia zona. Y de hecho la produjo, debido a una organización económica estable y organizada y que contaba con todos, desde luego también con los indígenas, que nunca fueron esclavos, sino que siempre fueron ciudadanos libres. Y que en esas minas cobraban los trabajadores un salario semejante a lo que se pagaba en Europa por esa misma labor.

      A diferencia de lo que se suele argumentar, los españoles no fueron arrasando o avasallando, e imponiendo por la fuerza su cultura. Querían convencer a los lugareños de las bondades de su fe y para enseñarla, lejos de imponer el idioma español, generalmente aprendían y utilizaban para predicar las lenguas locales. Así la primera gramática de la lengua “quechua” se debe al español Fray Diego de Santo Tomás, publicada en Valladolid en 1560, quien por otro lado fue el primero que se doctoró en la Universidad de San Marcos de Lima. En 1579 se fundó en esa Universidad la primera “cátedra General de la lengua de Indios”. De hecho, sólo mucho después de la independencia el español pasó a ser el idioma mayoritario,

      Sé que estos temas suelen incitar a caer en tópicos, en posiciones radicales de blanco o negro, sin admitir una enorme gama de tonalidades grises. Pero defender con argumentos un razonamiento histórico no debe ser considerado nunca como un tópico. Yo estoy de acuerdo en no caer en una visión idealizada de una realidad histórica con claroscuros, pero siempre cambio de que por la otra parte se abandone ese mito indigenista de la existencia de un paraíso anterior a la conquista por el reino de España. El preboste perulero, dijo en su discurso que durante 4500 años vivieron en armonía con la naturaleza, hasta que llegaron los españoles, que lo estropearon todo. Luego recordó que llevan ya doscientos años de independencia, por lo que han podido tener tiempo para recuperarse de sus males, pero eso da igual, la culpa ya para la eternidad la tenemos los españoles. No quiero decir con ello que todo lo hispánico fuera maravilloso. Sólo que debería haber un poco de objetividad en la búsqueda de la verdad histórica, sin prejuicios y con honestidad.

       No sabemos qué hubiera pasado si los castellanos no hubieran cruzado la mar océana con tres destartaladas carabelas. Como tampoco sabemos cómo hubiera sido la historia si los cartagineses hubieran derrotado a los romanos en las guerras púnicas. Puede que sin la existencia de Colón hubiera habido un reino en el Perú de enorme justicia y probidad. O puede que no. Pero sí podemos comparar el comportamiento y el resultado de la acción de otros países europeos con la de la corona española en su forma de atender los territorios de ultramar.  Y creo sinceramente que si yo tuviera que elegir ser conquistado por alguien preferiría a los españoles frente a los anglosajones. Aunque obviamente preferiría no ser conquistado por nadie. Como descendiente de los vettones, reclamo para mí también el derecho de ser indígena, y puede que en tiempos de Viriato me hubiera opuesto a una conquista, pero ante la inevitabilidad de la misma hubiera preferido la conquista por  la civilizada Roma a los bárbaros hunos de Atila.

      Por ello ante estos discursos tan extendidos por gentes con sombreros superlativos y sin sombreros, de aquí y de allí, a veces lamento que en los viajes transoceánicos, no se nos adelantaran los ingleses o franceses y les proporcionaran  a esas tierras del sur del continente, un destino parecido al que proporcionaron a los indios pieles rojas un poco más al Norte. Que   los civilizados ingleses o ilustrados franceses hubieran expulsado a los aimaras o a los quechuas de sus tierras en vez de mestizarse con ellos, que los hubieran encerrado en reservas para conservarlos en alcohol, en vez de preocuparse por la instrucción, por procurarles trabajo y medios de vida como lo hicieron los españoles, por ejemplo en las ejemplares reducciones jesuíticas. Realmente si el trato que hubieran recibido de los españoles hubiera sido el mismo que nuestros vecinos de la civilizada Europa dieron a los indios que se encontraron en su camino, mereceríamos un justo resentimiento.

         Merecerían en Perú a un presidente rubio con apellido anglosajón, en vez de un presidente con unos apellidos netamente castellanos, lo que nos muestra la verdadera realidad del mestizaje. También me gustaría ver alguna vez a un presidente indígena o incluso mestizo en Estados Unidos, o Canadá o Nueva Zelanda o Australia.

UN CHULETÓN POCO HECHO.

 En plena campaña de fomento de la alfalfa como alimento humano iniciada por los otrora políticos comunistas y hoy agentes del globalismo, un ministro ejerciente de florero, se despachó con un alegato contra el consumo de carne natural (aclaro, carne de la de comer, no aquella que junto al demonio y el mundo, completa el trío de los enemigos del alma). Como parece que su alegato fue inoportuno tuvo que salir su superior en jefe para contrarrestar el malestar causado en los productores de material para las albóndigas, y de este modo el augusto presidente se nos apareció en carne mortal y liberado por un rato de sus gafas ray-ban de aviador, nos espetó una frase lapidaria para historia: “un chuletón poco hecho es insuperable”.

      Por un breve momento pensé que realmente hablaba de un filete de lomo o un entrecot, pero pronto caí en la cuenta de que en realidad nuestro ínclito presidente del gobierno hablaba, una vez más, de sí mismo. Para este narciso ególatra no hay nada mejor que él mismo. Y con un lapsus freudiano revelador de su ego infinito le salió del alma lo de elogiar al chuletón poco hecho.

      Creo que debo explicarme, aunque no demasiado.  Decir “Pedro Sánchez chuletón” es una tautología, un epíteto innecesario, que casi cristaliza en sinónimo, y como evidencia irrefutable de ello, me remitiré a sus andares de brazos bamboleantes mientras mira por encima del hombro al resto de los mortales. Y lo de poco hecho, en fin, creo que tampoco requiere mucha explicación. Como ya a estas alturas tampoco cabe duda de lo poco hecha que estuvo por él su tesis doctoral.

    Y demuestra nuestro chuletón que está poco hecho para ocupar el cargo que ocupa,  cada vez que lo sacas del barrio y se pasea por cualesquiera foros internacionales, donde suele hacer el ridículo de forma contumaz, aunque nunca con tanta crudeza como en los inenarrables veintinueve segundos en los que se cosió al brazo del Presidente useño para recorrer un pasillo, sin que éste le hiciera ni caso. Vamos que según hemos sabido, no llegó a saber quien era ese señor que le acompañaba, y que no conseguía quitarse de su vera. En esos escasos segundos se transmutó de chuletón en paletilla, o como mucho en filete empanado. Nada provoca tanta vergüenza ajena como observar a un chuleta de barrio en una fiesta de la alta sociedad. Y podría llegar a resultar enternecedor si no fuera porque vuelve a recuperar toda su chulería y prepotencia en cuanto regresa al barrio.

     Nuestro chuletón particular está ahora demostrando su falta de hechuras por Estados Unidos. Donde a falta de otras virtudes la prensa alaba su palmito de galán tipo latin lover y lo califican como «hot president» ¿Qué diríamos si tuviéramos una presidenta y allí donde fuera sólo se alabara su belleza? Pues según parece, nuestro narciso y poco hecho presidente, está encantado con tanta admiración hacia su persona, y que le regalen los oídos diciéndole aquello de que es la versión española de Kennedy o un sosias de superman.

Pero sorprendentemente, en este viaje internacional, no lo recibe ninguna autoridad política del país visitado, ni el Presidente de los Estados Unidos, que es de su cuerda ideológica y con el que le une una duradera amistad eterna de veintinueve segundos. Ni siquiera le recibe el alcalde de Nueva York. Por el contrario, en su agenda sí están reuniones con Blackrock,  Goldman Sachs, JP Morgan,  con Soros Fund Management, con Netflix… es decir con sus verdaderos amos, los que mueven los hilos del globalismo y controlan financiera e ideológicamente al planeta.

       A nuestro chuletón le pagamos el viaje todos los españoles, pero el dinero público debería servir para realizar un viaje en interés del estado, del pueblo o de la nación española. Pero no, la realidad es que esta tournée de nuestro divo poco hecho, pero con enorme guarnición, es para rendir pleitesía a  aquellos para los que trabaja, y que le permiten seguir chuleándonos. Hasta su vicepresidenta segunda, la comunista, le ha afeado que vaya a hacerle el rendibú a los fondos buitre, esos que luego compran a granel las viviendas de España, hurtándole la propiedad a las buenas gentes de clase media.

       Por supuesto, en su ronda americana, no puede menos que hacerle una visita a George Soros. Esa sí que es una relación de verdadero amor,  y no hay más que recordar que fue este último la primera persona que recibió en la Moncloa, nada más tomar posesión el chuletón de su cargo de Presidente. Y tampoco convendría olvidar que el mega fondo Blackrock es actualmente el mayor accionista de El País, periódico que ha vuelto con auténtica devoción al entusiasmo gubernamental.

       No quiero extenderme, pero creo que a partir de ahora, cuando pida un chuletón en un restaurante, y aunque la carne me gusta casi cruda, para evitarme evocaciones desagradables, le diré al camarero: “tráigamelo muy hecho, si es posible chamuscado, carbonizado, pulverizado “… , o mejor me pido un rabo de toro, que es más castizo.

CASTELVINES Y MONTESES

 Hace unos  días disfruté en el teatro de la Comedia de Madrid, viendo la obra de Lope de Vega “Castelvines y Monteses”. Francamente no conocía esta obra, que es la versión española de la historia de los amantes de Verona que fue versionada por otros autores, siendo la más conocida la de “Romeo y Julieta”. No es por tanto una sorpresa el argumento de la obra, cuyo planteamiento es una rivalidad entre dos familias poderosas y fuertemente enemistadas entre sí y  un joven y una joven que se enamoran superando las barreras impuestas por sus respectivas familias. El desenlace es una tragedia en el autor inglés y un “happy end” en la versión de Lope de Vega, en el que los dos enamorados terminan felizmente casados.

   El montaje de la obra realizada por la Compañía de Teatro Clásico es más que aceptable. Esta vez con el dinero público han acertado a hacer una  correcta actualización de la obra original, conservando el verso original y el argumento, pero entremezclándolo con lo que podríamos decir una comedia musical donde la música italiana, desde Modénico Modugno a Batiatto, sirven de excusa para interludios  musicales deliciosos. El resultado es una obra total, nacida de la simbiosis de un texto de Lope  y un musical de la Gran Vía. 

    Es inevitable decir que la obra de Lope es la versión española de “Romeo y Julieta”, pero ello es bastante injusto, porque una y otra son recreaciones otras obras anteriores con el mismo argumento sobre los amantes de Verona. Al menos tres o cuatro versiones anteriores se tienen identificadas en el siglo XVI en Italia, de donde ambas tomaron el argumento.

    Sí que debo agradecer a Elvira Roca, aparte de mi devoción por sus planteamientos históricos sobre España y la leyenda Negra, el dato de que en la Divina Comedia de Dante aparecen mencionados en uno de los tercetos los Capuletos y los Montescos, (Cappelletti y Montecchi, en la versión original) casi doscientos años antes de la obra de Shakespeare. Y aparecen citados como dos familias rivales y enfrentadas por su respectiva condición de güelfa y de gibelina. Es decir cuando en las obras literarias se toman esos dos nombres de familias nos quieren indicar que el enfrentamiento entre ellas no era por unas ofensas personales entre ellas o rivalidades sociales  (que seguramente también), sino que la enemistad era por una discrepancia ideológica o política. Eran los abanderados de dos facciones políticas o partidos. Y ello nos acerca enormemente el tema a la actualidad, donde el encono social más remarcado lo vemos en las trincheras ideológicas en las que se divide nuestra sociedad.

     No soy un gran conocedor de Shakespeare, autor al que he leído algo y visto representadas muchas de sus obras, pero casi nunca lo he comprendido del todo. Lo cual es desde luego defecto mío y lo asumo.  Siempre me ha parecido, sin negarle ningún mérito, que con él se produce un punto de exaltación excesiva de la cultura anglosajona, que hipervaloran en el canon occidental a este autor, mientras se minusvaloran a otros, por ejemplo, al citado Lope o a Calderón.

    En todo caso siempre he sentido cierta curiosidad por lo enigmático de su personalidad y reconozco el impacto que sufrí cuando, gracias también a Elvira Roca, tuve noticia del hecho de que Shakespeare era católico, o por mejor decirlo criptocatólico, en una sociedad anglicana, que en perseguía con saña a los papistas. Y que este hecho, realmente sabido desde hace tiempo, se ha ocultado cuidadosamente por la cultura oficial británica.  Según estos recientes descubrimientos toda su obra está teñida de un catolicismo oculto.

      Esta visión nos puede dar una nueva perspectiva  de la intención que pudo tener al escribir Romeo y Julieta, y que tal vez Shakespeare pretendía, contando una historia de un país lejano, reflejar un problema terriblemente contemporáneo para él como era la enorme polarización de la sociedad en que vivía, inmersa en una cruel lucha de religión entre anglicanos y católicos. Si se mira bien hay una cierta identidad,  por un lado entre gibelinos y anglicanos, partidarios ambos de la supremacía del poder temporal sobre el religioso, y por otro lado entre católicos y güelfos, que defendían la supremacía del poder religioso, es decir el poder del Papa de Roma sobre el Imperio.

      Si se acepta este planteamiento habría que suponer que Shakespeare, como Dante, sería descaradamente güelfo, pero a pesar de ello no toma partido abiertamente por uno de los bandos en su obra. Por el contrario se limita a plantear la cuestión de la esterilidad del enfrentamiento entre bandos irreconciliables en una sociedad concreta,  en el que se llega a hacer necesaria la muerte de los amantes para que los rivales políticos se reconcilien. Desde este punto de vista tanto Romeo y Julieta como la versión española de Castelvines y Monteses comparten un final feliz, ya que en ambos casos se obtiene al final la reconciliación de las dos familias y por tanto se consigue un bien superior como es la armonía social, la superación de las trincheras, aunque para ello haya que pagar un tributo de sangre por alcanzar un fin superior. Por otro lado el hecho de que se reconcilien las dos familias finalmente no supone que dejen de ser güelfos y gibelinos, ni que acuerden una posición intermedia, hoy diríamos transversal, sino que sin olvidar sus planteamientos los unos comprenden a los otros y deciden respetarse y convivir.

        Esta polarización o división es casi una constante en todas las épocas y sociedades, si bien en cada momento histórico se reviste de unos colores y banderas concretas y sube y baja en intensidad según el poder que pueda alcanzar alguna de las facciones enfrentadas.  Unas veces son güelfos y gibelinos, otras anglicanos y católicos, o albistas y ebolistas en la época de juventud de Lope de Vega. Hoy son las derechas y las izquierdas las que enarbolan sus respectivas banderas que se retroalimentan con la demonización del contrario. Quisiera sacar una moraleja y pensar que no sea necesario que tengan que volver a morir Romeo y Julieta para conseguir una reconciliación en la sociedad. Pero lo veo difícil.

En un barrio de Nueva York

 Hoy viernes del mes de junio, sin pensarlo demasiado ha tocado ir al cine y como por casualidad he entrado en una película que casualmente se estrenaba hoy en España y de  la que no había oído hablar en absoluto, por lo que su elección ha sido totalmente por azar. Dejaré para otro momento la extraña sensación de estar en unas enormes instalaciones de cine prácticamente vacías y la sala enorme solamente ocupada por seis personas. Realmente el tiempo va pasando y a veces me pregunto si algo volverá a ser como antes de la llegada del maldito virus chino.

   La película lleva por título en español “En un barrio de Nueva York” , (In the Heights, en original) y debo reconocer que me ha producido sensaciones extrañas. Vaya por delante que me ha parecido una buena película, dentro del género musical y de comedia romántica, porque es alegre, entretenida y dinámica y te atrapa durante las dos horas largas que dura. Trata de la vida de un barrio de Nueva York, el Heights, en el Bronx, donde reinan los latinos, donde viven, sueñan, cantan, bailan, se enamoran y mueren. Y lo hacen entremezclando el inglés y el español, reivindicando su mundo, su orgullo latino. Tiene algunas escenas de verdadera reivindicación de lo que se podría denominar lo latino, incluyendo dentro de este vago concepto a las personas procedentes de  Puerto Rico, Cuba y la República Dominicana, pero también México, Venezuela, Chile e incluso Brasil. Una película en las que ellos y ellas son guapos, son felices dentro de sus limitaciones y cantan y bailan, ríen, aman y viven con alegría. Rezuma optimismo y tiene momentos a mi juicio verdaderamente deliciosos, una especie de versión latina de “lalaland”, con algo que incluso le falta a ésta, como es un final feliz.

        Pero debo confesar, que pese a estas bondades, salí con un sentimiento agridulce del cine. Y es porque en ese vendaval de reivindicación latina, (me gustaría más decir hispana, aunque no sé si procede), me siento un poco preterido. Tengo una extraña sensación de sentir que son algo cercano a mí, gente que siento como «mi gente», que habla español, que procede de países que formaban parte de España hace poco más de cien años, pero a la vez que no quieren saber nada de mí como español, que rechazan toda conexión y que buscan una identidad propia y diferente. Siento que tengo una cercanía especial con esas personas y algo me impele a sentirme cercano a ellos, lo que no me ocurre por ejemplo con los inuits o los apaches, a los que respeto pero me son totalmente desconocidos y ajenos. Pero a la vez siento que no soy admitido en ese club, que no pinto nada allí como español.

       Realmente en la película al reivindicar “lo latino”, se da por hecho la existencia de ese concepto, que tiene que surgir necesariamente por una conexión entre personas que asumen esa identidad, y que tienen diferentes orígenes, que proceden de varios puntos de América. Esa no es una identidad racial ya que dentro los latinos los hay de raza negra, mulatos, mestizos, blancos  y de varias procedencias indígenas. Hay algo que les une, pero no quieren reconocer lo que realmente les aporta esa unidad. De manera deliberada se quiere obviar cual es esa conexión. Buscan una identidad nueva, no en el  pasado, sino en el actual desprecio que reciben de la sociedad americana de origen anglosajón. No digo que eso no exista, pero el desprecio de los supremacistas wasp y asimilados lo comparten con otras minorías raciales, con los que sin embargo no se identifican del todo.

       Y aunque lo saben,  quieren olvidar los verdaderos vínculos que hacen que, aún siendo de zonas geográficas muy alejadas, tienen un poso de identidad común. Y en mi opinión lo que tienen en común son al menos tres cosas que no pueden negar: la lengua española, la religión católica y el hecho de proceder de países de cultura española, es decir países que entraron en la modernidad modelados por instituciones y patrones políticos y éticos generados en España y exportados a esos países, en los que posteriormente evolucionaron de maneras dispares. Los tres elementos se entremezclan, de manera que por ejemplo la ética católica, a diferente de la protestante, genera modelos alejados de los estrictos puritanismos protestantes, menos utilitaristas y mercantilistas, y por tanto más disfrutadores de la vida, de la música, del baile,  que a su vez se convierte en una suerte de elemento común de identidad.

       Y para su mala suerte, su pasado común hispánico, les hace padecer un elemento extra de victimización social. Si tuvieran poco con ser no blancos, no angloparlantes, extranjeros, y generalmente pobres, tienen además que sufrir el desprecio secular de los pueblos de norte de Europa sobre los del Sur, que se traslada intacto al nuevo continente

       En la película de manera muy significativa no se cita a España ni una sola vez, salvo tal vez una breve alusión despectiva a los conquistadores. Pareciera que el idioma que hablan procede de unos habitantes del Mato Groso. También de manera significativa no hay una sola alusión a la religión católica, ni por ejemplo a la Virgen de la Caridad del Cobre o de Altagracia, a los que tan devotos los cubanos exiliados o dominicanos. Solamente queda el uso de la lengua española como identidad común de todos los latinos, pero incluso ésta aparece de manera claudicante y casi vergonzante frente al inglés.

      Lo cierto es que con los latinos que viven en Estados Unidos, tengo un poco de sensación de amor no correspondido. Me  gustaría que España fuera más reconocida, menos despreciada y olvidada por aquellos que considero en el fondo mis hermanos del otro lado del Atlántico. Me gustaría poder decir con acento ligeramente caribeño, suavizando la dureza del español de Castilla: “hermano,  me gustaría que nos conociéramos mejor”. Pero las cosas no van por buen camino, aspiran a integrarse en la sociedad norteamericana y con ello asumir sus valores anglosajones dominantes, en vez de reivindicar los suyos y hacerlos respetar.

    Sé que es predicar el desierto. La leyenda Negra sigue tan viva como en los tiempos del Padre Lascasas, y se regenera continuamente, últimamente revitalizada por todos los movimientos indigenistas, que sólo quieren ver lo negativo de la aportación española y resuelven todas sus frustraciones buscando un enemigo inexistente en el pasado, culpándole de todos sus males, en vez afrontar la realidad de quienes son sus actuales opresores que no son otros que los imperialismos devastadores de culturas que arrasan con su globalismo cualquier vestigio de diversidad.

CALLE ARENAL.

Llegó la primavera, que está a punto de concluir, y Madrid como cada año resplandeció por unos días con el espectáculo de los perales de flor que como novedad ha extendido por algunas calles y plazas nuestro Ayuntamiento. Uno de los lugares de mayor intensidad floral y se concentra en la plaza de la Ópera y la calle del Arenal. Es reconfortante pensar que algunas veces nuestros rectores aciertan, y en lo que se daba en llamar el ornato público es en lo que han tenido en general más acierto en nuestros pueblos y ciudades. Casi todas han regenerado al menos las zonas centrales, los cascos históricos, y muchas ciudades, la mayoría, resplandecen en sus núcleos esenciales, cada una en la medida de sus posibilidades. Eso sí, no en todos los pueblos consiguen que esos lavados de cara no ocasionen una despersonalización de la ciudad, una pérdida artificial del natural devenir vital de una sociedad. Se hiperprotegen los centros, que son la imagen icónica de las ciudades, y dan una visión bonita a los visitantes, pero en muchas ocasiones se hacen imposibles de vivir. Dejan de ser barrios, donde puedes comprar el pan o sentarte en un banco, para convertirse en centros comerciales al aire libre o museos para turistas.

    Si a uno le montasen en un helicóptero y con los ojos cerrados le depositaran en una calle peatonal  de cualquier ciudad de España (y casi del mundo), no conseguiría identificar el lugar, ya que con toda probabilidad sus únicas referencias visuales serían carteles de Zara, Starbucks, McDonalds, HM, y otras tantas de la misma ralea. Se vuelven calles clónicas unas de otras, casi intercambiables entre sí. La globalización impone una despersonalización de nuestras calles, una uniformidad que solo genera tristeza.

    Si acabo de alabar la belleza de una calle como la de Arenal de Madrid, en esa época primaveral, al mismo tiempo tengo que poner énfasis en su absoluto declive. Esta misma tarde he comprobado como un hombre de edad avanzada miraba atónito, casi con lágrimas en los ojos y sin poder creerlo a juzgar por su cara de desconcierto y sorpresa, el cierre de un establecimiento clásico de la misma como era la mantequería Ferpal,  que hace unos días cerró para siempre, y que con toda seguridad cederá su espacio a cualquier desangelada franquicia. Los que tenemos cierta edad, recordamos la rivalidad entre esta mantequería y otra no muy lejos en la plaza del Callao, que competían por tener la supremacía en los sándwiches de esta ciudad. Yo tenía muy claro que prefería el de ensaladilla de Rodilla y el vegetal del Ferpal (estaban predestinados para mantener la rima consonante). Todavía hace una semana pude tomar mi último sándwich allí antes de que echara el cierre definitivo. Rodilla hace ya muchos años vendió su alma al diablo y se convirtió en una más de las surtidoras de comida despersonalizada.

    Pero la lista de bajas históricas en la misma calle ha sido muy intensa en el último año. Cayó la librería de arte religioso Palomeque, ante cuyos escaparates siempre me quedaba embobado con la abigarrada multitud de imágenes de santos y reproducciones de vírgenes románicas. Descanse en paz. Hoy es una charcutería para turistas patrocinada por la Junta de Extremadura sin gracia ninguna.

    Especialmente dolorosa para mí fue la pérdida de “La Madrileña”, donde se hacía las más entrañables y mejores salchichas alemanas que he comido nunca, tanto las de Frankfort como las blancas tipo bratwurst.  Por no hablar del inimitable Leberwurst. Y todo ello en una tienda en que tenías gratuitamente el espectáculo de ver que tu pedido se embarcaba en una gaveta que por medio de un ingenioso sistema de desplazamiento horizontal, como si fuera una montaña rusa, que acababa aterrizando junto a la caja registradora donde se pagaba la adquisición. Era una tienda única, que no podrías encontrar en Lisboa o en Barcelona. Hoy creo que es una tienda de lencería femenina, cuyo nombre me niego a promocionar. Lo siento pero no hay deshabillé por sugerente que sea que me pueda emocionar más que esas salchichas que casi una vez por semana compraba mi madre y cuyo sabor se ha perdido para siempre.

La lista de bajas sería interminable, podría incluir la centenaria farmacia “Gayoso”,  el cercano Real cinema, donde vi la primera entrega de la Guerra de las Galaxias o  el Teatro Eslava, donde recuerdo haber visto una de las últimas obras allí estrenadas, “Así que pasen cinco años” de Lorca. Corría el año 1978, yo tenía 14, y sólo recuerdo de esa obra que no entendí absolutamente nada.

Gracias a Dios que nos queda el puesto de libros del pasadizo que termina en una chocolatería que resiste el paso del tiempo  y junto a él,  la hermosa Iglesia de San Ginés, con su curioso cocodrilo disecado, donde se evoca en su puerta a Lope de Vega, por haberse casado allí, a Quevedo, por ser el lugar de su bautismo y a Tomás Luis de Victoria, por otro evento que no recuerdo en este momento.  

  En realidad debo admitir que este planto por las tiendas de toda la vida, no es más que una nostalgia viejuna de quien no se resigna a los cambios, que son en todo momento inevitables, ya que las tiendas, como los teatros nacen, mueren y finalmente se transforman en discotecas o almacenes de ropa barata sueca. Y las ciudades inevitablemente se visten según la moda de los tiempos. Todos los establecimientos cuyo cierre lamento fueron en su momento una novedad que seguramente desplazó a otros  cuyo cierre provocó en alguien algún lamento también. Y por ello tengo claro que, aunque me genere melancolía la pérdida de referentes de mi vida, la queja no es esa.  Me fastidia que esta calle, como tantas otras de Madrid y de otras ciudades, se desnude de una ropa personal, diferente y como si dijéramos hecha a medida, y se vista con un traje uniformado, tan  anodino y tan poco interesante que consigue que una de las calles con más solera de la ciudad sea indistiguible de un centro comercial de la periferia y de otra muchas calles de otras muchas ciudades.

Hoy que hay una tan potente conciencia ecológica podría extenderse el proteccionismo a comercios y establecimientos en peligro de extinción, conservando como si fuera un cuclillo o un alimoche, la mercería de toda la vida, la tasca donde ponen vermú de grifo o el ultramarinos con olor a bacalao y papel de estraza.