BUCHA/GUERNICA

  La guerra en Ucrania sigue cada día un poco más acomodada en la indiferencia de la mayoría de la gente, como un molesto ruido de fondo, que de vez en cuando sacude un poco nuestro acomodado devenir cotidiano. Alguna vez que otra atendemos con un poco menos de indiferencia las noticias que llegan de Ucrania. Casi siempre para consolarnos con algo parecido a una sensación de alivio de que esa no sea nuestra guerra, que la vida allí es horrible y por ello es una suerte que por aquí todo siga más o menos igual. Un ligero estremecimiento nos sacude cuando pensamos que aunque de manera muy improbable, la guerra pueda llegar a nuestra casa. El pensamiento un poco mágico y un poco infantiloide de los ciudadanos occidentales llega a la conclusión de que eso aquí no puede ocurrir. Como decía Abraracurcix, el jefe de la aldea gala, eso no va a pasar mañana. Pero aunque no nos caigan bombas sobre nuestras cabezas, los efectos colaterales se empiezan a sentir y de manera creciente en nuestras vidas y haciendas. Ello debe exigirnos saber con exactitud por qué se combate allí, y qué es lo que nosotros debemos defender. Conocer esto exige tener auténtica información de lo que acontece, pero la realidad es que no nos llega más que propaganda.

    En uno más de los bolos parlamentarios que ha estado realizando hace unos meses el presidente del país invadido un buen día le tocó el turno al parlamento español. Y así por videoconferencia el cómico ucraniano devenido en presidente realizó una de sus actuaciones ante un Congreso de los Diputados abarrotado de señorías complacientes con su discurso. Como en el resto de las comparecencias, anteriores y posteriores, en cada parlamento elige un ejemplo obtenido de la historia del país que le recibe en el que resulte la lucha de ese pueblo por su libertad. Pero sus elecciones son bastantes desafortunadas. No es lógico exigir a un actor de segunda fila conocimientos de historia, para ello deberían estar los asesores que le orientaran un poco para no hacer demasiado el ridículo.

   Cuando compareció ante el Parlamento holandés, comparó la situación de su país con la lucha contra la tiranía con la que conquistaron la libertad en el siglo XVI/XVII. Evidentemente los tiranos éramos los españoles, para él tan sanguinarios como sus invasores rusos. Y a lo mejor no estaba tan desencaminado en su símil. Y ello porque realmente la existencia de una tiranía ejercida en las Provincias Unidas (hoy Países Bajos)  por el  Rey de España y los españoles es una singular falacia histórica creada por la leyenda negra para justificar el levantamiento de una clase oligárquica local, con el desequilibrado Guillermo de Orange a la cabeza, contra su señor natural. La propaganda como arma de guerra nació allí, falsificando los hechos de manera grosera e incluso presentando libros con ilustraciones de la crueldad de los españoles, como el célebre libelo o pasquín de Theodor de Brye, que es un precursor de mostrar con imágenes tendenciosas y manipuladas lo que se quiere hacer pasar por cierto.

     Así tenemos que la propaganda es ya desde entonces un arma imprescindible en toda guerra. Y a la larga puede incluso el arma decisiva que puede dar la victoria. Genera por un lado simpatías externas que proporcionan a menudo ayudas económicas y militares, con las opiniones públicas de países extranjeros presionando a sus propios gobiernos para que ayuden nuestra causa. Además, eleva la moral de la tropa y de la población civil y si consigue que la propaganda llegue al enemigo mina su estado de ánimo y hace dudar de la bondad de sus objetivos.  Y por ello es preciso que, en períodos de guerra, se refuerce la vigilancia y la prevención ante cualquier noticia que se recibe. Y cuanto más intensa es la difusión, más crueles las imágenes y más potentes los detalles, es más probable que sea un elemento de propaganda, y por tanto es más necesario desconfiar de su autenticidad.

   En realidad el término propaganda está un poco en desuso, y tiende más a usarse términos como «desinformación» o «fake news», pero siempre referidos a la propaganda del enemigo. Cuando es la propia se viste de información objetiva y veraz y se envuelve como noticias en todos los informativos. Si antes era válido el aforismo de que una imagen vale más que mil palabras, hoy esto es sólo cierto en la publicidad, pero no en la información. La imagen, salvo la observada directamente por los ojos, es toda sospechosa de estar adulterada. Otra cosa es que nos la queramos creer, que ahí ya entra la libertad de cada uno de tragar con lo que le venga en gana, y sobre todo si ello encaja con nuestra posición ideológica o nuestros intereses patrióticos.

     A mí personalmente se me cayó la venda de los ojos hace ya años, cuando contemplé atónito el espectáculo de luz y sonido, especialmente preparado por la policía y los servicios secretos en Leganés, unos días después de los atentados del 11 de marzo de Madrid, donde supuestamente se inmolaron unos terroristas islamistas, supuestamente autores de los atentados de los trenes. Resultó todo tan falso, tan teatral, tan inverosímil y tan grosero que era imposible de tragar. Era sin embargo necesario para convencer a escépticos de que los autores de los atentados eran unos peligrosos yihadistas y no una colección de moritos inadaptados, camellos de segunda fila y confidentes de la policía. Sin embargo toda la población aceptó la versión oficial sin apenas resistencia. Y lo que ocurrió es que nadie quería cuestionar lo ocurrido porque lo vieron con sus propios ojos, tuvieron en la pantalla de su televisión un festival de luz y sonido que hacía incuestionable lo observado y además porque ello hubiera supuesto quebrar demasiadas complicidades y ventajas obtenidas. La propaganda se impuso a la realidad y consiguió sus objetivos.

      En la guerra, ya desde los tiempos antes referidos de Guillermo de Orange, la propaganda suele centrarse en mostrar la maldad del enemigo, su crueldad, su inhumanidad. Esta maldad del enemigo transforma al otro bando directamente en los buenos. Por contradicción con el otro somos justos, bondadosos, humanos y por ello nuestra causa es la correcta. Nuestra bandera es la de la justicia, frente a la iniquidad del bando contrario. Es como si ello fuera una ordalía que legitima nuestra causa de un plumazo.

      Se suele decir que en la Guerra Civil española los nacionales ganaron la guerra pero perdieron la propaganda. Y así pese a ganar con las armas nunca su victoria se vio fuera de España como legítima y consiguieron ser desprestigiados en la opinión pública mundial. Los republicanos tenían a su favor a los grandes gurús del arte y de la comunicación mundiales como Malraux, Hemingway, Orwell, que al menos vinieron a España a combatir y otros como  Picasso, que no obstante ser español pasó toda la guerra civil en Francia.

      Un hito en esa lucha por la propaganda y la legitimación de la causa propia, y demonización del contrario es el cuadro del “Guernica”. Ya desde el primer momento fue convertido en un icono de la lucha contra el fascismo y la barbarie. Pero al margen de sus bondades pictóricas, sobre la que hay diversidad de opiniones, es sobre todo un enorme y eficaz cartel de propaganda, que sirvió para los fines propios para los que fue encargado por el Gobierno de la República ( y por el que pagó la astronómica cifra de 200.000 francos  de la época, lo que dio la propiedad al Estado español y por lo que el cuadro tuvo que ser entregado a España por el MOMA) . Y lo cierto es que parece que ese cuadro ni siquiera realmente fue creado para ello, sino más bien reconvertido y adaptado para dicho fin, puesto que parece demostrado que Picasso lo comenzó antes del bombardeo de Guernica y fuertemente inspirado en otra obra suya de 1935 ( “Minotauromaquia”) a la que prácticamente reproduce,  y que ya expuesto en el pabellón de España de la exposición de París a alguien se le ocurrió denominarlo como “Guernica», en recuerdo del entonces reciente episodio. Sea esto cierto o no, lo que es indudable que se ha convertido en una invocación y un recuerdo de una matanza causada por un bombardeo aéreo,  a pesar de que ni un solo avión se observa en el cuadro, que fue publicitado como la mayor masacre de la guerra Civil. Se llegó a hablar de 1600 o 2000 muertos . La realidad es que los historiadores más serios, como Salas Larrazabal, ha reducido mucho las cifras de la matanza causada por la legión Cóndor  a unas 126 personas. Son siempre demasiadas, pero al parecer no suficientes para las necesidades y exigencias de la propaganda, por lo que era necesario aumentarlas. De no hacerlo este bombardeo terrible queda casi empatado con el semidesconocido bombardeo sobre población civil y en día de mercado (de hecho al parecer confundieron los puestos de un mercado con un campamento militar) efectuado por los “Katiuskas” rusos del ejercito republicano en Cabra, donde murieron alrededor de 100 personas y hubo 200 heridos. Este bombardeo casi nadie lo conoce. Este bombardeo de Cabra no tiene a su favor el factor propaganda, no tiene un cartel icónico hecho por un pintor del bando nacional en el que, por ejemplo, se viera el horror de las pobres ancianas sucumbiendo bajo las bombas mientras compraban descuidadamente en el mercado tomates y judías verdes. Y si se hubiera hecho, daría lo mismo, quedaría apagado, olvidado, preterido, encerrado en un cajón para el estudio de especialistas, pero nunca de los medios de comunicación masivos que controlan la difusión de la propaganda. Nunca harían con la imagen de ese bombardeo camisetas para competir con la imagen del toro o el caballo que se desboca en el Guernica.

     Y la propaganda es tan eficaz que ochenta años después el mentado Zelenski se presentó virtualmente en nuestro Congreso de los Diputados comparando lo que había  ocurrido recientemente en su país, en la localidad de Bucha con lo que ocurrió en febrero de 1937 en Guernica. Es cierto que los medios de comunicación occidentales se han explayado con lo acontecido o supuestamente acontecido en Bucha por la maldad congénita de los rusos  y después de esto otras tantas tropelías cometidas siempre por los mismos. En realidad no tengo razones para dudar de la veracidad de lo ocurrido en Bucha, o en  Kramatorsk o Mariúpol, pero tampoco tengo razones para no dudar de ello. La propaganda, que es la mayor enemiga de la información, hace que ya no se pueda saber lo que es real de lo que no lo es. Puede que haya una base real amplificada, … o puede que después de todo, todo sea nada, como en el poema de José Hierro.

En todo caso es significativo que el ejemplo histórico de un pueblo luchando por su libertad, que el presidente ucraniano en cada país elige como comparación para defender su propia causa, en el caso español el elegido haya sido el bombardeo de Guernica. Pudo elegir Paracuellos del Jarama, o el Alcázar de Toledo o la Virgen de la Cabeza, o el citado bombardeo de Cabra, que para más inri lo realizaron aviones rusos como los que asedian a su pueblo, pero no. Pudo también elegir lo más parecido a la invasión rusa que ha habido en España, que es la invasión napoleónica y la lucha por su independencia de la población civil por las calles de los pueblos y ciudades. Pero no, no eligió esos ejemplos, sino que eligió Guernica. Y tal vez lo hiciera de manera acertada, porque escogió de entre los actos de terror que surgen en todas las guerras, aquél en el que la propaganda ha sido más eficaz. Tal vez al comparar el bombardeo de Guernica y la matanza de Bucha, se refería a que en los dos casos se han utilizado las matanzas como arma de propaganda, que en los dos se han inflado interesadamente los datos, que se está construyendo un icono de la barbarie del enemigo sin contrastar la realidad. Desde este punto de vista está bien elegido el ejemplo. Guernica, y en este caso me refiero al cuadro, es un icono, un paradigma de la eficacia de la propaganda a nivel planetario.

      Yo no sé lo que ha ocurrido y lo que está ocurriendo en Ucrania y no tengo razones para dudar de los horrores de la guerra. Toda guerra es horrible y sólo le pido a Dios que no me toque experimentarla en carne propia. Pero preferiría tener información imparcial, ya que la que me llega no puedo menos que desconfiar de ella. Tengo la mala suerte de no considerar legítima ninguna de las dos causas que combaten, pero puedo justificar más la actuación de una frente a otra, y no necesariamente adopto la misma elección que se impone como un martillo pilón en los medios occidentales. No puedo menos que pensar que todo lo que se nos cuenta sobre lo que está aconteciendo en Ucrania no es información sino propaganda, o si se prefiere desinformación. Y una avalancha tal de propaganda que me hace sospechar sobre con qué fines se hace, y si merecen la pena los sacrificios que la población española y del resto de Europa debe de padecer para sostener la amistad de uno de los bandos y la enemistad furiosa con el otro. Quid Prodest?

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