¿QUIÉN DIJO MIEDO?

    A medida que uno va tirando del hilo y adoptando una posición más crítica de la situación política y social en la que vivimos, se van identificando algunos de los resortes con los que el poder nos controla y manipula. La realidad social establecida es un complejo sistema de apariencias y sugestiones cuidadosamente cultivadas con mimo por alguien que no da la cara, y que realmente no es fácil saber quién es. Una gran sombra es la que decide nuestra forma de vivir, la que nos controla y esclaviza de una forma tan sutil que somos incapaces de percibir ni siquiera que estamos controlados y mucho menos quien o quienes lo hacen.

    No soy un estudioso de la cuestión, no soy un politólogo, ni un sociólogo, ni nada parecido. Sólo uno más de los controlados, de los manipulados, que, a ratos, y confieso que no siempre, intenta vislumbrar quien mueve los hilos detrás del decorado. Asumo mi derrota en este propósito, es tan complejo el entramado y la maraña de elementos superpuestos para evitar que se descubran los trucos del prestidigitador que a veces sólo queda quedarse con la boca abierta y aplaudir ante la magistral forma de dominación y el escapismo de su efigie que no es sino una digna actuación del gran Houdini.

  Pero a veces en la actuación de los magos, por buenos que sean, cuando repiten muchas veces el mismo truco se acaba descubriendo o por lo menos sospechando donde está la trampa, el engaño. Y algo así está ocurriendo con uno de los instrumentos que más se está utilizando últimamente para dominación y control social. Y no es otra cosa que la utilización continua del miedo. Las personas que vivimos en este tiempo estamos continuamente amedrentados por los más variados motivos, casi todos ellos generados o creados desde los medios de comunicación y los creadores de opinión.

     El miedo es un mecanismo de defensa de la naturaleza frente a la adversidad. El perro apaleado tiene miedo del palo. Y en el hombre no es la cosa muy diferente. Siempre y en todo momento de la historia el hombre como individuo ha sentido temor al rayo, a la muerte, a la enfermedad, a pasar hambre. Es una manifestación del instinto de supervivencia. Y es algo ínsito a la propia existencia, y que en las personas se manifiesta con mayor o menor intensidad, .

   El miedo como toda debilidad instalada en el alma humana es particularmente útil como instrumento para el control de las personas. Y así ha sido posiblemente desde siempre. Todos los poderosos han sustentado su dominio y poder en la utilización del miedo, en la coacción, y cuanto más despiadado y totalitarios han sido los gobernantes más han utilizado esta forma de poder. En el “Yo Claudio” de Robert Graves, (que en gran medida no es otra cosa que un remake de la “vida de los Doce Césares”,  de Suetonio)  se recoge aquella frase del Emperador Tiberio como medio para conservar su poder: “que me teman, siempre que me obedezcan”. Fue superado por Calígula, quien según dicen prefería la de “Oderint dum metuam” , es decir, “que me odien siempre que me teman”.  El poder autocrático como el de los Césares romanos, no tiene inconveniente alguno de utilizar el miedo para asegurarse la sumisión y obediencia de sus súbditos.

   Este es el miedo que imponen los regímenes autoritarios, el que utilizaba Stalin para sojuzgar a su pueblo. El miedo al poder como forma de coacción y amansamiento de los pueblos. Luchar contra los regímenes dictatoriales requiere una dosis de valentía para superar esa imposición de fuerza, que hace que quien se opone al mismo acabe pagando con su libertad, su hacienda o incluso su vida. Oponerse a estas formas de poder requiere una importante dosis de heroísmo, de valentía y de osadía, superadores de ese miedo generalizado y opresor.

   Las formas modernas de dominación son más sutiles, pero no menos eficaces. Los sistemas políticos que se autodefinen como democráticos o estados de derecho, que se ven a sí mismos como respetuosos con los derechos humanos, con las garantías y contragarantías, no pueden lograr la aquiescencia de los súbditos por medio del miedo al aparato del Estado. Sería formalmente contradictorio con sus propios principios, que se basan en crear la ilusión en los gobernados de que son libres, de que viven en un sistema que permite libertades como la de opinión, de asociación, de prensa, etc.

   Estos sistemas, que podemos definir, por abreviar, como democráticos, parten de la premisa de que el pueblo los acepta, y por ello su supervivencia reside en conseguir que el pueblo los admita con general aquiescencia, para lo cual, como no hay un poder fáctico aparente que se imponga, debe procurarse la sumisión de los gobernados por medio de eficaces medios de creación de opinión que haga que el discrepante sea apartado del rebaño como una oveja infectada. Su forma de legitimación es lograr que el pueblo crea sinceramente que desea esa forma de gobierno y para ello es preciso continuamente alimentar esa opinión, esa ilusión, o esa fantasía de que es la mejor  y la única forma de gobierno posible. Quien discrepa, a diferencia de los regímenes totalitario, no se le encarcela, pero se le tilda de “populista”, de “negacionista”, se le impone el total ostracismo, lo que se ha dado en llamar en esto tiempos como la cancelación.

    Pues bien, en estos sistemas de aparente libertad, basados en el inducido autoengaño de las masas, el miedo tiene también un importante papel como instrumento de control social. El miedo, es un estado psíquico o emocional que se genera en una persona cuando siente, percibe o tiene la creencia de que va a sufrir un mal. La reacción más natural es tomar las precauciones o adoptar las conductas que se considere que son más adecuadas para evitar ese posible mal que se imagina. Cuando una persona padece miedo está condicionada en su conducta, sus decisiones no son ya totalmente libres sino que están mediatizadas por la necesidad de tratar de evitar los males que le amenazan. Y eso hace que estas personas sean más sumisas respecto de quienes le prometen defenderles de esos males que le atemorizan. Y no solo para impedir que se haga algo, que prohibir generando miedo es más sencillo, sino incluso consiguiendo que hagas algo que no harías si no existiera ese temor. El mecanismo sería algo parecido a si yo te genero un miedo sobre algo concreto y al tiempo te indico la forma de superarlo, que es precisamente la forma en la que yo quiero que te comportes para complacerme. Por ejemplo, me molesta que mi vecino deje la luz de su parcela toda la noche encendida, y quiero que la apague, puedo cortarle violentamente la luz, o puedo amedrentarle con que es inminente un ataque aéreo de un enemigo imaginario, si consigo que lo crea, él mismo por miedo apagará voluntariamente todas las noches la luz y creyendo que actúa con libertad y por su propia decisión. Obviamente será necesario que consiga que se crea que ese riesgo es cierto, y ahí es donde entraría toda la propaganda mediática para dar verosimilitud a esta descabellada situación.

     Los gobernantes, que incluiríamos en el espectro democrático, y que se sirven a la nueva dominación globalista, son conscientes, (como todo poder)  del enorme instrumento de control social que es el miedo. Pero como no quieren dar la cara de una imposición fáctica del terror, que les haría sentirse autoritarios o dictatoriales, lo utilizan de una forma indirecta pero no menos eficaz. Quizás más eficaz,  porque los ciudadanos no perciben que el miedo lo genera un poder concreto, un tirano contra el que se puede luchar y al que se podría derrocar.  

     Así vemos que en los últimos tiempos los medios de comunicación están continuamente alimentando el miedo de las personas de las formas más variadas, con tal que estemos los ciudadanos continuamente instalados en el temor de algo que nos pueda ocurrir.  No hay más que ver alguno de los noticiarios para ver que una sección fija de los mismos es la de una anticipación general de males, algunos reales y otras meras sugestiones interesadas, que no tienen otra finalidad que mantener un estado de atemorización general de las personas.

     Son muchos y muy variados los temores creados desde el poder, que obviamente afectan más o menos a las personas según su propia propensión a padecer miedo o a ignorarlo.  Uno de los más utilizados y evidentes es el terror climático. Todos días tenemos varias noticias sobre catástrofes naturales, inundaciones, huracanes, incendios de bosques, etc. en cualquier punto del planeta, para inmediatamente sugerir que no son otra cosa que consecuencia del cambio climático, y que este cambio climático, que estoy yo provocando con mis irresponsables conductas, va a hacer inhabitable mi país, va a subir el nivel del mar inundando enormes extensiones y ciudades, y en suma se destruirá el planeta. Esto es terrible y hay que evitarlo a toda costa, para lo cual una vez asumido profundamente ese miedo debilitante, hay que apoyar y aplaudir a quienes luchan contra ese fantasma de la destrucción del planeta. Y hay que apartar como apestados a quienes niegan que esto sea verdad e incluso a los que, aunque crean que es posible que fuera cierto, entiendan que hay que superar ese miedo irracional a la destrucción planetaria.

    Los ejemplos de creaciones artificiales de miedos en la población son variados. Miedo al contagio y a la enfermedad (desde el Sida, el coronavirus, la gripe A, etc.) , a las epidemias en personas o en animales; miedo generado por un la posibilidad de que un asteroide llegue a chocar contra la tierra (de vez en cuando avisan de esta posibilidad, quizás como creación de estado de ánimo para su utilización futura), miedo a que los antibióticos dejen de ser eficaces, miedo difuso al fascismo….. Una de las últimas creaciones es el miedo a la guerra que nos pueda llegar ante una amenaza bastante ilusoria de que Rusia pueda invadirnos. Hasta nuestros más sensatos y equilibrados gobernantes nos han sugerido que tomemos en serio la amenaza, nos proporcionemos un kit de supervivencia al tiempo que todos los medios de comunicación nos informan, como que no quiere la cosa, qué hacer en caso de ataque nuclear  o las ventajas de tener un búnker subterráneo en el jardín.

Por el contrario, cuando el miedo es digámoslo así, espontáneo, no creado o impulsado desde el poder, éste es negado y ocultado. Si tengo miedo a que ocupen mi vivienda, si tengo miedo a que se instalen en mi entorno personas venidas de otras culturas, de creencias intolerantes con mi forma de vida y que puedan atacarme o vejarme, no puedo exteriorizarlos, ya que de hacerlo soy directamente un elemento sospechoso de antisocial. Hay miedos autorizados y miedos prohibidos.

     El miedo es inseparable de la naturaleza humana. Pero sólo se puede ser libre si uno es capaz de controlarlo, de superarlo, de eliminarlo de la mente y del corazón. Y hay que luchar contra el miedo al tirano y contra el miedo que nos crean nuestros gobernantes para tenernos paralizados, adormecidos y sojuzgados. Fue clarividente San Juan Pablo II, quien, al ser elegido Papa, las primeras palabras que dijo a la multitud que le aclamaba en la plaza de San Pedro, fueron precisamente “No tengáis miedo”.

PANDEMIA O PANDEMÓNIUM

En los últimos días ha salido la noticia publicada en muchos medios de que la Organización Mundial de la Salud ha anunciado que se aproxima una nueva pandemia sobre la Tierra y que será más mortífera que la anterior. Realmente casi todos los medios lo han publicado, aunque a pesar de ello, ha pasado bastante desapercibido para el común de los ciudadanos. Tal vez esto sea porque estamos hartos de que estén continuamente intentando atemorizarnos o tal vez sea porque el anuncio es poco consistente, ya que para sorpresa de todos, no se nos dice en qué va a consistir esta nueva enfermedad. O  sea, que la OMS, dice que nos amenaza una pandemia peligrosísima que va a diezmar a la humanidad, pero no nos aclara si la producirá un nuevo virus procedente en este caso de la zarigüeyas o si la causará una mutación mortífera de la caspa que cristaliza sobre el cuero cabelludo hasta llegar a hincarse como cuchillos sobre el cerebro.

     Pero ahí no queda la cosa. Tan egregio organismo, fuertemente financiado por la Fundación de Bill y Melinda (no confundir con la “Mirinda”, ni tampoco con una célebre canción de Camilo Sesto), nos ha advertido que la única forma de estar preparados para prevenir esa nueva pandemia que nos anuncia, es cumplir a rajatabla y de manera devota los ODS. Sí, sí, me refiero a los Objetivos de Desarrollo Sostenible, que conforman la famosísima Agenda 2030. Con un par, que diría el castizo. El Doctor Tedros Adhanom Ghebreyesus que dirige ese organismo, pese a las acusaciones de su pertenencia a una organización terrorista etíope, después a anunciarnos el advenimiento de la nueva pandemia desconocida nos sermoneó con las siguientes palabras: “el seguimiento de los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) deberían tener prioridad en las agendas de los gobiernos de cara al futuro” o  «La pandemia nos ha desviado del rumbo, pero nos ha demostrado por qué los ODS deben seguir siendo nuestra estrella polar y por qué debemos perseguirlos con la misma urgencia y determinación con la que contrarrestamos la pandemia»,  

      Sí señores, debemos tener claro que estaremos evitando la pandemia que viene si cumplimos religiosamente como buenos devotos las ODS. Por poner un par de ejemplos sacados de los objetivos de la Agenda de colorines, resulta que lograremos que no nos ataquen los virus y las bacterias si empoderamos a todas las mujeres y las niñas, o si implantamos un turismo sostenible que cree puestos de trabajo y promueva la cultura y los productos locales. No se me alcanza como con un turismo sostenible se evita una pandemia. Tal vez haciendo un turismo tan local que consista en estar  encerrados en casa, lo que, por otro lado, puede ser muy desagradable si a uno le toca convivir con una legión de niñas empoderadas.

   Hay que resaltar que la OMS no pide que se tomen medidas de carácter sanitario, sino en general que se asuman todas las medidas de la Agenda 2030. Y ello hace que nos planteemos la cuestión de para quién trabaja esta Organización. Es decir si su objetivo real es favorecer la salud y luchar contra la enfermedad, o por el contrario su verdadero objetivo es controlar y dominar a la humanidad. Durante la pasada pandemia demostró que más bien le interesaba lo segundo y sigue por el mismo camino.

     Todo esto es el preludio de lo que se nos viene encima a corto plazo, que es el descabellado “tratado de pandemias”, que está a punto de ver la luz y que parte del concepto de “una sola salud” que afecta a todas las personas y animales del planeta. Este tratado, que la acomplejada España suscribirá en cuanto se lo propongan, para que no digan que no somos los más «progres» de planeta, dará poder para imponer medidas planetarias como vacunaciones obligatorias y confinamientos generales, suprimiendo el poder de los gobiernos nacionales en favor de esa autoridad sanitaria mundial, legitimada para adoptar las medidas que tenga por conveniente, incluso contra la voluntad soberana de los pueblos. O sea un nuevo instrumento para el proceso de dictadura mundial que nos acecha.

      Tengo una tendencia al pesimismo, en cuanto se trata de preservar un ámbito de libertad para las personas. Yo sí he captado el mensaje de la OMS, cuando nos dice que para evitar pandemias hay que cumplir los Objetivos de Desarrollo Sostenible, incluso cuando no tienen un contenido propiamente sanitario. El verdadero mensaje es una clara amenaza, que vuelve por pasiva la recomendación, y que nos dice que si no somos buenos, que si no cumplimos sin rechistar los ODS, seremos castigados con una nueva pandemia. La historia se repite, ya hace tres mil años un faraón y un pueblo descreído no se sometió a Jehová y ese pueblo fue castigado por ello con terribles plagas. En los tiempos modernos no reina Jehová, sino Lucifer, y son sus sacerdotes los que nos exigen sumisión incondicional para no desatar su furor. No será porque no nos lo han advertido.

LA PARÁBOLA DE LOS DOS AMOS DEL MUNDO.

     Cuentan que se juntaron los dos más poderosos amos del Mundo, que rivalizaban entre ellos por ser el que más poder tenía sobre la Tierra. Y uno de ellos (Amo-primero) retó al otro (Amo-segundo) para que mostrara el poder del que alardeaba, diciéndole:

     – Si eres de verdad el más poderoso podrías demostrarlo, y para ello te propongo un reto. ¿Serías capaz de que toda la humanidad sin excepción haga algo que tú quisieras? Si eres capaz de conseguirlo me retiro y te concedo todo el poder para ti.

      Después de pensarlo el Amo-segundo aceptó el reto y afirmó que toda la humanidad haría una cosa que él iba a imponer a cada hombre, mujer y niño sobre la faz de la Tierra, y ello consistiría en que cada ser humano se pincharía voluntariamente con una aguja en el brazo. Aunque al Amo-primero le pareció una oferta extravagante la aceptó, pero además le dijo: 

– Si tu fracasas yo ganaré y con tu fracaso habré de ser yo el que consiga que todos los hombres sin excepción lleven una impronta mía, tengan una cosa impuesta por mí. Pero no sabrás lo que es hasta que tu fracases y así demostraré que yo sí puedo lograr que la humanidad haga algo por mí y mereceré el poder que tendré sobre toda la humanidad.  

       Y así el Amo-segundo, se puso manos a la obra para ganar la apuesta que habría de darle todo el poder. Y para conseguir su propósito de que cada hombre se pinchara voluntariamente en uno de sus brazos, ideó soltar insectos infectados con una enfermedad fuertemente contagiosa para los humanos y ocasionalmente mortal en un remoto lugar de una región donde tenía muchos y fieles escuderos que le obedecían. Y comunicó el hecho de la liberación y esparcimiento de la plaga infecciosa por medio de todos sus portavoces en todos los confines de la Tierra, y así sembró el temor y la desesperanza en todas las gentes de cualquier lugar, jóvenes y ancianos, varones y mujeres, de todo credo o condición social. Luego comunicó a todos sus esbirros repartidos por los cuatro puntos cardinales un plan para acabar con los efectos de la plaga y de la enfermedad que ella causaba, que consistía en suministrar un fármaco precipitadamente obtenido, pero milagroso y denominado con nombres variados, que había de administrarse mediante una inyección con una jeringuilla en uno de los brazos de cada uno de los hombres sobre la faz de la tierra. Las gentes recobraron algo de esperanza ante la noticia de la existencia de una cura a tan contagiosa enfermedad. Sus apóstoles se lanzaron sin discusión a convencer a todos los hombres de la bondad de pincharse en el brazo el remedio milagroso. Convencieron a muchos, amenazaron a otros, sedujeron a los demás para que obligaran a otros, sobornaron voluntades, amenazaron y crearon intereses y complicidades variadas. Y con estas artes, logró que miríadas de hombres se pincharan en el brazo para inyectarse el antídoto contra el agente infeccioso esparcido por la plagas y causante de la enfermedad. Y la mayoría lo hacían pensando que hacían lo correcto. Lo de menos era que el remedio fuera eficaz o no, la mayoría aceptaban el placebo sin cuestionarlo, sin preguntar su bondad, o efectos reales, pero en todo caso lo hacían voluntariamente. Como el contagio se publicitaba como mortífero, pero en realidad sólo era así en algunos casos y para la mayoría sólo generaba leves trastornos, se afianzó la creencia general en la eficacia del remedio. Pensaba la mayoría que si así lo ordenan los gobernantes es porque debe de ser lo correcto, es impensable que quieran desear su mal.  Y Amo-segundo, con sus diversos tentáculos y voceros, siguió insistiendo, aumentando su presión, imponiendo su voluntad hasta conseguir que muchas personas lo hicieran dos, tres y hasta veinte veces. Hasta los niños de corta edad, reclamaban su derecho a ser pinchados, aunque el virus apenas les afectaba. De este modo la mayoría de la humanidad, casi todos los hombres se pincharon por propia voluntad en el brazo.

        Pero no todos lo hicieron. Algunos se percataron del engaño del remedio milagroso o preferían otros medios curativos o por la razón que fuere se resistieron de manera contumaz, y no hubo manera de convencerles, lo que suponía una insubordinación e insolencia insoportable. El Amo-segundo veía que el tiempo transcurría y que no lograba su propósito completamente y ello le llevaba a arreciar con una nueva oleada de virus, y una nueva y renovada energía propagandística de sus heraldos. Más presiones, sanciones y amenazas, pero todo en vano. A pesar del ímpetu y entusiasmo seguía habiendo resistencia. La única solución era imponer el pinchazo en el brazo por la fuerza, pero eso no le permitía ganar la apuesta, ya que se exigía que el pinchazo fuera voluntario, es decir someter las voluntades de los hombres. 

     Llegado un día admitió que definitivamente no había conseguido su propósito, porque había unos pocos hombres y mujeres que no le habían obedecido y se habían negado de manera irreversible a pincharse voluntariamente en el brazo. Así, Amo-segundo, tras reconocer su derrota, varios años después y tras unos devastadores efectos sobre las vidas y haciendas de los hombres, decidió asumirlo y reconocerlo ante su retador.

       Amo-primero, ante el fracaso del Amo-segundo, cuando éste se presentó ante él, le dio las gracias por su gran trabajo y esfuerzo, aunque hubiera fracasado, y le dijo:

    – Ahora te revelaré lo que yo he conseguido que todos los hombres tendrán gracias a mí, y que he logrado gracias a ti. Gracias a tu fracaso, ahora yo tendré todo el poder y tendré una humanidad debilitada, temerosa y sumisa, porque lo que yo he conseguido gracias a ti es que todos los hombres, sin excepción, tengan miedo. Ahora me obedecerán las naciones y los hombres sin rechistar, porque saben que puedo volver a utilizarte cuando quiera y que estoy dispuesto a hacerlo si es preciso y han asumido y aceptado que puedo hacer con ellos lo que quiera. Incluso los rebeldes no podrán sino temerme, porque ya son plenamente conscientes de mi poder.

      El Amo-segundo reconoció la gran sabiduría del ganador, reconoció su mayor poder y decidió para siempre servirle y rendirle pleitesía, como el único Amo del Mundo.