LAS BARBAS DEL VECINO

El año 2024 va agonizando. No se puede decir que este haya sido un año aburrido en cuanto a las noticias y los acontecimientos que van llegando a este mi acantilado, desde el que observo la realidad. Tal es el tráfago de novedades y tan escaso mi tiempo, que la mayoría de ellas pasan sin merecer que se haga un comentario de ellas. Tampoco lo pretendo, que esta bitácora es muy aleatoria y caprichosa, y sólo recoge aquello que el viento cambiante de los humores de quien esto escribe decide.

    Si mi país está convulso por un clima irrespirable de corrupción y prepotencia gubernamental, en el exterior la cosa no pinta mucho mejor. Llegan hasta aquí los ecos del disgusto e incredulidad de la comunidad progre mundial al comprobar que Trump había ganado las elecciones de su país sin que pudieran como la vez anterior dar un volantazo a la voluntad popular por medios poco ortodoxos. Y esta victoria ha sido un golpe en el tablero de juego ante el cual los países se apresuran a tomar posiciones geoestratégicas para iniciar bien posicionados el reinado del nuevo imperator. Así en la guerra de Ucrania se permite usar misiles americanos para atacar a Rusia, en lo que es una decisión profundamente irresponsable. En Siria ha sido derrocado el régimen siniestro de los Asad por un no menos terrorífico régimen islamista, con la complicidad de los países occidentales. Europa firma a toda prisa acuerdos de libre comercio, y hace promesas de amor eterno a Zelenski. Israel sigue a lo suyo, bombardeando a Siria y masacrando palestinos. Diríamos que, por ahí, nada nuevo bajo el sol.

       No quiero entrar en una baremación de los horrores o de  calificar si lo que pasa  allá es más grave que lo que acontece por acullá. Pero de todo lo que ha pasado en el último mes, aunque no sea ni de lejos lo más sangriento, para mí lo que más me ha estremecido es lo que ha ocurrido en un país de la Unión Europea. Me refiero a lo que ha sucedido en Rumanía. Afortunadamente no hay muertos como en su vecina Ucrania, salvo que consideremos que la democracia allí ha fenecido y que el estado de derecho rumano es un mero cadáver.

     Es que no salgo de mi asombro. En los últimos años ha habido elecciones con resultados sospechosos, como por ejemplo en USA en el año 2020 o en Brasil. Sabíamos que esto de la democracia tiene muchos puntos débiles y que incluso muchas veces no es más que una ficción. Pero es una ficción que mantenemos porque nos asusta lo que puede estar detrás de ella, nos da miedo la alternativa.

    Los recientes acontecimientos de Rumanía, hacen tambalear muchas convicciones sobre la realidad de la democracia y que lo que conocemos como tal no es más que un mero trampantojo para defensa de intereses poco claros. Recordemos que hace escasamente un mes, las elecciones para la elección de presidente de Rumanía, una vez celebrada la primera vuelta, han sido simplemente anuladas por el Tribunal Supremo. Sí, así como suena, unas elecciones anuladas después de celebradas, y la razón es que quien las ganó es un outsider de la política, que se ha ganado al pueblo simplemente hablando de defender a la nación rumana y su identidad. Enseguida le han tachado de populista y rusófilo. El argumento usado para anular las elecciones es que este ganador, Calin Georgescu, habría sido supuestamente favorecido en su campaña electoral por cuentas falsas de Tik-tok. Y que detrás de ellas podría, tal vez, quizás, a lo mejor, estar Rusia. Aparte de no gustar quien ganó esta primera vuelta y arrasar en las encuestas para ganar la presidencia, fue decisivo para la anulación que a esa segunda vuelta no pasó ninguno de los candidatos de los partidos oficiales tanto de  izquierda (Partido Socialista ) y como de derecha (algo parecido al PP español).  Quedaron a ambos fuera sin remedio del cambalache del poder, ni siquiera con la posibilidad de hacer las piruetas con las que nos ha deleitado últimamente el presidente gabachito, Monsieur Macrón.

      En Rumanía han decidido aquello de que si no ganamos nosotros no jugamos. El juego sólo es válido si queda claro que sólo nosotros podemos ganar. Ha quedado también claro que en muchos países supuestamente democráticos, la elecciones son un instrumento para legitimar a los ya elegidos de los  poderes establecidos, los del establishment, los representantes de lo que ahora se viene denominando como el Deep State. Si no ganan las elecciones quienes las tienen que ganar, pues simplemente no valen, y se repiten hasta que se consiga.

      La voz del pueblo sólo vale si éste dice lo que se quiere que diga por quien realmente manda. Y si dice algo distinto es que su voluntad está viciada y manipulada por terceros. Realmente un argumento insólito en los países occidentales, en los que los medios de comunicación están en manos de unos oligopolios comprados y pagados generosamente por el poder. El mensaje que nos llega de Rumanía es que cuando el mensaje nos llega desde sus esbirros mediáticos, se llama información y no mediatizan la voluntad del pueblo, cuando el mensaje llega llega de medios no controlados por ellos, marginales y medianamente libres, son meras manipulaciones, cuando no bulos.

     Recordemos además que Rumanía es un miembro de la sacrosanta Unión Europea.  Sin embargo, Úrsula está más calladita que su pony después de que se lo merendara el lobo. Está demasiado preocupada de provocar una guerra con Rusia y en defender los intereses de esos lobbys defensores de los lobos, y no me refiero únicamente a los que cada vez más merodean por nuestros campos, sino, sobre todo, a los que habitan en ocultadas mansiones a uno y otro lado del atlántico y que mueven las cuerdas de las marionetas que tienen colocadas para manipularnos. La Unión Europea, ante el atropello a la democracia ocurrido en uno de sus miembros, no ha dicho ni mu, o si se prefiere un animal menos agresivo con el efecto invernadero, tampoco ha dicho ni pío.

      Y también es sorprendente la poca repercusión mediática que ha tenido esta anulación electoral. Apenas se ha informado sobre ello, a pesar de ser terriblemente grave. Y es más, los medios lo han justificado, dando por buenos los peregrinos argumentos del Tribunal Supremo rumano, con el alivio de haberse quitado de en medio a un nuevo personaje molesto presidiendo un país de la unión europea. Alguien que podría reforzar un discurso de paz entre dos de sus vecinos. Y además en algunos países como España, creo que muchos periodistas y políticos han comprendido que conviene admitir este precedente, porque en un futuro no muy lejano puede ser su salvación.

    La sala constitucional del Tribunal Supremo rumano está compuesta en su totalidad por candidatos nombrados por el partido socialista y por el partido popular rumano, lo que hace pensar que la decisión no ha sido propiamente judicial sino política. Y eso nos lleva a ver que en nuestro país ocurre lo mismo y que por tanto corremos riesgo de que ocurra algo semejante en un momento dado.

    Tenemos un presidente del Gobierno, que no dimitió cuando se comprobó que plagió su tesis, no dimitió cuando el Constitucional sentenció que sus estados de alarma eran ilegales, que no dimite cuando su mujer está imputada por corrupción, su hermano colocado a dedo en un puesto creado ad hoc en un caso claro de  nepotismo, su ministro de confianza hasta hace poco, está acusado de gravísimos casos de enriquecimiento ilegal, su fiscal general del Estado investigado por trabajar para el interés privado del gobierno. En suma tenemos la certeza de que nada le va a hacer dimitir. Y ello, aunque su gobierno se sustenta con escasísimo apoyo en una mayoría terriblemente inestable. Pero este señor no va a dimitir ni a convocar elecciones por dos razones, la primera porque seguramente no sabe ya vivir fuera de las prebendas del poder, sin tener a su disposición los aviones privados, las residencias de veraneo y todo lo demás. Y lo segundo, porque es el niño bonito del poder globalista, de los mismos que ponen a las Úrsulas, los «macrones» y los Trudeau (sea éste o no hijo natural de Fidel Castro, como afirman algunos).

    Y sabe que aunque llegara un día en que tendrá que convocar elecciones, podría no hacerlo y retrasarlas sine die, que nadie le iba a afear su conducta, salvo un poco de pataleo de la “fachosfera”. Y si finalmente las convoca y las perdiera podría luego anularlas por cualquier peregrino motivo. Desde fuera no iban a llamar la atención al “favorito” del sistema y desde dentro, ya se encargarían toda la recua de adeptos que copan el Tribunal Constitucional de defender todo lo que haga, aunque sea groseramente antidemocrático y anticonstitucional. Ya estará ahí para asegurarse de que nadie hace daño al «elegido» el siniestro individuo que preside dicho Tribunal, que por el color de sus intenciones más que Cándido debería llamarse Bruno.  

      La moraleja es que si en un país de la Unión Europea se consiente que un tribunal politizado anule unas elecciones, por unos motivos totalmente infundados y peregrinos, debemos estar preparados para que aquí, en nuestra España, pueda ocurrir lo mismo. Si en las próximas elecciones ganara eventualmente alguien no conveniente, podrían anularse alegando, que sé yo, que llovió mucho el día de las elecciones y eso no permitió votar con libertad,  o que un presidente de una mesa electoral de Burgos era un agente ruso. Todo puede valer. Debemos irnos preparando, ya sabemos aquello de que cuando las barbas de tu vecino veas pelar, pon las tuyas a remojar.

LA MÁQUINA DEL FANGO

     Hoy escribo desde el abatimiento. Hundido en el fango de la realidad, en el lodazal de la triste realidad que nos rodea. Ser parte de una nación es sentir como propio lo que le acontece a cualquiera de las personas que la conforman. Tanto lo bueno como lo malo. Quizás esto es un poco exagerado, lo reconozco, y también sé que no es del todo cierto, porque no todo se puede sentir como propio, porque esto haría materialmente imposible nuestra existencia y además sería falaz e hipócrita. Pero, si esto es así, también lo es que no se puede vivir con indiferencia del sufrimiento generalizado de una parte de los españoles y este es el caso actual, en el que una parte importante de nuestros conciudadanos están atravesando por una terrorífica tribulación.

     Creemos vivir en un plácido bienestar invulnerable, en el que sesteamos cómodamente. Vivimos en un mundo donde casi todo funciona razonablemente, incluso cuando protestamos porque en nuestra opinión no funciona como debiera. Yo mismo me he quejado de ello en muchas ocasiones, cuando un tren se retrasa, cuando espero más de lo debido a mi juicio en una sala de espera de un médico, cuando hay un corte inesperado y molesto del tráfico. Pero todo ello queda como una leve brisa frente a un vendaval, si comparamos todos estos contratiempos con lo que ha ocurrido estos días en Valencia, en donde simplemente para muchas personas ha sido barrida la realidad. En unas pocas horas ha desaparecido bajo sus pies la cómoda existencia cotidiana, arrastrada por una inmensa marea de agua que no debería estar allí. Muchos han perdido la vida, pero no sólo eso, sino que nos ha mostrado a todos la enorme vulnerabilidad de nuestra complaciente existencia.  Siempre pensamos, como le ocurría a Abraracúrcix cuando se le surgía la idea de que el cielo pudiera desplomarse sobre su cabeza, que eso, aunque pueda suceder, no va a ocurrir mañana. Y así un día y otro día, siempre posponemos la amenaza, pensando en realidad que eso sólo le puede ocurrir a otros. O como mucho esas desgracias pueden producirse en países lejanos y poco desarrollados. Pero nunca en nuestro confortable occidente.

    Debemos tomar estar riadas como un aldabonazo en las conciencias que nos debe hacer pensar que no estamos tan lejos de lo imposible, de lo impensable. Por ejemplo, de vivir una guerra, con muertos reales y con bombardeos en nuestra ciudad. Lo hemos borrado de nuestro imaginario pese a que vivir una guerra le ha ocurrido a la mayoría de las generaciones desde que tenemos controlada la historia. Y de hecho probablemente en los últimos meses hemos tenido más cerca que nunca desde hace ochenta años el riesgo de una guerra en nuestra propia casa.

    Y es que este puede ser el verdadero problema de los países europeos y singularmente de España. Que los que los dirigen no atienden a las exigencias elementales del bien común. Están imbuidos de unas deleznables ideologías sectarias que persiguen intereses oscuros, nunca sabremos si por convicción fanática o por una búsqueda de la riqueza más desbordada o la conquista de un absoluto poder total, o tal vez por todas estas cosas a la vez.

      Y así por ejemplo nos llevan a tomar partido de manera irresponsable en conflictos bélicos regionales, haciéndonos defender a líderes y jerarcas corruptos, mientras se invoca una supuesta defensa de una democracia inexistente. Con ello están provocando una casi inevitable guerra con Rusia, que en principio no era para nosotros, los españoles, un vecino hostil. Puede que el regreso del vilipendiado Trump a la Casa Blanca, suavice esta situación, y regresemos a aquellos años en que gobernó y que, por causalidad o no, durante cuatro años no hubo ninguna guerra sobre el planeta. Pero esto está por ver.

   Y algo parecido ocurre con la política local española, donde estos iluminados dirigentes que tenemos llevan años únicamente enfrascados en sus luchas cainitas y en una ideologización de la realidad, que hace que no se preocupen ni actúen sobre las necesidades reales de la población, sino que tan solo están para defender ardorosamente postulados ideológicos etéreos.  Se olvidan de la gestión de problemas y búsqueda de soluciones y escudan su acción política en vagos principios no tangibles como la lucha contra el patriarcado, el cambio climático, la persecución  de imaginarios enemigos propaladores de bulos y otras mandangas por el estilo que les disculpan de ocuparse de lo real.  En esto consumen las energías y los recursos.

   Volviendo a los sucesos recientes de Valencia, estos han dejado al descubierto que en esa región, como en otras, no se han preocupado de prevenir las causas que han provocado el desastre y de mitigar sus efectos. La mayoría de los políticos sobre todo los de izquierdas y al frente de ellos el propio presidente de Gobierno, simplemente se lamentan de la inevitabilidad de lo ocurrido como consecuencia del cambio climático. Culpabilizan a toda la sociedad de  que haya habido inundaciones como responsables de provocar el cambio climático. (Quien es causa de la causa, es causa del mal causado).  Y de paso demonizan a los que desconfían de ese dogma como antisociales negacionistas. Cuando es probablemente al contrario, es su creencia ciega en el cambio climático y en la nueva religión panteísta del culto a la naturaleza lo que ha provocado en gran medida este desastre.

     Y no es una exageración porque es esa ideología o religión climática la que lleva por un lado a no limpiar los cauces provocando represamientos y embalsamientos que cuando rompen generan olas arrasadoras y por otro lado a no acometer la realización de  infraestructuras, como presas, embalses, encauzamientos, tanques de tormentas etc. que hubieran evitado muchas muertes. Si no hubiera existido el nuevo cauce del Turia probablemente Valencia capital estaría hoy arrasada. Pero esa obra enorme sólo se pudo hacer porque Franco priorizó la seguridad de los ciudadanos a la vida de los peces y las ranas. Hoy ocurre lo contrario. De hecho a punto han estado de devolver el paso del río a su cauce natural, con la “ideica” tan progre de “restaurar la naturaleza”.

    Pero es que una vez acontecido el desastre, el comportamiento de nuestros gobernantes ha sido también lamentable. Una descoordinación absoluta que ha demostrado que no están preparados para situaciones de crisis. Nuestra organización territorial, y perdón por el símil macabro, hace aguas por todos los lados. La bicefalia entre Estado y comunidades autónomas ha demostrado provocar unos daños criminales, ya que no hace otra cosa que descargar continuamente la responsabilidad en el otro, y de paso sacar rédito político para desgastar al contrario y conseguir arrebatarle su parcela de poder para que la ocupen los incompetentes de mi propio bando.

      En España es un clásico la utilización política descarada de las tragedias o desastres. Ocurrió en el “Prestige”, en los atentados del “11-M”, en la epidemia del virus chino …. Y ahora como en un  “déjà vu”  estamos nuevamente en una supuesta reacción social que no es otra cosa que una  orquestada lucha partidaria de baja estofa revestida de supuesto buenismo y pureza democrática. Alguna vez he caído en las redes de esta propaganda, hasta que me he dado cuenta de lo torticero y espurio de estas causas. Y lo absolutamente inmoral de utilizar a las víctimas para el éxito de los «míos», para que consigan el mezquino triunfo de conquistar un poco más de poder y se lo arrebaten al contrario. Como diría el castizo “quien no te conozca, que te compre”.

     Frente a estas respuestas manipuladas y teledirigidas, la auténtica reacción social la vimos en la visita personal del presidente del Gobierno, a la localidad Paiporta, donde fue recibido con abucheos, insultos y un bombardeo de blando barro, y de donde tuvo que salir poniendo los pies en polvorosa protegido por un ejército de guardaespaldas en evitación de un probable linchamiento. Este individuo estuvo meses estuvo acusando de esparcir fango sobre él a todos aquellos que denunciaban las corrupciones de su esposa, de su hermano, de sus ministros, y de él mismo, y mira por donde, resulta que quien hisopeó fango en su augusta cara fue el pueblo soberano.

      Y es que a veces hay justicia poética y resulta, que Don Pedro Sánchez Pérez-Castejón, como responsable último y vicario en la tierra hispana de la fe climática y por tanto causa eficiente última de sustentar un sistema que ha provocado estas inundaciones y llenado media provincia de Valencia de barro y lodo, es el que ha generado este océano de fango real, y no figurado como el que supuestamente manchaba su reputación. Tanto acusar a los demás de esparcir fango y resulta que la auténtica máquina del fango era él.

BEGOÑA, ORA PRO NOBIS.

    Uno intenta a veces enredar con las musas y conversar con los habitantes del Parnaso, para no atender a lo que pasa a nuestro alrededor. Por mi propia salud mental, tema que está de rabiosa actualidad, practico más de lo que me gustaría la estrategia del avestruz. Algo así como meter la cabeza bajo tierra, como medio de evasión, para no enterarme de nada. A veces me sirve de evasión el trabajo, la literatura, o incluso los deportes. Me dedico de manera compulsiva y hasta patológica a ver partidos de futbol, incluso ya jugados hace tiempo y de los que conozco el resultado, siempre a condición de que los gane mi querido equipo.

    Pero a veces esto se vuelve imposible, no hay forma de eludir la agresión mediática de la actualidad. Y esto es lo que ha ocurrido en los últimos días en este país. La sorpresa me la llevé cuando leí por casualidad que el presidente del gobierno de España se retiraba durante cinco días para decidir si dimitía o seguía en el cargo. No fui el único, la sorpresa y el estupor fue general. Parece que un juez tuvo dudas de la limpieza de la conducta de su augusta esposa, una tal Begoña, que no tiene más mérito vital que ser la esposa de un presidente, pero que se jacta de ser un lince captando fondos de entidades públicas para sus nobles causas, y al parecer hasta le han organizado unos cursillos para que imparta su magisterio. Begoña, speculum iustitiæ, ora pro nobis.

Ella, espejo de la justicia, que no estudió nada de provecho y que era la heredera natural de un lucrativo emporio de prostíbulos y lupanares de todo género sexual, se vio nombrada directora de un máster y dirigiendo una cátedra de una de las universidades más antiguas de España. No puedo menos que recordar al maestro Ciruela, que no sabía escribir y puso escuela.

     Obviamente esta señora en su programa del máster que imparte, enseña como lección magistral a sus alumnos lo siguiente: “la forma mejor de obtener fondos públicos para tus fines particulares es casarse con un presidente de gobierno”. Esto funciona en España y en Sebastopol. El programa adaptado a la realidad española cuenta como segunda lección, por si falla la primera y no consigues que tu marido llegue presidente, en  tener claro que la forma más fácil de conseguir fondos públicos es afiliarse al Partido Socialista Obrero Español. Se rumorea que van a fichar como profesores a Chaves, a Griñán, a Tito Berni, a Ábalos y a Koldo. Claustro difícilmente mejorable. Begoña, Sedes sapiéntiæ, ora pro nobis.

     Pero si todo esto son verdades axiomáticas no conviene decirlo mucho, porque el marido de la afectada se cabrea. Aprieta las mandíbulas y se retira a meditar si merece la pena seguir trabajando y seguir disfrutando de cuatro palacios, un par de aviones y una vida regalada con todos los gastos pagados o es mejor abandonarlo todo para compartir con su querida cónyuge pan y cebolla.

      Y ocurrió. Hemos conseguido enfadarle y nos ha castigado con una cartita plagada de amenazas y cursilería en la misma proporción. En ella nos confiesa, ese doctor cum fraude, que está enamorado. No sólo eso, sino profundamente enamorado. Y así descubrimos, que es capaz de sentir amor por alguien que no sea él mismo. O eso dice él.  Me lo imagino en la soledad de la Moncloa cantando trovas bajo la ventana de Begoña como Don Mendo cantaba a su Magdalena. Sí, nos confiesa sin ruborizarse que ama a la señora de los másteres, a la captafondos profesional. La ama y como prueba de amor, se retira para castigarnos a todos los españoles, porque un juez español, o sea uno de nosotros, ha osado no adorar la inmaculada imagen de su esposa. Begoña, turris ebúrnea, ora pro nobis.

      Y así nos ha tenido en vilo durante cinco días, durante los cuales no nos ha dirigido la palabra de tan ofendido como estaba. Mientras tanto sus bacantes adoradoras caían en un éxtasis de frenesí desenfrenado jurándole fidelidad hasta la muerte y sus vicepresidentas se declaraban perras fieles y se mesaban en público los cabellos retorciendo su cabeza y cabellera como si fueran la niña del exorcista. Muchos nos hemos quedado con ganas de saber la sustancia que puede transformar a una simple ministra verdulera en una peonza histérica.  Me recordaban a la niñera de “La Semilla del Diablo” que se arrojaba desde una ventana como prueba de fidelidad con el maligno. Todo su gobierno en pleno se rasgaba las vestiduras suplicando a su jefe que no les abandonara. Y para redondear el espectáculo, trajeron en autobuses a unos cuantos adeptos para servir de comparsas y de figurantes en ese obsceno aquelarre de fanático culto al líder. Apenas unos pocos incondicionales y hooligans de la nostalgia frentepopulista que fueron presentados por los medios de comunicación como grandes masas enfervorizadas apoyando al melancólico ausentado.

    Y mientras tanto el líder silente. Encerrado en su palacio junto a su amada Begoña. Castigándonos con su silencio e indiferencia por haber ofendido a su dama. Haciendo sufrir a los suyos ante la posibilidad de que les abandonara para siempre y manteniendo perpleja al resto de la ciudadanía que en su mayoría tenía más que claro que ese señor no abandonaría su poltrona ni a tiros.

    Y así pasaron, uno, dos, tres y cuatro días. Y todos sus medios de comunicación filtrando la idea de que el gran líder estaba sufriendo por amor. Y más “no te vayas” y más “quédate”. Farsa grotesca y esperpento que ni Valle Inclán pudo imaginar. Mientras tanto todos los españoles pensando que algo podría ocurrir. La mayoría seguros de que seguiría, pero soñando que por un milagro pudiéramos perderle de vista. Pero todos, admiradores y detractores, sin excepción expectantes y atentos a su estrambótica salida de pata de banco. Y así nos ha tenido pendientes de su sacrosanta decisión, todo paralizado durante cinco largos días y nada más que fijos en el ombligo presidencial.

 Y por fin llegó el quinto día, máxima expectación. ¿A qué hora hablará? ¿Qué nos dirá? ¿Se irá o se quedará? Finalmente se nos apareció en carne mortal, él, el líder máximo, el líder inmenso y nos dijo aquello de “si alguien ha pensado que me voy a ir, “tararí que te vi”, que me quedo”. Al quinto día resucitó.

      Pero ojo, aunque no se vaya, ya nos advirtió a todos los españolitos que no nos creamos que esto va  a quedar así. Todo va a cambiar a partir de ahora. Nos vamos a enterar de lo que es bueno. A un líder máximo y excelso conducator no se le hace sufrir sin pagar las consecuencias. A partir de ahora nadie va a poder decir nada que disguste a su “sanchidad”, a partir de ahora los jueces tendrán que obedecerle, los periodistas ensalzarle y el pueblo adorarle. Y también a Begoña, claro. Puesto que él la ama, todos debemos amarla. Begoña, estella matutina, ora pro nobis.

   Su eminencia ha decretado, después de este bochinche, que todo aquello que le disguste es un bulo. Y que todo el que dice bulos debe ser callado para siempre. Ha decretado que todo ataque a él y a su ideología es un ataque a la democracia. Que todo el que no esté genuflexo ante su presencia es un ultraderechista y como tal debe, previo paso por Paracuellos, acabar con su limpio cráneo en las criptas de lo que él llama Cuelgamuros. Hace no muchas fechas, antes de su terrible enfado, ya estuvo por allí comprobando lo bien muertos que están aquellos que los socialistas asesinaron en la pasada guerra.

    Pero de esta terrible ofensa debemos  sobre todo comprender que tenemos que  estar agradecidos por ser un adalid de la verdad y de la democracia. Debemos dar las gracias al amado líder por seguir en el poder y pedirle por favor que no lo abandone nunca. Y también dar gracias a su augusta esposa Begoña porque por ella por fin en España va a reinar de manera absoluta la verdad y la democracia. Begoña, regina pacis, ora pro nobis.

    Intento tomármelo con humor, tomármelo a coña, (perdón a Begoña), pero no es así como se lo toma nuestro gobierno. Se ha tomado muy en serio lo de aplastar cualquier disidencia, utilizando una obscena censura y la cancelación de cualquier discrepante. Es desde luego para sentir temor ante lo que se nos viene encima. Una vuelta de tuerca en el totalitarismo cesarista de este presidente, arropado por todos, sin excepción, los enemigos de España, desde los terroristas, los independistas, el vecino del Sur y hasta el alcalde de la colonia del Peñón. Todos ellos saben que este presidente es su mejor aliado.  Pero hay que resistir. Y por qué no, reírse un poco de lo ridículos que son, y sentir un poco de vergüenza ajena para suplir la que le falta a tanto sinvergüenza. Y saben a quién me refiero.