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FLOR DE AVISPA

  Regreso a este refugio mío en el Acantilado, abrumado por la realidad y buscando un modo de evasión con la escritura. El paisaje que me circunda en mi país es desolador y descorazonador, todo parece arrasado por la mediocridad, la codicia y la corrupción. Y esto hace que me sienta como un ser doliente y desacompasado, que se atreve a mirar de soslayo el entorno, buscando refugio de la ansiedad en el recogimiento y en el silencio. Pero me acuso de llevar demasiado tiempo silenciando este blog, casi bordeando los límites del olvido. No encuentro la clave para adentrarme en él. A veces demasiado excitado por la rabiosa actualidad, me invita a volcar un torrente de improperios y desacatos al buen gusto, que inmediatamente reprimo. Otras veces la duda, de si no será una simple pérdida de tiempo, que siempre es una buena excusa para la alimentar la desidia. Busco encontrar el tono correcto. Busco un equilibrio que no consigo alcanzar y el resultado es el prolongado silencio.

  Con la llegada de la pausa obligada que impone en Madrid el severo calor  del mes de agosto, hago propósito de regresar a mi Acantilado, de contar algo, lo que sea, siempre que ello me reporte un poco de satisfacción. No quiero rendirme a la sensación de que no tengo nada interesante que decir, incluso aunque fuera cierto. Y sobre todo, como ya dije antes, busco refugio en la frescura que para el  alma procura la literatura. Demasiado pensamiento recalienta las neuronas y acentúa los sudores. Decididamente es muy difícil filosofar bajo un sol de justicia. La hora de la siesta invita más bien a la molicie que procura el adentrarse en mundos ajenos, esto es a la lectura de un buen libro de narrativa.  Por ello, con cuidado aparto de mi cercanía los ensayos o los tratados políticos y sociales y busco aquello que la lectura puede aportarme de serenidad personal y también alimento para el espíritu. Me lanzo a la lectura de una buena novela.  

          Desde luego que también busco un aliado contra los sofocos veraniegos en la escritura, sobre todo en la poesía, y ello incluso cuando no escribo demasiado últimamente. Ello no impide que incluso en la duermevela de la siesta ejerza de poeta. Tengo entre mis manos un libro del que solo he leído tres páginas pero ya me ha cautivado (y sobre el que seguramente volveré), en el que leo que la poesía es una actitud ante la existencia, un estado de continua disponibilidad y atención silenciosa. No puedo estar más de acuerdo.

  Si refugio busco en la literatura, en el arte de la palabra, no sólo lo hago cultivando la actitud poética sino también y sobre todo, como he dicho, con la lectura de ficción, de narrativa, que reconozco que en los últimos años la tengo un poco relegada. Y aquí he tenido la suerte de encontrarme en el camino con una novela excepcional, que me ha reconciliado con el género. Me estoy refiriendo a “Flor de Avispa” de Miguel de los Santos, publicado por “Pie de Página.

   Para los que, además de una edad cierta, tenemos ya una cierta edad (curiosa expresión, que connota ya la cercanía a la ancianidad), Miguel de los Santos fue un referente del periodismo televisivo. Realmente no tenía noticias suyas desde hace mucho tiempo, y tampoco lo tenía considerado como un referente literario. Más bien he desconfiado de los periodistas famosos que escriben novelas, que son legión. Y tal vez sea injusto, pero siempre me han parecido más bien productos de marketing literario, más que buena literatura. A pesar de todas estas reticencias, este libro me decidí a comprarlo en la última feria del libro de Madrid, quizás por su llamativa portada, quizás por la recomendación personal de su editor, Álvaro Martín, a quien le debo gratitud y aprecio en partes iguales. Sea cual fuere el motivo, no puedo menos que congratularme con esta adquisición.

     La novela “Flor de Avispa” es de una frescura sorprendente si se considera que su autor tiene ochenta y nueve años. Es amena y a ratos hasta divertida. Está inspirada al parecer, en la vida del sacerdote, poeta y revolucionario Ernesto Cardenal, aunque en lo que creo una inspiración más evocadora que estrictamente biográfica. Y realmente, esta referencia no creo que sea un aliciente especial  para quienes, como yo, no somos precisamente unos admiradores de la teología de la liberación. Tampoco es que sea un enamorado de su poesía, que sólo conozco parcialmente (si soy sincero sólo conocía un poema-oración dedicado a la muerte de Marilyn Monroe, que no me entusiasma). Y en cuanto su vida, prefiero quedarme con la última parte, en la que reniega del resultado en el que ha terminado la dictadura de Daniel Ortega, que tan activamente apoyó.

    La novela “Flor de Avispa” la coprotagonizan un sacerdote, -como Cardenal-, y su hijo adoptivo, que es un ser de una inocencia e ingenuidad salvífica. Relata con agilidad y cierto desasosiego la peripecia de una redención por un mal causado, de una búsqueda del sentido de la vida, y no hallándolo en la ambición material, ni en la vida política, ni en la lucha social, sino en la vida simple y sencilla  y en el puro amor, que no es un amor carnal, sino una pura entrega. Nos propone que la salvación personal para los seres perdidos, los deshechos de la sociedad,  está en la vida interior simple, alejada de casi todo lo material superfluo, que se representa en una comunidad perdida en un rincón de Nicaragua, donde seres olvidados y preteridos son capaces de conseguir que fructifique una planta sin flor, pero que da un fruto de amor y felicidad verdadera. Frente a esta comunidad de seres felices y extraños, se exhibe una llamativa flor, la que da título al libro, que es la vistosa “Flor de Avispa” (o hibisco), que es la que da nombre a un burdel, y que es la antítesis de todo lo anterior: lujuria, materialismo, violencia, corrupción y en suma destrucción del hombre que queda atrapado por los oropeles de esa deslumbrante trampa visual.  Y que se propone corromper la inocencia y utilizarla para sus espurios fines.

     La obra es, a mi juicio, profundamente religiosa, y reivindicativa de una religiosidad interior. Sugiere un cristianismo personal, alejado quizás de la jerarquía, aunque no opuesta a ella, pero también alejado de lo que parecería que podía ser lo dominante en ese entorno vital concreto, la reivindicación de la lucha social. Pese a que está ambientada en ese tiempo y lugar donde floreció la misa campesina, y aquel credo que nos llegó a nosotros de la mano de Carlos Mejía Godoy y Elsa Baeza, en la que se reivindica un Cristo obrero que resucita en “cada brazo que se alza para defender al pueblo del dominio explotador.” Sin embargo, el cura protagonista de la novela no es un luchador contra la opresión y la lucha de clases, no es un revolucionario, sino que lo que afronta es una lucha interior. Casi diría que antes que revelarse contra la injusticia, pone la otra mejilla, asume con mansedumbre su destino. Muy poco apropiado para la combativa teología de la liberación.

  Además la novela es también en gran medida una novela política y profundamente crítica con las dictaduras represivas, sean del signo que sean y por ello, también con las utopías liberadoras que nos ha propuesto el marxismo en el siglo XX,  y todavía ahora.  En cierto modo recuerda a la “Rebelión en la Granja” (animal farm) de Orwell, cuando los ilusionados animales se rebelan buscando justicia contra la tiranía del granjero y solo consiguen una dictadura peor, sustituyendo a los hombres por los cerdos en el poder. Algo parecido ha ocurrido en la realidad en Nicaragua,  con la destitución del tirano Anastasio Somoza, y la colocación en su lugar del despiadado Daniel Ortega y su señora la poetisa Rosario Murillo. En “Flor de Avispa” se muestra de manera patente este enorme desengaño político, que sí parece que sufrió al final de su vida Ernesto Cardenal, como también Sergio Ramírez. Esta desilusión la encarna en la novela, y por qué no decirlo, también en la realidad, como un potente símbolo omnipresente, el terrorífico penal ”El Chipote”  de Managua, donde torturaba Somoza y que los sandinistas mantuvieron intacto y todavía hoy, después de cincuenta años de la caída de aquel dictador bananero, sigue activo y en plena actividad.

   Las vistosa flor de avispa es como aquellos ideales que atraen a los hombres, al modo que la flor atrae a los insectos, los seduce y deslumbra, y los utiliza para sus propios fines. Muchos hombres quedan para siempre atrapados en esa vistosidad, o lo están hasta que descubren que no hay nada consistente detrás, sino la lucha por el poder, y que han sido un instrumento útil para encumbrar a otros. Metáfora que encierra una interesante moraleja, conforme a la cual conviene desconfiar de casi todo, incluso de aquello que se nos presenta como una solución milagrosa a nuestros problemas y nos promete un paraíso de libertad. Utilizando la frase hecha con otro país centroamericano, es como salir de Guatemala, para ir a “Guatepeor”. En suma, y sin ánimo de destripar el final, que no deja de ser sorprendente, es para mí una muy recomendable novela.

¿QUIÉN DIJO MIEDO?

    A medida que uno va tirando del hilo y adoptando una posición más crítica de la situación política y social en la que vivimos, se van identificando algunos de los resortes con los que el poder nos controla y manipula. La realidad social establecida es un complejo sistema de apariencias y sugestiones cuidadosamente cultivadas con mimo por alguien que no da la cara, y que realmente no es fácil saber quién es. Una gran sombra es la que decide nuestra forma de vivir, la que nos controla y esclaviza de una forma tan sutil que somos incapaces de percibir ni siquiera que estamos controlados y mucho menos quien o quienes lo hacen.

    No soy un estudioso de la cuestión, no soy un politólogo, ni un sociólogo, ni nada parecido. Sólo uno más de los controlados, de los manipulados, que, a ratos, y confieso que no siempre, intenta vislumbrar quien mueve los hilos detrás del decorado. Asumo mi derrota en este propósito, es tan complejo el entramado y la maraña de elementos superpuestos para evitar que se descubran los trucos del prestidigitador que a veces sólo queda quedarse con la boca abierta y aplaudir ante la magistral forma de dominación y el escapismo de su efigie que no es sino una digna actuación del gran Houdini.

  Pero a veces en la actuación de los magos, por buenos que sean, cuando repiten muchas veces el mismo truco se acaba descubriendo o por lo menos sospechando donde está la trampa, el engaño. Y algo así está ocurriendo con uno de los instrumentos que más se está utilizando últimamente para dominación y control social. Y no es otra cosa que la utilización continua del miedo. Las personas que vivimos en este tiempo estamos continuamente amedrentados por los más variados motivos, casi todos ellos generados o creados desde los medios de comunicación y los creadores de opinión.

     El miedo es un mecanismo de defensa de la naturaleza frente a la adversidad. El perro apaleado tiene miedo del palo. Y en el hombre no es la cosa muy diferente. Siempre y en todo momento de la historia el hombre como individuo ha sentido temor al rayo, a la muerte, a la enfermedad, a pasar hambre. Es una manifestación del instinto de supervivencia. Y es algo ínsito a la propia existencia, y que en las personas se manifiesta con mayor o menor intensidad, .

   El miedo como toda debilidad instalada en el alma humana es particularmente útil como instrumento para el control de las personas. Y así ha sido posiblemente desde siempre. Todos los poderosos han sustentado su dominio y poder en la utilización del miedo, en la coacción, y cuanto más despiadado y totalitarios han sido los gobernantes más han utilizado esta forma de poder. En el “Yo Claudio” de Robert Graves, (que en gran medida no es otra cosa que un remake de la “vida de los Doce Césares”,  de Suetonio)  se recoge aquella frase del Emperador Tiberio como medio para conservar su poder: “que me teman, siempre que me obedezcan”. Fue superado por Calígula, quien según dicen prefería la de “Oderint dum metuam” , es decir, “que me odien siempre que me teman”.  El poder autocrático como el de los Césares romanos, no tiene inconveniente alguno de utilizar el miedo para asegurarse la sumisión y obediencia de sus súbditos.

   Este es el miedo que imponen los regímenes autoritarios, el que utilizaba Stalin para sojuzgar a su pueblo. El miedo al poder como forma de coacción y amansamiento de los pueblos. Luchar contra los regímenes dictatoriales requiere una dosis de valentía para superar esa imposición de fuerza, que hace que quien se opone al mismo acabe pagando con su libertad, su hacienda o incluso su vida. Oponerse a estas formas de poder requiere una importante dosis de heroísmo, de valentía y de osadía, superadores de ese miedo generalizado y opresor.

   Las formas modernas de dominación son más sutiles, pero no menos eficaces. Los sistemas políticos que se autodefinen como democráticos o estados de derecho, que se ven a sí mismos como respetuosos con los derechos humanos, con las garantías y contragarantías, no pueden lograr la aquiescencia de los súbditos por medio del miedo al aparato del Estado. Sería formalmente contradictorio con sus propios principios, que se basan en crear la ilusión en los gobernados de que son libres, de que viven en un sistema que permite libertades como la de opinión, de asociación, de prensa, etc.

   Estos sistemas, que podemos definir, por abreviar, como democráticos, parten de la premisa de que el pueblo los acepta, y por ello su supervivencia reside en conseguir que el pueblo los admita con general aquiescencia, para lo cual, como no hay un poder fáctico aparente que se imponga, debe procurarse la sumisión de los gobernados por medio de eficaces medios de creación de opinión que haga que el discrepante sea apartado del rebaño como una oveja infectada. Su forma de legitimación es lograr que el pueblo crea sinceramente que desea esa forma de gobierno y para ello es preciso continuamente alimentar esa opinión, esa ilusión, o esa fantasía de que es la mejor  y la única forma de gobierno posible. Quien discrepa, a diferencia de los regímenes totalitario, no se le encarcela, pero se le tilda de “populista”, de “negacionista”, se le impone el total ostracismo, lo que se ha dado en llamar en esto tiempos como la cancelación.

    Pues bien, en estos sistemas de aparente libertad, basados en el inducido autoengaño de las masas, el miedo tiene también un importante papel como instrumento de control social. El miedo, es un estado psíquico o emocional que se genera en una persona cuando siente, percibe o tiene la creencia de que va a sufrir un mal. La reacción más natural es tomar las precauciones o adoptar las conductas que se considere que son más adecuadas para evitar ese posible mal que se imagina. Cuando una persona padece miedo está condicionada en su conducta, sus decisiones no son ya totalmente libres sino que están mediatizadas por la necesidad de tratar de evitar los males que le amenazan. Y eso hace que estas personas sean más sumisas respecto de quienes le prometen defenderles de esos males que le atemorizan. Y no solo para impedir que se haga algo, que prohibir generando miedo es más sencillo, sino incluso consiguiendo que hagas algo que no harías si no existiera ese temor. El mecanismo sería algo parecido a si yo te genero un miedo sobre algo concreto y al tiempo te indico la forma de superarlo, que es precisamente la forma en la que yo quiero que te comportes para complacerme. Por ejemplo, me molesta que mi vecino deje la luz de su parcela toda la noche encendida, y quiero que la apague, puedo cortarle violentamente la luz, o puedo amedrentarle con que es inminente un ataque aéreo de un enemigo imaginario, si consigo que lo crea, él mismo por miedo apagará voluntariamente todas las noches la luz y creyendo que actúa con libertad y por su propia decisión. Obviamente será necesario que consiga que se crea que ese riesgo es cierto, y ahí es donde entraría toda la propaganda mediática para dar verosimilitud a esta descabellada situación.

     Los gobernantes, que incluiríamos en el espectro democrático, y que se sirven a la nueva dominación globalista, son conscientes, (como todo poder)  del enorme instrumento de control social que es el miedo. Pero como no quieren dar la cara de una imposición fáctica del terror, que les haría sentirse autoritarios o dictatoriales, lo utilizan de una forma indirecta pero no menos eficaz. Quizás más eficaz,  porque los ciudadanos no perciben que el miedo lo genera un poder concreto, un tirano contra el que se puede luchar y al que se podría derrocar.  

     Así vemos que en los últimos tiempos los medios de comunicación están continuamente alimentando el miedo de las personas de las formas más variadas, con tal que estemos los ciudadanos continuamente instalados en el temor de algo que nos pueda ocurrir.  No hay más que ver alguno de los noticiarios para ver que una sección fija de los mismos es la de una anticipación general de males, algunos reales y otras meras sugestiones interesadas, que no tienen otra finalidad que mantener un estado de atemorización general de las personas.

     Son muchos y muy variados los temores creados desde el poder, que obviamente afectan más o menos a las personas según su propia propensión a padecer miedo o a ignorarlo.  Uno de los más utilizados y evidentes es el terror climático. Todos días tenemos varias noticias sobre catástrofes naturales, inundaciones, huracanes, incendios de bosques, etc. en cualquier punto del planeta, para inmediatamente sugerir que no son otra cosa que consecuencia del cambio climático, y que este cambio climático, que estoy yo provocando con mis irresponsables conductas, va a hacer inhabitable mi país, va a subir el nivel del mar inundando enormes extensiones y ciudades, y en suma se destruirá el planeta. Esto es terrible y hay que evitarlo a toda costa, para lo cual una vez asumido profundamente ese miedo debilitante, hay que apoyar y aplaudir a quienes luchan contra ese fantasma de la destrucción del planeta. Y hay que apartar como apestados a quienes niegan que esto sea verdad e incluso a los que, aunque crean que es posible que fuera cierto, entiendan que hay que superar ese miedo irracional a la destrucción planetaria.

    Los ejemplos de creaciones artificiales de miedos en la población son variados. Miedo al contagio y a la enfermedad (desde el Sida, el coronavirus, la gripe A, etc.) , a las epidemias en personas o en animales; miedo generado por un la posibilidad de que un asteroide llegue a chocar contra la tierra (de vez en cuando avisan de esta posibilidad, quizás como creación de estado de ánimo para su utilización futura), miedo a que los antibióticos dejen de ser eficaces, miedo difuso al fascismo….. Una de las últimas creaciones es el miedo a la guerra que nos pueda llegar ante una amenaza bastante ilusoria de que Rusia pueda invadirnos. Hasta nuestros más sensatos y equilibrados gobernantes nos han sugerido que tomemos en serio la amenaza, nos proporcionemos un kit de supervivencia al tiempo que todos los medios de comunicación nos informan, como que no quiere la cosa, qué hacer en caso de ataque nuclear  o las ventajas de tener un búnker subterráneo en el jardín.

Por el contrario, cuando el miedo es digámoslo así, espontáneo, no creado o impulsado desde el poder, éste es negado y ocultado. Si tengo miedo a que ocupen mi vivienda, si tengo miedo a que se instalen en mi entorno personas venidas de otras culturas, de creencias intolerantes con mi forma de vida y que puedan atacarme o vejarme, no puedo exteriorizarlos, ya que de hacerlo soy directamente un elemento sospechoso de antisocial. Hay miedos autorizados y miedos prohibidos.

     El miedo es inseparable de la naturaleza humana. Pero sólo se puede ser libre si uno es capaz de controlarlo, de superarlo, de eliminarlo de la mente y del corazón. Y hay que luchar contra el miedo al tirano y contra el miedo que nos crean nuestros gobernantes para tenernos paralizados, adormecidos y sojuzgados. Fue clarividente San Juan Pablo II, quien, al ser elegido Papa, las primeras palabras que dijo a la multitud que le aclamaba en la plaza de San Pedro, fueron precisamente “No tengáis miedo”.

HAY QUE VIVIR!

       Aunque el mundo convulsiona y no puedo dejar de mirar desde este mi Acantilado todo lo que es el torbellino de la actualidad, hoy quiero dejar un poco a un lado la vorágine de acontecimientos patrios y foráneos.

Y es que desde hace algún tiempo quiero hacer una especie de homenaje a una canción que he redescubierto. Se trata de una canción que cuando se publicó tuvo un relativo éxito, pero que luego cayó en el olvido, y que hace no mucho volví a escuchar. Y esta nueva audición me dejó paralizado ante la letra de la canción. Comencé a escucharla compulsivamente, diez, quince, quizás treinta veces, reparando en cada palabra en cada estrofa, en cada mensaje transmitido. Y tras ello concluí que esa canción había sido escrita para mí, o tal vez para mi generación, o tal vez para el hombre contemporáneo, que vive sin reparar en su entorno, ni en su realidad. Dicha canción resume muchas de las cosas que creo y pienso y están dichas con un lenguaje poético y directo. Se me ha convertido en un himno personal que en mi opinión debería ser colocado al nivel de los himnos generacionales del bardo Dylan.

     Me estoy refiriendo a la canción “Hay que vivir” del cantautor español Juan Bautista Humet. No niego que de este autor hay otras canciones que me gustan. Me resuenan los acordes  silbados de su magistral “Clara” y otras cuantas. Pero pese a ello nunca lo tuve entre mis cantantes favoritos, sino simplemente como uno más. No está en mi panteón particular colocado  a la altura de Antonio Vega, o de Leonard Cohen, o del propio Dylan de los primeros tiempos. Pero esta canción a la que  me refiero, sí estaría en lo más alto y en un lugar preeminente, porque, insisto, es un auténtico himno de reafirmación

    Desde su inicio esta canción se muestra como un canto  contra la ilusión fantasmagórica de la modernidad. Y paso a explicar lo que quiero decir glosando parte de la letra de la misma. La canción comienza diciendo habrá que hacernos a la idea de que nuestra forma de vivir, ya «no da más de sí«, porque “al sueño americano se le ha ido la mano y ya no tiene nada que ofrecer”. Obviamente el «sueño americano» es la ilusión del progreso  y la modernidad. El “american way of life”, el llamado estado del bienestar, y por extensión el materialismo y el consumismo como proyecto de felicidad, que ya está agotado. Esta ilusión de felicidad material tuvo su apogeo en los años sesenta del siglo pasado y hasta el final de los ochenta y tal vez un poco más, pero ya no sirve. Era aquel tiempo que la felicidad parecía que iba a ser eterna y que nos la proporcionaban las lavadoras y los coches cada vez más atómicos. Pero esto ya no es así, ya hemos comprobado que una televisión de más pulgadas, solamente es eso. No nos hace más felices y sólo da una satisfacción relativa que dura hasta que vemos otra más grande y con mejor color.  Y además hemos ido percibiendo cada vez de forma más intensa la cara oculta de ese consumismo atroz, de esa felicidad impostada de hipermercado.

      Por ello como dice la canción, sólo nos queda esperar a ver si “cede la gran bola de nieve que va creciendo por doquier”, porque debemos hacernos a la idea, debemos comprender que hay que buscar alternativas a este mundo, a esta cultura de la modernidad, que ya está agotada. Pero si esto es así, hay que valorar que la canción no se limita a plantear una crítica de la situación, quedándose en la pura negatividad. Una vez identificado el problema, es decir el diagnóstico, no cae en el pesimismo, sino que por el contrario nos propone soluciones. La más inmediata es la que sugiere el título de la canción: “hay que vivir”, y hay que hay que burlar este futuro que empieza a hacerse como muro que nos impide ser felices. En otras palabras, como diría el castizo, hay que tirar «p´alante”,  es decir hay que buscar los modos de sortear la ola de la modernidad y de la globalización o como sugiriera Julius Evola, hay que cabalgar el tigre.

     Pero si en un primer momento propone una actitud positiva, de navegar la adversidad, no se queda sólo en esto. Va más allá, y así esta canción es un himno de esperanza, y propone una nueva forma de vivir, apuesta por un futuro con nuevas propuestas, con nuevos retos y sustentada en nuevos presupuestos. Una auténtica revolución social y personal. Así en unos bonitos versos, nos dice aquello  que “habrá que componer de nuevo” , «crear nuevas maneras» y “aprender de nuevo a andar”, es decir construir un mundo nuevo sobre las cenizas de éste. Y en este proceso de reconstrucción, hay que hacer “al Sol nuestro aliado” , hay que volver a la naturaleza, al orden natural, alejado de tanto artificio ideológico, y “pintar el horno ajado” , lo que entiendo como mantener y recuperar lo que es válido de nuestro mundo actual, como sería recuperar el hacer el pan en el horno, en vez de comprar todo empaquetado en asépticos envases de plástico. Y sobre todo, nos dice la canción es imprescindible “volver a respirar”,  liberarnos de todos los corsés y limitaciones con que nos oprime el asfixiante mundo moderno. En el mismo sentido propone que hay que “quitar centinelas al parque y a la escuela”,  recuperar nuestra libertad personal, y la de nuestros hijos, de las nuevas generaciones que están amenazadas por un esclavizante adoctrinamiento.

    Pero para mí lo más interesante de la canción es la propuesta para llegar a esta nueva realidad, a esta nueva civilización simple y libre, que hay saber encontrarla, y no basta con subirse a la ilusión de una nueva utopía que llegue de la mano de la modernidad.  Esto es lo que propone por doquier todo el progresismo desde hace doscientos años, que cuando se les desploma un sueño, lo sustituyen por otro y nos tratan de convencer que este ya será el bueno, el definitivo. Vivir de la utopía hasta que la tozuda realidad demuestra que era otra distopía, una gran bola de nieve que acaba inundándolo todo y desmoronándose. El materialismo que lleva en su seno la modernidad, tiene dentro de sí el consumismo y el comunismo, pero ni uno ni otro persiguen liberar al hombre interior, sino sólo entretenerlo. Esta canción propone, no sé si consciente o inconscientemente por su autor, superar la modernidad, por decirlo así mirando hacia atrás, buscando en el pasado, con la vuelta a la tradición. Así dice que hay que “darles a nuestros hijos el credo y el hechizo del alba y el rescoldo en el hogar”. Esto es una invitación a que la nueva sociedad debe girar en torno a la familia, a las creencias tradicionales y a la vida simple, ajena a la vida descarriada de la modernidad. Y por si alguien tiene alguna duda de que esta es la solución, nos dice que se debe alzar “una nueva verdad” , pero esta nueva verdad no hay que buscarla en retorcidas utopías, sino que se encontrara mediante “desempolvar viejas creencias, que hablaban en esencia sobre la simplicidad”. No puede decirse de una manera más clara. Nuestra salvación, como personas y como sociedad, debemos buscarla en las «viejas creencias», que han sido sepultadas bajo el polvo del sucio progreso, hay que desempolvarlas y hallar las respuestas a nuestras preguntas en la Tradición, en la vida simple que nos proponen casi todas las tradiciones que buscan la realización espiritual del hombre, sea el cristianismo, budismo, o cualquiera otra.

Esta canción no es una canción que se pueda considerar como religiosa, no es una canción parroquial, y supongo que nunca pretendió serlo. Pero aun sin quererlo es una invitación a los desencantados de las formas modernas de vida a mirar al pasado y también al interior de cada uno, a la recuperación de la espiritualidad, a disfrutar de las cosas sencillas y la búsqueda de la libertad real. No sé si Juan Bautista Humet, quiso o no transmitir este mensaje que yo percibo. Presupongo que sí, porque era un gran autor. Pero tal vez quería decir otra cosa. Me da lo mismo. La canción dice lo que dice y es una obra que transmite, al menos a mí, una singular emoción. Y si no es lo que quería transmitir el autor, habrá que convenir que por su mano nos envío un mensaje la divina Providencia. Por todo ello, por lo que para mí significa, a veces la escucho, sobre todo cuando voy sólo en mi coche, hasta diez veces seguidas y no me canso de escucharla.

CONVERSIONES CONTEMPORANEAS

 El día 25 de enero comencé este escrito. En el santoral católico este día es el de la conversión de San Pablo. Sí ese cambio súbito de bando que llevo a Saulo, en el camino de Damasco, a decidir que en vez de perseguir a los cristianos iba a unirse a ellos y más que eso ser el auténtico fundador de la Iglesia como institución, que realmente no la creó Jesucristo, sino este fariseo reconvertido.

  Y desde entonces, y seguramente ya antes, ha habido miles de conversiones, o desde otro punto de vista de traiciones. Porque todo depende de la perspectiva desde la que se mire el cambio de bando, si el convertido se une a los tuyos es una iluminación, una auténtica conversión, un descubrimiento de la verdad y el camino correcto. Si por el contrario el cambio es para abandonar tus huestes y pasarse al contrario, no se trata de un converso, sino de un traidor. Audax, Ditalco y Minuro son para nosotros traidores por asesinar a Viriato, y también para Roma que se negó a pagarles por su traición (Roma traditoribus non praemiat). Y también es un traidor y no un converso el Conde Don Julián que propició la pérdida de España y su entrega a los musulmanes.

    No creo que sea buena idea el hacer catálogo histórico de chaqueterismos, que es como las llamamos cuando las conversiones no son sinceras, sino interesadas.  El prototipo de la adaptación a las circunstancias, al menos en los personajes históricos de los que yo tengo noticia, fue Fouché, que pasó del seminario a trabajar para revolución francesa que decapitó al Borbón, y luego trabajó para el Directorio, el Consulado, el Imperio napoleónico y finalmente fue ministro en la restauración borbónica de Luis XVIII. Su vida narrada por Stefan Zweig, es una de las biografías más apasionantes que recuerdo haber leído.

    En un lugar destacado del pódium de las grandes conversiones de la historia,  ya debemos colocar la que hemos observado en los últimos tiempos en una parte significativa de los magnates y poderosos dominadores de la economía y las nuevas tecnologías. El cambio de bando de los  Jeff Bezos, Mark Zuckerberg, y el “googleiano” Sundar Pichai, ha sido muy, pero que muy llamativo. Ha sido realmente sorprendente ver a todos estos, hasta hace poco perseguidores despiadados de los enemigos del wokismo, sentados a la derecha del padre Trump en su reciente toma de posesión como presidente. Realmente ver para creer. Todos ellos, como Pablo, perseguían a los que ahora parecen defender. Como Pablo perdieron la vista, y la recuperaron por la milagrosa intercesión de Donald (no el pato, sino el otro).

    Ahora Zuckerberg reniega de su pasado y declara que fue obligado a censurar en Facebook e Instagram todo lo que negara la “plandemia” y todo lo que los bienpensantes progres decidían que les perjudicaba. Y con cara de “yo no fui”, alega que así se lo mandaron desde el gobierno socialista de Biden. Que solo obedeció órdenes. Fue un mandado, pero ahora con un dolor por sus pecados encomiable, promete no volver a hacerlo y devolver a sus juguetitos a la pureza original. Arrepentidos los quiere Dios. Aunque no sabemos cuánto le durará el propósito de enmienda censuradora. Tal vez hasta que los demócratas recuperen la Casa Blanca.

     Lo cierto es que en su conversión ha cantado de plano y ha reconocido por un lado que sus plataformas censuraban, y que lo hacían con un criterio ideológico y que lo hacían para defender unas determinadas posiciones políticas. En fin, lo que veíamos todos, pero ahora reconocido por el dueño del “tinglao”.

    Quizás alguien que haya permanecido leyendo este escrito hasta este punto, superando  con creces los primeros ciento cuarenta caracteres, haya echado de menos en este escrito alguna referencia a Elon Musk y su Twitter (ahora llamado “X”). No es un olvido involuntario, sino consciente. Y ello porque no creo que deba incluirse en el mismo saco que los otros que he citado anteriormente. Su conversión, no sé si es más sincera que la de los otros, pero al menos sí fue anterior. Los otros tres se han subido al caballo ganador, es decir una vez que Trump ganó las elecciones y era el nuevo POTUS, todos ellos se arrimaron a él, y renegaron de sus jefes anteriores. Y como USA sí paga traidores, han sido admitidos todos ellos en la camarilla del nuevo poder. Saben que, como reza el sabio refranero, quien a buen árbol se arrima buena sombra le cobija.

     El caso de Musk, a mi entender, es algo diferente. Su conversión fue anterior a que Trump ganara las elecciones, apostó por él cuando no estaba nada claro que fuera a ganar. Y aunque es un magnate igual o más poderoso que los anteriores, su conversión sí parece sincera. Y su arrepentimiento también. Por ello es el más odiado por la progresía. Realmente el cambio experimentado por Twitter después de ser adquirido por Musk fue espectacular. De un plumazo desapareció la censura y la cancelación de todo aquel que pensara diferente. Dejó de ser un coto privado de señoritos progres en el que sólo ellos podían opinar, e imponer tendencias. De pronto se podía hablar de casi todo, sin que salieran los moderadores de opinión para censurar y borrar discrepantes. Puede que ahora sea todo más descontrolado en X y que haya también algún efecto indeseado, pero sin duda hay mayor libertad. Por supuesto, quienes no pueden soportar que haya opiniones diferentes a las suyas, han abandonado en masa esta red social y se han refugiado en una reserva para progres y wokistas llamada Bluesky, fundada por Jack Dorsey (creador de Twitter), pero ahora capitaneada por una joven y brillante ingeniera “comme il faut” , que ya ha llenado su red de moderadores ávidos de acallar a los discrepantes.

        Lo que más me divierte de todo esto, es que muchos de los que antes eran felices con el apoyo incondicional de todos estos poderosos magnates, cuando han decidido defender otra opción política, han pasado a demonizarles. El señor que tenemos presidiendo el gobierno de España, desde la conversión, les llama la “tecnocasta  de Silicon Valley”,  e incita a una rebelión contra ellos porque son unos poderosos multimillonarios que utilizan su omnímodo poder para apoyar determinadas opciones políticas. ¡Otra iluminación! Otra recuperación súbita de la vista que le ha revelado que hay unos tenebrosos  y superpoderosos magnates que nos controlan y nos dominan. Lo más curioso es que ha sido una recuperación de la vista que podríamos llamar “estrábica”, parece que solo enfoca el ojo derecho y con el izquierdo sigue sin ver los supermagnates progres que siguen apoyando sin fisuras el globalismo. Atended bien, que es importante no equivocarse. No son “tecnocasta” ni Bill Gates,  ni su ex esposa Belinda, ni su siniestra fundación. No es «tecnocasta»  el hiperwokista y blasfemo  Reed Hastings, todopoderoso dueño de Netflix.  Ni por supuesto es un enemigo del pueblo el siniestro George Soros, ahora ya su hijito, de quien el presidente español es un convencido esbirro. Contra todos estos no hay que rebelarse, sino aceptar que su inmenso poder es benéfico y conveniente.

     Pero como hoy este escrito va de conversiones, no quiero dejar pasar la ocasión de mencionar dos, que sí realmente me han impresionado en los últimos tiempos, por ser unas conversiones, por decirlo así, anticíclicas, contrarias al signo de los tiempos, aunque en ambos casos parecen más bien procesos lentos y meditados que súbitas iluminaciones.

        La primera de ellas es la conversión al catolicismo del actual Vicepresidente de los Estados Unidos, J.D. Vance. A diferencia de otros políticos de familia católica, como los Kennedy, Vance nació en una familia cristiana, pero no católica, y reconoce haber pasado por un largo proceso de indiferencia religiosa e incluso de ateísmo furioso. Sin embargo, tras un proceso intelectual, en el que se encuentra con la obra de San Agustín, decide bautizarse. Según manifestó en una entrevista Agustín le mostró de manera conmovedora que la mentira según la cual hay que ser estúpido para ser cristiano, en la que creyó durante gran parte de su vida, era falsa. Y lo más interesante es que fruto de esta conversión a la fe católica, ha mutado sus posiciones políticas, abandonando el liberalismo furibundo, un liberalismo que ha devenido en el fomento de un individualismo a ultranza que solo puede ser sostenido por un Estado totalitario. En ese sentido, para Vance, el Estado norteamericano se encuentra a merced de un capitalismo corporativo global que va fraccionando toda la sociedad y que, haciendo uso de las nuevas tecnologías, polarizan y embrutecen. Nihil obstat.

  La segunda conversión que me ha llamado la atención es la de un escritor que me tiene fascinado últimamente, que es Jon Fosse, premio nobel de literatura de 2023. Parece ser que este escritor noruego ha llegado al catolicismo ya en la cincuentena, en un proceso de búsqueda de la espiritualidad, tras un proceso vital destructivo por el alcoholismo y la depresión. Y parece que entendió que el camino de espiritualidad que más se adecuaba a su búsqueda era el que le proporcionaba el catolicismo del que sintió fascinación por su  liturgia y por la forma de oración a base de mantras o repeticiones, tal y como se efectúa el rosario cristiano o cómo propone la filocalia. Ha escrito  un libro sobre esta conversión que titula “el misterio de la Fe”, que creo que no está publicado en español. Confieso que lo único que he leído de él, ( aparte de la visión del reciente estreno en Madrid, de su obra “Viento Fuerte”), es la fascinante novela en siete partes titulada “Septología”, la cual es un prodigio de buena literatura, pero también un libro profundamente religioso, con una religiosidad que se acerca mucho a mi forma de entenderla. Quizás porque, aunque yo haya sido criado en una familia católica, también tengo algo de converso. O al menos de no desfallecer en la búsqueda de la fe, ya en la edad tardía, la cual espero encontrar cualquier día. Incluso ya hay días que creo haberla encontrado.

LAS BARBAS DEL VECINO

El año 2024 va agonizando. No se puede decir que este haya sido un año aburrido en cuanto a las noticias y los acontecimientos que van llegando a este mi acantilado, desde el que observo la realidad. Tal es el tráfago de novedades y tan escaso mi tiempo, que la mayoría de ellas pasan sin merecer que se haga un comentario de ellas. Tampoco lo pretendo, que esta bitácora es muy aleatoria y caprichosa, y sólo recoge aquello que el viento cambiante de los humores de quien esto escribe decide.

    Si mi país está convulso por un clima irrespirable de corrupción y prepotencia gubernamental, en el exterior la cosa no pinta mucho mejor. Llegan hasta aquí los ecos del disgusto e incredulidad de la comunidad progre mundial al comprobar que Trump había ganado las elecciones de su país sin que pudieran como la vez anterior dar un volantazo a la voluntad popular por medios poco ortodoxos. Y esta victoria ha sido un golpe en el tablero de juego ante el cual los países se apresuran a tomar posiciones geoestratégicas para iniciar bien posicionados el reinado del nuevo imperator. Así en la guerra de Ucrania se permite usar misiles americanos para atacar a Rusia, en lo que es una decisión profundamente irresponsable. En Siria ha sido derrocado el régimen siniestro de los Asad por un no menos terrorífico régimen islamista, con la complicidad de los países occidentales. Europa firma a toda prisa acuerdos de libre comercio, y hace promesas de amor eterno a Zelenski. Israel sigue a lo suyo, bombardeando a Siria y masacrando palestinos. Diríamos que, por ahí, nada nuevo bajo el sol.

       No quiero entrar en una baremación de los horrores o de  calificar si lo que pasa  allá es más grave que lo que acontece por acullá. Pero de todo lo que ha pasado en el último mes, aunque no sea ni de lejos lo más sangriento, para mí lo que más me ha estremecido es lo que ha ocurrido en un país de la Unión Europea. Me refiero a lo que ha sucedido en Rumanía. Afortunadamente no hay muertos como en su vecina Ucrania, salvo que consideremos que la democracia allí ha fenecido y que el estado de derecho rumano es un mero cadáver.

     Es que no salgo de mi asombro. En los últimos años ha habido elecciones con resultados sospechosos, como por ejemplo en USA en el año 2020 o en Brasil. Sabíamos que esto de la democracia tiene muchos puntos débiles y que incluso muchas veces no es más que una ficción. Pero es una ficción que mantenemos porque nos asusta lo que puede estar detrás de ella, nos da miedo la alternativa.

    Los recientes acontecimientos de Rumanía, hacen tambalear muchas convicciones sobre la realidad de la democracia y que lo que conocemos como tal no es más que un mero trampantojo para defensa de intereses poco claros. Recordemos que hace escasamente un mes, las elecciones para la elección de presidente de Rumanía, una vez celebrada la primera vuelta, han sido simplemente anuladas por el Tribunal Supremo. Sí, así como suena, unas elecciones anuladas después de celebradas, y la razón es que quien las ganó es un outsider de la política, que se ha ganado al pueblo simplemente hablando de defender a la nación rumana y su identidad. Enseguida le han tachado de populista y rusófilo. El argumento usado para anular las elecciones es que este ganador, Calin Georgescu, habría sido supuestamente favorecido en su campaña electoral por cuentas falsas de Tik-tok. Y que detrás de ellas podría, tal vez, quizás, a lo mejor, estar Rusia. Aparte de no gustar quien ganó esta primera vuelta y arrasar en las encuestas para ganar la presidencia, fue decisivo para la anulación que a esa segunda vuelta no pasó ninguno de los candidatos de los partidos oficiales tanto de  izquierda (Partido Socialista ) y como de derecha (algo parecido al PP español).  Quedaron a ambos fuera sin remedio del cambalache del poder, ni siquiera con la posibilidad de hacer las piruetas con las que nos ha deleitado últimamente el presidente gabachito, Monsieur Macrón.

      En Rumanía han decidido aquello de que si no ganamos nosotros no jugamos. El juego sólo es válido si queda claro que sólo nosotros podemos ganar. Ha quedado también claro que en muchos países supuestamente democráticos, la elecciones son un instrumento para legitimar a los ya elegidos de los  poderes establecidos, los del establishment, los representantes de lo que ahora se viene denominando como el Deep State. Si no ganan las elecciones quienes las tienen que ganar, pues simplemente no valen, y se repiten hasta que se consiga.

      La voz del pueblo sólo vale si éste dice lo que se quiere que diga por quien realmente manda. Y si dice algo distinto es que su voluntad está viciada y manipulada por terceros. Realmente un argumento insólito en los países occidentales, en los que los medios de comunicación están en manos de unos oligopolios comprados y pagados generosamente por el poder. El mensaje que nos llega de Rumanía es que cuando el mensaje nos llega desde sus esbirros mediáticos, se llama información y no mediatizan la voluntad del pueblo, cuando el mensaje llega llega de medios no controlados por ellos, marginales y medianamente libres, son meras manipulaciones, cuando no bulos.

     Recordemos además que Rumanía es un miembro de la sacrosanta Unión Europea.  Sin embargo, Úrsula está más calladita que su pony después de que se lo merendara el lobo. Está demasiado preocupada de provocar una guerra con Rusia y en defender los intereses de esos lobbys defensores de los lobos, y no me refiero únicamente a los que cada vez más merodean por nuestros campos, sino, sobre todo, a los que habitan en ocultadas mansiones a uno y otro lado del atlántico y que mueven las cuerdas de las marionetas que tienen colocadas para manipularnos. La Unión Europea, ante el atropello a la democracia ocurrido en uno de sus miembros, no ha dicho ni mu, o si se prefiere un animal menos agresivo con el efecto invernadero, tampoco ha dicho ni pío.

      Y también es sorprendente la poca repercusión mediática que ha tenido esta anulación electoral. Apenas se ha informado sobre ello, a pesar de ser terriblemente grave. Y es más, los medios lo han justificado, dando por buenos los peregrinos argumentos del Tribunal Supremo rumano, con el alivio de haberse quitado de en medio a un nuevo personaje molesto presidiendo un país de la unión europea. Alguien que podría reforzar un discurso de paz entre dos de sus vecinos. Y además en algunos países como España, creo que muchos periodistas y políticos han comprendido que conviene admitir este precedente, porque en un futuro no muy lejano puede ser su salvación.

    La sala constitucional del Tribunal Supremo rumano está compuesta en su totalidad por candidatos nombrados por el partido socialista y por el partido popular rumano, lo que hace pensar que la decisión no ha sido propiamente judicial sino política. Y eso nos lleva a ver que en nuestro país ocurre lo mismo y que por tanto corremos riesgo de que ocurra algo semejante en un momento dado.

    Tenemos un presidente del Gobierno, que no dimitió cuando se comprobó que plagió su tesis, no dimitió cuando el Constitucional sentenció que sus estados de alarma eran ilegales, que no dimite cuando su mujer está imputada por corrupción, su hermano colocado a dedo en un puesto creado ad hoc en un caso claro de  nepotismo, su ministro de confianza hasta hace poco, está acusado de gravísimos casos de enriquecimiento ilegal, su fiscal general del Estado investigado por trabajar para el interés privado del gobierno. En suma tenemos la certeza de que nada le va a hacer dimitir. Y ello, aunque su gobierno se sustenta con escasísimo apoyo en una mayoría terriblemente inestable. Pero este señor no va a dimitir ni a convocar elecciones por dos razones, la primera porque seguramente no sabe ya vivir fuera de las prebendas del poder, sin tener a su disposición los aviones privados, las residencias de veraneo y todo lo demás. Y lo segundo, porque es el niño bonito del poder globalista, de los mismos que ponen a las Úrsulas, los «macrones» y los Trudeau (sea éste o no hijo natural de Fidel Castro, como afirman algunos).

    Y sabe que aunque llegara un día en que tendrá que convocar elecciones, podría no hacerlo y retrasarlas sine die, que nadie le iba a afear su conducta, salvo un poco de pataleo de la “fachosfera”. Y si finalmente las convoca y las perdiera podría luego anularlas por cualquier peregrino motivo. Desde fuera no iban a llamar la atención al “favorito” del sistema y desde dentro, ya se encargarían toda la recua de adeptos que copan el Tribunal Constitucional de defender todo lo que haga, aunque sea groseramente antidemocrático y anticonstitucional. Ya estará ahí para asegurarse de que nadie hace daño al «elegido» el siniestro individuo que preside dicho Tribunal, que por el color de sus intenciones más que Cándido debería llamarse Bruno.  

      La moraleja es que si en un país de la Unión Europea se consiente que un tribunal politizado anule unas elecciones, por unos motivos totalmente infundados y peregrinos, debemos estar preparados para que aquí, en nuestra España, pueda ocurrir lo mismo. Si en las próximas elecciones ganara eventualmente alguien no conveniente, podrían anularse alegando, que sé yo, que llovió mucho el día de las elecciones y eso no permitió votar con libertad,  o que un presidente de una mesa electoral de Burgos era un agente ruso. Todo puede valer. Debemos irnos preparando, ya sabemos aquello de que cuando las barbas de tu vecino veas pelar, pon las tuyas a remojar.

LA MÁQUINA DEL FANGO

     Hoy escribo desde el abatimiento. Hundido en el fango de la realidad, en el lodazal de la triste realidad que nos rodea. Ser parte de una nación es sentir como propio lo que le acontece a cualquiera de las personas que la conforman. Tanto lo bueno como lo malo. Quizás esto es un poco exagerado, lo reconozco, y también sé que no es del todo cierto, porque no todo se puede sentir como propio, porque esto haría materialmente imposible nuestra existencia y además sería falaz e hipócrita. Pero, si esto es así, también lo es que no se puede vivir con indiferencia del sufrimiento generalizado de una parte de los españoles y este es el caso actual, en el que una parte importante de nuestros conciudadanos están atravesando por una terrorífica tribulación.

     Creemos vivir en un plácido bienestar invulnerable, en el que sesteamos cómodamente. Vivimos en un mundo donde casi todo funciona razonablemente, incluso cuando protestamos porque en nuestra opinión no funciona como debiera. Yo mismo me he quejado de ello en muchas ocasiones, cuando un tren se retrasa, cuando espero más de lo debido a mi juicio en una sala de espera de un médico, cuando hay un corte inesperado y molesto del tráfico. Pero todo ello queda como una leve brisa frente a un vendaval, si comparamos todos estos contratiempos con lo que ha ocurrido estos días en Valencia, en donde simplemente para muchas personas ha sido barrida la realidad. En unas pocas horas ha desaparecido bajo sus pies la cómoda existencia cotidiana, arrastrada por una inmensa marea de agua que no debería estar allí. Muchos han perdido la vida, pero no sólo eso, sino que nos ha mostrado a todos la enorme vulnerabilidad de nuestra complaciente existencia.  Siempre pensamos, como le ocurría a Abraracúrcix cuando se le surgía la idea de que el cielo pudiera desplomarse sobre su cabeza, que eso, aunque pueda suceder, no va a ocurrir mañana. Y así un día y otro día, siempre posponemos la amenaza, pensando en realidad que eso sólo le puede ocurrir a otros. O como mucho esas desgracias pueden producirse en países lejanos y poco desarrollados. Pero nunca en nuestro confortable occidente.

    Debemos tomar estar riadas como un aldabonazo en las conciencias que nos debe hacer pensar que no estamos tan lejos de lo imposible, de lo impensable. Por ejemplo, de vivir una guerra, con muertos reales y con bombardeos en nuestra ciudad. Lo hemos borrado de nuestro imaginario pese a que vivir una guerra le ha ocurrido a la mayoría de las generaciones desde que tenemos controlada la historia. Y de hecho probablemente en los últimos meses hemos tenido más cerca que nunca desde hace ochenta años el riesgo de una guerra en nuestra propia casa.

    Y es que este puede ser el verdadero problema de los países europeos y singularmente de España. Que los que los dirigen no atienden a las exigencias elementales del bien común. Están imbuidos de unas deleznables ideologías sectarias que persiguen intereses oscuros, nunca sabremos si por convicción fanática o por una búsqueda de la riqueza más desbordada o la conquista de un absoluto poder total, o tal vez por todas estas cosas a la vez.

      Y así por ejemplo nos llevan a tomar partido de manera irresponsable en conflictos bélicos regionales, haciéndonos defender a líderes y jerarcas corruptos, mientras se invoca una supuesta defensa de una democracia inexistente. Con ello están provocando una casi inevitable guerra con Rusia, que en principio no era para nosotros, los españoles, un vecino hostil. Puede que el regreso del vilipendiado Trump a la Casa Blanca, suavice esta situación, y regresemos a aquellos años en que gobernó y que, por causalidad o no, durante cuatro años no hubo ninguna guerra sobre el planeta. Pero esto está por ver.

   Y algo parecido ocurre con la política local española, donde estos iluminados dirigentes que tenemos llevan años únicamente enfrascados en sus luchas cainitas y en una ideologización de la realidad, que hace que no se preocupen ni actúen sobre las necesidades reales de la población, sino que tan solo están para defender ardorosamente postulados ideológicos etéreos.  Se olvidan de la gestión de problemas y búsqueda de soluciones y escudan su acción política en vagos principios no tangibles como la lucha contra el patriarcado, el cambio climático, la persecución  de imaginarios enemigos propaladores de bulos y otras mandangas por el estilo que les disculpan de ocuparse de lo real.  En esto consumen las energías y los recursos.

   Volviendo a los sucesos recientes de Valencia, estos han dejado al descubierto que en esa región, como en otras, no se han preocupado de prevenir las causas que han provocado el desastre y de mitigar sus efectos. La mayoría de los políticos sobre todo los de izquierdas y al frente de ellos el propio presidente de Gobierno, simplemente se lamentan de la inevitabilidad de lo ocurrido como consecuencia del cambio climático. Culpabilizan a toda la sociedad de  que haya habido inundaciones como responsables de provocar el cambio climático. (Quien es causa de la causa, es causa del mal causado).  Y de paso demonizan a los que desconfían de ese dogma como antisociales negacionistas. Cuando es probablemente al contrario, es su creencia ciega en el cambio climático y en la nueva religión panteísta del culto a la naturaleza lo que ha provocado en gran medida este desastre.

     Y no es una exageración porque es esa ideología o religión climática la que lleva por un lado a no limpiar los cauces provocando represamientos y embalsamientos que cuando rompen generan olas arrasadoras y por otro lado a no acometer la realización de  infraestructuras, como presas, embalses, encauzamientos, tanques de tormentas etc. que hubieran evitado muchas muertes. Si no hubiera existido el nuevo cauce del Turia probablemente Valencia capital estaría hoy arrasada. Pero esa obra enorme sólo se pudo hacer porque Franco priorizó la seguridad de los ciudadanos a la vida de los peces y las ranas. Hoy ocurre lo contrario. De hecho a punto han estado de devolver el paso del río a su cauce natural, con la “ideica” tan progre de “restaurar la naturaleza”.

    Pero es que una vez acontecido el desastre, el comportamiento de nuestros gobernantes ha sido también lamentable. Una descoordinación absoluta que ha demostrado que no están preparados para situaciones de crisis. Nuestra organización territorial, y perdón por el símil macabro, hace aguas por todos los lados. La bicefalia entre Estado y comunidades autónomas ha demostrado provocar unos daños criminales, ya que no hace otra cosa que descargar continuamente la responsabilidad en el otro, y de paso sacar rédito político para desgastar al contrario y conseguir arrebatarle su parcela de poder para que la ocupen los incompetentes de mi propio bando.

      En España es un clásico la utilización política descarada de las tragedias o desastres. Ocurrió en el “Prestige”, en los atentados del “11-M”, en la epidemia del virus chino …. Y ahora como en un  “déjà vu”  estamos nuevamente en una supuesta reacción social que no es otra cosa que una  orquestada lucha partidaria de baja estofa revestida de supuesto buenismo y pureza democrática. Alguna vez he caído en las redes de esta propaganda, hasta que me he dado cuenta de lo torticero y espurio de estas causas. Y lo absolutamente inmoral de utilizar a las víctimas para el éxito de los «míos», para que consigan el mezquino triunfo de conquistar un poco más de poder y se lo arrebaten al contrario. Como diría el castizo “quien no te conozca, que te compre”.

     Frente a estas respuestas manipuladas y teledirigidas, la auténtica reacción social la vimos en la visita personal del presidente del Gobierno, a la localidad Paiporta, donde fue recibido con abucheos, insultos y un bombardeo de blando barro, y de donde tuvo que salir poniendo los pies en polvorosa protegido por un ejército de guardaespaldas en evitación de un probable linchamiento. Este individuo estuvo meses estuvo acusando de esparcir fango sobre él a todos aquellos que denunciaban las corrupciones de su esposa, de su hermano, de sus ministros, y de él mismo, y mira por donde, resulta que quien hisopeó fango en su augusta cara fue el pueblo soberano.

      Y es que a veces hay justicia poética y resulta, que Don Pedro Sánchez Pérez-Castejón, como responsable último y vicario en la tierra hispana de la fe climática y por tanto causa eficiente última de sustentar un sistema que ha provocado estas inundaciones y llenado media provincia de Valencia de barro y lodo, es el que ha generado este océano de fango real, y no figurado como el que supuestamente manchaba su reputación. Tanto acusar a los demás de esparcir fango y resulta que la auténtica máquina del fango era él.

Carta abierta a la Sra. Chimpún Pardo.

    Estimada Sra. Chimpún Pardo,

     Soy un ciudadano español y quiero pedirle disculpas. Pero no por lo que Ud. solicita de los españoles y por todos ellos a nuestro Rey. Le pido disculpas por ser incapaz de memorizar su nombre y de transcribirlo correctamente. He visto un simpático video en Tic-toc, esa plataforma maléfica que nos llegó de la China, en el que nos indica cómo debe pronunciarse su nombre correctamente y tras oírlo varias veces y varias vacilaciones (Cheimpaun, Champún, Champéin)  he decidido que la grafía que mejor coincide con su apellido es Chimpún.

        Mi idioma, que casualmente por un error grave de la historia, es también el suyo suele pronunciarse tal como se escribe, por lo que yo me tomo la licencia contraria, de escribir su nombre tal y como lo oigo pronunciar. Es una costumbre de por aquí la de españolizar los apellidos extraños y así, el nombre inglés Malborough, pasó al cancionero infantil como “Mambrú”, o el nombre náhuatl Malīntzīni, se convirtió en la Malinche.  Por ello espero que no le moleste. Pero si le molesta, realmente me importa una higa, ya que poco me importa la opinión de una señora tan maleducada y ofensiva.

     Tengo menos problemas en pronunciar y escribir su segundo apellido, que es Pardo, es decir un apellido de innegable origen hispánico, que comparte por ejemplo con mi admirada Doña Emilia Pardo Bazán. Pero no nos engañemos, no se trata de un apellido que la señora Chimpún ostente por algún español ido a México, como por ejemplo le ocurría a su antecesor el señor López. La trazabilidad de su apellido es más compleja, porque se trata de una descendiente que conserva ese gentilicio en su familia desde hace quinientos años que fueron expulsados de Sefarad.  Vamos atando cabos, señora Chimpún.

   Por sus últimas declaraciones sabemos que cojea bastante en el conocimiento de la historia del país que preside. Su compatriota Eduardo Verástegui, le ha tenido que corregir en lo que antes era twitter varias imprecisiones por históricas y recordarle, por ejemplo,  que los Méxicas fundaron Tenochtitlan en 1325, no fundaron México, o que  en 1521 cayó Tenochtitlan, no México y otras varias por el estilo, que en mi caso sería un error comprensible, pero que en el suyo, señora Chimpún, es imperdonable.

     No era santo de mi devoción su antecesor, el señor López, también conocido, por “Malo”, perdón por “Amlo” (¡ay, esta dislexia!). Pero este señor, aunque odiaba como Usted a España y a los españoles como reconoció en privado a un político manchego, no cometía esos deslices históricos.  Y aunque renegara de la tradición española, era un innegable hijo de la hispanidad, que se manifiesta en la “ínclita  raza ubérrima, sangre de Hispania fecunda” como la definiera Rubén Darío, o dicho en español de andar por casa y sin la prosapia modernista, en la mezcla de la sangre de origen americano precolombino  con la de sus abuelos cántabro-astures.

  Pero usted señora Chimpún, ignora la historia de su país, y sólo recoge el resentimiento que navega por las venas de sus correligionarios políticos, que allende y aquende los mares, rezuman por todos sus poros la mala baba de la leyenda negra. Con ella dan una explicación a la incompetencia de sus inmediatos predecesores en el cargo.  De esos malhadados gobiernos criollos que solo supieron empobrecer al pueblo a costa de trabajar para intereses extranjeros. De la insoportable violencia y corrupción. De los robos de niños para abastecer a los pederastas de más allá del Río Grande. De la humillante claudicación ante su vecino del Norte, que les robó la mitad de su territorio y les desprecia y pisotea.

     Podría argumentar que por esta parte europea de “hispanosfera” las cosas no han ido mucho mejor y que tampoco estamos para tirar cohetes. Y en eso tendría razón, pero con una diferencia importante y es que desde aquí no le echamos a los de allí la culpa de los que nos pasa a nosotros. Y podríamos hacerlo, porque nada más fácil que inventarse un agravio histórico. Por ejemplo, podríamos argumentar que nuestra decadencia es porque después de apostar por un proyecto común y derramar lo mejor de nuestros esfuerzos en crear una comunidad fuerte de intereses, a mitad de camino, cuando creyeron que ya eran capaces de gestionarlo todo por su cuenta se bajaron del barco y abandonaron el proyecto. Dicho en castizo podríamos desde aquí reprocharles que nos dejaron colgados cambiando el proyecto hispánico por el iluminista masón que obedecía a intereses anglosajones.

    Pero lo que ahora no vale es decir que, como no les ha salido bien el andar por su cuenta, la culpa de España y de sus reyes. Es algo así como un hijo que una vez emancipado, si no consigue vivir como le gustaría, culpa a sus padres de no haberle dado una buena educación o de no haberle exigido que se formara lo suficiente. O simplemente le culpa por haberle parido. La ingratitud no tiene límites y es un deporte universal lo de utilizar argumentos y excusas para culpar a otros de los propios fracasos. Señora Chimpún, ya es hora que cada uno asuma sus propios éxitos y sus propios errores. Sería lo lógico después de doscientos años de independencia.

      Y dicho lo cual, me vengo arriba, y desde aquí le pido, estimada señora Chimpún, que, desde su posición actual, pida perdón a España por dejarnos en la estacada cuando más les necesitábamos. Por su ingratitud y por su resentimiento. Por divorciarse de la hispanidad para irse con una novia progre que le prometió el oro y el moro y ahora le humilla y desprecia.

    Como comprenderá, Señora Chimpún Pardo, estoy bastante ofendido como español por su desaire al Rey de España al no invitarle a su entronización republicana. Y por esa exigencia impertinente de pedir disculpas por el pasado.  No voy a recordarle las muchas razones por las que no es procedente esa exigencia, porque no las entendería, ya que no hay peor sordo que el que no quiere oír.

     Pero por otro lado le doy las gracias porque ha generado una reacción contraria a lo que pretendía. Gracias a Usted se ha enardecido el orgullo de ser español y una enorme parte de la opinión pública española ha reaccionado a favor de nuestro rey y de la reivindicación de nuestra historia. Gracias a Usted  y su desaire, estos días es una conversación común la reivindicación de Hernán Cortés y de toda la labor de Castilla en América. Es justo lo que necesitábamos, una ofensa exterior que espolee a los adormecidos españolitos. Y sobre todo porque nadie se ha enfadado con los mexicanos en su conjunto, sino solamente con su ínclita persona y con el resto de secuaces de su misma cuerda ideológica. 

      Y sepa señora, que gracias a Dios, esto no sólo ha ocurrido aquí, en la parte europea de nuestra comunidad. Personas tan mexicanas como el ya citado Verástegui,  publica en X : “¡No hay que pedir perdón hermanos! Los hijos de los que se quedaron estamos aquí, los descendientes de los conquistadores estamos aquí. No vamos a pedirnos perdón a nosotros mismos”. Todo este lamentable episodio no ha hecho más que recordar y afianzar el hermanamiento de españoles y mexicanos y que no deberíamos consentir que ninguna señora Chimpún venga a romperlo.

      Para terminar esta carta, quería que, si a bien lo tiene, me aclare una pequeña duda, una sospecha que me corroe.  Y así,  por la presente le pregunto, Señora Chimpún Pardo, honorable presidenta, si la inquina al Rey de España realmente le viene por México, o más bien se trata de un resentimiento centenario recibido de su señora madre. Los judíos tienen esa costumbre de no olvidar y casi nunca perdonar. No olvidaron nunca que procedían de las tierras circundantes a Jerusalén, y allá que fueron a instalarse dos mil años después de abandonarla. No olvidaron que fueron expulsados de lo que llamaban Sefarad, y que dicha expulsión fue una decisión personal de la Reina Isabel de Castilla. Tengo para mí, que ahora se le ha presentado una ocasión de exteriorizar todo su rencor personal, que no tiene nada que ver con el interés del pueblo mexicano y sí con su tradición familiar sefardí, y le han servido en bandeja de plata la ocasión de tener una venganza mezquina.   

    Señora Chimpún, voy a acabar esta carta con un deseo, y es que tenga éxito, porque eso será lo mejor también para el pueblo mexicano; con un consejo, y es que mire a los mexicanos y a los españoles, y comprenda nuestra bonita hermandad y no la destruya en nombre de supuestos agravios y por último, si me lo permite, o si no me lo permite también, con un verso del ya citado Rubén Darío, que no era español, sino nicaragüense:

           “Abominad las manos que apedrean las ruinas ilustres”.

En Madrid, a treinta de septiembre del año del señor de dos mil y veinticuatro. Festividad de San Jerónimo.

Fdo. CMG.

CITIUS, ALTIUS, FORTIUS…

     Languidece el verano. Septiembre, en este año de 2024, ha llegado como lo hace todos los años, es decir cuando termina agosto. Y como todos los años, el vendimiario nos trae la llegada del otoño, el equinoccio, el atardecer del año.

    Gracias a Dios todavía hay cosas como estas en las que podemos confiar. Por debajo de la mutabilidad de los avatares atmosféricos, de la temperatura y de las lluvias, que cada año se presentan de manera caprichosa y diferente, hay una inmutabilidad casi geométrica de la astronomía. Los días son más cortos y las noches más largas, la inclinación del sol hace languidecer los días y alargarse las sombras. Las constelaciones acuden a su parcela de cielo con una disciplina y puntualidad suiza, con la misma parsimonia de todos los años, Capricornio, Escorpión, Sagitario se pasean por el horizonte. Gracias a Dios que hay algo permanece inmutable, como si fuera el esqueleto que sustenta la realidad, y a ello podemos asirnos para navegar entre tantas mutaciones y cambios que nos empeñamos los hombres en imponer de manera obsesiva en nuestras vidas.

    Resulta una tragedia que nos tengamos que refugiar en lo obvio para poder mantener la cordura, que tengamos que asirnos a la realidad de la luna llena iluminando la noche cada veintiocho días, a confiar en la tenacidad de las mareas y en la volubilidad de los vientos. La naturaleza se nos ha quedado como lo único en lo que ya podemos creer, en la soga a la que nos aferramos, como una verdad absoluta, para no caer en el precipicio de la locura y en la tiranía de la relatividad. Es la naturaleza el último resorte de la realidad. Fuera de esto todo es variable y mudable, nada perdura. Es el reino de la subjetividad, donde todo es relativo, cambiante y opinable.

        Pero lo más reconfortante es que pese a todo, pese a toda la insistencia por acelerar los procesos de nuestras vidas y de nuestra historia, el tiempo sigue siendo el mismo. La Naturaleza sigue su ritmo inmutable, aunque los acontecimientos humanos se hayan despegado de ese ritmo natural.  Ya lo decía el sabio refranero español, no por mucho madrugar amanece más temprano. Sigue amaneciendo cuando tiene que amanecer, aunque corramos desaforados para conseguir todos nuestros objetivos vitales y nos veamos en los atolladeros diarios de los horarios, los atascos y las ansiedades. Los días son todos iguales pese a que los atiborremos de contenidos.

    Una de las patologías de esta civilización que tenemos, es la aceleración de la vida, la obsesión por la rapidez y la inmediatez de todo. El mundo moderno adora la rapidez, la velocidad, la impaciencia. No es casualidad que el mito olímpico de la modernidad, tenga el prometeico lema de «Citius, Altius, Fortius», es decir más rápido, más alto, más fuerte.

    Recientemente he leído un elogio encendido de la lentitud. Se trata de un ensayo de un autor francés, Laurent Vidal, titulado precisamente así “Los Lentos”. El autor sostiene que precisamente el mundo moderno se ha cimentado en una continua aceleración y obsesión por la velocidad, lo que comparto sin discusión. Así como que este mundo ha ido dejando de lado a los que considera lentos, premiando y fomentando a los rápidos, los resolutivos y los irreflexivos. Esto significa que durante los siglos que ya llevamos de modernidad se ha relegado a los metódicos, a los concienzudos y premiosos. Simplemente no encajan en el sistema productivo, que ha encumbrado la rapidez de la producción como un símbolo de progreso y eficacia social y desde luego como la fuerza motriz del capitalismo.

      Interesante planteamiento que desvela que el mundo moderno y capitalista de Occidente sería impensable sin la aceleración como patrón rítmico de la vida. No comparto sin embargo lo que este autor francés considera como origen de la aceleración del mundo moderno, que para él surge de la asociación que hizo en su día el cristianismo de los conceptos de lentitud con  pereza, y  por tanto considerar a la primera como un pecado capital. No me parece acertada esa causa porque esto supondría que serían acelerados por igual todos los países de origen cristiano tanto católicos como protestantes y esto ya no lo comparto. En mi opinión la aceleración es fruto del capitalismo industrial, o si se prefiere alterar los términos el capitalismo industrial es fruto de la aceleración, ya que se retroalimentan uno y otro. Sea como fuere desde que comienza ese proceso de modernidad van de la mano la velocidad, el capitalismo, la producción en masa, la generalización de la maquinización,  la necesidad de llegar antes y como consecuencia de ellos los automóviles y aviones cada vez más rápidos. Y se hace circular todo, tanto el dinero, como la información, las mercancías, e incluso las enfermedades y epidemias por cualquier confín del planeta a una velocidad de vértigo.  Pero en mi opinión esa  aceleración se muestra de manera más intensa en los países de origen protestante, y tiene su origen y desarrollo en esa ambición de enriquecimiento rápido y acumulación de riquezas que deriva de la ética protestante y calvinista, como ya demostrara Max Weber. Esta y no otra es la verdadera raíz del ritmo demoníaco y desquiciado del mundo moderno.

     Sea cual sea su origen, la obsesión por la velocidad hoy afecta a casi todos por igual a los llamados países occidentales. Y en todos ellos los individuos considerados lentos, siguen siendo discriminados por su parsimonia vital que no se acomoda al ritmo frenético de la vida moderna. Y por extensión algo parecido ocurre con los pueblos que, por decisión, por historia o por clima deciden vivir a un ritmo más pausado, más lento o más contemplativo. Enseguida aparecen los supremacistas de la acción para considerar a esos pueblos o gentes más lentos en su vivir,  como vagos o gandules, cuando quizás no hacen otra cosa que mostrarnos la forma en que deberíamos vivir los demás. Pero esos sambenitos son difíciles de quitar, y si no que se lo digan a los andaluces y en general a los españoles y también a algunos pueblos de Centroamérica, que tienen que cargar con esos tópicos creados por  los muy atareados y atolondrados hombres modernos.

     Y es que la lentitud siempre es relativa, depende de con qué se compare. Aunque vayamos por la carretera a ochenta kilómetros por hora, que es una velocidad enorme, siempre parecemos lentos a los ojos de los velocísimos conductores que nos adelantan con desprecio.  Pero sobre todo, a mi juicio, la lentitud debe de ser liberada de todos los adjetivos peyorativos que suelen acompañarla y que no son sino una campaña de difamación de los fanáticos de la velocidad. Lentitud no es desidia, ni vaguería, ni pereza, ni indolencia. Por el contrario, lentitud es reflexión, trabajo concienzudo, contemplación y armonía con los ritmos de la naturaleza.

      La poesía es lentitud. Es contemplación. El arte todo, si es verdadero arte, es lento. Es un acomodo a los ritmos naturales del universo, que no son lentos ni rápidos, simplemente son los que son. Pero que, hay que reconocerlo, muchas veces nos impacientan.

      La lentitud agranda los espacios, ya que si los recorremos más despacio se hacen más extensos y precisos. La velocidad por el contrario encoge la geografía, la ignora al atravesarla sin reparar en los detalles, solamente como un trámite que hay que cumplir para llegar cuanto antes al destino. Y lo mismo ocurre con el tiempo, quien recorre con lentitud las horas las saborea, puede recrearse en los detalles, puede detenerse en las sensaciones de cada momento. Quien vive deprisa puede hacer muchas cosas, pero la mayoría sin reparar en ellas, de manera distraída y mecánica. La lentitud suprime el aburrimiento, que llega cuando no hay nada que hacer por haberlo hecho todo demasiado rápido.

    La moraleja de todo lo anterior, no puede ser otra que una recuperación de la consciencia en la vida diaria, una llamada a la calma y a la acomodación de nuestro actuar a los ritmos naturales, a las estaciones,  y a la relajación de la acción y a huir de la hiperactividad, aunque ello suponga que tenemos que renunciar a parte de los objetivos que nos proponemos y que su obtención implica un sobreesfuerzo de aceleración. En resumen, un caminar a ritmo lento y reflexivo, en la búsqueda de la paz interior y de la vida simple. Propongo modificar el lema olímpico, conocido de Citius, Altius, Fortius, por el de «tardius, patientius, sapientior», que podría traducirse por «Más despacio, más paciente, más sabio»

AQUELLA VIEJA CASA DE MI NIÑEZ….


Vieja casa que en Castilla me esperaba
y abrazaba alborozada mis regresos infantiles
cuando la escuela dormía en eternos estíos.
Hoy palpita en mi memoria
como un cofre de furtivos recuerdos
que guarda voces apagadas
enredadas en el eco travieso de los duendes
que escondieron del olvido aquella patria de mi niñez.
Varada lejos del mar,
entre jaras, encinas y retamas,
en un pueblo ya olvidado por la historia,
con ventanas que admiran la llanura
y al sol besando el horizonte al nacer.
Hasta su puerta partida bajo el dosel de una parra
llega el tañido de las campanas envueltas en la brisa
y el chasquido de las herraduras en los cantos rodados.
Desde el ventanal se atisba el océano de trigales
surcados por veleros tranquilos que sombrean un río indeciso.
Cristales soñadores tras los visillos
nublados por la polvareda de los rebaños
que acompasa el tintineo de las esquilas
y el rumor de carros cargados de mieses
que arrastran con parsimonia el verano.
Las nubes pasan como bandejas de espuma
sobre el corral donde un viejo mastín
vigila mi imprudencia infantil de derrochar el tiempo
alborotando el plácido zureo de palomas
tras la merienda de pan con membrillo
en un huerto con olor a higuera y laurel.
Guarda en sus muros el sabor de la tierra mojada
y en sus raíces, silencios ancestrales dormidos,
leyendas escondidas en las oscuras alcobas
que despertaban entre susurros
durante las largas siestas de agosto.
Es mi casa la mirada indulgente de mi abuelo,
el cacharreo de mi abuela trajinando,
el olor de las castañas en la lumbre,
el de hogazas crujientes de sartén calentando la fría madrugada,
el de los dulces de almendras machadas con paciencia,
el olor de la vida a fuego lento
en un puchero sin tiempo cabalgando las trébedes.
Cumbres de arcilla sobre cerchas de amor
lienzos de barro y piedra abrigados de cal,
y el musgo en el alféizar para adorar al Niño
en aquellas navidades de villancicos de escarcha
que conducían con el humo al cielo mis plegarias
con el fervor de la leña crepitando en la lumbre.
Tiene mi casa el color de las uvas madurando,
y el frescor del agua que en baldes de latón
emerge del pozo para reposar en las tinajas.
Cobija mi casa un desván, escondite de recuerdos,
donde juega mi disfraz de monaguillo
con un caballo de cartón que cumple años conmigo
para recordarme que siempre seré un niño,
que seguiré apacentando bogallas y bellotas,
y apostando a la taba ser un fiero rey o un fiel verdugo.
Es mi casa con ventanas a Castilla
el puerto umbrío que arribo cuando el sol abrasa
y el amor de brasero cuando tirita la noche estrellada,
y el inventario de vidas en las tertulias
en el fresco poyo de piedra que sujeta su fachada
respirando la brisa agradecida de las noches de verano.
Mi casa, de fríos suelos, cobija en sus techos
tesoros que danzan a resguardo de los esquivos gatos.
Mi casa se enciende de velas implorando piedad a la tormenta,
guarda cántaras de amor, vino y aceite,
y agua bendita para lavar los pecados que nadie sabrá,
y que callará, sin desvelar que nos ha visto nacer,
soñar, rezar, amar y morir en jergones de lana.
Era mi casa badila, cisco y ceniza
en el cálido tabernáculo del invierno
donde humeaban las legumbres junto al pan
en una transmisión circular de amor.
Tus paredes saben del dolor de las ausencias,
del temor a la sequía y al granizo
del color de las mañanas de los soleados domingos
y de la voluntad de virar a sotavento con los suspiros
de los cuerpos juveniles camino de la iglesia.
Mi casa, abrigo del viento solano
confidente de mis primeros versos,
despensa de cuentos, alacena de refranes,
trojes de cantares, paneras de nostalgias.
Santuario protegido por las palmas bendecidas,
cerrado refugio de las conciencias
encamina a las almas cansadas que quieren partir
por la trocha hacia el cielo de la chimenea,
por la que regresan a vigilar nuestro sueño,
a susurrarnos palabras de esperanza
durante la duermevela del monótono rosario.
Mascarón es mi casa que navega el tiempo,
crucero naufragado de mis sueños juveniles,
ya no hay tripulantes que te insuflen vida.
Tus capitanes partieron para siempre. Y yo,
que fui un pequeño grumete navegando tus pasillos
arribé en otro puerto, desde el que te añoro.
Al fin ya somos viejos los dos,
compartimos la misma soledad,
vacías quedaron tus estancias, vacía mi alma.





CODA.- La I.A. ha hecho el siguiente sumario de la poesía, que me ha parecido interesante añadir, para que digáis si estáis o no de acuerdo con este resumen y os parece acertado o no:

«El autor evoca su antigua casa en Castilla, llena de recuerdos infantiles y vívidas imágenes de la vida rural. La casa atesora momentos de familia, tradiciones, y paisajes. A través de la nostalgia, el autor reflexiona sobre el paso del tiempo y la soledad compartida con su querida morada».

CUANDO SURGE LA AURORA

  De vez en cuando, la vida te regala una sorpresa. Hay libros buenos, malos e indiferentes. La mayoría no aportan nada o apenas nada.   Pasan por nuestra vida sin pena ni gloria. Pero algunos, muy pocos, por el contrario,   llegan como una pequeña revelación casi mística, que te llevan, se lo propongan o no, a adentrarte en ese bosque interior en el de que tanto en tanto aparece uno de los claros que perseguía en el bosque la gran María Zambrano. O que te hacen despertar con la luz de la aurora.

    Y hasta mis manos y mis ojos ha llegado uno de esos pocos libros elegidos. Y no se trata de un prosaico manual de autoayuda o de una guía espiritual al uso, sino  de un libro que aunque está escrito en prosa, todo lo que aporta lo hace de la mano de la poesía. De la poesía que rezuma y emborracha cada página, cada reflexión que aprovecha la excusa de aparentar ser un libro de viajes, para revelar que es mucho más que eso, que ha sido escrito por un poeta, que no puede evitar serlo, y que ni siquiera lo intenta.

      Toda la vida he dudado si era posible escribir poesía en prosa.  Me parecía una contradicción en los términos hasta que he leído esta obra. Ahora lo comprendo perfectamente y la recordaré cuando quiera encontrar un ejemplo de lo que significa la expresión “prosa poética”.

      El libro al que me refiero, y que seguramente ya se habrá averiguado con el título de esta entrada, es “La aurora cuando surge” de Manuel Astur   (Acantilado, 2022). https://www.acantilado.es/catalogo/la-aurora-cuando-surge/

"La aurora cuando surge", es un bello libro de viajes

No estoy muy atento a las novedades de los escritores contemporáneos, porque hay tanta y tanta oferta, que es difícil leer todo lo que se ofrece en el mercado editorial  y la mayoría no es precisamente de gran calidad o  es simplemente literatura de consumo. Y no es porque no estén muchos de ellos bien escritos y sean literariamente correctos o incluso buenos. Es que no hay tiempo para perder en determinadas cosas, aunque sean buenas. Comparto con el autor de esta obra a la que me refiero la sensación de estar perdiendo el tiempo cuando uno está leyendo, y diría que hasta disfrutando, una novela, incluso cuando son buenas. Por eso me ha parecido como escrito para mí cuando en esta obra Manuel Astur escribe: “Quiero libros que, como la poesía, no me saquen de mi realidad, sino que me metan todavía más en ella … libros como compañeros de viaje…. Libros que sean como miradores desde los que ver el paisaje de la existencia.”

  Esa es la clave, que los libros, sean de lo que sean, que no se caractericen por ser aquello que se denomina como literatura de evasión, es decir que distraen, que te entretienen y te tienen preso en unas historias ajenas, que lo único que hacen es desconectarte de la realidad. Por el contrario, los buenos libros son los que te conectan más con la realidad, como dice Astur, te metan todavía más en ella. Y los libros más indicados para ello, son precisamente los de poesía, al menos esa poesía que tiene por objetivo el de no ser un mero placer estético, sino de nutrir las raíces que se entierran en la materia para servir de alimento al pensamiento y al corazón.

  Me viene a la memoria las cartas de Séneca donde el cordobés le recomienda a Lucilio que no lea en exceso, sino que lea lo justo, ya que las lecturas desordenadas son un ejemplo de la inconsistencia y desorden intelectual.  Y es precisamente este autor estoico quien está casi diríamos obsesionado por no perder el tiempo, dada la brevedad de la vida. Y si no hay que perder el tiempo en lecturas incorrectas, todavía menos en espectáculos groseros y disolventes que son los en su mayoría se nos ofrecen como menú de evasión cotidiana.

    Casualmente esta entrada estaba pensada casi como un exabrupto para denigrar el chabacano y ofensivo espectáculo con el que París ha inaugurado sus juegos olímpicos, y cuya visión abandoné después de unos minutos para sustituirlos por la lectura de la obra a la que me refiero. Fue como pasar del infierno al paraíso. De un estercolero a un jardín de cerezos en flor. Y por ello no quiero embadurnar con más basura la realidad y dejar en el olvido aquello y recordar y alabar allí donde se muestra la belleza y donde he encontrado el verdadero placer de emplear mis ojos para arañar la costra de la realidad en la búsqueda de lo que debe permanecer en el interior y oculto.

   “La aurora cuando surge”, es desde la primera hasta la última página una delicia de reconciliación con la literatura, con la poesía, con el sentimiento. Porque aporta inquietud, frases bellísimas que sólo un gran poeta puede escribir y conmueve y emociona en todo momento. Y es en particular conmovedor y emocionante la palpitante presencia a lo largo de todo el libro de la memoria de su padre recientemente fallecido, que acompaña al autor por todo su periplo mochilero por Italia, demostrando que uno se puede ir muy lejos pero siempre nos acompañan nuestras raíces como una fuerza querida que se hace presente y nos conecta con nuestro centro, con nuestra esencia, con lo verdaderamente importante de nuestra vida. No hay página que no encierre un pequeño pellizco de los que te dejan pensando, sintiendo o soñando. Utilizando una vez más sus palabras, con esta obra “nos hemos asomado a lo eterno y lo eterno se ha asomado a nosotros”.

     Manuel Astur nos ofrece una joya como “La aurora cuando surge”, y ante ello no cabe otra consideración que darle las gracias por permitirnos disfrutar de ella. Y ello me lleva a considerar que no todos los días tenemos la suerte de que surja la aurora. Casi siempre estamos en una terrible oscuridad permanente, y es esa precisamente nuestra esperanza, nuestro sueño, que alguna mañana, alguna tarde, con la lectura de una obra como esta, como un destello de iluminación, surja la aurora.