Soy un ciudadano español y quiero pedirle disculpas. Pero no por lo que Ud. solicita de los españoles y por todos ellos a nuestro Rey. Le pido disculpas por ser incapaz de memorizar su nombre y de transcribirlo correctamente. He visto un simpático video en Tic-toc, esa plataforma maléfica que nos llegó de la China, en el que nos indica cómo debe pronunciarse su nombre correctamente y tras oírlo varias veces y varias vacilaciones (Cheimpaun, Champún, Champéin) he decidido que la grafía que mejor coincide con su apellido es Chimpún.
Mi idioma, que casualmente por un error grave de la historia, es también el suyo suele pronunciarse tal como se escribe, por lo que yo me tomo la licencia contraria, de escribir su nombre tal y como lo oigo pronunciar. Es una costumbre de por aquí la de españolizar los apellidos extraños y así, el nombre inglés Malborough, pasó al cancionero infantil como “Mambrú”, o el nombre náhuatl Malīntzīni, se convirtió en la Malinche. Por ello espero que no le moleste. Pero si le molesta, realmente me importa una higa, ya que poco me importa la opinión de una señora tan maleducada y ofensiva.
Tengo menos problemas en pronunciar y escribir su segundo apellido, que es Pardo, es decir un apellido de innegable origen hispánico, que comparte por ejemplo con mi admirada Doña Emilia Pardo Bazán. Pero no nos engañemos, no se trata de un apellido que la señora Chimpún ostente por algún español ido a México, como por ejemplo le ocurría a su antecesor el señor López. La trazabilidad de su apellido es más compleja, porque se trata de una descendiente que conserva ese gentilicio en su familia desde hace quinientos años que fueron expulsados de Sefarad. Vamos atando cabos, señora Chimpún.
Por sus últimas declaraciones sabemos que cojea bastante en el conocimiento de la historia del país que preside. Su compatriota Eduardo Verástegui, le ha tenido que corregir en lo que antes era twitter varias imprecisiones por históricas y recordarle, por ejemplo, que los Méxicas fundaron Tenochtitlan en 1325, no fundaron México, o que en 1521 cayó Tenochtitlan, no México y otras varias por el estilo, que en mi caso sería un error comprensible, pero que en el suyo, señora Chimpún, es imperdonable.
No era santo de mi devoción su antecesor, el señor López, también conocido, por “Malo”, perdón por “Amlo” (¡ay, esta dislexia!). Pero este señor, aunque odiaba como Usted a España y a los españoles como reconoció en privado a un político manchego, no cometía esos deslices históricos. Y aunque renegara de la tradición española, era un innegable hijo de la hispanidad, que se manifiesta en la “ínclita raza ubérrima, sangre de Hispania fecunda” como la definiera Rubén Darío, o dicho en español de andar por casa y sin la prosapia modernista, en la mezcla de la sangre de origen americano precolombino con la de sus abuelos cántabro-astures.
Pero usted señora Chimpún, ignora la historia de su país, y sólo recoge el resentimiento que navega por las venas de sus correligionarios políticos, que allende y aquende los mares, rezuman por todos sus poros la mala baba de la leyenda negra. Con ella dan una explicación a la incompetencia de sus inmediatos predecesores en el cargo. De esos malhadados gobiernos criollos que solo supieron empobrecer al pueblo a costa de trabajar para intereses extranjeros. De la insoportable violencia y corrupción. De los robos de niños para abastecer a los pederastas de más allá del Río Grande. De la humillante claudicación ante su vecino del Norte, que les robó la mitad de su territorio y les desprecia y pisotea.
Podría argumentar que por esta parte europea de “hispanosfera” las cosas no han ido mucho mejor y que tampoco estamos para tirar cohetes. Y en eso tendría razón, pero con una diferencia importante y es que desde aquí no le echamos a los de allí la culpa de los que nos pasa a nosotros. Y podríamos hacerlo, porque nada más fácil que inventarse un agravio histórico. Por ejemplo, podríamos argumentar que nuestra decadencia es porque después de apostar por un proyecto común y derramar lo mejor de nuestros esfuerzos en crear una comunidad fuerte de intereses, a mitad de camino, cuando creyeron que ya eran capaces de gestionarlo todo por su cuenta se bajaron del barco y abandonaron el proyecto. Dicho en castizo podríamos desde aquí reprocharles que nos dejaron colgados cambiando el proyecto hispánico por el iluminista masón que obedecía a intereses anglosajones.
Pero lo que ahora no vale es decir que, como no les ha salido bien el andar por su cuenta, la culpa de España y de sus reyes. Es algo así como un hijo que una vez emancipado, si no consigue vivir como le gustaría, culpa a sus padres de no haberle dado una buena educación o de no haberle exigido que se formara lo suficiente. O simplemente le culpa por haberle parido. La ingratitud no tiene límites y es un deporte universal lo de utilizar argumentos y excusas para culpar a otros de los propios fracasos. Señora Chimpún, ya es hora que cada uno asuma sus propios éxitos y sus propios errores. Sería lo lógico después de doscientos años de independencia.
Y dicho lo cual, me vengo arriba, y desde aquí le pido, estimada señora Chimpún, que, desde su posición actual, pida perdón a España por dejarnos en la estacada cuando más les necesitábamos. Por su ingratitud y por su resentimiento. Por divorciarse de la hispanidad para irse con una novia progre que le prometió el oro y el moro y ahora le humilla y desprecia.
Como comprenderá, Señora Chimpún Pardo, estoy bastante ofendido como español por su desaire al Rey de España al no invitarle a su entronización republicana. Y por esa exigencia impertinente de pedir disculpas por el pasado. No voy a recordarle las muchas razones por las que no es procedente esa exigencia, porque no las entendería, ya que no hay peor sordo que el que no quiere oír.
Pero por otro lado le doy las gracias porque ha generado una reacción contraria a lo que pretendía. Gracias a Usted se ha enardecido el orgullo de ser español y una enorme parte de la opinión pública española ha reaccionado a favor de nuestro rey y de la reivindicación de nuestra historia. Gracias a Usted y su desaire, estos días es una conversación común la reivindicación de Hernán Cortés y de toda la labor de Castilla en América. Es justo lo que necesitábamos, una ofensa exterior que espolee a los adormecidos españolitos. Y sobre todo porque nadie se ha enfadado con los mexicanos en su conjunto, sino solamente con su ínclita persona y con el resto de secuaces de su misma cuerda ideológica.
Y sepa señora, que gracias a Dios, esto no sólo ha ocurrido aquí, en la parte europea de nuestra comunidad. Personas tan mexicanas como el ya citado Verástegui, publica en X : “¡No hay que pedir perdón hermanos! Los hijos de los que se quedaron estamos aquí, los descendientes de los conquistadores estamos aquí. No vamos a pedirnos perdón a nosotros mismos”. Todo este lamentable episodio no ha hecho más que recordar y afianzar el hermanamiento de españoles y mexicanos y que no deberíamos consentir que ninguna señora Chimpún venga a romperlo.
Para terminar esta carta, quería que, si a bien lo tiene, me aclare una pequeña duda, una sospecha que me corroe. Y así, por la presente le pregunto, Señora Chimpún Pardo, honorable presidenta, si la inquina al Rey de España realmente le viene por México, o más bien se trata de un resentimiento centenario recibido de su señora madre. Los judíos tienen esa costumbre de no olvidar y casi nunca perdonar. No olvidaron nunca que procedían de las tierras circundantes a Jerusalén, y allá que fueron a instalarse dos mil años después de abandonarla. No olvidaron que fueron expulsados de lo que llamaban Sefarad, y que dicha expulsión fue una decisión personal de la Reina Isabel de Castilla. Tengo para mí, que ahora se le ha presentado una ocasión de exteriorizar todo su rencor personal, que no tiene nada que ver con el interés del pueblo mexicano y sí con su tradición familiar sefardí, y le han servido en bandeja de plata la ocasión de tener una venganza mezquina.
Señora Chimpún, voy a acabar esta carta con un deseo, y es que tenga éxito, porque eso será lo mejor también para el pueblo mexicano; con un consejo, y es que mire a los mexicanos y a los españoles, y comprenda nuestra bonita hermandad y no la destruya en nombre de supuestos agravios y por último, si me lo permite, o si no me lo permite también, con un verso del ya citado Rubén Darío, que no era español, sino nicaragüense:
“Abominad las manos que apedrean las ruinas ilustres”.
En Madrid, a treinta de septiembre del año del señor de dos mil y veinticuatro. Festividad de San Jerónimo.
Cuando comencé este Blog, hace ya más de tres años, me propuse ser un observador de lo que pasa en el mundo e intentar contarlo a mi forma y a mi modo, según lo sintiera en cada momento. Hoy me siento obligado a reflexionar sobre lo que ocurre en mi casa, en mi tierra, o como está de moda decir, en mi territorio. España muere lentamente desde hace tiempo, y ante la complacencia de unos que trabajan activamente para su desintegración y la pasividad de otros que miran hacia otro lado ante cada ataque y ofensa. O incluso como mucho protestan levemente, siempre de manera moderada y educada, no sea que los enemigos de España se enfaden. Así nos va. Así nos ha ido hasta ahora a los que defendemos determinadas posiciones de unidad y consistencia de un proyecto común, construido hace siglos y hoy agonizante.
El proceso de la desintegración de la España actual comenzó con la tan alabada Constitución de 1978, que jugó con ambigüedades sobre nacionalidades y regiones y que, para contentar a unos pocos, creó esos engendros llamados comunidades autónomas, que por supuesto no contentaron a los separatistas y que han creado unas nuevas estructuras de administración caras y disgregantes. También han tenido efectos positivos, no cabe duda, pero no han servido para el fin esencial para el que fueron diseñadas, que no era otro que el de encajar dentro de España a determinadas regiones díscolas e insolidarias con las demás.
Bien se ha visto que a estas regiones, sobre todo Vascongadas y Cataluña, pero también Navarra y Galicia en menor medida, el sistema autonómico sólo les ha servido para tener unas estructuras propias de poder desde las cuales han trabajado consciente y deliberadamente para conseguir la separación del Reino de España y para crear unos nuevos estados separados basados en unas inexistentes naciones, que a fuerza de fomentarlas van a llegar a existir. Este proyecto se ha visto claramente, pero nunca se le ha puesto freno desde el resto de España, sino que por el contrario se ha facilitado, dando cada vez más recursos económicos a estas regiones desleales.
Realmente en este proceso los verdaderos culpables no son los partidos nacionalistas, separatistas o independentistas, que no han hecho sino aquello que les es propio a su naturaleza. Los verdaderos culpables de este proceso imparable desde que murió Franco han sido el resto de los partidos de ámbito nacional, que en los casos más veniales han consentido este imparable proceso a cambio de unas migajas de poder. Y en el caso menos entendible y perdonable, como el del llamado Partido Socialista Obrero Español, ha trabajado de manera deliberada en este proceso de desintegración.
Algo que nunca he acabado de entender es la identificación que en este país se ha hecho de nacionalismo y progresismo, o que es lo mismo independentismos e izquierda. Es como si para ser de izquierdas y progresista fuera imprescindible odiar a España como nación. Quizás se trate de que la mera idea de España sea un concepto conservador, y que su existencia evoca ideas o proyectos que son repudiados por el progresismo. Y si esto es así, como lo creo, me lleva a pensar que realmente España es un concepto molesto para muchos y que la izquierda sólo puede sentirse bien si la destroza como nación y con ella las ideas parece encarnar.
Es una cuestión a reflexionar. Quizás nos empeñemos en pensar que somos una nación como cualquier otra que la respetan todos sus ciudadanos, cualquiera que sea su ideología, es decir como Francia, Portugal o Italia, por no irnos más lejos. Pero en España, para los partidarios de las ideas llamadas progresistas no es así. En su fuero interno y creo que no de una manera totalmente consciente, identifican progreso con la desmembración de España, hasta el punto que llegan a apoyar a casposas oligarquías locales de caciques ostensiblemente derechosos (según su visión) cuyo único mérito es querer destruir a la nación española. Aunque sean de derechas, defiendan oligarquías, caciquismos, privilegios y desigualdades, el ser independentistas les hace respetables. Así ocurre en Cataluña. En el País Vasco es todavía peor, ya que la izquierda se siente feliz en compañía de partidos que defienden un racismo biológico y violento, y que coquetearon con el nazismo auténtico.
Para comprender esta contradicción sólo hay que asumir el hecho de que lo progresista es destruir España. ¿Pero, por qué es progresista destruir España? La respuesta sólo puede ser que España, como unidad, implica valores que se denuestan, representa ideas peligrosas para el dogma del progreso. Para la izquierda destruir esta nación es un objetivo a conseguir para lograr sus objetivos. Pero esto, como hemos visto no ocurre con otras naciones, sólo ocurre en España. Luego lo progresista no es destruir las naciones en general, (de hecho, los disgregadores son nacionalistas de su terruño), sino que es destruir la nación española.
Esto nos debe hacer pensar qué es lo que es tan molesto y fastidioso en España para la izquierda. Algunos lo simplifican indicando que ven en la nación española residuos o manifestaciones del franquismo. Yo creo que esto es sólo una excusa de la izquierda para ocultar la verdadera razón de su odio congénito a España. Es cierto que durante el franquismo se reivindicó la grandeza pasada de esta nación, pero eso no convierte al Cid o a Hernán Cortés en franquistas. Si la izquierda quisiera podría reivindicar también ese pasado, pero no quiere. Y si no quiere es porque lo que le molesta no es el franquismo, sino la historia en sí, el pasado que generó el nacimiento de la nación española. Y tienen miedo que esa fuerza poderosa que fraguó nuestra nación, pueda volver a rebrotar.
La verdadera esencia de España es la lucha contra el Islam durante ocho siglos, que forjaron una idiosincrasia especial que cristalizó en la misión de llevar la civilización cristiana a tierras entonces desconocidas y que generaron un proyecto civilizador, con sus luces y sombras, pero sin demasiados precedentes en la historia conocida. Este proyecto fue constantemente asediado por algunos otros países europeos que con encono lo acosaron y derribaron, hasta que fue finalmente destruido, totalmente derrotado.
Los vencedores del imperio español impusieron un modo de colonización deshumanizado y materialista, frente al modelo más humano e integrador que se defendía desde la corona española. Luego vino la leyenda negra con la que nos acusaron de hacer todo lo que acabaron realmente haciendo los fautores de la misma. Y todo ello defendido, y sustentado ideológicamente por las ideas iluministas de la Ilustración, con sus diferentes tentáculos, por ejemplo, la masonería anglosajona conspirando para la independencia de los países hispanoamericanos y trabajando para su interesada disgregación entre ellos. Para estas ideologías España representaba en aquel momento todo lo que querían combatir, nos tachaban de retrógrados, frailunos y enemigos de la libertad, frente a los que imponían la igualdad y fraternidad, aunque fuera a golpe de guillotina. Para el triunfo del proyecto iluminista y materialista en el mundo, antagónico al defendido por España, fue esencial derrotar al único poder que no seguía sus consignas.
La izquierda actual es heredera de aquellos que combatieron a España durante siglos. Y por ello asume todas las consignas que vienen de aquellos tiempos. España es el enemigo a destruir por representar su mera existencia la oposición más frontal que ha existido a ese proyecto histórico que hoy se autodenomina progresismo, y que ha desembocado en el actual globalismo, y que es la continuación directa de los que derrotaron al proyecto español en América.
De manera que la izquierda española es un caballo de Troya que tenemos dentro de nuestros muros y que trabaja para la total demolición de nuestra nación. Se trata de no dejar nada de ella, de hacerla pedacitos hasta que sea totalmente irreconocible. Si primero fueron la Nueva España y Nueva Granada, después Cuba y Filipinas, ahora toca Cataluña y Vascongadas, luego será Galicia y Canarias, y así hasta que no quede absolutamente nada.
Quizás tenga que ser así, y oponerse a ello es solo un gesto de melancolía, de intentar mantener en pie lo que está muerto. La izquierda tiene un proyecto claro que es destruir aquello que odia y considera su enemigo. La derecha obviamente se resiste, pero como mera reacción, como un ejercicio de costumbre y de nostalgia, como un conservadurismo sin demasiada sustancia. Y por ello es más fácil que triunfen los primeros, y ello será así mientras no exista un proyecto que haga viable a España como destino, como proyecto o como misión. Por ello es esencial centrarse en lo que significa España, como portadora de una misión, cumplidora de un destino.
Si somos capaces algunos españoles de comprender lo que quiso hacer España y recuperar ese proyecto de civilización alternativa a la despiadada modernidad globalizadora de origen anglosajón, si convencemos a nuestros hermanos de América que nunca debimos separarnos y que debemos caminar juntos, si conseguimos una ilusión de futuro para nuestros hijos, España renacería de sus pedazos como un ave fénix. Quizás para ello deba desgajarse del todo para comenzar una nueva unidad que no descanse en el pasado sino en el futuro, en un proyecto común. Algo así como el principio alquímico de “solve et coagula”
No soy muy dado a felicitar a los vecinos del Norte, es decir a los franceses. Y esa falta de simpatía creo que es debida a que llevan centurias completas despreciando y mirando por encima del hombro a todo lo que huela a español. Además, muchas de las ideologías e ideas más destructivas nos llegan desde allí, como el racionalismo, la Ilustración y el existencialismo. Y por si fuera poco nos regalaron a los Borbones.
Desde hace trescientos años en España tenemos a una parte de nuestra población acomplejada frente a la supuesta superioridad moral, estética y material de los vecinos, en esa detestable élite que constituyeron los afrancesados y que tan negativa ha sido para nuestro desarrollo como nación. Lo peor es que esta devoción casi siempre ha sido correspondida con desprecio. Dicen que, de Alejandro Dumas, es el autor de aquella frase de que África empieza en los Pirineos. Y que Stendhal la redondeó con aquella otra de “Si el español fuese musulmán sería un africano completo.” Frase redonda que recoge de una tacada un desprecio por los españoles, los africanos y los musulmanes, que sólo una mentalidad que se cree superior puede parir. Y ello sin entrar en el hecho de que a otros ilustres franceses como Voltaire y a los enciclopedistas en general les debamos una importante contribución a la leyenda negra antiespañola.
Es por ello que recibo con extrañeza cuando llega algo verdaderamente positivo desde de la otra parte de los Pirineos. Y esto es lo que ha ocurrido con la decisión de una empresa francesa de establecer en España una réplica del parque temático de carácter histórico ya existente en Francia. Me refiero a la apertura hace unos pocos años en los arrabales de Toledo del parque “Puy du Fou”. El responsable último de esta decisión es el escritor, político y empresario francés Philippe De Villiers, quien ha decidido invertir un auténtico dineral en transformar un secarral castellano en un maravilloso cuento de hadas.
En una reciente visita a Toledo con ocasión de una inauguración de uno de los espectáculos del parque, el Sr. De Villiers dijo a las autoridades que le recibieron que “este parque es un acto de gratitud y amor de Francia hacia España”. Y francamente, después de presenciar lo que allí se ve, creo que tiene razón. Y es por ello que yo como español, y aunque modestamente sólo me represento a mí mismo, le doy las gracias con profundo agradecimiento por el regalo.
Pero no le doy las gracias por tener el arrojo y valentía de invertir en España creando riqueza en una zona no especialmente boyante, forjando actividad económica y muchos puestos de trabajo. O no sólo por eso. El parque es desde luego una inversión económica y empresarial que siempre es bienvenida, y que ya de por sí sería objeto de reconocimiento, aunque por supuesto les proporcionará a los inversores sus legítimos rendimientos.
El agradecimiento más profundo deriva del tratamiento que el parque hace de la historia de España, a la que se trata con auténtico respeto, amor y consideración, lo que en la época actual de continuos agravios negrolegendarios es una maravillosa excepción. Reconozco que acudí con un cierto escepticismo sobre la visión de la historia que me podría encontrar allí, en unos tiempos de tiranía de la corrección política, de complejos de inferioridad frente a la civilización anglosajona y de sumisión a los dogmas woke. Pero mi sorpresa fue total, al no encontrar nada de esto, sino por el contrario una visión respetuosa, justa y absolutamente correcta de nuestra historia.
Los momentos del acontecer histórico de España que se eligen como motivo para los impresionantes espectáculos que ofrecen son siempre aquellos que ayudaron a construir nuestra nación y de los que conforman nuestra auténtica memoria colectiva, y que tienden a fomentar un orgullo natural en cualquier pueblo que se quiera y estime a sí mismo. Desde hace ya mucho tiempo el rememorar al Cid, a Isabel y Fernando, o a Lepanto está casi proscrito y quien lo hace es tildado rápidamente de franquista. Por ello es de agradecer que se presente la historia de España sin complejos y que se presente con naturalidad, sin remordimientos, ni interpretaciones sesgadas y disolventes, hitos de nuestra historia como Numancia, la pérdida de España, Covadonga, Las Navas de Tolosa, el descubrimiento de América o la guerra de la Independencia (¡contra los franceses!).
Quizás lo que más me ha sorprendido es constatar la ausencia total de los tópicos que interesadamente se han divulgado sobre los españoles y su historia. Es de agradecer que no encontré ni una sola mención a la Inquisición ni a Torquemada. No aparece por ningún lado el Padre Las Casas. Ni los autos de Fe. Ni la idealización de la cultura hispano-musulmana. Pero tampoco aparecen esas recreaciones de los románticos transpirenaicos, a las que estamos tan acostumbrados y que ya asumimos como propias, que nos suelen pintar como una cultura pintoresca, apasionada y exótica, que no puede superar un atraso secular por sus congénitos ramalazos de crueldad. No hay rastro de Merimée, de Washington Irving, ni de Schiller. Pero no es sólo eso, tampoco hay concesiones a la ideología woke, a los tópicos de la modernidad sobre la ideología de género, cambio climático, ni otros tantos.
Por el contrario, se reivindican sin complejos las raíces cristianas de nuestra civilización, de la cultura española y por extensión de la europea. Destacando la belleza, la épica y la nobleza de nuestros antepasados, más que la cobardía y mezquindad que obviamente también aparecen en nuestra historia, como en la de los demás países, y que cada nación suele ocultar, para sólo recordar lo más memorable. Todas las naciones maquillan su historia, la ensalzan y la exageran en lo positivo y disimulan lo negativo, con la única excepción de España, donde los españoles parece que nos avergonzamos de nuestros antepasados. Pero no creo que sea lógico avergonzarse de la Reconquista, de la expansión por América, de Santa Teresa o de Cervantes. De otras cosas sí, es mejor olvidarse, como de las abdicaciones de Bayona o de la Primera y la Segunda República. Y desde luego también conviene conocerlas para evitar errores parecidos y para proscribir a los fautores de las páginas lamentables de nuestra historia.
Pero si el contenido y el enfoque desde el que se nos muestra es impecable y se merece desde mi punto de vista un “nihil obstat”, no menos interesante es el continente, la presentación es impresionante. Se trata de montajes y espectáculos con una grandiosidad y un despliegue de medios y de talento que te deja a menudo boquiabierto y sorprendido por la belleza y majestuosidad de las diferentes exposiciones, con la traca final del apasionante «Sueño de Toledo». Debo reconocer que, en alguno de ellos, llegué a emocionarme hasta el punto de no poder reprimir unas lágrimas, como en el que recrea, de una manera más mítica que rigurosamente histórica la conversión de Recaredo, que sitúan en el desaparecido Monasterio de Sorbaces, que previsiblemente estuvo en el vecino pueblo de Guadamur donde apareció el bellísimo tesoro visigótico de Guarrazar.
Es por todo ello que adentrarse en las propuestas que nos presentan en Puy de Fou es como recibir un soplo de aire fresco en la cara. Es como respirar auténtico oxígeno cuando uno está inmerso en un asfixiante y nauseabundo lodazal cotidiano de los medios de comunicación, de las series de televisión y de toda clase de consignas que esparcen de manera viral, es decir como auténticos virus, las redes sociales. Sin ninguna reserva mental y de la manera más sincera le doy las gracias al Señor De Villiers, lo que implica con igual honestidad darle las gracias a Francia por su generoso y espléndido regalo. Así que, si me permite por un momento el tuteo, merci Philippe.
En este país llamado España uno de los temas de los que más se hablado recientemente en las tertulias y en los medios de comunicación es sobre la decisión de la empresa española Ferrovial, de dejar de serlo y trasladar su sede a Holanda (ahora Países Bajos). Es desde luego una decisión soberana de dicha empresa, que tiene todas las bendiciones de las libertades mercantiles que presiden a la Unión europea.
Sin embargo esta decisión ha sido duramente atacada por el gobierno español que no consiente que nadie tome decisiones que no controle o imponga personalmente o de las que no saque un beneficio directo o le suponga una conquista de alguna nueva parcela de poder. El gobierno ha acudido al patriotismo para intentar evitar que esta empresa se traslade a otro país y quede fuera de la soberanía española. Paradójica esta posición por quien cede a todas las pretensiones de Marruecos, por quien no defiende la españolidad de Gibraltar, por quien pacta sin disimulo con los que se quieren separar de España y quien alienta cualesquiera formas de inmigración irregular en nuestro territorio. Pues en este caso, le ha dado al gobierno en su conjunto, un arrebato de ardor patriótico y defensa de una multinacional que creció a partir de una empresa pequeña asentada en España y por aquel entonces, sí verdaderamente española
La empresa Ferrovial nació española, o al menos lo era su fundador Rafael del Pino, quien la forjó de la nada en pleno franquismo, dicen que en un ático del centro de Madrid. Su fundador fue un ingeniero español de pura cepa, primo del General Milans del Bosch, casado con la sobrina del vilmente asesinado en la República José Calvo-Sotelo y cuñado del que fuera luego presidente del Gobierno de España, Leopoldo Calvo-Sotelo. En suma, un miembro de una buena familia netamente española de las “de toda la vida”.
Precisamente, y aunque no lo dicen claramente, el gobierno actual le reprocha a Ferrovial haberse aprovechado de sus vínculos con el régimen franquista y en general la protección del estado español para prosperar y crecer, y ahora que no los necesita tanto marcharse a otro país. En realidad podría ser éste un reproche válido, pero siempre que lo hiciera otro distinto del actual gobierno, ya que sólo un par de meses antes han callado ante un caso idéntico realizado por uno de sus amigos, la empresa audiovisual Mediaset, (cotitular del duopolio televisivo español), quien después de gozar de todos los favores y concesiones posibles del régimen actual, ha sido absorbida por su filial holandesa (lo siento no conozco cual es en español el gentilicio de los países bajos ¿”paisbajenses” , “paisbajeños”, “paisbajunos”…?).
No puedo sino lamentar que una empresa creada y auspiciada en España se traslade a otro país, aunque ello me merece dos consideraciones. La primera que lo de la nacionalidad de una multinacional es contradictorio y por ello hablar de una “multinacional española” es un oxímoron. O es una cosa o es otra, pero las dos a la vez no es posible. Las multinacionales aunque tengan un origen concreto se convierten en entes apátridas y cuya bandera es el capital y el negocio. La segunda consideración, es que pese a todo, cuando veo un gran empresa nacida en España y presente por el mundo, no puedo menos que sentir un regusto de orgullo, de que se reconozca el valor y la potencia de un compatriota y por tanto de la nación española. Puede ser un sentimiento un tanto provinciano, pero los que hemos venido de una provincia a la capital, sabemos de ese extraño orgullo del paisanaje, cuando uno de tu pueblo triunfa en la gran ciudad o en el mundo.
Pues bien, yo asumiendo la plena libertad de cualquier empresa a hacer lo que le venga en gana, no comparto la felicidad de algunos de sus dirigentes al acordar el traslado a otro país y menos que ninguno a Holanda. Y todas estas consideraciones me han llevado a analizar qué es lo que me molesta de que una sociedad española exitosa se vaya de España y por ello a indagar la razón auténtica de dicho traslado
La sociedad ha argüido que se traslada a otro país por la conveniencia de cotizar en la bolsa americana, lo cual no es posible desde España y sí desde Holanda. Se han dado argumentos fiscales, operativos y otras muchas razones que han sonado a excusas que encubrían algún motivo real de fondo que no se atreven a expresar. Quizás uno de los más explícitos ha sido un co-director de la Compañía quien argumentó: “Ferrovial quiere aumentar su capacidad de competir en los mercados internacionales. ….. va a aumentar la liquidez de nuestra acción, vamos a tener mayor capitalización, vamos a estar con mayor visibilidad ante inversores internacionales y ….. a conseguir mejores condiciones de financiación. Son razones que desde nuestro punto de vista son evidentes«.
Pero, ¿Cuáles son las razones “evidentes” por las que irse de España les favorece en los mercados?. En mi opinión la razón verdadera y última es que les lastraba ser una empresa española. Aparecer como españoles le genera una mala imagen de cara a moverse por los mercados internacionales del crédito, de las concesiones de obras. Por mucho que nos empeñemos “la marca España” no vende. Arrastra unas connotaciones negativas de atraso, intransigencia, y molicie. Gente que ha creado la inquisición por su crueldad innata y que necesita para sobrevivir dormir la siesta. Una empresa, aunque sea puntera en el mundo, para sobrevivir necesita ocultar cuidadosamente que es española. Es necesario ocultar el traje rojigualda bajo el manto naranja de los holandeses, que hace que por el mundo aparezcas como perteneciente a un país del primer mundo, de un país “comme il faut”, y no de uno que arrastra una reputación tan dudosa como es España para el ámbito de los países anglosajones y las finanzas internacionales.
Y esto no es sino una continua reactualización de la leyenda negra, que sigue pasando factura a nuestro país y se retroalimenta continuamente por sus fautores. Se haga lo que se haga es imposible quitarse el “sambenito” con el que nos vistieron los países de tradición protestante hace ya quinientos años. Por esto me irrito cuando alguien sigue negando la existencia de la leyenda negra, y es indudable que sigue en su pleno vigor.
Dice Elvira Roca en su “Imperiofobia; ”El pensamiento correcto en el mundo financiero y mediático internacional es que los países del Norte, de tradición calvinista y protestante, son cumplidores, laboriosos y exigentes con la moral. Los del sur, en cambio son corruptos, vagos, malos socios y malos pagadores.” Baste recordar que en los clubes selectos y biempensantes de la Europa de origen protestante, para referirse a los países de origen católico del Sur, utilizan el término “PIGS”, demostrando su prepotencia racista y su condescendencia cuando de vez en cuando admiten que también en esos países de vez en cuando se hace algo decente.
Si todos los países meridionales de Europa, por su pasado común papista, son mirados con recelo, de entre ellos el peor con diferencia es España, por su horrible pasado quemando herejes, matando indios y esquilmando el planeta. Lo más sangrante es que eso lo piensan y creen los ingleses que mataron católicos sin escrúpulos por el hecho de serlo. O los Belgas que con su Rey Leopoldo causaron en el Congo el mayor genocidio del Siglo XX. O los alemanes que son los que parieron el racismo más sanguinario que acabó fraguando en la realidad de los campos de concentración y exterminio. O los estadounidenses que se expandieron con el lema “el único indio bueno es el indio muerto”.
Y por supuesto los holandeses. Si algo me duele especialmente de la decisión de Ferrovial es haber elegido precisamente asentarse en Holanda. Los holandeses son probablemente los que con más saña han divulgado la leyenda negra contra España. Son los que en su himno nacional (el “Wilhelmus”) dicen que el alma de los holandeses se atormenta viendo como le afrenta el español cruel. Y son los que guardan varios cadáveres en su armario, pero que nadie se lo reprocha o afea. Bastaría sólo recordar su actuación estelar en las Islas de Banda, donde en el Siglo XVI asesinaron a todos los habitantes de estas islas del Pacífico para repartirse en cuadriculas el terreno para cultivar especias. ¿Cabe en la historia un ejemplo más paradigmático de lo que es un genocidio? ¡Pues estos son los que nos dan lecciones!
Ferrovial ha comprendido que para seguir prosperando necesita desprenderse de su origen. Aparentar ser de uno de esos países que no se cuestionan. Me duele, pero, con todo, le deseo suerte a Ferrovial con su nueva patria, que aunque esté manchada de sangre, la oculta un paño naranja que la encubre y de un tejido que no se mancha, no se nota y no traspasa. Ojalá que te vaya bonito.
El Mundial de fútbol es un buen termómetro que me sirve para evaluar el estado de mis filias y mis fobias en relación con los países que compiten. Tengo muy claro que mis odios favoritos son los descendientes de las Provincias Unidas, es decir Holanda, que ahora se empeña, en que le llamemos Países caídos, o bajos o hundidos o algo así. Y por otro lado Bélgica, quien en los últimos tiempos ha renovado sus votos de odio a España acogiendo al catalufo huido y dando cobijo a cuanto etarra y delincuente pide allí refugio..
En mi escalafón de desafectos luego aparecen Francia e Inglaterra por razones históricas evidentes. Los primeros nos endilgaron a los borbones, luego nos invadieron y siempre nos han mirado por encima del hombro como si fuéramos los parientes pobres, los subdesarrollados vecinos del Sur. Los segundos se inventaron aquel libelo de llamar a la Gran Armada como la “invencible” para reírse de nosotros, aunque luego palmaran ellos muchos más barcos en la “Contraarmada”, una de las derrotas navales más humillantes de la historia de la humanidad y por supuesto más olvidada. Luego nos han apabullado con ese idioma cacofónico que parece que hay que saber por ley natural, por no entrar en la presente humillación a que nos someten manteniendo sobre una parte de Andalucía la única colonia que permanece en Europa.
Para que no se diga que no me cae bien nadie, diré que entre los europeos sí que me caen bien y deseo en general que ganen sus partidos, países como Italia o Portugal, o Irlanda. Otros muchos me son indiferentes y puedo irme con ellos o no en función de su juego, del momento concreto o lo que sea. Por ejemplo Austria, Grecia, Alemania, Polonia, Rusia etc.
Pero hablando de fútbol no se puede dejar de mencionar a los países de las selecciones americanas. En general las apoyo y tienen mis simpatías, salvo que haya algún jugador en concreto que la contamine. Pero cuando ese jugador desaparece recupero los afectos. Tienen todas mis simpatías, Colombia, Méjico, Uruguay, de entre las más destacadas en el mundo futbolero. Con Brasil tengo variaciones muy intensas de afecciones, como si fueran alteraciones ciclotímicas del humor, a veces me encanta y otras no puedo ni verla. Y es incontrolable, y no sé cuándo voy a pasar de un sentimiento a otro.
Y así llegamos a Argentina. Yo con Argentina tengo que hacer un esfuerzo intelectual para apoyarla. A primera vista no me resultan simpáticos, quizás porque en cierto modo son como los franceses de América, que miran un poco por encima del hombro a todos los demás. Por ello tengo que hace el ejercicio de recordar que es un país hermano, que conozco argentinos que son buenos tipos. Que individualmente me caen bien y tienen una visión del mundo parecida a la mía. Tengo que convencerme que no hago bien deseándoles el mal.
Dentro de un par de días se juega la final del campeonato del Mundo de fútbol entre Francia y Argentina. Y me surge la pregunta que me han hecho ya varias veces ¿con quién me voy?. Debería contestar sin vacilar con Argentina. Pero …..
Francia además de los prejuicios mencionados, pesa en mi ánimo contra ellos, en este caso futbolero en concreto, que es uno de los principales artífices de que se haya organizado este campeonato en Qatar. Se ha sabido que Nicolás Sarkozy, habría supervisado personalmente un trato corrupto en beneficio de Catar en una reunión secreta en el Palacio del Elíseo, el 23 de noviembre de 2010, con el príncipe heredero de Catar, Tamin bin Hammad al-Thani, Michel Platini (léase “platinííí”, poniendo boquita de piñón), entonces presidente de la UEFA y Sebastián Bazin, propietario del París Saint-Germain. En la reunión, al parecer, se acordó que Platini votaría a favor de Catar y, a cambio, el país árabe ayudaría a superar la quiebra financiera que sufría el PSG. Le regalaron el Paris Sant Germain a los jeques cataríes para que con su dinero infinito pudiera lucir París un equipo de primera fila y conseguir superar así a un odioso equipo que en una capital de menor fuste consigue birlarle todas las copas de Europa. Por desgracia para ellos desde el año 2010 el Real Madrid ha ganado cinco títulos europeos por ninguno del equipo de la Ciudad de la Luz. Y por cierto este mundial si no hubiera sido por estas corruptas maniobras lo habría organizado España y Portugal, países mucho más futboleros que Qatar, que tiene por deporte nacional la represión de homosexuales y la humillación de las mujeres. Pero, Oh lá lá!, Francia consiguió el mundial para Qatar, y ahora éste le devuelve el favor colocando a Francia en la final y probablemente haciendo que lo gane. No me quiero ir con Francia. La presunta “grandeur” no es otra cosa que una mezcla de corrupción y prepotencia, hoy encarnada en el grimoso globalista Macron, cuya visión me recuerda demasiado al presidente español como para que me pueda caer bien.
Entonces, después de todo lo escrito, está claro que debería irme con Argentina. ¿no? Es lo lógico. Y así debería ser. Pero creo que me lo ponen imposible. Cuando se trata de futbol los argentinos se vuelven seres abyectos y se comportan como unas desquiciadas verduleras cuando no como la mismísima niña del exorcista. No es que en general el forofo futbolero no sea en cualquier lugar un boludo por usar sus palabras. Pero en el caso de los argentinos roza el delirio surrealista. Sale a relucir un míster Hyde en cuanto empieza a rodar el balón, y si se trata de la selección nacional, la cosa se va de madre. No hay más que recordar la veneración casi sacrílega que tienen por un chulo cocainómano, cuyo mayor mérito en la historia es haber metido un gol con la mano.
Pues bien un ejemplo de energumenismo lo tuvimos el otro día, en el que en un partido cualquiera de este mundial un árbitro español tuvo la osadía de pitarles algo que no les pareció bien y ello llevó a un periodista argentino, un tal Alejandro Fantino, a despacharse con las siguientes palabras “…. unos hijos de puta (los españoles), boludo. ¿Cómo no te vas a enojar? Los roban a Uruguay como los roban. …. ¡Son unos ladrones! Hace 500 años que nos roban, hace 500 años nos robaron el oro, la plata, nos trajeron enfermedades y nos hicieron mierda ¡Y ahora nos siguen garchando estos hijos de puta! ¡Hijo de puta! ¡Ladrones hijos de puta! ¡Ladrones! ¡Soretes! ¡Chorros! .
Aunque se entiende casi todo, se aclara que en lunfardo “garchar” significa coger en el sentido que le dan por aquellas tierras; “Soretes”, es algo así como una porción de excrementos y “Chorros”, los que son amigos de lo ajeno (¿Se referirá la expresión a los chorros de pasta que se ha embolsado Cristina F. K.?)
Hecha esta aclaración, lo relevante es la continua aparición de los tópicos negrolegendarios contra España a las primeras de cambio. Para los que niegan la existencia de la leyenda negra o la ven como algo del pasado hoy superado, esto es un ejemplo de que eso no es así, que sigue siendo un argumento que sale a relucir contra España y los españoles en cuanto se da la primera ocasión. Se puede argumentar que ese señor es un descerebrado, que lo es, con el atenuante de obnubilación futbolera transitoria, y que afortunadamente no todos los argentinos son así. Pero aunque todo eso es cierto, también lo es que ese tipo no hubiera utilizado esa sarta de tópicos antiespañoles si no estuvieran flotando por el subconsciente colectivo de las gentes que forman esa nación y posiblemente muchas otras.
No voy a perder demasiado tiempo en rebatir los argumentos, que son grotescos en un argentino que tiene apellidos europeos, ya que sería él mismo el culpable de los males que acusa. Además, que un argentino, patria de los Kirchner, llame ladrones a los españoles por robar plata es un tropo poético pendiente de darle nombre porque soy incapaz de encuadrarlo en ninguna de las categorías habituales (En todo caso le recordaría aquello de la Venganza de don Mendo: “sabed que a mi lo hiperbólico no me resulta simpático”).
Además este ultra fanático argentino al llamar ladrones a todos los españoles sin excepción, sin saberlo está insultando a su idolatrado Messi, que aunque él no lo sepa tiene nacionalidad española (como casi todos los jugadores argentinos que juegan o han jugado en Europa, entre ellos el propio Messi, Ángel Correa, que juegan en la selección actualmente y otros muchos del pasado como Kun Agüero, Jorge Valdano, Cholo Simeone, y el mismísimo Alfredo Di Stefano) .
Me gusta el fútbol, pero detesto el mal gusto y la estética forofera que lo rodea. Lo vivo con pasión cuando es mi equipo o mi país los que juegan, pero intento por todos los medios no traspasar los límites de la educación y de la elegancia y no caer en la extravagancia de las chusmas desatadas, que parecen tener bula para exhibir lo más cutre de la sociedad cuando se juntan en manadas a celebrar una victoria o cuando sin pudor lloran hasta el exceso las derrotas.
En fin, volviendo a la elección de mi favorito, creo que Francia tendría a su favor que en general sus aficionados son algo más elegantes, más cercanos a los españoles en lo europeo y en el campo estético. Pero pese a todos los agravios, siento que Argentina es, como diría un mafioso, “uno de los nuestros”. Quiero olvidarme de ese periodista y sus insultos y excesos verbales, quiero olvidarme de los escupitajos del maleducado Messi, del cura Bergoglio y de algunos otros parecidos. Prefiero quedarme con el amor a España que tenían Juan Domingo y Evita, o Yrigoyen, o Enrique Larreta. Y en el mundo del Fútbol me quedaré con el saber estar y continencia de Valdano, con el afecto de Andrés Calamaro, y con tantos y tantos otros argentinos anónimos que me he cruzado en la vida y que he sentido como personas cercanas, mucho más que los engallados franceses.
A pesar de todo, haciendo de tripas corazón, pondré la otra mejilla, y apoyaré sin reservas a Argentina. Qué Dios reparta suerte.
La guerra en Ucrania sigue cada día un poco más acomodada en la indiferencia de la mayoría de la gente, como un molesto ruido de fondo, que de vez en cuando sacude un poco nuestro acomodado devenir cotidiano. Alguna vez que otra atendemos con un poco menos de indiferencia las noticias que llegan de Ucrania. Casi siempre para consolarnos con algo parecido a una sensación de alivio de que esa no sea nuestra guerra, que la vida allí es horrible y por ello es una suerte que por aquí todo siga más o menos igual. Un ligero estremecimiento nos sacude cuando pensamos que aunque de manera muy improbable, la guerra pueda llegar a nuestra casa. El pensamiento un poco mágico y un poco infantiloide de los ciudadanos occidentales llega a la conclusión de que eso aquí no puede ocurrir. Como decía Abraracurcix, el jefe de la aldea gala, eso no va a pasar mañana. Pero aunque no nos caigan bombas sobre nuestras cabezas, los efectos colaterales se empiezan a sentir y de manera creciente en nuestras vidas y haciendas. Ello debe exigirnos saber con exactitud por qué se combate allí, y qué es lo que nosotros debemos defender. Conocer esto exige tener auténtica información de lo que acontece, pero la realidad es que no nos llega más que propaganda.
En uno más de los bolos parlamentarios que ha estado realizando hace unos meses el presidente del país invadido un buen día le tocó el turno al parlamento español. Y así por videoconferencia el cómico ucraniano devenido en presidente realizó una de sus actuaciones ante un Congreso de los Diputados abarrotado de señorías complacientes con su discurso. Como en el resto de las comparecencias, anteriores y posteriores, en cada parlamento elige un ejemplo obtenido de la historia del país que le recibe en el que resulte la lucha de ese pueblo por su libertad. Pero sus elecciones son bastantes desafortunadas. No es lógico exigir a un actor de segunda fila conocimientos de historia, para ello deberían estar los asesores que le orientaran un poco para no hacer demasiado el ridículo.
Cuando compareció ante el Parlamento holandés, comparó la situación de su país con la lucha contra la tiranía con la que conquistaron la libertad en el siglo XVI/XVII. Evidentemente los tiranos éramos los españoles, para él tan sanguinarios como sus invasores rusos. Y a lo mejor no estaba tan desencaminado en su símil. Y ello porque realmente la existencia de una tiranía ejercida en las Provincias Unidas (hoy Países Bajos) por el Rey de España y los españoles es una singular falacia histórica creada por la leyenda negra para justificar el levantamiento de una clase oligárquica local, con el desequilibrado Guillermo de Orange a la cabeza, contra su señor natural. La propaganda como arma de guerra nació allí, falsificando los hechos de manera grosera e incluso presentando libros con ilustraciones de la crueldad de los españoles, como el célebre libelo o pasquín de Theodor de Brye, que es un precursor de mostrar con imágenes tendenciosas y manipuladas lo que se quiere hacer pasar por cierto.
Así tenemos que la propaganda es ya desde entonces un arma imprescindible en toda guerra. Y a la larga puede incluso el arma decisiva que puede dar la victoria. Genera por un lado simpatías externas que proporcionan a menudo ayudas económicas y militares, con las opiniones públicas de países extranjeros presionando a sus propios gobiernos para que ayuden nuestra causa. Además, eleva la moral de la tropa y de la población civil y si consigue que la propaganda llegue al enemigo mina su estado de ánimo y hace dudar de la bondad de sus objetivos. Y por ello es preciso que, en períodos de guerra, se refuerce la vigilancia y la prevención ante cualquier noticia que se recibe. Y cuanto más intensa es la difusión, más crueles las imágenes y más potentes los detalles, es más probable que sea un elemento de propaganda, y por tanto es más necesario desconfiar de su autenticidad.
En realidad el término propaganda está un poco en desuso, y tiende más a usarse términos como «desinformación» o «fake news», pero siempre referidos a la propaganda del enemigo. Cuando es la propia se viste de información objetiva y veraz y se envuelve como noticias en todos los informativos. Si antes era válido el aforismo de que una imagen vale más que mil palabras, hoy esto es sólo cierto en la publicidad, pero no en la información. La imagen, salvo la observada directamente por los ojos, es toda sospechosa de estar adulterada. Otra cosa es que nos la queramos creer, que ahí ya entra la libertad de cada uno de tragar con lo que le venga en gana, y sobre todo si ello encaja con nuestra posición ideológica o nuestros intereses patrióticos.
A mí personalmente se me cayó la venda de los ojos hace ya años, cuando contemplé atónito el espectáculo de luz y sonido, especialmente preparado por la policía y los servicios secretos en Leganés, unos días después de los atentados del 11 de marzo de Madrid, donde supuestamente se inmolaron unos terroristas islamistas, supuestamente autores de los atentados de los trenes. Resultó todo tan falso, tan teatral, tan inverosímil y tan grosero que era imposible de tragar. Era sin embargo necesario para convencer a escépticos de que los autores de los atentados eran unos peligrosos yihadistas y no una colección de moritos inadaptados, camellos de segunda fila y confidentes de la policía. Sin embargo toda la población aceptó la versión oficial sin apenas resistencia. Y lo que ocurrió es que nadie quería cuestionar lo ocurrido porque lo vieron con sus propios ojos, tuvieron en la pantalla de su televisión un festival de luz y sonido que hacía incuestionable lo observado y además porque ello hubiera supuesto quebrar demasiadas complicidades y ventajas obtenidas. La propaganda se impuso a la realidad y consiguió sus objetivos.
En la guerra, ya desde los tiempos antes referidos de Guillermo de Orange, la propaganda suele centrarse en mostrar la maldad del enemigo, su crueldad, su inhumanidad. Esta maldad del enemigo transforma al otro bando directamente en los buenos. Por contradicción con el otro somos justos, bondadosos, humanos y por ello nuestra causa es la correcta. Nuestra bandera es la de la justicia, frente a la iniquidad del bando contrario. Es como si ello fuera una ordalía que legitima nuestra causa de un plumazo.
Se suele decir que en la Guerra Civil española los nacionales ganaron la guerra pero perdieron la propaganda. Y así pese a ganar con las armas nunca su victoria se vio fuera de España como legítima y consiguieron ser desprestigiados en la opinión pública mundial. Los republicanos tenían a su favor a los grandes gurús del arte y de la comunicación mundiales como Malraux, Hemingway, Orwell, que al menos vinieron a España a combatir y otros como Picasso, que no obstante ser español pasó toda la guerra civil en Francia.
Un hito en esa lucha por la propaganda y la legitimación de la causa propia, y demonización del contrario es el cuadro del “Guernica”. Ya desde el primer momento fue convertido en un icono de la lucha contra el fascismo y la barbarie. Pero al margen de sus bondades pictóricas, sobre la que hay diversidad de opiniones, es sobre todo un enorme y eficaz cartel de propaganda, que sirvió para los fines propios para los que fue encargado por el Gobierno de la República ( y por el que pagó la astronómica cifra de 200.000 francos de la época, lo que dio la propiedad al Estado español y por lo que el cuadro tuvo que ser entregado a España por el MOMA) . Y lo cierto es que parece que ese cuadro ni siquiera realmente fue creado para ello, sino más bien reconvertido y adaptado para dicho fin, puesto que parece demostrado que Picasso lo comenzó antes del bombardeo de Guernica y fuertemente inspirado en otra obra suya de 1935 ( “Minotauromaquia”) a la que prácticamente reproduce, y que ya expuesto en el pabellón de España de la exposición de París a alguien se le ocurrió denominarlo como “Guernica», en recuerdo del entonces reciente episodio. Sea esto cierto o no, lo que es indudable que se ha convertido en una invocación y un recuerdo de una matanza causada por un bombardeo aéreo, a pesar de que ni un solo avión se observa en el cuadro, que fue publicitado como la mayor masacre de la guerra Civil. Se llegó a hablar de 1600 o 2000 muertos . La realidad es que los historiadores más serios, como Salas Larrazabal, ha reducido mucho las cifras de la matanza causada por la legión Cóndor a unas 126 personas. Son siempre demasiadas, pero al parecer no suficientes para las necesidades y exigencias de la propaganda, por lo que era necesario aumentarlas. De no hacerlo este bombardeo terrible queda casi empatado con el semidesconocido bombardeo sobre población civil y en día de mercado (de hecho al parecer confundieron los puestos de un mercado con un campamento militar) efectuado por los “Katiuskas” rusos del ejercito republicano en Cabra, donde murieron alrededor de 100 personas y hubo 200 heridos. Este bombardeo casi nadie lo conoce. Este bombardeo de Cabra no tiene a su favor el factor propaganda, no tiene un cartel icónico hecho por un pintor del bando nacional en el que, por ejemplo, se viera el horror de las pobres ancianas sucumbiendo bajo las bombas mientras compraban descuidadamente en el mercado tomates y judías verdes. Y si se hubiera hecho, daría lo mismo, quedaría apagado, olvidado, preterido, encerrado en un cajón para el estudio de especialistas, pero nunca de los medios de comunicación masivos que controlan la difusión de la propaganda. Nunca harían con la imagen de ese bombardeo camisetas para competir con la imagen del toro o el caballo que se desboca en el Guernica.
Y la propaganda es tan eficaz que ochenta años después el mentado Zelenski se presentó virtualmente en nuestro Congreso de los Diputados comparando lo que había ocurrido recientemente en su país, en la localidad de Bucha con lo que ocurrió en febrero de 1937 en Guernica. Es cierto que los medios de comunicación occidentales se han explayado con lo acontecido o supuestamente acontecido en Bucha por la maldad congénita de los rusos y después de esto otras tantas tropelías cometidas siempre por los mismos. En realidad no tengo razones para dudar de la veracidad de lo ocurrido en Bucha, o en Kramatorsk o Mariúpol, pero tampoco tengo razones para no dudar de ello. La propaganda, que es la mayor enemiga de la información, hace que ya no se pueda saber lo que es real de lo que no lo es. Puede que haya una base real amplificada, … o puede que después de todo, todo sea nada, como en el poema de José Hierro.
En todo caso es significativo que el ejemplo histórico de un pueblo luchando por su libertad, que el presidente ucraniano en cada país elige como comparación para defender su propia causa, en el caso español el elegido haya sido el bombardeo de Guernica. Pudo elegir Paracuellos del Jarama, o el Alcázar de Toledo o la Virgen de la Cabeza, o el citado bombardeo de Cabra, que para más inri lo realizaron aviones rusos como los que asedian a su pueblo, pero no. Pudo también elegir lo más parecido a la invasión rusa que ha habido en España, que es la invasión napoleónica y la lucha por su independencia de la población civil por las calles de los pueblos y ciudades. Pero no, no eligió esos ejemplos, sino que eligió Guernica. Y tal vez lo hiciera de manera acertada, porque escogió de entre los actos de terror que surgen en todas las guerras, aquél en el que la propaganda ha sido más eficaz. Tal vez al comparar el bombardeo de Guernica y la matanza de Bucha, se refería a que en los dos casos se han utilizado las matanzas como arma de propaganda, que en los dos se han inflado interesadamente los datos, que se está construyendo un icono de la barbarie del enemigo sin contrastar la realidad. Desde este punto de vista está bien elegido el ejemplo. Guernica, y en este caso me refiero al cuadro, es un icono, un paradigma de la eficacia de la propaganda a nivel planetario.
Yo no sé lo que ha ocurrido y lo que está ocurriendo en Ucrania y no tengo razones para dudar de los horrores de la guerra. Toda guerra es horrible y sólo le pido a Dios que no me toque experimentarla en carne propia. Pero preferiría tener información imparcial, ya que la que me llega no puedo menos que desconfiar de ella. Tengo la mala suerte de no considerar legítima ninguna de las dos causas que combaten, pero puedo justificar más la actuación de una frente a otra, y no necesariamente adopto la misma elección que se impone como un martillo pilón en los medios occidentales. No puedo menos que pensar que todo lo que se nos cuenta sobre lo que está aconteciendo en Ucrania no es información sino propaganda, o si se prefiere desinformación. Y una avalancha tal de propaganda que me hace sospechar sobre con qué fines se hace, y si merecen la pena los sacrificios que la población española y del resto de Europa debe de padecer para sostener la amistad de uno de los bandos y la enemistad furiosa con el otro. Quid Prodest?
Hay libros que llegan en la vida en un momento providencial, que vienen a llenar un hueco que antes de leerlos ni siquiera sabías que existía. Algunos libros pasan por la vida sin pena ni gloria. Se leen y se olvidan con la misma rapidez, aunque puede que de manera inconsciente dejen algún poso. Otros libros sin embargo marcan una huella indeleble, una marca permanente en el pensamiento o en el alma.
En mi vida no son tantos los libros que pueden presumir de haber dejado esa impronta. Dedico estas líneas a uno cuya lectura acabo de terminar, y que es uno de aquellos que nada más leer una docena de páginas sientes su importancia, uno de esos libros destinados a tenerlos siempre a mano en la mesilla de noche, para consultarlo de vez en cuando, posiblemente durante muchos años. Y además de su interés particular para mí, creo que también ha llegado en el momento preciso para mucha otra gente y que viene a revitalizar una corriente de pensamiento por la que llevo tiempo caminando y avanzando con decidido entusiasmo y convencimiento.
Este libro al que me refiero es la obra del politólogo argentino Marcelo Gullo Omodeo, titulada “Madre Patria (Desmontando la leyenda negra desde Bartolomé de las Casas hasta el separatismo catalán)”. Lo encontré por casualidad y sin conocer su contenido en una de las visitas a una librería a la que acudí buscando otra obra que ahora mismo no recuerdo. Me llamó la atención el título y leí descuidadamente la solapa, como hago con otros tantos, para ver así a primera vista de qué pie cojea el autor, o dicho de otro modo, si puede ser de interés para mí o por el contrario es de aquellos que merecen acabar en la piscina como hacía el malhumorado Umbral. A primera vista me pareció interesante y con una cierta duda decidí comprarlo en una de las decisiones de las que menos me arrepiento.
Marcelo Gullo es Doctor en Ciencias Políticas argentino autor de numerosas obras tales como «La insubordinación fundante», «La lucha del pueblo argentino por la independencia del imperio inglés» y muchas otras. En 2021 publicó en España «Madre Patria» que en cinco meses ya ha alcanzado ocho ediciones de la obra.
“Madre Patria” es una obra que podría ser incluida dentro de la vigorosa corriente actual del revisionismo histórico sobre la leyenda negra. Como es bien sabido la expresión de “leyenda negra” fue utilizada por primera vez hace más de cien años por Doña Emilia Pardo Bazán en una conferencia en París, quién sabe si después unos de los tórridos encuentros que en la capital francesa mantenía con Don Benito Pérez Galdós. La idea se desarrolló y tomó carta de naturaleza con Julián Juderías y su genial obra “La Leyenda Negra”. Posteriormente ha sido desarrollada y defendida por muchas otras personas con más o menos entusiasmo y acierto durante todo el siglo XX. Pero en los últimos tiempos esta corriente revisionista de la historia oficial de España que supone la existencia de la leyenda negra, y simultáneamente el análisis riguroso de lo que constituyó y constituye todavía hoy en día, ha tomado una fuerza inusitada y casi diría imparable.
Si la pérdida de Cuba y Filipinas determinó un pesimismo histórico que fraguó en la Generación del 98, ahora frente a un fenómeno similar como es la previsible desmembración de otras partes de España, ha surgido una reacción quizás menos pesimista, pero en todo caso muy realista, que tiende a mirar a la cara a la situación que nos acecha, y a plantearse el origen y las causas mediatas e inmediatas de estos procesos separatistas. La mejor intelectualidad de España está examinando esta cuestión y en su gran mayoría entienden que la raíz del problema separatista tiene su origen en la leyenda negra, que es la que ha minado nuestra fuerza como pueblo y la que ha destruido nuestra nación tanto moral como materialmente. En España nos hemos creído todo lo que nuestros enemigos han inventado de nosotros y hemos claudicado con una docilidad ovejuna a todo lo que nos han impuesto desde fuera. Sufrimos desde hace varios siglos algo así como el síndrome de la mujer maltratada por el marido, que a cada paliza reacciona asumiendo su culpa por sus errores y además venerando a su maltratador que con su poder no deja que se piense algo distinto de lo que a él le interesa.
Afortunadamente empieza a haber muchos que consideramos que a lo mejor la única culpa real que debe asumir España es la de la debilidad, la de haber sido derrotada por otros que no son mejores sino más fuertes, la de vivir pensando nada más que complacer a nuestros difamadores históricos y la de la pereza de desmontar todas las mentiras y tópicos que se han divulgado por nuestros vecinos únicamente para aprovecharse de la situación. Hemos asumido de tal manera nuestra inferioridad que más que un complejo ya ha derivado en un auténtico síndrome de Wendy, en el que todo lo que hacemos, lo hacemos pensando en el qué dirán. Y solo vivimos para conseguir la aceptación de los demás países, con nuestra autoestima por los suelos y una continua autoconmiseración y autoflagelación, llevando la autocrítica a lo patológico. Mientras tanto, los países que han generado, creado y favorecido la leyenda negra para acabar con nuestra antigua supremacía se han hecho ricos y prosperado a costa de todo el planeta, devastándolo sin piedad y sin un átomo de remordimiento.
En este proceso de restauración de nuestro orgullo excesivamente humillado hay un antes y un después de la impagable obra de Elvira Roca “Imperiofobia y leyenda negra”, en la que sistematizó y divulgó de manera amena todas las causas y las consecuencias de la leyenda negra, enmarcando su existencia para el caso de España dentro de una corriente que a su juicio es común a todos los imperios que ha habido en la historia, como es el caso de Roma, Rusia y Estados Unidos.
«IMPERIOFOBIA Y LEYENDA NEGRA» de Elvira Roca Barea, auténtico “best-seller” que lleva 25 ediciones desde 2016, ha tenido tanta importancia desde el punto de vista de la divulgación y de la comprensión de la historia de España y de Hispanoamérica, que desde aquí aunque sé que no soy nadie para solicitarlo, pido para dicha autora el premio Princesa de Asturias o cualquiera otro que refleje la deuda que tenemos los españoles con ella, por abrirnos a muchos los ojos y ayudar a dar forma a algo difuso que sentíamos, pero no acertábamos a canalizar y sistematizar.
Aparte de Elvira Roca, ha habido otras muchas obras muy notables en la misma dirección, en una bibliografía relativamente abundante, que ha llegado a crear en ciertas librerías un apartado especial sobre la leyenda negra, dentro de la sección de la historia de España. Y aunque no sea una obra escrita, quiero también resaltar en esta corriente la película documental, “España, la primera Globalización”, de López Linares, que se estrenó en el recién concluido 2021, con un éxito notable. Fue para mí una gran sorpresa cuando el día que la vi en uno de los cines de la periferia de Madrid, al terminar la sesión el público de forma unánime, y por supuesto yo entre ellos, prorrumpió en aplausos.
Y dentro de esta corriente, creo que tiene un interés especial “Madre Patria” por varios motivos. El primero de ellos es que está escrito por una persona de allá, del otro lado del Atlántico, por un americano y concretamente un argentino. Un argentino además que según reconoce carece de ascendientes españoles, y confiesa que toda su ascendencia es italiana. El recibir el mensaje que se envía en este libro procedente de un hispanoamericano es una enorme satisfacción. Lo más habitual en los últimos tiempos es la defenestración de todo lo hispano, el derribar estatuas y recibir insultos y descalificaciones, y esto es así tanto aquí como allí. Y no es que como español me guste que me regalen los oídos, porque tampoco creo que sea todo elogioso en este libro. De hecho hay unas críticas feroces a determinadas actitudes altaneras que se mantienen en esta parte del océano Atlántico, críticas que son muy justificadas y más que razonables. Pero se agradece que desde allí se realice una búsqueda de la objetividad histórica y de la comprensión real de lo que fue la conquista de América, de lo que fue el Imperio y de lo que pudo haber sido de no entrometerse potencias enemigas destruyendo esta enorme labor. Y así, se me antoja que tiene más mérito todo lo que dice Marcelo Gullo, porque viene dicho desde allí, por alguien que no es español, con la seguridad de que si lo mismo lo dice alguien de aquí, se le tacha de chauvinista, franquista y se desprecia sin más como un fruto de un trasnochado nacionalismo español.
La segunda importancia que le concedo a este libro es que no está planteado desde una perspectiva de ideología política entendiendo por tal la lucha que tanto aquí como allí hay entre las izquierdas y las derechas. Se parte de una refutación de los motivos que sustentan la leyenda negra sin hacer de ello una bandera partidaria y destacando que esta posición ha sido defendida por gente de toda posición política. Y prueba de ello es que el prólogo está escrito por el socialista español Alfonso Guerra. Y en ella se citan numerosos pensadores de clara posición marxista que han defendido y todavía hoy lo hacen la necesidad de recuperar la unidad de toda Hispanoamérica. Hay una cierta tendencia a identificar la reivindicación del imperio español con el franquismo o posiciones conservadoras, lo que se demuestra que es un error. La civilización que se extendió por las tierras americanas es perfectamente reivindicable desde la derecha y desde la izquierda. Al menos por la izquierda tradicional, es decir aquella que se preocupaba por los problemas sociales y no era globalista y vendida a intereses espurios. De hecho, el discurso defendido en el libro, al menos en lo esencial, es asumido sin complejo alguno por intelectuales españoles de izquierda radical como lo es el politólogo Santiago Armesilla.
La tercera cuestión es hacernos ver a los españoles de Europa que la leyenda negra no es algo que ha perjudicado a España, o solamente a España, sino que por el contrario es algo que ha perjudicado de manera igual de intensa a los países hispanoamericanos, siendo ellos también víctimas de tan infamante propaganda. Son víctimas porque generó en ellos unas divisiones territoriales destinadas a debilitarles, a crear naciones débiles y claudicantes frente al poder anglosajón. Y después de ello han sido víctimas porque les han borrado la memoria, la identidad, el orgullo de su civilización, borrando los referentes culturales e imponiendo una servidumbre cultural e intelectual frente a la modernidad anglosajona. Han sido ellos tan acomplejados como los propios españoles frente a lo que desde determinados focos de opinión nos han dicho a todos que es lo correcto. Así una cultura como la anglosajona o la protestante en general que fue incapaz de interactuar con los pueblos que se encontraban a su paso, que solo supieron desplazarlos, humillarlos y despreciarlos y finalmente masacrarlos, da lecciones de cómo se deben de hacer las cosas para ser modernos. Marcelo Gullo nos aclara que las verdaderas víctimas de la Leyenda Negra son todos los pueblos hispanoamericanos, incluyendo en ello a los españoles de Europa y a los españoles de América.
Es de justicia tanto para los españoles actuales como para los hispanoamericanos actuales reivindicar nuestro pasado común, reivindicar sin complejos la liberación que Hernán Cortes y doña Marina efectuaron de los pueblos oprimidos por los antropófagos aztecas que vivían atemorizados de ser devorados por ellos como pollos de corral. Parece ser que Moctezuma, como emperador no era muy aficionado a la carne humana, como el resto de su corte, y sólo comía el muslo derecho de los hombres y mujeres que le cazaban, seguramente que en los seres humanos como en los pollos el muslo debe ser la parte más escogida y sabrosa. Es preciso aclarar que, si trescientos hombres pudieron acabar con un ejército de más de doscientos mil aztecas, fue únicamente porque así lo quisieron el resto de los pueblos que allí vivían esclavizados, que vieron la oportunidad de liberarse de la terrible costumbre de ser cazado y servido para cenar. Esto explica que un pequeño destacamento llegue a conquistar un imperio poderosísimo, en el único caso en la historia en que un país conquista otro sin enviar un verdadero ejercito de invasión. En el Siglo XVI los soldados de España estaban destinados en Flandes o en Sicilia, o luchando contra el turco en el mar, pero no se enviaron tercios a América. Solo se pudo conseguir la conquista porque así lo quisieron la mayoría de los pueblos nativos que estaban oprimidos y se sirvieron de los españoles para su liberación, y decidieron cambiar un emperador antropófago por un emperador lejano que les construía hospitales, carreteras, escuelas y universidades y les decía que todos los hombres son iguales, todos hijos de un Dios invisible y amoroso, que no exige sacrificios humanos.
Aparte de la conquista inicial, es de justicia reivindicar la obra civilizatoria y bienintencionada que se realizó, en ningún caso depredadora como se ha dicho desde la leyenda negra. Prueba de ello son las Universidades que se crearon, o la red de hospitales (por cierto gratuitos, lo que no son ahora en muchos países) para todos los habitantes súbditos de su majestad, fueran nacidos en Europa o de etnia mapuche, charrúa, aymara, nahualt o cualquier otra. Es decir se reivindica con orgullo un pasado imperial en el que todos los hombres que allí vivían eran miembros de una misma comunidad. En ella había hombres pobres y ricos, pero había ricos indios y blancos, y había pobres blancos e indios. El mestizaje era algo normal y prueba de ello es que desde los primeros momentos el Inca Garcilaso de la Vega presumía de sus dos ascendencias castellana e inca, o el mestizo Martín Cortes Malintzin, quien orgulloso de su doble ascendencia, formó parte del ejercito del emperador en la lucha contra los musulmanes en las Alpujarras. Qué diferencia con lo que ocurría en el Norte de América, donde el héroe nacional es el repugnante y despiadado General Custer y el lema oficial de la conquista del Oeste fue “el único indio bueno es el indio muerto”.
Marcelo Gullo nos explica todo esto, que yo brevemente gloso, con gran claridad, haciendo ver las diferencias existentes entre el imperio y el imperialismo. El primero es integrador y civilizador, es el modelo de Roma, que se trasladó a América. El segundo es depredador y devastador, solo interesa lo que favorece a la metrópoli, aunque destruya lo conquistado. Es el modelo anglosajón y protestante. Pero para la opinión dominante ellos son los buenos y nosotros los malos.
Y ya, por último, pero en absoluto menos importante, destaco de la obra de Marcelo Gullo el que no solo analiza el pasado sino que además plantea objetivos para el futuro. El superar la leyenda negra tanto en América como en España debe realizarse con la finalidad de reconocer que la finalidad de aquella fue dividirnos, crear naciones pequeñas y débiles mucho más fáciles de controlar por el poder británico y luego estadounidense. Mientras los Estados Unidos de América, hacían eso precisamente, es decir unirse, acumulando territorios previamente despejados de molestos ocupantes, se fomentaba la división del Sur del continente en pequeños estados claudicantes y sometidos. Nuestros enemigos no podían consentir tener a sus puertas una enorme nación-continente unida y poderosa. Pues bien, ahora toca intentar revertir el proceso lograr la unidad de los países hispanoamericanos y por supuesto con España.
La relación de España e Hispanoamérica es mucho mayor de lo que parece. En cuanto a los ciudadanos de todos estos países nos sentimos a menudo hermanados de manera sincera, con una cercanía efectiva y real. Yo como español me siento más cercano de un ecuatoriano, cubano, chileno o venezolano, que de un finlandés, búlgaro, escocés o noruego. Para empezar no les entiendo sino con mucho esfuerzo.
En alguna forma debemos comprender que lo normal es que toda Hispanoamérica hubiera permanecido unida desde el momento de la independencia de la corona de España. Y que una vez superados los prejuicios falsos que motivaron la independencia se restablecieran los lazos, con la parte europea de Hispanoamérica. Es sabido que los nativos lucharon mayoritariamente a favor del Rey de España y las minorías criollas ilustradas y anglófilas a favor de la independencia, en lo que fue una auténtica guerra civil entre españoles. Una más de las seis o siete guerras civiles que ha padecido España en los últimos trescientos años.
Por todo ello creo que lo más inteligente que podemos hacer unos y otros es suprimir las barreras que otros nos han creado y ahondar en nuestra unidad como una comunidad real de afectos que desemboque en una entidad política de intereses comunes destinada a crear amistad y prosperidad para todos. En suma, a reconocer primero la existencia de una nación hispanoamericana y luego dotarle de una estructura de estado, que reconozca como sus nacionales a los de españoles de Europa y a los españoles de América por igual. Como fue en tiempos de la monarquía hispánica, aunque actualizado y amoldado a los tiempos presentes. Adicionalmente la parte europea de Hispanoamérica necesita un nuevo impulso y la empresa de embarcarse en un proyecto ilusionante que nos dé la cohesión que necesitamos para seguir adelante y superar los secesionismos inminentes. Y para ello necesitamos que nos ayuden los españoles de América y que recibamos aquí a todos aquellos que deseen venir con la mayor de la cordialidad de la que seamos capaces. Esa cordialidad que se tiene cuando se recibe a un compatriota.
Este proceso no es ni mucho menos fácil, y lo primero es superar los respectivos nacionalismos de banderas de colorines e interiorizar este proyecto superior, para el que reivindico una bandera común que no debería ser otra que aquella que nos unió en su día y es la bandera blanca con la Cruz de Borgoña de aspas rojas, que llegó a Castilla con Felipe el Hermoso y que nos unió a los allende y aquende los mares. Pero en todo caso lo de menos son las banderas y lo verdaderamente importante es atrevernos a mirar nuestra historia común sin resentimientos, con humildad y con orgullo a la vez. Que así sea.
Cuando yo era pequeño tenía gran predilección por los cuentos de un simpático personaje llamado “Tiro Loco Mcgraw”, que era un salado caballito que siempre llevaba un enorme sombrero. Ahora lo recuerdo cada vez que veo al flamante presidente que se han procurado los peruanos. Aunque este último no tenga nada de simpático ni de salado. Sólo tienen en común el sombrero, que en el caso del peruano es desproporcionadamente grande para un cabeza que alberga un caletre tan reducido. Este caballerete, cuya elección ha sido más que sospechosa, parece tener como único propósito en la vida el ofender a otra nación soberana, que por supuesto es España.
Fue de pésimo gusto, incluso para los republicanos patrios, que en presencia del Jefe del Estado español, que tuvo la cortesía de acudir a su toma de posesión como presidente, echara pestes gitanas de la nación del invitado, y que se refiriera en presencia de nuestro Rey Felipe VI, de manera despectiva a los nativos que preferían como Emperador a Carlos V frente a Atahualpa, como los “felipillos”, término que al día de hoy sirve para tildar a todo aquel que se aparta de la ortodoxia comunista-indigenista. Incluso aunque pensara, como de hecho piensa, que todos los males del Perú son culpa de los españoles, existe algo que se llama educación y hospitalidad, que debería haber servido de freno a su incontinencia verbal.
Se preguntaba Zabalita, personaje de la novela de Vargas Llosa “Conversaciones en la Catedral”: ¿En qué momento se jodió el Perú?. Es ésta una pregunta que les atormenta por aquellas tierras, porque muchos peruanos tienen la conciencia de haber sido una nación próspera, moderna y avanzada hasta un determinado momento en el que pasaron a ser un país empobrecido y en decadencia. Y desde luego no se remontan a la época prehispánica, de la que apenas tienen memoria más allá de la mera mitología de las nuevas ideologías indigenistas. Y no quieren responder con sinceridad esta pregunta porque tal vez les llevaría a reconocer que la verdadera edad de oro de la zona de América que actualmente constituye la República del Perú, tuvo lugar durante los siglos XVII y XVIII.
Aunque, como se diría hoy, es “tendencia” considerar que todo lo negativo que les ocurre a esos países es culpa de haber estado allí los españoles, creo que se debe recordar que al menos hay otra posible visión de las cosas, no tan negativa para la presencia española. Por ejemplo, me viene a la memoria que en el ya lejano 1551 fue fundada en Lima la primera Universidad de América por el Emperador Carlos I. Sí, la primera universidad americana, mucho antes de fundarse Harvard o Yale. Parece que, en contra lo que dice el señor que habita debajo de ese enorme sombrero, no todos los recursos que se producían allí eran traídos a Europa. De hecho según los historiadores objetivos, sólo el 20 % del oro que salía de las minas, se transportaba a España, el resto se quedaba allí para producir riqueza en la propia zona. Y de hecho la produjo, debido a una organización económica estable y organizada y que contaba con todos, desde luego también con los indígenas, que nunca fueron esclavos, sino que siempre fueron ciudadanos libres. Y que en esas minas cobraban los trabajadores un salario semejante a lo que se pagaba en Europa por esa misma labor.
A diferencia de lo que se suele argumentar, los españoles no fueron arrasando o avasallando, e imponiendo por la fuerza su cultura. Querían convencer a los lugareños de las bondades de su fe y para enseñarla, lejos de imponer el idioma español, generalmente aprendían y utilizaban para predicar las lenguas locales. Así la primera gramática de la lengua “quechua” se debe al español Fray Diego de Santo Tomás, publicada en Valladolid en 1560, quien por otro lado fue el primero que se doctoró en la Universidad de San Marcos de Lima. En 1579 se fundó en esa Universidad la primera “cátedra General de la lengua de Indios”. De hecho, sólo mucho después de la independencia el español pasó a ser el idioma mayoritario,
Sé que estos temas suelen incitar a caer en tópicos, en posiciones radicales de blanco o negro, sin admitir una enorme gama de tonalidades grises. Pero defender con argumentos un razonamiento histórico no debe ser considerado nunca como un tópico. Yo estoy de acuerdo en no caer en una visión idealizada de una realidad histórica con claroscuros, pero siempre cambio de que por la otra parte se abandone ese mito indigenista de la existencia de un paraíso anterior a la conquista por el reino de España. El preboste perulero, dijo en su discurso que durante 4500 años vivieron en armonía con la naturaleza, hasta que llegaron los españoles, que lo estropearon todo. Luego recordó que llevan ya doscientos años de independencia, por lo que han podido tener tiempo para recuperarse de sus males, pero eso da igual, la culpa ya para la eternidad la tenemos los españoles. No quiero decir con ello que todo lo hispánico fuera maravilloso. Sólo que debería haber un poco de objetividad en la búsqueda de la verdad histórica, sin prejuicios y con honestidad.
No sabemos qué hubiera pasado si los castellanos no hubieran cruzado la mar océana con tres destartaladas carabelas. Como tampoco sabemos cómo hubiera sido la historia si los cartagineses hubieran derrotado a los romanos en las guerras púnicas. Puede que sin la existencia de Colón hubiera habido un reino en el Perú de enorme justicia y probidad. O puede que no. Pero sí podemos comparar el comportamiento y el resultado de la acción de otros países europeos con la de la corona española en su forma de atender los territorios de ultramar. Y creo sinceramente que si yo tuviera que elegir ser conquistado por alguien preferiría a los españoles frente a los anglosajones. Aunque obviamente preferiría no ser conquistado por nadie. Como descendiente de los vettones, reclamo para mí también el derecho de ser indígena, y puede que en tiempos de Viriato me hubiera opuesto a una conquista, pero ante la inevitabilidad de la misma hubiera preferido la conquista por la civilizada Roma a los bárbaros hunos de Atila.
Por ello ante estos discursos tan extendidos por gentes con sombreros superlativos y sin sombreros, de aquí y de allí, a veces lamento que en los viajes transoceánicos, no se nos adelantaran los ingleses o franceses y les proporcionaran a esas tierras del sur del continente, un destino parecido al que proporcionaron a los indios pieles rojas un poco más al Norte. Que los civilizados ingleses o ilustrados franceses hubieran expulsado a los aimaras o a los quechuas de sus tierras en vez de mestizarse con ellos, que los hubieran encerrado en reservas para conservarlos en alcohol, en vez de preocuparse por la instrucción, por procurarles trabajo y medios de vida como lo hicieron los españoles, por ejemplo en las ejemplares reducciones jesuíticas. Realmente si el trato que hubieran recibido de los españoles hubiera sido el mismo que nuestros vecinos de la civilizada Europa dieron a los indios que se encontraron en su camino, mereceríamos un justo resentimiento.
Merecerían en Perú a un presidente rubio con apellido anglosajón, en vez de un presidente con unos apellidos netamente castellanos, lo que nos muestra la verdadera realidad del mestizaje. También me gustaría ver alguna vez a un presidente indígena o incluso mestizo en Estados Unidos, o Canadá o Nueva Zelanda o Australia.
Hoy viernes del mes de junio, sin pensarlo demasiado ha tocado ir al cine y como por casualidad he entrado en una película que casualmente se estrenaba hoy en España y de la que no había oído hablar en absoluto, por lo que su elección ha sido totalmente por azar. Dejaré para otro momento la extraña sensación de estar en unas enormes instalaciones de cine prácticamente vacías y la sala enorme solamente ocupada por seis personas. Realmente el tiempo va pasando y a veces me pregunto si algo volverá a ser como antes de la llegada del maldito virus chino.
La película lleva por título en español “En un barrio de Nueva York” , (In the Heights, en original) y debo reconocer que me ha producido sensaciones extrañas. Vaya por delante que me ha parecido una buena película, dentro del género musical y de comedia romántica, porque es alegre, entretenida y dinámica y te atrapa durante las dos horas largas que dura. Trata de la vida de un barrio de Nueva York, el Heights, en el Bronx, donde reinan los latinos, donde viven, sueñan, cantan, bailan, se enamoran y mueren. Y lo hacen entremezclando el inglés y el español, reivindicando su mundo, su orgullo latino. Tiene algunas escenas de verdadera reivindicación de lo que se podría denominar lo latino, incluyendo dentro de este vago concepto a las personas procedentes de Puerto Rico, Cuba y la República Dominicana, pero también México, Venezuela, Chile e incluso Brasil. Una película en las que ellos y ellas son guapos, son felices dentro de sus limitaciones y cantan y bailan, ríen, aman y viven con alegría. Rezuma optimismo y tiene momentos a mi juicio verdaderamente deliciosos, una especie de versión latina de “lalaland”, con algo que incluso le falta a ésta, como es un final feliz.
Pero debo confesar, que pese a estas bondades, salí con un sentimiento agridulce del cine. Y es porque en ese vendaval de reivindicación latina, (me gustaría más decir hispana, aunque no sé si procede), me siento un poco preterido. Tengo una extraña sensación de sentir que son algo cercano a mí, gente que siento como «mi gente», que habla español, que procede de países que formaban parte de España hace poco más de cien años, pero a la vez que no quieren saber nada de mí como español, que rechazan toda conexión y que buscan una identidad propia y diferente. Siento que tengo una cercanía especial con esas personas y algo me impele a sentirme cercano a ellos, lo que no me ocurre por ejemplo con los inuits o los apaches, a los que respeto pero me son totalmente desconocidos y ajenos. Pero a la vez siento que no soy admitido en ese club, que no pinto nada allí como español.
Realmente en la película al reivindicar “lo latino”, se da por hecho la existencia de ese concepto, que tiene que surgir necesariamente por una conexión entre personas que asumen esa identidad, y que tienen diferentes orígenes, que proceden de varios puntos de América. Esa no es una identidad racial ya que dentro los latinos los hay de raza negra, mulatos, mestizos, blancos y de varias procedencias indígenas. Hay algo que les une, pero no quieren reconocer lo que realmente les aporta esa unidad. De manera deliberada se quiere obviar cual es esa conexión. Buscan una identidad nueva, no en el pasado, sino en el actual desprecio que reciben de la sociedad americana de origen anglosajón. No digo que eso no exista, pero el desprecio de los supremacistas wasp y asimilados lo comparten con otras minorías raciales, con los que sin embargo no se identifican del todo.
Y aunque lo saben, quieren olvidar los verdaderos vínculos que hacen que, aún siendo de zonas geográficas muy alejadas, tienen un poso de identidad común. Y en mi opinión lo que tienen en común son al menos tres cosas que no pueden negar: la lengua española, la religión católica y el hecho de proceder de países de cultura española, es decir países que entraron en la modernidad modelados por instituciones y patrones políticos y éticos generados en España y exportados a esos países, en los que posteriormente evolucionaron de maneras dispares. Los tres elementos se entremezclan, de manera que por ejemplo la ética católica, a diferente de la protestante, genera modelos alejados de los estrictos puritanismos protestantes, menos utilitaristas y mercantilistas, y por tanto más disfrutadores de la vida, de la música, del baile, que a su vez se convierte en una suerte de elemento común de identidad.
Y para su mala suerte, su pasado común hispánico, les hace padecer un elemento extra de victimización social. Si tuvieran poco con ser no blancos, no angloparlantes, extranjeros, y generalmente pobres, tienen además que sufrir el desprecio secular de los pueblos de norte de Europa sobre los del Sur, que se traslada intacto al nuevo continente
En la película de manera muy significativa no se cita a España ni una sola vez, salvo tal vez una breve alusión despectiva a los conquistadores. Pareciera que el idioma que hablan procede de unos habitantes del Mato Groso. También de manera significativa no hay una sola alusión a la religión católica, ni por ejemplo a la Virgen de la Caridad del Cobre o de Altagracia, a los que tan devotos los cubanos exiliados o dominicanos. Solamente queda el uso de la lengua española como identidad común de todos los latinos, pero incluso ésta aparece de manera claudicante y casi vergonzante frente al inglés.
Lo cierto es que con los latinos que viven en Estados Unidos, tengo un poco de sensación de amor no correspondido. Me gustaría que España fuera más reconocida, menos despreciada y olvidada por aquellos que considero en el fondo mis hermanos del otro lado del Atlántico. Me gustaría poder decir con acento ligeramente caribeño, suavizando la dureza del español de Castilla: “hermano, me gustaría que nos conociéramos mejor”. Pero las cosas no van por buen camino, aspiran a integrarse en la sociedad norteamericana y con ello asumir sus valores anglosajones dominantes, en vez de reivindicar los suyos y hacerlos respetar.
Sé que es predicar el desierto. La leyenda Negra sigue tan viva como en los tiempos del Padre Lascasas, y se regenera continuamente, últimamente revitalizada por todos los movimientos indigenistas, que sólo quieren ver lo negativo de la aportación española y resuelven todas sus frustraciones buscando un enemigo inexistente en el pasado, culpándole de todos sus males, en vez afrontar la realidad de quienes son sus actuales opresores que no son otros que los imperialismos devastadores de culturas que arrasan con su globalismo cualquier vestigio de diversidad.