SOLVE ET COAGULA.

    Cuando comencé este Blog, hace ya más de tres años, me propuse ser un observador de lo que pasa en el mundo e intentar contarlo a mi forma y a mi modo, según lo sintiera en cada momento.  Hoy me siento obligado a reflexionar sobre lo que ocurre en mi casa, en mi tierra, o como está de moda decir, en mi territorio.  España muere lentamente desde hace tiempo, y ante la complacencia de unos que trabajan activamente para su desintegración y la pasividad de otros que miran hacia otro lado ante cada ataque y ofensa. O incluso como mucho protestan levemente, siempre de manera moderada y educada, no sea que los enemigos de España se enfaden. Así nos va. Así nos ha ido hasta ahora a los que defendemos determinadas posiciones de unidad y consistencia de un proyecto común, construido hace siglos y hoy agonizante.

      El proceso de la desintegración de la España actual comenzó con la tan alabada Constitución de 1978, que jugó con ambigüedades sobre nacionalidades y regiones y que, para contentar a unos pocos, creó esos engendros llamados comunidades autónomas, que por supuesto no contentaron a los separatistas y que han creado unas nuevas estructuras de administración caras y disgregantes. También han tenido efectos positivos, no cabe duda, pero no han servido para el fin esencial para el que fueron diseñadas, que no era otro que el de encajar dentro de España a determinadas regiones díscolas e insolidarias con las demás.

    Bien se ha visto que a estas regiones, sobre todo Vascongadas y Cataluña, pero también Navarra y Galicia en menor medida, el sistema autonómico sólo les ha servido para tener unas estructuras propias de poder desde las cuales han trabajado consciente y deliberadamente para conseguir la separación del Reino de España y para crear unos nuevos estados separados basados en unas inexistentes naciones, que a fuerza de fomentarlas van a llegar a existir. Este proyecto se ha visto claramente, pero nunca se le ha puesto freno desde el resto de España, sino que por el contrario se ha facilitado, dando cada vez más recursos económicos a estas regiones desleales.

    Realmente en este proceso los verdaderos culpables no son los partidos nacionalistas, separatistas o independentistas, que no han hecho sino aquello que les es propio a su naturaleza. Los verdaderos culpables de este proceso imparable desde que murió Franco han sido el resto de los partidos de ámbito nacional, que en los casos más veniales han consentido este imparable proceso a cambio de unas migajas de poder. Y en el caso menos entendible y perdonable, como el del llamado Partido Socialista Obrero Español, ha trabajado de manera deliberada en este proceso de desintegración.

     Algo que nunca he acabado de entender es la identificación que en este país se ha hecho de nacionalismo y progresismo, o que es lo mismo independentismos e izquierda. Es como si para ser de izquierdas y progresista fuera imprescindible odiar a España como nación. Quizás se trate de que la mera idea de España sea un concepto conservador, y que su existencia evoca ideas o proyectos que son repudiados por el progresismo. Y si esto es así, como lo creo, me lleva a pensar que realmente España es un concepto molesto para muchos y que la izquierda sólo puede sentirse bien si la destroza como nación y con ella las ideas parece encarnar.

       Es una cuestión a reflexionar. Quizás nos empeñemos en pensar que somos una nación como cualquier otra que la respetan todos sus ciudadanos, cualquiera que sea su ideología, es decir como Francia, Portugal o Italia, por no irnos más lejos. Pero en España, para los partidarios de las ideas llamadas progresistas no es así. En su fuero interno y creo que no de una manera totalmente consciente, identifican progreso con la desmembración de España, hasta el punto que llegan a apoyar a casposas oligarquías locales de caciques ostensiblemente derechosos (según su visión) cuyo único mérito es querer destruir a la nación española. Aunque sean de derechas, defiendan oligarquías, caciquismos, privilegios y desigualdades, el ser independentistas les hace respetables. Así ocurre en Cataluña. En el País Vasco es todavía peor, ya que la izquierda se siente feliz en compañía de partidos que defienden un racismo biológico y violento, y que coquetearon con el nazismo auténtico.

     Para comprender esta contradicción sólo hay que asumir el hecho de que lo progresista es destruir España.  ¿Pero, por qué es progresista destruir España? La respuesta sólo puede ser que España, como unidad, implica valores que se denuestan, representa ideas peligrosas para el dogma del progreso. Para la izquierda destruir esta nación es un objetivo a conseguir para lograr sus objetivos. Pero esto, como hemos visto no ocurre con otras naciones, sólo ocurre en España. Luego lo progresista no es destruir las naciones en general, (de hecho, los disgregadores son nacionalistas de su terruño), sino que es destruir la nación española.

     Esto nos debe hacer pensar qué es lo que es tan molesto y fastidioso en España para la izquierda. Algunos lo simplifican indicando que ven en la nación española residuos o manifestaciones del franquismo. Yo creo que esto es sólo una excusa de la izquierda para ocultar la verdadera razón de su odio congénito a España. Es cierto que durante el franquismo se reivindicó la grandeza pasada de esta nación, pero eso no convierte al Cid o a Hernán Cortés en franquistas. Si la izquierda quisiera podría reivindicar también ese pasado, pero no quiere. Y si no quiere es porque lo que le molesta no es el franquismo, sino la historia en sí, el pasado que generó el nacimiento de la nación española. Y tienen miedo que esa fuerza poderosa que fraguó nuestra nación, pueda volver a rebrotar.

     La verdadera esencia de España es la lucha contra el Islam durante ocho siglos, que forjaron una idiosincrasia especial que cristalizó en la misión  de llevar la civilización cristiana a tierras entonces desconocidas y que generaron un proyecto civilizador, con sus luces  y sombras, pero sin demasiados precedentes en la historia conocida. Este proyecto fue constantemente asediado por algunos otros países europeos que con encono lo acosaron y derribaron, hasta que fue finalmente destruido, totalmente derrotado.

        Los vencedores del imperio español impusieron un modo de colonización deshumanizado y materialista, frente al modelo más humano e integrador que se defendía desde la corona española. Luego vino la leyenda negra con la que nos acusaron de hacer todo lo que acabaron realmente haciendo los fautores de la misma. Y todo ello defendido, y sustentado ideológicamente por las ideas iluministas de la Ilustración, con sus diferentes tentáculos, por ejemplo, la masonería anglosajona conspirando para la independencia de los países hispanoamericanos y trabajando para su interesada disgregación entre ellos. Para estas ideologías España representaba en aquel momento todo lo que querían combatir, nos tachaban de retrógrados, frailunos y enemigos de la libertad, frente a los que imponían la igualdad y fraternidad, aunque fuera a golpe de guillotina. Para el triunfo del proyecto iluminista y materialista en el mundo,  antagónico al defendido por España, fue esencial derrotar al único poder que no seguía sus consignas.

     La izquierda actual es heredera de aquellos que combatieron a España durante siglos. Y por ello asume todas las consignas que vienen de aquellos tiempos. España es el enemigo a destruir por representar su mera existencia la oposición más frontal que ha existido a ese proyecto histórico que hoy se autodenomina progresismo, y que ha desembocado en el actual globalismo, y que es la continuación directa de los que derrotaron al proyecto español en América.

      De manera que la izquierda española es un caballo de Troya que tenemos dentro de nuestros muros y que trabaja para la total demolición de nuestra nación. Se trata de no dejar nada de ella, de hacerla pedacitos hasta que sea totalmente irreconocible. Si primero fueron la Nueva España y Nueva Granada, después Cuba y Filipinas, ahora toca Cataluña y Vascongadas, luego será Galicia y Canarias, y así hasta que no quede absolutamente nada.

    Quizás tenga que ser así, y oponerse a ello es solo un gesto de melancolía, de intentar mantener en pie lo que está muerto. La izquierda tiene un proyecto claro que es destruir aquello que odia y considera su enemigo. La derecha obviamente se resiste, pero como mera reacción, como un ejercicio de costumbre y de nostalgia, como un conservadurismo sin demasiada sustancia. Y por ello es más fácil que triunfen los primeros, y ello será así mientras no exista un proyecto que haga viable a España como destino, como proyecto o como misión. Por ello es esencial centrarse en lo que significa España, como portadora de una misión, cumplidora de un destino. 

     Si somos capaces algunos españoles de comprender lo que quiso hacer España y recuperar ese proyecto de civilización alternativa a la despiadada modernidad globalizadora de origen anglosajón, si convencemos a nuestros hermanos de América que nunca debimos separarnos y que debemos caminar juntos, si conseguimos una ilusión de futuro para nuestros hijos, España renacería de sus pedazos como un ave fénix. Quizás para ello deba desgajarse del todo para comenzar una nueva unidad que no descanse en el pasado sino en el futuro, en un proyecto común.  Algo así como el principio alquímico de “solve et coagula

En un barrio de Nueva York

 Hoy viernes del mes de junio, sin pensarlo demasiado ha tocado ir al cine y como por casualidad he entrado en una película que casualmente se estrenaba hoy en España y de  la que no había oído hablar en absoluto, por lo que su elección ha sido totalmente por azar. Dejaré para otro momento la extraña sensación de estar en unas enormes instalaciones de cine prácticamente vacías y la sala enorme solamente ocupada por seis personas. Realmente el tiempo va pasando y a veces me pregunto si algo volverá a ser como antes de la llegada del maldito virus chino.

   La película lleva por título en español “En un barrio de Nueva York” , (In the Heights, en original) y debo reconocer que me ha producido sensaciones extrañas. Vaya por delante que me ha parecido una buena película, dentro del género musical y de comedia romántica, porque es alegre, entretenida y dinámica y te atrapa durante las dos horas largas que dura. Trata de la vida de un barrio de Nueva York, el Heights, en el Bronx, donde reinan los latinos, donde viven, sueñan, cantan, bailan, se enamoran y mueren. Y lo hacen entremezclando el inglés y el español, reivindicando su mundo, su orgullo latino. Tiene algunas escenas de verdadera reivindicación de lo que se podría denominar lo latino, incluyendo dentro de este vago concepto a las personas procedentes de  Puerto Rico, Cuba y la República Dominicana, pero también México, Venezuela, Chile e incluso Brasil. Una película en las que ellos y ellas son guapos, son felices dentro de sus limitaciones y cantan y bailan, ríen, aman y viven con alegría. Rezuma optimismo y tiene momentos a mi juicio verdaderamente deliciosos, una especie de versión latina de “lalaland”, con algo que incluso le falta a ésta, como es un final feliz.

        Pero debo confesar, que pese a estas bondades, salí con un sentimiento agridulce del cine. Y es porque en ese vendaval de reivindicación latina, (me gustaría más decir hispana, aunque no sé si procede), me siento un poco preterido. Tengo una extraña sensación de sentir que son algo cercano a mí, gente que siento como «mi gente», que habla español, que procede de países que formaban parte de España hace poco más de cien años, pero a la vez que no quieren saber nada de mí como español, que rechazan toda conexión y que buscan una identidad propia y diferente. Siento que tengo una cercanía especial con esas personas y algo me impele a sentirme cercano a ellos, lo que no me ocurre por ejemplo con los inuits o los apaches, a los que respeto pero me son totalmente desconocidos y ajenos. Pero a la vez siento que no soy admitido en ese club, que no pinto nada allí como español.

       Realmente en la película al reivindicar “lo latino”, se da por hecho la existencia de ese concepto, que tiene que surgir necesariamente por una conexión entre personas que asumen esa identidad, y que tienen diferentes orígenes, que proceden de varios puntos de América. Esa no es una identidad racial ya que dentro los latinos los hay de raza negra, mulatos, mestizos, blancos  y de varias procedencias indígenas. Hay algo que les une, pero no quieren reconocer lo que realmente les aporta esa unidad. De manera deliberada se quiere obviar cual es esa conexión. Buscan una identidad nueva, no en el  pasado, sino en el actual desprecio que reciben de la sociedad americana de origen anglosajón. No digo que eso no exista, pero el desprecio de los supremacistas wasp y asimilados lo comparten con otras minorías raciales, con los que sin embargo no se identifican del todo.

       Y aunque lo saben,  quieren olvidar los verdaderos vínculos que hacen que, aún siendo de zonas geográficas muy alejadas, tienen un poso de identidad común. Y en mi opinión lo que tienen en común son al menos tres cosas que no pueden negar: la lengua española, la religión católica y el hecho de proceder de países de cultura española, es decir países que entraron en la modernidad modelados por instituciones y patrones políticos y éticos generados en España y exportados a esos países, en los que posteriormente evolucionaron de maneras dispares. Los tres elementos se entremezclan, de manera que por ejemplo la ética católica, a diferente de la protestante, genera modelos alejados de los estrictos puritanismos protestantes, menos utilitaristas y mercantilistas, y por tanto más disfrutadores de la vida, de la música, del baile,  que a su vez se convierte en una suerte de elemento común de identidad.

       Y para su mala suerte, su pasado común hispánico, les hace padecer un elemento extra de victimización social. Si tuvieran poco con ser no blancos, no angloparlantes, extranjeros, y generalmente pobres, tienen además que sufrir el desprecio secular de los pueblos de norte de Europa sobre los del Sur, que se traslada intacto al nuevo continente

       En la película de manera muy significativa no se cita a España ni una sola vez, salvo tal vez una breve alusión despectiva a los conquistadores. Pareciera que el idioma que hablan procede de unos habitantes del Mato Groso. También de manera significativa no hay una sola alusión a la religión católica, ni por ejemplo a la Virgen de la Caridad del Cobre o de Altagracia, a los que tan devotos los cubanos exiliados o dominicanos. Solamente queda el uso de la lengua española como identidad común de todos los latinos, pero incluso ésta aparece de manera claudicante y casi vergonzante frente al inglés.

      Lo cierto es que con los latinos que viven en Estados Unidos, tengo un poco de sensación de amor no correspondido. Me  gustaría que España fuera más reconocida, menos despreciada y olvidada por aquellos que considero en el fondo mis hermanos del otro lado del Atlántico. Me gustaría poder decir con acento ligeramente caribeño, suavizando la dureza del español de Castilla: “hermano,  me gustaría que nos conociéramos mejor”. Pero las cosas no van por buen camino, aspiran a integrarse en la sociedad norteamericana y con ello asumir sus valores anglosajones dominantes, en vez de reivindicar los suyos y hacerlos respetar.

    Sé que es predicar el desierto. La leyenda Negra sigue tan viva como en los tiempos del Padre Lascasas, y se regenera continuamente, últimamente revitalizada por todos los movimientos indigenistas, que sólo quieren ver lo negativo de la aportación española y resuelven todas sus frustraciones buscando un enemigo inexistente en el pasado, culpándole de todos sus males, en vez afrontar la realidad de quienes son sus actuales opresores que no son otros que los imperialismos devastadores de culturas que arrasan con su globalismo cualquier vestigio de diversidad.