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UN CHULETÓN POCO HECHO.

 En plena campaña de fomento de la alfalfa como alimento humano iniciada por los otrora políticos comunistas y hoy agentes del globalismo, un ministro ejerciente de florero, se despachó con un alegato contra el consumo de carne natural (aclaro, carne de la de comer, no aquella que junto al demonio y el mundo, completa el trío de los enemigos del alma). Como parece que su alegato fue inoportuno tuvo que salir su superior en jefe para contrarrestar el malestar causado en los productores de material para las albóndigas, y de este modo el augusto presidente se nos apareció en carne mortal y liberado por un rato de sus gafas ray-ban de aviador, nos espetó una frase lapidaria para historia: “un chuletón poco hecho es insuperable”.

      Por un breve momento pensé que realmente hablaba de un filete de lomo o un entrecot, pero pronto caí en la cuenta de que en realidad nuestro ínclito presidente del gobierno hablaba, una vez más, de sí mismo. Para este narciso ególatra no hay nada mejor que él mismo. Y con un lapsus freudiano revelador de su ego infinito le salió del alma lo de elogiar al chuletón poco hecho.

      Creo que debo explicarme, aunque no demasiado.  Decir “Pedro Sánchez chuletón” es una tautología, un epíteto innecesario, que casi cristaliza en sinónimo, y como evidencia irrefutable de ello, me remitiré a sus andares de brazos bamboleantes mientras mira por encima del hombro al resto de los mortales. Y lo de poco hecho, en fin, creo que tampoco requiere mucha explicación. Como ya a estas alturas tampoco cabe duda de lo poco hecha que estuvo por él su tesis doctoral.

    Y demuestra nuestro chuletón que está poco hecho para ocupar el cargo que ocupa,  cada vez que lo sacas del barrio y se pasea por cualesquiera foros internacionales, donde suele hacer el ridículo de forma contumaz, aunque nunca con tanta crudeza como en los inenarrables veintinueve segundos en los que se cosió al brazo del Presidente useño para recorrer un pasillo, sin que éste le hiciera ni caso. Vamos que según hemos sabido, no llegó a saber quien era ese señor que le acompañaba, y que no conseguía quitarse de su vera. En esos escasos segundos se transmutó de chuletón en paletilla, o como mucho en filete empanado. Nada provoca tanta vergüenza ajena como observar a un chuleta de barrio en una fiesta de la alta sociedad. Y podría llegar a resultar enternecedor si no fuera porque vuelve a recuperar toda su chulería y prepotencia en cuanto regresa al barrio.

     Nuestro chuletón particular está ahora demostrando su falta de hechuras por Estados Unidos. Donde a falta de otras virtudes la prensa alaba su palmito de galán tipo latin lover y lo califican como «hot president» ¿Qué diríamos si tuviéramos una presidenta y allí donde fuera sólo se alabara su belleza? Pues según parece, nuestro narciso y poco hecho presidente, está encantado con tanta admiración hacia su persona, y que le regalen los oídos diciéndole aquello de que es la versión española de Kennedy o un sosias de superman.

Pero sorprendentemente, en este viaje internacional, no lo recibe ninguna autoridad política del país visitado, ni el Presidente de los Estados Unidos, que es de su cuerda ideológica y con el que le une una duradera amistad eterna de veintinueve segundos. Ni siquiera le recibe el alcalde de Nueva York. Por el contrario, en su agenda sí están reuniones con Blackrock,  Goldman Sachs, JP Morgan,  con Soros Fund Management, con Netflix… es decir con sus verdaderos amos, los que mueven los hilos del globalismo y controlan financiera e ideológicamente al planeta.

       A nuestro chuletón le pagamos el viaje todos los españoles, pero el dinero público debería servir para realizar un viaje en interés del estado, del pueblo o de la nación española. Pero no, la realidad es que esta tournée de nuestro divo poco hecho, pero con enorme guarnición, es para rendir pleitesía a  aquellos para los que trabaja, y que le permiten seguir chuleándonos. Hasta su vicepresidenta segunda, la comunista, le ha afeado que vaya a hacerle el rendibú a los fondos buitre, esos que luego compran a granel las viviendas de España, hurtándole la propiedad a las buenas gentes de clase media.

       Por supuesto, en su ronda americana, no puede menos que hacerle una visita a George Soros. Esa sí que es una relación de verdadero amor,  y no hay más que recordar que fue este último la primera persona que recibió en la Moncloa, nada más tomar posesión el chuletón de su cargo de Presidente. Y tampoco convendría olvidar que el mega fondo Blackrock es actualmente el mayor accionista de El País, periódico que ha vuelto con auténtica devoción al entusiasmo gubernamental.

       No quiero extenderme, pero creo que a partir de ahora, cuando pida un chuletón en un restaurante, y aunque la carne me gusta casi cruda, para evitarme evocaciones desagradables, le diré al camarero: “tráigamelo muy hecho, si es posible chamuscado, carbonizado, pulverizado “… , o mejor me pido un rabo de toro, que es más castizo.

CASTELVINES Y MONTESES

 Hace unos  días disfruté en el teatro de la Comedia de Madrid, viendo la obra de Lope de Vega “Castelvines y Monteses”. Francamente no conocía esta obra, que es la versión española de la historia de los amantes de Verona que fue versionada por otros autores, siendo la más conocida la de “Romeo y Julieta”. No es por tanto una sorpresa el argumento de la obra, cuyo planteamiento es una rivalidad entre dos familias poderosas y fuertemente enemistadas entre sí y  un joven y una joven que se enamoran superando las barreras impuestas por sus respectivas familias. El desenlace es una tragedia en el autor inglés y un “happy end” en la versión de Lope de Vega, en el que los dos enamorados terminan felizmente casados.

   El montaje de la obra realizada por la Compañía de Teatro Clásico es más que aceptable. Esta vez con el dinero público han acertado a hacer una  correcta actualización de la obra original, conservando el verso original y el argumento, pero entremezclándolo con lo que podríamos decir una comedia musical donde la música italiana, desde Modénico Modugno a Batiatto, sirven de excusa para interludios  musicales deliciosos. El resultado es una obra total, nacida de la simbiosis de un texto de Lope  y un musical de la Gran Vía. 

    Es inevitable decir que la obra de Lope es la versión española de “Romeo y Julieta”, pero ello es bastante injusto, porque una y otra son recreaciones otras obras anteriores con el mismo argumento sobre los amantes de Verona. Al menos tres o cuatro versiones anteriores se tienen identificadas en el siglo XVI en Italia, de donde ambas tomaron el argumento.

    Sí que debo agradecer a Elvira Roca, aparte de mi devoción por sus planteamientos históricos sobre España y la leyenda Negra, el dato de que en la Divina Comedia de Dante aparecen mencionados en uno de los tercetos los Capuletos y los Montescos, (Cappelletti y Montecchi, en la versión original) casi doscientos años antes de la obra de Shakespeare. Y aparecen citados como dos familias rivales y enfrentadas por su respectiva condición de güelfa y de gibelina. Es decir cuando en las obras literarias se toman esos dos nombres de familias nos quieren indicar que el enfrentamiento entre ellas no era por unas ofensas personales entre ellas o rivalidades sociales  (que seguramente también), sino que la enemistad era por una discrepancia ideológica o política. Eran los abanderados de dos facciones políticas o partidos. Y ello nos acerca enormemente el tema a la actualidad, donde el encono social más remarcado lo vemos en las trincheras ideológicas en las que se divide nuestra sociedad.

     No soy un gran conocedor de Shakespeare, autor al que he leído algo y visto representadas muchas de sus obras, pero casi nunca lo he comprendido del todo. Lo cual es desde luego defecto mío y lo asumo.  Siempre me ha parecido, sin negarle ningún mérito, que con él se produce un punto de exaltación excesiva de la cultura anglosajona, que hipervaloran en el canon occidental a este autor, mientras se minusvaloran a otros, por ejemplo, al citado Lope o a Calderón.

    En todo caso siempre he sentido cierta curiosidad por lo enigmático de su personalidad y reconozco el impacto que sufrí cuando, gracias también a Elvira Roca, tuve noticia del hecho de que Shakespeare era católico, o por mejor decirlo criptocatólico, en una sociedad anglicana, que en perseguía con saña a los papistas. Y que este hecho, realmente sabido desde hace tiempo, se ha ocultado cuidadosamente por la cultura oficial británica.  Según estos recientes descubrimientos toda su obra está teñida de un catolicismo oculto.

      Esta visión nos puede dar una nueva perspectiva  de la intención que pudo tener al escribir Romeo y Julieta, y que tal vez Shakespeare pretendía, contando una historia de un país lejano, reflejar un problema terriblemente contemporáneo para él como era la enorme polarización de la sociedad en que vivía, inmersa en una cruel lucha de religión entre anglicanos y católicos. Si se mira bien hay una cierta identidad,  por un lado entre gibelinos y anglicanos, partidarios ambos de la supremacía del poder temporal sobre el religioso, y por otro lado entre católicos y güelfos, que defendían la supremacía del poder religioso, es decir el poder del Papa de Roma sobre el Imperio.

      Si se acepta este planteamiento habría que suponer que Shakespeare, como Dante, sería descaradamente güelfo, pero a pesar de ello no toma partido abiertamente por uno de los bandos en su obra. Por el contrario se limita a plantear la cuestión de la esterilidad del enfrentamiento entre bandos irreconciliables en una sociedad concreta,  en el que se llega a hacer necesaria la muerte de los amantes para que los rivales políticos se reconcilien. Desde este punto de vista tanto Romeo y Julieta como la versión española de Castelvines y Monteses comparten un final feliz, ya que en ambos casos se obtiene al final la reconciliación de las dos familias y por tanto se consigue un bien superior como es la armonía social, la superación de las trincheras, aunque para ello haya que pagar un tributo de sangre por alcanzar un fin superior. Por otro lado el hecho de que se reconcilien las dos familias finalmente no supone que dejen de ser güelfos y gibelinos, ni que acuerden una posición intermedia, hoy diríamos transversal, sino que sin olvidar sus planteamientos los unos comprenden a los otros y deciden respetarse y convivir.

        Esta polarización o división es casi una constante en todas las épocas y sociedades, si bien en cada momento histórico se reviste de unos colores y banderas concretas y sube y baja en intensidad según el poder que pueda alcanzar alguna de las facciones enfrentadas.  Unas veces son güelfos y gibelinos, otras anglicanos y católicos, o albistas y ebolistas en la época de juventud de Lope de Vega. Hoy son las derechas y las izquierdas las que enarbolan sus respectivas banderas que se retroalimentan con la demonización del contrario. Quisiera sacar una moraleja y pensar que no sea necesario que tengan que volver a morir Romeo y Julieta para conseguir una reconciliación en la sociedad. Pero lo veo difícil.

En un barrio de Nueva York

 Hoy viernes del mes de junio, sin pensarlo demasiado ha tocado ir al cine y como por casualidad he entrado en una película que casualmente se estrenaba hoy en España y de  la que no había oído hablar en absoluto, por lo que su elección ha sido totalmente por azar. Dejaré para otro momento la extraña sensación de estar en unas enormes instalaciones de cine prácticamente vacías y la sala enorme solamente ocupada por seis personas. Realmente el tiempo va pasando y a veces me pregunto si algo volverá a ser como antes de la llegada del maldito virus chino.

   La película lleva por título en español “En un barrio de Nueva York” , (In the Heights, en original) y debo reconocer que me ha producido sensaciones extrañas. Vaya por delante que me ha parecido una buena película, dentro del género musical y de comedia romántica, porque es alegre, entretenida y dinámica y te atrapa durante las dos horas largas que dura. Trata de la vida de un barrio de Nueva York, el Heights, en el Bronx, donde reinan los latinos, donde viven, sueñan, cantan, bailan, se enamoran y mueren. Y lo hacen entremezclando el inglés y el español, reivindicando su mundo, su orgullo latino. Tiene algunas escenas de verdadera reivindicación de lo que se podría denominar lo latino, incluyendo dentro de este vago concepto a las personas procedentes de  Puerto Rico, Cuba y la República Dominicana, pero también México, Venezuela, Chile e incluso Brasil. Una película en las que ellos y ellas son guapos, son felices dentro de sus limitaciones y cantan y bailan, ríen, aman y viven con alegría. Rezuma optimismo y tiene momentos a mi juicio verdaderamente deliciosos, una especie de versión latina de “lalaland”, con algo que incluso le falta a ésta, como es un final feliz.

        Pero debo confesar, que pese a estas bondades, salí con un sentimiento agridulce del cine. Y es porque en ese vendaval de reivindicación latina, (me gustaría más decir hispana, aunque no sé si procede), me siento un poco preterido. Tengo una extraña sensación de sentir que son algo cercano a mí, gente que siento como «mi gente», que habla español, que procede de países que formaban parte de España hace poco más de cien años, pero a la vez que no quieren saber nada de mí como español, que rechazan toda conexión y que buscan una identidad propia y diferente. Siento que tengo una cercanía especial con esas personas y algo me impele a sentirme cercano a ellos, lo que no me ocurre por ejemplo con los inuits o los apaches, a los que respeto pero me son totalmente desconocidos y ajenos. Pero a la vez siento que no soy admitido en ese club, que no pinto nada allí como español.

       Realmente en la película al reivindicar “lo latino”, se da por hecho la existencia de ese concepto, que tiene que surgir necesariamente por una conexión entre personas que asumen esa identidad, y que tienen diferentes orígenes, que proceden de varios puntos de América. Esa no es una identidad racial ya que dentro los latinos los hay de raza negra, mulatos, mestizos, blancos  y de varias procedencias indígenas. Hay algo que les une, pero no quieren reconocer lo que realmente les aporta esa unidad. De manera deliberada se quiere obviar cual es esa conexión. Buscan una identidad nueva, no en el  pasado, sino en el actual desprecio que reciben de la sociedad americana de origen anglosajón. No digo que eso no exista, pero el desprecio de los supremacistas wasp y asimilados lo comparten con otras minorías raciales, con los que sin embargo no se identifican del todo.

       Y aunque lo saben,  quieren olvidar los verdaderos vínculos que hacen que, aún siendo de zonas geográficas muy alejadas, tienen un poso de identidad común. Y en mi opinión lo que tienen en común son al menos tres cosas que no pueden negar: la lengua española, la religión católica y el hecho de proceder de países de cultura española, es decir países que entraron en la modernidad modelados por instituciones y patrones políticos y éticos generados en España y exportados a esos países, en los que posteriormente evolucionaron de maneras dispares. Los tres elementos se entremezclan, de manera que por ejemplo la ética católica, a diferente de la protestante, genera modelos alejados de los estrictos puritanismos protestantes, menos utilitaristas y mercantilistas, y por tanto más disfrutadores de la vida, de la música, del baile,  que a su vez se convierte en una suerte de elemento común de identidad.

       Y para su mala suerte, su pasado común hispánico, les hace padecer un elemento extra de victimización social. Si tuvieran poco con ser no blancos, no angloparlantes, extranjeros, y generalmente pobres, tienen además que sufrir el desprecio secular de los pueblos de norte de Europa sobre los del Sur, que se traslada intacto al nuevo continente

       En la película de manera muy significativa no se cita a España ni una sola vez, salvo tal vez una breve alusión despectiva a los conquistadores. Pareciera que el idioma que hablan procede de unos habitantes del Mato Groso. También de manera significativa no hay una sola alusión a la religión católica, ni por ejemplo a la Virgen de la Caridad del Cobre o de Altagracia, a los que tan devotos los cubanos exiliados o dominicanos. Solamente queda el uso de la lengua española como identidad común de todos los latinos, pero incluso ésta aparece de manera claudicante y casi vergonzante frente al inglés.

      Lo cierto es que con los latinos que viven en Estados Unidos, tengo un poco de sensación de amor no correspondido. Me  gustaría que España fuera más reconocida, menos despreciada y olvidada por aquellos que considero en el fondo mis hermanos del otro lado del Atlántico. Me gustaría poder decir con acento ligeramente caribeño, suavizando la dureza del español de Castilla: “hermano,  me gustaría que nos conociéramos mejor”. Pero las cosas no van por buen camino, aspiran a integrarse en la sociedad norteamericana y con ello asumir sus valores anglosajones dominantes, en vez de reivindicar los suyos y hacerlos respetar.

    Sé que es predicar el desierto. La leyenda Negra sigue tan viva como en los tiempos del Padre Lascasas, y se regenera continuamente, últimamente revitalizada por todos los movimientos indigenistas, que sólo quieren ver lo negativo de la aportación española y resuelven todas sus frustraciones buscando un enemigo inexistente en el pasado, culpándole de todos sus males, en vez afrontar la realidad de quienes son sus actuales opresores que no son otros que los imperialismos devastadores de culturas que arrasan con su globalismo cualquier vestigio de diversidad.

CALLE ARENAL.

Llegó la primavera, que está a punto de concluir, y Madrid como cada año resplandeció por unos días con el espectáculo de los perales de flor que como novedad ha extendido por algunas calles y plazas nuestro Ayuntamiento. Uno de los lugares de mayor intensidad floral y se concentra en la plaza de la Ópera y la calle del Arenal. Es reconfortante pensar que algunas veces nuestros rectores aciertan, y en lo que se daba en llamar el ornato público es en lo que han tenido en general más acierto en nuestros pueblos y ciudades. Casi todas han regenerado al menos las zonas centrales, los cascos históricos, y muchas ciudades, la mayoría, resplandecen en sus núcleos esenciales, cada una en la medida de sus posibilidades. Eso sí, no en todos los pueblos consiguen que esos lavados de cara no ocasionen una despersonalización de la ciudad, una pérdida artificial del natural devenir vital de una sociedad. Se hiperprotegen los centros, que son la imagen icónica de las ciudades, y dan una visión bonita a los visitantes, pero en muchas ocasiones se hacen imposibles de vivir. Dejan de ser barrios, donde puedes comprar el pan o sentarte en un banco, para convertirse en centros comerciales al aire libre o museos para turistas.

    Si a uno le montasen en un helicóptero y con los ojos cerrados le depositaran en una calle peatonal  de cualquier ciudad de España (y casi del mundo), no conseguiría identificar el lugar, ya que con toda probabilidad sus únicas referencias visuales serían carteles de Zara, Starbucks, McDonalds, HM, y otras tantas de la misma ralea. Se vuelven calles clónicas unas de otras, casi intercambiables entre sí. La globalización impone una despersonalización de nuestras calles, una uniformidad que solo genera tristeza.

    Si acabo de alabar la belleza de una calle como la de Arenal de Madrid, en esa época primaveral, al mismo tiempo tengo que poner énfasis en su absoluto declive. Esta misma tarde he comprobado como un hombre de edad avanzada miraba atónito, casi con lágrimas en los ojos y sin poder creerlo a juzgar por su cara de desconcierto y sorpresa, el cierre de un establecimiento clásico de la misma como era la mantequería Ferpal,  que hace unos días cerró para siempre, y que con toda seguridad cederá su espacio a cualquier desangelada franquicia. Los que tenemos cierta edad, recordamos la rivalidad entre esta mantequería y otra no muy lejos en la plaza del Callao, que competían por tener la supremacía en los sándwiches de esta ciudad. Yo tenía muy claro que prefería el de ensaladilla de Rodilla y el vegetal del Ferpal (estaban predestinados para mantener la rima consonante). Todavía hace una semana pude tomar mi último sándwich allí antes de que echara el cierre definitivo. Rodilla hace ya muchos años vendió su alma al diablo y se convirtió en una más de las surtidoras de comida despersonalizada.

    Pero la lista de bajas históricas en la misma calle ha sido muy intensa en el último año. Cayó la librería de arte religioso Palomeque, ante cuyos escaparates siempre me quedaba embobado con la abigarrada multitud de imágenes de santos y reproducciones de vírgenes románicas. Descanse en paz. Hoy es una charcutería para turistas patrocinada por la Junta de Extremadura sin gracia ninguna.

    Especialmente dolorosa para mí fue la pérdida de “La Madrileña”, donde se hacía las más entrañables y mejores salchichas alemanas que he comido nunca, tanto las de Frankfort como las blancas tipo bratwurst.  Por no hablar del inimitable Leberwurst. Y todo ello en una tienda en que tenías gratuitamente el espectáculo de ver que tu pedido se embarcaba en una gaveta que por medio de un ingenioso sistema de desplazamiento horizontal, como si fuera una montaña rusa, que acababa aterrizando junto a la caja registradora donde se pagaba la adquisición. Era una tienda única, que no podrías encontrar en Lisboa o en Barcelona. Hoy creo que es una tienda de lencería femenina, cuyo nombre me niego a promocionar. Lo siento pero no hay deshabillé por sugerente que sea que me pueda emocionar más que esas salchichas que casi una vez por semana compraba mi madre y cuyo sabor se ha perdido para siempre.

La lista de bajas sería interminable, podría incluir la centenaria farmacia “Gayoso”,  el cercano Real cinema, donde vi la primera entrega de la Guerra de las Galaxias o  el Teatro Eslava, donde recuerdo haber visto una de las últimas obras allí estrenadas, “Así que pasen cinco años” de Lorca. Corría el año 1978, yo tenía 14, y sólo recuerdo de esa obra que no entendí absolutamente nada.

Gracias a Dios que nos queda el puesto de libros del pasadizo que termina en una chocolatería que resiste el paso del tiempo  y junto a él,  la hermosa Iglesia de San Ginés, con su curioso cocodrilo disecado, donde se evoca en su puerta a Lope de Vega, por haberse casado allí, a Quevedo, por ser el lugar de su bautismo y a Tomás Luis de Victoria, por otro evento que no recuerdo en este momento.  

  En realidad debo admitir que este planto por las tiendas de toda la vida, no es más que una nostalgia viejuna de quien no se resigna a los cambios, que son en todo momento inevitables, ya que las tiendas, como los teatros nacen, mueren y finalmente se transforman en discotecas o almacenes de ropa barata sueca. Y las ciudades inevitablemente se visten según la moda de los tiempos. Todos los establecimientos cuyo cierre lamento fueron en su momento una novedad que seguramente desplazó a otros  cuyo cierre provocó en alguien algún lamento también. Y por ello tengo claro que, aunque me genere melancolía la pérdida de referentes de mi vida, la queja no es esa.  Me fastidia que esta calle, como tantas otras de Madrid y de otras ciudades, se desnude de una ropa personal, diferente y como si dijéramos hecha a medida, y se vista con un traje uniformado, tan  anodino y tan poco interesante que consigue que una de las calles con más solera de la ciudad sea indistiguible de un centro comercial de la periferia y de otra muchas calles de otras muchas ciudades.

Hoy que hay una tan potente conciencia ecológica podría extenderse el proteccionismo a comercios y establecimientos en peligro de extinción, conservando como si fuera un cuclillo o un alimoche, la mercería de toda la vida, la tasca donde ponen vermú de grifo o el ultramarinos con olor a bacalao y papel de estraza.

LA MALA REPUTACIÓN

Parece que llegó mi hora. La de enfrentarme a la realidad de que soy un sumiso súbdito del sistema. Lo sabía y lo asumo, pero cada vez que recibo por parte del poder un par de banderillas nuevo en mi costado, me hace sentirme fatal. Humillado y ofendido, y sobre todo cobarde. En suma todo lo contrario de lo que defiendo. La razón de mi desazón, que mi sinrazón despierta, es precisamente que he recibido un maldito mensaje en mi teléfono citándome para vacunarme, es decir para pasar por el saneamiento semiobligatorio con el que quedaré ungido como uno más entre la grey de los siervos. No es que no lo supiera, no soy tan ingenuo, pero como digo, cada acto de soberanía que se me impone me siento más castigado. Quisiera ser como el toro al que cantaba Miguel Hernández que se crece en el castigo y lleva al cuello un vendaval sonoro, pero en realidad me siento más como un ternero pastueño que acude sumiso al matadero y lleva al cuello una esquila de borrego. Tal vez en eso consista efectivamente la famosa inmunidad de rebaño, en considerar a los hombres no como seres libres y suficientes sino como cabezas de ganado. El proceso me recuerda demasiado las campañas de saneamiento ganadero que impone desde hace años la política ganadera, en el que todas las reses, mansas y bravas, pasan sin opción posible  por la humillación de ser marcadas con un crotal con código de barras.        

Eso me parece a mí la vacunación masiva de la ciudadanía, que además para más inri, queda vestida de un supuesto derecho de elección a no vacunarse, el cual es  realmente ficticio porque el Estado no es neutral y ya anuncia a banderas desplegadas que no vacunarse es una irresponsabilidad, y de hecho desliza sutilmente la idea de que quien no lo hace es un mal ciudadano, insolidario y egoísta. Y obviamente enseguida enarbolan esa bandera los ciudadanos siempre despiadados contra sus vecinos.

      La gente acepta con naturalidad recibir en su teléfono móvil un mensaje de la Autoridad dando cita para la humillación. Incluso lo reciben como una llamada de la suerte. Yo tenía la esperanza de que no tuvieran mi número de teléfono. No recuerdo haberlo aportado nunca a la autoridad sanitaria pública, a la que accedo en muy pocas ocasiones. Pero resulta que sí, que mi esperanza de confundirme con la niebla y pasar desapercibido, era vana. Estoy perfectamente fichado como uno más. Y ahora ya mi afán por pasar desapercibido pasa por vacunarme, ya que de no hacerlo quedaré todavía más marcado con el código de barras de los apestados, que no podrán ni viajar ni subirse a un autobús.

      La realidad es que yo no quiero enfermar de coronavirus, pero tampoco quiero meter en mi cuerpo un elemento extraño y distorsionador, con apenas control de sus efectos, más que a un breve plazo. Nos dicen que debemos confiar en la ciencia, pero la ciencia está llena de efectos secundarios desagradables. No es necesario recordar los efectos de la Talidomida o de Chernobyl, que en su día fueron avalados por sesudos científicos.  Todos sabemos que hay una larga lista de medicinas que, recomendadas inicialmente, pasado un tiempo son retiradas del mercado por sus efectos adversos que sólo se manifestaron o conocieron con el transcurso de los años. ¿Quién nos puede afirmar que la euforia por salir de una situación angustiosa generada por el siniestro virus chino no se transformará en lamentos y crujir de dientes?  

    Lo cierto es que, a pesar de todo, sé positivamente que acabaré vacunándome antes o después y ello porque carezco de la fuerza necesaria para enfrentarme a la ola de la enorme presión social y política. Al fin y al cabo, prácticamente todo el mundo que conozco termina asumiendo la vacuna, y la mayoría con entusiasmo. Y los que no tienen entusiasmo, con resignación, como yo. Pero como dijera George Brassens, en su versión española de Paco Ibáñez, a la gente no gusta que uno tenga su propia fe, y que aunque uno piense «que no hace daño queriendo vivir fuera del rebaño«, al final resulta que sí, que la mala reputación es arrasadora, y exige una fortaleza para mantenerse en pie frente al huracán, de la que carezco.  

    Sé que este escrito va a generar pocas simpatías a mi favor. Los partidarios de la vacuna verán una posición irracional y absurda. Los contrarios a la vacuna, una posición cobarde y claudicante.  Y los neutrales que aceptan acríticamente las ventajas de una vacunación masiva contra el coronavirus, simplemente no me comprenderán y me mirarán de soslayo con extrañeza ante lo que hace presentarme como un bicho raro y contradictorio. Un triste y patético anarquista de salón. Pero os ahorro el trabajo, ya me lo digo yo todo.  Seguramente debería callarme y vacunarme de una vez. Y si escribo esto es porque, cuando empecé estos escritos me prometí ser sincero en mis posiciones, aunque sean poco populares. E incluso aunque sean perjudiciales para mí, causantes de mala reputación.

Una pequeña escaramuza.

Hace tiempo que no me acerco al Acantilado. Me pasa a menudo, las tareas y quehaceres me mantienen maniatado a la necesidad. Se impone el vivir al filosofar y a veces la vida es tan exigente que no deja tiempo para sosegarse y escribir. También hay un punto de pereza intelectual. Por razones desconocidas, baja durante un tiempo la necesidad vital de escribir y de exteriorizar ideas, y sube la tentación de la molicie. Son como ritmos, ciclos o cadencias en el discurrir de la existencia, que hace que unas veces predomine la acción, otras la reflexión y otras la mera holganza. No sé si tiene algo que ver con las fases lunares o los biorritmos. No me atrevo teorizar sobre ello y ni siquiera aventurar hipótesis. Pero sí creo que puedo llegar hasta la frontera de afirmar que en mí esos ciclos existen. Períodos en que no sólo pierdo el interés por decir nada, sino que incluso me planteo retrospectivamente y prospectivamente la idoneidad de emplear algún tiempo, por poco que sea, a escribir. Estos períodos de autocuestionamiento y galvana hábilmente entremezclados, al menos para mí, son incontrolables. Gracias a Dios, no soy un escritor profesional, sino un mero diletante, y por tanto las ausencias no me privan del sustento.

 Creo que no he superado totalmente la fase de agrafia temporal y de indecisión ante la página en blanco, pero intento hacer un esfuerzo y sobreponerme para hacer algo de justicia con lo que de manera reiterada vengo defendiendo en este blog. En general reconozco que predomina el pesimismo cuando me adentro en terrenos de índole política o social. Y por ello cuando en la guerra, que según sostengo se viene produciendo con carácter global,  se produce alguna pequeña victoria de lo que considero mi bando o mi partido, creo que es necesario reflejarlo para no caer en el derrotismo y en la desesperación.

    La mayoría de mis escritos anteriores son una queja ante el acoso a que nos somete el enemigo, interior y exterior, y de los atropellos que cada día con mayor encono sufrimos en nuestras, como diría Rosendo, maneras de vivir.  Por ello, si en una entrada anterior  dejaba constancia de la derrota sufrida en lo que me atreví a llamar la “Batalla del Capitolio”, hoy quiero dejar reflejada una victoria, no  de la guerra, ni siquiera de una batalla, pero sí de una victoria en una pequeña escaramuza, en un territorio cercano para mí, porque es precisamente en el que vivo. Sé que es una victoria local, parcial y provisional, pero ayuda a subir la moral de la tropa.

   Y si ha sido una victoria, no es porque en unas recientes elecciones regionales se haya obtenido un resultado electoral concreto, o haya sacado más votos un partido más o menos afín. Realmente nunca he considerado una auténtica victoria el triunfo electoral del partido que ha ganado otra vez estas elecciones, sino todo lo más un mal menor o un aplazamiento de los problemas reales que nunca se han mostrado interesado en combatirlos, sino únicamente en modularlos, cuando no directamente en disimularlos. Por eso le abandoné, porque descubrí, que cada vez que le votaba, lo hacía tarareando aquello que cantaba la Jurado, de «hace tiempo que no siento nada al hacerlo contigo«.

    Si considero que ha habido en esta ocasión una auténtica victoria, es porque en estas recientes elecciones por primera vez en una parte de España se ha planteado la elección entre dos modelos de sociedad, no sólo una opción de un modelo de gestión. Y eso se le debe a una persona en concreto, que rompiendo con la tradición conformista y sumisa de su partido ha hecho bandera de lo que realmente siente una gran parte de la sociedad, del hartazgo ante la sumisión moral en la que vivimos inmersos y que casi toda la clase política había asumido hasta ahora sin rechistar, mientras esperaba su turno para usufructuar el poder durante una temporada, pero sin discutir ninguno de los principios que casi nadie se atreve a cuestionar. Es revelador que se haya recuperado para la ocasión la palabra “libertad”. El uso eficaz de la misma es un síntoma que revela que muchas personas empiezan a ser conscientes de su falta. Han llegado a percibir que el modelo social que nos vienen imponiendo sutilmente desde los poderes reales que nos dominan a través de los cánones culturales, las modas, los medios de comunicación, la publicidad, y tantos otros, no es sino una forma moderna y edulcorada de esclavitud. Y al fin ha prendido la idea de que la pandemia que nos asola, ha sido una estupenda excusa para avanzar en ese camino liberticida, y ha sido tan asfixiante que al menos ha producido el efecto de hacerlo comprender a mucha gente, a pesar de la propaganda oficial.

      Por ello una aplastante mayoría de personas votando a favor de la libertad, no puede sino reconfortar. No nos engañemos, una golondrina no hace primavera, y esto es sólo un pequeño paso, pero podemos soñar que sea un paso semejante al que diera Don Pelayo en las breñas asturianas, o ya que estamos en Madrid, podemos soñar con un nuevo dos de mayo y un nuevo Andrés Torrejón. Un pequeño villorrio como Móstoles llamó a desperezarse a todos los españoles ante una invasión y frente al total colaboracionismo de las élites y los poderosos. Tal vez podamos aprender de su ejemplo.

Imágenes del Cerro de Garabitos (Madrid). Atalaya natural para soñar con Madrid al fondo.

11 DE MARZO DE 2004. MADRID.

Hoy es día 11 de marzo. Desde hace diecisiete años es para mí una fecha que no pasa desapercibida. Más allá de las remembranzas oficiales, siempre impostadas y falaces, yo traigo a la memoria, a mi particular memoria, el horror padecido aquel día, así como la incredulidad, el miedo, el desasosiego, la impotencia y otros estados de ánimos y sensaciones que recupero con gran intensidad. Reconozco que en fechas posteriores las emociones mutaron, y prevaleció la búsqueda de la verdad como una auténtica obsesión ante las burdas maquinaciones que las cloacas y los políticos idearon para utilizar la muerte en su propio provecho. Pero eso fue después, el día del 11 de marzo y los dos o tres posteriores, fueron días de puro abatimiento y tristeza. Nunca como entonces, ni siquiera en lo más severo del confinamiento que hemos tenido recientemente, he compartido con los habitantes de Madrid un estado de ánimo de tanta tristeza general, colectiva y sincera. No puedo olvidar a una joven sentada frente a mí en el metro que de forma espontánea comenzó a llorar con un llanto que se contagió en mayor o menor medida a todos los que íbamos en aquel vagón. El que más y el que menos volvía el rostro para ocultar los sollozos. Aún hoy, diecisiete años después,  el recuerdo de ese momento hace que se me humedezcan los ojos. Es una sensación rara para una sociedad normalmente tan individualista que acostumbra a evitar al compañero de viaje y en la que casi siempre cada persona es una burbuja que defiende su asilamiento con unos auriculares o una conversación telefónica. Aquel día fue diferente, compartíamos sin palabras un mismo sentimiento. Nos sentíamos hermanados en el dolor, el desconcierto y la injusticia. Otros atentados, que en Madrid habían sido relativamente frecuentes, eran por decirlo así quirúrgicos, dentro de su maldita injusticia tenían por destino a una persona concreta. En este caso no era así, las víctimas potenciales éramos todos, cualquiera que viajara de madrugada en un tren para ir a trabajar.

    La historia de la hábil manipulación de esos sentimientos para fines concretos, así como de la farsa judicial y la montaña de mentiras que han sepultado los hechos que realmente ocurrieron bajo una burda versión oficial, no es hoy lo que me trae a escribir estas líneas. Lo dejo para otro momento y sin duda lo haré, porque creo que es una exigencia de justicia. Hoy sólo quiero recordar la angustia de esa mañana en la que nos llamábamos por teléfono unos a otros preguntándonos si habríamos pasado por la Estación de Atocha. El alivio al oír descolgar y comprobar que contestaban la llamada.  Recuerdo el cielo gris, el sol oculto por la niebla como si fuera un humo escapado de las hogueras del infierno, y un frío que parecía entumecer el alma. El silencio y la mirada cabizbaja de los caminantes inconsolables buscando en el asfalto una respuesta. Nunca he vuelto a sentir esa conmoción colectiva de una ciudad al completo en estado de shock.

      No me puedo olvidar tampoco de que poco después llegó la manipulación que transformó el dolor en  rabia dirigida, no contra los culpables de la matanza, sino contra  otros conciudadanos culpables al parecer de respaldar a quien nos había llevado a una guerra contra los musulmanes que ahora se vengaban. A los pocos días el dolor que el atentado me había causado, lejos de desaparecer se vio intensificado por la percepción del odio que sin disimulo recibía de parte de algunos vecinos. Los de siempre esparciendo su dosis generosa de veneno. Ni siquiera nos dejaron llorar en paz. Fue allí cuando comprendí que este país no tiene solución.

       Quiero terminar estas líneas, con unos versos que escribí a los pocos días de ese terrible suceso, cuando todavía tenía anclada en el alma la angustia sufrida. Hoy es ya una vieja cicatriz que escuece cuando cambia el tiempo, y eso ocurre al menos una vez al año, precisamente hoy.

MADRID. 11 DE MARZO DE 2004

Mientras florece el almendro,
un día como otro cualquiera de primavera temprana,
la Bestia de ojos sangrientos
ha inyectado su mirada en mis pupilas. 
Su aliento es el estrago del infierno, 
arrastrando inocentes al abismo. 
¡Oh tiempos de desamparo, que prohijas la miseria y el horror! 
¿Qué hemos hecho para ser azotados 
por tu furia en las desprevenidas almas, 
sino ser simples caminantes de la vida? 
El dolor ya me atosiga
con la herrumbre de los cuerpos traspasados
hincados en mi pecho.
Ya no hay palabras,
sino sollozos ahogados.
Ya no hay risas,
sino muecas ausentes.
Entre el silencio demacrado,
se esconde la muerte vengativa:
ha germinado el odio que ha sembrado,
y ya cosecha sus mieses
en el campo de los justos.
¿De qué ajedrez infernal somos peones? 
¿Qué sanhedrín sangriento 
nos ofrece en holocausto al dios espurio de la guerra? 
Con un rayo de fuego tenebroso,
nos han incendiado la esperanza
y la ciega muerte ha crepitado entre nosotros, 
blandiendo su guadaña, 
enlutando la fría mañana cotidiana.
La severa espada ha ejecutado
su injusta sentencia en mi costado.
Hoy ya me faltas, mi anónimo vecino,
un ladrón desalmado te robó la vida
y el alma del pueblo que te llora.
Y se conduele de tu ausencia,
como de un miembro amputado.
El que sirve para amar y el del consuelo.

ANIVERSARIO

   Sigue avanzando el año 2021, con un ritmo que unos días me parece vertiginoso y otros premioso. Así son los días en la vida, unos largos y otros cortos, aunque todos sean iguales, No se me ocurre algo menos científico que la sensación de transcurso del tiempo. Quizá se asemeja un poco la desmemoria generalizada sobre el otro tiempo, el atmosférico. Realmente la palabra «tiempo» es un poco complicada en español, por esta rara polisemia. Tienen en común la facilidad que tienen para difuminarse en la memoria. Parece haber un consenso en que la diferencia esencial entre ambos es que uno es variable, caprichoso y a veces es bueno y otras malo, aunque esto último en un concepto totalmente relativo y discutible. Y el otro es invariable, fijo, siempre ordenado y siempre igual, de una puntualidad, casi diría puntillosidad, suiza.

     A pesar de ello, hay una sólida unanimidad entre los hombres que ya llevamos varias décadas desgastando las suelas por la superficie de la tierra, en la creencia de que a medida que avanza la vida, el tiempo va más deprisa, se acelera. La conocida expresión tempus fugit seguramente no la parió un adolescente en la flor de la vida. El primer síntoma de que se ha dejado atrás la primera etapa de la vida es cuando se percibe ese vértigo del tiempo huyendo despavorido. Y ya se tiene de modo irremediable la convicción de que se ha dejado de ser joven cuando se alcanza, primero la impresión y luego la certeza, de que ya no te va a dar tiempo a hacer todo lo que querrías hacer en la vida. Empiezan así las ansiedades, que suelen llamarse la crisis de los treinta, los cuarenta, los cincuenta …  y que yo con una precocidad asombrosa experimenté por primera vez al cumplir dieciocho años, de lo cual obviamente hace ya mucho. Luego he sufrido cada cambio de década como un aldabonazo, como los clarines que en la corrida anuncian que hay que pasar al tercio siguiente, hayas o no cumplido el objetivo del anterior, y que como al toro te anuncian un final ya inminente.

      Es un clásico en la literatura el lamento por el tiempo perdido, que por definición es todo, ya que todo el que se ha ido no volverá. Si pienso en cómo he malgastado yo mi tiempo, que no volverá, no regresará, más, cantaba Battiato. Envidio profundamente a quienes saben vivir ejerciendo el “carpe diem”, sin volver la vista atrás que sin remedio te convierte en estatua de sal. Da igual si lo que has dejado atrás es el paraíso o Sodoma y Gomorra, no hay nada más improductivo que el arrepentimiento y en particular el pesar por decisiones desacertadas que tal vez podrían haber cambiado el rumbo de la vida. Quien no sabe o no puede evitarlo tiene que hacer frente a ello, y optar por la resignación, el desaliento o por el contrario abandonar ese bucle melancólico y tomar la decisión de hacer aquello que sea todavía posible hacer. Y si aquello no es mucho, qué le vamos a hacer, siempre algo es mejor que nada. Y no, no estoy pretendiendo escribir un libro de autoayuda barato. No pretendo remedar a Paulo Coelho, sino que todo este circunloquio es, o pretende tener como meta, sólo realizar una leve reflexión acerca de este blog.

     Y si me permito esta digresión es porque me tengo que poner una pequeña medalla personal, y ello porque “Desde el Acantilado” está a punto de cumplir un año de existencia. Y aunque es una propuesta de una ambición mínima, corría el riesgo, muy propio de mi carácter, de dejarlo olvidado y preterido flotando en el líquido amniótico de  la blogosfera, mientras buscaba otras formas alternativas de perder el tiempo. Pero ha alcanzado un año de edad, veintitantas entradas, lo que hace una media de unas dos entradas al mes, menos da una piedra. En el escrito de presentación ya mostraba mi temor a que se quedara en un nasciturus, una criatura no nata, un embrión sin viabilidad. Y al menos ha alcanzado ya un año de vida pública, aunque realmente la criatura haya nacido tímida, a semejanza de su autor.

Citaba en aquel escrito de presentación del blog una frase del prólogo del Quijote, en el que dice que cada cosa engendra su semejante, y supongo que es así, que este blog ha reflejado los estados de ánimo que se suceden en la vida de quien lo escribe, y por tanto aparece unos días melancólico y triste, otros exaltado y cabreado. Pero aunque esté mediatizado por el prisma del color del día y del humor que toca esa jornada, siempre ha intentado perseguir su propósito confesado, que no es otro que intentar modestamente ser un testigo de la época que me ha tocado vivir, observar desde mi atalaya, tronera o acantilado, el mundo que me rodea, y que en el último año ha sido particularmente extraño y cruel. Ello puede explicar que en general el tono ha sido predominantemente pesimista, a lo que sin duda también contribuye que la edad va acendrando la visión negativa del presente y el futuro.

Y otra vez acudiendo a Cervantes me siento un poco como debió de sentirse él cuando ya superados los cincuenta comprobaba que ya a nadie le interesaba que hubiera perdido un brazo en la más alta ocasión que vieron los siglos luchando para el hijo del rayo, es decir Carlos V, y que veía que su lucha había sido estéril porque un nuevo orden se extendía por la cristiandad. Es decir que se empeñaba en habitar un mundo que había dejado de existir. Un viejo reaccionario y cascarrabias, este es el papel que siento que me va a tocar asumir de aquí en adelante, como le ocurrió a D. Miguel, lo que lejos de molestarme, me sirve de estímulo al comprobar que éste publicó su obra maestra cuando le faltaban un par de años para cumplir los sesenta. Y que a pesar de todo pudo conservar un estruendoso sentido del humor. Así que no todo está perdido.  

¡O tempora, o mores!.

      Hace unos días escuché esta alocución latina que he consignado en el título, (que conozco, no voy a negarlo, gracias a los cuentos de Asterix), en una obra de teatro de reciente estreno en Madrid: “Viejo amigo Cicerón” de Ernesto Caballero. Fue una curiosa coincidencia que unas horas antes de ello yo había escrito esa frase en el estado en el whatsapp,  lo que he percibido como una premonición que  me ha sugerido una especie de comunión mística entre algunos conciudadanos que no nos sentimos cómodos con el mundo actual y que acudimos a esta frase (O tempora, o mores!) para expresar nuestro desconcierto con la realidad que nos circunda.

   Aparece en la obra citada esa expresión (Oh tiempos, oh costumbres), recordando que fue empleada por Cicerón, en sus Catilinarias,  para referirse a la situación de Roma en tiempos de la célebre conjura de Catilina. Y realmente la expresión, que trasluce disgusto e incomprensión con los tiempos que nos han tocado vivir, es aplicable no sólo a la época de la República romana sino también a los tiempos actuales. Si en aquel momento Cicerón destapó la conjura de un caudillo populista y agitador de masas que aspiraba conseguir el poder total de Roma, como era Catilina, hoy en día nuestra frágil convivencia, está también atacada por fuertes enemigos que nos asedian y nos amenazan con imponer un poder omnímodo.

    La diferencia más relevante es que nuestro enemigo actual no es una persona concreta, sino que la conjura que nos amenaza es una conspiración total y general dirigida por brujos ocultos del poder, de una hidra que al no tener una única cabeza es casi imposible de derrotar. Pero no por ello es menos pertinente recuperar en estos momentos la figura de Marco Tulio Cicerón, como luchador por la libertad, y el ejemplo de un guerrero que utiliza como arma principal la palabra, poderosa arma que no fue bastante para conservar la vida frente al tirano. Debemos por ello agradecer a Ernesto Caballero que nos haya presentado un brillante texto teatral de reivindicación de Cicerón.

        Reconozco que fui a ver la obra por la recomendación expresa de quien me suele hacer óptimas recomendaciones sobre teatro y otras sugerencias interesantes, pero sin mirar de antemano quien era el autor. Al llegar al teatro mis expectativas aumentaron al ver que el texto era de Caballero, de quien ya había hablado en este blog en una entrada anterior. ( https://desdeelacantilado.com/2020/10/22/salida-urgente/ ) Y tras ver la obra confieso que no sufrí decepción alguna, sino todo lo contrario. La obra es literariamente, en mi humilde opinión, un prodigio de creación artística, que para en los tiempos que corren es casi un milagro, lo que me lleva a considerar que Ernesto Caballero es posiblemente el autor teatral vivo y en activo más importante del momento, y que merece un puesto de honor entre los grandes autores teatrales del teatro contemporáneo.

        

En el teatro actual parece que hay un ocultamiento de los autores, que antes eran los indiscutibles reclamos para una obra. Así ocurrió con Lope de Vega,  Lorca,  Benavente,  Jardiel, Mihura, Casona y un largo etcétera. Hoy en los carteles el nombre del autor se pone en pequeño, en forma casi vergonzante, como si más importante fuera el espectáculo, la función, o el actor que el texto. Esto me parece injusto y por ello, modestamente quiero reivindicar el nombre y el valor del autor de obras de teatro. 

      Cada escritor escribe para su tiempo, y aporta algo (o no) que sus contemporáneos quieren escuchar y sentir. Pasado un tiempo puede que ese sentimiento y discurso  no conserven la misma vigencia, y simplemente las obras caen en el olvido. Por ejemplo, el teatro de Buero Vallejo, fue muy interesante en su momento concreto para una sociedad en pleno franquismo, ávida de ver otras perspectivas de la vida distintas de las oficiales, pero hoy muchas de sus obras, sin negarles la indudable calidad literaria, han quedado ciertamente desfasadas. O todavía más claro en el caso del premio nobel Echegaray. Otras obras, sin embargo,  como “Los Intereses Creados” de Benavente o “Un enemigo del pueblo” de Ibsen, consiguen mantener el interés más allá de su momento concreto de creación. Es la diferencia entre espectáculos de consumo,  buenas obras de teatro y  las obras maestras, quedando limitadas éstas a las que consiguen trascender a su época y hacerse imperecederas.    

No me atrevo a decir en qué categoría debemos incluir “Viejo Amigo Cicerón”. Posiblemente, de momento, sólo es una buena obra de teatro, pero tiene todos los mimbres para convertirse en una obra de largo recorrido. Y ello es así porque tiene un discurso que penetra en la mente, que plantea problemas políticos, de conciencia, que revisiona y cuestiona ideas, las actualiza y las vuelve a plantear con toda su crudeza con el lenguaje de hoy, haciéndonos ser conscientes de que nuestra situación actual es claudicante frente a tentaciones totalitarias, y que nos exige no dar nada por supuesto, es decir, tener cada día que luchar por defender lo que tenemos, por poco e insuficiente que pueda parecernos.

     La obra, he leído por ahí, es un clásico sin togas, y estoy de acuerdo. Es decir nos muestra el mundo clásico visto desde una prisma actual, lo que lo hace más cercano a nuestra vida que los Marco Antonio, Julio César o Bruto de Shakespeare. Quiero con ello decir que tal vez el mismo mensaje nos llega con un lenguaje que hoy nos es cercano, y nos hace inteligibles los problemas, nos lo explica o nos lo plantea en términos que sabemos entender hoy sin demasiado esfuerzo. Pero todo ello con unos diálogos trepidantes e intensos que apenas te dejan saborear las deliciosas frases o reflexionar sobre ellas, en un ritmo teatral que maneja con maestría, por supuesto defendido por la magistral y contundente actuación de José María Pou.

    Se puede argumentar, que es una obra con “recado”, es decir que plantea las cuestiones para llegar a una conclusión que es querida por el autor, lo cual es cierto, pero eso no es una crítica a la obra, sino por el contrario un elogio. Estamos en un momento en el que no es aceptable la equidistancia y es exigible un compromiso con valores que son dignos de ser defendidos. También desde otras posiciones ideológicas tenemos derecho a percibir que alguien escribe para nosotros, que el teatro puede ser, como dijera Gabriel Celaya de la poesía, un arma cargada de futuro.

RESETEANDO, QUE ES GERUNDIO.

    En el llamado Foro de Davos, cada año nos muestran un adelanto, unas pinceladas de lo que será nuestro futuro, la forma de vida que adoptará nuestra nueva normalidad. Ya desde hace unos años ese proyecto globalizador le han llamado “agenda 2030”, que es el nombre con el  que los arquitectos del nuevo orden mundial han bautizado a su siniestro proyecto.

   Decía Jardiel que el mundo ha avanzado por medio de frases, que comenzó con el conocido “creced y multiplicaos” y se desarrolló con la de “vacaciones sin kodak, son vacaciones perdidas”. Pues bien  la frase con que se publicita la nueva normalidad, con la que nos quieren vender las bondades de su proyecto es la de “En 2030 no tendrás nada y serás feliz” . ¡Tal cual!, que diría el castizo. Eso es lo que nos espera.

La primera parte de la frase es una profecía siniestra: “no tendrás nada”. Lo que quiere decir, obviamente, es que la propiedad privada desaparecerá ya que todo será colectivizado. Fin al sueño burgués de la propiedad sobre las cosas para dar paso a la nueva forma de uso en el que no eres el dueño sino sólo el tenedor. Es la resurrección de la forma de propiedad feudal en la que a través de la figura de los censos enfitéuticos los agricultores usaban la tierra para cultivarla pero tenían que reconocer la propiedad a otra persona a quien estaban sometidos y a quien debían abonar cada año un canon y cada cierto tiempo un reconocimiento o vasallaje, el laudemio.

    Pero el slogan publicitario tiene una segunda parte, y es que gracias a estar desposeídos de todo alcanzaremos la felicidad. Y seremos felices porque en ese Walden-Dos idílico, remedo de la Arcadia, nuestros amos nos darán todo lo que deseemos.  A condición claro que desees lo que ellos quieren que desees y sobre todo a condición de que no protestes. Si discrepas, protestas o quieres cosas distintas a las que te dan, el amo te castigará y no te dará nada por malo. Esto no aparece en la publicidad, sino en la letra pequeña, tan pequeña que es imposible de leer. En el prospecto de la agenda 2030 sólo te prometen la felicidad, pero no han hecho constar las contraindicaciones, los desagradables efectos secundarios.

     No nos explican tampoco qué ocurrirá si por el contrario en el año 2030, yo quiero conservar la propiedad de mi casa, de mis libros e incluso de un Winchester para defenderme de las agresiones que me causa la agenda de marras, y aunque ello implique causarme infelicidad. De hecho, ni a mi ni a nadie nos han consultado sobre la cuestión. Hablan continuamente de la voluntad popular, pero el pueblo en su gran mayoría es totalmente ajeno a estos planes que le tienen preparados. Es una agenda, como lo llaman ellos, o un plan, que no emana del pueblo, que sería lo democráticamente aceptable, sino que se le impone por unas élites supuestamente bienintencionadas. Una nueva versión del despotismo ilustrado dieciochesco, que en realidad nunca ha desaparecido plenamente y que una vez se justifica a sí mismo con otra célebre frase, la de “todo para el pueblo, pero sin el pueblo”.

     La Agenda 2030, diseñada por poderes ajenos y poco definibles, es asumida por los gobiernos democráticos sin rechistar. Incluso en España tenemos un ministerio especial para imponerla (implementarla, dicen en lenguaje «politiqués«) . El título completo del ministerio es “vicepresidencia segunda de asuntos sociales y agenda 2030” . Y es que, para poder ejecutar los planes, antes del año 2030, es preciso pisar el acelerador, y sobre todo es necesario borrar lo que consideran muchos hábitos nocivos del pasado. Hábitos nocivos como la propiedad, la familia, la iniciativa privada, las creencias religiosas y tantos otros. Para ello han sugerido que es necesario, a modo de lo que ocurre con los ordenadores que presentan problemas de resistencia a obedecer correctamente las órdenes que se les dan, un reinicio. Lo llaman enfáticamente “El Gran Inicio”  Y la pandemia, es la gran ocasión que se presenta, es el momento perfecto para efectuar el gran reseteo de nuestras vidas. Han comprobado directamente que ya estamos preparados para aceptar todo lo que nos impongan.

https://es.weforum.org/agenda/2020/06/ahora-es-el-momento-de-un-gran-reinicio

      La página oficial del World Economic Forum (foro de Davos) sugiere que la población se encuentra lo suficientemente sometida, debido al miedo provocado por la tragedia sanitaria, para acatar las órdenes del cónclave de mandatarios. Se puede leer en la indicada página, entre otras lindezas, lo siguiente:  «Un aspecto positivo de la pandemia es que nos ha enseñado que podemos introducir cambios radicales en nuestro estilo de vida con gran rapidez. Los ciudadanos han demostrado con creces que están dispuestos a hacer sacrificios por el bien de la atención sanitaria y otros trabajadores esenciales y grupos de población vulnerables, como los ancianos. Es evidente que existe una voluntad de construir una sociedad mejor y debemos aprovecharla para garantizar el Gran Reinicio que necesitamos con tanta urgencia«.

Tienen prisa, se acerca el momento, van poco a poco pero cada vez más rápidamente en su proceso. Quien no quiera verlo, que no lo vea, pero no digan que no avisamos. Dentro de poco será demasiado tarde, si es que no lo es ya.