Una pequeña escaramuza.

Hace tiempo que no me acerco al Acantilado. Me pasa a menudo, las tareas y quehaceres me mantienen maniatado a la necesidad. Se impone el vivir al filosofar y a veces la vida es tan exigente que no deja tiempo para sosegarse y escribir. También hay un punto de pereza intelectual. Por razones desconocidas, baja durante un tiempo la necesidad vital de escribir y de exteriorizar ideas, y sube la tentación de la molicie. Son como ritmos, ciclos o cadencias en el discurrir de la existencia, que hace que unas veces predomine la acción, otras la reflexión y otras la mera holganza. No sé si tiene algo que ver con las fases lunares o los biorritmos. No me atrevo teorizar sobre ello y ni siquiera aventurar hipótesis. Pero sí creo que puedo llegar hasta la frontera de afirmar que en mí esos ciclos existen. Períodos en que no sólo pierdo el interés por decir nada, sino que incluso me planteo retrospectivamente y prospectivamente la idoneidad de emplear algún tiempo, por poco que sea, a escribir. Estos períodos de autocuestionamiento y galvana hábilmente entremezclados, al menos para mí, son incontrolables. Gracias a Dios, no soy un escritor profesional, sino un mero diletante, y por tanto las ausencias no me privan del sustento.

 Creo que no he superado totalmente la fase de agrafia temporal y de indecisión ante la página en blanco, pero intento hacer un esfuerzo y sobreponerme para hacer algo de justicia con lo que de manera reiterada vengo defendiendo en este blog. En general reconozco que predomina el pesimismo cuando me adentro en terrenos de índole política o social. Y por ello cuando en la guerra, que según sostengo se viene produciendo con carácter global,  se produce alguna pequeña victoria de lo que considero mi bando o mi partido, creo que es necesario reflejarlo para no caer en el derrotismo y en la desesperación.

    La mayoría de mis escritos anteriores son una queja ante el acoso a que nos somete el enemigo, interior y exterior, y de los atropellos que cada día con mayor encono sufrimos en nuestras, como diría Rosendo, maneras de vivir.  Por ello, si en una entrada anterior  dejaba constancia de la derrota sufrida en lo que me atreví a llamar la “Batalla del Capitolio”, hoy quiero dejar reflejada una victoria, no  de la guerra, ni siquiera de una batalla, pero sí de una victoria en una pequeña escaramuza, en un territorio cercano para mí, porque es precisamente en el que vivo. Sé que es una victoria local, parcial y provisional, pero ayuda a subir la moral de la tropa.

   Y si ha sido una victoria, no es porque en unas recientes elecciones regionales se haya obtenido un resultado electoral concreto, o haya sacado más votos un partido más o menos afín. Realmente nunca he considerado una auténtica victoria el triunfo electoral del partido que ha ganado otra vez estas elecciones, sino todo lo más un mal menor o un aplazamiento de los problemas reales que nunca se han mostrado interesado en combatirlos, sino únicamente en modularlos, cuando no directamente en disimularlos. Por eso le abandoné, porque descubrí, que cada vez que le votaba, lo hacía tarareando aquello que cantaba la Jurado, de «hace tiempo que no siento nada al hacerlo contigo«.

    Si considero que ha habido en esta ocasión una auténtica victoria, es porque en estas recientes elecciones por primera vez en una parte de España se ha planteado la elección entre dos modelos de sociedad, no sólo una opción de un modelo de gestión. Y eso se le debe a una persona en concreto, que rompiendo con la tradición conformista y sumisa de su partido ha hecho bandera de lo que realmente siente una gran parte de la sociedad, del hartazgo ante la sumisión moral en la que vivimos inmersos y que casi toda la clase política había asumido hasta ahora sin rechistar, mientras esperaba su turno para usufructuar el poder durante una temporada, pero sin discutir ninguno de los principios que casi nadie se atreve a cuestionar. Es revelador que se haya recuperado para la ocasión la palabra “libertad”. El uso eficaz de la misma es un síntoma que revela que muchas personas empiezan a ser conscientes de su falta. Han llegado a percibir que el modelo social que nos vienen imponiendo sutilmente desde los poderes reales que nos dominan a través de los cánones culturales, las modas, los medios de comunicación, la publicidad, y tantos otros, no es sino una forma moderna y edulcorada de esclavitud. Y al fin ha prendido la idea de que la pandemia que nos asola, ha sido una estupenda excusa para avanzar en ese camino liberticida, y ha sido tan asfixiante que al menos ha producido el efecto de hacerlo comprender a mucha gente, a pesar de la propaganda oficial.

      Por ello una aplastante mayoría de personas votando a favor de la libertad, no puede sino reconfortar. No nos engañemos, una golondrina no hace primavera, y esto es sólo un pequeño paso, pero podemos soñar que sea un paso semejante al que diera Don Pelayo en las breñas asturianas, o ya que estamos en Madrid, podemos soñar con un nuevo dos de mayo y un nuevo Andrés Torrejón. Un pequeño villorrio como Móstoles llamó a desperezarse a todos los españoles ante una invasión y frente al total colaboracionismo de las élites y los poderosos. Tal vez podamos aprender de su ejemplo.

Imágenes del Cerro de Garabitos (Madrid). Atalaya natural para soñar con Madrid al fondo.

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