FRIGILIANA / BOBASTRO

 Termina el verano. Avanzo por el vendimiario que en mi caso particular me trae cada año una cosecha de años. Cumplo en este mes de septiembre religiosamente un año más en mi aburrida historia. Y lo de religiosamente lo digo con perdón de los tiempos que corren. Más me valdría decir laicamente, en esta época en que la religión ha desaparecido totalmente de la vida, y sólo queda ese simulacro de Ong en que se ha convertido la Iglesia Católica con su descreído pastor al frente.

     El verano, como cada año, ha sido un periodo de relajo que permite viajar y cambiar los hábitos cotidianos. Puesto que seguimos bajo el impacto del virus chino, he considerado lo más recomendable no salir de la patria para no enfrentarme a una colección de requisitos administrativos con los que te reciben por doquier, tales como certificados, pruebas de salubridad, aislamientos y cuarentenas. No me seduce la idea de ser tratado como un apestado en un aeropuerto de cualquier ciudad del planeta, añadiendo un grado superior de intensidad a la angustia que de por sí ya me causan los aeropuertos.

    Por ello este año, como el anterior, tocó recorrer la geografía nacional, que por otro lado es para mí una gran desconocida y no deja de sorprenderme en cada uno de sus rincones. Si el año pasado visité una parte de Galicia, este año como para compensar, he acudido al Este de Andalucía. Y no me arrepiento, aunque suene a tópico turístico, no me canso de recorrer Andalucía por cualquiera de sus territorios. Es una tierra especialmente amable y bonita, que lo ha sido siempre, pero en los últimos tiempos se ha de añadir a sus cualidades la de ser próspera y cuidada.

    Sólo hay una cosa que no soporto demasiado bien de esas tierras y es su vocación “islamizante”,  la tendencia a resaltar, destacar y promocionar todo lo que tenga que ver con la cultura islámica y a potenciar la arquitectura y diseño que evoque al pasado muslim. Por no hablar del culto al notario nacionalista Blas Infante quien, como masón reconocido, supo identificar que la forma de atacar la civilización cristiana es favoreciendo a sus enemigos. Y por ello, al margen de que se acabara convirtiendo o no al Islam, se dedicó toda su vida a fomentar todo lo musulmán, a identificar Andalucía con cultura árabe. Y ello no por convicción religiosa, sino únicamente como elemento disgregador, como estrategia de disolución de la tradición dominante. Esto creó escuela y sigue ocurriendo en la actualidad y no sólo en Andalucía. Hoy en determinados ambientes intelectuales y políticos es una constante el favorecer a las minorías musulmanas para atacar el monopolio religioso del cristianismo, sin apreciar el riesgo de que con tanto favor lleguen a imponer una intolerancia muy superior a la que se pretende atacar.

     Es muy recurrente por el Este de Andalucía, en la zona de las Alpujarras y de la Axarquía, la rememoración de los moriscos, su revuelta y expulsión. En general esta expulsión se suele presentar como un acto de barbarie y como un gesto de la intolerancia religiosa de los reyes españoles actuando al abrigo del fanatismo y a las órdenes de la Inquisición. Si reflexiono sobre esto es porque en mi recorrido por Andalucía las guías turísticas me llevaron hasta Frigiliana, bellísimo pueblo de Málaga, muy cerca de Nerja, en el que por sus calles enrevesadas, empinadas y blanquísimas unos azulejos colocados en las fachadas te van narrando la peripecia de la rebelión morisca y musulmana contra Felipe II, que tuvo en ese pueblo una de sus escaramuzas más importantes. En sus escarpadas callejuelas al abrigo de unas inaccesibles laderas se refugiaron y encastillaron los rebeldes moriscos, alzados contra la corona en la segunda mitad del Siglo XVI, y allí tuvo que emplearse a fondo lo más granado del ejército real al mando de Don Luis Requesens, quien, tras sofocar con gran esfuerzo la revuelta de los moriscos en Frigiliana, se embarcó hacia Lepanto para formar parte de la “más alta ocasión que vieron los siglos”.

      La expulsión de los moriscos fue en su momento un tema controvertido, pero sólo una simplificación puede presentarla como un simple acto de intolerancia religiosa. Los moriscos durante todo el siglo XVI se habían convertido en una enorme molestia para el orden social de la época. Por supuesto no en todos los sitios, ya que en muchas zonas la convivencia era pacífica, como en Hornachos en Badajoz, Ricote en Murcia y tantos otros. Pero no en todas partes era así. En particular en la zona del antiguo reino de Granada el poder y extensión de los moriscos era una molestia continua y más que eso una amenaza directa al poder político más que al religioso. Habría que trasladarse a esa época para saber valorar el poder del Turco y en general todos los esbirros musulmanes de la Sublime Puerta por el Mediterráneo que era un mar infestado de piratas berberiscos y argelinos. La sombra de una invasión norteafricana de la costa española era continua y los moriscos eran unos decididos partidarios de dicha invasión para entregar el poder a sus correligionarios mahometanos. En resumen, los moriscos eran una “quinta columna” de un poder extranjero poderosísimo y muy hostil, que comprometía la unidad del reino. Todo ello lo tenía claro el Duque de Lerma al convencer a Felipe III de la necesidad de adoptar la tajante medida de la expulsión.

    Sea como fuera es muy frecuente hoy en día contraponer la tolerancia del Islam frente a la intolerancia de los reyes cristianos. Se tiende a pintar por muchos la Andalucía musulmana como una sociedad idílica, llena de armonía, cultura elevada y con una convivencia social y religiosa inmejorable. Nada más lejos de la realidad. En los últimos tiempos muchos historiadores (Serafín Fanjul, Darío Fernández-Morera, Felipe Maíllo y tantos otros,) con rigurosos estudios han ido poniendo las cosas en su sitio y desmontando el mito del paraíso andalusí. Y para aportarme una prueba sobre el terreno de que no todo fue armonía en los tiempos de la dominación árabe en Andalucía, el azar me llevó a Bobastro.

      Hoy Bobastro es un lugar abandonado en medio del campo, ocultado por la naturaleza que lo ha ido borrando bajo un manto de encinas, zarzas y lentiscos, en la ladera de una montaña de vistas impresionantes no lejos del imponente desfiladero de los Gaitanes, hoy recorrido  por la bonita y entretenida ruta pedestre conocida como “El Caminito del Rey”, muy recomendable para desentumecerse de las tensiones de la ciudad.

En las ruinas de Bobastro a las que hay que acceder entre maleza y piedras, quedan restos de una impresionante iglesia troglodita moldeada en la peña y muy poco más que sea visible. Por lo demás queda solamente la memoria desdibujada, por ser hoy poco políticamente correcta, de Omar ben Hafsún, quien murió en esta desaparecida ciudad, ya con el nombre cristiano de Samuel en el año 918. Omar/Samuel fue un descendiente de cristianos visigodos, convertidos al Islam posiblemente de manera falsa, que tras numerosas peripecias de persecuciones políticas se levantó frente al poder de los todopoderosos califas Omeyas y controló bajo su mando un enorme territorio que hoy abarcaría las provincias de Granada, Málaga  y parte de la de Córdoba. El poder que consiguió ostentar ben Hafsún provocó la furia de Abderramán III, quien envío a lo mejor de su ejército al aplastamiento de la rebelión y terminó con la destrucción de Bobastro, donde se había hecho fuerte Omar y su ejército de cristianos (mozárabes, muladíes) que pretendían la creación de un reino cristiano desgajado del califato de Córdoba.

        

La vida y peripecia del heroico caudillo Omar/Samuel  ben Hafsún y de Bobastro daría para una buena novela o una magnífica película, que sin duda existiría si este país fuera otro menos acomplejado con su pasado.

imagen de la Iglesia troglodita de Bobastro.

   Omar Ben Hafsún, después de vivir como un criptocristiano, decidió por fin «salir del armario» musulmán y abrazar abiertamente el cristianismo junto con su esposa Columba y construir varias iglesias en su ciudadela de Bobastro, de las que de una de ellas todavía hoy se conservan unos restos espectaculares labrados en la peña. Los cristianos rebeldes fueron derrotados y la ciudad destruida y arrasada para siempre. Samuel murió defendiendo la plaza en la fe de Cristo y su hija Argéntea llegó a ser santa de la Iglesia, mérito que alcanzó gracias al martirio que sufrió en Córdoba por no renunciar a su fe, a manos de los muy tolerantes Omeyas que antes de quitarle la vida le cortaron la lengua y le dieron mil latigazos por su contumacia cristiana.   

  De todos modos quisiera sacar una moraleja final en este escrito. En Frigiliana, Felipe II, Rey prudente y cristianísimo, defendió su reino ante una amenaza secesionista y posiblemente no era lo más relevante que los alzados fueran musulmanes o cristianos. En Bobastro, de manera semejante, el Gran Califa agareno Abderramán III sofocó y aplastó la revuelta de un caudillo que pretendía crear un reino y un poder escapado a su control, y posiblemente lo de menos es que fueran los rebeldes musulmanes o cristianos. En el fondo los dos casos Frigiliana y Bobastro tienen una gran semejanza y son como el negativo y el positivo de una misma fotografía, que nos demuestra que casi todos los grandes poderes lo son porque se defienden frente a sus enemigos y nada nos dicen sobre la legitimidad, bondad o maldad de esos poderes y sobre la justicia o no de las causas de los rebeldes. Yo desde luego tomo partido desde mi perspectiva presente, y muestro más simpatías por unas y otras causas. Pero sobre todo comprendo que todo poder establecido tiende a aplastar la disidencia y ello aunque se revista con los ropajes actuales de tolerancia y pluralidad. Nada ha cambiado, se sigue aplastando y masacrando al discrepante, pero me quedo con la valentía de Omar/Samuel y como él, tenemos el deber moral levantar miles de ciudadelas para defendernos con uñas y dientes y volver a construirlas cuando previsiblemente sean destruidas y arrasadas.

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