11 DE MARZO DE 2004. MADRID.

Hoy es día 11 de marzo. Desde hace diecisiete años es para mí una fecha que no pasa desapercibida. Más allá de las remembranzas oficiales, siempre impostadas y falaces, yo traigo a la memoria, a mi particular memoria, el horror padecido aquel día, así como la incredulidad, el miedo, el desasosiego, la impotencia y otros estados de ánimos y sensaciones que recupero con gran intensidad. Reconozco que en fechas posteriores las emociones mutaron, y prevaleció la búsqueda de la verdad como una auténtica obsesión ante las burdas maquinaciones que las cloacas y los políticos idearon para utilizar la muerte en su propio provecho. Pero eso fue después, el día del 11 de marzo y los dos o tres posteriores, fueron días de puro abatimiento y tristeza. Nunca como entonces, ni siquiera en lo más severo del confinamiento que hemos tenido recientemente, he compartido con los habitantes de Madrid un estado de ánimo de tanta tristeza general, colectiva y sincera. No puedo olvidar a una joven sentada frente a mí en el metro que de forma espontánea comenzó a llorar con un llanto que se contagió en mayor o menor medida a todos los que íbamos en aquel vagón. El que más y el que menos volvía el rostro para ocultar los sollozos. Aún hoy, diecisiete años después,  el recuerdo de ese momento hace que se me humedezcan los ojos. Es una sensación rara para una sociedad normalmente tan individualista que acostumbra a evitar al compañero de viaje y en la que casi siempre cada persona es una burbuja que defiende su asilamiento con unos auriculares o una conversación telefónica. Aquel día fue diferente, compartíamos sin palabras un mismo sentimiento. Nos sentíamos hermanados en el dolor, el desconcierto y la injusticia. Otros atentados, que en Madrid habían sido relativamente frecuentes, eran por decirlo así quirúrgicos, dentro de su maldita injusticia tenían por destino a una persona concreta. En este caso no era así, las víctimas potenciales éramos todos, cualquiera que viajara de madrugada en un tren para ir a trabajar.

    La historia de la hábil manipulación de esos sentimientos para fines concretos, así como de la farsa judicial y la montaña de mentiras que han sepultado los hechos que realmente ocurrieron bajo una burda versión oficial, no es hoy lo que me trae a escribir estas líneas. Lo dejo para otro momento y sin duda lo haré, porque creo que es una exigencia de justicia. Hoy sólo quiero recordar la angustia de esa mañana en la que nos llamábamos por teléfono unos a otros preguntándonos si habríamos pasado por la Estación de Atocha. El alivio al oír descolgar y comprobar que contestaban la llamada.  Recuerdo el cielo gris, el sol oculto por la niebla como si fuera un humo escapado de las hogueras del infierno, y un frío que parecía entumecer el alma. El silencio y la mirada cabizbaja de los caminantes inconsolables buscando en el asfalto una respuesta. Nunca he vuelto a sentir esa conmoción colectiva de una ciudad al completo en estado de shock.

      No me puedo olvidar tampoco de que poco después llegó la manipulación que transformó el dolor en  rabia dirigida, no contra los culpables de la matanza, sino contra  otros conciudadanos culpables al parecer de respaldar a quien nos había llevado a una guerra contra los musulmanes que ahora se vengaban. A los pocos días el dolor que el atentado me había causado, lejos de desaparecer se vio intensificado por la percepción del odio que sin disimulo recibía de parte de algunos vecinos. Los de siempre esparciendo su dosis generosa de veneno. Ni siquiera nos dejaron llorar en paz. Fue allí cuando comprendí que este país no tiene solución.

       Quiero terminar estas líneas, con unos versos que escribí a los pocos días de ese terrible suceso, cuando todavía tenía anclada en el alma la angustia sufrida. Hoy es ya una vieja cicatriz que escuece cuando cambia el tiempo, y eso ocurre al menos una vez al año, precisamente hoy.

MADRID. 11 DE MARZO DE 2004

Mientras florece el almendro,
un día como otro cualquiera de primavera temprana,
la Bestia de ojos sangrientos
ha inyectado su mirada en mis pupilas. 
Su aliento es el estrago del infierno, 
arrastrando inocentes al abismo. 
¡Oh tiempos de desamparo, que prohijas la miseria y el horror! 
¿Qué hemos hecho para ser azotados 
por tu furia en las desprevenidas almas, 
sino ser simples caminantes de la vida? 
El dolor ya me atosiga
con la herrumbre de los cuerpos traspasados
hincados en mi pecho.
Ya no hay palabras,
sino sollozos ahogados.
Ya no hay risas,
sino muecas ausentes.
Entre el silencio demacrado,
se esconde la muerte vengativa:
ha germinado el odio que ha sembrado,
y ya cosecha sus mieses
en el campo de los justos.
¿De qué ajedrez infernal somos peones? 
¿Qué sanhedrín sangriento 
nos ofrece en holocausto al dios espurio de la guerra? 
Con un rayo de fuego tenebroso,
nos han incendiado la esperanza
y la ciega muerte ha crepitado entre nosotros, 
blandiendo su guadaña, 
enlutando la fría mañana cotidiana.
La severa espada ha ejecutado
su injusta sentencia en mi costado.
Hoy ya me faltas, mi anónimo vecino,
un ladrón desalmado te robó la vida
y el alma del pueblo que te llora.
Y se conduele de tu ausencia,
como de un miembro amputado.
El que sirve para amar y el del consuelo.

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