¿QUIÉN DIJO MIEDO?

    A medida que uno va tirando del hilo y adoptando una posición más crítica de la situación política y social en la que vivimos, se van identificando algunos de los resortes con los que el poder nos controla y manipula. La realidad social establecida es un complejo sistema de apariencias y sugestiones cuidadosamente cultivadas con mimo por alguien que no da la cara, y que realmente no es fácil saber quién es. Una gran sombra es la que decide nuestra forma de vivir, la que nos controla y esclaviza de una forma tan sutil que somos incapaces de percibir ni siquiera que estamos controlados y mucho menos quien o quienes lo hacen.

    No soy un estudioso de la cuestión, no soy un politólogo, ni un sociólogo, ni nada parecido. Sólo uno más de los controlados, de los manipulados, que, a ratos, y confieso que no siempre, intenta vislumbrar quien mueve los hilos detrás del decorado. Asumo mi derrota en este propósito, es tan complejo el entramado y la maraña de elementos superpuestos para evitar que se descubran los trucos del prestidigitador que a veces sólo queda quedarse con la boca abierta y aplaudir ante la magistral forma de dominación y el escapismo de su efigie que no es sino una digna actuación del gran Houdini.

  Pero a veces en la actuación de los magos, por buenos que sean, cuando repiten muchas veces el mismo truco se acaba descubriendo o por lo menos sospechando donde está la trampa, el engaño. Y algo así está ocurriendo con uno de los instrumentos que más se está utilizando últimamente para dominación y control social. Y no es otra cosa que la utilización continua del miedo. Las personas que vivimos en este tiempo estamos continuamente amedrentados por los más variados motivos, casi todos ellos generados o creados desde los medios de comunicación y los creadores de opinión.

     El miedo es un mecanismo de defensa de la naturaleza frente a la adversidad. El perro apaleado tiene miedo del palo. Y en el hombre no es la cosa muy diferente. Siempre y en todo momento de la historia el hombre como individuo ha sentido temor al rayo, a la muerte, a la enfermedad, a pasar hambre. Es una manifestación del instinto de supervivencia. Y es algo ínsito a la propia existencia, y que en las personas se manifiesta con mayor o menor intensidad, .

   El miedo como toda debilidad instalada en el alma humana es particularmente útil como instrumento para el control de las personas. Y así ha sido posiblemente desde siempre. Todos los poderosos han sustentado su dominio y poder en la utilización del miedo, en la coacción, y cuanto más despiadado y totalitarios han sido los gobernantes más han utilizado esta forma de poder. En el “Yo Claudio” de Robert Graves, (que en gran medida no es otra cosa que un remake de la “vida de los Doce Césares”,  de Suetonio)  se recoge aquella frase del Emperador Tiberio como medio para conservar su poder: “que me teman, siempre que me obedezcan”. Fue superado por Calígula, quien según dicen prefería la de “Oderint dum metuam” , es decir, “que me odien siempre que me teman”.  El poder autocrático como el de los Césares romanos, no tiene inconveniente alguno de utilizar el miedo para asegurarse la sumisión y obediencia de sus súbditos.

   Este es el miedo que imponen los regímenes autoritarios, el que utilizaba Stalin para sojuzgar a su pueblo. El miedo al poder como forma de coacción y amansamiento de los pueblos. Luchar contra los regímenes dictatoriales requiere una dosis de valentía para superar esa imposición de fuerza, que hace que quien se opone al mismo acabe pagando con su libertad, su hacienda o incluso su vida. Oponerse a estas formas de poder requiere una importante dosis de heroísmo, de valentía y de osadía, superadores de ese miedo generalizado y opresor.

   Las formas modernas de dominación son más sutiles, pero no menos eficaces. Los sistemas políticos que se autodefinen como democráticos o estados de derecho, que se ven a sí mismos como respetuosos con los derechos humanos, con las garantías y contragarantías, no pueden lograr la aquiescencia de los súbditos por medio del miedo al aparato del Estado. Sería formalmente contradictorio con sus propios principios, que se basan en crear la ilusión en los gobernados de que son libres, de que viven en un sistema que permite libertades como la de opinión, de asociación, de prensa, etc.

   Estos sistemas, que podemos definir, por abreviar, como democráticos, parten de la premisa de que el pueblo los acepta, y por ello su supervivencia reside en conseguir que el pueblo los admita con general aquiescencia, para lo cual, como no hay un poder fáctico aparente que se imponga, debe procurarse la sumisión de los gobernados por medio de eficaces medios de creación de opinión que haga que el discrepante sea apartado del rebaño como una oveja infectada. Su forma de legitimación es lograr que el pueblo crea sinceramente que desea esa forma de gobierno y para ello es preciso continuamente alimentar esa opinión, esa ilusión, o esa fantasía de que es la mejor  y la única forma de gobierno posible. Quien discrepa, a diferencia de los regímenes totalitario, no se le encarcela, pero se le tilda de “populista”, de “negacionista”, se le impone el total ostracismo, lo que se ha dado en llamar en esto tiempos como la cancelación.

    Pues bien, en estos sistemas de aparente libertad, basados en el inducido autoengaño de las masas, el miedo tiene también un importante papel como instrumento de control social. El miedo, es un estado psíquico o emocional que se genera en una persona cuando siente, percibe o tiene la creencia de que va a sufrir un mal. La reacción más natural es tomar las precauciones o adoptar las conductas que se considere que son más adecuadas para evitar ese posible mal que se imagina. Cuando una persona padece miedo está condicionada en su conducta, sus decisiones no son ya totalmente libres sino que están mediatizadas por la necesidad de tratar de evitar los males que le amenazan. Y eso hace que estas personas sean más sumisas respecto de quienes le prometen defenderles de esos males que le atemorizan. Y no solo para impedir que se haga algo, que prohibir generando miedo es más sencillo, sino incluso consiguiendo que hagas algo que no harías si no existiera ese temor. El mecanismo sería algo parecido a si yo te genero un miedo sobre algo concreto y al tiempo te indico la forma de superarlo, que es precisamente la forma en la que yo quiero que te comportes para complacerme. Por ejemplo, me molesta que mi vecino deje la luz de su parcela toda la noche encendida, y quiero que la apague, puedo cortarle violentamente la luz, o puedo amedrentarle con que es inminente un ataque aéreo de un enemigo imaginario, si consigo que lo crea, él mismo por miedo apagará voluntariamente todas las noches la luz y creyendo que actúa con libertad y por su propia decisión. Obviamente será necesario que consiga que se crea que ese riesgo es cierto, y ahí es donde entraría toda la propaganda mediática para dar verosimilitud a esta descabellada situación.

     Los gobernantes, que incluiríamos en el espectro democrático, y que se sirven a la nueva dominación globalista, son conscientes, (como todo poder)  del enorme instrumento de control social que es el miedo. Pero como no quieren dar la cara de una imposición fáctica del terror, que les haría sentirse autoritarios o dictatoriales, lo utilizan de una forma indirecta pero no menos eficaz. Quizás más eficaz,  porque los ciudadanos no perciben que el miedo lo genera un poder concreto, un tirano contra el que se puede luchar y al que se podría derrocar.  

     Así vemos que en los últimos tiempos los medios de comunicación están continuamente alimentando el miedo de las personas de las formas más variadas, con tal que estemos los ciudadanos continuamente instalados en el temor de algo que nos pueda ocurrir.  No hay más que ver alguno de los noticiarios para ver que una sección fija de los mismos es la de una anticipación general de males, algunos reales y otras meras sugestiones interesadas, que no tienen otra finalidad que mantener un estado de atemorización general de las personas.

     Son muchos y muy variados los temores creados desde el poder, que obviamente afectan más o menos a las personas según su propia propensión a padecer miedo o a ignorarlo.  Uno de los más utilizados y evidentes es el terror climático. Todos días tenemos varias noticias sobre catástrofes naturales, inundaciones, huracanes, incendios de bosques, etc. en cualquier punto del planeta, para inmediatamente sugerir que no son otra cosa que consecuencia del cambio climático, y que este cambio climático, que estoy yo provocando con mis irresponsables conductas, va a hacer inhabitable mi país, va a subir el nivel del mar inundando enormes extensiones y ciudades, y en suma se destruirá el planeta. Esto es terrible y hay que evitarlo a toda costa, para lo cual una vez asumido profundamente ese miedo debilitante, hay que apoyar y aplaudir a quienes luchan contra ese fantasma de la destrucción del planeta. Y hay que apartar como apestados a quienes niegan que esto sea verdad e incluso a los que, aunque crean que es posible que fuera cierto, entiendan que hay que superar ese miedo irracional a la destrucción planetaria.

    Los ejemplos de creaciones artificiales de miedos en la población son variados. Miedo al contagio y a la enfermedad (desde el Sida, el coronavirus, la gripe A, etc.) , a las epidemias en personas o en animales; miedo generado por un la posibilidad de que un asteroide llegue a chocar contra la tierra (de vez en cuando avisan de esta posibilidad, quizás como creación de estado de ánimo para su utilización futura), miedo a que los antibióticos dejen de ser eficaces, miedo difuso al fascismo….. Una de las últimas creaciones es el miedo a la guerra que nos pueda llegar ante una amenaza bastante ilusoria de que Rusia pueda invadirnos. Hasta nuestros más sensatos y equilibrados gobernantes nos han sugerido que tomemos en serio la amenaza, nos proporcionemos un kit de supervivencia al tiempo que todos los medios de comunicación nos informan, como que no quiere la cosa, qué hacer en caso de ataque nuclear  o las ventajas de tener un búnker subterráneo en el jardín.

Por el contrario, cuando el miedo es digámoslo así, espontáneo, no creado o impulsado desde el poder, éste es negado y ocultado. Si tengo miedo a que ocupen mi vivienda, si tengo miedo a que se instalen en mi entorno personas venidas de otras culturas, de creencias intolerantes con mi forma de vida y que puedan atacarme o vejarme, no puedo exteriorizarlos, ya que de hacerlo soy directamente un elemento sospechoso de antisocial. Hay miedos autorizados y miedos prohibidos.

     El miedo es inseparable de la naturaleza humana. Pero sólo se puede ser libre si uno es capaz de controlarlo, de superarlo, de eliminarlo de la mente y del corazón. Y hay que luchar contra el miedo al tirano y contra el miedo que nos crean nuestros gobernantes para tenernos paralizados, adormecidos y sojuzgados. Fue clarividente San Juan Pablo II, quien, al ser elegido Papa, las primeras palabras que dijo a la multitud que le aclamaba en la plaza de San Pedro, fueron precisamente “No tengáis miedo”.

CONVERSIONES CONTEMPORANEAS

 El día 25 de enero comencé este escrito. En el santoral católico este día es el de la conversión de San Pablo. Sí ese cambio súbito de bando que llevo a Saulo, en el camino de Damasco, a decidir que en vez de perseguir a los cristianos iba a unirse a ellos y más que eso ser el auténtico fundador de la Iglesia como institución, que realmente no la creó Jesucristo, sino este fariseo reconvertido.

  Y desde entonces, y seguramente ya antes, ha habido miles de conversiones, o desde otro punto de vista de traiciones. Porque todo depende de la perspectiva desde la que se mire el cambio de bando, si el convertido se une a los tuyos es una iluminación, una auténtica conversión, un descubrimiento de la verdad y el camino correcto. Si por el contrario el cambio es para abandonar tus huestes y pasarse al contrario, no se trata de un converso, sino de un traidor. Audax, Ditalco y Minuro son para nosotros traidores por asesinar a Viriato, y también para Roma que se negó a pagarles por su traición (Roma traditoribus non praemiat). Y también es un traidor y no un converso el Conde Don Julián que propició la pérdida de España y su entrega a los musulmanes.

    No creo que sea buena idea el hacer catálogo histórico de chaqueterismos, que es como las llamamos cuando las conversiones no son sinceras, sino interesadas.  El prototipo de la adaptación a las circunstancias, al menos en los personajes históricos de los que yo tengo noticia, fue Fouché, que pasó del seminario a trabajar para revolución francesa que decapitó al Borbón, y luego trabajó para el Directorio, el Consulado, el Imperio napoleónico y finalmente fue ministro en la restauración borbónica de Luis XVIII. Su vida narrada por Stefan Zweig, es una de las biografías más apasionantes que recuerdo haber leído.

    En un lugar destacado del pódium de las grandes conversiones de la historia,  ya debemos colocar la que hemos observado en los últimos tiempos en una parte significativa de los magnates y poderosos dominadores de la economía y las nuevas tecnologías. El cambio de bando de los  Jeff Bezos, Mark Zuckerberg, y el “googleiano” Sundar Pichai, ha sido muy, pero que muy llamativo. Ha sido realmente sorprendente ver a todos estos, hasta hace poco perseguidores despiadados de los enemigos del wokismo, sentados a la derecha del padre Trump en su reciente toma de posesión como presidente. Realmente ver para creer. Todos ellos, como Pablo, perseguían a los que ahora parecen defender. Como Pablo perdieron la vista, y la recuperaron por la milagrosa intercesión de Donald (no el pato, sino el otro).

    Ahora Zuckerberg reniega de su pasado y declara que fue obligado a censurar en Facebook e Instagram todo lo que negara la “plandemia” y todo lo que los bienpensantes progres decidían que les perjudicaba. Y con cara de “yo no fui”, alega que así se lo mandaron desde el gobierno socialista de Biden. Que solo obedeció órdenes. Fue un mandado, pero ahora con un dolor por sus pecados encomiable, promete no volver a hacerlo y devolver a sus juguetitos a la pureza original. Arrepentidos los quiere Dios. Aunque no sabemos cuánto le durará el propósito de enmienda censuradora. Tal vez hasta que los demócratas recuperen la Casa Blanca.

     Lo cierto es que en su conversión ha cantado de plano y ha reconocido por un lado que sus plataformas censuraban, y que lo hacían con un criterio ideológico y que lo hacían para defender unas determinadas posiciones políticas. En fin, lo que veíamos todos, pero ahora reconocido por el dueño del “tinglao”.

    Quizás alguien que haya permanecido leyendo este escrito hasta este punto, superando  con creces los primeros ciento cuarenta caracteres, haya echado de menos en este escrito alguna referencia a Elon Musk y su Twitter (ahora llamado “X”). No es un olvido involuntario, sino consciente. Y ello porque no creo que deba incluirse en el mismo saco que los otros que he citado anteriormente. Su conversión, no sé si es más sincera que la de los otros, pero al menos sí fue anterior. Los otros tres se han subido al caballo ganador, es decir una vez que Trump ganó las elecciones y era el nuevo POTUS, todos ellos se arrimaron a él, y renegaron de sus jefes anteriores. Y como USA sí paga traidores, han sido admitidos todos ellos en la camarilla del nuevo poder. Saben que, como reza el sabio refranero, quien a buen árbol se arrima buena sombra le cobija.

     El caso de Musk, a mi entender, es algo diferente. Su conversión fue anterior a que Trump ganara las elecciones, apostó por él cuando no estaba nada claro que fuera a ganar. Y aunque es un magnate igual o más poderoso que los anteriores, su conversión sí parece sincera. Y su arrepentimiento también. Por ello es el más odiado por la progresía. Realmente el cambio experimentado por Twitter después de ser adquirido por Musk fue espectacular. De un plumazo desapareció la censura y la cancelación de todo aquel que pensara diferente. Dejó de ser un coto privado de señoritos progres en el que sólo ellos podían opinar, e imponer tendencias. De pronto se podía hablar de casi todo, sin que salieran los moderadores de opinión para censurar y borrar discrepantes. Puede que ahora sea todo más descontrolado en X y que haya también algún efecto indeseado, pero sin duda hay mayor libertad. Por supuesto, quienes no pueden soportar que haya opiniones diferentes a las suyas, han abandonado en masa esta red social y se han refugiado en una reserva para progres y wokistas llamada Bluesky, fundada por Jack Dorsey (creador de Twitter), pero ahora capitaneada por una joven y brillante ingeniera “comme il faut” , que ya ha llenado su red de moderadores ávidos de acallar a los discrepantes.

        Lo que más me divierte de todo esto, es que muchos de los que antes eran felices con el apoyo incondicional de todos estos poderosos magnates, cuando han decidido defender otra opción política, han pasado a demonizarles. El señor que tenemos presidiendo el gobierno de España, desde la conversión, les llama la “tecnocasta  de Silicon Valley”,  e incita a una rebelión contra ellos porque son unos poderosos multimillonarios que utilizan su omnímodo poder para apoyar determinadas opciones políticas. ¡Otra iluminación! Otra recuperación súbita de la vista que le ha revelado que hay unos tenebrosos  y superpoderosos magnates que nos controlan y nos dominan. Lo más curioso es que ha sido una recuperación de la vista que podríamos llamar “estrábica”, parece que solo enfoca el ojo derecho y con el izquierdo sigue sin ver los supermagnates progres que siguen apoyando sin fisuras el globalismo. Atended bien, que es importante no equivocarse. No son “tecnocasta” ni Bill Gates,  ni su ex esposa Belinda, ni su siniestra fundación. No es «tecnocasta»  el hiperwokista y blasfemo  Reed Hastings, todopoderoso dueño de Netflix.  Ni por supuesto es un enemigo del pueblo el siniestro George Soros, ahora ya su hijito, de quien el presidente español es un convencido esbirro. Contra todos estos no hay que rebelarse, sino aceptar que su inmenso poder es benéfico y conveniente.

     Pero como hoy este escrito va de conversiones, no quiero dejar pasar la ocasión de mencionar dos, que sí realmente me han impresionado en los últimos tiempos, por ser unas conversiones, por decirlo así, anticíclicas, contrarias al signo de los tiempos, aunque en ambos casos parecen más bien procesos lentos y meditados que súbitas iluminaciones.

        La primera de ellas es la conversión al catolicismo del actual Vicepresidente de los Estados Unidos, J.D. Vance. A diferencia de otros políticos de familia católica, como los Kennedy, Vance nació en una familia cristiana, pero no católica, y reconoce haber pasado por un largo proceso de indiferencia religiosa e incluso de ateísmo furioso. Sin embargo, tras un proceso intelectual, en el que se encuentra con la obra de San Agustín, decide bautizarse. Según manifestó en una entrevista Agustín le mostró de manera conmovedora que la mentira según la cual hay que ser estúpido para ser cristiano, en la que creyó durante gran parte de su vida, era falsa. Y lo más interesante es que fruto de esta conversión a la fe católica, ha mutado sus posiciones políticas, abandonando el liberalismo furibundo, un liberalismo que ha devenido en el fomento de un individualismo a ultranza que solo puede ser sostenido por un Estado totalitario. En ese sentido, para Vance, el Estado norteamericano se encuentra a merced de un capitalismo corporativo global que va fraccionando toda la sociedad y que, haciendo uso de las nuevas tecnologías, polarizan y embrutecen. Nihil obstat.

  La segunda conversión que me ha llamado la atención es la de un escritor que me tiene fascinado últimamente, que es Jon Fosse, premio nobel de literatura de 2023. Parece ser que este escritor noruego ha llegado al catolicismo ya en la cincuentena, en un proceso de búsqueda de la espiritualidad, tras un proceso vital destructivo por el alcoholismo y la depresión. Y parece que entendió que el camino de espiritualidad que más se adecuaba a su búsqueda era el que le proporcionaba el catolicismo del que sintió fascinación por su  liturgia y por la forma de oración a base de mantras o repeticiones, tal y como se efectúa el rosario cristiano o cómo propone la filocalia. Ha escrito  un libro sobre esta conversión que titula “el misterio de la Fe”, que creo que no está publicado en español. Confieso que lo único que he leído de él, ( aparte de la visión del reciente estreno en Madrid, de su obra “Viento Fuerte”), es la fascinante novela en siete partes titulada “Septología”, la cual es un prodigio de buena literatura, pero también un libro profundamente religioso, con una religiosidad que se acerca mucho a mi forma de entenderla. Quizás porque, aunque yo haya sido criado en una familia católica, también tengo algo de converso. O al menos de no desfallecer en la búsqueda de la fe, ya en la edad tardía, la cual espero encontrar cualquier día. Incluso ya hay días que creo haberla encontrado.

LA HISPANIDAD COMO PROPÓSITO

   Estoy en Madrid, mi ciudad. La capital de esta España, que amo, pero que siento que está incompleta, porque nos han arrebatado una parte de nuestra patria. He repetido ya muchas veces que creo que España no es nada sin América y que Hispanoamérica no es nada dividida en tantos y tantos trocitos y dándole la espalda a su realidad.  Y ya no me refiero tanto a la cuestión política, de himnos y banderas, sino a la íntima convicción de que no nos dejan ser como queremos ser, de sentirnos verdaderamente hermanados y unidos por una vocación y una cercanía que nos arrebatan cada día un poco más.

    Estoy firmemente convencido que lo que consistió la  Hispanidad en el pasado fue destruido tras ser duramente atacado por los intereses imperialistas y económicos anglosajones que vencieron e impusieron su modelo de globalización, puramente materialista y depredador que no es otra cosa que el antecedente de la actual dictadura globalista que nos ataca por doquier. De aquellos polvos vienen estos lodos.

     Pero no quiero hoy referirme demasiado a todo aquello que pasó, a la debilidad mental de nuestras élites que quedaron secuestradas intelectualmente por las logias y que siempre se muestran sumisas ante todo lo que nos llega de la cultura anglosajona y centro-europea. Hoy quisiera quedarme más a pie de calle, para reivindicar lo que veo y lo que siento aquí en mi ciudad y lo que he visto y sentido en los viajes por tierras americanas.

    Y es que aquí en Madrid, pero podría extenderlo a casi toda la península ibérica, cada día se nota más la cercanía y la presencia de nuestros hermanos del otro lado del Atlántico. Y no puedo decir otra cosa que es una absoluta bendición escuchar por aquí este nuestro idioma común, hablado con los acentos y cadencias de otras tierras lejanas. Siento un enorme regocijo cuando veo cada vez más niños en los parques de mi ciudad con los rasgos físicos externos que claramente han venido del otro lado del Océano, pero que su interior, su alma, es como la mía, hija de la hispanidad.

   Y es que ese niño de sangre americana y yo, de sangre castellana y europea, (quizás celta, tal vez vetona, quizás visigoda, quizás judía, quizás fenicia, ….)   pertenecemos a la misma raza. Por supuesto en ese concepto de raza que nada tiene que ver con la puramente biológica que defendieron los supremacistas centroeuropeos, desde el francés Conde de Gobineau hasta el mismísimo Adolf Hitler. Como dijo Juan Domingo Perón la raza no debe ser un concepto biológico, sino algo puramente espiritual. Es esa idea de comunidad espiritual que desembocó en denominar en muchos lugares de Hispanoamérica el día 12 de octubre como el Día de la Raza.

        El problema es que siempre nos estamos midiendo por los conceptos y magnitudes que nos vienen impuestos y que nos han llevado a interiorizar los prejuicios raciales que acabaron desembocando en una delirante búsqueda de la pureza de la raza aria, que es algo que nunca nos importó realmente a los españoles, tal vez por ser fruto de un mestizaje por nuestra ubicación geográfica, a caballo entre Europa y África. Sea como fuera, parece que se malinterpreta hoy en día ese concepto de “raza” al que me he referido y esa definición ha sido abandonada y sustituida por otra que seguramente se entiende mejor, como es la de la “Hispanidad”.

   Quisiera matizar que este concepto racial, puramente biológico, sí ha triunfado entre algunos españoles, que son aquellos que precisamente quieren dejar de serlo. El racismo es la clave de bóveda del nacionalismo vasco, desde que el desquiciado Sabino Arana, defendiera la identidad racial vasca. Y también del nacionalismo catalán, quizás menos conocidos pero con ejemplares como aquel Pompeyo Gener que consideraba que España estaba paralizada por la mezcla de sangres inferiores como la semítica y la bereber. O el más cercano Heribert Barrera, ilustre masón, que entendía que había que proteger a Cataluña de andaluces, seres pobres y destruidos, que iban contaminar la raza catalana que, según él, es genéticamente más inteligente.

       Pero estas posiciones no son más que tristes anomalías en España, que en su conjunto no ha tenido en sus elementos constitutivos el concepto de raza biológica o de una etnia concreta y por eso a la construcción americana de nuestra identidad, le encaja más el concepto de “Hispanidad”.  Es complicado dar una definición de determinados conceptos intangibles, de determinadas realidades difusas y que además se quieren negar. Y esto es lo que hace difícil definir a la hispanidad. Pero con toda la dificultad que implica,  creo que es un concepto correcto para identificar el nexo de unión que existe entre todos los países que geográficamente están en América del Centro y de Sur y la propia España.

     Y conviene aclarar que la Hispanidad no sólo el constituye el nexo de España con ellos, sino también de estas otras naciones entre sí. Si no hubieran llegado a esas tierras unos tozudos castellanos, las lejanas tierras entre la Tierra del Fuego y la península de Yucatán no tendrían nada, absolutamente nada en común. Habrían aterrizado en la modernidad con sus propios idiomas y costumbres, perfectamente válidas, pero sin ninguna conexión entre ellas. O tanta cercanía como puede tener hoy en día un portugués con un habitante de Atyrau en Kazajistan, por tomar los dos límites extremos de Europa.

    Las  pocas veces que la vida me ha permitido cruzar el Océano, hacia las tierras que otrora formaron parte de la Corona de España, he sentido una cercanía con las personas que allí me he encontrado que trasciende lo ideológico, para ser una relación cuasi familiar, he percibido que nos entendemos y que congeniamos con cierta facilidad y con predisposición recíproca a ello. El idioma ayuda a comunicarnos, pero no sólo eso, hay algo más, hay una cosmovisión parecida de la vida y hasta un sentido del humor semejante. Desgraciadamente no conozco más que cuatro de los actuales países de Hispanoamérica, que son Colombia, Costa-Rica, República Dominicana, y Cuba, y no tan profundamente como me hubiera gustado. Pero también he conocido aquí a otras personas de Ecuador, de Chile, de Guatemala, de Honduras, de México, de Venezuela, etc. Y todo ello me lleva a afirmar lo que digo.

    Es por eso que me he sentido particularmente reflejado en la recientemente estrenada película “Hispanoamérica, canto de Vida y Esperanza” del cineasta español José Luis López Linares. Es reconfortador pensar que esta idea va cuajando y tomando forma entre nosotros, entendiendo por tales a los que estamos allende y aquende los mares. Esta obra, aparte de ser de una belleza deslumbrante, no hace sino reflejar lo que nos une, y lo que nos ha unido, pero también las posibilidades que surgirían si consiguiéramos comprender que juntos seríamos una potencia impulsadora de una forma alternativa de vida y de civilización frente al materialismo y relativismo globalista de corte anglosajón.

   Creo firmemente que hay que trabajar por valorar e impulsar todo lo que nos une, en vez de destacar únicamente las diferencias y enemistades. Es complicado, porque hay que luchar contra todos esos tópicos archiconocidos y manidos de la leyenda negra, y también por superar o al menos relativizar los nacionalismos exagerados, en pos de la integración en una unidad superior de entendimiento. Y ello debe realizarse en varios frentes, uno desde luego es el puramente intelectual, conforme al cual las élites culturales y de pensamiento de todos estos países tomen conciencia de este propósito.

   Pero no todo está perdido, hay algunos síntomas de esperanza para avanzar por esta senda de la unidad o al menos de la mutua comprensión. Aparte de la ya citada película y su antecedente «la primera Globalización», habría que citar al vibrante espectáculo musical de “Malinche” de Nacho Cano, por más que la izquierda patria haya comenzado un proceso inquisitorial de cancelación contra su autor. O el cantante colombiano Carlos Vives, quien en el último 12 de octubre manifestó que parece lo más hermoso y natural” compartir el mensaje de ser hispanos, que “llevamos en nuestra sangre”, y mostrar con orgullo “nuestra hispanidad”.

     Y por supuesto no podría olvidar un fenómeno que me ha sorprendido de manera intensa y no es otro que el movimiento de reunificación de Puerto Rico, que reclama y defiende, separarse de la tutela yanqui, e incorporarse a España como una Comunidad Autónoma más, tal y como ya fueron en el pasado (https://adelantereunificacionistas.com/) . Ojalá ocurriera, les recibiríamos con los brazos abiertos, en un mutuo abrazo de reencuentro.

SOLVE ET COAGULA.

    Cuando comencé este Blog, hace ya más de tres años, me propuse ser un observador de lo que pasa en el mundo e intentar contarlo a mi forma y a mi modo, según lo sintiera en cada momento.  Hoy me siento obligado a reflexionar sobre lo que ocurre en mi casa, en mi tierra, o como está de moda decir, en mi territorio.  España muere lentamente desde hace tiempo, y ante la complacencia de unos que trabajan activamente para su desintegración y la pasividad de otros que miran hacia otro lado ante cada ataque y ofensa. O incluso como mucho protestan levemente, siempre de manera moderada y educada, no sea que los enemigos de España se enfaden. Así nos va. Así nos ha ido hasta ahora a los que defendemos determinadas posiciones de unidad y consistencia de un proyecto común, construido hace siglos y hoy agonizante.

      El proceso de la desintegración de la España actual comenzó con la tan alabada Constitución de 1978, que jugó con ambigüedades sobre nacionalidades y regiones y que, para contentar a unos pocos, creó esos engendros llamados comunidades autónomas, que por supuesto no contentaron a los separatistas y que han creado unas nuevas estructuras de administración caras y disgregantes. También han tenido efectos positivos, no cabe duda, pero no han servido para el fin esencial para el que fueron diseñadas, que no era otro que el de encajar dentro de España a determinadas regiones díscolas e insolidarias con las demás.

    Bien se ha visto que a estas regiones, sobre todo Vascongadas y Cataluña, pero también Navarra y Galicia en menor medida, el sistema autonómico sólo les ha servido para tener unas estructuras propias de poder desde las cuales han trabajado consciente y deliberadamente para conseguir la separación del Reino de España y para crear unos nuevos estados separados basados en unas inexistentes naciones, que a fuerza de fomentarlas van a llegar a existir. Este proyecto se ha visto claramente, pero nunca se le ha puesto freno desde el resto de España, sino que por el contrario se ha facilitado, dando cada vez más recursos económicos a estas regiones desleales.

    Realmente en este proceso los verdaderos culpables no son los partidos nacionalistas, separatistas o independentistas, que no han hecho sino aquello que les es propio a su naturaleza. Los verdaderos culpables de este proceso imparable desde que murió Franco han sido el resto de los partidos de ámbito nacional, que en los casos más veniales han consentido este imparable proceso a cambio de unas migajas de poder. Y en el caso menos entendible y perdonable, como el del llamado Partido Socialista Obrero Español, ha trabajado de manera deliberada en este proceso de desintegración.

     Algo que nunca he acabado de entender es la identificación que en este país se ha hecho de nacionalismo y progresismo, o que es lo mismo independentismos e izquierda. Es como si para ser de izquierdas y progresista fuera imprescindible odiar a España como nación. Quizás se trate de que la mera idea de España sea un concepto conservador, y que su existencia evoca ideas o proyectos que son repudiados por el progresismo. Y si esto es así, como lo creo, me lleva a pensar que realmente España es un concepto molesto para muchos y que la izquierda sólo puede sentirse bien si la destroza como nación y con ella las ideas parece encarnar.

       Es una cuestión a reflexionar. Quizás nos empeñemos en pensar que somos una nación como cualquier otra que la respetan todos sus ciudadanos, cualquiera que sea su ideología, es decir como Francia, Portugal o Italia, por no irnos más lejos. Pero en España, para los partidarios de las ideas llamadas progresistas no es así. En su fuero interno y creo que no de una manera totalmente consciente, identifican progreso con la desmembración de España, hasta el punto que llegan a apoyar a casposas oligarquías locales de caciques ostensiblemente derechosos (según su visión) cuyo único mérito es querer destruir a la nación española. Aunque sean de derechas, defiendan oligarquías, caciquismos, privilegios y desigualdades, el ser independentistas les hace respetables. Así ocurre en Cataluña. En el País Vasco es todavía peor, ya que la izquierda se siente feliz en compañía de partidos que defienden un racismo biológico y violento, y que coquetearon con el nazismo auténtico.

     Para comprender esta contradicción sólo hay que asumir el hecho de que lo progresista es destruir España.  ¿Pero, por qué es progresista destruir España? La respuesta sólo puede ser que España, como unidad, implica valores que se denuestan, representa ideas peligrosas para el dogma del progreso. Para la izquierda destruir esta nación es un objetivo a conseguir para lograr sus objetivos. Pero esto, como hemos visto no ocurre con otras naciones, sólo ocurre en España. Luego lo progresista no es destruir las naciones en general, (de hecho, los disgregadores son nacionalistas de su terruño), sino que es destruir la nación española.

     Esto nos debe hacer pensar qué es lo que es tan molesto y fastidioso en España para la izquierda. Algunos lo simplifican indicando que ven en la nación española residuos o manifestaciones del franquismo. Yo creo que esto es sólo una excusa de la izquierda para ocultar la verdadera razón de su odio congénito a España. Es cierto que durante el franquismo se reivindicó la grandeza pasada de esta nación, pero eso no convierte al Cid o a Hernán Cortés en franquistas. Si la izquierda quisiera podría reivindicar también ese pasado, pero no quiere. Y si no quiere es porque lo que le molesta no es el franquismo, sino la historia en sí, el pasado que generó el nacimiento de la nación española. Y tienen miedo que esa fuerza poderosa que fraguó nuestra nación, pueda volver a rebrotar.

     La verdadera esencia de España es la lucha contra el Islam durante ocho siglos, que forjaron una idiosincrasia especial que cristalizó en la misión  de llevar la civilización cristiana a tierras entonces desconocidas y que generaron un proyecto civilizador, con sus luces  y sombras, pero sin demasiados precedentes en la historia conocida. Este proyecto fue constantemente asediado por algunos otros países europeos que con encono lo acosaron y derribaron, hasta que fue finalmente destruido, totalmente derrotado.

        Los vencedores del imperio español impusieron un modo de colonización deshumanizado y materialista, frente al modelo más humano e integrador que se defendía desde la corona española. Luego vino la leyenda negra con la que nos acusaron de hacer todo lo que acabaron realmente haciendo los fautores de la misma. Y todo ello defendido, y sustentado ideológicamente por las ideas iluministas de la Ilustración, con sus diferentes tentáculos, por ejemplo, la masonería anglosajona conspirando para la independencia de los países hispanoamericanos y trabajando para su interesada disgregación entre ellos. Para estas ideologías España representaba en aquel momento todo lo que querían combatir, nos tachaban de retrógrados, frailunos y enemigos de la libertad, frente a los que imponían la igualdad y fraternidad, aunque fuera a golpe de guillotina. Para el triunfo del proyecto iluminista y materialista en el mundo,  antagónico al defendido por España, fue esencial derrotar al único poder que no seguía sus consignas.

     La izquierda actual es heredera de aquellos que combatieron a España durante siglos. Y por ello asume todas las consignas que vienen de aquellos tiempos. España es el enemigo a destruir por representar su mera existencia la oposición más frontal que ha existido a ese proyecto histórico que hoy se autodenomina progresismo, y que ha desembocado en el actual globalismo, y que es la continuación directa de los que derrotaron al proyecto español en América.

      De manera que la izquierda española es un caballo de Troya que tenemos dentro de nuestros muros y que trabaja para la total demolición de nuestra nación. Se trata de no dejar nada de ella, de hacerla pedacitos hasta que sea totalmente irreconocible. Si primero fueron la Nueva España y Nueva Granada, después Cuba y Filipinas, ahora toca Cataluña y Vascongadas, luego será Galicia y Canarias, y así hasta que no quede absolutamente nada.

    Quizás tenga que ser así, y oponerse a ello es solo un gesto de melancolía, de intentar mantener en pie lo que está muerto. La izquierda tiene un proyecto claro que es destruir aquello que odia y considera su enemigo. La derecha obviamente se resiste, pero como mera reacción, como un ejercicio de costumbre y de nostalgia, como un conservadurismo sin demasiada sustancia. Y por ello es más fácil que triunfen los primeros, y ello será así mientras no exista un proyecto que haga viable a España como destino, como proyecto o como misión. Por ello es esencial centrarse en lo que significa España, como portadora de una misión, cumplidora de un destino. 

     Si somos capaces algunos españoles de comprender lo que quiso hacer España y recuperar ese proyecto de civilización alternativa a la despiadada modernidad globalizadora de origen anglosajón, si convencemos a nuestros hermanos de América que nunca debimos separarnos y que debemos caminar juntos, si conseguimos una ilusión de futuro para nuestros hijos, España renacería de sus pedazos como un ave fénix. Quizás para ello deba desgajarse del todo para comenzar una nueva unidad que no descanse en el pasado sino en el futuro, en un proyecto común.  Algo así como el principio alquímico de “solve et coagula

UNA DE MARCIANOS

 Soy de una generación que creció en su niñez y adolescencia con los extraterrestres. No es que viera nunca uno de ellos, pero sí que estaba profundamente interesado en todo el fenómeno OVNI. Era un acrítico creyente de su presencia entre nosotros, aunque careciera de cualquier prueba directa, lo cual siempre achacaba a la existencia de una enorme conspiración de silencio diseñada por la CIA y todos los gobiernos del mundo que querían ocultar cuidadosamente todas las pruebas, que sin duda debían de tener, sobre esta existencia de seres de otros planetas.

  Yo, como tantos de mi generación, seguía los programas radiofónicos y televisivos sobre los OVNIS, e incluso llegué a pasar noches enteras mirando al cielo en busca de avistamientos. Escuchaba una y otra vez con enorme interés las historias de lo sucedido en Roswell. Soy de los que estaba profundamente interesado en el planeta UMMO y los ummitas, que siendo seres más o menos humanos, aunque con un cierto aspecto estrafalario, caminaban entre nosotros en nuestra vida cotidiana. Leí con avidez un libro de un tal Siracusa que afirmaba estar en contacto continuo con seres de otros planetas. Y pasé tardes enteras de verano empapándome de las teorías de Erich Von Daniken sobre las interpretaciones de la Biblia y de otras tradiciones como una revelación de culturas extraterrestres que nosotros hasta ese momento ingenuamente imputábamos nuestro Dios o a dioses de otros panteones, y que explicaban las culturas precolombinas y las del antiguo Egipto, y a quienes les transmitieron por conductos separados la manía de construir pirámides para fines poco claros de navegaciones interplanetarias. Como resumen diría que en mi infancia y primera adolescencia era algo común la creencia casi ciega en la realidad extratrerrestre.

  El tiempo fue diluyendo todo aquello. Poco a poco fue para mí perdiendo importancia en mi vida, hasta el punto de caer casi en el olvido. Y ello a pesar de haber visto algún fenómeno extraño o de difícil explicación para mí. Uno de ellos fue la visión de un extraño objeto circular en el cielo, como un disco con luz propia, una tarde que viajaba de Madrid a Bilbao en tren, y que permanecía estático o navegaba lentamente al ritmo aparente la marcha. Puede que tuviera una explicación razonable, pero para mí fue sin duda un objeto volador no identificado. La segunda experiencia ha sido más reciente, apenas hace unos meses, cuando en pleno centro de Madrid, miré por azar a un último piso de un edificio que estaba al otro lado de una céntrica plaza en la que yo estaba, y a través de unos enormes ventanales, observé con claridad cómo se paseaba con naturalidad un ser de carácter no identificable para mí, algo así como un humanoide, de una altura de un metro o metro y medio, con unos largos brazos que casi le llegaban al suelo, iba erguido como no lo estaría un simio y que durante más de cinco minutos se estuvo exhibiendo con indiferencia hasta que alguien, ese sí claramente humano corrió unas cortinas que me impidió seguir con la visión. Evidentemente no es una prueba de nada, y las explicaciones de esa visión pueden ser muchas, desde un holograma a un robot, o incluso que sufriera una alucinación creada por mi mente, eso sí, sin ayuda al menos consciente de sustancia alguna.

 Al margen de estas experiencias personales, que hace cuarenta años me habrían fascinado, pero que hoy en día me resultan simplemente curiosas, observo a mi alrededor en los últimos tiempos una tendencia contraria a la que antes explicaba. Es decir que los poderes que antes eran acusados de ocultar siniestramente cualquier indicio sobre los extraterrestres, ahora parece que disfrutan fomentando la creencia en su existencia.    Así no hace demasiado que en el Congreso de Estados Unidos un ex oficial del Pentágono denunció bajo juramento que el gobierno estadounidense oculta evidencias sobre naves y restos biológicos de origen «no humano». El gobierno americano ni afirma ni niega. Pero al no desmentir categóricamente, de una manera más o menos implícita acepta la veracidad de esos testimonios . Poco tiempo después en México el gobierno de dicho país presentó dos extraterrestres momificados, que al parecer tenían desde hace mucho tiempo conservados y ocultados.

       Un miembro de la gentry americana, Christopher Mellon (nieto del fundador de la Gulf Oil) , que fue un altísimo cargo de la inteligencia de USA con Clinton y Bush, ha afirmado que su país tiene tecnología de origen no terrestre obtenida de programas espaciales de otras civilizaciones. Y al parecer defiende la aprobación de una ley para que los testigos de avistamientos puedan hablar libremente sin ser ridiculizados.  Y estas cosas dichas por un miembro de la inteligencia del país más poderoso del planeta no son gratuitas. 

     Hay más casos de noticias oficiales u oficiosas de gobiernos y poderes más o menos “serios”, que de pronto aceptan la existencia de seres extratrerrestres entre nosotros. Se ha pasado del negacionismo total y de la ridiculización de quien así pensara, a determinados actos que tienden a dar seriedad y credibilidad a los testimonios antes negados con rotundidad.

   A mí en realidad no me interesa demasiado el tema extraterrestre, encuentro pocas explicaciones a la vida terrestre, como para perderme en conjeturas sobre lo que hay o no hay en otros planetas u otras dimensiones. Pero sí me interesa o me intriga ese cambio de criterio, ese cambio de rumbo en las verdades oficiales que nos gobiernan y que con sutileza moldean nuestras mentalidades. Lo que era negación absoluta hoy es más bien una aceptación tácita y una admisión poco a poco de esa realidad. Y lo que me pregunto es qué hay realmente detrás de ese cambio.

   Puede haber varias hipótesis sobre este cambio de criterio. La especialista en conspiranoia Cristina Martín Jiménez, quiere ver en esto, una búsqueda de la inmortalidad que persiguen las élites y personas como Jeff Bezos que está al parecer obsesionado por este tema y que según ella esperan encontrar la eterna juventud con la ayuda esos seres que nos visitan a los mortales terráqueos. Quizás relacionado con esto hace poco una vicepresidente del gobierno de España, de escasas luces y enorme ambición, sugería que los superpoderosos tienen un plan para huir de la tierra e irse a vivir a otro planeta, dejando al nuestro abandonado a su suerte y en las garras de la maldades de los desastres provocados por el feroz capitalismo, que ahora les financia sus proyectos interplanetarios. Quizás en esta escapada busquen la ayuda de seres de otras galaxias.

    No me acaban de convencer estas teorías, que me parecen un poco disparatadas. Puede que le busque tres pies al gato y que la creencia en extraterrestres sea únicamente una búsqueda extraña de una transcendencia que ya no aporta la religión y que sólo sea un síntoma más de aquello de que, como dijo Chesterton quien deja de creer en Dios puede llegar a creer en cualquier cosa. Pero, como diría un castizo, a mí me da en la nariz, que los tiros van por otro lado. Me malicio que están creando el caldo de cultivo necesario para presentarnos cuando sea el momento, y cuando sea necesario, un nuevo instrumento de manejo de la sociedad. Si primero han usado un virus para manejar a su antojo a la humanidad, después vendrá un ataque extraterrestre, una invasión al modo de la Guerra de los Mundos que ya ideó el socialista fabiano H.G. Wells, hace más de un siglo.

      Uno que ya va siendo perro viejo, empieza a desconfiar de casi todo. Y es por ello que ya me veo nuevamente confinado en mi casa o tal vez trasladado a otra ciudad, o puede que teniendo que hacer cualquier actividad que no soy capaz ni de imaginar, para  defender a mi planeta de un ataque supuesto o figurado de unos malísimos marcianos, cuya realidad no podremos discutir, ya que de hacerlo seremos tachados de negacionistas y conspiranoicos.

       Con los medios de comunicación y control de la información que existe pueden convencernos de que la tierra es víctima de una invasión exterior y me apuesto que la mayoría de la humanidad lo aceptaría acríticamente, como lo ha hecho últimamente con otras falacias parecidas.  Y ante un ataque global y exterior de la tierra, todas las naciones y los pueblos suspirarán por un mando único y global para todo el planeta que ponga orden en la defensa general planetaria. Reconozco que esta idea que se me ha instalado en la cabeza es un poco descabellada. Espero estar equivocado. Pero después de la pandemia del año 2020, y lo que tuvimos que vivir y padecer, ya nada me parece imposible.

 

NO SALGO DE MI ASOMBRO.

No salgo de mi asombro. Leo y releo la última encíclica que ha depuesto nuestro Santo Padre. No salgo de mi asombro. Leo y releo la encíclica, o la exhortación apostólica, o lo que quiera que sea el documento denominado “Laudate Deum”, (en cristiano moderno «Alabado sea el Señor») publicado en el día de San Francisco de Asís del annus domini MMXXIII.

        No salgo de mi asombro. Ahora resulta que el Obispo de Roma, sabe de datos científicos y nos los pregona como un dogma de fe. De esa fe que le falta o que al menos oculta, no vaya a pensar alguien que sigue creyendo en cosas tan desfasadas como la Divina Providencia.

         No salgo de mi asombro. O sí, para sentir vergüenza ajena. Me da verdadero rubor leer la sarta de lugares comunes de la dictadura climática expuestos por un amateur de la ciencia, que ni siquiera los expone excesivamente bien. Cuando oigo hablar de ciencia a un Papa, no puedo menos que recordar las censuras de sus antecesores a Galileo por defender determinadas teorías que el tiempo acabo confirmando. Y que llevó a la Iglesia a pedir perdón por la condena injusta que le impuso. Pero parece que no ha aprendido de los errores y sigue tropezando en la misma piedra.   No sería extraño que las teorías y datos sobre el calentamiento del planeta que expone urbi et orbi el sumo pontífice, acaben siendo refutados por otros más precisos, lo que es frecuente en la ciencia. Si esto ocurriera la infalibilidad papal va a quedar por los suelos y su apostólica autoridad va a quedar más o menos como Cagancho en Almagro, es decir fatal.

     Yo creía que el jesuita argentino era un cura venido a más y resulta que es un científico venido a menos, que desbarra como cualquier opinador y tertuliano, llevando al Magisterio de la Iglesia, tan respetado hasta lo presente por mí, a la altura y seriedad del horóscopo de la revista “Pronto”.

      No salgo de mi asombro. No puedo menos que asombrarme de que un cura hable de todo menos de su religión. Que pierda su tiempo en convertir una encíclica en un panfleto de divulgación seudocientífica.  En la exhortación papal, de los 73 puntos que contiene no se menciona la palabra Dios, hasta el punto 60. A Jesús se le menciona solamente 3 veces.   A Nuestra Señora, la Virgen María, el Espíritu Santo, los Arcángeles o los santos (salvo al mismo que le da nombre, que lo cita en el comienzo), ni se les menciona. El término Climático aparece 19 veces y otras tanto crisis climática o clima. Y hasta 14 veces hay referencias a las COP (Conferencias climáticas). 

     No salgo de mi asombro.  El largo escrito es, en mi modesta opinión de pecador, infumable. Acoge como ciertos todos los tópicos al uso de los calentólogos más fanáticos, defendiendo el calentamiento antrópico con ardor y llegando a insultar a quienes lo discutimos, siendo cualquier crítica según su criterio “opiniones despectivas y poco racionales”. Es el origen, sin duda alguna, de la aparición de un nuevo pecado, y al parecer de los gordos, que no es otro que el negacionismo climático. Mañana mismo me confieso.

     No encuentro nada que pueda salvar las opiniones papales. Es un paradigma del naturalismo que su antecesor León XIII condenó como enemigo acérrimo de la Iglesia en su encíclica “Humanun Genus”, donde advertía de que los enemigos de Orden Cristiano estaban ya por aquel entonces imponiendo “ a su arbitrio,  otro orden nuevo con fundamentos y leyes tomados de la entraña misma del naturalismo”. Ese naturalismo que habría de imponer una nueva moral atea, y que parte de que la naturaleza humana y la razón natural del hombre han de ser en todo maestras y soberanas absolutas. ”Establecido este principio, los naturalistas, o descuidan los deberes para con Dios, o tienen de éstos un falso concepto impreciso y desviado. Niegan toda revelación divina. No admiten dogma religioso alguno. No aceptan verdad alguna que no pueda ser alcanzada por la razón humana”. León XIII, parecía describir con ciento cincuenta años de antelación a su sucesor actual en la Cátedra de Pedro. Francisco está impregnado de ese naturalismo que considera que la razón debe salvar la naturaleza y el planeta tierra,  que solo corrigiendo la conducta humana con una nueva ética de la razón se puede cambiar el rumbo de su destrucción. En este proceso Dios no aparece por ningún lado. Ha sido borrado del mapa.

      De lo que más me ha asombrado de la exhortación papal,  es cuando Francisco justifica el vandalismo de los grupos activistas climáticos que están cercanos al terrorismo. Así habla de “las acciones de grupos que son criticados como “radicalizados”. Pero en realidad ellos cubren un vacío de la sociedad entera, que debería ejercer una sana “presión”.  De ello deduce que la Iglesia que dirige Francisco, ya no considera venerables a los que mueren por defender a la fe. Los nuevos mártires son los grupos que se encadenan y pintarrajean cuadros del Museo del Prado. Desalojen ya sin tardar de las iglesias las estatuas de San Isidro, de Santiago y de San Roque, que los anaqueles de los retablos deben ser ocupados por Al Gore, Leonardo di Caprio y por supuesto Greta.  Queda ya muy poco para subir a los altares a Greta Thunberg. A lo mejor no esperan ni a que se muera. Para qué esperar si ya no creemos en la vida eterna

      Con todo, lo más grave de tan execrable escrito no son sus opiniones científicas y de difusión de una nueva moralina medioambiental que sin duda viene a suplir el desfasado y excesivo puritanismo sexual que tanto gustó a la Iglesia en el pasado. Lo más grave es la conclusión a la que llega de que para conseguir detener el cambio climático, (pero también otros fines que coinciden sospechosamente con los objetivos de desarrollo sostenible de la agenda 2030), es imprescindible que alguien ponga orden y consiga acallar a todos los disidentes, pecadores, negacionistas y demás ralea. Y para ello no basta con una nueva censura eclesiástica, ni siquiera la recuperación de la Inquisición. Para ello, según Francisco, es preciso que exista sobre la tierra un poder único y total que con mano de hierro haga entrar en razón a los que todavía dudamos de dichos dogmas. Así, aboga por la implantación de (y copio literalmente) “organizaciones mundiales más eficaces, dotadas de autoridad para asegurar el bien común mundial, ….. La cuestión es que deben estar dotadas de autoridad real de manera que se pueda “asegurar” el cumplimiento de algunos objetivos irrenunciables “.   La nueva misión de la Iglesia en la tierra es ungir un poder temporal global que nos pastoree con mano firme y que tenga autoridad real para imponer su voluntad. Su propósito y objetivo no es luchar por el Reino de Cristo, sino la implantación de una Dictadura global y terráquea de corte naturalista y laica. ¿Será que nuestro Papa ya no sirve a Cristo Rey, sino a la bestia sentada en el trono mundial?  ¿No recuerda esto demasiado al Apocalipsis?

       No salgo de mi asombro. No puedo estar más triste. Yo creía que un sacerdote que considera que en la tierra hay injusticia, nos debería exhortar a rezar y pedir a Dios por la salvación del mundo y de nuestras almas. Yo como católico no puedo sentir más desamparo y desazón.  En qué recodo del camino se quedaron la fe, la esperanza, la caridad, el amor, la oración, la devoción y la realización espiritual del hombre. A este señor no le interesa nada de eso, no le interesa salvar almas, solo salvar el planeta y que haga más fresquito.

RESISTIRÉ… (pero sin el Dúo Dinámico)

 

 En una  reciente entrevista televisiva, el escritor y polemista Arturo Pérez Reverte afirmó que el mundo que conocemos y en el que estamos viviendo se está acabando. Asimismo afirmó que no tiene solución, pero que lo que sí tenemos es la opción de elegir la manera de acabar, o bien terminar pataleando y resistiéndonos, o bien aceptar el fin con naturalidad. Consideraba que la opción correcta era la segunda y al efecto proponía educar para que nuestros niños y también los mayores asuman y acepten un ocaso sereno y digno.

   Realmente se refería a que nuestro mundo está acosado por el empuje de las fuerzas mundiales emergentes, tales como el Islam, las migraciones africanas y la enorme fuerza de China y otros frentes exteriores que nos acosan y nos acabarán destruyendo. Frente a ellos, en su opinión, no tenemos nada que hacer los países occidentales, profundamente debilitados y delicuescentes. Y en esto puede que tenga razón.

    No se refería este escritor sin embargo a otros ataques a nuestra forma de vida, que no vienen de potencias extranjeras, sino de fuerzas disolventes que tenemos en nuestro interior. Ignoraba, no sé si consciente o inconscientemente, a las ideologías que como una plaga se extienden por nuestra sociedad, alentadas no por otros países sino por fuerzas políticas instrumentadas por grandes magnates y poderes financieros. No tiene un nombre preciso este enemigo, ni una cabeza visible, aunque sí muchos tentáculos menores que nos aguijonean.

      Lo cierto es que la persistencia de estas fuerzas internas que dominan a los países y sociedades occidentales son una de las claves de  nuestra debilidad exterior frente a esas otras potencias. La  forma de vida y valores que propugna  la ideología dominante en España y en toda Europa, nos hacen más débiles cada día.   Y no de una manera indirecta sino de una forma esencial, ya que lo que se defiende desde esos postulados es la existencia de un ser humano sumiso, pasivo y bastante atrabiliario, que cree vivir en un parque de atracciones donde nada puede hacerle infeliz. Un tipo humano sometido a una especie de ensoñación en la que juega a salvar el planeta si deja de generar humo, en la que cree que por vivir en unos países que se entretuvieron en pintar cuadros y componer sinfonías, en los que se construyeron palacios y catedrales, no puede ser atacado por la realidad. 

    Esta posición no es otra cosa que una suerte de pensamiento mágico conforme al cual por mantener actitudes éticas según nuestro criterio vamos a triunfar, y que se alimenta de una superstición basada en que necesariamente ganaremos porque somos los buenos, los más guays del planeta, los que tenemos mejores sentimientos, y las intenciones más elevadas. Eso sí, siempre que respetemos y veneremos a todos los santones e ídolos del panteón de la progresía. Pero a pesar de la confortabilidad en la que nos mantiene sumidos, esta burbuja en la que vivimos encerrados, no nos protege de la insensibilidad y barbarie de quienes no comparten nuestra visión del mundo. De nada nos va a valer la técnica del avestruz.

 Con nuestra superioridad moral impostada estamos inermes ante la dependencia económica y energética de terceros, ante invasiones migratorias, ante ataques informáticos, y tampoco estamos protegidos de los misiles y de los ejércitos que se mueven por el tablero de risk mundial. En suma, estamos indefensos, pero además estamos confiados en nuestra invulnerabilidad e ignorantes de todo lo que se nos puede venir encima.

     Y aquí es donde vuelvo a la opinión inicial del autor de “Alatriste”. Lo que nos propone es que frente a esas invasiones y ataques nos quedemos aceptando serenamente nuestro destino y sin oponer resistencia. Si se tratara de una violación, este escritor lo que recomendaría a la violada es aquello de “relájate y disfruta”. No vale la pena oponer resistencia ante la inevitabilidad del mal. Pero yo no puedo estar más en desacuerdo.

       Esta posición de relajación ante lo supuestamente inevitable es una actitud cobarde, claudicante y complaciente con los poderes a los que supuestamente critica. En mi opinión la única opción éticamente admisible es oponerse con todas las fuerzas posibles a la dominación por nuestros enemigos. Luchar y resistir hasta donde sea posible. Entiéndase por tales enemigos a China, a Estados Unidos, a los países Islámicos, y a todo aquel que se quiera plantear que tiene derecho a dominarnos y a imponernos otra forma de vida para satisfacer sus intereses. Y en realidad quiero dejar claro que a mí me da lo mismo cómo esos países quieran vivir y las costumbres que quieran mantener. Es su problema y creo que hay que respetarles, siempre y hasta el momento en que pretendan inmiscuirse en mis asuntos. Si me opongo a ellos es por que quieren acabar con mi cultura y mi forma de vida. Y por ello también me opongo con igual virulencia a aquellos otros que desde dentro tienen idéntica finalidad.

     En mi opinión la única forma de defenderse es obtener el respeto de esas potencias y para ello lo que hay que hacer de manera inmediata es liberarnos de las ideologías disolventes de nuestra cultura y modo de vida. Escaparnos de estos planes de laboratorio que han diseñado a las generaciones de jóvenes más pusilánimes y atolondrados, que creen que todo se arreglará si somos respetuosos con la diversidad sexual, si suprimimos las ventosidades de las vacas, eliminamos los plásticos y vamos todos en patinete eléctrico. No digo que estén mal estas cosas, digo que no pueden ser un fin en sí mismo.

   Estoy convencido de que lo verdaderamente importante es tener fuerza para defendernos, fuerza interior, es decir convicciones de que queremos mantener una forma de vida, y fuerza exterior, es decir ejércitos y armas y valor para emplearlas para hacer valer nuestra soberanía real. Recuperar la energía perdida y que nos hizo ser una civilización de la que podríamos sentirnos orgullosos. Si seguimos instalados en la debilidad física y mental ocurrirá previsiblemente que seremos arrasados, no podremos seguramente ya vivir en la forma que queremos.

Pero lo que sí parece seguro es que también serán arrasadas todas las melindrosidades de los meapilas del calentamiento global, de los apologetas del veganismo, de las falsedades de las ideologías de género, de los animalistas talibanes y tantas cosas por el estilo. Es una curiosa paradoja, la deriva de la cultura de los países occidentales nos hace más odiosos a los ojos de nuestros enemigos y nos hace vulnerables frente a ellos, y puede que esa debilidad sea la causa de la destrucción de la ideología que nos debilita y nos haga recuperar nuestra esencia, liberándonos de las artificiosidades y devaneos de la ideología woke. A lo mejor con una bofetada de la realidad algún día despertamos de esta ensoñación.

TU UTOPÍA ES MI PESADILLA

       En los últimos días el gobierno que preside el trapacero presidente del que me niego a mencionar el nombre ni el apellido que comparte con muchos españoles, alguno de ellos muy querido por mí, tiene como principal misión de su acción política la defensa y ejecución de la llamada  “Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible”.

           La palabra “agenda” es en realidad el participio futuro del verbo agere y podría traducirse del latín como las “cosas que han de ser llevadas a cabo”. Conforme a ello la agenda 2030, es el plan concreto que determinados poderes, bajo el amparo de la ONU,  han diseñado para llevarse a cabo desde que comenzó hasta el año 2030. Para ello se han marcado 17 objetivos, que llaman Objetivos de Desarrollo Sostenible, que comprenden un concienzudo plan de transformación de la sociedad a nivel global y que es asumido de manera transversal por casi todos los poderes fácticos mundiales que obedecen a la Bestia. Desde los poderes financieros como Bancos, multinacionales, Ong, Organismos supranacionales, hasta los partidos políticos de todo, o mejor dicho casi todo, el espectro político, trabajan para esta agenda. En España desde la derecha de siempre, a la izquierda de toda la vida, pasando por el centro  y las nuevas izquierdas, tienen en su programa en mayor o menor medida el desarrollo de la agenda 2030. Muy pocos se atreven a disentir y a rechazar este fanático y sectario plan, que se presenta en suma para sus miríadas de adeptos como la forma de hacer realidad una utopía, un plan de salvación para la humanidad.

     Si se cumplen los objetivos en el año 2030 será el comienzo de una nueva Arcadia, plena de felicidad, saliendo de las tinieblas a las que nos dicen nos han llevado el oscurantismo de la caduca civilización cristiana. No se paran a pensar que si existe una situación insostenible (en su terminología) ésta sería el fruto más bien de sus propios errores, es decir la consecuencia de la desviación iluminista producida en el mundo tradicional, la consecuencia de los siglos de la razón y las luces, de las revolución industrial, del capitalismo y del comunismo, hijos todos de la revolución francesa y la contratradición.

Nuestro presente es en realidad una distopía a la que nos han llevado los mismos que ahora nos quieren sacar de ella, vendiéndonos una utopía nueva, la Agenda 2030, la cual publicitan a todas horas y en todos los medios de comunicación. Son bastante insistentes y constantes en su machacón discurso. Pero debo confesar que recientemente me he visto sorprendido con una novedad que es una publicidad en negativo, en la cual en vez de contarnos lo maravilloso de su proyecto, nos amenazan con lo horroroso que sería el mundo sin la Agenda 2030 . Y así una campaña publicitaria patrocinada por el “Gobierno de España” (Ministerio de Asuntos sociales y Agenda 2030), obviamente con nuestro dinero, nos ha obsequiado con un anuncio en televisión que comienza con el eslogan ‘Basta de distopías. Volvamos a imaginar un futuro mejor‘. (https://www.youtube.com/watch?v=oqv_P-QU7sA)

         En el anuncio una voz en off, nos narra sobre unas imágenes futuristas en la más pura estética Blade Runner o Mad Max, el siguiente texto:  “Siempre que pensamos en el mundo del futuro, imaginamos un mundo peor ¿verdad? Un mundo tóxico, una atmósfera irrespirable, brutal e inhabitable, una sociedad desigual, injusta, represiva y cruel, una tecnología descarnada, un futuro oscuro para las próximas generaciones, pero nada está escrito todo depende de nosotros, todo depende de nosotras, y lo que somos capaces de imaginar es lo que somos capaces de hacer».

   Tengo que decir que comparto el horror por su distopía. Todo lo que dicen en el anuncio que va a ocurrir me parece horrible, y además comparto la idea de que efectivamente va a ocurrir. Pero me temo que lo que no comparto es que esta situación de caos y terror es lo que ocurrirá si no prospera la agenda 2030 y la ideología woke  que la sustenta, sino que por el contrario todo ello es lo que ocurrirá si esta maléfica agenda llega a imponerse.  Nada más cierto que lo que profetiza el anuncio de marras cuando dice  que “lo que somos capaces de imaginar es lo que somos capaces de hacer”.  Nadie en su sano juicio imagina un mundo así como un mundo querido, solo será el mundo así si alguien lo impone para sus fines. Pero en el fondo revelan que como ellos imaginan ese mundo brutal van a ser capaces de generarlo. Así de simple.

      Sí, mucho me temo que la efectiva realidad de la utopía “woke”, será un mundo tal y como lo describen en su distopía. El resultado de la aplicación de sus planes de diseño social, que llaman su agenda, será en definitiva para mí y para los que defendemos los valores tradicionales la creación de un mundo tóxico, con una atmósfera irrespirable, brutal e inhabitable. Por supuesto la sociedad será totalmente desigual, en la que por un lado estarán las élites archipoderosas  que acaparan todos los recursos y el control de la sociedad de forma represiva, cruel e inmisericorde  y por el otro lado estará la chusma, que serán (seremos), aquellos a los que el foro de Davos pronostica que no tendrán nada pero vivirán felices, considerando que ser feliz es vivir atontado y entretenido con miles de diversiones absurdas proporcionadas por las plataformas audiovisuales que moldean su mente y controlan sus posibles impulsos de rebelión. Ser feliz es ser esclavo de la triple sumisión que ofrece el sistema “sexo, drogas, rock&roll”.

     Recordemos que muchas de las distopías que ha generado la literatura presentan una sociedad dividida en la que hay unas personas integradas en el sistema y que lo viven de forma acrítica y aparentemente feliz casi siempre idiotizadas o por propaganda, control mental o por sustancias como el soma del “Mundo Feliz” de Huxley. Pero junto a ellos aparece siempre un mundo distinto de inadaptados, perseguidos, rebeldes que habitan un submundo subterráneo de suburbios, con ropa desgastada, vehículos oxidados, tugurios llenos de humo y existencias de pura supervivencia, huyendo del control y vigilancia del poder establecido y persiguiendo la libertad en los arrabales del sistema.

      Como si fueran vendedores de lunas de miel, los agentes 2030 nos ofrecen  ilusiones, felicidad y amor  en un mundo perfecto, con el aire limpio, un clima siempre amable, de gente respetuosa, educada y cordial. Pero nos ocultan la realidad y es que  su verdadero propósito es que ese mundo bonito, limpio y ordenado será sólo para unos pocos elegidos que disfrutarán plenamente del festín y tal vez también  para los sumisos con su proyecto a quienes invitan a lamer por el suelo las migajas que sobran del banquete. Y sobre todo nos ocultan que les reservan las tinieblas a los inadaptados, a los que no comulgan con su confesión, que irremisiblemente estarán condenados a vivir en un mundo tóxico, brutal e inhabitable, según dicen las palabras del anuncio antes citado.

     En suma, su distopía es que habrá un futuro oscuro para las próximas generaciones y como ya dije comparto esta afirmación. Será con toda seguridad un futuro oscuro para muchos si les dejamos seguir adelante con su obra casi diríamos alquímica modelando una nueva forma de civilización que sustituya la anterior, en la que hemos nacido y vivido gran parte de nuestra vida, una cultura nueva sin ninguna espiritualidad, sin intelectualidad, sentimentaloide,  sin otros valores más que la sensiblería salida de la factoría Disney, sin propiedad privada, sin historia reconocible, sin libertad de pensamiento, con censura de todo aquello que no les siga el juego, sin libertad de movimiento para conservar de manera extrema la naturaleza, sin familia como núcleo social de transmisión de valores, sin educación, ni aprendizaje de nada que no sean técnicas de sumisión y de proletarización y tantas otras cosas parecidas.

      El lado amable de su utopía es siniestro por vacío, huero, decadente y esclavizante. Por la deshumanización de las personas, convertidas en autómatas complacientes, en siervos encantados y felices de serlo. La cara oscura de su utopía es terrorífica por su implacable imposición del terror hacia los disidentes, que es el destino previsto para los que no bajen los ojos ante la mirada de la Bestia y desafíen su poder.

    Y es que en mi opinión no hay nada más peligroso para la humanidad que las utopías. Las utopías llevadas a la política han matado millones de personas en el pasado siglo. Pol Pot, perseguía una utopía y Mao Tse Tung y Adolf Hitler…Los ingenieros de la realidad sueñan con crear un Walden-Dos y acaban creando un gulag. El sueño de la razón produce monstruos. Hoy en día es muy generalizada entre los políticos que se autodenominan como progresistas, invocar a la utopía para justificar y orientar su labor política. Y yo cada día tengo más claro que su utopía es mi pesadilla.

EL GRAN APAGÓN

  Hace algún tiempo que no me paseo por el Acantilado. Siento que muchos de los pensamientos e ideas que cada día se pasean por mi cabeza pasan de largo sin dejar el reposo necesario para recogerlas en estas líneas que navegan por la blogosfera. El mundo se acelera de manera vertiginosa y apenas deja espacio para cazar al vuelo alguna de las sensaciones o inquietudes y transformarlas en palabras. Por todo ello tengo la sensación de que cuando quiero escribir sobre algo ya es historia y otro acontecimiento lo sepulta y le hace perder interés.

    Si en general el mundo se mueve muy deprisa, lo de este país en el que vivo  es algo cercano a la locura. Tenemos en el poder unos fanáticos transformadores de la realidad que parecen apurar los días que se han autoconcedido para cambiarlo todo. Pudiera pensarse que saben que ostentan el poder de manera interina y posiblemente ilegítima. Se saben una minoría, y lo son, pero por una extraña conjunción de fuerzas ostentan el poder. Actúan como fanáticos presos de un furor irrefrenable en una carrera de demolición de lo existente y en la creación de la nueva realidad. Nada se les escapa en cuanto a la regulación minuciosa de este nuevo orden que encaja como un guante en la desquiciada agenda 2030.

  Y cuando digo que nada se escapa a su regulación es literalmente así. En su breve estancia en el poder y con su exigua representación en el parlamento, han regulado sobre casi todo y siempre de manera parcial y sectaria. Sin tener en cuenta en nada la opinión de la otra mitad de la población. No me atrevo a hacer un catálogo de sus contrafueros y lindezas legislativas en esta carrera de llegar cuanto antes a la meta que nos espera en la tierra prometida del paraíso progre.

Precisamente estos días andan nuestros dirigentes reunidos en una de las grandes tenidas globalizadoras, que tienen lugar entre Roma y Glasgow, haciendo unos ejercicios espirituales de afirmación de la nueva religión climática, sin que falten el dolor de los pecados cometidos contra el planeta y un decidido propósito de la enmienda para salvar a la humanidad. Si no fuera porque de ello resultan consecuencias nefastas para nuestra vida cotidiana, podría ser enternecedor ver nuevamente mendigando una foto con el septuagenario yanqui, a ese señor a quien un ilustre miembro de la Real Academia acaba de calificar como personaje maquiavélico, malo, chulo, ambicioso, arrogante y cínico. Y todo ello aderezado, tal vez por ser «Jalogüín, con la visita estelar de la reencarnación en una muchacha sueca de la niña del exorcista.

    Por eso creo que ya no queda otra cosa que hacer, al igual que cuando llega un tsunami, que buscar un lugar elevado donde refugiarse, un acantilado lo suficientemente alto donde se pueda sobrevivir el tiempo que tarde en amainar la furia de los elementos. Y no queda otra que sobrevivir y esperar a que, sea dentro de dos años o dentro de veinte, se pueda recuperar el imperio de la cordura y la libertad. Eso sí, haciendo buen acopio de víveres y mantas para aguantar la que nos tienen preparada desde las cumbres del poder mundial y sin olvidarnos de las linternas y antorchas para mejor sobrellevar el gran apagón. A lo mejor acabamos suplicando por un calentamiento verdadero del planeta para no morir congelados.

       La desesperanza es enorme. Con la promesa de levantar un mundo mejor, la barbarie arrasa todos los restos de la civilización que nos habíamos procurado. Estamos en manos de unos iluminados fanáticos, miembros de la secta universal que obedece sin titubeos al Señor Oscuro de Tolkien, al Guardabosques de Jünger y que nos lleva de la mano y sin vacilar a Un Mundo Feliz, a Walden Dos, a Matrix, al que ya nos van introduciendo poco a poco a través del metaverso. Para ello es preciso forzar un gran apagón de la realidad, de la vida, de la verdad, de la memoria y de la luz, para recrearnos en una nueva dimensión donde seremos como un nuevo hombre ya expulsado para siempre del paraíso terrenal pero siendo feliz para la eternidad en un paraíso virtual.

    Reconozco que con frecuencia me siento como un ciclotímico social y paso de la negatividad más extrema  a una euforizante confianza en el futuro. Al menos conservo en los momentos más neutros el convencimiento y la determinación de que algo debe hacerse, aunque sea poco, aunque sea solamente esparcir unas palabras al viento de este triste y destartalado blog que tengo prohijado para desahogos personales y reflexiones particulares.

      Sé que muchas personas que en principio consideran que tengo razón, al menos en algunas cosas, se van dejando arrastrar por la ola, adaptando a la realidad que se moldea poco a poco a nuestro alrededor, y acomodándose al nuevo hábitat, más que nada por la pereza de enfrentarse cada día a todo y convertirse en un estigmatizado socialmente y un casposo reaccionario. Yo lucho contra eso dentro de mí cada día, es decir lucho por no aceptar acríticamente el Nuevo Orden. Por ello estas palabras son de reafirmación, de dejar dicho, aunque no sirva para mucho, que de momento no entra en mis planes claudicar.

UN CHULETÓN POCO HECHO.

 En plena campaña de fomento de la alfalfa como alimento humano iniciada por los otrora políticos comunistas y hoy agentes del globalismo, un ministro ejerciente de florero, se despachó con un alegato contra el consumo de carne natural (aclaro, carne de la de comer, no aquella que junto al demonio y el mundo, completa el trío de los enemigos del alma). Como parece que su alegato fue inoportuno tuvo que salir su superior en jefe para contrarrestar el malestar causado en los productores de material para las albóndigas, y de este modo el augusto presidente se nos apareció en carne mortal y liberado por un rato de sus gafas ray-ban de aviador, nos espetó una frase lapidaria para historia: “un chuletón poco hecho es insuperable”.

      Por un breve momento pensé que realmente hablaba de un filete de lomo o un entrecot, pero pronto caí en la cuenta de que en realidad nuestro ínclito presidente del gobierno hablaba, una vez más, de sí mismo. Para este narciso ególatra no hay nada mejor que él mismo. Y con un lapsus freudiano revelador de su ego infinito le salió del alma lo de elogiar al chuletón poco hecho.

      Creo que debo explicarme, aunque no demasiado.  Decir “Pedro Sánchez chuletón” es una tautología, un epíteto innecesario, que casi cristaliza en sinónimo, y como evidencia irrefutable de ello, me remitiré a sus andares de brazos bamboleantes mientras mira por encima del hombro al resto de los mortales. Y lo de poco hecho, en fin, creo que tampoco requiere mucha explicación. Como ya a estas alturas tampoco cabe duda de lo poco hecha que estuvo por él su tesis doctoral.

    Y demuestra nuestro chuletón que está poco hecho para ocupar el cargo que ocupa,  cada vez que lo sacas del barrio y se pasea por cualesquiera foros internacionales, donde suele hacer el ridículo de forma contumaz, aunque nunca con tanta crudeza como en los inenarrables veintinueve segundos en los que se cosió al brazo del Presidente useño para recorrer un pasillo, sin que éste le hiciera ni caso. Vamos que según hemos sabido, no llegó a saber quien era ese señor que le acompañaba, y que no conseguía quitarse de su vera. En esos escasos segundos se transmutó de chuletón en paletilla, o como mucho en filete empanado. Nada provoca tanta vergüenza ajena como observar a un chuleta de barrio en una fiesta de la alta sociedad. Y podría llegar a resultar enternecedor si no fuera porque vuelve a recuperar toda su chulería y prepotencia en cuanto regresa al barrio.

     Nuestro chuletón particular está ahora demostrando su falta de hechuras por Estados Unidos. Donde a falta de otras virtudes la prensa alaba su palmito de galán tipo latin lover y lo califican como «hot president» ¿Qué diríamos si tuviéramos una presidenta y allí donde fuera sólo se alabara su belleza? Pues según parece, nuestro narciso y poco hecho presidente, está encantado con tanta admiración hacia su persona, y que le regalen los oídos diciéndole aquello de que es la versión española de Kennedy o un sosias de superman.

Pero sorprendentemente, en este viaje internacional, no lo recibe ninguna autoridad política del país visitado, ni el Presidente de los Estados Unidos, que es de su cuerda ideológica y con el que le une una duradera amistad eterna de veintinueve segundos. Ni siquiera le recibe el alcalde de Nueva York. Por el contrario, en su agenda sí están reuniones con Blackrock,  Goldman Sachs, JP Morgan,  con Soros Fund Management, con Netflix… es decir con sus verdaderos amos, los que mueven los hilos del globalismo y controlan financiera e ideológicamente al planeta.

       A nuestro chuletón le pagamos el viaje todos los españoles, pero el dinero público debería servir para realizar un viaje en interés del estado, del pueblo o de la nación española. Pero no, la realidad es que esta tournée de nuestro divo poco hecho, pero con enorme guarnición, es para rendir pleitesía a  aquellos para los que trabaja, y que le permiten seguir chuleándonos. Hasta su vicepresidenta segunda, la comunista, le ha afeado que vaya a hacerle el rendibú a los fondos buitre, esos que luego compran a granel las viviendas de España, hurtándole la propiedad a las buenas gentes de clase media.

       Por supuesto, en su ronda americana, no puede menos que hacerle una visita a George Soros. Esa sí que es una relación de verdadero amor,  y no hay más que recordar que fue este último la primera persona que recibió en la Moncloa, nada más tomar posesión el chuletón de su cargo de Presidente. Y tampoco convendría olvidar que el mega fondo Blackrock es actualmente el mayor accionista de El País, periódico que ha vuelto con auténtica devoción al entusiasmo gubernamental.

       No quiero extenderme, pero creo que a partir de ahora, cuando pida un chuletón en un restaurante, y aunque la carne me gusta casi cruda, para evitarme evocaciones desagradables, le diré al camarero: “tráigamelo muy hecho, si es posible chamuscado, carbonizado, pulverizado “… , o mejor me pido un rabo de toro, que es más castizo.