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SOLVE ET COAGULA.

    Cuando comencé este Blog, hace ya más de tres años, me propuse ser un observador de lo que pasa en el mundo e intentar contarlo a mi forma y a mi modo, según lo sintiera en cada momento.  Hoy me siento obligado a reflexionar sobre lo que ocurre en mi casa, en mi tierra, o como está de moda decir, en mi territorio.  España muere lentamente desde hace tiempo, y ante la complacencia de unos que trabajan activamente para su desintegración y la pasividad de otros que miran hacia otro lado ante cada ataque y ofensa. O incluso como mucho protestan levemente, siempre de manera moderada y educada, no sea que los enemigos de España se enfaden. Así nos va. Así nos ha ido hasta ahora a los que defendemos determinadas posiciones de unidad y consistencia de un proyecto común, construido hace siglos y hoy agonizante.

      El proceso de la desintegración de la España actual comenzó con la tan alabada Constitución de 1978, que jugó con ambigüedades sobre nacionalidades y regiones y que, para contentar a unos pocos, creó esos engendros llamados comunidades autónomas, que por supuesto no contentaron a los separatistas y que han creado unas nuevas estructuras de administración caras y disgregantes. También han tenido efectos positivos, no cabe duda, pero no han servido para el fin esencial para el que fueron diseñadas, que no era otro que el de encajar dentro de España a determinadas regiones díscolas e insolidarias con las demás.

    Bien se ha visto que a estas regiones, sobre todo Vascongadas y Cataluña, pero también Navarra y Galicia en menor medida, el sistema autonómico sólo les ha servido para tener unas estructuras propias de poder desde las cuales han trabajado consciente y deliberadamente para conseguir la separación del Reino de España y para crear unos nuevos estados separados basados en unas inexistentes naciones, que a fuerza de fomentarlas van a llegar a existir. Este proyecto se ha visto claramente, pero nunca se le ha puesto freno desde el resto de España, sino que por el contrario se ha facilitado, dando cada vez más recursos económicos a estas regiones desleales.

    Realmente en este proceso los verdaderos culpables no son los partidos nacionalistas, separatistas o independentistas, que no han hecho sino aquello que les es propio a su naturaleza. Los verdaderos culpables de este proceso imparable desde que murió Franco han sido el resto de los partidos de ámbito nacional, que en los casos más veniales han consentido este imparable proceso a cambio de unas migajas de poder. Y en el caso menos entendible y perdonable, como el del llamado Partido Socialista Obrero Español, ha trabajado de manera deliberada en este proceso de desintegración.

     Algo que nunca he acabado de entender es la identificación que en este país se ha hecho de nacionalismo y progresismo, o que es lo mismo independentismos e izquierda. Es como si para ser de izquierdas y progresista fuera imprescindible odiar a España como nación. Quizás se trate de que la mera idea de España sea un concepto conservador, y que su existencia evoca ideas o proyectos que son repudiados por el progresismo. Y si esto es así, como lo creo, me lleva a pensar que realmente España es un concepto molesto para muchos y que la izquierda sólo puede sentirse bien si la destroza como nación y con ella las ideas parece encarnar.

       Es una cuestión a reflexionar. Quizás nos empeñemos en pensar que somos una nación como cualquier otra que la respetan todos sus ciudadanos, cualquiera que sea su ideología, es decir como Francia, Portugal o Italia, por no irnos más lejos. Pero en España, para los partidarios de las ideas llamadas progresistas no es así. En su fuero interno y creo que no de una manera totalmente consciente, identifican progreso con la desmembración de España, hasta el punto que llegan a apoyar a casposas oligarquías locales de caciques ostensiblemente derechosos (según su visión) cuyo único mérito es querer destruir a la nación española. Aunque sean de derechas, defiendan oligarquías, caciquismos, privilegios y desigualdades, el ser independentistas les hace respetables. Así ocurre en Cataluña. En el País Vasco es todavía peor, ya que la izquierda se siente feliz en compañía de partidos que defienden un racismo biológico y violento, y que coquetearon con el nazismo auténtico.

     Para comprender esta contradicción sólo hay que asumir el hecho de que lo progresista es destruir España.  ¿Pero, por qué es progresista destruir España? La respuesta sólo puede ser que España, como unidad, implica valores que se denuestan, representa ideas peligrosas para el dogma del progreso. Para la izquierda destruir esta nación es un objetivo a conseguir para lograr sus objetivos. Pero esto, como hemos visto no ocurre con otras naciones, sólo ocurre en España. Luego lo progresista no es destruir las naciones en general, (de hecho, los disgregadores son nacionalistas de su terruño), sino que es destruir la nación española.

     Esto nos debe hacer pensar qué es lo que es tan molesto y fastidioso en España para la izquierda. Algunos lo simplifican indicando que ven en la nación española residuos o manifestaciones del franquismo. Yo creo que esto es sólo una excusa de la izquierda para ocultar la verdadera razón de su odio congénito a España. Es cierto que durante el franquismo se reivindicó la grandeza pasada de esta nación, pero eso no convierte al Cid o a Hernán Cortés en franquistas. Si la izquierda quisiera podría reivindicar también ese pasado, pero no quiere. Y si no quiere es porque lo que le molesta no es el franquismo, sino la historia en sí, el pasado que generó el nacimiento de la nación española. Y tienen miedo que esa fuerza poderosa que fraguó nuestra nación, pueda volver a rebrotar.

     La verdadera esencia de España es la lucha contra el Islam durante ocho siglos, que forjaron una idiosincrasia especial que cristalizó en la misión  de llevar la civilización cristiana a tierras entonces desconocidas y que generaron un proyecto civilizador, con sus luces  y sombras, pero sin demasiados precedentes en la historia conocida. Este proyecto fue constantemente asediado por algunos otros países europeos que con encono lo acosaron y derribaron, hasta que fue finalmente destruido, totalmente derrotado.

        Los vencedores del imperio español impusieron un modo de colonización deshumanizado y materialista, frente al modelo más humano e integrador que se defendía desde la corona española. Luego vino la leyenda negra con la que nos acusaron de hacer todo lo que acabaron realmente haciendo los fautores de la misma. Y todo ello defendido, y sustentado ideológicamente por las ideas iluministas de la Ilustración, con sus diferentes tentáculos, por ejemplo, la masonería anglosajona conspirando para la independencia de los países hispanoamericanos y trabajando para su interesada disgregación entre ellos. Para estas ideologías España representaba en aquel momento todo lo que querían combatir, nos tachaban de retrógrados, frailunos y enemigos de la libertad, frente a los que imponían la igualdad y fraternidad, aunque fuera a golpe de guillotina. Para el triunfo del proyecto iluminista y materialista en el mundo,  antagónico al defendido por España, fue esencial derrotar al único poder que no seguía sus consignas.

     La izquierda actual es heredera de aquellos que combatieron a España durante siglos. Y por ello asume todas las consignas que vienen de aquellos tiempos. España es el enemigo a destruir por representar su mera existencia la oposición más frontal que ha existido a ese proyecto histórico que hoy se autodenomina progresismo, y que ha desembocado en el actual globalismo, y que es la continuación directa de los que derrotaron al proyecto español en América.

      De manera que la izquierda española es un caballo de Troya que tenemos dentro de nuestros muros y que trabaja para la total demolición de nuestra nación. Se trata de no dejar nada de ella, de hacerla pedacitos hasta que sea totalmente irreconocible. Si primero fueron la Nueva España y Nueva Granada, después Cuba y Filipinas, ahora toca Cataluña y Vascongadas, luego será Galicia y Canarias, y así hasta que no quede absolutamente nada.

    Quizás tenga que ser así, y oponerse a ello es solo un gesto de melancolía, de intentar mantener en pie lo que está muerto. La izquierda tiene un proyecto claro que es destruir aquello que odia y considera su enemigo. La derecha obviamente se resiste, pero como mera reacción, como un ejercicio de costumbre y de nostalgia, como un conservadurismo sin demasiada sustancia. Y por ello es más fácil que triunfen los primeros, y ello será así mientras no exista un proyecto que haga viable a España como destino, como proyecto o como misión. Por ello es esencial centrarse en lo que significa España, como portadora de una misión, cumplidora de un destino. 

     Si somos capaces algunos españoles de comprender lo que quiso hacer España y recuperar ese proyecto de civilización alternativa a la despiadada modernidad globalizadora de origen anglosajón, si convencemos a nuestros hermanos de América que nunca debimos separarnos y que debemos caminar juntos, si conseguimos una ilusión de futuro para nuestros hijos, España renacería de sus pedazos como un ave fénix. Quizás para ello deba desgajarse del todo para comenzar una nueva unidad que no descanse en el pasado sino en el futuro, en un proyecto común.  Algo así como el principio alquímico de “solve et coagula

UNA DE MARCIANOS

 Soy de una generación que creció en su niñez y adolescencia con los extraterrestres. No es que viera nunca uno de ellos, pero sí que estaba profundamente interesado en todo el fenómeno OVNI. Era un acrítico creyente de su presencia entre nosotros, aunque careciera de cualquier prueba directa, lo cual siempre achacaba a la existencia de una enorme conspiración de silencio diseñada por la CIA y todos los gobiernos del mundo que querían ocultar cuidadosamente todas las pruebas, que sin duda debían de tener, sobre esta existencia de seres de otros planetas.

  Yo, como tantos de mi generación, seguía los programas radiofónicos y televisivos sobre los OVNIS, e incluso llegué a pasar noches enteras mirando al cielo en busca de avistamientos. Escuchaba una y otra vez con enorme interés las historias de lo sucedido en Roswell. Soy de los que estaba profundamente interesado en el planeta UMMO y los ummitas, que siendo seres más o menos humanos, aunque con un cierto aspecto estrafalario, caminaban entre nosotros en nuestra vida cotidiana. Leí con avidez un libro de un tal Siracusa que afirmaba estar en contacto continuo con seres de otros planetas. Y pasé tardes enteras de verano empapándome de las teorías de Erich Von Daniken sobre las interpretaciones de la Biblia y de otras tradiciones como una revelación de culturas extraterrestres que nosotros hasta ese momento ingenuamente imputábamos nuestro Dios o a dioses de otros panteones, y que explicaban las culturas precolombinas y las del antiguo Egipto, y a quienes les transmitieron por conductos separados la manía de construir pirámides para fines poco claros de navegaciones interplanetarias. Como resumen diría que en mi infancia y primera adolescencia era algo común la creencia casi ciega en la realidad extratrerrestre.

  El tiempo fue diluyendo todo aquello. Poco a poco fue para mí perdiendo importancia en mi vida, hasta el punto de caer casi en el olvido. Y ello a pesar de haber visto algún fenómeno extraño o de difícil explicación para mí. Uno de ellos fue la visión de un extraño objeto circular en el cielo, como un disco con luz propia, una tarde que viajaba de Madrid a Bilbao en tren, y que permanecía estático o navegaba lentamente al ritmo aparente la marcha. Puede que tuviera una explicación razonable, pero para mí fue sin duda un objeto volador no identificado. La segunda experiencia ha sido más reciente, apenas hace unos meses, cuando en pleno centro de Madrid, miré por azar a un último piso de un edificio que estaba al otro lado de una céntrica plaza en la que yo estaba, y a través de unos enormes ventanales, observé con claridad cómo se paseaba con naturalidad un ser de carácter no identificable para mí, algo así como un humanoide, de una altura de un metro o metro y medio, con unos largos brazos que casi le llegaban al suelo, iba erguido como no lo estaría un simio y que durante más de cinco minutos se estuvo exhibiendo con indiferencia hasta que alguien, ese sí claramente humano corrió unas cortinas que me impidió seguir con la visión. Evidentemente no es una prueba de nada, y las explicaciones de esa visión pueden ser muchas, desde un holograma a un robot, o incluso que sufriera una alucinación creada por mi mente, eso sí, sin ayuda al menos consciente de sustancia alguna.

 Al margen de estas experiencias personales, que hace cuarenta años me habrían fascinado, pero que hoy en día me resultan simplemente curiosas, observo a mi alrededor en los últimos tiempos una tendencia contraria a la que antes explicaba. Es decir que los poderes que antes eran acusados de ocultar siniestramente cualquier indicio sobre los extraterrestres, ahora parece que disfrutan fomentando la creencia en su existencia.    Así no hace demasiado que en el Congreso de Estados Unidos un ex oficial del Pentágono denunció bajo juramento que el gobierno estadounidense oculta evidencias sobre naves y restos biológicos de origen «no humano». El gobierno americano ni afirma ni niega. Pero al no desmentir categóricamente, de una manera más o menos implícita acepta la veracidad de esos testimonios . Poco tiempo después en México el gobierno de dicho país presentó dos extraterrestres momificados, que al parecer tenían desde hace mucho tiempo conservados y ocultados.

       Un miembro de la gentry americana, Christopher Mellon (nieto del fundador de la Gulf Oil) , que fue un altísimo cargo de la inteligencia de USA con Clinton y Bush, ha afirmado que su país tiene tecnología de origen no terrestre obtenida de programas espaciales de otras civilizaciones. Y al parecer defiende la aprobación de una ley para que los testigos de avistamientos puedan hablar libremente sin ser ridiculizados.  Y estas cosas dichas por un miembro de la inteligencia del país más poderoso del planeta no son gratuitas. 

     Hay más casos de noticias oficiales u oficiosas de gobiernos y poderes más o menos “serios”, que de pronto aceptan la existencia de seres extratrerrestres entre nosotros. Se ha pasado del negacionismo total y de la ridiculización de quien así pensara, a determinados actos que tienden a dar seriedad y credibilidad a los testimonios antes negados con rotundidad.

   A mí en realidad no me interesa demasiado el tema extraterrestre, encuentro pocas explicaciones a la vida terrestre, como para perderme en conjeturas sobre lo que hay o no hay en otros planetas u otras dimensiones. Pero sí me interesa o me intriga ese cambio de criterio, ese cambio de rumbo en las verdades oficiales que nos gobiernan y que con sutileza moldean nuestras mentalidades. Lo que era negación absoluta hoy es más bien una aceptación tácita y una admisión poco a poco de esa realidad. Y lo que me pregunto es qué hay realmente detrás de ese cambio.

   Puede haber varias hipótesis sobre este cambio de criterio. La especialista en conspiranoia Cristina Martín Jiménez, quiere ver en esto, una búsqueda de la inmortalidad que persiguen las élites y personas como Jeff Bezos que está al parecer obsesionado por este tema y que según ella esperan encontrar la eterna juventud con la ayuda esos seres que nos visitan a los mortales terráqueos. Quizás relacionado con esto hace poco una vicepresidente del gobierno de España, de escasas luces y enorme ambición, sugería que los superpoderosos tienen un plan para huir de la tierra e irse a vivir a otro planeta, dejando al nuestro abandonado a su suerte y en las garras de la maldades de los desastres provocados por el feroz capitalismo, que ahora les financia sus proyectos interplanetarios. Quizás en esta escapada busquen la ayuda de seres de otras galaxias.

    No me acaban de convencer estas teorías, que me parecen un poco disparatadas. Puede que le busque tres pies al gato y que la creencia en extraterrestres sea únicamente una búsqueda extraña de una transcendencia que ya no aporta la religión y que sólo sea un síntoma más de aquello de que, como dijo Chesterton quien deja de creer en Dios puede llegar a creer en cualquier cosa. Pero, como diría un castizo, a mí me da en la nariz, que los tiros van por otro lado. Me malicio que están creando el caldo de cultivo necesario para presentarnos cuando sea el momento, y cuando sea necesario, un nuevo instrumento de manejo de la sociedad. Si primero han usado un virus para manejar a su antojo a la humanidad, después vendrá un ataque extraterrestre, una invasión al modo de la Guerra de los Mundos que ya ideó el socialista fabiano H.G. Wells, hace más de un siglo.

      Uno que ya va siendo perro viejo, empieza a desconfiar de casi todo. Y es por ello que ya me veo nuevamente confinado en mi casa o tal vez trasladado a otra ciudad, o puede que teniendo que hacer cualquier actividad que no soy capaz ni de imaginar, para  defender a mi planeta de un ataque supuesto o figurado de unos malísimos marcianos, cuya realidad no podremos discutir, ya que de hacerlo seremos tachados de negacionistas y conspiranoicos.

       Con los medios de comunicación y control de la información que existe pueden convencernos de que la tierra es víctima de una invasión exterior y me apuesto que la mayoría de la humanidad lo aceptaría acríticamente, como lo ha hecho últimamente con otras falacias parecidas.  Y ante un ataque global y exterior de la tierra, todas las naciones y los pueblos suspirarán por un mando único y global para todo el planeta que ponga orden en la defensa general planetaria. Reconozco que esta idea que se me ha instalado en la cabeza es un poco descabellada. Espero estar equivocado. Pero después de la pandemia del año 2020, y lo que tuvimos que vivir y padecer, ya nada me parece imposible.

 

NO SALGO DE MI ASOMBRO.

No salgo de mi asombro. Leo y releo la última encíclica que ha depuesto nuestro Santo Padre. No salgo de mi asombro. Leo y releo la encíclica, o la exhortación apostólica, o lo que quiera que sea el documento denominado “Laudate Deum”, (en cristiano moderno «Alabado sea el Señor») publicado en el día de San Francisco de Asís del annus domini MMXXIII.

        No salgo de mi asombro. Ahora resulta que el Obispo de Roma, sabe de datos científicos y nos los pregona como un dogma de fe. De esa fe que le falta o que al menos oculta, no vaya a pensar alguien que sigue creyendo en cosas tan desfasadas como la Divina Providencia.

         No salgo de mi asombro. O sí, para sentir vergüenza ajena. Me da verdadero rubor leer la sarta de lugares comunes de la dictadura climática expuestos por un amateur de la ciencia, que ni siquiera los expone excesivamente bien. Cuando oigo hablar de ciencia a un Papa, no puedo menos que recordar las censuras de sus antecesores a Galileo por defender determinadas teorías que el tiempo acabo confirmando. Y que llevó a la Iglesia a pedir perdón por la condena injusta que le impuso. Pero parece que no ha aprendido de los errores y sigue tropezando en la misma piedra.   No sería extraño que las teorías y datos sobre el calentamiento del planeta que expone urbi et orbi el sumo pontífice, acaben siendo refutados por otros más precisos, lo que es frecuente en la ciencia. Si esto ocurriera la infalibilidad papal va a quedar por los suelos y su apostólica autoridad va a quedar más o menos como Cagancho en Almagro, es decir fatal.

     Yo creía que el jesuita argentino era un cura venido a más y resulta que es un científico venido a menos, que desbarra como cualquier opinador y tertuliano, llevando al Magisterio de la Iglesia, tan respetado hasta lo presente por mí, a la altura y seriedad del horóscopo de la revista “Pronto”.

      No salgo de mi asombro. No puedo menos que asombrarme de que un cura hable de todo menos de su religión. Que pierda su tiempo en convertir una encíclica en un panfleto de divulgación seudocientífica.  En la exhortación papal, de los 73 puntos que contiene no se menciona la palabra Dios, hasta el punto 60. A Jesús se le menciona solamente 3 veces.   A Nuestra Señora, la Virgen María, el Espíritu Santo, los Arcángeles o los santos (salvo al mismo que le da nombre, que lo cita en el comienzo), ni se les menciona. El término Climático aparece 19 veces y otras tanto crisis climática o clima. Y hasta 14 veces hay referencias a las COP (Conferencias climáticas). 

     No salgo de mi asombro.  El largo escrito es, en mi modesta opinión de pecador, infumable. Acoge como ciertos todos los tópicos al uso de los calentólogos más fanáticos, defendiendo el calentamiento antrópico con ardor y llegando a insultar a quienes lo discutimos, siendo cualquier crítica según su criterio “opiniones despectivas y poco racionales”. Es el origen, sin duda alguna, de la aparición de un nuevo pecado, y al parecer de los gordos, que no es otro que el negacionismo climático. Mañana mismo me confieso.

     No encuentro nada que pueda salvar las opiniones papales. Es un paradigma del naturalismo que su antecesor León XIII condenó como enemigo acérrimo de la Iglesia en su encíclica “Humanun Genus”, donde advertía de que los enemigos de Orden Cristiano estaban ya por aquel entonces imponiendo “ a su arbitrio,  otro orden nuevo con fundamentos y leyes tomados de la entraña misma del naturalismo”. Ese naturalismo que habría de imponer una nueva moral atea, y que parte de que la naturaleza humana y la razón natural del hombre han de ser en todo maestras y soberanas absolutas. ”Establecido este principio, los naturalistas, o descuidan los deberes para con Dios, o tienen de éstos un falso concepto impreciso y desviado. Niegan toda revelación divina. No admiten dogma religioso alguno. No aceptan verdad alguna que no pueda ser alcanzada por la razón humana”. León XIII, parecía describir con ciento cincuenta años de antelación a su sucesor actual en la Cátedra de Pedro. Francisco está impregnado de ese naturalismo que considera que la razón debe salvar la naturaleza y el planeta tierra,  que solo corrigiendo la conducta humana con una nueva ética de la razón se puede cambiar el rumbo de su destrucción. En este proceso Dios no aparece por ningún lado. Ha sido borrado del mapa.

      De lo que más me ha asombrado de la exhortación papal,  es cuando Francisco justifica el vandalismo de los grupos activistas climáticos que están cercanos al terrorismo. Así habla de “las acciones de grupos que son criticados como “radicalizados”. Pero en realidad ellos cubren un vacío de la sociedad entera, que debería ejercer una sana “presión”.  De ello deduce que la Iglesia que dirige Francisco, ya no considera venerables a los que mueren por defender a la fe. Los nuevos mártires son los grupos que se encadenan y pintarrajean cuadros del Museo del Prado. Desalojen ya sin tardar de las iglesias las estatuas de San Isidro, de Santiago y de San Roque, que los anaqueles de los retablos deben ser ocupados por Al Gore, Leonardo di Caprio y por supuesto Greta.  Queda ya muy poco para subir a los altares a Greta Thunberg. A lo mejor no esperan ni a que se muera. Para qué esperar si ya no creemos en la vida eterna

      Con todo, lo más grave de tan execrable escrito no son sus opiniones científicas y de difusión de una nueva moralina medioambiental que sin duda viene a suplir el desfasado y excesivo puritanismo sexual que tanto gustó a la Iglesia en el pasado. Lo más grave es la conclusión a la que llega de que para conseguir detener el cambio climático, (pero también otros fines que coinciden sospechosamente con los objetivos de desarrollo sostenible de la agenda 2030), es imprescindible que alguien ponga orden y consiga acallar a todos los disidentes, pecadores, negacionistas y demás ralea. Y para ello no basta con una nueva censura eclesiástica, ni siquiera la recuperación de la Inquisición. Para ello, según Francisco, es preciso que exista sobre la tierra un poder único y total que con mano de hierro haga entrar en razón a los que todavía dudamos de dichos dogmas. Así, aboga por la implantación de (y copio literalmente) “organizaciones mundiales más eficaces, dotadas de autoridad para asegurar el bien común mundial, ….. La cuestión es que deben estar dotadas de autoridad real de manera que se pueda “asegurar” el cumplimiento de algunos objetivos irrenunciables “.   La nueva misión de la Iglesia en la tierra es ungir un poder temporal global que nos pastoree con mano firme y que tenga autoridad real para imponer su voluntad. Su propósito y objetivo no es luchar por el Reino de Cristo, sino la implantación de una Dictadura global y terráquea de corte naturalista y laica. ¿Será que nuestro Papa ya no sirve a Cristo Rey, sino a la bestia sentada en el trono mundial?  ¿No recuerda esto demasiado al Apocalipsis?

       No salgo de mi asombro. No puedo estar más triste. Yo creía que un sacerdote que considera que en la tierra hay injusticia, nos debería exhortar a rezar y pedir a Dios por la salvación del mundo y de nuestras almas. Yo como católico no puedo sentir más desamparo y desazón.  En qué recodo del camino se quedaron la fe, la esperanza, la caridad, el amor, la oración, la devoción y la realización espiritual del hombre. A este señor no le interesa nada de eso, no le interesa salvar almas, solo salvar el planeta y que haga más fresquito.

Merci Philippe

        No soy muy dado a felicitar a los vecinos del Norte, es decir a los franceses. Y esa falta de simpatía creo que es debida a que llevan centurias completas despreciando y mirando por encima del hombro a todo lo que huela a español. Además, muchas de las ideologías e ideas más destructivas nos llegan desde allí, como el racionalismo, la Ilustración y el existencialismo. Y por si fuera poco nos regalaron a los Borbones.

      Desde hace trescientos años en España tenemos a una parte de nuestra población acomplejada frente a la supuesta superioridad moral, estética y material de los vecinos, en esa detestable élite que constituyeron los afrancesados y que tan negativa ha sido para nuestro desarrollo como nación.  Lo peor es que esta devoción casi siempre ha sido correspondida con desprecio. Dicen que, de Alejandro Dumas, es el autor de aquella frase de que África empieza en los Pirineos. Y que Stendhal la redondeó con aquella otra de “Si el español fuese musulmán sería un africano completo.” Frase redonda que recoge de una tacada un desprecio por los españoles, los africanos y los musulmanes, que sólo una mentalidad que se cree superior puede parir. Y ello sin entrar en el hecho de que a otros ilustres franceses como Voltaire y a los enciclopedistas en general les debamos una importante contribución a la leyenda negra antiespañola.

     Es por ello que recibo con extrañeza cuando llega algo verdaderamente positivo desde de la otra parte de los Pirineos. Y esto es lo que ha ocurrido con la decisión de una empresa francesa de establecer en España una réplica del parque temático de carácter histórico ya existente en Francia. Me refiero a la apertura hace unos pocos años en los arrabales de Toledo del parque “Puy du Fou”. El responsable último de esta decisión es el escritor, político y empresario francés Philippe De Villiers, quien ha decidido invertir un auténtico dineral en transformar un secarral castellano en un maravilloso cuento de hadas.

    En una reciente visita a Toledo con ocasión de una inauguración de uno de los espectáculos del parque, el Sr. De Villiers dijo a las autoridades que le recibieron que “este parque es un acto de gratitud y amor de Francia hacia España”. Y francamente, después de presenciar lo que allí se ve, creo que tiene razón. Y es por ello que yo como español, y aunque modestamente sólo me represento a mí mismo, le doy las gracias con profundo agradecimiento por el regalo.

       Pero no le doy las gracias por tener el arrojo y valentía de invertir en España creando riqueza en una zona no especialmente boyante, forjando actividad económica y muchos puestos de trabajo. O no sólo por eso. El parque es desde luego una inversión económica y empresarial que siempre es bienvenida, y que ya de por sí sería objeto de reconocimiento, aunque por supuesto les proporcionará a los inversores sus legítimos rendimientos.

      El agradecimiento más profundo deriva del tratamiento que el parque hace de la historia de España, a la que se trata con auténtico respeto, amor y consideración, lo que en la época actual de continuos agravios negrolegendarios es una maravillosa excepción. Reconozco que acudí con un cierto escepticismo sobre la visión de la historia que me podría encontrar allí, en unos tiempos de tiranía de la corrección política, de complejos de inferioridad frente a la civilización anglosajona y de sumisión a los dogmas woke. Pero mi sorpresa fue total, al no encontrar nada de esto, sino por el contrario una visión respetuosa, justa y absolutamente correcta de nuestra historia.

     Los momentos del acontecer histórico de España que se eligen como motivo para los impresionantes espectáculos que ofrecen son siempre aquellos que ayudaron a construir nuestra nación y de los que conforman nuestra auténtica memoria colectiva, y que tienden a fomentar un orgullo natural en cualquier pueblo que se quiera y estime a sí mismo. Desde hace ya mucho tiempo el rememorar al Cid, a Isabel y Fernando, o a Lepanto está casi proscrito y quien lo hace es tildado rápidamente de franquista. Por ello es de agradecer que se presente la historia de España sin complejos y que se presente con naturalidad, sin remordimientos, ni interpretaciones sesgadas y disolventes, hitos de nuestra historia como Numancia, la pérdida de España, Covadonga, Las Navas de Tolosa, el descubrimiento de América o la guerra de la Independencia (¡contra los franceses!).

    Quizás lo que más me ha sorprendido es constatar la ausencia total de los tópicos que interesadamente se han divulgado sobre los españoles y su historia. Es de agradecer que no encontré ni una sola mención a la Inquisición ni a Torquemada. No aparece por ningún lado el Padre Las Casas. Ni los autos de Fe. Ni la idealización de la cultura hispano-musulmana. Pero tampoco aparecen esas recreaciones de los románticos transpirenaicos, a las que estamos tan acostumbrados y que ya asumimos como propias, que nos suelen pintar como una cultura pintoresca, apasionada y exótica, que no puede superar un atraso secular por sus congénitos ramalazos de crueldad. No hay rastro de Merimée, de Washington Irving, ni de Schiller. Pero no es sólo eso, tampoco hay concesiones a la ideología woke, a los tópicos de la modernidad sobre la ideología de género, cambio climático, ni otros tantos.

   Por el contrario, se reivindican sin complejos las raíces cristianas de nuestra civilización, de la cultura española y por extensión de la europea. Destacando la belleza, la épica y la nobleza de nuestros antepasados, más que la cobardía y mezquindad que obviamente también aparecen en nuestra historia, como en la de los demás países, y que cada nación suele ocultar, para sólo recordar lo más memorable. Todas las naciones maquillan su historia, la ensalzan y la exageran en lo positivo y disimulan lo negativo, con la única excepción de España, donde los españoles parece que nos avergonzamos de nuestros antepasados. Pero no creo que sea lógico avergonzarse de la Reconquista, de la expansión por América, de Santa Teresa o de Cervantes. De otras cosas sí, es mejor olvidarse, como de las abdicaciones de Bayona o de la Primera y la Segunda República. Y desde luego también conviene conocerlas para evitar errores parecidos y para proscribir a los fautores de las páginas lamentables de nuestra historia.

      Pero si el contenido y el enfoque desde el que se nos muestra es impecable y se merece desde mi punto de vista un “nihil obstat”, no menos interesante es el continente, la presentación es impresionante. Se trata de montajes y espectáculos con una grandiosidad y un despliegue de medios y de talento que te deja a menudo boquiabierto y sorprendido por la belleza y majestuosidad de las diferentes exposiciones, con la traca final del apasionante «Sueño de Toledo». Debo reconocer que, en alguno de ellos, llegué a emocionarme hasta el punto de no poder reprimir unas lágrimas, como en el que recrea, de una manera más mítica que rigurosamente histórica la conversión de Recaredo, que sitúan en el desaparecido Monasterio de Sorbaces, que previsiblemente estuvo en el vecino pueblo de Guadamur donde apareció el bellísimo tesoro visigótico de Guarrazar.

    Es por todo ello que adentrarse en las propuestas que nos presentan en Puy de Fou es como recibir un soplo de aire fresco en la cara. Es como respirar auténtico oxígeno cuando uno está inmerso en un asfixiante y nauseabundo lodazal cotidiano de los medios de comunicación, de las series de televisión y de toda clase de consignas que esparcen de manera viral, es decir como auténticos virus, las redes sociales. Sin ninguna reserva mental y de la manera más sincera le doy las gracias al Señor De Villiers, lo que implica con igual honestidad darle las gracias a Francia por su generoso y espléndido regalo. Así que, si me permite por un momento el tuteo, merci Philippe.

I.A. (REFLEXIONES SOBRE EL ETERNO RETORNO)

       En los últimos tiempos ha sido creciente la aparición en nuestras vidas de la Inteligencia Artificial. La “IA” como la mencionamos en un hipocorístico familiar, como si la conociéramos de toda la vida. Yo no sabría decir cuando oí por primera vez hablar de ella. Tal vez con una aplicación de búsqueda de viajes y alojamientos que desarrollaba una “startup”, que argüía entre sus ventajas que aplicaba métodos de IA en su proceso de selección. Quizás fuera mucho antes, pero no reparé en ella como un concepto distinto de cualquier proceso informático ordinario.

     La presencia de la IA es cada día más importante en todos los aspectos de la vida. Recientemente se publicó que unas fotografías ganadoras de un certamen artístico, no las había hecho ningún ser humano, sino que se habían realizado por la Inteligencia Artificial.  No “por medio” de la IA, como suele decirse, ya que no ésta es un medio de creación, sino una fuerza eficiente, originaria, que utiliza sus propios y desconocidos medios para obtener el resultado. Luego fue la aparición del chatGPT, que es una plataforma donde una máquina nos contesta al parecer con criterios de inteligencia análogos a los humanos. No sé, carezco de conocimientos suficientes para saber la bondad o maldad de la existencia de máquinas que gozan de inteligencia propia, y sobre todo en unos tiempos que en paralelo los seres humanos hacen cada día gala de una mayor estupidez, No sé dónde va a terminar el proceso, pero sospecho que en ningún lugar saludable para los hombres. Si después de deshacernos del trabajo físico, ahora externalizamos el pensamiento y el proceso intelectual, el resultado será inevitablemente un embrutecimiento generalizado. No es casualidad en este proceso que según National Geographic el coeficiente de inteligencia humano está descendiendo por primera vez desde que comenzó a estudiarse a partir de 1930.

      Reconozco que la idea de la inteligencia artificial me crea una sensación de vértigo y desasosiego. En una revista jurídica leí que ya hay quien se plantea reconocer personalidad jurídica y por tanto derechos a los entes dotados de inteligencia artificial de la llamada “dura”. No quiero imaginarme el día en el que esos entes también tengan derecho de voto. Será posiblemente después de que lo obtengan los animales, quienes ya gozan de un estatus jurídico que se acerca al humano a pasos agigantados.  

      En este debate se me ocurre opinar que mientras la IA se mantenga como un instrumento para facilitar la actividad del hombre puede tener una finalidad loable. No lo veo tan claro cuando ya aspira a sustituir al ser humano y mi rechazo es total cuando pienso en que puedan llegar a tener un proceso de aprendizaje en el que lleguen a tener conciencia de su propia existencia.

       Me siento instalado viviendo en una película de ciencia ficción y sintiendo que cobran realidad propuestas cinematográficas que nos parecían irreales. Ya Spielberg planteó la cuestión en su película «A.I.», estrenada en el año 2001. Quizás fuera un guiño a la muy anterior extraña película de Kubrik “2001 Una Odisea en Espacio”, y su enigmático monolito y sobre todo la muerte lenta de la máquina que comprende que está muriendo al ser desenchufada. También me acuerdo de los replicantes de Blade Runner, que no son otra cosa que robots de apariencia humana, y cómo el personaje que encarnaba Rutger Hauer, entiende que tiene derecho a vivir con sus creadores contra los que se han rebelado y cómo se muestra tan humano relatando sus vivencias sobre naves en llamas más allá de Orión y Rayos C en  las puertas de Tanhauser, recuerdos que con su muerte van a desaparecer como lágrimas en la lluvia.

       En general, la mayoría de las personas no van tan lejos en sus juicio sobre la IA. Le parece un instrumento útil a corto plazo y no quieren plantearse las últimas consecuencias. Se quedan con la simpática Alexia complaciendo nuestros deseos más pueriles.  La mayoría de la gente, en un ejercicio de ingenuidad, se niega a admitir y a pensar que las máquinas, los robots, aunque tengan forma humana como los “replicantes”, puedan dar el salto de tener conciencia de su propia existencia. Se quiere creer que eso no va a pasar, no porque no pueda ocurrir, lo que en realidad nadie lo sabe, sino porque confían en que aparecerán unos límites que con criterios éticos vamos a plantear los humanos creadores. se confía que la ciencia y la ética humana pondrá límites en un momento dado.  Pero, ¿de verdad esos límites se van a respetar? Posiblemente de igual forma que nosotros, los humanos, a través de nuestros antepasados Adán y Eva, respetamos los límites que a nosotros nos impuso nuestro Creador.

    La Inteligencia Artificial, en realidad a mí me produce más que un temor futuro, que también, un gran desasosiego retrospectivo. Me hace dudar de mi condición de hombre como un ser creado por Dios, lo que siempre me ha parecido más verosímil que las descabelladas ideas evolucionistas, que no dan una explicación razonable sobre quién creo a los monos y por qué unos cuantos de éstos se transmutaron en seres humanos, mientras que otros permanecieron en estado simiesco. Aunque debo reconocer que las teorías creacionistas tampoco es que me resulten totalmente satisfactorias, y es por ello por lo que prefiero guardar un prudente silencio, hijo de la ignorancia, sobre este punto. En resumen, que siempre he considerado un enigma lo qué es la creación, el entorno tridimensional en lo espacial y lineal en lo temporal en el que nos movemos y por supuesto, qué es el hombre como un ser con conciencia de sí mismo.

      Y es aquí donde la IA, viene a introducir ideas extrañas en mi cabeza, que me desasosiegan. Y ello porque no puedo menos que observar un paralelismo entre la creación del hombre y la actividad de este hombre creando una nueva realidad digital, el llamado metaverso, o como quiera denominarse ese nuevo universo de creación humana. El proceso que observamos de creación de un nuevo universo dentro del  nuestro y la aparición en el mismo de unos entes que poco a poco van adquiriendo potencialidades. Primero fueron pura memoria, datos y organización de datos, luego lógica, y después razonamiento deductivo. Pronto adquirirán voluntad propia, libre albedrío y después sentimientos. El instinto de supervivencia les dotará de la codicia y el egoísmo; la envidia vendrá al observar la forma en que sobreviven los otros. La diferencia con un ser humano será inapreciable.

  Y este proceso es el que me hace pensar que el hombre a su vez pudiera ser una creación de otros seres, al menos de uno de ellos al que llamamos Dios, y que se entretuvo siete días en programar un mundo y colocó en él a unas criaturas o Golems que en principio sólo debían corretear por la tierra, pero que tenían capacidad de aprender y aprendieron a reproducirse ellos solos y sobre todo, como dije antes, transgredieron la norma esencial de no comer de la manzana del árbol de la ciencia. Lo hicieron y nos llegamos a convertir en seres como nuestros creadores, es decir como pequeños dioses que andando el tiempo serían capaces de crear otro universo y otro ser a su imagen y semejanza, que a falta de todavía un nombre concreto identificamos como Inteligencia Artificial.

   Estas ideas, una vez pensadas son como semillas plantadas en la mente, que crecen con vida propia y es difícil apartarlas definitivamente. Incluso aunque no sean verdad, cierto grado de verosimilitud hace que se tambaleen muchas firmes creencias, y que incluso se vean con un nuevo enfoque y se reinterpreten las historias e ideas que nos llegan a través de nuestra Tradición. Desde que se me ocurrió esta posibilidad ya no puedo sino pensar en el Génesis como un proceso de programación informático en el que un Superprogramador diseñó un mundo tan perfecto que acabó teniendo vida propia, en principio con la complacencia del creador, (“… y vió que era bueno”) , pero que poco a poco comienza a tener desajustes. Primero los entes creados le salen díscolos y no respetan las normas y tienen que ser expulsados a otra pantalla, ya no tan perfecta como el inocente programa inicial, en la que las cosas se van de madre y los seres se individualizan y toman sus propias decisiones que le llevan a hacer desaparecer a sus semejantes y a codiciar el bien ajeno. También parece que hubo nuevos desajustes en lo creado, cuando parte de los creadores, algunos de los programadores (ángeles vigilantes o Grigori de los que nos habla el proscrito libro de Enoc), se encapricharon de las entidades de sexo femenino que habían creado y copularon con ellas y engendraron una raza de gigantes, los Nephilim, que perturbaron toda la creación y que provocó que se tuviera que resetear todo lo creado para hacer desaparecer a esos seres híbridos, por medio del llamado Diluvio Universal  y  restaurar la idea original a partir de una copia  de seguridad (el Arca de Noé). Antes había intentado una reprogramación de la vida del hombre introduciendo una limitación temporal máxima de 120 años de duración (¿obsolescencia programada? ) pero no fue suficiente y se tuvo que tomar una decisión más drástica del primer gran reseteo del universo creado.  Se podría seguir con esta extraña exégesis bíblica, pero renuncio a ello, por que aunque me resulta sugerente, en el fondo sólo me genera una enorme sensación de desamparo y vacío.

   Tal vez sea esto así por una necesidad cíclica de volver al inicio, como un Dragón Uróboros que se muerde la cola por la eternidad creando y destruyendo mundos de manera sucesiva, unos a otros en una condena inexorable del eterno retorno y puede que como preludio de nuestra propia desaparición como seres creados.

Si todo lo que esbozo en este escrito fuera así, y ahora estuviéramos observando como se desarrolla ante nuestra vista el proceso luciferino y prometeico de creación de un nuevo universo contra la orden de nuestro Creador, seguiría sin resolver otra cuestión para la que tampoco tengo respuesta. Y es responder a la inevitable pregunta de quién ha creado a mi creador, y a su vez quién creó a éste. Quizás a esto se refería Borges cuando en su poema “Ajedrez” decía aquello de “Dios mueve al jugador, y éste la pieza, ¿Qué Dios detrás de Dios la trama empieza…?

PANDEMIA O PANDEMÓNIUM

En los últimos días ha salido la noticia publicada en muchos medios de que la Organización Mundial de la Salud ha anunciado que se aproxima una nueva pandemia sobre la Tierra y que será más mortífera que la anterior. Realmente casi todos los medios lo han publicado, aunque a pesar de ello, ha pasado bastante desapercibido para el común de los ciudadanos. Tal vez esto sea porque estamos hartos de que estén continuamente intentando atemorizarnos o tal vez sea porque el anuncio es poco consistente, ya que para sorpresa de todos, no se nos dice en qué va a consistir esta nueva enfermedad. O  sea, que la OMS, dice que nos amenaza una pandemia peligrosísima que va a diezmar a la humanidad, pero no nos aclara si la producirá un nuevo virus procedente en este caso de la zarigüeyas o si la causará una mutación mortífera de la caspa que cristaliza sobre el cuero cabelludo hasta llegar a hincarse como cuchillos sobre el cerebro.

     Pero ahí no queda la cosa. Tan egregio organismo, fuertemente financiado por la Fundación de Bill y Melinda (no confundir con la “Mirinda”, ni tampoco con una célebre canción de Camilo Sesto), nos ha advertido que la única forma de estar preparados para prevenir esa nueva pandemia que nos anuncia, es cumplir a rajatabla y de manera devota los ODS. Sí, sí, me refiero a los Objetivos de Desarrollo Sostenible, que conforman la famosísima Agenda 2030. Con un par, que diría el castizo. El Doctor Tedros Adhanom Ghebreyesus que dirige ese organismo, pese a las acusaciones de su pertenencia a una organización terrorista etíope, después a anunciarnos el advenimiento de la nueva pandemia desconocida nos sermoneó con las siguientes palabras: “el seguimiento de los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) deberían tener prioridad en las agendas de los gobiernos de cara al futuro” o  «La pandemia nos ha desviado del rumbo, pero nos ha demostrado por qué los ODS deben seguir siendo nuestra estrella polar y por qué debemos perseguirlos con la misma urgencia y determinación con la que contrarrestamos la pandemia»,  

      Sí señores, debemos tener claro que estaremos evitando la pandemia que viene si cumplimos religiosamente como buenos devotos las ODS. Por poner un par de ejemplos sacados de los objetivos de la Agenda de colorines, resulta que lograremos que no nos ataquen los virus y las bacterias si empoderamos a todas las mujeres y las niñas, o si implantamos un turismo sostenible que cree puestos de trabajo y promueva la cultura y los productos locales. No se me alcanza como con un turismo sostenible se evita una pandemia. Tal vez haciendo un turismo tan local que consista en estar  encerrados en casa, lo que, por otro lado, puede ser muy desagradable si a uno le toca convivir con una legión de niñas empoderadas.

   Hay que resaltar que la OMS no pide que se tomen medidas de carácter sanitario, sino en general que se asuman todas las medidas de la Agenda 2030. Y ello hace que nos planteemos la cuestión de para quién trabaja esta Organización. Es decir si su objetivo real es favorecer la salud y luchar contra la enfermedad, o por el contrario su verdadero objetivo es controlar y dominar a la humanidad. Durante la pasada pandemia demostró que más bien le interesaba lo segundo y sigue por el mismo camino.

     Todo esto es el preludio de lo que se nos viene encima a corto plazo, que es el descabellado “tratado de pandemias”, que está a punto de ver la luz y que parte del concepto de “una sola salud” que afecta a todas las personas y animales del planeta. Este tratado, que la acomplejada España suscribirá en cuanto se lo propongan, para que no digan que no somos los más «progres» de planeta, dará poder para imponer medidas planetarias como vacunaciones obligatorias y confinamientos generales, suprimiendo el poder de los gobiernos nacionales en favor de esa autoridad sanitaria mundial, legitimada para adoptar las medidas que tenga por conveniente, incluso contra la voluntad soberana de los pueblos. O sea un nuevo instrumento para el proceso de dictadura mundial que nos acecha.

      Tengo una tendencia al pesimismo, en cuanto se trata de preservar un ámbito de libertad para las personas. Yo sí he captado el mensaje de la OMS, cuando nos dice que para evitar pandemias hay que cumplir los Objetivos de Desarrollo Sostenible, incluso cuando no tienen un contenido propiamente sanitario. El verdadero mensaje es una clara amenaza, que vuelve por pasiva la recomendación, y que nos dice que si no somos buenos, que si no cumplimos sin rechistar los ODS, seremos castigados con una nueva pandemia. La historia se repite, ya hace tres mil años un faraón y un pueblo descreído no se sometió a Jehová y ese pueblo fue castigado por ello con terribles plagas. En los tiempos modernos no reina Jehová, sino Lucifer, y son sus sacerdotes los que nos exigen sumisión incondicional para no desatar su furor. No será porque no nos lo han advertido.

FERROVIAL Y LA LEYENDA NEGRA.

En este país llamado España uno de los temas de los que más se hablado recientemente en las tertulias y en los medios de comunicación es sobre la decisión de la empresa española Ferrovial, de dejar de serlo y trasladar su sede a Holanda (ahora Países Bajos). Es desde luego una decisión soberana de dicha empresa, que tiene todas las bendiciones de las libertades mercantiles que presiden a la Unión europea.

      Sin embargo esta decisión ha sido duramente atacada por el gobierno español que no consiente que nadie tome decisiones que no controle o imponga personalmente o de las que no saque un beneficio directo o le suponga una conquista de alguna nueva parcela de poder.  El gobierno ha acudido al patriotismo para intentar evitar que esta empresa se traslade a otro país y quede fuera de la soberanía española. Paradójica esta posición por quien cede a todas las pretensiones de Marruecos, por quien no defiende la españolidad de Gibraltar, por quien pacta sin disimulo con los que se quieren separar de España y quien alienta cualesquiera formas de inmigración irregular en nuestro territorio. Pues en este caso, le ha dado al gobierno en su conjunto, un arrebato de ardor patriótico y defensa de una multinacional que creció a partir de una empresa pequeña asentada en España y por aquel entonces, sí verdaderamente española

    La empresa Ferrovial nació española, o al menos lo era su fundador Rafael del Pino,  quien la forjó de la nada en pleno franquismo, dicen que en un ático del centro de Madrid. Su fundador fue un ingeniero español de pura cepa, primo del General Milans del Bosch, casado con la sobrina del vilmente asesinado en la República José Calvo-Sotelo y cuñado del que fuera luego presidente del Gobierno de España, Leopoldo Calvo-Sotelo. En suma, un miembro de una buena familia netamente española de las “de toda la vida”.

     Precisamente, y aunque no lo dicen claramente, el gobierno actual le reprocha a Ferrovial haberse aprovechado de sus vínculos con el régimen franquista y en general la protección del estado español  para prosperar y crecer,  y ahora que no los necesita tanto marcharse a otro país. En realidad podría ser éste un reproche válido, pero siempre que lo hiciera otro distinto del actual gobierno, ya que sólo un par de meses antes han callado ante un caso idéntico realizado por uno de sus amigos, la empresa audiovisual Mediaset, (cotitular del duopolio televisivo español), quien después de gozar de todos los favores y concesiones posibles del régimen actual, ha sido absorbida por su filial holandesa (lo siento no conozco cual es en español el gentilicio de los países bajos ¿”paisbajenses” , “paisbajeños”, “paisbajunos”…?).

    No puedo sino lamentar que una empresa creada y auspiciada en España se traslade a otro país, aunque ello me merece dos consideraciones. La primera que lo de la nacionalidad de una multinacional es contradictorio y por ello hablar de una “multinacional española” es  un oxímoron. O es una cosa o es otra, pero las dos a la vez no es posible. Las multinacionales aunque tengan un origen concreto se convierten en entes apátridas y cuya bandera es el capital y el negocio. La segunda consideración, es que pese a todo, cuando  veo un gran empresa nacida en España y presente por el mundo, no puedo menos que sentir un regusto de orgullo, de que se reconozca el valor y la potencia de un compatriota y por tanto de la nación española. Puede ser un sentimiento un tanto provinciano, pero los que hemos venido de una provincia a la capital, sabemos de ese extraño orgullo del paisanaje, cuando uno de tu pueblo triunfa en la gran ciudad o en el mundo.

    Pues bien, yo asumiendo la plena libertad de cualquier empresa a hacer lo que le venga en gana, no comparto la felicidad de algunos de sus dirigentes al acordar el traslado a otro país y menos que ninguno a Holanda. Y todas estas consideraciones me han llevado a analizar qué es lo que me molesta de que una sociedad española exitosa se vaya de España y por ello a indagar la razón auténtica de dicho traslado

    La sociedad ha argüido que se traslada a otro país por la conveniencia de cotizar en la bolsa americana, lo cual no es posible desde España y sí desde Holanda. Se han dado argumentos fiscales, operativos y otras muchas razones que han sonado a excusas que encubrían algún motivo real de fondo que no se atreven a expresar. Quizás uno de los más explícitos ha sido un co-director de la Compañía quien argumentó: “Ferrovial quiere aumentar su capacidad de competir en los mercados internacionales. ….. va a aumentar la liquidez de nuestra acción, vamos a tener mayor capitalización, vamos a estar con mayor visibilidad ante inversores internacionales y ….. a conseguir mejores condiciones de financiación. Son razones que desde nuestro punto de vista son evidentes«.

     Pero, ¿Cuáles son las razones “evidentes” por las que irse de España les favorece en los mercados?. En mi opinión la razón verdadera y última es que les lastraba ser una empresa española. Aparecer como españoles le genera una mala imagen de cara a moverse por los mercados internacionales del crédito, de las concesiones de obras. Por mucho que nos empeñemos “la marca España” no vende. Arrastra unas connotaciones negativas de atraso, intransigencia, y molicie. Gente que ha creado la inquisición por su crueldad innata y que necesita para sobrevivir dormir la siesta. Una empresa, aunque sea puntera en el mundo, para sobrevivir necesita ocultar cuidadosamente que es española.  Es necesario ocultar el traje rojigualda bajo el manto naranja de los holandeses, que hace que por el mundo aparezcas como perteneciente a un país del primer mundo, de un país “comme il faut”, y no de uno que arrastra una reputación tan dudosa como es España para el ámbito de los países anglosajones y las finanzas internacionales.

    Y esto no es sino una continua reactualización de la leyenda negra, que sigue pasando factura a nuestro país y se retroalimenta continuamente por sus fautores. Se haga lo que se haga es imposible quitarse el “sambenito” con el que nos vistieron los países de tradición protestante hace ya quinientos años. Por esto me irrito cuando alguien sigue negando la existencia de la leyenda negra, y es indudable que sigue en su pleno vigor.

    Dice Elvira Roca en su “Imperiofobia; ”El pensamiento correcto en el mundo financiero y mediático internacional es que los países del Norte, de tradición calvinista y protestante, son cumplidores, laboriosos y exigentes con la moral. Los del sur, en cambio son corruptos, vagos, malos socios y malos pagadores.” Baste recordar que en los clubes selectos y biempensantes de la Europa de origen protestante, para referirse a los países de origen católico del Sur, utilizan el término “PIGS”, demostrando su prepotencia racista y su condescendencia cuando de vez en cuando admiten que también en esos países de vez en cuando se hace algo decente.

     Si todos los países meridionales de Europa, por su pasado común papista, son mirados con recelo, de entre ellos el peor con diferencia es España, por su horrible pasado quemando herejes, matando indios y esquilmando el planeta. Lo más sangrante es que eso lo piensan y creen los ingleses que mataron católicos sin escrúpulos por el hecho de serlo. O los Belgas que con su Rey Leopoldo causaron en el Congo el mayor genocidio del Siglo XX. O los alemanes que son los que parieron el racismo más sanguinario que acabó fraguando en la realidad de los campos de concentración y exterminio. O los estadounidenses que se expandieron con el lema “el único indio bueno es el indio muerto”.

     Y por supuesto los holandeses. Si algo me duele especialmente de la decisión de Ferrovial es haber elegido precisamente asentarse en Holanda. Los holandeses son probablemente los que con más saña han divulgado la leyenda negra contra España. Son los que en su himno nacional (el “Wilhelmus”) dicen que el alma de los holandeses se atormenta viendo como le afrenta el español cruel. Y son los que guardan varios cadáveres en su armario, pero que nadie se lo reprocha o afea.  Bastaría sólo recordar su actuación estelar en las Islas de Banda, donde en el Siglo XVI asesinaron a todos los habitantes de estas islas del Pacífico para repartirse en cuadriculas el terreno para cultivar especias. ¿Cabe en la historia un ejemplo más paradigmático de lo que es un genocidio? ¡Pues estos son los que nos dan lecciones!

Ferrovial ha comprendido que para seguir prosperando necesita desprenderse de su origen. Aparentar ser de uno de esos países que no se cuestionan. Me duele, pero, con todo, le deseo suerte a Ferrovial con su nueva patria, que aunque esté manchada de sangre, la oculta un paño naranja que la encubre y de un tejido que no se mancha, no se nota y no traspasa. Ojalá que te vaya bonito.

VIDA CONTEMPLATIVA

Una de las patologías más relevantes del mundo moderno es la actividad incesante. La modernidad se caracteriza por el continuo movimiento de las personas, que parece que no pueden estar sin hacer nada. Se valora la vida agitada, los viajes continuos, los horarios apretados, las agendas abarrotadas. En el horario de trabajo es preciso exprimir al máximo la productividad, o al menos la actividad y si es frenética tanto mejor. La continua actividad tiene el efecto de que no permite pensar, no permite atender nada más que lo que es pura necesidad y a veces ni eso. Se va corriendo para llegar al trabajo, para atender todos los asuntos, para comer y para llegar cuanto antes a casa para dormir y así continuar la rueda al día siguiente.

    Pero para las personas que no trabajan, o para los trabajadores en sus días de descanso, la cosa no es muy distinta. Se cambia la actividad laboral por otras actividades casi igual de frenéticas. Se vuelve necesario abarrotar el ocio con actividades de todo tipo, tales como visitas culturales, series de televisión y viajes. Muchos viajes. Hoy la gente, sobre todo la más joven, desgasta sus muchas energías en viajar constantemente. A donde sea. Viajar por viajar, con cualquier excusa. Pero si no se puede viajar, cualquier otra actividad es aceptable. Si son niños deben aprovechar hasta el último minuto que deja libre la escuela para aprender idiomas, tocar la flauta travesera o montar a caballo. Si son mayores cualquier actividad es aceptable, en último extremo limpiar y ordenar todo lo que se tiene a mano. Todo menos consentir que pequeños y grandes estén sin hacer nada, viendo pasar las nubes, estando mano sobre mano o paseando tranquilamente ensimismado. Lo correcto para la sociedad actual es realizar cualquier actividad que permita a la persona producir o al menos estar entretenida y ocupada, en suma se fomenta el estar “fuera de sí”. Poco importa que esto suponga estar alienado, enajenado, que el individuo se convierta en un extraño para sí mismo, puesto que su mente está formando parte de otras realidades exteriores. Lo importante es que hace cosas, muchas cosas sin apenas reflexión y no está bien visto perder el tiempo, que es como se define el tiempo que no se emplea en una actividad productiva. Hay que optimizar cada segundo del reloj para hacer algo, incluso en los tiempos «muertos» en la sala de espera del dentista o en el autobús se deber actuar también estando enganchado al esclavizante teléfono móvil.

   Si uno observa a la gente que pasa por la calle, casi todo el mundo se mueve con una finalidad, va o vuelve de un destino, o pasea un perro, o persigue un autobús, o va a comprar, o regresa a casa o va a trabajar. Casi nadie se permite el lujo de ser un simple paseante, un “flâneur”, (galicismo que debemos a Walter Benjamin), una persona que deambula sin otra finalidad que la de observar la vida, la de excluir la necesidad de tener un propósito concreto en su caminar, la de contemplar. Es ésta una de las actividades o mejor dicho “inactividades” que me parecen más placenteras y constructivas, pero que la realidad diaria no nos permite apenas practicar.

Lo cierto es que para los que vivimos sumergidos en la actividad frenética, la inactividad no es fácil de conseguir. Con mucha frecuencia en esa búsqueda no conseguimos sino una ausencia de actividad, que es un estado que provoca un vacío que sólo rellena la ansiedad y el remordimiento por acumular tareas sin resolver, que lejos de llevar al nirvana provoca un estado de absoluto pánico. Es como un síndrome de abstinencia que hay que superar con mucha paciencia. Y ello por que la inactividad por sí sola no es suficiente, debe de ir acompañada de una disciplina de meditación.

    Por esta vocación de la vida tranquila y paciente que huye de la actividad patológica, es por lo que he leído con verdadero entusiasmo la última obra del filósofo coreano-alemán (¿no es esta una combinación fascinante?) Byung-Chul Han, que tiene el sugerente título de “Vida Contemplativa” y que supone una auténtica reivindicación de la meditación, como antídoto al culto moderno a la actividad. Leo en una de sus páginas: “solo la inactividad nos inicia en el misterio de la vida”.

    Evidentemente con ello no se quiere decir que uno debe abandonarse a la molicie y a la dejación. La actividad es precisa para vivir, porque no somos, para nuestra desgracia, «acto puro» y estamos condenados por nuestra propia naturaleza a ser seres actuantes, es decir seres que tenemos que desenvolvernos en una realidad espacio temporal que exige que debamos necesariamente actuar. Si no comemos, si no bebemos, no podemos mantener la vida. Para bien o para mal, así es nuestra realidad inquebrantable.

     Pero otra cosa diferente es que ese actuar se vuelva patológico, enfermizo, obsesivo y domine nuestra existencia. La acción debe tener su espacio razonable, y la actividad debe desaparecer con cierta frecuencia para dejar paso a la contemplación, a la meditación, a la búsqueda de otra realidad. En esa meditación en la que se hace desaparecer la acción, siquiera por un rato, se sale de esa necesidad que nos impone la naturaleza de actuar y ello nos acerca a la divinidad donde se junta de manera inescindible el pensamiento (potencia) y el acto. Si al meditar abandonamos la actividad, la acción, nuestro pensamiento no está escindido en dos, es, al menos por un rato, acto puro. Como no se puede permanecer en ese estado de manera permanente lo que es deseable es hallar un equilibrio entre la vida activa y la vida contemplativa.

     Claro que no soy filósofo, y con estas disquisiciones aristotélicas sobre la potencia y acto, me adentro en territorios para mí desconocidos. Y con esa pretensión además me voy contagiando de esa forma tan áspera que tiene la filosofía de expresarse en los últimos siglos por influencia de los nada poéticos pensadores occidentales, especialmente los anglosajones y los alemanes. Para expresar casi lo mismo yo preferiría hacerlo utilizando las palabras de Fray Luis de León cuando evoca en su celebérrima oda  a “la descansada vida que huye del mundanal ruido”. Por medio de una poesía nos llega al corazón y también a la cabeza un mensaje parecido, pero mucho más bello, y no es otro que para alcanzar la vía unitiva (siendo válido también para una más modesta meditación de principiante), lo primero que hay que hacer es abandonar la actividad, conseguir un estado de reposo y tranquilidad, al que no se puede acceder desde esa continuo hacer cosas de manera enfermiza.

     Es sugerente que desde un planteamiento filosófico de carácter no religioso como es el de Byung-Chul Han se llegue a una conclusión parecida a lo que se plantea desde un pensamiento cristiano (al menos al que planteaba la mística o el que actualmente defiende Pablo D´Ors) o las técnicas orientales de meditación como el yoga o el zen. La necesidad de la meditación y la contemplación como camino para la reconciliación del hombre con su propia naturaleza. Y quizás de ello también resulte por extensión  la salvación de la sociedad en su conjunto.

El mundo moderno no va por ese camino, sino por el de la constante aceleración y cambio continuo, como fruto de la imparable actividad que le sirve de alimento. Paradójicamente la descontrolada exigencia de actividad nos proporcionó a muchos un periodo de tranquilidad forzosa con el pasado confinamiento, en el que sin proponérselo nos obligó a detener de manera radical la actividad, imponiendo una manera de actuar pausada y ralentizada y nos dio a muchos algo de lo que no solemos disponer, que es tiempo para reflexionar. Por supuesto que aquello ya pasó y todo ha vuelto a la normalidad acelerada. Algunos recordamos con cierta nostalgia ese periodo, por mas que fuera inadmisible por su coerción e imposición liberticida. La moraleja de todo ello y que deberían aprender algunos de los políticos de la izquierda «woke» es que las personas debemos aspirar a moderar la actividad de manera libre, voluntaria e individual y no de forma forzosa, coactiva y colectiva.

      Un cristiano cree en el fin de los tiempos, en que este mundo está irremediablemente condenado y abocado a su destrucción total. Un moderno laico cree que el desastre natural que observa  a su alrededor se puede detener y revertir con medidas cosméticas de activismo ecologista. Han nos sugiere que la única esperanza es que los hombres, al menos muchos hombres, interioricen que la solución no es el activismo, sino la inactividad. Así nos dice “Solo un ángel de la inactividad estaría en condiciones de poner coto a la acción humana que inevitablemente nos conduce al apocalipsis

EL ATRONADOR SILENCIO.

 Atronador silencio es un ejemplo paradigmático de un  oxímoron. Que dicho en cristiano es cuando un adjetivo contradice el sentido del sustantivo. Un silencio no puede atronar, porque los truenos, por definición rompen el silencio. Pero como tantas veces el lenguaje hace una pirueta y utiliza esta figura para realzar o modificar el sentido de una palabra, no para contradecirlo realmente. A veces el silencio es tan sintomático, tan significativo, que es más elocuente que todo un discurso.

   Y en la sociedad moderna, en la que todo se habla en exceso, que todo es perorata y verborrea, son más valorados los silencios que las palabras. Y bastante más significativos. Los silencios, además de una virtud de los pocos sabios que en el mundo quedan,  son un síntoma de la degradación de los tiempos. Como dijo Unamuno el silencio puede llegar a ser la peor mentira. Y en estos tiempos de brutal control de la información, son tanto o más importantes los silencios que las consignas informativas que se repiten hasta la náusea.

  Las palabras ya no siempre se las lleva el viento, sino que la mayoría de las veces quedan impresas en cualquier soporte electrónico para la posteridad, incluso las dichas descuidadamente por teléfono pensando ingenuamente que nadie escucha. Las palabras hoy permanecen, eso sí, también es necesario reconocer que casi siempre quedan sepultadas bajo otra miríada interminable de palabras, que a su vez yacen pronto olvidadas por una nueva y prolífica generación de miles y millones de insulsas palabras.

  ¿Pero, y los silencios?, ¿Quién registra los silencios? Hoy el verdadero poder reside en poder controlar los silencios, en poder determinar de qué se habla y de qué no se habla. Casi siempre es más importante lo que no se dice, que lo que sí se dice, que por el mero hecho de expresarlo verbalmente pierde parte de su fuerza y virtualidad. Es frecuente en los artistas oírles decir, no puedo hablar de tal o cual proyecto, porque el expresarlo en voz alta hace que se frustre. Se presume que el silencio tiene una fuerza mágica, que se desvanece con el hecho de ser destruido por medio de la palabra. Pero sobre todo la verdadera fuerza radica en conseguir que sobre un determinado tema o asunto nadie hable, y a la vez conseguir que sí que se hable de lo que se desea. Ver un telediario cualquiera de un día cualquiera es un ejemplo de lo que quiero decir. Sólo se habla de lo que interesa al poder y lo que no interesa no existe, o se dice con tanta desgana que pasa totalmente desapercibido.

     Los silencios se guardan, en una expresión notoriamente acertada. Las palabras se derrochan, se malgastan, se malbaratan y malvenden en una almoneda de bullicios incontrolados. En los últimos tiempos me llegan bastantes reflexiones sobre el silencio. Y casi todas desde otra perspectiva distinta de la que trato en este escrito. Desde el significado del silencio en las artes escénicas sobre el que reflexiona Mayorga en su discurso de ingreso en la Academia, hasta el silencio interior, la calma reflexiva del corazón que nos propone Pablo D´Ors, en su búsqueda del desierto como patria de ese Dios que debemos encontrar después de conseguir que la mente se convierta en una hoja en blanco y no en un disparatado tráfago de convulsas ideas, pugnando por imponerse unas a otras. No quiero en un escrito sobre el silencio olvidarme de éstos. El silencio como tentación y como propuesta. Como antítesis de la vida extrovertida que es la que está bien vista en sociedad. La levedad del ser, la liviandad de seres mariposeando y picoteando todo sin reflexionar sobre nada. Battiato buscaba un centro de gravedad permanente, y esa búsqueda, aunque él lo hiciera cantando, se debe realizar en profundo y disciplinado silencio.

    Pero de todos los silencios, hoy 11 de marzo, no puedo menos que quedarme con el silencio que reina en las sepulturas de los 193 asesinados en Madrid, hace ya diecinueve años. El silencio que ha acompañado a las víctimas, que ya han sido olvidados, sin conseguir justicia y sin saber la verdad. Yo al menos quiero romper ese silencio con estas palabras y alzar la voz para gritar a voz en cuello ¿Quién ha sido?, ¡Queremos saber!. Pero me temo que ya todo el mundo ha pasado página sobre la más ignominiosa y triste jornada de la reciente historia de España. Las bombas tronaron y rompieron el silencio de la madrugada de aquel funesto día. Hoy el olvido hace que lo atronador sea nuevamente el silencio. Retorna el oxímoron.

     No me engaño, el silencio que como un manto cubre la verdad de lo que ocurrió en Madrid, en el año 2004, no es más que un episodio de otros muchos que le han precedido y que le han seguido.  Unos pocos años antes fue el 11-S en Nueva York, del que apenas sabemos quién lo pergeñó. Hay versiones oficiales y hay silencios en forma de apagones informativos sobre determinados temas que se imponen como una omertá mafiosa. Nada sabemos apenas del origen del virus chino. Por qué nadie habla de las alarmantes cifras del aumento de mortalidad en España y otros países como Grecia y Alemania. ¿Por qué nadie habla de las grabaciones de la policía abriendo paso al búfalo yanqui por el Capitolio hasta sentarlo en la silla de Nancy Pelosi?. ¿Realmente las elecciones de Brasil han sido limpias?, ¿Qué gases profundamente tóxicos se han vertido en el accidente del tren de Ohio del que apenas se ha informado?. ¿Quién ha volado el gasoducto Nord Stream en aguas noruegas?….

Tenia razón Unamuno, el silencio puede ser la mayor de las mentiras. Y esto me hace recordar otra de las frases célebres del rector salmantino: “la verdad antes que la paz”.

ANTIMODERNOS

  Siento cada día de manera más clara que este mundo en el que vivo no es el mío. Y no es que siga los pasos de Santa Teresa y muera porque no muero, que no tengo vocación de mártir. Tampoco, aunque lo intento, consigo un desapego de las tentaciones que me ofrece el mundo el demonio y la carne .Sobre todo si la carne es de res, – como dicen por la España ultra-atlántica- y va acompañada con un Ribera de Duero. Es algo difícil de explicar, una sensación de ajenidad y de desaliento por partes iguales ante la realidad cotidiana. Es como si fuera montado en un cómodo tren a gran velocidad y bien atendido por las azafatas, pero sabiendo que voy en dirección contraria al lugar donde tengo que llegar.

        Tal vez sea sólo un problema de edad. Voy acumulando ya bastantes años y cada día cuesta más engancharse a las ilusiones que servían como velas que dirigían el barco hacia destinos desconocidos pero emocionantes. Hoy casi todas esas metas se han convertido en puertos inaccesibles, lejanos, y denegados. Algunas veces al llegar a la bocana de un puerto esperado y anhelado me han dado la orden de retroceder, no había tenido en cuenta que estaba reservado el derecho de admisión. Y por fin algunos puertos que sí he conseguido conquistar, rara vez han satisfecho las expectativas que se esperaban durante la singladura.

      Tengo una extraña sensación de querer frenar el curso de la historia, algo así como pretender detener con las manos una riada descontrolada o un alud de nieve rodando ladera abajo por la montaña. El mundo y el modo de vivir que se despliega a mi alrededor no me parece nada sugerente, pero al mismo tiempo no me seduce la idea de recuperar el tiempo ya pasado. Es una contradicción interna que a veces se torna insuperable. No puedo dejar de vivir en el mundo en el que estoy, no puedo prescindir de él,  pero a la vez lo detesto.

   

    Esta contradicción vital no es nada original y ya A. Compagnon en su célebre y excelente libro “Los Antimodernos”, nos advierte que esto era lo que le ocurría a Chateubriand, que era de carácter avanzado y un verdadero hijo de la Ilustración pero su pensamiento era profundamente reaccionario. Para aquel autor , un antimoderno es un moderno a su pesar. Y esa característica de “antimoderno” es lo que lo diferencia de un hombre pre-moderno o tradicional.

     Un hombre pre-moderno es el que vive una vida tradicional, en el sentido de ordenada por la tradición, en nuestro caso católica. Pero podría ser la vida y forma de vivir ordenada por otras tradiciones, siempre fuera de la modernidad, por ejemplo la de un indio piel roja, de un budista tibetano, de un japonés sintoísta. Es complicado definir este concepto, pero podría intentarse diciendo que se trata de  una vida ordenada, de costumbres morigeradas, con la convicción profunda de la religión o tradición espiritual que se trate y una cosmovisión que está centrada en la disciplina y el orden interior y sólo después en los aspectos materiales. En resumen y con una demarcación del concepto por exclusión, serían quienes no comparten los mitos, valores e ídolos de la modernidad. Hoy se puede vivir así, pero es difícil hacerlo salvo con una gran fortaleza interior o bien retirándose a algún cenobio benedictino.

     Por el contrario, el hombre moderno está totalmente desligado de esa visión tradicional del mundo. Busca un continuo movimiento en su pensamiento y en su acción cotidiana desligado de cualquier trascendencia y dando la espalda a toda inquietud espiritual. Como mucho le mueve un impulso intelectual o artístico, aunque la mayoría de las veces es simplemente la búsqueda del mero entretenimiento y llenar las horas con distracciones sin profundidad alguna.

       Y es en este punto donde entre los hombres por decirlo así “modernos”, se dan al menos dos posiciones que los hace diferenciarse y a veces incluso enfrentarse entre sí. Están los modernos que son felices de serlo, que disfrutan acelerando el proceso de la modernidad y saborean cada paso en el sentido que señala la historia. Estos disfrutan tanto de la modernidad que entienden que ese camino es lo que hace progresar al hombre, y frecuentemente se consideran a sí mismos como “progresistas”, impulsadores de ese proceso sin fin de la modernidad. Son aquellos que como decía Cioran creen que la modernidad es la creencia de que el tiempo contiene en potencia todas las respuestas a nuestras preguntas.

     Frente a ellos, está otro tipo de personas que, sabiéndose modernos, y no pudiendo evitar esta condición, no disfrutan de ella. Entienden que es un proceso, el de la modernidad que lejos de mejorar, tiende a destruir al hombre. Que no aporta ninguna respuesta a nada, salvo como mucho a una cierta prosperidad material. Pero no pueden escapar de su propia condición de modernos. Son aquellos a los que Antonie Compagnon califica de “antimodernos”. Dentro de ellos sitúa  al ya citado Chateubriand, a De Maistre, a Proust,  Baudelaire, Bernanos etc, , todos ellos, y dentro del ámbito de la cultura francesa formarían parte de la retaguardia de la vanguardia.

    Salvando todas las distancias, esta posición se parece bastante a la que me toca vivir. Después de lo expuesto creo que me debería considerar enrolado en las levas de los antimodernos. Somos modernos contra nuestra voluntad, y no podemos dejar de serlo porque en el fondo vivimos acomodados en un mundo que no nos trata tan mal como pretendemos, que nos seduce y atrapa, pero que nos deja una profunda insatisfacción. Es frecuente que tratemos de consolarnos con el pasado, en el que buscamos respuestas y ejemplos y sobre todo el momento en el que se torció el rumbo. Decía Sartre de Baudelaire que avanzaba, pero siempre mirando el retrovisor.

    Nuestra posición como antimodernos es complicada, porque somos despreciados por los modernos acomodados, confiados y entusiastas, que nos consideran meros reaccionarios y un poco absurdos, dentro de su posición prepotente de superioridad moral. Y tampoco somos muy apreciados por los auténticos tradicionales, quienes nos ven como simplemente modernos, sin distinguir  entre unos y otros el grado de entusiasmo que la modernidad nos proporciona..

         Al antimoderno  le gustaría poder llegar a ser un hombre que viviera al modo tradicional, pero le es imposible o casi imposible conseguirlo. Ello supondría renunciar a demasiadas cosas que se tienen interiorizadas por muchos años de educación y vida social, fuertes presiones exteriores e interiores. En suma, un cambio muy profundo que no es cómodo acometer. Y eso supone que vive con una contradicción interna que muchas veces conduce a la melancolía y el pesimismo. Y habitualmente desemboca en una posición puramente estética, cosmética, de mera pátina exterior, que a menudo culmina en el dandismo e incluso la extravagancia.

      Y es que la mayoría de los que militamos en la antimodernidad somos más o menos conscientes de que en muchas ocasiones vivimos en la paradoja que angustiaba a Chateubriand, quien escribió pleno de sinceridad: “defiendo una causa que si triunfara se volvería de nuevo contra mí”, para luego añadir “si gano, pierdo”. Pero pese a todo hay un imperativo ético que nos lleva a defender lo que consideramos que es más correcto, incluso a costa de los que nos resulte más gratificante y a costa de poner en riesgo nuestra confortable existencia en la modernidad.