Éramos pocos y parió la abuela. Así reza un conocido refrán español, que todos hemos utilizado en algún momento para expresar de manera castiza que una situación ya complicada siempre es susceptible de ponerse peor. Es un refrán de gran abolengo y antigüedad y ya aparece recogido en la extensa recopilación que hace Juan Mal Lara en La Philosophía Vulgar en 1568. Esta obra lo recoge en una variante distinta a la actual, cuando dice “éramos treinta y parió nuestra agüela” (sic) y lo explica diciendo “Acontecese que en las casas do ay poca hazienda se acrescientan los parientes y han de manternerse todo del ordinario que antes avía…”, continúa explicando en un castellano muy lúcido, que cuanto más se reparte una misma hacienda entre todos los que acuden a la casa menos recibe cada uno.
Este es sentido más lógico y se entiende que alegórico o metafórico del refrán, ya que en realidad no es frecuente, (tampoco imposible) que una abuela se ponga de parto literalmente. Pero mira por donde en este país que pasan cosas rarísimas, resulta que ahora se nos está llenando de nietos que no han pisado este país nunca y cuyas abuelas, o quién sabe si bisabuelas o tatarabuelas, se fueron por ahí hace más de setenta años para probar fortuna por otras tierras. Resulta que ahora en España las abuelas están pariendo como conejas, y no paren hijos, sino nietos o bisnietos en forma de nuevos españoles, con su reluciente y hermoso derecho de voto y otra serie de derechos, eso sí, sin ninguna obligación. Y los que somos españoles de aquí, los de toda la vida, no nos queda otra que aceptarlos y repartir con ellos la poca hacienda electoral que por acá disfrutamos y tenemos que darle vela en el entierro de la democracia en forma de incluirlos en el censo para que tengan voz y voto en nuestros vulgares y triviales asuntillos de por acá.
Resulta que un nieto por definición tiene cuatro abuelos y un bisnieto ocho bisabuelos, un tataranieto dieciséis tatarabuelos. Pues bien, basta que uno de ellos hubiera salido de España hace más de setenta años y diga de una manera vaga que su yayo, bisyayo o tatarayayo era rojillo, para que su progenie, su hermosa camada de retoños, despreciando a los otros tres, siete o quince ascendientes restantes, sea, sin más español. Si un bisnieto tuviera sus ocho bisabuelos de diferentes nacionalidades, y todos esos países tuvieran unos políticos tan imbéciles como los gobernantes españoles (lo que es prácticamente imposible), ese pollo podría coleccionar ocho nacionalidades distintas y votar en ocho países distintos, quizás en nueve si viviera de manera efectiva en un país distinto del de sus antepasados.
Se ha hecho popular en estos últimos días un chascarrillo respecto de un edificio de diez vecinos en el que asistirán a la junta de la comunidad de propietarios setenta u ochenta personas, porque tienen derecho de voto todos los que han vivido allí en los últimos cien años y sus respectivos descendientes. Pues bien, esto que se puede considerar una aberración, es lo que está sucediendo en España con la llamada ley de nietos. Gente que se fue, que vive y prospera, o no, en otro lugar, y que han perdido la conexión real con nuestra comunidad, se le concede el derecho a votar en España. Esto es una merced inmerecida para esa patrulla de intrusos a los que les entregamos el derecho de inmiscuirse en nuestras decisiones, pero además, es un atentado muy directo a mi propio derecho como ciudadano a votar. Es algo parecido a una devaluación de la moneda y la pérdida de valor que se produce al aumentar el dinero en circulación, una especie inflación electoral, cuanto más electores hay para elegir a los representantes menos vale mi voto. Por el contrario, este derecho que me limitan a mí y a todos lo que vivimos y trabajamos en este país, se le da gratis et amore a unos desconocidos, los cuales además pueden votar en otros países en los que viven y en los que no renuncian a su derecho electoral. Los nietísimos pueden votar dos veces y mientras tanto mi voto valdrá la mitad, es decir es un voto devaluado.
El sentido de la democracia, si es que todavía conserva alguno, está en que el pueblo elija a sus representantes y gobernantes. La Constitución actual dice que la soberanía reside en el pueblo español del que dimanan los poderes del Estado. Pero hasta ahora no habíamos caído en la cuenta que esto podía tener una trampa, ya que no se aclara qué es el pueblo. Nunca se había cuestionado este concepto y se daba como sobreentendido que el pueblo español, es la gente de nacionalidad española, que vive, trabaja, sueña, lucha y paga impuestos en España, y que estas gentes son las que eligen a los gobernantes españoles, así como el pueblo guatemalteco o el yemení a los suyos. Somos tan ingenuos que no nos habíamos detenido a comprobar que en realidad el proceso se ha invertido y desde hace poco la democracia consiste en que los gobernantes eligen a los electores, es decir seleccionan cuidadosamente un nuevo electorado a su gusto para que éste luego les vote y les devuelva el favor manteniéndoles sine die en el poder. Trampas como la que se ha consagrado con la ley de nietos, hace que se tambalee por su base la credibilidad de la democracia. Algunos ya teníamos poca fe en la realidad fáctica de que fuera el pueblo el que manda, tal y como parece querer decir el término democracia. La fe se esfuma totalmente si el “demos” es elegido a la carta, cuando se constata que no hay un “poder del pueblo”, sino un “pueblo del poder”.
Como ya todo es interpretable, creo que el siguiente paso, es definir el derecho al sufragio, es decir al voto. Realmente la Constitución española no dice en ningún lugar que a cada ciudadano le corresponde un único voto. Esto es una costumbre, o un axioma elemental de la democracia. Pero como no lo dice expresamente la Carta Magna, siempre puede dársele una vuelta, y en una próxima ley de abolorios progresistas, se puede establecer con el beneplácito de los sesudos intérpretes constitucionales, que aquel que alegue que su antepasado lucho en la guerra carlista contra las casposas huestes de Zumalacárregui pueda votar dos veces, y hasta cuatro si era partidario de Riego y jura que su tatarabuelo participó con él en el pronunciamiento de las Cabezas de San Juan, o diez si apoyó a Prim en la septembrina de 1868 que mando temporalmente a los borbones al exilio,…. en fin, así un hermoso catálogo que permita votar hasta cincuenta veces si afirma que su abuelo dirigió una checa en Madrid en 1936. Si los aitonas o birraitonas son vascos estos valores podrían duplicarse, que para esto de los privilegios los vascongados se dan mucha maña.
Yo soy más modesto en mi propósito, desde esta tribuna lanzo a quien quiera escucharla una propuesta llena de sentido común y de una lógica aplastante. De lege ferenda yo propongo, que, si tener un abuelo español da derecho a un voto, sin duda alguna, yo que tengo ocho abuelos españoles, tengo que tener ocho votos en cada elección.
