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Hace tiempo que no me meto demasiado con uno de mis odios favoritos. Si repaso este blog, al menos en sus inicios eran más frecuentes las alusiones al espantajo vistoso que los españoles tenemos a bien haber colocado al frente de nuestro gobierno. No es que haya decaído mi entusiasmo en combatirle. Es simplemente que prefiero evitarlo a toda costa, su imagen, su nombre, el sonido de su voz. Simplemente espero a que pase, como el cadáver del enemigo, sentado a la puerta de casa. Y ello no porque le desee mal en lo personal, que me trae al fresco lo que le pase al personajillo, sino que ese olvido deliberado lo hago por un instinto personal de supervivencia, por un escrupuloso cuidado de mi propia salud.

    Y es así que a mí me gusta mantener un equilibrio personal, una estancia de la mente en un justo medio, huyendo de altibajos de ánimo. Trato de evitar las estridencias, persiguiendo un estado de pura ataraxia, como aquello que me parece que es lo más cercano a la felicidad. Evito cuando puedo grandes euforias y tristezas exageradas, persiguiendo una calma búdica, alejada de las grandes pasiones. Así intento vivir y a veces incluso lo consigo. Pero en ese “camino del Medio” de andar por casa, de todo a cien, que se mantiene en un precario equilibrio, hay un peligro ya reconocido. Cualquier tranquilidad y calma desaparece en mí, en cuanto aparece por cualquier resquicio audiovisual la imagen o la voz del Presidente del Gobierno.

    Reconozco que la cosa se me ha ido de madre y es completamente patológico, pero sólo oír su voz -en particular la forma en que pronuncia la letra “p”-, me genera un desquiciamiento total. En el momento en que percibo su presencia visual o sonora entro en un estado de rabia, furia e iracundia descontrolada, quiero romper todo lo que se encuentra a mi alcance, quiero lanzar el mando a distancia contra la pantalla de tropecientas y cinco pulgadas por la que asoma, quiero arrancarme los pelos, quiero conseguir furiosamente un lanzallamas con el que destrozar todo lo que me lo recuerde.

    Y esto no está bien. Soy consciente de ello. No es bueno para mí ni para todo lo que está a mi alrededor. Pero el problema se va agravando. Antes me molestaba lo que decía, lo que defendía, sus trapacerías verbales, su ridiculez chulesca, sus mañas, sus mentiras, su falsedad, su discurso. Pero esto quedó atrás, ahora me molesta profundamente su mera presencia. Me molesta que en mi horizonte aparezca su cara, antes llena de cráteres provocados por la viruela y hoy lisa como el culo de un bebé, me molesta su mechón blanco que crece y decrece según las ocasiones, me perturba el bamboleo de brazos mientras camina, me da repelús sus juveniles vaqueros marcando paquete, su cuello con corbata y sin corbata, y su tono susurrante de encantador de serpientes, o mejor dicho de serpiente encantadora de hombres. (Sólo esta breve relación de atributos presidenciales me hacen mantener un indescriptible rictus de asco y grima, la boca enarcada hacia abajo y un cosquilleo recorriendo la rabadilla). Todas ellas son visiones y sonidos que no quiero en mi vida, que quiero fuera de mi vista, de mis recuerdos, de mi pensamiento. Por esta razón cada vez me asomo menos a los medios de comunicación, ya que últimamente, está por todas partes, es imposible evitar su presencia.

       Nunca jamás había sentido nada parecido por nadie. Tiene el especial talento de que rebusca y encuentra lo peor que hay en mí y además tengo la sensación de que disfruta con ello. He presenciado todo tipo de políticos por televisión, y como es natural unos me han caído mejor que otros. Algunos fatal es cierto,  pero nunca jamás había desarrollado tamaña aversión por nadie.  A los demás les he criticado su discurso, o puntualmente sus maneras o conductas, pero con ninguno de sus colegas de cualquier parte del espectro político,  había conseguido llegar al extremo de comprobar que ya me da igual lo que diga, simplemente deseo olvidarle, ignorarle, suprimirle de mi mente y como no deseo mal a nadie, sólo quiero que desaparezca de las pantallas y pase a ser un jarrón chino, que es como Felipe González definió acertadamente a los expresidentes de gobierno, por aquello de que decoran mucho, pero nadie sabe dónde colocarlos.

    Pero mi propósito es vano. Cada vez está más presente. Como se cree molón abusa de su imagen y ya sea sólo, o en compañía de ese ser de aspecto andrógino que pasa por ser su cónyuge, se presenta en todo tipo de entornos. Como si fuera el novio de la Barbie  nos va presentando su imagen en distintos entornos para que conozcamos el pueblo llano lo que es ser un presidente del gobierno . El presidente monta en el Falcon. El presidente en Indonesia, con su señora y vestido con los colores de Ucrania. El presidente pasea por Europa con su groupie favorita, la “Fonderlayen” (observen las infinitas sonrisas  y caídas de ojos de Doña Úrsula en su presencia). El presidente baja del Falcon en Albacete. El presidente se va de vacaciones pagadas por mí a Lanzarote. El presidente descansa en Doñana. El presidente en la cumbre de la Otan rivaliza con Macron en donosura y savoir faire. El presidente sube de nuevo al Falcon. El presidente se reúne con el pueblo elegido en la fortaleza de la Moncloa  ( aclaro que cuando hablo de pueblo elegido no me estoy refiriendo a una reunión con los judíos –eso quizás será la próxima temporada- sino con los ciudadanos españoles cuidadosamente escogidos “al azar” de entre los afiliados a su partido para reírle las gracias o al menos no pitarle). El presidente hoy por fin no monta en el Falcon, porque va a dar un empujón al Rey inaugurando un Ave….. La relación es interminable, y para concentrarlas todas juntas, parece ser que ha grabado una serie de televisión con la que amenaza castigar con su visión en la próxima edición del Código Penal pactada con terroristas y separatistas, y como pena para quienes se atrevan a no votarle en las próximas elecciones. Sólo nos queda esperar que los amigos que tiene colocados en el Tribunal Constitucional después de ver la serie entiendan que sigue siendo inconstitucional la tortura.

 Quizás algún lector se esté preguntando por las cuatro letras que sirven de título a esta entrada. Y los más perspicaces habrán pensado que se trata de un acrónimo. No van descaminados. A la hora de poner un título pensando en el personaje al que están dedicadas estas líneas, me sugería a mí mismo algunos títulos como QEPD , RIP, …. Pero finalmente me quedé con una frase que leí en una pancarta con la que le recibieron en nosequé ciudad, y que es la que mejor expresa mis sentimientos Q.T.V.T., o lo que es lo mismo: QUE TE VOTE TXAPOTE.

¿FRANCIA O ARGENTINA?

El Mundial de fútbol es un buen termómetro que me sirve para evaluar el estado de mis filias  y mis fobias en relación con los países que compiten. Tengo muy claro que mis odios favoritos son los descendientes de las Provincias Unidas, es decir Holanda, que ahora se empeña, en que le llamemos Países caídos, o bajos o hundidos o algo así. Y por otro lado Bélgica, quien en los últimos tiempos ha renovado sus votos de odio a España acogiendo al catalufo huido y dando cobijo a cuanto etarra y delincuente pide allí refugio..

    En mi escalafón de desafectos luego aparecen Francia e Inglaterra por razones históricas evidentes. Los primeros nos endilgaron a los borbones, luego nos invadieron y siempre nos han mirado por encima del hombro como si fuéramos los parientes pobres, los subdesarrollados vecinos  del Sur. Los segundos se inventaron aquel libelo de llamar a la Gran Armada como la “invencible” para reírse de nosotros, aunque luego palmaran ellos muchos más barcos en la “Contraarmada”, una de las derrotas navales más humillantes de la historia de la humanidad y por supuesto más olvidada. Luego nos han apabullado con ese idioma cacofónico que parece que hay que saber por ley natural, por no entrar en la presente humillación a que nos someten manteniendo sobre una parte de Andalucía la única colonia que permanece en Europa.

   Para que no se diga que no me cae bien nadie, diré que entre los europeos sí que me caen bien y deseo en general que ganen sus partidos, países como Italia o Portugal, o Irlanda. Otros muchos me son indiferentes y puedo irme con ellos o no en función de su juego, del momento concreto o lo que sea. Por ejemplo Austria, Grecia, Alemania, Polonia, Rusia etc.

   Pero hablando de fútbol no se puede dejar de mencionar a los países de las selecciones americanas. En general las apoyo y tienen mis simpatías, salvo que haya algún jugador en concreto que la contamine. Pero cuando ese jugador desaparece recupero los afectos. Tienen todas mis simpatías, Colombia, Méjico, Uruguay, de entre las más destacadas en el mundo futbolero. Con Brasil tengo variaciones muy intensas de afecciones, como si fueran alteraciones ciclotímicas del humor, a veces me encanta y otras no puedo ni verla. Y es incontrolable, y no sé cuándo voy a pasar de un sentimiento a otro.

    Y así llegamos a Argentina. Yo con Argentina tengo que hacer un esfuerzo intelectual para apoyarla. A primera vista no me resultan simpáticos, quizás porque en cierto modo son como los franceses de América, que miran un poco por encima del hombro a todos los demás. Por ello tengo que hace el ejercicio de recordar que es un país hermano, que conozco argentinos que son buenos tipos. Que individualmente me caen bien y tienen una visión del mundo parecida a la mía. Tengo que convencerme que no hago bien deseándoles el mal.

      Dentro de un par de días se juega la final del campeonato del Mundo de fútbol entre Francia y Argentina. Y me surge la pregunta que me han hecho ya varias veces ¿con quién me voy?. Debería contestar sin vacilar con Argentina. Pero …..

   Francia además de los prejuicios mencionados, pesa en mi ánimo contra ellos, en este caso futbolero en concreto, que es uno de los principales artífices de que se haya organizado este campeonato en Qatar. Se ha sabido que Nicolás Sarkozy, habría supervisado personalmente un trato corrupto en beneficio de Catar en una reunión secreta en el Palacio del Elíseo, el 23 de noviembre de 2010, con el príncipe heredero de Catar, Tamin bin Hammad al-Thani, Michel Platini  (léase “platinííí”, poniendo boquita de piñón), entonces presidente de la UEFA y Sebastián Bazin, propietario del París Saint-Germain. En la reunión, al parecer, se acordó que Platini votaría a favor de Catar y, a cambio, el país árabe ayudaría a superar la quiebra financiera que sufría el PSG. Le regalaron el Paris Sant Germain a los jeques cataríes para que con su dinero infinito pudiera lucir París un equipo de primera fila y conseguir superar así a un odioso equipo que en una capital de menor fuste consigue birlarle todas las copas de Europa. Por desgracia para ellos desde el año 2010 el Real Madrid ha ganado cinco títulos europeos por ninguno del equipo de la Ciudad de la Luz.  Y por cierto este mundial si no hubiera sido por estas corruptas maniobras lo habría organizado España y Portugal, países mucho más futboleros que Qatar, que tiene por deporte nacional la represión de homosexuales y la humillación de las mujeres. Pero,  Oh lá lá!, Francia consiguió el mundial para Qatar, y ahora éste le devuelve el favor colocando a Francia en la final y probablemente haciendo que lo gane. No me quiero ir con Francia. La presunta “grandeur” no es otra cosa que una mezcla de corrupción y prepotencia, hoy encarnada en el grimoso globalista Macron, cuya visión me recuerda demasiado al presidente español como para que me pueda caer bien.

   Entonces, después de todo lo escrito, está claro que debería irme con Argentina. ¿no? Es lo lógico. Y así debería ser. Pero creo que me lo ponen imposible. Cuando se trata de futbol los argentinos se vuelven seres abyectos y se comportan como unas desquiciadas verduleras cuando no como la mismísima niña del exorcista. No es que en general el forofo futbolero no sea en cualquier lugar un boludo por usar sus palabras. Pero en el caso de los argentinos roza el delirio surrealista. Sale a relucir un míster Hyde en cuanto empieza a rodar el balón, y si se trata de la selección nacional, la cosa se va de madre. No hay más que recordar la veneración casi sacrílega que tienen por un chulo cocainómano, cuyo mayor mérito en la historia es haber metido un gol con la mano.

     Pues bien un ejemplo de energumenismo lo tuvimos el otro día, en el que en un partido cualquiera de este mundial un árbitro español tuvo la osadía de pitarles algo que no les pareció bien y ello llevó a un periodista argentino, un tal Alejandro Fantino, a despacharse con las siguientes palabras “…. unos hijos de puta (los españoles), boludo. ¿Cómo no te vas a enojar? Los roban a Uruguay como los roban. …. ¡Son unos ladrones! Hace 500 años que nos roban, hace 500 años nos robaron el oro, la plata, nos trajeron enfermedades y nos hicieron mierda ¡Y ahora nos siguen garchando estos hijos de puta! ¡Hijo de puta! ¡Ladrones hijos de puta! ¡Ladrones! ¡Soretes! ¡Chorros! .

    Aunque se entiende casi todo, se aclara que en lunfardo “garchar” significa coger en el sentido que le dan por aquellas tierras; “Soretes”, es algo así como una porción de excrementos y “Chorros”, los que son amigos de lo ajeno (¿Se referirá la expresión a los chorros de pasta que se ha embolsado Cristina F. K.?)

     Hecha esta aclaración, lo relevante es la continua aparición de los tópicos negrolegendarios contra España a las primeras de cambio. Para los que niegan la existencia de la leyenda negra o la ven como algo del pasado hoy superado, esto es un ejemplo de que eso no es así, que sigue siendo un argumento que sale a relucir contra España y los españoles en cuanto se da la primera ocasión. Se puede argumentar que ese señor es un descerebrado, que lo es, con el atenuante de obnubilación futbolera transitoria, y que afortunadamente no todos los argentinos son así. Pero aunque todo eso es cierto, también lo es que ese tipo no hubiera utilizado esa sarta de tópicos antiespañoles si no estuvieran flotando por el subconsciente colectivo de  las gentes que forman esa nación y posiblemente muchas otras.

   No voy a perder demasiado tiempo en rebatir los argumentos, que son grotescos en un argentino  que tiene apellidos europeos, ya que sería él mismo el culpable de los males que acusa. Además, que un argentino, patria de los Kirchner, llame ladrones a los españoles por robar plata es un tropo poético pendiente de darle nombre porque soy incapaz de encuadrarlo en ninguna de las categorías habituales (En todo caso le recordaría aquello de la Venganza de don Mendo: “sabed que a mi lo hiperbólico no me resulta simpático”).

     Además este ultra fanático argentino al llamar ladrones a todos los españoles sin excepción, sin saberlo está insultando a su idolatrado Messi, que aunque él no lo sepa tiene nacionalidad española (como casi todos los jugadores argentinos que juegan o han jugado en Europa, entre ellos el propio Messi, Ángel Correa, que juegan en la selección actualmente y otros muchos  del pasado como Kun Agüero, Jorge Valdano, Cholo Simeone, y el mismísimo Alfredo Di Stefano) .

  Me gusta el fútbol, pero detesto el mal gusto y la estética forofera que lo rodea. Lo vivo con pasión cuando es mi equipo o mi país los que juegan, pero intento por todos los medios no traspasar los límites de la educación y de la elegancia y no caer en la extravagancia de las chusmas desatadas, que parecen tener bula para exhibir lo más cutre de la sociedad cuando se juntan en manadas a celebrar una victoria o cuando sin pudor lloran hasta el exceso las derrotas.

   En fin, volviendo a la elección de mi favorito, creo que Francia tendría a su favor que en general sus aficionados son algo más elegantes, más cercanos a los españoles en lo europeo y en el campo estético. Pero pese a todos los agravios, siento que Argentina es, como diría un mafioso, “uno de los nuestros”. Quiero olvidarme de ese periodista y sus insultos y excesos verbales, quiero olvidarme de los escupitajos del maleducado Messi, del cura Bergoglio y de algunos otros parecidos. Prefiero quedarme con el amor a España que tenían Juan Domingo y Evita, o Yrigoyen, o Enrique Larreta. Y en el mundo del Fútbol me quedaré con el saber estar y continencia de Valdano, con el afecto de Andrés Calamaro, y con tantos y tantos otros argentinos anónimos que me he cruzado en la vida y que he sentido como personas cercanas, mucho más que los engallados franceses.

A pesar de todo, haciendo de tripas corazón, pondré la otra mejilla, y apoyaré sin reservas a Argentina. Qué Dios reparta suerte.

MI MEMORIA HISTÓRICA

 Acaba de aprobarse en España la enésima disposición sobre la llamada “memoria histórica.”, en esta ocasión se le ha denominado como “Ley de Memoria Democrática”, aunque es familiarmente conocida como “Ley Bildu”, por las exigencias y concesiones que se hace en la misma a esta organización política, heredera de la banda terrorista Eta.

 La ley es infumable en mi modesta opinión y un ataque consciente y deliberado a la libertad de expresión, a la libertad de pensamiento, a la  libertad de cátedra, y al sentido común. La ley es el fruto de la ideología que la sustenta, que es la de imponer una visión de la historia sobre otra, es lo mismo que se hizo en el franquismo, pero peor. Porque al menos ellos tenían la disculpa de haber ganado la guerra. Con la ley de Memoria democrática se aprueba una ley totalitaria, censora y revanchista, que deja sin reconocimiento al dolor padecido en el llamado bando nacional. Solo el sufrimiento de los republicanos es legítimo. Lo que nos dice esta ley es que los  que fueron asesinados por defender la Cruz o por defenderse del comunismo están bien muertos, se lo merecían y por ello sólo les corresponde el olvido y la vergüenza. Y ello a diferencia de los que defendieron la República, los que lucharon por la hoz y el martillo estalinista, que hicieran lo que hicieran estuvo bien hecho.  Paracuellos fue una matanza legítima.

   Con la actual ley se traspasan todas las fronteras del sectarismo y  el rencor.  Excede con mucho lo que perseguían las anteriores leyes, ya excesivamente tendenciosas, pero que tenían una justificación en el hecho de  que  buscaban dar reconocimiento a las personas que formaron parte del bando republicano a los que había ignorado el régimen de Franco.  Pero eso ya no basta, lo que la ley actual dice es que hay que borrar al contrario, eliminarlo, proscribirlo de los libros de historia.

     Pero no quiero extenderme demasiado en las maldades e iniquidades de la injusta, revanchista, rencorosa y nefasta ley que nos han procurado los apologetas de las checas, las sacas, los paseos que  nos gobiernan actualmente, sino más bien intentar hacer una reflexión de mi situación personal acerca de este tema a lo largo de mi vida.

     Lo primero que quiero afirmar es que realmente mi experiencia personal sobre la memoria de la guerra civil es más bien escasa. En mi casa y en mi familia se hablaba muy poco de la guerra en términos políticos. Sí como una referencia al pasado en el que había escaseces, o cartillas de racionamiento, miedo, o inseguridad … pero no guardo una experiencia que me hiciera sentir la guerra civil como una tragedia familiar, que afortunadamente para mi familia no lo fue, salvo alguna excepción que indicaré.

     Lo cierto es que mi padre tenía escasamente doce años cuando estalló la guerra y mi madre apenas uno, por lo que no lo vivieron como combatientes o con mucho uso de razón. Y también que mi padre murió cuando yo tenía 7 años, por lo que no pude tampoco conversar sobre este tema, por razones obvias.  De la generación que vivió la guerra ya en edad adulta, sólo mi abuela materna vivió lo suficiente para transmitirme alguna referencia. Y lo cierto es que no recuerdo ninguna conversación sobre este tema. Ella no me contó nada por su propia iniciativa y yo tampoco le pregunté. Creo que nos interesaba más el presente que el pasado. Lo que quiero transmitir es que al menos en mi familia era un tema no habitual, no presente, no cotidiano. Ahora quiero entender que esto era porque tal vez fuera una parte de un pasado que no apetecía recordar. Puede que esto fuera porque no hubo un trauma familiar concreto. Y porque la mayor parte de mi familia, según creo, se encuadró dentro del bando de los ganadores.

     Es posible que yo esté desinformado y no me haya enterado de algún agravio concreto, y puede también que mi memoria no funcione correctamente, y que no recuerde cosas que me hubieran contado mis tíos u otros allegados de más edad. En todo caso no han quedado fijadas para poder recordarlas ahora y escribirlas en estas líneas. Soy consciente de que se fijan en la memoria de manera más intensa los agravios, las humillaciones, las vejaciones, el sufrimiento y sobre todo el haber sido víctima directa de algunos de los horribles crímenes que se cometieron por todas las partes en lucha. Si a mi abuelo lo hubieran “paseado” cualquiera de los dos bandos, con toda probabilidad mis padres no lo habrían olvidado y guardarían un rencor hacia sus ejecutores, sean de bando que fueran. Creo que me hubiera enterado de ello. Por el contrario, si mi abuelo hubiera sido de los que salían a realizar ejecuciones de otras personas, probablemente no gustaría recordarlo. Pero seguramente me lo hubieran hecho saber algunos de los que lo hubieran padecido o sus descendientes.

       Esto ya me proporciona una primera reflexión y es que la memoria es como un barco que sirve para transportar los agravios al presente, para actualizarlos. La memoria es a menudo un cargamento de rencor. Esto la diferencia netamente de la historia que actualiza hechos asépticos, acontecimientos pasados de los que se pueden más o menos aprender, pero no están pasados por el tamiz de los sentimientos personales. La memoria es selectiva, fija lo que nos interesa recordar y suprime lo que consideramos innecesario o lo que nos hace daño actualizar. La memoria retuerce la realidad como si fueran los espejos del callejón del gato. Es profundamente traicionera. La memoria es además necesariamente subjetiva, y frente a ella la historia es o debería ser objetiva. Por ello hablar de “memoria histórica” es una contradicción en los términos. Una aporía. Porque o bien es memoria, es decir recuerdo personal deformado por sentimientos, por intereses, por olvidos voluntarios o involuntarios y además siempre fruto de una visión parcial y no siempre contrastada, o es historia que como disciplina científica debe ser objetiva, partiendo de hechos probados, e incontrovertidos. 

     Pero si el concepto “memoria histórica” es contradictorio, no es una contradicción desinteresada, sino que es un importante instrumento político que consiste en suprimir de hecho la historia como realidad objetiva, para sustituirla por una ensoñación que viaja a través de la mente de determinados individuos, que descarta y pretiere la visión o recuerdos de otras personas, y que por razón de la  acción política se quiere que se convierta en un sustrato colectivo e indiscutible. Una especie de «ídolos de la tribu» de los que hablaba Bacon. Y así la “memoria histórica” se transforma en lo que se denomina “memoria democrática”, que es tanto como decir que los recuerdos dejan de ser algo personal, autónomo y espontáneo y se convierten en un elemento valorativo del pasado. Solo es memoria legítima y tanto historia legítima, aquello que lleve el marchamo de “democrático”. El resto debe desvanecerse en el olvido, como los personajes que desaparecían de las fotografías de Stalin.

      Por supuesto para esta  reciente ley “democrático” es lo que defendió un bando en la Guerra Civil y no el otro. Afirmación falsa donde las haya porque en sentido estricto la democracia no estuvo para nada presente en ninguno de los dos bandos que lucharon en la Guerra Civil. Si demócrata no fue el bando nacional, todavía menos lo fue el republicano, que defendía sin remordimientos un régimen soviético. A menos que tengamos que aceptar que las democracias populares del telón de acero son más aceptables que la democracia orgánica de Franco.

      Y para legitimar y blanquear retrospectivamente a uno de los bandos de la guerra se utilizan los medios habituales por los que el poder se impone. En primer lugar se emplean los medios de comunicación y de influencia social, como es el cine y medios audiovisuales, en los que solamente se cuenta una parte de la realidad, pero de manera que se genera la sensación de que eso fue lo real.  Y cuando con ello no es suficiente se refuerza con leyes que suprimen de un plumazo la realidad de lo acontecido y la sustituyen por propaganda retrospectiva. Y ya en el súmmum de la arbitrariedad y el fanatismo, se prohíbe al contrario ni siquiera conservar los sentimientos que navegan en su propia memoria personal. Se prohíbe, se sanciona, se censura el pensamiento y la memoria personal cuando es «no democrática» , pero eso sí, quienes lo perpetran siguen siendo demócratas.

   Y tras esta introducción que sin querer ha sido demasiado extensa, regreso al verdadero propósito, qué es el de repasar mi vivencia personal o mejor dicho familiar, y por tanto a la memoria familiar y personal. Y en relación a ellos ello quiero destacar y centrarme en dos cuestiones.

    La primera de ellas es que sí que tuve un familiar cercano, mi tío abuelo paterno, que murió en combate en la guerra. Militar de carrera murió en el Alto de los Leones luchando por lo que creía correcto. Siempre lo supe, pero no pasó durante muchos años de ser para mí un dato, un hecho que no me había generado demasiada reflexión ni emociones particulares. Pero esta situación cambia ya que según la ley de Memoria democrática (artículo 3 párrafos 1 A y 3), son víctimas los fallecidos como consecuencia de la Guerra después del 18 de julio de 1936 y también los parientes colaterales hasta el cuarto grado, por lo técnicamente al ser sobrino-nieto de un fallecido en la guerra, soy una víctima para esa malhadada ley. Además el artículo 1.2 de la Ley dice que el objetivo de la misma es “recuperación  de la memoria personal , familiar y colectiva”. Dicho y hecho. Me he puesto a investigar y a conocer los pormenores de los acontecimientos que rodearon a la muerte de mi tío abuelo. Y por supuesto esto ha hecho que me haya dedicado a buscar lo que ocurrió en esa montaña que era conocida como el alto del León y desde entonces como el “Alto de los Leones de Castilla”.  He leído con pasión los hechos de la encarnizada lucha que tuvo lugar en el puerto de Guadarrama para por un lado evitar que las fuerzas republicanas salieran de la provincia de Madrid hacia Castilla la Vieja y defender con ardor la posición en una lucha sin cuartel por cada metro cuadrado. Me he encontrado a militares valerosos, luchando cuerpo a cuerpo las órdenes del heroico Coronel Serrador, unidos a idealistas de la falange como José Antonio Girón de Velasco , o como el que fue matado a traición por una partida de milicianos cuando se acercaba al frente en el segoviano pueblo de Labajos, Onésimo Redondo.  Todos ellos luchando hasta la extenuación bajo el abrasador sol del mes de julio, defendiendo cada metro, hasta conseguir tomar la explanada donde estaba el monumento del león, al que un joven falangista bajo una lluvia de balas llevó una rosa en la boca y la depositó en la estatua. Fueron hombres imbuidos por un ardor y motivación que les hacía perder la vida con orgullo de luchar por lo que creían y que era defender a todo un pueblo de caer bajo el yugo de la esclavitud soviética. Todo ello fue al  comienzo de la guerra y era un objetivo militar vital para ambos bandos ese puesto, defenderlo para los alzados era defender toda Castilla la vieja y que no cayera en manos del Gobierno de Madrid.

Encontré en la Revista de Historia Militar (Del Servicio Histórico Militar), número 52, publicada en 1986 (https://publicaciones.defensa.gob.es/media/downloadable/files/links/R/E/REVISTAS_PDF653.pdf) un minucioso estudio del Coronel D. Ricardo Serrador Aniño, en el que aparece mencionado en tan heroico episodio la llegada desde el Cuartel de la Victoria de Salamanca del Comandante Don Juan Antonio Toribio de Dios, precisamente mi tío abuelo. Murió atravesado por las balas de los rojos defendiendo bravamente la conquista del Alto del León conseguida unos días antes y fuertemente acosada por los milicianos y por los bombardeos de los Tupolev rusos. También estuvo allí y fue  herido otro familiar, un primo de mi padre D. Cástor Manzanera, quien afortunadamente sobrevivió y al que conocí mucho de niño y aprecié sinceramente su actitud siempre cariñosa hacia mí y mis hermanos. Me siento orgulloso de ellos como de tantos otros españoles que lucharon por sus ideales. Profundamente orgulloso de que una parte de mi familia haya dado su sangre defendiendo a España de las hordas marxistas y ninguna ley me va a hacer cambiar de opinión. Quizás me obligue a ocultarla como ocurre en los regímenes totalitarios, pero no a renunciar a mis sentimientos. No sé si era el objetivo de la Ley, (estoy seguro de que no lo era)  pero en mi caso ha conseguido que investigue los hechos de la historia y que los hechos me emocionen y se conviertan en parte de mi memoria, aunque sea libresca, y no transmitida directamente por mis ancestros.

  Pero quiero además entresacar de mis muchos años una segunda experiencia sobre el recuerdo de la guerra. Ello me lleva al año 1981 aproximadamente. Estamos celebrando una tranquila merienda familiar con mis tíos abuelos maternos con los que siempre mantuve una muy estrecha relación y afecto. Todo iba bien hasta que mi hermana mayor le anuncia a mi tía abuela que se va a casar y que lo va a hacer una persona de su mismo pueblo. Esperábamos la enhorabuena, cuando en realidad se produjo lo contrario. Mi tía cambio de cara, y dijo que no se alegraba en absoluto, que esta persona era de una familia que les había hecho mucho daño en la guerra y que lamentaba emparentar con ellos (realmente ya tenía ciertos vínculos, pues un concuñado suyo era de esa misma familia, padre del novio de mi hermana) . En ese momento, yo, que tenía 16 o 17 años no entendí nada, no sabía en realidad de qué estaba hablando mi tía, ya que como dije, vivía al margen de la realidad de aquella guerra, que para mí era cosa del pasado y cosa de otros.

Ello me llevó a indagar y llegué a saber que mi bisabuelo materno, llamado Baltasar, era republicano e izquierdista y que efectivamente los falangistas del pueblo entre los que estaban algunos miembros de la familia del novio de mi hermana, debieron causarles sufrimientos. No sé exactamente qué pudo llegar a pasar, desconozco los hechos concretos, pero fueran lo que fueran mi tía no los había olvidado. En cualquier caso, por ese medio llegué a saber que mi abuelo Agustín era de familia republicana e izquierdista. Murió mi abuelo cuando yo tenía siete años, pero esta corta edad me bastó para tenerle por la persona más buena y cariñosa del mundo. Nunca hablé con él de política obviamente, pero sí que puedo decir que mi abuelo, que era médico, fue durante más de veinte años alcalde de un pueblo de Salamanca, cuando los alcaldes eran todos ellos hasta los de los pueblos más pequeños controlados por el Secretario General del Movimiento y los Gobernadores Civiles. Mi abuelo, de familia republicana de la que nunca renegó, fue muchos años alcalde durante el franquismo, y su hija, mi madre, se casó con un militar del mismo pueblo que él y que era sobrino del comandante que murió en el Alto de los Leones defendiendo la causa de Franco.

      Creo que la moraleja está clara. La primera es que el franquismo era más integrador y conciliador en muchos casos que lo que lo son los actuales mandatarios. Y otra es que muchas personas que vivieron la guerra dieron una lección de superación de rencores y convivencia. Y que algunos de los nietos han sufrido una recesión en el proceso de perdón y acercamiento entre españoles y han rescatado el odio y el rencor que se destapó en la guerra y no soportan que hubiera habido un entendimiento, una superación de los traumas causados, que hubiera habido una reconciliación real entre las gentes, con todos los matices que se quieran. Por la sociedad española, se ha tenido muy claro que la vida sigue adelante y que incluso con su dosis de injusticia es preferible el olvido a la memoria.

Esta reflexión me ha hecho recordar algo que leí hace ya muchos años, era un escrito denominado «diálogo entre el Olvido y la Memoria» de Cristóbal de Castillejo, que ya en el Siglo XVI, consideraba mucho más sensato, más terapéutico para el bienestar de las personas y de los pueblos el olvido que la memoria.  Reproduzco algunos de los argumentos del Olvido, y reproches que le hace a la “Memoria”:

 

Dime tú, Memoria, di, 
que presumes sin derecho,                
¿por qué causa el mundo a ti            
loa y precia más que a mí,                
que le soy de más provecho?            
Tú con tu importunidad                    
les causas guerra contina,                 
yo paz y tranquilidad;           
éreles enfermedad,                
yo salud y medicina.
…
Las dulces cosas pasadas,                 
acordadas, dan pasión,                      
y las duras y pasadas,            
también, no siendo olvidadas,                      
aprietan el coraçón;

RESISTIRÉ… (pero sin el Dúo Dinámico)

 

 En una  reciente entrevista televisiva, el escritor y polemista Arturo Pérez Reverte afirmó que el mundo que conocemos y en el que estamos viviendo se está acabando. Asimismo afirmó que no tiene solución, pero que lo que sí tenemos es la opción de elegir la manera de acabar, o bien terminar pataleando y resistiéndonos, o bien aceptar el fin con naturalidad. Consideraba que la opción correcta era la segunda y al efecto proponía educar para que nuestros niños y también los mayores asuman y acepten un ocaso sereno y digno.

   Realmente se refería a que nuestro mundo está acosado por el empuje de las fuerzas mundiales emergentes, tales como el Islam, las migraciones africanas y la enorme fuerza de China y otros frentes exteriores que nos acosan y nos acabarán destruyendo. Frente a ellos, en su opinión, no tenemos nada que hacer los países occidentales, profundamente debilitados y delicuescentes. Y en esto puede que tenga razón.

    No se refería este escritor sin embargo a otros ataques a nuestra forma de vida, que no vienen de potencias extranjeras, sino de fuerzas disolventes que tenemos en nuestro interior. Ignoraba, no sé si consciente o inconscientemente, a las ideologías que como una plaga se extienden por nuestra sociedad, alentadas no por otros países sino por fuerzas políticas instrumentadas por grandes magnates y poderes financieros. No tiene un nombre preciso este enemigo, ni una cabeza visible, aunque sí muchos tentáculos menores que nos aguijonean.

      Lo cierto es que la persistencia de estas fuerzas internas que dominan a los países y sociedades occidentales son una de las claves de  nuestra debilidad exterior frente a esas otras potencias. La  forma de vida y valores que propugna  la ideología dominante en España y en toda Europa, nos hacen más débiles cada día.   Y no de una manera indirecta sino de una forma esencial, ya que lo que se defiende desde esos postulados es la existencia de un ser humano sumiso, pasivo y bastante atrabiliario, que cree vivir en un parque de atracciones donde nada puede hacerle infeliz. Un tipo humano sometido a una especie de ensoñación en la que juega a salvar el planeta si deja de generar humo, en la que cree que por vivir en unos países que se entretuvieron en pintar cuadros y componer sinfonías, en los que se construyeron palacios y catedrales, no puede ser atacado por la realidad. 

    Esta posición no es otra cosa que una suerte de pensamiento mágico conforme al cual por mantener actitudes éticas según nuestro criterio vamos a triunfar, y que se alimenta de una superstición basada en que necesariamente ganaremos porque somos los buenos, los más guays del planeta, los que tenemos mejores sentimientos, y las intenciones más elevadas. Eso sí, siempre que respetemos y veneremos a todos los santones e ídolos del panteón de la progresía. Pero a pesar de la confortabilidad en la que nos mantiene sumidos, esta burbuja en la que vivimos encerrados, no nos protege de la insensibilidad y barbarie de quienes no comparten nuestra visión del mundo. De nada nos va a valer la técnica del avestruz.

 Con nuestra superioridad moral impostada estamos inermes ante la dependencia económica y energética de terceros, ante invasiones migratorias, ante ataques informáticos, y tampoco estamos protegidos de los misiles y de los ejércitos que se mueven por el tablero de risk mundial. En suma, estamos indefensos, pero además estamos confiados en nuestra invulnerabilidad e ignorantes de todo lo que se nos puede venir encima.

     Y aquí es donde vuelvo a la opinión inicial del autor de “Alatriste”. Lo que nos propone es que frente a esas invasiones y ataques nos quedemos aceptando serenamente nuestro destino y sin oponer resistencia. Si se tratara de una violación, este escritor lo que recomendaría a la violada es aquello de “relájate y disfruta”. No vale la pena oponer resistencia ante la inevitabilidad del mal. Pero yo no puedo estar más en desacuerdo.

       Esta posición de relajación ante lo supuestamente inevitable es una actitud cobarde, claudicante y complaciente con los poderes a los que supuestamente critica. En mi opinión la única opción éticamente admisible es oponerse con todas las fuerzas posibles a la dominación por nuestros enemigos. Luchar y resistir hasta donde sea posible. Entiéndase por tales enemigos a China, a Estados Unidos, a los países Islámicos, y a todo aquel que se quiera plantear que tiene derecho a dominarnos y a imponernos otra forma de vida para satisfacer sus intereses. Y en realidad quiero dejar claro que a mí me da lo mismo como esos países quieran vivir y las costumbres que quieran mantener. Es su problema y creo que hay que respetarles, siempre y hasta el momento en que pretendan inmiscuirse en mis asuntos. Si me opongo a ellos es por que quieren acabar con mi cultura y mi forma de vida. Y por ello también me opongo con igual virulencia a aquellos otros que desde dentro tienen idéntica finalidad.

     En mi opinión la única forma de defenderse es obtener el respeto de esas potencias y para ello lo que hay que hacer de manera inmediata es liberarnos de las ideologías disolventes de nuestra cultura y modo de vida. Escaparnos de estos planes de laboratorio que han diseñado a las generaciones de jóvenes más pusilánimes y atolondrados, que creen que todo se arreglará si somos respetuosos con la diversidad sexual, si suprimimos las ventosidades de las vacas, eliminamos los plásticos y vamos todos en patinete eléctrico. No digo que estén mal estas cosas, digo que no pueden ser un fin en sí mismo.

   Estoy convencido de que lo verdaderamente importante es tener fuerza para defendernos, fuerza interior, es decir convicciones de que queremos mantener una forma de vida, y fuerza exterior, es decir ejércitos y armas y valor para emplearlas para hacer valer nuestra soberanía real. Recuperar la energía perdida y que nos hizo ser una civilización de la que podríamos sentirnos orgullosos. Si seguimos instalados en la debilidad física y mental ocurrirá previsiblemente que seremos arrasados, no podremos seguramente ya vivir en la forma que queremos.

Pero lo que sí parece seguro es que también serán arrasadas todas las melindrosidades de los meapilas del calentamiento global, de los apologetas del veganismo, de las falsedades de las ideologías de género, de los animalistas talibanes y tantas cosas por el estilo. Es una curiosa paradoja, la deriva de la cultura de los países occidentales nos hace más odiosos a los ojos de nuestros enemigos y nos hace vulnerables frente a ellos, y puede que esa debilidad sea la causa de la destrucción de la ideología que nos debilita y nos haga recuperar nuestra esencia, liberándonos de las artificiosidades y devaneos de la ideología woke. A lo mejor con una bofetada de la realidad algún día despertamos de esta ensoñación.

REFLEXIONES OTOÑALES

El otoño es para mí  la época más maravillosa del año. No todos los otoños son iguales, desde luego, ni en lo meteorológico ni en lo personal, y ya voy acumulando una cierta experiencia, ya que llevo a mis espaldas más de cincuenta. Pero como característica general se podría decir que es un tiempo para reflexionar, aunque dicho así tal vez sea injusto, porque haría irreflexivas las otras épocas el año, lo que no parece aceptable. Por ello prefiero entender el otoño como un tiempo para contemplar. No hay momento mejor que éste para contemplar la naturaleza, para quedarse extasiado ante el espectáculo del paisaje cambiante, mutante, distinto cada día y casi se diría a cada hora. Frente a la continuidad y estabilidad tanto del verano como del invierno deshojado, los cambios, las transiciones, la dialéctica se producen en los dos equinoccios, uno para vestir a las plantas de colores monocromos y otra para desvestirla con un festival de policromías. Y si la primavera es una acción de impulso, de generación, de captación de energía y el otoño es una reacción de la naturaleza, arrepentida de su anterior entusiasmo. El otoño es el remordimiento de la naturaleza de haber tenido la osadía de tener una explosión tan atrevida, tan arrogante, tan presuntuosa.

     Con el cambio de las estaciones la naturaleza nos dice que no podemos ir continuamente en un movimiento inacabable, rectilíneo, sino que tras cada emoción llega un recogimiento, tras cada explosión una implosión, tras una ilusión un desengaño. Así el otoño es un descanso para la naturaleza y si queremos aprender la lección también debería serlo para nosotros. Nos invita a  la inacción, a contemplar, a escudriñar, a la introspección, a interiorizar lo que nos llega del exterior a través de los sentidos. Con la primera hoja desprendida de un árbol nos llega un mensaje que nos recuerda aquello de  memento mori,  que nos invita en un primer momento a que procedamos a reflexionar. Pero algo nos paraliza en este proceso porque las hojas siguen cayendo, los árboles tiñéndose de un colorido sin par, y esto hace que nos detengamos ante el espectáculo, nos sintamos como hipnotizados. Se abandona el pensamiento, que deja de navegar por los discursos y meandros de la mente, y queda sólo la percepción de la belleza sin comprensión alguna. La reflexión se convierte en contemplación.

    Si la cuaresma cristiana comienza en el otro equinoccio con el “pulvis eris et pulvis reverteris”, como advertencia a la ceniza que quiere dejar ya de serlo sobre lo que ha de venir, realizada en el momento mismo de la concepción, del nacimiento, antes de brotar la vida. E insisto, es la advertencia no de la ceniza a los hombres a los que se le impone, sino un mensaje dirigido a la propia ceniza, de que, aunque se reencarne en un nuevo ser, al final será lo mismo de nuevo. Es como si se le dijera, no te emociones con dejar de ser ceniza y volver a ser nuevamente un ser viviente, un fénix alado, que sin remedio serás otra vez lo mismo, volverás a ser polvo. La admonición es que no nos dejemos embaucar por la ilusión, que no es más que eso, fantasmas deambulando por lo inconcreto.  Ahora en otoño llega la confirmación de aquella promesa, la constatación de que nada es perdurable, la caducidad y el acabamiento.

       Pero no todo está perdido, y es la verdadera belleza del otoño, gozar de la contemplación, el disfrute de los matices de cada hoja rojiza de las vides, de los montes vestidos de capas ocres, amarillas y verdes, de la llegada de la ansiada lluvia que ablanda los suelos y permite renacer a los hongos y los musgos. Soy consciente de que esa contemplación es una adoración estética de la naturaleza y en el fondo sólo produce un placer efímero, que son así todos los placeres que nos procuran los sentidos. Es por ello que la contemplación que nos procura el otoño, con ser hermosa, no sacia ni responde algunas preguntas que nos hacemos en cuanto llega la noche, nos deja una insatisfacción a veces profunda, y por ello genera melancolía.

      Como dijo Machado, quien habla sólo espera hablar con Dios un día. De igual modo quien contempla, sólo espera contemplar a Dios un día. Y por ello nuestra contemplación otoñal se nos presenta como un pequeño símbolo, una visión agradable y que pellizca el alma brevemente, pero únicamente como una metáfora incompleta de la verdadera contemplación. Esta última nos llevaría con los ojos cerrados a la visión de los valles interiores, de los montes salpicados de verdes prados, de territorios ignotos que muy pocos han saboreado. El otoño así se presenta como la época ideal para la vía mística, para tratar de emular a Miguel de Molinos o Juan de la Cruz, para la contemplación pura, para recibir pasivamente la plenitud, que tampoco fuimos capaces de conquistar al asalto y con la acción exterior de la cruzada que propone la primavera.

   Esa contemplación pura e interior que lleva al total desprendimiento del cuerpo como los árboles de las hojas, supone un momento de plenitud que definió María Zambrano como los claros del bosque. Y no es menos cierto que su aceptación la dejó perpleja en su madurez, después de tanto transitar un vitalismo un tanto prometeico y excesivamente intelectual,  asumió  finalmente que esa visión y contemplación de la cara de Dios, no se alcanza por la reflexión y el discurso científico, sino que sólo llega para unos pocos de los mortales, y ello sólo ocurre si uno encuentra por azar en su camino un claro en el bosque. Pero la posibilidad de encontrar ese lugar escogido, es menos difícil, o diríamos es menos imposible, si miramos hacia el lugar correcto, si adoptamos una predisposición para que ello ocurra. No es fácil la tarea, pero tengo para mí que es algo más sencilla en otoño.

TU UTOPÍA ES MI PESADILLA

       En los últimos días el gobierno que preside el trapacero presidente del que me niego a mencionar el nombre ni el apellido que comparte con muchos españoles, alguno de ellos muy querido por mí, tiene como principal misión de su acción política la defensa y ejecución de la llamada  “Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible”.

           La palabra “agenda” es en realidad el participio futuro del verbo agere y podría traducirse del latín como las “cosas que han de ser llevadas a cabo”. Conforme a ello la agenda 2030, es el plan concreto que determinados poderes, bajo el amparo de la ONU,  han diseñado para llevarse a cabo desde que comenzó hasta el año 2030. Para ello se han marcado 17 objetivos, que llaman Objetivos de Desarrollo Sostenible, que comprenden un concienzudo plan de transformación de la sociedad a nivel global y que es asumido de manera transversal por casi todos los poderes fácticos mundiales que obedecen a la Bestia. Desde los poderes financieros como Bancos, multinacionales, Ong, Organismos supranacionales, hasta los partidos políticos de todo, o mejor dicho casi todo, el espectro político, trabajan para esta agenda. En España desde la derecha de siempre, a la izquierda de toda la vida, pasando por el centro  y las nuevas izquierdas, tienen en su programa en mayor o menor medida el desarrollo de la agenda 2030. Muy pocos se atreven a disentir y a rechazar este fanático y sectario plan, que se presenta en suma para sus miríadas de adeptos como la forma de hacer realidad una utopía, un plan de salvación para la humanidad.

     Si se cumplen los objetivos en el año 2030 será el comienzo de una nueva Arcadia, plena de felicidad, saliendo de las tinieblas a las que nos dicen nos han llevado el oscurantismo de la caduca civilización cristiana. No se paran a pensar que si existe una situación insostenible (en su terminología) ésta sería el fruto más bien de sus propios errores, es decir la consecuencia de la desviación iluminista producida en el mundo tradicional, la consecuencia de los siglos de la razón y las luces, de las revolución industrial, del capitalismo y del comunismo, hijos todos de la revolución francesa y la contratradición.

Nuestro presente es en realidad una distopía a la que nos han llevado los mismos que ahora nos quieren sacar de ella, vendiéndonos una utopía nueva, la Agenda 2030, la cual publicitan a todas horas y en todos los medios de comunicación. Son bastante insistentes y constantes en su machacón discurso. Pero debo confesar que recientemente me he visto sorprendido con una novedad que es una publicidad en negativo, en la cual en vez de contarnos lo maravilloso de su proyecto, nos amenazan con lo horroroso que sería el mundo sin la Agenda 2030 . Y así una campaña publicitaria patrocinada por el “Gobierno de España” (Ministerio de Asuntos sociales y Agenda 2030), obviamente con nuestro dinero, nos ha obsequiado con un anuncio en televisión que comienza con el eslogan ‘Basta de distopías. Volvamos a imaginar un futuro mejor‘. (https://www.youtube.com/watch?v=oqv_P-QU7sA)

         En el anuncio una voz en off, nos narra sobre unas imágenes futuristas en la más pura estética Blade Runner o Mad Max, el siguiente texto:  “Siempre que pensamos en el mundo del futuro, imaginamos un mundo peor ¿verdad? Un mundo tóxico, una atmósfera irrespirable, brutal e inhabitable, una sociedad desigual, injusta, represiva y cruel, una tecnología descarnada, un futuro oscuro para las próximas generaciones, pero nada está escrito todo depende de nosotros, todo depende de nosotras, y lo que somos capaces de imaginar es lo que somos capaces de hacer».

   Tengo que decir que comparto el horror por su distopía. Todo lo que dicen en el anuncio que va a ocurrir me parece horrible, y además comparto la idea de que efectivamente va a ocurrir. Pero me temo que lo que no comparto es que esta situación de caos y terror es lo que ocurrirá si no prospera la agenda 2030 y la ideología woke  que la sustenta, sino que por el contrario todo ello es lo que ocurrirá si esta maléfica agenda llega a imponerse.  Nada más cierto que lo que profetiza el anuncio de marras cuando dice  que “lo que somos capaces de imaginar es lo que somos capaces de hacer”.  Nadie en su sano juicio imagina un mundo así como un mundo querido, solo será el mundo así si alguien lo impone para sus fines. Pero en el fondo revelan que como ellos imaginan ese mundo brutal van a ser capaces de generarlo. Así de simple.

      Sí, mucho me temo que la efectiva realidad de la utopía “woke”, será un mundo tal y como lo describen en su distopía. El resultado de la aplicación de sus planes de diseño social, que llaman su agenda, será en definitiva para mí y para los que defendemos los valores tradicionales la creación de un mundo tóxico, con una atmósfera irrespirable, brutal e inhabitable. Por supuesto la sociedad será totalmente desigual, en la que por un lado estarán las élites archipoderosas  que acaparan todos los recursos y el control de la sociedad de forma represiva, cruel e inmisericorde  y por el otro lado estará la chusma, que serán (seremos), aquellos a los que el foro de Davos pronostica que no tendrán nada pero vivirán felices, considerando que ser feliz es vivir atontado y entretenido con miles de diversiones absurdas proporcionadas por las plataformas audiovisuales que moldean su mente y controlan sus posibles impulsos de rebelión. Ser feliz es ser esclavo de la triple sumisión que ofrece el sistema “sexo, drogas, rock&roll”.

     Recordemos que muchas de las distopías que ha generado la literatura presentan una sociedad dividida en la que hay unas personas integradas en el sistema y que lo viven de forma acrítica y aparentemente feliz casi siempre idiotizadas o por propaganda, control mental o por sustancias como el soma del “Mundo Feliz” de Huxley. Pero junto a ellos aparece siempre un mundo distinto de inadaptados, perseguidos, rebeldes que habitan un submundo subterráneo de suburbios, con ropa desgastada, vehículos oxidados, tugurios llenos de humo y existencias de pura supervivencia, huyendo del control y vigilancia del poder establecido y persiguiendo la libertad en los arrabales del sistema.

      Como si fueran vendedores de lunas de miel, los agentes 2030 nos ofrecen  ilusiones, felicidad y amor  en un mundo perfecto, con el aire limpio, un clima siempre amable, de gente respetuosa, educada y cordial. Pero nos ocultan la realidad y es que  su verdadero propósito es que ese mundo bonito, limpio y ordenado será sólo para unos pocos elegidos que disfrutarán plenamente del festín y tal vez también  para los sumisos con su proyecto a quienes invitan a lamer por el suelo las migajas que sobran del banquete. Y sobre todo nos ocultan que les reservan las tinieblas a los inadaptados, a los que no comulgan con su confesión, que irremisiblemente estarán condenados a vivir en un mundo tóxico, brutal e inhabitable, según dicen las palabras del anuncio antes citado.

     En suma, su distopía es que habrá un futuro oscuro para las próximas generaciones y como ya dije comparto esta afirmación. Será con toda seguridad un futuro oscuro para muchos si les dejamos seguir adelante con su obra casi diríamos alquímica modelando una nueva forma de civilización que sustituya la anterior, en la que hemos nacido y vivido gran parte de nuestra vida, una cultura nueva sin ninguna espiritualidad, sin intelectualidad, sentimentaloide,  sin otros valores más que la sensiblería salida de la factoría Disney, sin propiedad privada, sin historia reconocible, sin libertad de pensamiento, con censura de todo aquello que no les siga el juego, sin libertad de movimiento para conservar de manera extrema la naturaleza, sin familia como núcleo social de transmisión de valores, sin educación, ni aprendizaje de nada que no sean técnicas de sumisión y de proletarización y tantas otras cosas parecidas.

      El lado amable de su utopía es siniestro por vacío, huero, decadente y esclavizante. Por la deshumanización de las personas, convertidas en autómatas complacientes, en siervos encantados y felices de serlo. La cara oscura de su utopía es terrorífica por su implacable imposición del terror hacia los disidentes, que es el destino previsto para los que no bajen los ojos ante la mirada de la Bestia y desafíen su poder.

    Y es que en mi opinión no hay nada más peligroso para la humanidad que las utopías. Las utopías llevadas a la política han matado millones de personas en el pasado siglo. Pol Pot, perseguía una utopía y Mao Tse Tung y Adolf Hitler…Los ingenieros de la realidad sueñan con crear un Walden-Dos y acaban creando un gulag. El sueño de la razón produce monstruos. Hoy en día es muy generalizada entre los políticos que se autodenominan como progresistas, invocar a la utopía para justificar y orientar su labor política. Y yo cada día tengo más claro que su utopía es mi pesadilla.

BUCHA/GUERNICA

  La guerra en Ucrania sigue cada día un poco más acomodada en la indiferencia de la mayoría de la gente, como un molesto ruido de fondo, que de vez en cuando sacude un poco nuestro acomodado devenir cotidiano. Alguna vez que otra atendemos con un poco menos de indiferencia las noticias que llegan de Ucrania. Casi siempre para consolarnos con algo parecido a una sensación de alivio de que esa no sea nuestra guerra, que la vida allí es horrible y por ello es una suerte que por aquí todo siga más o menos igual. Un ligero estremecimiento nos sacude cuando pensamos que aunque de manera muy improbable, la guerra pueda llegar a nuestra casa. El pensamiento un poco mágico y un poco infantiloide de los ciudadanos occidentales llega a la conclusión de que eso aquí no puede ocurrir. Como decía Abraracurcix, el jefe de la aldea gala, eso no va a pasar mañana. Pero aunque no nos caigan bombas sobre nuestras cabezas, los efectos colaterales se empiezan a sentir y de manera creciente en nuestras vidas y haciendas. Ello debe exigirnos saber con exactitud por qué se combate allí, y qué es lo que nosotros debemos defender. Conocer esto exige tener auténtica información de lo que acontece, pero la realidad es que no nos llega más que propaganda.

    En uno más de los bolos parlamentarios que ha estado realizando hace unos meses el presidente del país invadido un buen día le tocó el turno al parlamento español. Y así por videoconferencia el cómico ucraniano devenido en presidente realizó una de sus actuaciones ante un Congreso de los Diputados abarrotado de señorías complacientes con su discurso. Como en el resto de las comparecencias, anteriores y posteriores, en cada parlamento elige un ejemplo obtenido de la historia del país que le recibe en el que resulte la lucha de ese pueblo por su libertad. Pero sus elecciones son bastantes desafortunadas. No es lógico exigir a un actor de segunda fila conocimientos de historia, para ello deberían estar los asesores que le orientaran un poco para no hacer demasiado el ridículo.

   Cuando compareció ante el Parlamento holandés, comparó la situación de su país con la lucha contra la tiranía con la que conquistaron la libertad en el siglo XVI/XVII. Evidentemente los tiranos éramos los españoles, para él tan sanguinarios como sus invasores rusos. Y a lo mejor no estaba tan desencaminado en su símil. Y ello porque realmente la existencia de una tiranía ejercida en las Provincias Unidas (hoy Países Bajos)  por el  Rey de España y los españoles es una singular falacia histórica creada por la leyenda negra para justificar el levantamiento de una clase oligárquica local, con el desequilibrado Guillermo de Orange a la cabeza, contra su señor natural. La propaganda como arma de guerra nació allí, falsificando los hechos de manera grosera e incluso presentando libros con ilustraciones de la crueldad de los españoles, como el célebre libelo o pasquín de Theodor de Brye, que es un precursor de mostrar con imágenes tendenciosas y manipuladas lo que se quiere hacer pasar por cierto.

     Así tenemos que la propaganda es ya desde entonces un arma imprescindible en toda guerra. Y a la larga puede incluso el arma decisiva que puede dar la victoria. Genera por un lado simpatías externas que proporcionan a menudo ayudas económicas y militares, con las opiniones públicas de países extranjeros presionando a sus propios gobiernos para que ayuden nuestra causa. Además, eleva la moral de la tropa y de la población civil y si consigue que la propaganda llegue al enemigo mina su estado de ánimo y hace dudar de la bondad de sus objetivos.  Y por ello es preciso que, en períodos de guerra, se refuerce la vigilancia y la prevención ante cualquier noticia que se recibe. Y cuanto más intensa es la difusión, más crueles las imágenes y más potentes los detalles, es más probable que sea un elemento de propaganda, y por tanto es más necesario desconfiar de su autenticidad.

   En realidad el término propaganda está un poco en desuso, y tiende más a usarse términos como «desinformación» o «fake news», pero siempre referidos a la propaganda del enemigo. Cuando es la propia se viste de información objetiva y veraz y se envuelve como noticias en todos los informativos. Si antes era válido el aforismo de que una imagen vale más que mil palabras, hoy esto es sólo cierto en la publicidad, pero no en la información. La imagen, salvo la observada directamente por los ojos, es toda sospechosa de estar adulterada. Otra cosa es que nos la queramos creer, que ahí ya entra la libertad de cada uno de tragar con lo que le venga en gana, y sobre todo si ello encaja con nuestra posición ideológica o nuestros intereses patrióticos.

     A mí personalmente se me cayó la venda de los ojos hace ya años, cuando contemplé atónito el espectáculo de luz y sonido, especialmente preparado por la policía y los servicios secretos en Leganés, unos días después de los atentados del 11 de marzo de Madrid, donde supuestamente se inmolaron unos terroristas islamistas, supuestamente autores de los atentados de los trenes. Resultó todo tan falso, tan teatral, tan inverosímil y tan grosero que era imposible de tragar. Era sin embargo necesario para convencer a escépticos de que los autores de los atentados eran unos peligrosos yihadistas y no una colección de moritos inadaptados, camellos de segunda fila y confidentes de la policía. Sin embargo toda la población aceptó la versión oficial sin apenas resistencia. Y lo que ocurrió es que nadie quería cuestionar lo ocurrido porque lo vieron con sus propios ojos, tuvieron en la pantalla de su televisión un festival de luz y sonido que hacía incuestionable lo observado y además porque ello hubiera supuesto quebrar demasiadas complicidades y ventajas obtenidas. La propaganda se impuso a la realidad y consiguió sus objetivos.

      En la guerra, ya desde los tiempos antes referidos de Guillermo de Orange, la propaganda suele centrarse en mostrar la maldad del enemigo, su crueldad, su inhumanidad. Esta maldad del enemigo transforma al otro bando directamente en los buenos. Por contradicción con el otro somos justos, bondadosos, humanos y por ello nuestra causa es la correcta. Nuestra bandera es la de la justicia, frente a la iniquidad del bando contrario. Es como si ello fuera una ordalía que legitima nuestra causa de un plumazo.

      Se suele decir que en la Guerra Civil española los nacionales ganaron la guerra pero perdieron la propaganda. Y así pese a ganar con las armas nunca su victoria se vio fuera de España como legítima y consiguieron ser desprestigiados en la opinión pública mundial. Los republicanos tenían a su favor a los grandes gurús del arte y de la comunicación mundiales como Malraux, Hemingway, Orwell, que al menos vinieron a España a combatir y otros como  Picasso, que no obstante ser español pasó toda la guerra civil en Francia.

      Un hito en esa lucha por la propaganda y la legitimación de la causa propia, y demonización del contrario es el cuadro del “Guernica”. Ya desde el primer momento fue convertido en un icono de la lucha contra el fascismo y la barbarie. Pero al margen de sus bondades pictóricas, sobre la que hay diversidad de opiniones, es sobre todo un enorme y eficaz cartel de propaganda, que sirvió para los fines propios para los que fue encargado por el Gobierno de la República ( y por el que pagó la astronómica cifra de 200.000 francos  de la época, lo que dio la propiedad al Estado español y por lo que el cuadro tuvo que ser entregado a España por el MOMA) . Y lo cierto es que parece que ese cuadro ni siquiera realmente fue creado para ello, sino más bien reconvertido y adaptado para dicho fin, puesto que parece demostrado que Picasso lo comenzó antes del bombardeo de Guernica y fuertemente inspirado en otra obra suya de 1935 ( “Minotauromaquia”) a la que prácticamente reproduce,  y que ya expuesto en el pabellón de España de la exposición de París a alguien se le ocurrió denominarlo como “Guernica», en recuerdo del entonces reciente episodio. Sea esto cierto o no, lo que es indudable que se ha convertido en una invocación y un recuerdo de una matanza causada por un bombardeo aéreo,  a pesar de que ni un solo avión se observa en el cuadro, que fue publicitado como la mayor masacre de la guerra Civil. Se llegó a hablar de 1600 o 2000 muertos . La realidad es que los historiadores más serios, como Salas Larrazabal, ha reducido mucho las cifras de la matanza causada por la legión Cóndor  a unas 126 personas. Son siempre demasiadas, pero al parecer no suficientes para las necesidades y exigencias de la propaganda, por lo que era necesario aumentarlas. De no hacerlo este bombardeo terrible queda casi empatado con el semidesconocido bombardeo sobre población civil y en día de mercado (de hecho al parecer confundieron los puestos de un mercado con un campamento militar) efectuado por los “Katiuskas” rusos del ejercito republicano en Cabra, donde murieron alrededor de 100 personas y hubo 200 heridos. Este bombardeo casi nadie lo conoce. Este bombardeo de Cabra no tiene a su favor el factor propaganda, no tiene un cartel icónico hecho por un pintor del bando nacional en el que, por ejemplo, se viera el horror de las pobres ancianas sucumbiendo bajo las bombas mientras compraban descuidadamente en el mercado tomates y judías verdes. Y si se hubiera hecho, daría lo mismo, quedaría apagado, olvidado, preterido, encerrado en un cajón para el estudio de especialistas, pero nunca de los medios de comunicación masivos que controlan la difusión de la propaganda. Nunca harían con la imagen de ese bombardeo camisetas para competir con la imagen del toro o el caballo que se desboca en el Guernica.

     Y la propaganda es tan eficaz que ochenta años después el mentado Zelenski se presentó virtualmente en nuestro Congreso de los Diputados comparando lo que había  ocurrido recientemente en su país, en la localidad de Bucha con lo que ocurrió en febrero de 1937 en Guernica. Es cierto que los medios de comunicación occidentales se han explayado con lo acontecido o supuestamente acontecido en Bucha por la maldad congénita de los rusos  y después de esto otras tantas tropelías cometidas siempre por los mismos. En realidad no tengo razones para dudar de la veracidad de lo ocurrido en Bucha, o en  Kramatorsk o Mariúpol, pero tampoco tengo razones para no dudar de ello. La propaganda, que es la mayor enemiga de la información, hace que ya no se pueda saber lo que es real de lo que no lo es. Puede que haya una base real amplificada, … o puede que después de todo, todo sea nada, como en el poema de José Hierro.

En todo caso es significativo que el ejemplo histórico de un pueblo luchando por su libertad, que el presidente ucraniano en cada país elige como comparación para defender su propia causa, en el caso español el elegido haya sido el bombardeo de Guernica. Pudo elegir Paracuellos del Jarama, o el Alcázar de Toledo o la Virgen de la Cabeza, o el citado bombardeo de Cabra, que para más inri lo realizaron aviones rusos como los que asedian a su pueblo, pero no. Pudo también elegir lo más parecido a la invasión rusa que ha habido en España, que es la invasión napoleónica y la lucha por su independencia de la población civil por las calles de los pueblos y ciudades. Pero no, no eligió esos ejemplos, sino que eligió Guernica. Y tal vez lo hiciera de manera acertada, porque escogió de entre los actos de terror que surgen en todas las guerras, aquél en el que la propaganda ha sido más eficaz. Tal vez al comparar el bombardeo de Guernica y la matanza de Bucha, se refería a que en los dos casos se han utilizado las matanzas como arma de propaganda, que en los dos se han inflado interesadamente los datos, que se está construyendo un icono de la barbarie del enemigo sin contrastar la realidad. Desde este punto de vista está bien elegido el ejemplo. Guernica, y en este caso me refiero al cuadro, es un icono, un paradigma de la eficacia de la propaganda a nivel planetario.

      Yo no sé lo que ha ocurrido y lo que está ocurriendo en Ucrania y no tengo razones para dudar de los horrores de la guerra. Toda guerra es horrible y sólo le pido a Dios que no me toque experimentarla en carne propia. Pero preferiría tener información imparcial, ya que la que me llega no puedo menos que desconfiar de ella. Tengo la mala suerte de no considerar legítima ninguna de las dos causas que combaten, pero puedo justificar más la actuación de una frente a otra, y no necesariamente adopto la misma elección que se impone como un martillo pilón en los medios occidentales. No puedo menos que pensar que todo lo que se nos cuenta sobre lo que está aconteciendo en Ucrania no es información sino propaganda, o si se prefiere desinformación. Y una avalancha tal de propaganda que me hace sospechar sobre con qué fines se hace, y si merecen la pena los sacrificios que la población española y del resto de Europa debe de padecer para sostener la amistad de uno de los bandos y la enemistad furiosa con el otro. Quid Prodest?

BERGOGLIO O DONDE IRÁ EL BUEY QUE NO ARE.

        El tema que pretendo tratar hoy reconozco que es más difícil de abordar para mí que otros. Hay cosas que cuesta decirlas, y mucho más escribirlas,  aunque no se haga más que afrontar la verdad. Aunque mi opinión es clara, hay algo me refrena para escribirla y publicarla. Quizás la sea la conciencia,  quizás pura superstición, quizás un temor reverencial asumido como una parte inseparable de mí. Por la razón que sea me cuesta mucho escribir algo que pueda entenderse como una crítica a la Iglesia Católica. Me eduqué dentro de la religión católica y siento por ella un respeto profundo  y por ello cualquier crítica me es particularmente complicada de realizar y de exteriorizar.

      No pretendo aquí plantear abiertamente una cuestión personal y bastante íntima,  de si a estas alturas de la vida sigo creyendo en el Dios que gobernó mi niñez y adolescencia, o por el contrario se encuentra escondido y latente entre las candilejas del teatro en el que cada vez siento que se va convirtiendo la vida, este caminar dentro de esta realidad tridimensional y temporal a la que llamamos existencia. Si las dudas me asaltan sobre la consistencia de lo que conocemos por realidad, todavía son mayores las incertidumbres sobre la vida futura que nos aguarda en los alrededores del Valle de Josafat.

    Por ello sí quisiera dejar muy claro que una cosa es la cuestión sobre la fe, sobre la validez última del mensaje cristiano, sobre la realización espiritual que puede alcanzarse por la vía de cristianismo, y otra cosa muy diferente es la opinión que puede merecer la actuación de la Iglesia Católica, de sus miembros y en particular de su máximo representante en la Tierra. Yo quiero seguir manteniendo una personal confianza en la religión en la que descanso en mis momentos de mayor zozobra como una búsqueda de la espiritualidad y la trascendencia. Le pido respuestas sobre las grandes preguntas que nos angustian como hombres, le pido que aporte un sentido a este limitado deambular sobre la faz de la tierra que acometemos durante unos pocos años antes de desaparecer.

      Pero siento que desde  la Iglesia los mensajes que actualmente me llegan, al menos desde la máxima autoridad jerárquica, van por otro camino. Estos mensajes se dirigen a dar respuestas a problemas,  como lo diríamos, más mundanos. Aunque por inercia de siglos se sigan repitiendo sin demasiada convicción unas consignas sobre la salvación, las cuestiones más difundidas y sobre las que se centra su labor pastoral son de orden muy menor, son casi todas cuestiones morales, de buenas costumbres,  cuando no propias de una descarriada ética laica que intenta consolarnos con unas formas de moderno estoicismo.

      Sin ir más lejos el otro día se despachó urbi et orbi el Santo Padre con la recomendación de que para salvar al planeta deberíamos comer menos carne. Ya de por sí es sorprendente que su interés sea salvar el planeta en vez de salvar las almas de los hombres que lo habitan. Y por otro lado también me sorprende que la “carne” ya no ocupe su lugar como uno de los enemigos del alma, junto al demonio y el mundo, sino que ahora la carne, aunque de otra naturaleza, constituye un peligro para el planeta. O sea, que fornicar ya no es pecado, pero comerse una hamburguesa sí. El problema no es destruir el alma con vicios disolventes y esclavizantes, sino que el problema es perjudicar al cuerpo por el exceso de colesterol. O tempora, o mores!

   Mi veneración es máxima por la Iglesia como institución y su misión en la historia, en particular en la modelación de la cultura occidental y por el cristianismo sapiencial que supo crear una civilización elevada, culta y hermosa que tuvo sus frutos en el románico, el gótico, pero sobre todo en la creación de un tipo humano que ha dado tantos y tantos hombres y mujeres  buenos, santos, sabios y justos. Aquella Iglesia que asumió la misión de llevar esa vía de salvación y de realización espiritual a todos los rincones del mundo.

      Por todo ello no puedo sentir mayor decepción que ver a tan egregia institución gobernada por un ser humano a quien le faltan demasiadas virtudes para ocupar la cátedra de San Pedro, y que podría calificar de botarate si sólo atendiera al hecho de que tiene poco juicio, pero que en realidad desconfío de sus verdaderas intenciones y creencias últimas. De hecho se ha convertido en el adalid de todas las causas de la modernidad y casi en un apóstol del cambio climático. Defiende casi todas las causas que detesto y es por ello que lamento que ocupe el sitial que legítimamente corresponde a un Santo Padre venerable y sabio, como es el Cardenal Ratzinger, que viejo y cansado entregó la tiara confiadamente a quien no duda en llevar a la Iglesia al abismo de la globalización luciferina.

   No conozco las normas eclesiásticas demasiado bien, y es posible que estas opiniones sobre el obispo de Roma, me procuren una sanción canónica. Lo sentiría porque no soy de los que presumen de apostatar al mismo tiempo que ensalzan la figura del papa montonero. Es esto lo que hacen la mayoría de los ministros del Gobierno ateo de España que casi ninguno se ha privado de hacerse una foto en el Vaticano y a la vez que reivindican a los que mataban curas y monjas hace no demasiado, no se cansan de reírle las gracias cada vez que se le ocurre una nueva majadería. Por todo ello siento que en la misma Iglesia no cabemos él  y yo, y si por jerarquía lo lógico es que permanezca Bergoglio, es obvio que el que sobro soy yo. Pero que se atrevan a echarme, que yo no voy a renunciar a mi condición de bautizado. Y de hecho creo que no podría aunque quisiera.

    Sé que la propia visión de ese jesuitón argentino me provoca un rechazo visceral y también que ese es un sentimiento muy poco cristiano. Tengo la sospecha que yo tampoco le gusto, como en general no le gustamos ninguno de mis compatriotas, lo cual después de mucho pensarlo, he llegado a la conclusión de que es por el mero hecho de ser españoles. Sólo salva a los comunistas patrios, a quienes como ya dije recibe con verdadero entusiasmo.  ¿Cómo es posible que después de once años de papado y visitar más de cincuenta países, no haya pisado ni una sola vez territorio español? Es algo que nos preguntamos todos los católicos españoles.  A un famoso presentador de su cadena de radio episcopal le dijo que sólo vendría a España cuando “cuando haya paz”. ¿Es que acaso hay una guerra en España y yo que vivo aquí no me he enterado? 

   Sólo puedo entender que esta situación se produce porque tiene una enorme animadversión por todo lo español y por lo que representa la Hispanidad ¿Por qué odia a España? Alguien debería decirle que odiar también es poco cristiano. Como tampoco es muy ejemplar el pegarle a una monja en la plaza de San Pedro y a la vista de toda la Cristiandad. Por contraste aquello me hace recordar aquella paciencia casi infinita de su predecesor San Juan Pablo II con las religiosas y con todas las personas que se le acercaban. Y sólo recordar su apacible rostro produce en mí un estremecimiento en el alma, que es el que produce la aparición en la memoria la mirada de un auténtico santo.

  Pero si hay algo que me ha molestado de manera profunda del obispo Bergoglio ha sido su comportamiento en su reciente viaje a Canadá, donde aparte de hacer  el indio con un penacho de plumas, me ha ofendido como católico su tratamiento sobre  la actuación de la Iglesia en la evangelización de América, de la que se arrepiente y avergüenza. No me parece mal que pidiera perdón por los desmanes que curas católicos concretos hubieran podido causar en algunos colegios de ese país. Pero de ahí a avergonzarse de la evangelización de América hay una gran diferencia.

     Esto requiere analizar lo que ha ocurrido en Canadá en los últimos siglos. Se podría resumir muy sintéticamente que  entre 1880 y 1996 en Canadá se obligó por el Estado a desarraigar de sus familias a cerca de 150.000 niños indios de esos territorios y a una inmersión obligatoria en centros de internamiento escolar,  y que muchos de estos colegios eran dirigidos por religiosos católicos. En dichos centros se han detectado enterramientos de alrededor de unos seis mil niños. Parece demostrado que el comportamiento de esos colegios, católicos y de otras confesiones, fue repugnante, y muchos de los niños desarraigados de sus familias, de sus bosques  y de su forma de vida tradicional, no pudieron superar vivir hacinados en internados y recibiendo en vena la ideología de la modernidad occidental.

     Canadá es uno de esos estados venerados por la modernidad por su «buen rollo» multiculturalista, que nos da lecciones de superioridad moral a todos como adalid de la modernidad revolucionaria y jacobina, y  que nos muestra orgulloso y sin remordimientos ni complejos como son los países del nuevo mundo creados bajo la advocación de los revolucionarios franceses, todos henchidos de fraternidad universal  y a la vez al amparo de su majestad británica, que como cabeza de la Commonwealth es la jefa del estado de esos fríos territorios.  Pero Canadá, aunque hoy se nos muestre como el paraíso globalista y del sincretismo cultural y racial, tiene sus propios muertos en el armario. Y en vez de afrontar su responsabilidad de causante de enormes injusticias con los que vivían allí antes de aterrizar los franceses e ingleses, se sirve de el tonto útil de turno para atribuirle a él la culpa de sus propios errores. Y este es el papelón que ha hecho el obispo de Roma por tierras canadienses.  Como ya está hecha y bien cocinada la leyenda negra de que la matanza de indios corresponde a los españoles, que son católicos, pues todo lo negativo que les es imputable es culpa de los españoles católicos ( y por extensión todos los católicos) que tuvieron la mala idea de cruzar el Atlántico y eso les hace responsables de todo lo negativo que haya ocurrido en ese continente, desde la Patagonia a Alaska. De este modo, con un culpable fijo (los españoles) y otro de repuesto (los católicos) los anglosajones y los masones franceses siempre quedan como inocentes, como diría un castizo, siempre se van de rositas.

       La responsabilidad y la culpa de la devastación cultural, de la inmersión, de la destrucción de los pueblos que allí vivían al margen de la modernidad es exclusivamente del Estado Canadiense y de los fundadores colonialistas que Francia e Inglaterra allí enviaron.  Pero con el reciente viaje del Papa han conseguido atribuirle la culpa de todo ello a la Iglesia Católica. Olvidan que esos  colegios católicos a los que se llevaba a los niños indios, en realidad eran meros instrumentos de la inmersión cultural igualitaria exigida por la modernidad laica y atea de los estados allí establecidos. La inmersión y la aculturación era un proyecto político y no religioso.

      ¿Podría explicar el Santo Padre porque estos fenómenos no se produjeron en la América hispánica? En la América española o España americana, nunca se separaron a los hijos de sus padres para llevarlos a centros de europeización obligatoria. Por el contrario, los misioneros franciscanos o jesuitas de la América hispana aprendieron todos los idiomas de los indios para enseñarles la fe en su propio idioma, a los padres y a los hijos, a las familias enteras a las que nunca pretendieron robarles a sus hijos para una inmersión cultural en la modernidad. Si se produjo una simbiosis cultural, no fue a golpe de decreto sino a fuerza de convencimiento y de trato cotidiano, de manera voluntaria y compartiendo valores de forma recíproca entre indios y misioneros. Al margen de conductas concretas que fueran reprochables, y que sin duda existieron, allí la Iglesia y sus miembros actuaron como auténticos cristianos, defendiendo a todas las personas con independencia del color de su piel o su etnia. Como ejemplo tenemos a Fray Junípero Serra que luchó continuamente contra todos los gobernadores en defensa de los indios y de sus derechos y que nunca jamás hubiera consentido separarlos de sus familias, aculturizarlos y obligarles por la fuerza a transformarse en ciudadanos occidentales. Tampoco ese fue el objetivo de la Corona española. Tras la independencia de España, los países creados, la mayoría de inspiración iluminista ya adoptaron posiciones más beligerantes con las personas y las culturas locales, y para bien o para mal la imposición de la modernidad se produjo mayoritariamente en este periodo.

     Pero el actual Papa, como tanto argentinos, no comprende la Hispanidad, se avergüenza de la labor evangelizadora de los misioneros católicos que mayoritariamente salieron de la España imperial para expandir la fe y proporcionarles una vía de salvación en la que creían profundamente a las personas que se encontraban en el Nuevo Mundo. Bergoglio, como tantos argentinos, incluido el antiespañol J.L. Borges, viven presos de la idealización de todo lo anglosajón, soñando con que en vez de los españoles hubieran desembarcado por aquellos pagos los ingleses y hubieran borrado de la faz de la tierra a todo vestigio aborigen, y cuando la eliminación física no hubiera podido conseguirse, llevar a los indios a reservas donde no molesten y a sus hijos a colegios de curas vendidos al poder donde hacerles comulgar con ruedas de molino hasta conseguir no un alma para Dios, sino un ciudadano para la  modernidad.

    Ojalá la Divina Providencia nos proporcione con la ayuda del Espíritu Santo un sucesor de Pedro que sepa estar a la altura, cuando este que tenemos hoy se reúna con el Creador en un día que por su bien y el nuestro esperemos que no sea muy lejano. Él gozará de la compañía de los Santos y nosotros nos consolaremos seguramente pronto de su ausencia.  Y todos tan contentos.

MONEY, MONEY, MONEY…

 Hoy he recibido una carta del banco. La verdad es que no es una carta de las de toda la vida, las que llegaban dentro de un sobre y con sus sellos y matasellos. Me empeño en llamarlo carta cuando en realidad es más bien una comunicación electrónica que he tenido que leer, al igual que el lector de estas líneas, en una pantalla de ordenador, tableta o teléfono, que igual da. Se trataba de una comunicación rutinaria y sin demasiado interés, de las que reitera periódicamente y a las que nunca les hago demasiado caso. Pero en esta ocasión algo me ha llamado la atención de ella, y es que he caído en la cuenta que el banco al que he confiado la custodia de  mis exiguos ahorrillos, analiza y critica mi pobre economía y me da consejos sobre lo que tengo que hacer con mi dinero. 

        En particular me ha chocado que el  banco se permite llamarme la atención porque he gastado en el último mes mucho dinero en gasolina y carburantes, y como solución me propone reducir mi huella de carbono adquiriendo un coche eléctrico. ¡Sapristi! Me dije al leerlo, (en  realidad empleé un término menos eufemístico, y bastante más vulgar). ¡Cómo es que un banco en el que tengo depositada mi confianza se atreve a juzgarme!  A meterse en mi vida y casi diría a insultarme por mi desagradable huella de carbono. No sé en realidad muy bien qué es eso de la huella de carbono, pero me malicio que no es nada bueno. Y es algo que yo debería seguramente saber, para estar al día en el manual del perfecto progre.

      Lo que me sorprende es que mi banco, tal y como está el precio de la gasolina, no se preocupe porque no llegue a fin de mes. Lo que preocupa es que eche humos a la atmósfera. Por ello me propone para resolverlo que me compre un coche eléctrico. Solución magnífica para el aire de la ciudad en la que vivo, pero letal para mi economía. Y parece que el banco se preocupa más por lo primero que por lo segundo. Vamos, que a mi banco mi economía le importa un pito. ¿Para quién trabaja? Debería ser para mí, que le pago, pero me temo que no es así.

     Pero lo que de verdad más me ha molestado es que se utilice la información que obtiene de mi confianza en usar sus servicios para afearme mi comportamiento y echarme en cara mi huella de carbono. Me pareció una desfachatez. Tiene a su disposición toda la información sobre mis finanzas (paupérrimas, insisto) y sobre todos mis pagos. Y así la utiliza. Me pregunto, ¿Qué será lo próximo? ¿Escrutar mi gasto en productos de limpieza y si no le parecen suficientes llamarme directamente guarro? ¿Reprocharme que no gasto lo suficiente en restaurantes, copas, preservativos, y sacar la conclusión que mi vida amorosa es un desastre, y recomendarme tinder  ó para ser todavía más progre  grinder?  O puede que simplemente me recomiende que aumente la inversión en desodorantes, eso sí, medioambientalmente sostenibles y sin clorofluorocarbonos. (por cierto, ya nadie habla de los otrora famosísimos CFC. La religión climática cambia más de santos que los precios en Argentina)

  Aparte de la grosería del banco de regañarme por mi mala conducta ambiental, y mis malos humos, llamados finamente mi huella de carbono, lo que verdaderamente me llama la atención es el control exhaustivo que tiene sobre mi economía, sobre mis hábitos y mis costumbres. Me indica pormenorizadamente lo que gasto cada mes en transporte, en supermercados, en seguros, en librerías y ocio, en restaurantes etc. Vamos que me tiene totalmente controlado y se toma la libertad de encima darme consejos y meterse en mi vida.

    Y este control ha aumentado exponencialmente desde la pandemia en la que una de las consignas fue generalizar el pago con la tarjeta de crédito, con la excusa de no tocar nada potencialmente contagiador del virus. De este modo ahora se ha extendido el pago con tarjeta incluso de cantidades ridículas, que antes nos hubiera dado rubor pagar de esta forma. Y por si fuera poco ya hasta se prescinde de la tarjeta y se paga directamente con el teléfono móvil. Dentro de poco pagaremos con la pupila, y si no al tiempo.

     Yo soy de los pocos que me empeño en seguir teniendo dinero en la cartera, y que me empeño en seguir pagando hasta donde me es posible con monedas y billetes. Ya empiezo a percibir una cierta sensación de ser un bicho raro, e incluso denoto a veces una cierta cara de malestar en ciertos cajeros y cobradores para quienes parece ser más complicado contar monedas y dar las vueltas. Pero no te lo ponen fácil, porque cada vez es más complicado procurarse billetes y monedas, dado que estos se deben obtener en los bancos físicos y en los cajeros automáticos y estos también cada vez escasean más y cada vez están más lejos. A los cajeros se les está poniendo cara de cabinas de teléfonos, es decir de reliquias del pasado.

     Está claro que el objetivo a medio plazo es la desaparición del dinero físico y la sustitución por dinero electrónico, lo cual será la peor noticia posible para la libertad de todos nosotros, la gente corriente. Por un lado supone que todos, absolutamente todos nuestros pagos están controlados, observados, analizados y escrutados, primero por el banco o las entidades que gestionan los medios de pago, pero de manera mediata por el Estado y por cualesquiera otros poderes que controlen o puedan controlar esos datos. Pasamos a ser uno entes monitorizados que informamos de todas nuestras decisiones personales que supongan un desembolso económico.

    Cuando en mi entorno intento hacer proselitismo del pago con metálico no suelo tener mucho éxito. Con frecuencia me replican diciendo algo así como que qué más da, que nos controlan igual, y que no somos nadie especial, no presentamos ningún interés particular para que nuestros datos le importen a nadie …. ¡Y es tan cómodo pagar con tarjeta o con el móvil!.  En fin que aceptamos acríticamente esta modalidad de pago, incluso a sabiendas que esto supone cierto control sobre nuestra vida. Pero es un control que no se percibe de manera inmediata, al menos de momento. O al menos no lo queremos percibir como amenaza a nuestra vida.

    Pero el camino iniciado es peligroso, no solo es que nos vigilen, analicen e impongan los hábitos de consumo, nuestras cada vez menos libres decisiones, es que esto es sólo el primer paso. Ya el banco al que me refería al principio ha actuado de avanzadilla al comenzar a criticar conductas y sugerir comportamientos correctos. De momento solo están en el ámbito de los consejos, pero de manera inevitable vendrán las admoniciones, las órdenes, las sanciones y las privaciones a quien no acepte y asuma los hábitos correctos. Y no podremos escondernos, cada pago nos delata.

   No es difícil imaginar que a quien gaste su dinero en consumos poco saludables se le acabe denegando la sanidad por irresponsable, o quien gaste más de lo debido en carnicerías sea llamado al orden por no tener responsabilidad medioambiental. Pero incluso esto no es ni siquiera lo peor. En esta deriva es inevitable que se acabe sustituyendo el dinero como medio de retribución del trabajo, para llegar a ser un medio de retribución de la fidelidad al poder. Esto ya ha ocurrido en algunos regímenes totalitarios como Cuba, Venezuela o la Rusia soviética, en la que solo tienen verdadero poder económico quienes son los miembros del partido a los que no se les niega nada y se condena a la miseria total a los que no forman parte de la nomenclatura. Para estos poderes tener todo el dinero controlado, sin excepción, lo que ocurre con la inexistencia de moneda circulando, supone tener el poder total. Pueden decidir a quien se le abre y a quien se le cierra el flujo económico virtual. Sin escapatoria posible.

  La desaparición del dinero es una tendencia que ya se inició hace tiempo con la desaparición del patrón oro. Como el oro era limitado, el sustento de la moneda era también limitado, y hacía que ese límite o freno a la creación de dinero molestara profundamente a los grandes financieros y todopoderosos amos del mundo, ávidos de riqueza y de poder sin límites. Dicen las malas lenguas que este interés por mantener el patrón oro le costó pasar a mejor vida a Kennedy. Casualmente fue su secretario del tesoro, que compartía el coche del presidente en Dallas, quien tras pasarse a los republicanos suprimió el patrón oro bajo el mandato de Nixon. Dicen también las malas lenguas que De Gaulle, estaba empeñado en la vuelta al patrón oro, pero no lo pudo lograr porque alguien le hizo caer después de que unos jovenzuelos flower-power le montaran la primera revolución de colorines, precursoras de todos los «maydanes» y 15M del mundo, que tuvo lugar en el mes de mayo de 1968. La imaginación al poder decían, cuando en realidad era cómo el poder, con imaginación, consigue lo que quiere. Los conspiranoicos no descansan, siempre inventando teorías disparatadas.

     El siguiente paso lógico, es la supresión del dinero metálico, de los billetes y de las monedas, que son también una molestia para el gran poder. Por un lado, hay quien osa esconder el dinero en su casa debajo del colchón, escapando al control y vigilancia del «Gran Hermano». Esos pequeños islotes de economía sumergida son una parte de la riqueza global que no está en sus manos, que no la controlan, que no la dominan, que se les escapa. En esta tarea se han asociado en una join venture provechosa los poderes financieros y los ingenieros sociales que diseñan la sociedad del futuro. Eso suponiendo  no sean los mismos.

         Por ello, yo que soy un descreído del cambio climático, estoy más preocupado por la huella económica que deja cada pago que hago con tarjeta de crédito que por la huella de carbono, que por otro lado dentro de nada será historia, para ser sustituida por otro cliché cualquiera con el que atemorizarnos. Por tanto, y siento blasfemar de esta manera, no me preocupan lo más mínimo los humos que suelta mi coche. Estoy más preocupado por mantener todo el dinero en metálico que puedo en el paraíso fiscal de mi colchón.

¿SIEMPRE NOS QUEDARÁ PARÍS?

    Lo siento, no puedo evitarlo, soy un futbolero empedernido. Sé que esto no cuadra con una imagen de diletante ilustrado, que puede ser la que se desprende de mis escritos en este blog.   He intentado borrarme muchas veces del mundo de los forofos. He intentado terapias de desintoxicación, y como si fuera un miembro de “futboleros anónimos” trato de convencerme que estar siempre pendiente del fútbol es una pérdida absoluta de tiempo, que no es nada productivo, que puede ser un camino directo al embrutecimiento. Me digo que es uno de los instrumentos de manipulación y control social más eficaces. Da igual. Nada funciona. Sigo enganchado a la droga del tapete verde en el que corretean veintidós jugadores persiguiendo una pelota. Y cada vez con más intensidad. Hubo unos años en que intenté en serio dejar de interesarme por el fútbol y casi llegué a conseguirlo. Pero como el fumador empedernido que lo deja, y le basta un pitillo en una boda para recaer en el vicio, a mí me basta un partidillo de nada, para volver a estar otra vez como un contumaz ludópata que no puede dejar la tragaperras.

       De nada sirven los enormes berrinches cuando pierde mi equipo, los potentes estados de abatimiento que me generan e incluso la fiebre real que me generan los partidos de más tensión. Al final tengo la mala suerte de ser seguidor de un equipo que gana casi siempre y que por fortuna para mi “futboldependencia” me proporciona muchas más alegrías que desazones. Con esta presentación ya se habrá adivinado que el equipo de mis amores es el Real Madrid.

       Pues bien, para un futbolero madridista impenitente como yo, no puede haber un estado más cercano al éxtasis que ganar el trofeo que de toda la vida era llamado la copa de Europa y ahora le dicen la “champions”. (Lo que peor llevo del futbol en general es la cantidad de anglicismos que nos coloca en la vida diaria, pero qué le vamos a hacer). Y por ello en estos días que mi equipo ha ganado la copa número catorce de su historia, y es con mucha diferencia, el más laureado de todos los equipos del mundo, no puedo menos que estar en un estado de euforia futbolera que comparto por otro lado con muchos de mis conciudadanos. Y no digo con todos, no solo porque hay a quien el futbol le importa un pito, sino también porque en esta ciudad hay otro equipo, cuyos seguidores solo saben acumular rencor y envidia, y a los que convenientemente localizados, intento no dirigirles en estos días la palabra por no herir su delicada sensibilidad. Cosa que por cierto no hacen conmigo en aquellos escasos momentos en que su equipo gana algún trofeíllo de cuarta categoría.

        Pero me voy por las ramas, me puede la pasión, y no voy a donde realmente quiero ir. Y es que la enorme alegría de ganar la “champions”, se ha visto empañada por los testimonios de primera mano que han llegado hasta mí de varias personas cercanas, y menos cercanas, de lo que han tenido que vivir en París al acudir a presenciar la final en el «Stade de France». Cuando el lunes después del triunfo felicité a un amigo madridista que me constaba que había ido a ver al Madrid al estadio parisino, me dijo con un rictus de preocupación: “ni me acuerdo del partido, lo que viví a la salida, me ha marcado, nunca he pasado tanto miedo, es la primera vez que he sentido que estaba en peligro mi vida.” Añadió muchos detalles sobre las hordas de delincuentes que les acosaban y atacaban. Entre lo que contó, como ejemplo, es que a un acompañante suyo le rajaron con un cúter la correa del reloj y se lo robaron, que vieron como dos chicas presas de terror las tenían varios acorraladas contra un coche y estaban sobándoles obscenamente los pechos … y todo ello con la total pasividad de la policía, que miraba para otro lado. Poco después otra persona me contó algo parecido, robos de teléfonos, varias personas exhibiendo impunemente navajas … también estaba absolutamente traumatizado.

       Aparte de estos testimonios directos, relatos parecidos han aparecido publicados en las redes sociales, muchos de personas anónimas y otros de personas conocidas como por ejemplo los de el tenista Feliciano López, el ex-baloncestista Lorenzo Sanz, o el Ceo de la empresa de telefonía Jazztel, argentino y judío,  Martín Varsvarsky, y muchos otros. Este último ha sido de los más expresivos en los medios y redes sociales. Transcribo dos de sus tweets: “La salida del estadio fue un total horror. Hordas de ladrones robando a los aficionados. Nunca vi algo así. Nos trataron de robar. Logramos escaparnos.” “Soy inmigrante en España y siempre apoyé la inmigración pero lo que vivimos anoche en París fue un horror para nuestra familia y todos los aficionados. Cientos de parisinos africanos atacando a los fans riéndose de nosotros y vernos en pánico. Era racismo, contra los europeos.”.

    No se trata de relatar todos los casos publicados para tener claro que lo ocurrido no fue algo normal para los españoles, y tampoco para los ingleses seguidores del Liverpool, que acudieron confiadamente a París a ver un evento futbolero, muchos de ellos con sus hijos menores. Los seguidores del futbol han tenido fama de violentos e incívicos, pero allí los violentos no eran los aficionados al fútbol, sino las víctimas, víctimas de una barbarie agresiva que campa sin ley por una de las más señeras capitales europeas. 

Parece que es algo conocido, pero yo lo ignoraba, que hay barrios enteros en determinadas ciudades a los que no se puede ir.  Había oído hablar de Molenbeek, pero creía que era una excepción. Pero no es así e incluso ya se les conoce como zonas «no-go» y solo en Francia hay catalogadas cerca de setecientas. Afortunadamente en Madrid esto no ocurre, no hay ningún barrio al que no se pueda ir, por periférico o humilde que sea. O al menos es la sensación que tengo y de hecho por diversas circunstancias a veces he caminado por estos barrios supuestamente “malos” y nunca he sentido una sensación de inseguridad.

    Lo ocurrido en París, concretamente en el barrio de Saint  Denis el día de la final de la champions, me ha abierto los ojos. Yo estuve allí hace bastantes años y ciertamente me pareció un barrio pobre y marginal, pero no aprecié nada especial más allá de una profunda multiculturalidad al caminar a pie los más de quinientos metros que separan el metro de la maravillosa basílica donde el Abad Suger instauró el gótico para iluminar a la cristiandad con sus espectaculares vidrieras. El Gótico fue el florecer de la civilización cristiana y es muy simbólico que allí tuviera su cuna y hoy sea Saint Denis el paradigma de su destrucción. El ejemplo de un lugar donde la civilización occidental y cristiana ha desaparecido de manera total de un territorio europeo.

     Pero no nos llevemos a engaño, es exactamente eso lo que se está persiguiendo por determinados poderes. Su propósito seguramente no es que reine la barbarie en estas zonas, pero ésta es un efecto secundario de las invasiones migratorias favorecidas e impulsadas en los últimos años. Se quiere una población aculturizada y desnaturalizada que prescinda de cualquier resorte cultural que los acabe volviendo molestos al poder. Lo que se persigue es llenar Europa de mano de obra barata y sumisa consiguiendo al tiempo que los que ya vivimos aquí cada vez seamos asimismo más sumisos y complacientes con el Nuevo Orden. Para ello hay que atraer a millones de personas de otros continentes, y no se me escapa que la mayoría de ellos son buenas personas y honrados trabajadores y padres de familia que vienen buscando una solución vital. Supongo que también vienen delincuentes, pero incluso éstos serán una minoría. Pero lo cierto es que la gente que campa a sus anchas en Saint Denis, y seguramente otros barrios de otras muchas ciudades, ya no son exactamente inmigrantes, son nacidos en Francia, incluso de tercera generación. Y sin embargo no están dispuestos a asumir la forma de vida del lugar donde están y a respetar mínimamente los valores que nos sirven de consenso para construir nuestra sociedad.

      En España, en mi opinión la situación es menos intensa, salvo en algunas zonas concretas de Cataluña y Este de Andalucía, posiblemente por la razón de que las personas que han venido desde otros países han sido en su gran mayoría hispanoamericanos, lo cual hace que de manera inmediata se fusionen con la sociedad que les recibe, que es esencialmente semejante y análoga a la que dejaron al otro lado del Atlántico.

     El asunto no es fácil, pero es un hecho que hay bolsas de delincuencia y marginalidad en zonas donde antes no las había. Y negar su relación con la inmigración masiva es querer negar la realidad. Ha sido muy revelador la posición oficial del gobierno francés en relación con los sucesos ocurridos en Saint Denis. El hijo predilecto de Davos, el “agendaveintetreintista” Emmanuel Macron ha resuelto la cuestión por el procedimiento más sencillo de todos, que es el de negar los hechos. Para él la culpa de los problemas es de los ingleses que querían entrar sin entrada al partido. No parece entender que si no tenían entrada era porque se la habían robado sus compatriotas franceses, al robarle el móvil en el que la llevaban descargada. No puede reconocer que los frutos de su política son la de la dinamitación de la sociedad francesa, creando enormes zonas en la modernísima París en las que no gobierna el estado, donde éste no tiene el control ni el monopolio de la fuerza, sino que rige, ni siquiera la sharía, sino una ley más parecida a la del salvaje Oeste americano.

Pero seguramente desde su burbuja los miembros de las élites esta dramática realidad no la ven, nada de esto ocurre cuando, en vez de ir al fútbol en Saint Denis, acuden a la selecta pista de Roland Garros en el Bosque de Bolonia para ver a Nadal ganando su enésimo partido. A ellos no les molestan estas hordas delincuenciales en el trayecto hacia el Hotel Crillon, o después al trasladarse para embarcar en el jet privado que les devuelva a su hogar en cualquier lugar del mundo. Qué bonita es París, la ciudad de la luz.  Qué  bonita es Europa, siempre a condición de no ver lo que no se quiere ver.

   Por supuesto nada de esto se puede decir. Si uno lo dice es inmediatamente tildado de xenófobo, racista, fascista y la colección de epítetos acostumbrados, con los que se fulmina a quien discrepa de las opiniones contrarias al mainstream que la corrección política impone. Yo no sé cual es la solución, pero al menos me atrevo a plantear el problema. La mayoría lo niega porque sospecha que ni las causas ni las posibles soluciones le son agradables