En un barrio de Nueva York

 Hoy viernes del mes de junio, sin pensarlo demasiado ha tocado ir al cine y como por casualidad he entrado en una película que casualmente se estrenaba hoy en España y de  la que no había oído hablar en absoluto, por lo que su elección ha sido totalmente por azar. Dejaré para otro momento la extraña sensación de estar en unas enormes instalaciones de cine prácticamente vacías y la sala enorme solamente ocupada por seis personas. Realmente el tiempo va pasando y a veces me pregunto si algo volverá a ser como antes de la llegada del maldito virus chino.

   La película lleva por título en español “En un barrio de Nueva York” , (In the Heights, en original) y debo reconocer que me ha producido sensaciones extrañas. Vaya por delante que me ha parecido una buena película, dentro del género musical y de comedia romántica, porque es alegre, entretenida y dinámica y te atrapa durante las dos horas largas que dura. Trata de la vida de un barrio de Nueva York, el Heights, en el Bronx, donde reinan los latinos, donde viven, sueñan, cantan, bailan, se enamoran y mueren. Y lo hacen entremezclando el inglés y el español, reivindicando su mundo, su orgullo latino. Tiene algunas escenas de verdadera reivindicación de lo que se podría denominar lo latino, incluyendo dentro de este vago concepto a las personas procedentes de  Puerto Rico, Cuba y la República Dominicana, pero también México, Venezuela, Chile e incluso Brasil. Una película en las que ellos y ellas son guapos, son felices dentro de sus limitaciones y cantan y bailan, ríen, aman y viven con alegría. Rezuma optimismo y tiene momentos a mi juicio verdaderamente deliciosos, una especie de versión latina de “lalaland”, con algo que incluso le falta a ésta, como es un final feliz.

        Pero debo confesar, que pese a estas bondades, salí con un sentimiento agridulce del cine. Y es porque en ese vendaval de reivindicación latina, (me gustaría más decir hispana, aunque no sé si procede), me siento un poco preterido. Tengo una extraña sensación de sentir que son algo cercano a mí, gente que siento como «mi gente», que habla español, que procede de países que formaban parte de España hace poco más de cien años, pero a la vez que no quieren saber nada de mí como español, que rechazan toda conexión y que buscan una identidad propia y diferente. Siento que tengo una cercanía especial con esas personas y algo me impele a sentirme cercano a ellos, lo que no me ocurre por ejemplo con los inuits o los apaches, a los que respeto pero me son totalmente desconocidos y ajenos. Pero a la vez siento que no soy admitido en ese club, que no pinto nada allí como español.

       Realmente en la película al reivindicar “lo latino”, se da por hecho la existencia de ese concepto, que tiene que surgir necesariamente por una conexión entre personas que asumen esa identidad, y que tienen diferentes orígenes, que proceden de varios puntos de América. Esa no es una identidad racial ya que dentro los latinos los hay de raza negra, mulatos, mestizos, blancos  y de varias procedencias indígenas. Hay algo que les une, pero no quieren reconocer lo que realmente les aporta esa unidad. De manera deliberada se quiere obviar cual es esa conexión. Buscan una identidad nueva, no en el  pasado, sino en el actual desprecio que reciben de la sociedad americana de origen anglosajón. No digo que eso no exista, pero el desprecio de los supremacistas wasp y asimilados lo comparten con otras minorías raciales, con los que sin embargo no se identifican del todo.

       Y aunque lo saben,  quieren olvidar los verdaderos vínculos que hacen que, aún siendo de zonas geográficas muy alejadas, tienen un poso de identidad común. Y en mi opinión lo que tienen en común son al menos tres cosas que no pueden negar: la lengua española, la religión católica y el hecho de proceder de países de cultura española, es decir países que entraron en la modernidad modelados por instituciones y patrones políticos y éticos generados en España y exportados a esos países, en los que posteriormente evolucionaron de maneras dispares. Los tres elementos se entremezclan, de manera que por ejemplo la ética católica, a diferente de la protestante, genera modelos alejados de los estrictos puritanismos protestantes, menos utilitaristas y mercantilistas, y por tanto más disfrutadores de la vida, de la música, del baile,  que a su vez se convierte en una suerte de elemento común de identidad.

       Y para su mala suerte, su pasado común hispánico, les hace padecer un elemento extra de victimización social. Si tuvieran poco con ser no blancos, no angloparlantes, extranjeros, y generalmente pobres, tienen además que sufrir el desprecio secular de los pueblos de norte de Europa sobre los del Sur, que se traslada intacto al nuevo continente

       En la película de manera muy significativa no se cita a España ni una sola vez, salvo tal vez una breve alusión despectiva a los conquistadores. Pareciera que el idioma que hablan procede de unos habitantes del Mato Groso. También de manera significativa no hay una sola alusión a la religión católica, ni por ejemplo a la Virgen de la Caridad del Cobre o de Altagracia, a los que tan devotos los cubanos exiliados o dominicanos. Solamente queda el uso de la lengua española como identidad común de todos los latinos, pero incluso ésta aparece de manera claudicante y casi vergonzante frente al inglés.

      Lo cierto es que con los latinos que viven en Estados Unidos, tengo un poco de sensación de amor no correspondido. Me  gustaría que España fuera más reconocida, menos despreciada y olvidada por aquellos que considero en el fondo mis hermanos del otro lado del Atlántico. Me gustaría poder decir con acento ligeramente caribeño, suavizando la dureza del español de Castilla: “hermano,  me gustaría que nos conociéramos mejor”. Pero las cosas no van por buen camino, aspiran a integrarse en la sociedad norteamericana y con ello asumir sus valores anglosajones dominantes, en vez de reivindicar los suyos y hacerlos respetar.

    Sé que es predicar el desierto. La leyenda Negra sigue tan viva como en los tiempos del Padre Lascasas, y se regenera continuamente, últimamente revitalizada por todos los movimientos indigenistas, que sólo quieren ver lo negativo de la aportación española y resuelven todas sus frustraciones buscando un enemigo inexistente en el pasado, culpándole de todos sus males, en vez afrontar la realidad de quienes son sus actuales opresores que no son otros que los imperialismos devastadores de culturas que arrasan con su globalismo cualquier vestigio de diversidad.

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