Carta abierta a la Sra. Chimpún Pardo.

    Estimada Sra. Chimpún Pardo,

     Soy un ciudadano español y quiero pedirle disculpas. Pero no por lo que Ud. solicita de los españoles y por todos ellos a nuestro Rey. Le pido disculpas por ser incapaz de memorizar su nombre y de transcribirlo correctamente. He visto un simpático video en Tic-toc, esa plataforma maléfica que nos llegó de la China, en el que nos indica cómo debe pronunciarse su nombre correctamente y tras oírlo varias veces y varias vacilaciones (Cheimpaun, Champún, Champéin)  he decidido que la grafía que mejor coincide con su apellido es Chimpún.

        Mi idioma, que casualmente por un error grave de la historia, es también el suyo suele pronunciarse tal como se escribe, por lo que yo me tomo la licencia contraria, de escribir su nombre tal y como lo oigo pronunciar. Es una costumbre de por aquí la de españolizar los apellidos extraños y así, el nombre inglés Malborough, pasó al cancionero infantil como “Mambrú”, o el nombre náhuatl Malīntzīni, se convirtió en la Malinche.  Por ello espero que no le moleste. Pero si le molesta, realmente me importa una higa, ya que poco me importa la opinión de una señora tan maleducada y ofensiva.

     Tengo menos problemas en pronunciar y escribir su segundo apellido, que es Pardo, es decir un apellido de innegable origen hispánico, que comparte por ejemplo con mi admirada Doña Emilia Pardo Bazán. Pero no nos engañemos, no se trata de un apellido que la señora Chimpún ostente por algún español ido a México, como por ejemplo le ocurría a su antecesor el señor López. La trazabilidad de su apellido es más compleja, porque se trata de una descendiente que conserva ese gentilicio en su familia desde hace quinientos años que fueron expulsados de Sefarad.  Vamos atando cabos, señora Chimpún.

   Por sus últimas declaraciones sabemos que cojea bastante en el conocimiento de la historia del país que preside. Su compatriota Eduardo Verástegui, le ha tenido que corregir en lo que antes era twitter varias imprecisiones por históricas y recordarle, por ejemplo,  que los Méxicas fundaron Tenochtitlan en 1325, no fundaron México, o que  en 1521 cayó Tenochtitlan, no México y otras varias por el estilo, que en mi caso sería un error comprensible, pero que en el suyo, señora Chimpún, es imperdonable.

     No era santo de mi devoción su antecesor, el señor López, también conocido, por “Malo”, perdón por “Amlo” (¡ay, esta dislexia!). Pero este señor, aunque odiaba como Usted a España y a los españoles como reconoció en privado a un político manchego, no cometía esos deslices históricos.  Y aunque renegara de la tradición española, era un innegable hijo de la hispanidad, que se manifiesta en la “ínclita  raza ubérrima, sangre de Hispania fecunda” como la definiera Rubén Darío, o dicho en español de andar por casa y sin la prosapia modernista, en la mezcla de la sangre de origen americano precolombino  con la de sus abuelos cántabro-astures.

  Pero usted señora Chimpún, ignora la historia de su país, y sólo recoge el resentimiento que navega por las venas de sus correligionarios políticos, que allende y aquende los mares, rezuman por todos sus poros la mala baba de la leyenda negra. Con ella dan una explicación a la incompetencia de sus inmediatos predecesores en el cargo.  De esos malhadados gobiernos criollos que solo supieron empobrecer al pueblo a costa de trabajar para intereses extranjeros. De la insoportable violencia y corrupción. De los robos de niños para abastecer a los pederastas de más allá del Río Grande. De la humillante claudicación ante su vecino del Norte, que les robó la mitad de su territorio y les desprecia y pisotea.

     Podría argumentar que por esta parte europea de “hispanosfera” las cosas no han ido mucho mejor y que tampoco estamos para tirar cohetes. Y en eso tendría razón, pero con una diferencia importante y es que desde aquí no le echamos a los de allí la culpa de los que nos pasa a nosotros. Y podríamos hacerlo, porque nada más fácil que inventarse un agravio histórico. Por ejemplo, podríamos argumentar que nuestra decadencia es porque después de apostar por un proyecto común y derramar lo mejor de nuestros esfuerzos en crear una comunidad fuerte de intereses, a mitad de camino, cuando creyeron que ya eran capaces de gestionarlo todo por su cuenta se bajaron del barco y abandonaron el proyecto. Dicho en castizo podríamos desde aquí reprocharles que nos dejaron colgados cambiando el proyecto hispánico por el iluminista masón que obedecía a intereses anglosajones.

    Pero lo que ahora no vale es decir que, como no les ha salido bien el andar por su cuenta, la culpa de España y de sus reyes. Es algo así como un hijo que una vez emancipado, si no consigue vivir como le gustaría, culpa a sus padres de no haberle dado una buena educación o de no haberle exigido que se formara lo suficiente. O simplemente le culpa por haberle parido. La ingratitud no tiene límites y es un deporte universal lo de utilizar argumentos y excusas para culpar a otros de los propios fracasos. Señora Chimpún, ya es hora que cada uno asuma sus propios éxitos y sus propios errores. Sería lo lógico después de doscientos años de independencia.

      Y dicho lo cual, me vengo arriba, y desde aquí le pido, estimada señora Chimpún, que, desde su posición actual, pida perdón a España por dejarnos en la estacada cuando más les necesitábamos. Por su ingratitud y por su resentimiento. Por divorciarse de la hispanidad para irse con una novia progre que le prometió el oro y el moro y ahora le humilla y desprecia.

    Como comprenderá, Señora Chimpún Pardo, estoy bastante ofendido como español por su desaire al Rey de España al no invitarle a su entronización republicana. Y por esa exigencia impertinente de pedir disculpas por el pasado.  No voy a recordarle las muchas razones por las que no es procedente esa exigencia, porque no las entendería, ya que no hay peor sordo que el que no quiere oír.

     Pero por otro lado le doy las gracias porque ha generado una reacción contraria a lo que pretendía. Gracias a Usted se ha enardecido el orgullo de ser español y una enorme parte de la opinión pública española ha reaccionado a favor de nuestro rey y de la reivindicación de nuestra historia. Gracias a Usted  y su desaire, estos días es una conversación común la reivindicación de Hernán Cortés y de toda la labor de Castilla en América. Es justo lo que necesitábamos, una ofensa exterior que espolee a los adormecidos españolitos. Y sobre todo porque nadie se ha enfadado con los mexicanos en su conjunto, sino solamente con su ínclita persona y con el resto de secuaces de su misma cuerda ideológica. 

      Y sepa señora, que gracias a Dios, esto no sólo ha ocurrido aquí, en la parte europea de nuestra comunidad. Personas tan mexicanas como el ya citado Verástegui,  publica en X : “¡No hay que pedir perdón hermanos! Los hijos de los que se quedaron estamos aquí, los descendientes de los conquistadores estamos aquí. No vamos a pedirnos perdón a nosotros mismos”. Todo este lamentable episodio no ha hecho más que recordar y afianzar el hermanamiento de españoles y mexicanos y que no deberíamos consentir que ninguna señora Chimpún venga a romperlo.

      Para terminar esta carta, quería que, si a bien lo tiene, me aclare una pequeña duda, una sospecha que me corroe.  Y así,  por la presente le pregunto, Señora Chimpún Pardo, honorable presidenta, si la inquina al Rey de España realmente le viene por México, o más bien se trata de un resentimiento centenario recibido de su señora madre. Los judíos tienen esa costumbre de no olvidar y casi nunca perdonar. No olvidaron nunca que procedían de las tierras circundantes a Jerusalén, y allá que fueron a instalarse dos mil años después de abandonarla. No olvidaron que fueron expulsados de lo que llamaban Sefarad, y que dicha expulsión fue una decisión personal de la Reina Isabel de Castilla. Tengo para mí, que ahora se le ha presentado una ocasión de exteriorizar todo su rencor personal, que no tiene nada que ver con el interés del pueblo mexicano y sí con su tradición familiar sefardí, y le han servido en bandeja de plata la ocasión de tener una venganza mezquina.   

    Señora Chimpún, voy a acabar esta carta con un deseo, y es que tenga éxito, porque eso será lo mejor también para el pueblo mexicano; con un consejo, y es que mire a los mexicanos y a los españoles, y comprenda nuestra bonita hermandad y no la destruya en nombre de supuestos agravios y por último, si me lo permite, o si no me lo permite también, con un verso del ya citado Rubén Darío, que no era español, sino nicaragüense:

           “Abominad las manos que apedrean las ruinas ilustres”.

En Madrid, a treinta de septiembre del año del señor de dos mil y veinticuatro. Festividad de San Jerónimo.

Fdo. CMG.

CITIUS, ALTIUS, FORTIUS…

     Languidece el verano. Septiembre, en este año de 2024, ha llegado como lo hace todos los años, es decir cuando termina agosto. Y como todos los años, el vendimiario nos trae la llegada del otoño, el equinoccio, el atardecer del año.

    Gracias a Dios todavía hay cosas como estas en las que podemos confiar. Por debajo de la mutabilidad de los avatares atmosféricos, de la temperatura y de las lluvias, que cada año se presentan de manera caprichosa y diferente, hay una inmutabilidad casi geométrica de la astronomía. Los días son más cortos y las noches más largas, la inclinación del sol hace languidecer los días y alargarse las sombras. Las constelaciones acuden a su parcela de cielo con una disciplina y puntualidad suiza, con la misma parsimonia de todos los años, Capricornio, Escorpión, Sagitario se pasean por el horizonte. Gracias a Dios que hay algo permanece inmutable, como si fuera el esqueleto que sustenta la realidad, y a ello podemos asirnos para navegar entre tantas mutaciones y cambios que nos empeñamos los hombres en imponer de manera obsesiva en nuestras vidas.

    Resulta una tragedia que nos tengamos que refugiar en lo obvio para poder mantener la cordura, que tengamos que asirnos a la realidad de la luna llena iluminando la noche cada veintiocho días, a confiar en la tenacidad de las mareas y en la volubilidad de los vientos. La naturaleza se nos ha quedado como lo único en lo que ya podemos creer, en la soga a la que nos aferramos, como una verdad absoluta, para no caer en el precipicio de la locura y en la tiranía de la relatividad. Es la naturaleza el último resorte de la realidad. Fuera de esto todo es variable y mudable, nada perdura. Es el reino de la subjetividad, donde todo es relativo, cambiante y opinable.

        Pero lo más reconfortante es que pese a todo, pese a toda la insistencia por acelerar los procesos de nuestras vidas y de nuestra historia, el tiempo sigue siendo el mismo. La Naturaleza sigue su ritmo inmutable, aunque los acontecimientos humanos se hayan despegado de ese ritmo natural.  Ya lo decía el sabio refranero español, no por mucho madrugar amanece más temprano. Sigue amaneciendo cuando tiene que amanecer, aunque corramos desaforados para conseguir todos nuestros objetivos vitales y nos veamos en los atolladeros diarios de los horarios, los atascos y las ansiedades. Los días son todos iguales pese a que los atiborremos de contenidos.

    Una de las patologías de esta civilización que tenemos, es la aceleración de la vida, la obsesión por la rapidez y la inmediatez de todo. El mundo moderno adora la rapidez, la velocidad, la impaciencia. No es casualidad que el mito olímpico de la modernidad, tenga el prometeico lema de «Citius, Altius, Fortius», es decir más rápido, más alto, más fuerte.

    Recientemente he leído un elogio encendido de la lentitud. Se trata de un ensayo de un autor francés, Laurent Vidal, titulado precisamente así “Los Lentos”. El autor sostiene que precisamente el mundo moderno se ha cimentado en una continua aceleración y obsesión por la velocidad, lo que comparto sin discusión. Así como que este mundo ha ido dejando de lado a los que considera lentos, premiando y fomentando a los rápidos, los resolutivos y los irreflexivos. Esto significa que durante los siglos que ya llevamos de modernidad se ha relegado a los metódicos, a los concienzudos y premiosos. Simplemente no encajan en el sistema productivo, que ha encumbrado la rapidez de la producción como un símbolo de progreso y eficacia social y desde luego como la fuerza motriz del capitalismo.

      Interesante planteamiento que desvela que el mundo moderno y capitalista de Occidente sería impensable sin la aceleración como patrón rítmico de la vida. No comparto sin embargo lo que este autor francés considera como origen de la aceleración del mundo moderno, que para él surge de la asociación que hizo en su día el cristianismo de los conceptos de lentitud con  pereza, y  por tanto considerar a la primera como un pecado capital. No me parece acertada esa causa porque esto supondría que serían acelerados por igual todos los países de origen cristiano tanto católicos como protestantes y esto ya no lo comparto. En mi opinión la aceleración es fruto del capitalismo industrial, o si se prefiere alterar los términos el capitalismo industrial es fruto de la aceleración, ya que se retroalimentan uno y otro. Sea como fuere desde que comienza ese proceso de modernidad van de la mano la velocidad, el capitalismo, la producción en masa, la generalización de la maquinización,  la necesidad de llegar antes y como consecuencia de ellos los automóviles y aviones cada vez más rápidos. Y se hace circular todo, tanto el dinero, como la información, las mercancías, e incluso las enfermedades y epidemias por cualquier confín del planeta a una velocidad de vértigo.  Pero en mi opinión esa  aceleración se muestra de manera más intensa en los países de origen protestante, y tiene su origen y desarrollo en esa ambición de enriquecimiento rápido y acumulación de riquezas que deriva de la ética protestante y calvinista, como ya demostrara Max Weber. Esta y no otra es la verdadera raíz del ritmo demoníaco y desquiciado del mundo moderno.

     Sea cual sea su origen, la obsesión por la velocidad hoy afecta a casi todos por igual a los llamados países occidentales. Y en todos ellos los individuos considerados lentos, siguen siendo discriminados por su parsimonia vital que no se acomoda al ritmo frenético de la vida moderna. Y por extensión algo parecido ocurre con los pueblos que, por decisión, por historia o por clima deciden vivir a un ritmo más pausado, más lento o más contemplativo. Enseguida aparecen los supremacistas de la acción para considerar a esos pueblos o gentes más lentos en su vivir,  como vagos o gandules, cuando quizás no hacen otra cosa que mostrarnos la forma en que deberíamos vivir los demás. Pero esos sambenitos son difíciles de quitar, y si no que se lo digan a los andaluces y en general a los españoles y también a algunos pueblos de Centroamérica, que tienen que cargar con esos tópicos creados por  los muy atareados y atolondrados hombres modernos.

     Y es que la lentitud siempre es relativa, depende de con qué se compare. Aunque vayamos por la carretera a ochenta kilómetros por hora, que es una velocidad enorme, siempre parecemos lentos a los ojos de los velocísimos conductores que nos adelantan con desprecio.  Pero sobre todo, a mi juicio, la lentitud debe de ser liberada de todos los adjetivos peyorativos que suelen acompañarla y que no son sino una campaña de difamación de los fanáticos de la velocidad. Lentitud no es desidia, ni vaguería, ni pereza, ni indolencia. Por el contrario, lentitud es reflexión, trabajo concienzudo, contemplación y armonía con los ritmos de la naturaleza.

      La poesía es lentitud. Es contemplación. El arte todo, si es verdadero arte, es lento. Es un acomodo a los ritmos naturales del universo, que no son lentos ni rápidos, simplemente son los que son. Pero que, hay que reconocerlo, muchas veces nos impacientan.

      La lentitud agranda los espacios, ya que si los recorremos más despacio se hacen más extensos y precisos. La velocidad por el contrario encoge la geografía, la ignora al atravesarla sin reparar en los detalles, solamente como un trámite que hay que cumplir para llegar cuanto antes al destino. Y lo mismo ocurre con el tiempo, quien recorre con lentitud las horas las saborea, puede recrearse en los detalles, puede detenerse en las sensaciones de cada momento. Quien vive deprisa puede hacer muchas cosas, pero la mayoría sin reparar en ellas, de manera distraída y mecánica. La lentitud suprime el aburrimiento, que llega cuando no hay nada que hacer por haberlo hecho todo demasiado rápido.

    La moraleja de todo lo anterior, no puede ser otra que una recuperación de la consciencia en la vida diaria, una llamada a la calma y a la acomodación de nuestro actuar a los ritmos naturales, a las estaciones,  y a la relajación de la acción y a huir de la hiperactividad, aunque ello suponga que tenemos que renunciar a parte de los objetivos que nos proponemos y que su obtención implica un sobreesfuerzo de aceleración. En resumen, un caminar a ritmo lento y reflexivo, en la búsqueda de la paz interior y de la vida simple. Propongo modificar el lema olímpico, conocido de Citius, Altius, Fortius, por el de «tardius, patientius, sapientior», que podría traducirse por «Más despacio, más paciente, más sabio»

AQUELLA VIEJA CASA DE MI NIÑEZ….


Vieja casa que en Castilla me esperaba
y abrazaba alborozada mis regresos infantiles
cuando la escuela dormía en eternos estíos.
Hoy palpita en mi memoria
como un cofre de furtivos recuerdos
que guarda voces apagadas
enredadas en el eco travieso de los duendes
que escondieron del olvido aquella patria de mi niñez.
Varada lejos del mar,
entre jaras, encinas y retamas,
en un pueblo ya olvidado por la historia,
con ventanas que admiran la llanura
y al sol besando el horizonte al nacer.
Hasta su puerta partida bajo el dosel de una parra
llega el tañido de las campanas envueltas en la brisa
y el chasquido de las herraduras en los cantos rodados.
Desde el ventanal se atisba el océano de trigales
surcados por veleros tranquilos que sombrean un río indeciso.
Cristales soñadores tras los visillos
nublados por la polvareda de los rebaños
que acompasa el tintineo de las esquilas
y el rumor de carros cargados de mieses
que arrastran con parsimonia el verano.
Las nubes pasan como bandejas de espuma
sobre el corral donde un viejo mastín
vigila mi imprudencia infantil de derrochar el tiempo
alborotando el plácido zureo de palomas
tras la merienda de pan con membrillo
en un huerto con olor a higuera y laurel.
Guarda en sus muros el sabor de la tierra mojada
y en sus raíces, silencios ancestrales dormidos,
leyendas escondidas en las oscuras alcobas
que despertaban entre susurros
durante las largas siestas de agosto.
Es mi casa la mirada indulgente de mi abuelo,
el cacharreo de mi abuela trajinando,
el olor de las castañas en la lumbre,
el de hogazas crujientes de sartén calentando la fría madrugada,
el de los dulces de almendras machadas con paciencia,
el olor de la vida a fuego lento
en un puchero sin tiempo cabalgando las trébedes.
Cumbres de arcilla sobre cerchas de amor
lienzos de barro y piedra abrigados de cal,
y el musgo en el alféizar para adorar al Niño
en aquellas navidades de villancicos de escarcha
que conducían con el humo al cielo mis plegarias
con el fervor de la leña crepitando en la lumbre.
Tiene mi casa el color de las uvas madurando,
y el frescor del agua que en baldes de latón
emerge del pozo para reposar en las tinajas.
Cobija mi casa un desván, escondite de recuerdos,
donde juega mi disfraz de monaguillo
con un caballo de cartón que cumple años conmigo
para recordarme que siempre seré un niño,
que seguiré apacentando bogallas y bellotas,
y apostando a la taba ser un fiero rey o un fiel verdugo.
Es mi casa con ventanas a Castilla
el puerto umbrío que arribo cuando el sol abrasa
y el amor de brasero cuando tirita la noche estrellada,
y el inventario de vidas en las tertulias
en el fresco poyo de piedra que sujeta su fachada
respirando la brisa agradecida de las noches de verano.
Mi casa, de fríos suelos, cobija en sus techos
tesoros que danzan a resguardo de los esquivos gatos.
Mi casa se enciende de velas implorando piedad a la tormenta,
guarda cántaras de amor, vino y aceite,
y agua bendita para lavar los pecados que nadie sabrá,
y que callará, sin desvelar que nos ha visto nacer,
soñar, rezar, amar y morir en jergones de lana.
Era mi casa badila, cisco y ceniza
en el cálido tabernáculo del invierno
donde humeaban las legumbres junto al pan
en una transmisión circular de amor.
Tus paredes saben del dolor de las ausencias,
del temor a la sequía y al granizo
del color de las mañanas de los soleados domingos
y de la voluntad de virar a sotavento con los suspiros
de los cuerpos juveniles camino de la iglesia.
Mi casa, abrigo del viento solano
confidente de mis primeros versos,
despensa de cuentos, alacena de refranes,
trojes de cantares, paneras de nostalgias.
Santuario protegido por las palmas bendecidas,
cerrado refugio de las conciencias
encamina a las almas cansadas que quieren partir
por la trocha hacia el cielo de la chimenea,
por la que regresan a vigilar nuestro sueño,
a susurrarnos palabras de esperanza
durante la duermevela del monótono rosario.
Mascarón es mi casa que navega el tiempo,
crucero naufragado de mis sueños juveniles,
ya no hay tripulantes que te insuflen vida.
Tus capitanes partieron para siempre. Y yo,
que fui un pequeño grumete navegando tus pasillos
arribé en otro puerto, desde el que te añoro.
Al fin ya somos viejos los dos,
compartimos la misma soledad,
vacías quedaron tus estancias, vacía mi alma.





CODA.- La I.A. ha hecho el siguiente sumario de la poesía, que me ha parecido interesante añadir, para que digáis si estáis o no de acuerdo con este resumen y os parece acertado o no:

«El autor evoca su antigua casa en Castilla, llena de recuerdos infantiles y vívidas imágenes de la vida rural. La casa atesora momentos de familia, tradiciones, y paisajes. A través de la nostalgia, el autor reflexiona sobre el paso del tiempo y la soledad compartida con su querida morada».

CUANDO SURGE LA AURORA

  De vez en cuando, la vida te regala una sorpresa. Hay libros buenos, malos e indiferentes. La mayoría no aportan nada o apenas nada.   Pasan por nuestra vida sin pena ni gloria. Pero algunos, muy pocos, por el contrario,   llegan como una pequeña revelación casi mística, que te llevan, se lo propongan o no, a adentrarte en ese bosque interior en el de que tanto en tanto aparece uno de los claros que perseguía en el bosque la gran María Zambrano. O que te hacen despertar con la luz de la aurora.

    Y hasta mis manos y mis ojos ha llegado uno de esos pocos libros elegidos. Y no se trata de un prosaico manual de autoayuda o de una guía espiritual al uso, sino  de un libro que aunque está escrito en prosa, todo lo que aporta lo hace de la mano de la poesía. De la poesía que rezuma y emborracha cada página, cada reflexión que aprovecha la excusa de aparentar ser un libro de viajes, para revelar que es mucho más que eso, que ha sido escrito por un poeta, que no puede evitar serlo, y que ni siquiera lo intenta.

      Toda la vida he dudado si era posible escribir poesía en prosa.  Me parecía una contradicción en los términos hasta que he leído esta obra. Ahora lo comprendo perfectamente y la recordaré cuando quiera encontrar un ejemplo de lo que significa la expresión “prosa poética”.

      El libro al que me refiero, y que seguramente ya se habrá averiguado con el título de esta entrada, es “La aurora cuando surge” de Manuel Astur   (Acantilado, 2022). https://www.acantilado.es/catalogo/la-aurora-cuando-surge/

"La aurora cuando surge", es un bello libro de viajes

No estoy muy atento a las novedades de los escritores contemporáneos, porque hay tanta y tanta oferta, que es difícil leer todo lo que se ofrece en el mercado editorial  y la mayoría no es precisamente de gran calidad o  es simplemente literatura de consumo. Y no es porque no estén muchos de ellos bien escritos y sean literariamente correctos o incluso buenos. Es que no hay tiempo para perder en determinadas cosas, aunque sean buenas. Comparto con el autor de esta obra a la que me refiero la sensación de estar perdiendo el tiempo cuando uno está leyendo, y diría que hasta disfrutando, una novela, incluso cuando son buenas. Por eso me ha parecido como escrito para mí cuando en esta obra Manuel Astur escribe: “Quiero libros que, como la poesía, no me saquen de mi realidad, sino que me metan todavía más en ellalibros como compañeros de viaje…. Libros que sean como miradores desde los que ver el paisaje de la existencia.”

  Esa es la clave, que los libros, sean de lo que sean, que no se caractericen por ser aquello que se denomina como literatura de evasión, es decir que distraen, que te entretienen y te tienen preso en unas historias ajenas, que lo único que hacen es desconectarte de la realidad. Por el contrario, los buenos libros son los que te conectan más con la realidad, como dice Astur, te metan todavía más en ella. Y los libros más indicados para ello, son precisamente los de poesía, al menos esa poesía que tiene por objetivo el de no ser un mero placer estético, sino de nutrir las raíces que se entierran en la materia para servir de alimento al pensamiento y al corazón.

  Me viene a la memoria las cartas de Séneca donde el cordobés le recomienda a Lucilio que no lea en exceso, sino que lea lo justo, ya que las lecturas desordenadas son un ejemplo de la inconsistencia y desorden intelectual.  Y es precisamente este autor estoico quien está casi diríamos obsesionado por no perder el tiempo, dada la brevedad de la vida. Y si no hay que perder el tiempo en lecturas incorrectas, todavía menos en espectáculos groseros y disolventes que son los en su mayoría se nos ofrecen como menú de evasión cotidiana.

    Casualmente esta entrada estaba pensada casi como un exabrupto para denigrar el chabacano y ofensivo espectáculo con el que París ha inaugurado sus juegos olímpicos, y cuya visión abandoné después de unos minutos para sustituirlos por la lectura de la obra a la que me refiero. Fue como pasar del infierno al paraíso. De un estercolero a un jardín de cerezos en flor. Y por ello no quiero embadurnar con más basura la realidad y dejar en el olvido aquello y recordar y alabar allí donde se muestra la belleza y donde he encontrado el verdadero placer de emplear mis ojos para arañar la costra de la realidad en la búsqueda de lo que debe permanecer en el interior y oculto.

   “La aurora cuando surge”, es desde la primera hasta la última página una delicia de reconciliación con la literatura, con la poesía, con el sentimiento. Porque aporta inquietud, frases bellísimas que sólo un gran poeta puede escribir y conmueve y emociona en todo momento. Y es en particular conmovedor y emocionante la palpitante presencia a lo largo de todo el libro de la memoria de su padre recientemente fallecido, que acompaña al autor por todo su periplo mochilero por Italia, demostrando que uno se puede ir muy lejos pero siempre nos acompañan nuestras raíces como una fuerza querida que se hace presente y nos conecta con nuestro centro, con nuestra esencia, con lo verdaderamente importante de nuestra vida. No hay página que no encierre un pequeño pellizco de los que te dejan pensando, sintiendo o soñando. Utilizando una vez más sus palabras, con esta obra “nos hemos asomado a lo eterno y lo eterno se ha asomado a nosotros”.

     Manuel Astur nos ofrece una joya como “La aurora cuando surge”, y ante ello no cabe otra consideración que darle las gracias por permitirnos disfrutar de ella. Y ello me lleva a considerar que no todos los días tenemos la suerte de que surja la aurora. Casi siempre estamos en una terrible oscuridad permanente, y es esa precisamente nuestra esperanza, nuestro sueño, que alguna mañana, alguna tarde, con la lectura de una obra como esta, como un destello de iluminación, surja la aurora.

LA HISPANIDAD COMO PROPÓSITO

   Estoy en Madrid, mi ciudad. La capital de esta España, que amo, pero que siento que está incompleta, porque nos han arrebatado una parte de nuestra patria. He repetido ya muchas veces que creo que España no es nada sin América y que Hispanoamérica no es nada dividida en tantos y tantos trocitos y dándole la espalda a su realidad.  Y ya no me refiero tanto a la cuestión política, de himnos y banderas, sino a la íntima convicción de que no nos dejan ser como queremos ser, de sentirnos verdaderamente hermanados y unidos por una vocación y una cercanía que nos arrebatan cada día un poco más.

    Estoy firmemente convencido que lo que consistió la  Hispanidad en el pasado fue destruido tras ser duramente atacado por los intereses imperialistas y económicos anglosajones que vencieron e impusieron su modelo de globalización, puramente materialista y depredador que no es otra cosa que el antecedente de la actual dictadura globalista que nos ataca por doquier. De aquellos polvos vienen estos lodos.

     Pero no quiero hoy referirme demasiado a todo aquello que pasó, a la debilidad mental de nuestras élites que quedaron secuestradas intelectualmente por las logias y que siempre se muestran sumisas ante todo lo que nos llega de la cultura anglosajona y centro-europea. Hoy quisiera quedarme más a pie de calle, para reivindicar lo que veo y lo que siento aquí en mi ciudad y lo que he visto y sentido en los viajes por tierras americanas.

    Y es que aquí en Madrid, pero podría extenderlo a casi toda la península ibérica, cada día se nota más la cercanía y la presencia de nuestros hermanos del otro lado del Atlántico. Y no puedo decir otra cosa que es una absoluta bendición escuchar por aquí este nuestro idioma común, hablado con los acentos y cadencias de otras tierras lejanas. Siento un enorme regocijo cuando veo cada vez más niños en los parques de mi ciudad con los rasgos físicos externos que claramente han venido del otro lado del Océano, pero que su interior, su alma, es como la mía, hija de la hispanidad.

   Y es que ese niño de sangre americana y yo, de sangre castellana y europea, (quizás celta, tal vez vetona, quizás visigoda, quizás judía, quizás fenicia, ….)   pertenecemos a la misma raza. Por supuesto en ese concepto de raza que nada tiene que ver con la puramente biológica que defendieron los supremacistas centroeuropeos, desde el francés Conde de Gobineau hasta el mismísimo Adolf Hitler. Como dijo Juan Domingo Perón la raza no debe ser un concepto biológico, sino algo puramente espiritual. Es esa idea de comunidad espiritual que desembocó en denominar en muchos lugares de Hispanoamérica el día 12 de octubre como el Día de la Raza.

        El problema es que siempre nos estamos midiendo por los conceptos y magnitudes que nos vienen impuestos y que nos han llevado a interiorizar los prejuicios raciales que acabaron desembocando en una delirante búsqueda de la pureza de la raza aria, que es algo que nunca nos importó realmente a los españoles, tal vez por ser fruto de un mestizaje por nuestra ubicación geográfica, a caballo entre Europa y África. Sea como fuera, parece que se malinterpreta hoy en día ese concepto de “raza” al que me he referido y esa definición ha sido abandonada y sustituida por otra que seguramente se entiende mejor, como es la de la “Hispanidad”.

   Quisiera matizar que este concepto racial, puramente biológico, sí ha triunfado entre algunos españoles, que son aquellos que precisamente quieren dejar de serlo. El racismo es la clave de bóveda del nacionalismo vasco, desde que el desquiciado Sabino Arana, defendiera la identidad racial vasca. Y también del nacionalismo catalán, quizás menos conocidos pero con ejemplares como aquel Pompeyo Gener que consideraba que España estaba paralizada por la mezcla de sangres inferiores como la semítica y la bereber. O el más cercano Heribert Barrera, ilustre masón, que entendía que había que proteger a Cataluña de andaluces, seres pobres y destruidos, que iban contaminar la raza catalana que, según él, es genéticamente más inteligente.

       Pero estas posiciones no son más que tristes anomalías en España, que en su conjunto no ha tenido en sus elementos constitutivos el concepto de raza biológica o de una etnia concreta y por eso a la construcción americana de nuestra identidad, le encaja más el concepto de “Hispanidad”.  Es complicado dar una definición de determinados conceptos intangibles, de determinadas realidades difusas y que además se quieren negar. Y esto es lo que hace difícil definir a la hispanidad. Pero con toda la dificultad que implica,  creo que es un concepto correcto para identificar el nexo de unión que existe entre todos los países que geográficamente están en América del Centro y de Sur y la propia España.

     Y conviene aclarar que la Hispanidad no sólo el constituye el nexo de España con ellos, sino también de estas otras naciones entre sí. Si no hubieran llegado a esas tierras unos tozudos castellanos, las lejanas tierras entre la Tierra del Fuego y la península de Yucatán no tendrían nada, absolutamente nada en común. Habrían aterrizado en la modernidad con sus propios idiomas y costumbres, perfectamente válidas, pero sin ninguna conexión entre ellas. O tanta cercanía como puede tener hoy en día un portugués con un habitante de Atyrau en Kazajistan, por tomar los dos límites extremos de Europa.

    Las  pocas veces que la vida me ha permitido cruzar el Océano, hacia las tierras que otrora formaron parte de la Corona de España, he sentido una cercanía con las personas que allí me he encontrado que trasciende lo ideológico, para ser una relación cuasi familiar, he percibido que nos entendemos y que congeniamos con cierta facilidad y con predisposición recíproca a ello. El idioma ayuda a comunicarnos, pero no sólo eso, hay algo más, hay una cosmovisión parecida de la vida y hasta un sentido del humor semejante. Desgraciadamente no conozco más que cuatro de los actuales países de Hispanoamérica, que son Colombia, Costa-Rica, República Dominicana, y Cuba, y no tan profundamente como me hubiera gustado. Pero también he conocido aquí a otras personas de Ecuador, de Chile, de Guatemala, de Honduras, de México, de Venezuela, etc. Y todo ello me lleva a afirmar lo que digo.

    Es por eso que me he sentido particularmente reflejado en la recientemente estrenada película “Hispanoamérica, canto de Vida y Esperanza” del cineasta español José Luis López Linares. Es reconfortador pensar que esta idea va cuajando y tomando forma entre nosotros, entendiendo por tales a los que estamos allende y aquende los mares. Esta obra, aparte de ser de una belleza deslumbrante, no hace sino reflejar lo que nos une, y lo que nos ha unido, pero también las posibilidades que surgirían si consiguiéramos comprender que juntos seríamos una potencia impulsadora de una forma alternativa de vida y de civilización frente al materialismo y relativismo globalista de corte anglosajón.

   Creo firmemente que hay que trabajar por valorar e impulsar todo lo que nos une, en vez de destacar únicamente las diferencias y enemistades. Es complicado, porque hay que luchar contra todos esos tópicos archiconocidos y manidos de la leyenda negra, y también por superar o al menos relativizar los nacionalismos exagerados, en pos de la integración en una unidad superior de entendimiento. Y ello debe realizarse en varios frentes, uno desde luego es el puramente intelectual, conforme al cual las élites culturales y de pensamiento de todos estos países tomen conciencia de este propósito.

   Pero no todo está perdido, hay algunos síntomas de esperanza para avanzar por esta senda de la unidad o al menos de la mutua comprensión. Aparte de la ya citada película y su antecedente «la primera Globalización», habría que citar al vibrante espectáculo musical de “Malinche” de Nacho Cano, por más que la izquierda patria haya comenzado un proceso inquisitorial de cancelación contra su autor. O el cantante colombiano Carlos Vives, quien en el último 12 de octubre manifestó que parece lo más hermoso y natural” compartir el mensaje de ser hispanos, que “llevamos en nuestra sangre”, y mostrar con orgullo “nuestra hispanidad”.

     Y por supuesto no podría olvidar un fenómeno que me ha sorprendido de manera intensa y no es otro que el movimiento de reunificación de Puerto Rico, que reclama y defiende, separarse de la tutela yanqui, e incorporarse a España como una Comunidad Autónoma más, tal y como ya fueron en el pasado (https://adelantereunificacionistas.com/) . Ojalá ocurriera, les recibiríamos con los brazos abiertos, en un mutuo abrazo de reencuentro.

BEGOÑA, ORA PRO NOBIS.

    Uno intenta a veces enredar con las musas y conversar con los habitantes del Parnaso, para no atender a lo que pasa a nuestro alrededor. Por mi propia salud mental, tema que está de rabiosa actualidad, practico más de lo que me gustaría la estrategia del avestruz. Algo así como meter la cabeza bajo tierra, como medio de evasión, para no enterarme de nada. A veces me sirve de evasión el trabajo, la literatura, o incluso los deportes. Me dedico de manera compulsiva y hasta patológica a ver partidos de futbol, incluso ya jugados hace tiempo y de los que conozco el resultado, siempre a condición de que los gane mi querido equipo.

    Pero a veces esto se vuelve imposible, no hay forma de eludir la agresión mediática de la actualidad. Y esto es lo que ha ocurrido en los últimos días en este país. La sorpresa me la llevé cuando leí por casualidad que el presidente del gobierno de España se retiraba durante cinco días para decidir si dimitía o seguía en el cargo. No fui el único, la sorpresa y el estupor fue general. Parece que un juez tuvo dudas de la limpieza de la conducta de su augusta esposa, una tal Begoña, que no tiene más mérito vital que ser la esposa de un presidente, pero que se jacta de ser un lince captando fondos de entidades públicas para sus nobles causas, y al parecer hasta le han organizado unos cursillos para que imparta su magisterio. Begoña, speculum iustitiæ, ora pro nobis.

Ella, espejo de la justicia, que no estudió nada de provecho y que era la heredera natural de un lucrativo emporio de prostíbulos y lupanares de todo género sexual, se vio nombrada directora de un máster y dirigiendo una cátedra de una de las universidades más antiguas de España. No puedo menos que recordar al maestro Ciruela, que no sabía escribir y puso escuela.

     Obviamente esta señora en su programa del máster que imparte, enseña como lección magistral a sus alumnos lo siguiente: “la forma mejor de obtener fondos públicos para tus fines particulares es casarse con un presidente de gobierno”. Esto funciona en España y en Sebastopol. El programa adaptado a la realidad española cuenta como segunda lección, por si falla la primera y no consigues que tu marido llegue presidente, en  tener claro que la forma más fácil de conseguir fondos públicos es afiliarse al Partido Socialista Obrero Español. Se rumorea que van a fichar como profesores a Chaves, a Griñán, a Tito Berni, a Ábalos y a Koldo. Claustro difícilmente mejorable. Begoña, Sedes sapiéntiæ, ora pro nobis.

     Pero si todo esto son verdades axiomáticas no conviene decirlo mucho, porque el marido de la afectada se cabrea. Aprieta las mandíbulas y se retira a meditar si merece la pena seguir trabajando y seguir disfrutando de cuatro palacios, un par de aviones y una vida regalada con todos los gastos pagados o es mejor abandonarlo todo para compartir con su querida cónyuge pan y cebolla.

      Y ocurrió. Hemos conseguido enfadarle y nos ha castigado con una cartita plagada de amenazas y cursilería en la misma proporción. En ella nos confiesa, ese doctor cum fraude, que está enamorado. No sólo eso, sino profundamente enamorado. Y así descubrimos, que es capaz de sentir amor por alguien que no sea él mismo. O eso dice él.  Me lo imagino en la soledad de la Moncloa cantando trovas bajo la ventana de Begoña como Don Mendo cantaba a su Magdalena. Sí, nos confiesa sin ruborizarse que ama a la señora de los másteres, a la captafondos profesional. La ama y como prueba de amor, se retira para castigarnos a todos los españoles, porque un juez español, o sea uno de nosotros, ha osado no adorar la inmaculada imagen de su esposa. Begoña, turris ebúrnea, ora pro nobis.

      Y así nos ha tenido en vilo durante cinco días, durante los cuales no nos ha dirigido la palabra de tan ofendido como estaba. Mientras tanto sus bacantes adoradoras caían en un éxtasis de frenesí desenfrenado jurándole fidelidad hasta la muerte y sus vicepresidentas se declaraban perras fieles y se mesaban en público los cabellos retorciendo su cabeza y cabellera como si fueran la niña del exorcista. Muchos nos hemos quedado con ganas de saber la sustancia que puede transformar a una simple ministra verdulera en una peonza histérica.  Me recordaban a la niñera de “La Semilla del Diablo” que se arrojaba desde una ventana como prueba de fidelidad con el maligno. Todo su gobierno en pleno se rasgaba las vestiduras suplicando a su jefe que no les abandonara. Y para redondear el espectáculo, trajeron en autobuses a unos cuantos adeptos para servir de comparsas y de figurantes en ese obsceno aquelarre de fanático culto al líder. Apenas unos pocos incondicionales y hooligans de la nostalgia frentepopulista que fueron presentados por los medios de comunicación como grandes masas enfervorizadas apoyando al melancólico ausentado.

    Y mientras tanto el líder silente. Encerrado en su palacio junto a su amada Begoña. Castigándonos con su silencio e indiferencia por haber ofendido a su dama. Haciendo sufrir a los suyos ante la posibilidad de que les abandonara para siempre y manteniendo perpleja al resto de la ciudadanía que en su mayoría tenía más que claro que ese señor no abandonaría su poltrona ni a tiros.

    Y así pasaron, uno, dos, tres y cuatro días. Y todos sus medios de comunicación filtrando la idea de que el gran líder estaba sufriendo por amor. Y más “no te vayas” y más “quédate”. Farsa grotesca y esperpento que ni Valle Inclán pudo imaginar. Mientras tanto todos los españoles pensando que algo podría ocurrir. La mayoría seguros de que seguiría, pero soñando que por un milagro pudiéramos perderle de vista. Pero todos, admiradores y detractores, sin excepción expectantes y atentos a su estrambótica salida de pata de banco. Y así nos ha tenido pendientes de su sacrosanta decisión, todo paralizado durante cinco largos días y nada más que fijos en el ombligo presidencial.

 Y por fin llegó el quinto día, máxima expectación. ¿A qué hora hablará? ¿Qué nos dirá? ¿Se irá o se quedará? Finalmente se nos apareció en carne mortal, él, el líder máximo, el líder inmenso y nos dijo aquello de “si alguien ha pensado que me voy a ir, “tararí que te vi”, que me quedo”. Al quinto día resucitó.

      Pero ojo, aunque no se vaya, ya nos advirtió a todos los españolitos que no nos creamos que esto va  a quedar así. Todo va a cambiar a partir de ahora. Nos vamos a enterar de lo que es bueno. A un líder máximo y excelso conducator no se le hace sufrir sin pagar las consecuencias. A partir de ahora nadie va a poder decir nada que disguste a su “sanchidad”, a partir de ahora los jueces tendrán que obedecerle, los periodistas ensalzarle y el pueblo adorarle. Y también a Begoña, claro. Puesto que él la ama, todos debemos amarla. Begoña, estella matutina, ora pro nobis.

   Su eminencia ha decretado, después de este bochinche, que todo aquello que le disguste es un bulo. Y que todo el que dice bulos debe ser callado para siempre. Ha decretado que todo ataque a él y a su ideología es un ataque a la democracia. Que todo el que no esté genuflexo ante su presencia es un ultraderechista y como tal debe, previo paso por Paracuellos, acabar con su limpio cráneo en las criptas de lo que él llama Cuelgamuros. Hace no muchas fechas, antes de su terrible enfado, ya estuvo por allí comprobando lo bien muertos que están aquellos que los socialistas asesinaron en la pasada guerra.

    Pero de esta terrible ofensa debemos  sobre todo comprender que tenemos que  estar agradecidos por ser un adalid de la verdad y de la democracia. Debemos dar las gracias al amado líder por seguir en el poder y pedirle por favor que no lo abandone nunca. Y también dar gracias a su augusta esposa Begoña porque por ella por fin en España va a reinar de manera absoluta la verdad y la democracia. Begoña, regina pacis, ora pro nobis.

    Intento tomármelo con humor, tomármelo a coña, (perdón a Begoña), pero no es así como se lo toma nuestro gobierno. Se ha tomado muy en serio lo de aplastar cualquier disidencia, utilizando una obscena censura y la cancelación de cualquier discrepante. Es desde luego para sentir temor ante lo que se nos viene encima. Una vuelta de tuerca en el totalitarismo cesarista de este presidente, arropado por todos, sin excepción, los enemigos de España, desde los terroristas, los independistas, el vecino del Sur y hasta el alcalde de la colonia del Peñón. Todos ellos saben que este presidente es su mejor aliado.  Pero hay que resistir. Y por qué no, reírse un poco de lo ridículos que son, y sentir un poco de vergüenza ajena para suplir la que le falta a tanto sinvergüenza. Y saben a quién me refiero.

CUARTO ANIVERSARIO.

Hoy, que es 7 de abril de 2024, se cumplen cuatro años desde que nació este blog, en pleno confinamiento. Debería estar para celebraciones, por cumplir años y 69 publicaciones, pero no es así. Y no es por la terrible situación en la que se encuentra el mundo, no es eso. Es que hoy, precisamente hoy, se ha producido un hecho trágico en mi vida. Un acontecimiento que marcará el resto de mis días y que señalará un antes y un después en mi existencia. Sabía que tenía que llegar algún día, pero no pensé que fuera tan pronto. Tengo 59 años, que son muchos, pero ni siquiera he entrado en la sesentena. Y además creí que tenía un aspecto más o menos presentable para mi edad, ya que, y no es por presumir, siempre me calculan menos edad. Pero esto ya no tiene importancia, porque el hecho ocurrido hoy es ya irremediable, y no tiene vuelta atrás. Y el culpable ha sido un mozalbete de atuendo deportivo, y con un innegable origen de la España del otro lado del Atlántico, al que no puedo reprochar en absoluto que no tenga educación, sino tal vez un poco en exceso y no me importaría que hubiera tenido una peor crianza para haber estado calladito a mi presencia. Porque sí, este joven que me ha marcado para el resto de mi existencia ha tenido la cortesía, que en nada le agradezco, ante el hecho de que yo viajaba de pie  en un autobús y él estaba sentado, ha tenido como digo la malhadada idea de ofrecerme su asiento. Nunca me había ocurrido hasta hoy, pero es como la pérdida de la virginidad, que ya no hay vuelta atrás. Lo rechacé amablemente. E incluso le di las gracias, pero no debería haberlo hecho porque aún sin saberlo, ese mozo sin edad todavía para ser llamado a quintas, me ha hundido de golpe en la tercera edad. Ya nada volverá a ser lo mismo.

     Apenas me estaba recuperando de tan desagradable incidente, ocasionado por un exceso de buena educación, cuando he recibido otro mazazo en mi autoestima juvenil. No soy muy amigo de las pruebas médicas.  Quizás sea por un exceso de prevención hacia las agujas y la poca afición que tengo a la superioridad moral de las enfermeras que te pinchan y que parecen todas ellas agentes de la Gestapo vestidas de blanco y entrenadas especialmente para humillar a los varones que como yo no son aficionados a ser banderilleados a cambio de un poco de mi sangre. Como digo, ante mi estado de prevención y quizás pusilanimidad ante los pinchazos suelo evitar el mirar como profundiza sin piedad la aguja en mi brazo, y eso exacerba la superioridad de género de la enfermera, que disfrutando como no lo haría ni Cruella de Vil, me espeta aquello de:

         -¡Qué cobardes son todos los hombres!.

     Y lo hace disfrutando de su  minuto de gloria sabiendo que me tiene preso en el potro de tortura y aprovechándose de que no puedo defenderme. Desde luego evito contestar lo que estoy pensando y no es otra cosa que con toda seguridad estará soltera y que ningún varón estaría voluntariamente a su lado para no tener que soportar su sonrisilla de sadismo mezclada con superioridad moral. Realmente insufrible.

  Pues sería por esta aversión personal, que llevaba más de un año retrasando la decisión de hacerme unos análisis, pero el otro día, preso de remordimiento decidí hacer caso a mi médico de cabecera y dejé de hacer caso a Don Luis de Góngora y Argote, poeta, que no médico, pero  cuyo consejo suelo seguir con veneración, en ese vademécum de sabiduría que resumió en  dos versos memorables que dicen aquello de :

                               “Buena orina y buen color

                                 y tres higas al doctor”.

 Pues bien, en contra de mi voluntad, decidí hacerme unos malhadados análisis. Y sí, el resultado era el previsible, lleno de asteriscos malditos por todos los lados. Y ahora estoy en un sin vivir, lleno de temor a enfrentarme al veredicto del médico que me aguarda en unos pocos días para leerme la cartilla. Y es que yo he presumido ante todos los que tienen una edad parecida a la mía de no tomar ninguna medicina para ninguna dolencia, cuando la mayoría toman varias pastillas al día para las cosas más pintorescas. Y por ello estoy, como digo, aterrorizado ante la posibilidad de que el médico, que es mujer en mi caso pero algo menos sádica que las enfermeras que la rodean, me espete las terribles palabras de que a partir de hoy mi libertad cotidiana se va a ver cercenada con la obligación de tragar unas pildoritas de variados colores y con dosis controladas en horarios regulares. Que para el resto de mis días tendré que viajar con un blíster con los días de la semana remarcados y varias cápsulas perfectamente enjauladas en sus cuadraditos.  No hay nada peor que recibir la sentencia médica condensada en una receta, que no en vano el propio Góngora en una magistral metáfora describió así:

           “ Balas de papel escritas

            sacan médicos a luz,

             que son balas de arcabuz

            para vidas infinitas”.

 Qué puedo añadir a todo lo descrito. Qué me queda de disfrutar en esta vida si ya me ceden los asientos en los autobuses y estaré para el resto de mi vida esclavizado por fármacos. Ya sé que un día tenía que llegar, pero no pensé que tan pronto, me pilla desprevenido y poco preparado para asumir mi nueva realidad. Y con este panorama me enfrento a la vista de unos pocos meses a mi sesenta cumpleaños. No encuentro ningún consuelo para mi triste destino. Ni siquiera el hecho de que esto es algo que le ocurre a todo el mundo. Ante una inmersión tan súbita y repentina en la tercera edad, no puedo sino dedicarme a cultivar mi autocompasión.

    Comprenderéis que ante esta situación no puedo compadecerme de otros males ajenos, como los que padece mi querida Patria, tan humillada y ofendida. Comprenderéis que deje para otro día y para otra entrada de este blog, la repugnancia que me produce la corrupción maldita y descarada del partido que nos gobierna y que por hoy no le dedique ni una línea a la corrupta presidenta consorte. Que otro día critique el belicismo de los líderes europeos que están empeñados en meternos en una guerra con Rusia. Que deje para otro día la espeluznante ley de Venezuela para encarcelar a quien se considere liberal o conservador. Son cosas importantes, no lo niego, pero hoy sólo me quedan fuerzas para, como si fuera un fox terrier, lamerme mis propias heridas. Y una forma de hacerlo es escribir estas líneas que seguramente sólo tienen por oculto e inconfesado propósito provocar una ola de reacción en los lectores, al menos los que me conocen, asegurándome que conservo un aspecto jovial y juvenil para mi edad. Aunque si por otro lado se callan prudentemente, puede ser peor el remedio que la enfermedad y ya de una vez por todas tenga que verme como lo que parece que ya soy, un anciano venerable, que sólo estoy, para comidas sin grasas, sin hidratos de carbono, sin azúcar, sin alcohol, sin sal, sin gracia ninguna, para paseítos al sol y bien sentadito en mi plaza reservada en los transportes públicos, y para pasar la vida viendo como trabajan los albañiles en las obras, o sea como dice el dicho castellano, para sopitas y buen vino.

QUE VEINTE AÑOS NO ES NADA…

  Qué bonitos son los tangos de Gardel. Desde este lado del Atlántico gozamos y disfrutamos con todo lo bueno y bello que compartimos las dos riberas del Océano, que, gracias a compartir idioma, podemos saborear. Y uno de los tangos más hermosos es aquel que se titula “Volver”, y que conocemos todos los de allende y aquende los mares. Es un precioso canto a la nostalgia, que nos hace encoger el corazón cuando decimos aquello de que es un soplo la vida, y aquello otro de que “veinte años no es nada”. Cuanta verdad….

  Y por otro lado cuanto tiempo es para la vida de una persona cuatro lustros. Veinte años es a veces todo lo que se nos es permitido vivir, y a veces ni eso. En veinte años podemos ver crecer nuestros hijos, enterrar alguna de nuestras queridas mascotas, y cambiar varias veces de casa o de trabajo. Cuando uno llega a una edad como la mía, a veces descubres que llevas todo ese tiempo sin ver a determinadas personas y a veces cuando se produce el reencuentro, comprendemos a Gardel y piensas, que es imposible que haya transcurrido tantos meses, días y horas, y que serías capaz de reanudar la última conversación que dejaste a medias. Algo así como el “decíamos ayer” de Fray Luis.

   No siempre es así, en algunas ocasiones percibes que el olvido quiere sepultar y cubrir de silencio aquello que pasó hace ya tiempo y que casi todo el mundo quiere olvidar. Puede ser una medida terapéutica para seguir viviendo. Ocurre con los traumas y también con las mentiras contadas, unos y otras se difuminan con el tiempo. En estos casos se prefiere dejar actuar al olvido, que es el más potente disolvente de la conciencia. Y si el dolor es bueno aislarlo en algún rincón de la memoria, con las mentiras no es así. Es conveniente recordarle al mentiroso su trampa. Afeársela cada día. Cuando el dolor y la mentira se me presentan juntos luchan en mí la necesidad de olvidar el primero con la de recordar a todo lo posible la segunda. Hay que curar las heridas del alma, pero no se puede permitir que se sepulte la verdad, no se puede consentir que ganen los malos.

      Estamos en el mes de marzo de 2024.  A punto de cumplir veinte años del acontecimiento que cambió de una manera definitiva la historia reciente de España el día 11 de marzo de 2004. A punto de cumplir veinte años de la masacre que se cometió en mi casa, en mi ciudad, en las periferias de mi vida. Y de la que ya nadie quiere saber nada. Y yo me rebelo frente a ese rodillo de  mentiras y silencio que han sepultado a tantas personas y a tantas verdades.

    Me duele todavía la muerte de mis vecinos. Pero me duele todavía más el no saber qué es lo que realmente ocurrió. Ignorar quién lo hizo, y por qué y para qué. Sólo sé que ese día todo cambió en el devenir de mi país. Ese día terminó un periodo y comenzó otro en el que los que hasta ese momento ganaban, comenzaron a perder y los que perdían comenzaron a avanzar. En lo personal me marcó profundamente, fue como si me quitaran de un puñetazo en la cara una ingenua confianza en los resortes que gobernaban mi mundo. Desde ese día, perdí la confianza en lo que se da en llamar el sistema o las instituciones, perdí la confianza en las Fuerzas de Seguridad que manipularon todo lo manipulable, perdí la confianza en los Servicios Secretos que no supieron o no quisieron defendernos, en los medios de comunicación que se sometieron sin vergüenza alguna al poder, y sobre todo en la Justicia española, que fue capaz de montar una pantomima de juicio sin precedentes conocidos. Y también perdí la confianza en la mayoría de mis conciudadanos que asumieron con sumisión pastueña todas las trolas que le contaron. Todos ellos al alimón montaron un cambalache de mentiras, pruebas falsas, testigos falsos, burdos montajes, que nos han impedido saber ni siquiera de manera aproximada qué es lo que realmente ocurrió.

   No puedo volver a repasar todos y cada uno de los que en su momento se llamaron “agujeros negros”, entre otras cosas porque veinte años borran de la memoria los detalles y dejan sólo una visión de conjunto de lo que fue una de los mayores espectáculos de ilusionismo que se puedan conocer, entendiendo por tales, aquellos que hacen ver y creer que ves lo que no existe y que engañan a los sentidos.

     En la investigación policial y subsiguiente juicio todo fue falso. Falsa fue la mochila que apareció milagrosamente sin explotar en una comisaría aquella noche. Se le llamó mochila, pero era una vulgar bolsa de deporte comprada en un bazar de chinos que apareció sin explotar en la comisaría de Vallecas con metralla (cuando en los trenes no hubo metralla) , con un falso dispositivo de un teléfono móvil y con explosivo goma-dos. Esa falsa bolsa tenía un peso aproximado de entre doce y quince kilos de explosivo, más la metralla. Y se supone que en total hubo como mínimo once mochilas como aquella que no explotó, ya que hubo diez explosiones en varios trenes. Dado el peso de las mismas y que estallaron en lugares diferentes debieron ser colocadas cada una una por un terrorista, es decir debería haber como mínimo once terroristas. Sin embargo en la sentencia judicial sólo se identifican a ocho, uno que se le juzgó vivo, y que todavía está en la cárcel (Jamal Zougam),  y otros siete que supuestamente murieron inmolados en Leganés.  

Y lo que siempre me he preguntado ¿Dónde están los otros tres terroristas que supuestamente faltan?. ¿Por qué ni la policía, ni los jueces, ni los políticos han tenido nunca el más mínimo interés por localizarlos o identificarlos?.  Todo el mundo da por concluido el proceso, pero la sentencia del Tribunal Supremo es clara. No están juzgados, y ni siquiera identificados, tres supuestos terroristas. Pero a nadie parece importar esto. Seguramente porque estos tres ausentes serían tan falsos como los realmente condenados. Y lo importante era hacer un trampantojo policial y judicial que sirviera para pasar página. Hoy ya todo da igual, porque precisamente al cumplirse veinte años prescribe su supuesta responsabilidad penal de esos fugados.  Veinte años de mirar para otro lado todos, policías, jueces, fiscales, periodistas y políticos. Veinte años de ominoso y cómplice silencio.

     Lo cierto es que el tiempo ha difuminado en mi memoria los detalles concretos, pero sí que hay algunos que se quedaron impresos para siempre. No puedo olvidar la imagen que la sentencia judicial da por cierta y es que los once supuestos terroristas con sus once pesadas bolsas, todos ellos salieron desde Alcalá de Henares de madrugada montados, -insisto todos ellos-, en una Renault Kangoo de apenas cinco plazas. Me recuerda la portada del comic de  Mortadelo y Filemón titulado “Contra el gang del Chicharrón” ( y quien no lo recuerde que lo busque en google). Ante lo descabellado de la imagen se decidió que tenía que haber un segundo vehículo, y oh casualidad, el 13 de junio (día de San Antonio, patrón de las cosas perdidas) la policía encontró de manera súbita un supuesto segundo coche utilizado por los malos, un Skoda Fabia, que apareció tres meses después de los atentados. Pero era tan burdo el montaje que hasta la Justicia tuvo que reconocer que era una prueba falsa.

     Pero al juez de turno no pareció importarle mucho que la policía “fabricara” una prueba. Las demás, seguían siendo válidas e incuestionables. Y  a pesar de declarar falsa una prueba, no se investigó qué agente de la policía la fabricó y para qué. Y al mismo tiempo a quienes dudábamos del resto de las presentadas a juicio, se nos argumentaba que cómo podíamos dudar de la policía, que era impensable que se falsificaran pruebas, y ello a pesar de que está probado que sí que fueron falsificadas algunas.

      Y si de los tristes hechos del 11 de marzo apenas sabemos nada, de lo ocurrido unos días después en Leganés todavía menos. O sí, de esto tenemos muchos la certeza absoluta de que fue un total montaje en el que nada es verdad. Y cuando digo nada, es nada. O sí, fue cierta la muerte de un policía, el Geo Torronteras, si bien   en unas circunstancias que no están nada claras y menos todavía que su cadáver fuera unos días después profanado, robado del cementerio donde descansaba, añadiendo una nueva incógnita y más preguntas sin responder. Seguramente para hacer desaparecer alguna evidencia molesta que pudiera desmontar la estrafalaria tragicomedia montada en Leganés.

     Se podría seguir con una colección de incongruencias, manipulaciones y falsificaciones, que avaló la justicia y la policía y por supuesto la prensa comprada por el poder, que es prácticamente toda, salvo algunas honrosas excepciones. Seguí con mucho interés todas las publicaciones, y también el juicio que fue televisado y pude ver en directo muchas veces. El tiempo transcurrido desdibuja los detalles de las manipulaciones, pero sí que me queda la sensación de una enorme estafa y de que lo que se contó era todo, salvo los muertos y el dolor de sus familiares, más falso que un duro de madera.

    Las únicas certezas de lo ocurrido hace veinte años es los 192 muertos en los trenes de aquella fría mañana de marzo. Y también los efectos que para mi país aquel día infausto produjo. Un vuelco electoral (no se debe perder de vista que el atentado tuvo lugar tres días antes de unas elecciones generales), que llevaron al poder a los más siniestros gobernantes que han trabajado de manera consciente para destruir a España. Que han dado alas a los independentistas, que de estar desaparecidos han llegado a estar muy cerca de sus objetivos, han debilitado profundamente a España frente a los enemigos regionales como Marruecos, en su posición en la Unión Europea, donde desde entonces no hemos sido más que meras comparsas y palmeros de Francia y Alemania, y nos han echado en brazos de todos los poderes globalistas sin ningún freno.

     Y por ello muchos tenemos la certeza de que detrás de aquella terrible masacre, no estaban unos moritos desharrapados, unos choricillos que de trapichear con droga se tornaron fanáticos yihadistas, tampoco unos etarras que esos momentos estaban prácticamente derrotados. No, no es creíble que pudieran éstos organizar un atentado con una precisión militar en el cual estallaron simultáneamente diez trenes en lugares distintos. Eso fue una operación que sólo puede ser hecha por profesionales, sin que sepamos quienes fueron aquellos y para quienes trabajaban.

Los enemigos de España son muchos, nuestros vecinos del Norte y del Sur, son firmes candidatos, y sacaron grandes ventajas, pero no los únicos. Sabemos que los beneficiados aquí fueron los que alcanzaron el poder aquellos días como consecuencia directa del atentado. Y eso nos puede invitar a seguir el rastro tirando del hilo, viendo quienes son sus amos, descubriendo a quien obedecen, y quienes estaban interesados en que alcanzaran el poder en España. Todo ello nos puede acercar hasta el verdadero autor.

Según Aristóteles se conoce algo cuando se conoce su porqué, es decir, la primera causa. Según esto, no sabemos nada. Tal vez alguna vez lo sepamos. Tal vez veinte años no sean suficientes para conocer la verdad. Quizás tengan que transcurrir otros veinte. No perdemos la esperanza ya que, como cantó Gardel, veinte años no es nada.

Y aunque el olvido, que todo destruye, haya matado mi vieja ilusión, guardo escondida una esperanza humilde, que es toda la fortuna de mi corazón ….

24 de enero, Madrid.

     Pues sí, es lo que parece. El autor de este Blog, que siempre se presenta con su pseudónimo de Carloman, revela su verdadero nombre para anunciar la presentación de su primer libro de poesía publicado.

    No es el primer libro que escribo, pero hasta ahora toda la producción literaria estaba sepultada en los archivos en la Mancha, que es como se hallaba el Quijote antes de que Cide Hamete Benengeli, lo diera a conocer por medio del manco de Lepanto.

   Y así, con mis muchos años, ahora salgo yo con un libro de poesía, que es quizás lo más anticíclico que ordena la corriente de los tiempos, la torrentera de hechos con que cada día nos desborda la prosaica realidad. Pero tal vez por eso sea la poesía ahora más necesaria que nunca, porque en un mundo en el que manda lo utilitario es una provocación la contemplación inútil de la realidad..

  Sobre todo doy las gracias a la editorial Loto Azul/ Olé Libros, que ha confiado en mí, cuando ya casi había dado por perdida cualquier expectativa de publicación, y me conformaba con ser un escritor con un único lector, que no es otro que yo mismo. Si existe el término soliloquio para quien habla con uno mismo, debería haber una palabra para definir al escritor que sólo escribe para sí. Y quizás la haya, pero yo la desconozco

 Ya que he «salido del armario» poético en el que permanecí encerrado durante muchos años, voy a terminar esta entrada con una poesía de mi libro inédito anterior titulado «Algunos versos que me encontraron«, y en el que daba por hecho que nunca publicaría nada para no exponerme a la crítica ajena, que no es fácil de admitir, sobre todo cuando no es positiva.


ME IRÉ EN SILENCIO

Regresa el tiempo, pertinaz y continuo.
Palabras, cosas, sensaciones amueblan los días.
Ya no pregunto, ni miro, ni entiendo,
lo que alcanzan mis ojos es el mundo
con sus contornos de penumbra
y los difusos sonidos que a veces comprendo.
Pronto ya no estaré,
y solo seré una leve ausencia
que las horas cicatrizan en la herida de la realidad.
El aire que ocupo, será en el que florezca el granado.
Seré un incorpóreo recuerdo,
una sombra dudosa entre la bruma,
y luego ni eso.
No soporto la vergüenza de ser memoria ajena,
de caminar mi nombre sin mí en paisajes extraños,
esquivo el juicio severo de la muchedumbre
que solo desprecia sin amor.
Por eso me iré en silencio, como viví.



https://olelibros.com/comprar-libros/loto-azul/poesia-loto-azul-2/prolegomenos-de-la-nada/



QUERIDOS REYES MAGOS…

  Estamos en la festividad de la Epifanía del Señor, o sea el día de Reyes. Una de las festividades más hermosas que conservamos los que según un ministrillo estirado, deslenguado y mal peinado, todavía formamos en España la “comunidad cristiana”.

   La epifanía significa una revelación de algo superior que se manifiesta de manera súbita o se exterioriza. La Epifanía del Señor es por tanto la manifestación ante los hombres de la divinidad del nacido en Belén. Y esta manifestación provocó que los pastores, es decir la gente del común, gente normal como nosotros, le adorara.  Pero no lo adoraron solamente los pastores,  esa manifestación o exteriorización de la Divinidad se extendió sobre todos los rincones de la tierra y no pasó desapercibida para los grandes santos y sabios, que decidieron ponerse en camino hacia ese foco de espiritualidad. Los Reyes Magos tuvieron la revelación y la comprensión de que había una manifestación en la tierra de la divinidad, una encarnación del Verbo, fenómeno verdaderamente sorprendente y tan poco frecuente que les hizo encaminarse desde todos los confines del mundo para adorar a un Niño.

     Los tres Reyes, que no son simples reyezuelos, sino además magos, es decir doctores de la magna ciencia, de la más alta sabiduría y por tanto máximos representantes de la autoridad espiritual de todas las Tradiciones que existían sobre la Tierra, reconocieron las señales, la epifanía, supieron que algo muy importante estaba ocurriendo en el otro lado del planeta y acudieron a postrar su majestad ante un principio superior, en un ejercicio de verdadera humildad  .

    No soy un teólogo, sólo un católico de medio pelo que gusta de saborear las delicias de la belleza que me proporciona mi religión y mi mundo. Y en él tienen un lugar muy especial Sus Majestades, a quienes respeto y venero, pero sobre todo porque más allá de las consecuencias comerciales que la festividad ha generado, de la ilusión de los niños y de otras banalidades sentimentales, aunque entrañables, los Reyes Magos me producen una inquietud intelectual al atisbar la fortaleza y profundidad de lo que significan.

   La Adoración de los Magos es una manifestación de la unidad trascendente de las tradiciones, el reconocimiento de que la cuando hay una Revelación es asumida y comprendida por el resto de las autoridades espirituales. La Tradición Católica, nos dice que llegan tres Reyes de los confines del Mundo, ante un hecho sorprendente que les ha revelado una estrella que les conduce hasta Judea y que para su sorpresa es un niño recién nacido. Los evangelios relatan el hecho de una manera muy escueta, solamente lo relata el Evangelio de Mateo entre los canónicos y el Protoevangelio de Santiago, entre los apócrifos.   La iconografía y la historia de su origen es más bien un producto de la tradición cristiana que les fue poniendo sus nombres actuales de Gaspar, Melchor y Baltasar, sus barbas y les fue rodeando de pajes y camellos en su viaje guiados por la estrella hacia Belén. En cuanto al origen o procedencia geográfica aunque se les llama de “Oriente” la tradición les hace llegar de todos los confines del mundo conocido,  que recientemente  Ratzinger identificó con la India, África y Tarsis o Tartessos, es decir la península Ibérica.

     René Guenon va más allá y considera que son los tres Reyes del Reino mítico de Agartha, que acudieron a Belén para dar reconocimiento y legitimidad a Cristo desde la Tradición Primordial, la fuente de todas las tradiciones espirituales desde la más remota antigüedad. Los tres enviados le ofrecen oro, es decir le reconocen como Rey, Incienso, le reconocen como Sacerdote y Mirra, reputándole como Profeta. Lo más relevante es que este reconocimiento es realizado respecto de un niño recién nacido, que no ha podido exteriorizar ninguna actuación externa intelectual o espiritual de ningún tipo, lo que revela que es el Mesías, el hijo de Dios encarnado y no un simple enviado o mensajero, es decir un profeta más. Y es por ello que es en sí mismo un misterio en qué consistió esa Epifanía, esa manifestación que se irradió desde un Niño recién nacido, y que fue comprendida por quien tenía que entenderla. El que tenga oídos para oír, que oiga.  

     Es por ello que la festividad de los Reyes Magos es de lo más hermoso que nos presenta  la Navidad, tan degradada y contaminada por el iluminismo deísta que  la ha transformado en una fiesta pesudopagana de exaltación de la luz, verdaderamente cercana al luciferismo. Y por ello a nuestros entrañables  Reyes les han creado como rival a un grotesco personaje, un espantajo rojiblanco (perdón por los atléticos, que no van por ahí los tiros) prohijado por la Coca-Cola. Sí, me refiero a ese payasete barbudo y bonachón que pretende colarnos la civilización anglocalvinista, con toda su parafernalia de renos, elfos y trineos voladores.  La diferencia con los Reyes Magos es abismal, aunque los dos compitan supuestamente por ser dadivosos con los niños en la Navidad. Los Reyes como hemos visto, aunque de manera muy rápida y superficial, son un símbolo espiritual y derivado de éste se les hace responsables de llevar regalos a todos los niños tal y como hicieron con el niño Jesús.

   Lo del barbudo es al revés. Una imagen comercial creada ad hoc para fomentar el consumo y el materialismo más burdo y menos espiritual que pueda pensarse. Sólo  a posteriori se le ha tratado de crear una historia y una leyenda que le haga un poco más presentable y algo más reverenciado que otros personajes de la televisión, como la mula Francis, Mr. Proper o muñeco de Michelin. Y así han tratado de identificarlo con el Santo Nicolás, un obispo turco, que no debió ver un reno ni un trineo en su vida. Después con las efusiones emanadas de la New Age y el neo paganismo, se le ha tratado de hacer una especie de símbolo solsticial. Lo cual no es otra cosa que una falsedad para tratar de una pátina de sensibilidad espiritual al consumismo más desaforado.