MI MEMORIA HISTÓRICA

 Acaba de aprobarse en España la enésima disposición sobre la llamada “memoria histórica.”, en esta ocasión se le ha denominado como “Ley de Memoria Democrática”, aunque es familiarmente conocida como “Ley Bildu”, por las exigencias y concesiones que se hace en la misma a esta organización política, heredera de la banda terrorista Eta.

 La ley es infumable en mi modesta opinión y un ataque consciente y deliberado a la libertad de expresión, a la libertad de pensamiento, a la  libertad de cátedra, y al sentido común. La ley es el fruto de la ideología que la sustenta, que es la de imponer una visión de la historia sobre otra, es lo mismo que se hizo en el franquismo, pero peor. Porque al menos ellos tenían la disculpa de haber ganado la guerra. Con la ley de Memoria democrática se aprueba una ley totalitaria, censora y revanchista, que deja sin reconocimiento al dolor padecido en el llamado bando nacional. Solo el sufrimiento de los republicanos es legítimo. Lo que nos dice esta ley es que los  que fueron asesinados por defender la Cruz o por defenderse del comunismo están bien muertos, se lo merecían y por ello sólo les corresponde el olvido y la vergüenza. Y ello a diferencia de los que defendieron la República, los que lucharon por la hoz y el martillo estalinista, que hicieran lo que hicieran estuvo bien hecho.  Paracuellos fue una matanza legítima.

   Con la actual ley se traspasan todas las fronteras del sectarismo y  el rencor.  Excede con mucho lo que perseguían las anteriores leyes, ya excesivamente tendenciosas, pero que tenían una justificación en el hecho de  que  buscaban dar reconocimiento a las personas que formaron parte del bando republicano a los que había ignorado el régimen de Franco.  Pero eso ya no basta, lo que la ley actual dice es que hay que borrar al contrario, eliminarlo, proscribirlo de los libros de historia.

     Pero no quiero extenderme demasiado en las maldades e iniquidades de la injusta, revanchista, rencorosa y nefasta ley que nos han procurado los apologetas de las checas, las sacas, los paseos que  nos gobiernan actualmente, sino más bien intentar hacer una reflexión de mi situación personal acerca de este tema a lo largo de mi vida.

     Lo primero que quiero afirmar es que realmente mi experiencia personal sobre la memoria de la guerra civil es más bien escasa. En mi casa y en mi familia se hablaba muy poco de la guerra en términos políticos. Sí como una referencia al pasado en el que había escaseces, o cartillas de racionamiento, miedo, o inseguridad … pero no guardo una experiencia que me hiciera sentir la guerra civil como una tragedia familiar, que afortunadamente para mi familia no lo fue, salvo alguna excepción que indicaré.

     Lo cierto es que mi padre tenía escasamente doce años cuando estalló la guerra y mi madre apenas uno, por lo que no lo vivieron como combatientes o con mucho uso de razón. Y también que mi padre murió cuando yo tenía 7 años, por lo que no pude tampoco conversar sobre este tema, por razones obvias.  De la generación que vivió la guerra ya en edad adulta, sólo mi abuela materna vivió lo suficiente para transmitirme alguna referencia. Y lo cierto es que no recuerdo ninguna conversación sobre este tema. Ella no me contó nada por su propia iniciativa y yo tampoco le pregunté. Creo que nos interesaba más el presente que el pasado. Lo que quiero transmitir es que al menos en mi familia era un tema no habitual, no presente, no cotidiano. Ahora quiero entender que esto era porque tal vez fuera una parte de un pasado que no apetecía recordar. Puede que esto fuera porque no hubo un trauma familiar concreto. Y porque la mayor parte de mi familia, según creo, se encuadró dentro del bando de los ganadores.

     Es posible que yo esté desinformado y no me haya enterado de algún agravio concreto, y puede también que mi memoria no funcione correctamente, y que no recuerde cosas que me hubieran contado mis tíos u otros allegados de más edad. En todo caso no han quedado fijadas para poder recordarlas ahora y escribirlas en estas líneas. Soy consciente de que se fijan en la memoria de manera más intensa los agravios, las humillaciones, las vejaciones, el sufrimiento y sobre todo el haber sido víctima directa de algunos de los horribles crímenes que se cometieron por todas las partes en lucha. Si a mi abuelo lo hubieran “paseado” cualquiera de los dos bandos, con toda probabilidad mis padres no lo habrían olvidado y guardarían un rencor hacia sus ejecutores, sean de bando que fueran. Creo que me hubiera enterado de ello. Por el contrario, si mi abuelo hubiera sido de los que salían a realizar ejecuciones de otras personas, probablemente no gustaría recordarlo. Pero seguramente me lo hubieran hecho saber algunos de los que lo hubieran padecido o sus descendientes.

       Esto ya me proporciona una primera reflexión y es que la memoria es como un barco que sirve para transportar los agravios al presente, para actualizarlos. La memoria es a menudo un cargamento de rencor. Esto la diferencia netamente de la historia que actualiza hechos asépticos, acontecimientos pasados de los que se pueden más o menos aprender, pero no están pasados por el tamiz de los sentimientos personales. La memoria es selectiva, fija lo que nos interesa recordar y suprime lo que consideramos innecesario o lo que nos hace daño actualizar. La memoria retuerce la realidad como si fueran los espejos del callejón del gato. Es profundamente traicionera. La memoria es además necesariamente subjetiva, y frente a ella la historia es o debería ser objetiva. Por ello hablar de “memoria histórica” es una contradicción en los términos. Una aporía. Porque o bien es memoria, es decir recuerdo personal deformado por sentimientos, por intereses, por olvidos voluntarios o involuntarios y además siempre fruto de una visión parcial y no siempre contrastada, o es historia que como disciplina científica debe ser objetiva, partiendo de hechos probados, e incontrovertidos. 

     Pero si el concepto “memoria histórica” es contradictorio, no es una contradicción desinteresada, sino que es un importante instrumento político que consiste en suprimir de hecho la historia como realidad objetiva, para sustituirla por una ensoñación que viaja a través de la mente de determinados individuos, que descarta y pretiere la visión o recuerdos de otras personas, y que por razón de la  acción política se quiere que se convierta en un sustrato colectivo e indiscutible. Una especie de «ídolos de la tribu» de los que hablaba Bacon. Y así la “memoria histórica” se transforma en lo que se denomina “memoria democrática”, que es tanto como decir que los recuerdos dejan de ser algo personal, autónomo y espontáneo y se convierten en un elemento valorativo del pasado. Solo es memoria legítima y tanto historia legítima, aquello que lleve el marchamo de “democrático”. El resto debe desvanecerse en el olvido, como los personajes que desaparecían de las fotografías de Stalin.

      Por supuesto para esta  reciente ley “democrático” es lo que defendió un bando en la Guerra Civil y no el otro. Afirmación falsa donde las haya porque en sentido estricto la democracia no estuvo para nada presente en ninguno de los dos bandos que lucharon en la Guerra Civil. Si demócrata no fue el bando nacional, todavía menos lo fue el republicano, que defendía sin remordimientos un régimen soviético. A menos que tengamos que aceptar que las democracias populares del telón de acero son más aceptables que la democracia orgánica de Franco.

      Y para legitimar y blanquear retrospectivamente a uno de los bandos de la guerra se utilizan los medios habituales por los que el poder se impone. En primer lugar se emplean los medios de comunicación y de influencia social, como es el cine y medios audiovisuales, en los que solamente se cuenta una parte de la realidad, pero de manera que se genera la sensación de que eso fue lo real.  Y cuando con ello no es suficiente se refuerza con leyes que suprimen de un plumazo la realidad de lo acontecido y la sustituyen por propaganda retrospectiva. Y ya en el súmmum de la arbitrariedad y el fanatismo, se prohíbe al contrario ni siquiera conservar los sentimientos que navegan en su propia memoria personal. Se prohíbe, se sanciona, se censura el pensamiento y la memoria personal cuando es «no democrática» , pero eso sí, quienes lo perpetran siguen siendo demócratas.

   Y tras esta introducción que sin querer ha sido demasiado extensa, regreso al verdadero propósito, qué es el de repasar mi vivencia personal o mejor dicho familiar, y por tanto a la memoria familiar y personal. Y en relación a ellos ello quiero destacar y centrarme en dos cuestiones.

    La primera de ellas es que sí que tuve un familiar cercano, mi tío abuelo paterno, que murió en combate en la guerra. Militar de carrera murió en el Alto de los Leones luchando por lo que creía correcto. Siempre lo supe, pero no pasó durante muchos años de ser para mí un dato, un hecho que no me había generado demasiada reflexión ni emociones particulares. Pero esta situación cambia ya que según la ley de Memoria democrática (artículo 3 párrafos 1 A y 3), son víctimas los fallecidos como consecuencia de la Guerra después del 18 de julio de 1936 y también los parientes colaterales hasta el cuarto grado, por lo técnicamente al ser sobrino-nieto de un fallecido en la guerra, soy una víctima para esa malhadada ley. Además el artículo 1.2 de la Ley dice que el objetivo de la misma es “recuperación  de la memoria personal , familiar y colectiva”. Dicho y hecho. Me he puesto a investigar y a conocer los pormenores de los acontecimientos que rodearon a la muerte de mi tío abuelo. Y por supuesto esto ha hecho que me haya dedicado a buscar lo que ocurrió en esa montaña que era conocida como el alto del León y desde entonces como el “Alto de los Leones de Castilla”.  He leído con pasión los hechos de la encarnizada lucha que tuvo lugar en el puerto de Guadarrama para por un lado evitar que las fuerzas republicanas salieran de la provincia de Madrid hacia Castilla la Vieja y defender con ardor la posición en una lucha sin cuartel por cada metro cuadrado. Me he encontrado a militares valerosos, luchando cuerpo a cuerpo las órdenes del heroico Coronel Serrador, unidos a idealistas de la falange como José Antonio Girón de Velasco , o como el que fue matado a traición por una partida de milicianos cuando se acercaba al frente en el segoviano pueblo de Labajos, Onésimo Redondo.  Todos ellos luchando hasta la extenuación bajo el abrasador sol del mes de julio, defendiendo cada metro, hasta conseguir tomar la explanada donde estaba el monumento del león, al que un joven falangista bajo una lluvia de balas llevó una rosa en la boca y la depositó en la estatua. Fueron hombres imbuidos por un ardor y motivación que les hacía perder la vida con orgullo de luchar por lo que creían y que era defender a todo un pueblo de caer bajo el yugo de la esclavitud soviética. Todo ello fue al  comienzo de la guerra y era un objetivo militar vital para ambos bandos ese puesto, defenderlo para los alzados era defender toda Castilla la vieja y que no cayera en manos del Gobierno de Madrid.

Encontré en la Revista de Historia Militar (Del Servicio Histórico Militar), número 52, publicada en 1986 (https://publicaciones.defensa.gob.es/media/downloadable/files/links/R/E/REVISTAS_PDF653.pdf) un minucioso estudio del Coronel D. Ricardo Serrador Aniño, en el que aparece mencionado en tan heroico episodio la llegada desde el Cuartel de la Victoria de Salamanca del Comandante Don Juan Antonio Toribio de Dios, precisamente mi tío abuelo. Murió atravesado por las balas de los rojos defendiendo bravamente la conquista del Alto del León conseguida unos días antes y fuertemente acosada por los milicianos y por los bombardeos de los Tupolev rusos. También estuvo allí y fue  herido otro familiar, un primo de mi padre D. Cástor Manzanera, quien afortunadamente sobrevivió y al que conocí mucho de niño y aprecié sinceramente su actitud siempre cariñosa hacia mí y mis hermanos. Me siento orgulloso de ellos como de tantos otros españoles que lucharon por sus ideales. Profundamente orgulloso de que una parte de mi familia haya dado su sangre defendiendo a España de las hordas marxistas y ninguna ley me va a hacer cambiar de opinión. Quizás me obligue a ocultarla como ocurre en los regímenes totalitarios, pero no a renunciar a mis sentimientos. No sé si era el objetivo de la Ley, (estoy seguro de que no lo era)  pero en mi caso ha conseguido que investigue los hechos de la historia y que los hechos me emocionen y se conviertan en parte de mi memoria, aunque sea libresca, y no transmitida directamente por mis ancestros.

  Pero quiero además entresacar de mis muchos años una segunda experiencia sobre el recuerdo de la guerra. Ello me lleva al año 1981 aproximadamente. Estamos celebrando una tranquila merienda familiar con mis tíos abuelos maternos con los que siempre mantuve una muy estrecha relación y afecto. Todo iba bien hasta que mi hermana mayor le anuncia a mi tía abuela que se va a casar y que lo va a hacer una persona de su mismo pueblo. Esperábamos la enhorabuena, cuando en realidad se produjo lo contrario. Mi tía cambio de cara, y dijo que no se alegraba en absoluto, que esta persona era de una familia que les había hecho mucho daño en la guerra y que lamentaba emparentar con ellos (realmente ya tenía ciertos vínculos, pues un concuñado suyo era de esa misma familia, padre del novio de mi hermana) . En ese momento, yo, que tenía 16 o 17 años no entendí nada, no sabía en realidad de qué estaba hablando mi tía, ya que como dije, vivía al margen de la realidad de aquella guerra, que para mí era cosa del pasado y cosa de otros.

Ello me llevó a indagar y llegué a saber que mi bisabuelo materno, llamado Baltasar, era republicano e izquierdista y que efectivamente los falangistas del pueblo entre los que estaban algunos miembros de la familia del novio de mi hermana, debieron causarles sufrimientos. No sé exactamente qué pudo llegar a pasar, desconozco los hechos concretos, pero fueran lo que fueran mi tía no los había olvidado. En cualquier caso, por ese medio llegué a saber que mi abuelo Agustín era de familia republicana e izquierdista. Murió mi abuelo cuando yo tenía siete años, pero esta corta edad me bastó para tenerle por la persona más buena y cariñosa del mundo. Nunca hablé con él de política obviamente, pero sí que puedo decir que mi abuelo, que era médico, fue durante más de veinte años alcalde de un pueblo de Salamanca, cuando los alcaldes eran todos ellos hasta los de los pueblos más pequeños controlados por el Secretario General del Movimiento y los Gobernadores Civiles. Mi abuelo, de familia republicana de la que nunca renegó, fue muchos años alcalde durante el franquismo, y su hija, mi madre, se casó con un militar del mismo pueblo que él y que era sobrino del comandante que murió en el Alto de los Leones defendiendo la causa de Franco.

      Creo que la moraleja está clara. La primera es que el franquismo era más integrador y conciliador en muchos casos que lo que lo son los actuales mandatarios. Y otra es que muchas personas que vivieron la guerra dieron una lección de superación de rencores y convivencia. Y que algunos de los nietos han sufrido una recesión en el proceso de perdón y acercamiento entre españoles y han rescatado el odio y el rencor que se destapó en la guerra y no soportan que hubiera habido un entendimiento, una superación de los traumas causados, que hubiera habido una reconciliación real entre las gentes, con todos los matices que se quieran. Por la sociedad española, se ha tenido muy claro que la vida sigue adelante y que incluso con su dosis de injusticia es preferible el olvido a la memoria.

Esta reflexión me ha hecho recordar algo que leí hace ya muchos años, era un escrito denominado «diálogo entre el Olvido y la Memoria» de Cristóbal de Castillejo, que ya en el Siglo XVI, consideraba mucho más sensato, más terapéutico para el bienestar de las personas y de los pueblos el olvido que la memoria.  Reproduzco algunos de los argumentos del Olvido, y reproches que le hace a la “Memoria”:

 

Dime tú, Memoria, di, 
que presumes sin derecho,                
¿por qué causa el mundo a ti            
loa y precia más que a mí,                
que le soy de más provecho?            
Tú con tu importunidad                    
les causas guerra contina,                 
yo paz y tranquilidad;           
éreles enfermedad,                
yo salud y medicina.
…
Las dulces cosas pasadas,                 
acordadas, dan pasión,                      
y las duras y pasadas,            
también, no siendo olvidadas,                      
aprietan el coraçón;

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