El año 2024 va agonizando. No se puede decir que este haya sido un año aburrido en cuanto a las noticias y los acontecimientos que van llegando a este mi acantilado, desde el que observo la realidad. Tal es el tráfago de novedades y tan escaso mi tiempo, que la mayoría de ellas pasan sin merecer que se haga un comentario de ellas. Tampoco lo pretendo, que esta bitácora es muy aleatoria y caprichosa, y sólo recoge aquello que el viento cambiante de los humores de quien esto escribe decide.
Si mi país está convulso por un clima irrespirable de corrupción y prepotencia gubernamental, en el exterior la cosa no pinta mucho mejor. Llegan hasta aquí los ecos del disgusto e incredulidad de la comunidad progre mundial al comprobar que Trump había ganado las elecciones de su país sin que pudieran como la vez anterior dar un volantazo a la voluntad popular por medios poco ortodoxos. Y esta victoria ha sido un golpe en el tablero de juego ante el cual los países se apresuran a tomar posiciones geoestratégicas para iniciar bien posicionados el reinado del nuevo imperator. Así en la guerra de Ucrania se permite usar misiles americanos para atacar a Rusia, en lo que es una decisión profundamente irresponsable. En Siria ha sido derrocado el régimen siniestro de los Asad por un no menos terrorífico régimen islamista, con la complicidad de los países occidentales. Europa firma a toda prisa acuerdos de libre comercio, y hace promesas de amor eterno a Zelenski. Israel sigue a lo suyo, bombardeando a Siria y masacrando palestinos. Diríamos que, por ahí, nada nuevo bajo el sol.
No quiero entrar en una baremación de los horrores o de calificar si lo que pasa allá es más grave que lo que acontece por acullá. Pero de todo lo que ha pasado en el último mes, aunque no sea ni de lejos lo más sangriento, para mí lo que más me ha estremecido es lo que ha ocurrido en un país de la Unión Europea. Me refiero a lo que ha sucedido en Rumanía. Afortunadamente no hay muertos como en su vecina Ucrania, salvo que consideremos que la democracia allí ha fenecido y que el estado de derecho rumano es un mero cadáver.
Es que no salgo de mi asombro. En los últimos años ha habido elecciones con resultados sospechosos, como por ejemplo en USA en el año 2020 o en Brasil. Sabíamos que esto de la democracia tiene muchos puntos débiles y que incluso muchas veces no es más que una ficción. Pero es una ficción que mantenemos porque nos asusta lo que puede estar detrás de ella, nos da miedo la alternativa.
Los recientes acontecimientos de Rumanía, hacen tambalear muchas convicciones sobre la realidad de la democracia y que lo que conocemos como tal no es más que un mero trampantojo para defensa de intereses poco claros. Recordemos que hace escasamente un mes, las elecciones para la elección de presidente de Rumanía, una vez celebrada la primera vuelta, han sido simplemente anuladas por el Tribunal Supremo. Sí, así como suena, unas elecciones anuladas después de celebradas, y la razón es que quien las ganó es un outsider de la política, que se ha ganado al pueblo simplemente hablando de defender a la nación rumana y su identidad. Enseguida le han tachado de populista y rusófilo. El argumento usado para anular las elecciones es que este ganador, Calin Georgescu, habría sido supuestamente favorecido en su campaña electoral por cuentas falsas de Tik-tok. Y que detrás de ellas podría, tal vez, quizás, a lo mejor, estar Rusia. Aparte de no gustar quien ganó esta primera vuelta y arrasar en las encuestas para ganar la presidencia, fue decisivo para la anulación que a esa segunda vuelta no pasó ninguno de los candidatos de los partidos oficiales tanto de izquierda (Partido Socialista ) y como de derecha (algo parecido al PP español). Quedaron a ambos fuera sin remedio del cambalache del poder, ni siquiera con la posibilidad de hacer las piruetas con las que nos ha deleitado últimamente el presidente gabachito, Monsieur Macrón.
En Rumanía han decidido aquello de que si no ganamos nosotros no jugamos. El juego sólo es válido si queda claro que sólo nosotros podemos ganar. Ha quedado también claro que en muchos países supuestamente democráticos, la elecciones son un instrumento para legitimar a los ya elegidos de los poderes establecidos, los del establishment, los representantes de lo que ahora se viene denominando como el Deep State. Si no ganan las elecciones quienes las tienen que ganar, pues simplemente no valen, y se repiten hasta que se consiga.
La voz del pueblo sólo vale si éste dice lo que se quiere que diga por quien realmente manda. Y si dice algo distinto es que su voluntad está viciada y manipulada por terceros. Realmente un argumento insólito en los países occidentales, en los que los medios de comunicación están en manos de unos oligopolios comprados y pagados generosamente por el poder. El mensaje que nos llega de Rumanía es que cuando el mensaje nos llega desde sus esbirros mediáticos, se llama información y no mediatizan la voluntad del pueblo, cuando el mensaje llega llega de medios no controlados por ellos, marginales y medianamente libres, son meras manipulaciones, cuando no bulos.
Recordemos además que Rumanía es un miembro de la sacrosanta Unión Europea. Sin embargo, Úrsula está más calladita que su pony después de que se lo merendara el lobo. Está demasiado preocupada de provocar una guerra con Rusia y en defender los intereses de esos lobbys defensores de los lobos, y no me refiero únicamente a los que cada vez más merodean por nuestros campos, sino, sobre todo, a los que habitan en ocultadas mansiones a uno y otro lado del atlántico y que mueven las cuerdas de las marionetas que tienen colocadas para manipularnos. La Unión Europea, ante el atropello a la democracia ocurrido en uno de sus miembros, no ha dicho ni mu, o si se prefiere un animal menos agresivo con el efecto invernadero, tampoco ha dicho ni pío.
Y también es sorprendente la poca repercusión mediática que ha tenido esta anulación electoral. Apenas se ha informado sobre ello, a pesar de ser terriblemente grave. Y es más, los medios lo han justificado, dando por buenos los peregrinos argumentos del Tribunal Supremo rumano, con el alivio de haberse quitado de en medio a un nuevo personaje molesto presidiendo un país de la unión europea. Alguien que podría reforzar un discurso de paz entre dos de sus vecinos. Y además en algunos países como España, creo que muchos periodistas y políticos han comprendido que conviene admitir este precedente, porque en un futuro no muy lejano puede ser su salvación.
La sala constitucional del Tribunal Supremo rumano está compuesta en su totalidad por candidatos nombrados por el partido socialista y por el partido popular rumano, lo que hace pensar que la decisión no ha sido propiamente judicial sino política. Y eso nos lleva a ver que en nuestro país ocurre lo mismo y que por tanto corremos riesgo de que ocurra algo semejante en un momento dado.
Tenemos un presidente del Gobierno, que no dimitió cuando se comprobó que plagió su tesis, no dimitió cuando el Constitucional sentenció que sus estados de alarma eran ilegales, que no dimite cuando su mujer está imputada por corrupción, su hermano colocado a dedo en un puesto creado ad hoc en un caso claro de nepotismo, su ministro de confianza hasta hace poco, está acusado de gravísimos casos de enriquecimiento ilegal, su fiscal general del Estado investigado por trabajar para el interés privado del gobierno. En suma tenemos la certeza de que nada le va a hacer dimitir. Y ello, aunque su gobierno se sustenta con escasísimo apoyo en una mayoría terriblemente inestable. Pero este señor no va a dimitir ni a convocar elecciones por dos razones, la primera porque seguramente no sabe ya vivir fuera de las prebendas del poder, sin tener a su disposición los aviones privados, las residencias de veraneo y todo lo demás. Y lo segundo, porque es el niño bonito del poder globalista, de los mismos que ponen a las Úrsulas, los «macrones» y los Trudeau (sea éste o no hijo natural de Fidel Castro, como afirman algunos).
Y sabe que aunque llegara un día en que tendrá que convocar elecciones, podría no hacerlo y retrasarlas sine die, que nadie le iba a afear su conducta, salvo un poco de pataleo de la “fachosfera”. Y si finalmente las convoca y las perdiera podría luego anularlas por cualquier peregrino motivo. Desde fuera no iban a llamar la atención al “favorito” del sistema y desde dentro, ya se encargarían toda la recua de adeptos que copan el Tribunal Constitucional de defender todo lo que haga, aunque sea groseramente antidemocrático y anticonstitucional. Ya estará ahí para asegurarse de que nadie hace daño al «elegido» el siniestro individuo que preside dicho Tribunal, que por el color de sus intenciones más que Cándido debería llamarse Bruno.
La moraleja es que si en un país de la Unión Europea se consiente que un tribunal politizado anule unas elecciones, por unos motivos totalmente infundados y peregrinos, debemos estar preparados para que aquí, en nuestra España, pueda ocurrir lo mismo. Si en las próximas elecciones ganara eventualmente alguien no conveniente, podrían anularse alegando, que sé yo, que llovió mucho el día de las elecciones y eso no permitió votar con libertad, o que un presidente de una mesa electoral de Burgos era un agente ruso. Todo puede valer. Debemos irnos preparando, ya sabemos aquello de que cuando las barbas de tu vecino veas pelar, pon las tuyas a remojar.





