AÑORANZA DE LA JAULA.

Lo que voy a escribir en el día de hoy es algo que me sorprende a mí mismo. Y que me sorprende que me sorprenda, aunque en el fondo creo que no sorprenderá a casi nadie.

Sin más rodeos:  añoro los tiempos de la reclusión domiciliaria obligada por la orden de confinamiento. Añoro aquellos momentos tanto como detesté la posterior situación de alivio de luto a la que dio paso la época de severa reclusión, en la que no se estaba ni confinado ni libre. En que había que ir a trabajar para luego volver a casa, donde debía permanecer encerrado hasta las ocho de la tarde en que nos daban permiso para salir un ratito al recreo. Pero incluso esta situación fue mejor que lo que vino después, que es la situación que tenemos en la actualidad, que no es otra cosa que una vuelta a una normalidad enrarecida y en el que un intenso trabajo se combina con la incomodidad de las mascarillas y los malos humores de muchos ciudadanos.

   Ya no me queda ninguna duda, prefería la severidad del enclaustramiento total. Ha producido en mí, y creo que no soy el único que lo ha experimentado, fenómenos curiosos, que me llevan a reflexionar sobre los mismos .

  Cada uno tiene sus propias experiencias personales, una forma de ser propia e intransferible, pero sobre todo, cada uno tiene que acostumbrarse a vivir con sus propias contradicciones. Yo, que me paso el día clamando por la libertad, reconozco que alcanzo las mayores cotas de felicidad personal cuando aquélla desaparece y con ella la posibilidad de elegir. En cuanto surgen las opciones y las alternativas surge la indecisión y la ansiedad. Ansiedad que a veces puede ser severamente patológica, cercana al pánico. Si puedo hacer varias cosas alternativamente, lo más probable es que no haga ninguna, ante la terrible decisión de tener que descartar varias.

    Por ello soy en gran medida un trabajador compulsivo y a veces casi feliz en el trabajo. Mientras se trabaja no hay otra cosa alternativa que hacer. Es lo que procede y no se discute. El problema llega cuando se acerca el fin de semana en el que hay dos días en blanco completamente dispuestos a ser vividos con diferentes posibilidades. Y lo peor es que como no soy capaz de conseguir la bilocación, unos planes excluyen necesariamente a los otros. El resultado suele ser, ante la patológica incapacidad de decidir, que no haga ninguno de los planes proyectados y acabe anestesiado atiborrado de partidos de fútbol y de series de televisión. Y ello además favorecido por el hecho de llegar tan exhausto al viernes por la tarde que las exiguas fuerzas que sobreviven apenas sirven para apretar los diferentes botones de un mando a distancia. Una intensa actividad laboral entre semana genera en mí, durante el fin de semana o las vacaciones un potente síndrome de abstinencia, que cuando se consigue por fin superar y alcanzar la estabilidad adecuada, llega irremediablemente otro lunes u otro mes de septiembre.

Evidentemente se trata de una hipérbole que no desearía que saliera de aquí, ya que no quisiera que sirviera para justificar las tentaciones del poder de organizar las vidas privadas y llevado al extremo para justificar los campos de trabajo o los Gulags. El trabajo no hace libre, pero es cierto incluso en el campo de concentración, que el trabajo distrae, agota tus fuerzas y te obliga a no pensar y a veces ni siquiera a percibir que tienes un verdugo vigilando tus esfuerzos y aprovechándose de ellos.

      El encierro provocado por el Coronavirus, ha generado un curioso paréntesis vital. Unos días de un cambio de ritmo vital tan intenso que por su rareza no pueden pasar desapercibidos. Una especie de ejercicios espirituales forzosos, como los que teníamos en tiempos del colegio, en el que no producían ninguna fervorosa conversión, pero que hasta los más descreídos recibían con la alegría de alterar la rutina diabólica, de relajar las obligaciones cotidianas y de hacer ver que la vida puede tener otro ritmo diferente y que el que normalmente nos atenaza y nos aherroja es una pura convención. El virus chino ha provocado entre otras cosas el hacernos ver que se puede vivir de otra manera. Es posible una vida en la que hay tiempo para pensar, para leer, para escribir, para hablar o relacionarse con los amigos, en suma, para vivir. Este blog es en gran medida hijo del confinamiento, y en cuanto ha retornado la libertad, ha comenzado a languidecer.

       No me atrevo a generalizar, pero percibo en mi entorno que no soy el único que ha sentido una sensación de bienestar en los días de más severo confinamiento. Y tengo para mí, que esto ha venido motivado por la imposición y la obligación que ha suprimido la libertad de elegir, y esa coacción, por raro que parezca, ha generado una rara sensación de liberación. Ha hecho que las energías que desgastamos absurdamente en elegir planes y opciones se hayan concentrado simplemente en vivir, y ante la inevitabilidad de la situación, muchos nos hemos relajado y nos hemos dejado llevar por la corriente sin preguntarnos adonde nos acabaría llevando. Desapareció también la absurda propensión del hombre moderno a moverse sin parar, a viajar sin freno, a pretender estar continuamente cambiando el paisaje, como si una continua actividad le mantuviera entretenido en un torbellino que impide cualquier reflexión. Tal vez el confinamiento haya provocado una felicidad como la de un canario en su jaula, que una vez acostumbrado a ella, no quiere sentir el abismo de la amplitud del horizonte y la zozobra de elegir entre posarse en un tejado o en un poste de la luz. Siento añoranza de la jaula. No sé si ya ha recibido un nombre este síndrome que para un psicólogo aficionado estaría a medio camino entre el de Peter Pan y el de Estocolmo, y que yo bautizaría como el síndrome de San Simeón el estilita, por la remembranza de aquel santo que decidió vivir aislado en lo alto de una columna, donde permaneció ajeno al tráfago humano y con su única compañía. (Por cierto no puedo evitar consignar aquí el regocijo que me ha causado ver que en algún lugar de internet se refieren a él como «el estilista», como si fuera el patrón de los peluqueros).

       Para mí, por la razón que fuere, ha sido un encierro particularmente productivo, y al no tener la posibilidad de elegir otras alternativas, no se me ha manifestado el síndrome de la angustia de la libertad. Y eso lo ha diferenciado de unas vacaciones, de un largo fin de semana o de una jubilación temporal. En todas estas situaciones el tiempo está libre, disponible para ser ocupado por muchas actividades y planes, pero sobre todo por la ansiedad que genera la libertad. Por ello esta reclusión vivida se me asemeja más a una convalecencia en que sólo hay un objetivo que se impone a los demás, que es el de superar la enfermedad. Esa justificación de perseguir un motivo superior no discutido y excluyente de cualesquiera otros no permite las dudas y las vacilaciones, impone su ley y hace concentrar la mente y la voluntad en un único propósito dando un sentido y una finalidad concreta a la vida. Suprime de un plumazo proyectos erráticos y contradictorios al poner todos los sentidos en único proyecto superior.

      Séneca tiene por el peor de los vicios la ira, y sin negar que ésta sea uno de los peores, yo creo que es todavía más dañino para el alma humana la indecisión, madre y mentora de la pereza. Nunca entendí como el catecismo Ripalda no la incluyó entre los pecados capitales, porque es tan destructiva o más que la envidia, la gula o la lujuria, ya que como éstos, atrapan la vida  en círculos sin salida y cuando la indecisión se agudiza y se vuelve patológica puede también llevar a la destrucción personal.

    Ya de regreso a la normalidad recuerdo con añoranza estos días todavía cercanos en que estuve confinado, observando a mi alrededor un mundo tranquilo, silencioso, pausado y casi detenido. Quizás tuve la habilidad de conseguir ordenar el tiempo de manera acorde al nuevo ritmo lento y cadencioso de las horas de encerramiento y la suerte de que no llegara hasta mi entorno la enfermedad y el dolor. Sabiendo que han muerto sólo en España varias decenas de miles de personas por esta epidemia, da un poco de pudor manifestar una excesiva complacencia con la situación. Pero todavía me cuesta más admitir que pocas veces he estado tan sereno y ordenado en mi vida como en aquellos días, y que la felicidad parece que se consigue en proporción inversa al grado de libertad del que se dispone. Me remueve muchas creencias, pero es de justicia reconocerlo. No sé si esa sensación duraría para siempre si el encierro llegara a ser permanente. De llegar a ese convencimiento acabaría profesando en un convento de clausura. Pero creo que para que allí alcanzara la plena felicidad sería necesario que me fuera extirpada la opción de abandonar el claustro. Si tuviera la posibilidad de optar entre volver al mundo o permanecer en el monasterio, ya se habría esfumado la tranquilidad del alma que tanto perseguía el antes citado filósofo estoico.

La paradoja es añorar la libertad y saber que lo que verdaderamente aporta la paz y sosiego es la reclusión. Algunos presumimos en público de libertarios, pero en secreto suspiramos por vivir bajo la estricta regla benedictina. El libre albedrío está sobrevalorado.

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