¡QUÉ DURO SER MADURO!

   Empieza el año 2026 con demasiados sobresaltos para lo que sería normal y deseable. No habían pasado ni dos días,  mientras estábamos por estos lares celebrando el aniversario de la toma de Granada por los Reyes Católicos, cuando nos sorprendía una noticia de esas que te dejan con la boca abierta. Me llegó al móvil un aviso que decía que los Estados Unidos habían capturado y detenido al mandamás de Venezuela, el desdichado, maléfico y atrabiliario gorila rojo, que atiende en la vida civil al nombre de Nicolás Maduro. Y también a su malhumorada esposa, que no sé muy bien porqué, pero cada vez que la veo me viene a la mente la imagen de la marimandona primera dama de la aldea de Asterix, Clarabella, abroncando continuamente al gordinflón jefe de la tribu.

    La primera sensación fue un estado de euforia, parecía significar que terminaría por fin el desgraciado régimen bolivariano, la dictadura que impuso el socialismo del siglo XXI el desaparecido Hugo Chávez. Seguí con gran expectación la comparecencia, del no menos atrabiliario presidente useño, quien rodeado por sus enérgicos chicos nos trató de explicar que no era una invasión, y por lo que yo entendí, que lo único que realmente le interesaba era el petróleo de Venezuela. Como casi ningún político dice una verdad completa, y casi siempre dicen todo lo contrario de lo que piensan, llegué a la conclusión que lo del petróleo era una simple excusa para su mercado interno. Que la realidad consistía en una toma de control de un país que se estaba volviendo demasiado molesto. Recordemos que llegó al poder prometiendo al ciudadano medio que se iba a desentender de los problemas del imperio  y sólo ocuparse de las cosas de comer de la clase media y de los problemas con la obesidad de los hijos de los granjeros de Minnesota.  Tardé un tiempo en comprender que pretendía hacernos creer  que todo lo realizado era una rutinaria captura de un delincuente ( o dos) reclamado por un tribunal de un barrio de Nueva York, por un asuntillo de drogas.

     No, ya he comprendido que entrar en otro país y llevarse por la fuerza a su presidente no es una invasión de un país soberano. No seamos mal pensados.   Lo cierto es que mi mente calenturienta empezó a imaginar qué pasaría si ante la sospecha, o realidad, de que el rey de una dictadura vecina nos inunda con su hachís y otras lindezas en forma de patera, decidiéramos enviar a los Geos a secuestrarle en plena noche para encerrarlo en Soto del Real. Pero descarté inmediatamente esa descabellada idea.

     Tras la alegría inicial, menudo bajón en el ánimo cuando escuché que aunque se llevaran al capo, dejaban al mando del país a la vicepresidenta Delcy, alias “la maletas”, al parecer debidamente sometida al nuevo poder ante el que se ha arrodillado rápidamente. Parece que ha quedado claro que no se pretendía acabar con el régimen dictatorial, sino sólo de que esa dictadura se sometiera y pusiera todo su poder sobre el pueblo al servicio de una potencia extranjera. Dicen que es por hacer una transición tranquila. Veremos. De momento se aclaró que lo de celebrar elecciones va para largo, que es mucho más interesante tener una oligarquía sometida y a su servicio, que un posible gobernante salido de las urnas, que podría tener opiniones propias. Parece que al igual que un escorpión no puede dejar de picar porque va en su naturaleza, un yanqui no puede dejar de ser imperialista, porque sería como negarse a sí mismo, como negar su propia naturaleza.

    Y aquí es donde se me presenta el dilema para formarme una opinión sobre lo que ha ocurrido y puede seguir ocurriendo en Venezuela. Me debato entre sentirme indignado porque a un país hermano, miembro destacado de una Hispanidad, que defiendo sin fisuras, sea asaltado y humillado por la bota imperialista yanqui, que una vez más se arroga el derecho auto concedido por la denigrante doctrina Monroe, de pisotear a un pueblo hispano. Por otro lado, siento la tentación de alegrarme de que por fin se descabece una cruel dictadura y se libere a un pueblo hermano de la esclavitud del socialismo real.

     Todo lo anterior se conjuga en un extraño coctel de sentimientos encontrados, de alivio, alegría y humillación al mismo tiempo, sobre lo que quisiera reflexionar.

    Para ello no puedo menos que plantearme si realmente es un ataque a la Hispanidad el acabar con Maduro. Y la conclusión es que no lo creo así. De hecho, el bolivarianismo ha sido el motor y alimento del llamado Grupo de Puebla, que ha sido  quien en los últimos tiempos,  con más inquina ha trabajado contra la idea de Hispanidad, y quienes más han defendido la leyenda Negra y el indigenismo más pernicioso. Es obvio que los norteamericanos también han defendido e impuesto la leyenda Negra con entusiasmo, pero en su caso es lógico, son sus autores y beneficiarios. No así los pueblos hispanos del Sur de América, que defienden en gran medida la leyenda negra, cuando son las verdaderas víctimas de la misma. Y por ello resulta mucho más incomprensible la posición de estos últimos.

     Por otro lado, con el secuestro de Maduro, se ha defenestrado a un ser despreciable, socialista, tiránico y cruel, que ha sido como un cáncer para su país y para casi toda la humanidad. Es cierto que, aunque pretendiera negarlo, es un ejemplar netamente hispánico, (dice ser medio  judío sefardí, colombiano e indígena) pero como tantos otros que hay por allí y por aquí, un traidor a su propia realidad. Los españoles hemos sufrido directamente el veneno inyectado en nuestra sociedad por el chavismo o madurismo, a ellos le debemos la creación e impulso de un partido de radicalidad comunista, ha acogido y protegido etarras y defendido el separatismo catalán, por no hablar de su íntima relación con el gran enemigo de España, el Partido Socialista Obrero Español.  Han alimentado y fomentado tanto aquí como allí, todo lo que puede hacernos daño y destruirnos. Solo puedo alegrarme con su desaparición.

      El rojerío patrio y parte de los moderaditos nacionales, han bramado porque esta acción suponía una violación del derecho internacional. Lo primero es que creo que este concepto de “derecho internacional” es un oxímoron, una contradicción en los términos, no hay derecho sino hay un poder que lo imponga y esto sólo se alcanza si hay un estado con coerción suficiente para imponerlo. No existe un auténtico poder internacional, sino muchos poderes de muchas naciones poderosas cada una con sus intereses. Y esto que ha ocurrido en Venezuela, es una muestra más. Hubo casos semejantes que nadie o casi nadie ha cuestionado. Me refiero por ejemplo al asesinato de Bin Laden en Pakistán por Clinton, o el bombardeo de Sarajevo por la OTAN ordenado por Javier Solana. No creo que sea un argumento válido para criticar la captura de Maduro el decir que se ha violado el derecho internacional. Más bien es la constatación de que éste no existe. Y el lamento de que mi país, a diferencia de otros, no tenga el poder suficiente para hacerse respetar en el concierto internacional.

      Por todo ello, creo que la conclusión es que aunque las formas sean discutibles, los españoles que defendemos a España y su integridad, así como los venezolanos y el resto de los pueblos hispanos, debemos estar agradecidos a Trump, y al también  hispano Marco Rubio, de habernos librado de una pesadilla.

      Ello no es obstáculo para que deje de sentir la humillación de tener que soportar la prepotencia y complejo de superioridad de los Estados Unidos. Y por ello, una vez dadas las gracias por librarnos del dictador , debemos seguir reivindicando con mayor fuerza si cabe, la necesidad de la unidad de los pueblos hispanos, el orgullo de nuestra identidad común y la defensa de nuestra identidad hispana frente a quien quiera borrarla y pisotearla, sobre todo si son coterráneos del General Custer.

Carta abierta a la Sra. Chimpún Pardo.

    Estimada Sra. Chimpún Pardo,

     Soy un ciudadano español y quiero pedirle disculpas. Pero no por lo que Ud. solicita de los españoles y por todos ellos a nuestro Rey. Le pido disculpas por ser incapaz de memorizar su nombre y de transcribirlo correctamente. He visto un simpático video en Tic-toc, esa plataforma maléfica que nos llegó de la China, en el que nos indica cómo debe pronunciarse su nombre correctamente y tras oírlo varias veces y varias vacilaciones (Cheimpaun, Champún, Champéin)  he decidido que la grafía que mejor coincide con su apellido es Chimpún.

        Mi idioma, que casualmente por un error grave de la historia, es también el suyo suele pronunciarse tal como se escribe, por lo que yo me tomo la licencia contraria, de escribir su nombre tal y como lo oigo pronunciar. Es una costumbre de por aquí la de españolizar los apellidos extraños y así, el nombre inglés Malborough, pasó al cancionero infantil como “Mambrú”, o el nombre náhuatl Malīntzīni, se convirtió en la Malinche.  Por ello espero que no le moleste. Pero si le molesta, realmente me importa una higa, ya que poco me importa la opinión de una señora tan maleducada y ofensiva.

     Tengo menos problemas en pronunciar y escribir su segundo apellido, que es Pardo, es decir un apellido de innegable origen hispánico, que comparte por ejemplo con mi admirada Doña Emilia Pardo Bazán. Pero no nos engañemos, no se trata de un apellido que la señora Chimpún ostente por algún español ido a México, como por ejemplo le ocurría a su antecesor el señor López. La trazabilidad de su apellido es más compleja, porque se trata de una descendiente que conserva ese gentilicio en su familia desde hace quinientos años que fueron expulsados de Sefarad.  Vamos atando cabos, señora Chimpún.

   Por sus últimas declaraciones sabemos que cojea bastante en el conocimiento de la historia del país que preside. Su compatriota Eduardo Verástegui, le ha tenido que corregir en lo que antes era twitter varias imprecisiones por históricas y recordarle, por ejemplo,  que los Méxicas fundaron Tenochtitlan en 1325, no fundaron México, o que  en 1521 cayó Tenochtitlan, no México y otras varias por el estilo, que en mi caso sería un error comprensible, pero que en el suyo, señora Chimpún, es imperdonable.

     No era santo de mi devoción su antecesor, el señor López, también conocido, por “Malo”, perdón por “Amlo” (¡ay, esta dislexia!). Pero este señor, aunque odiaba como Usted a España y a los españoles como reconoció en privado a un político manchego, no cometía esos deslices históricos.  Y aunque renegara de la tradición española, era un innegable hijo de la hispanidad, que se manifiesta en la “ínclita  raza ubérrima, sangre de Hispania fecunda” como la definiera Rubén Darío, o dicho en español de andar por casa y sin la prosapia modernista, en la mezcla de la sangre de origen americano precolombino  con la de sus abuelos cántabro-astures.

  Pero usted señora Chimpún, ignora la historia de su país, y sólo recoge el resentimiento que navega por las venas de sus correligionarios políticos, que allende y aquende los mares, rezuman por todos sus poros la mala baba de la leyenda negra. Con ella dan una explicación a la incompetencia de sus inmediatos predecesores en el cargo.  De esos malhadados gobiernos criollos que solo supieron empobrecer al pueblo a costa de trabajar para intereses extranjeros. De la insoportable violencia y corrupción. De los robos de niños para abastecer a los pederastas de más allá del Río Grande. De la humillante claudicación ante su vecino del Norte, que les robó la mitad de su territorio y les desprecia y pisotea.

     Podría argumentar que por esta parte europea de “hispanosfera” las cosas no han ido mucho mejor y que tampoco estamos para tirar cohetes. Y en eso tendría razón, pero con una diferencia importante y es que desde aquí no le echamos a los de allí la culpa de los que nos pasa a nosotros. Y podríamos hacerlo, porque nada más fácil que inventarse un agravio histórico. Por ejemplo, podríamos argumentar que nuestra decadencia es porque después de apostar por un proyecto común y derramar lo mejor de nuestros esfuerzos en crear una comunidad fuerte de intereses, a mitad de camino, cuando creyeron que ya eran capaces de gestionarlo todo por su cuenta se bajaron del barco y abandonaron el proyecto. Dicho en castizo podríamos desde aquí reprocharles que nos dejaron colgados cambiando el proyecto hispánico por el iluminista masón que obedecía a intereses anglosajones.

    Pero lo que ahora no vale es decir que, como no les ha salido bien el andar por su cuenta, la culpa de España y de sus reyes. Es algo así como un hijo que una vez emancipado, si no consigue vivir como le gustaría, culpa a sus padres de no haberle dado una buena educación o de no haberle exigido que se formara lo suficiente. O simplemente le culpa por haberle parido. La ingratitud no tiene límites y es un deporte universal lo de utilizar argumentos y excusas para culpar a otros de los propios fracasos. Señora Chimpún, ya es hora que cada uno asuma sus propios éxitos y sus propios errores. Sería lo lógico después de doscientos años de independencia.

      Y dicho lo cual, me vengo arriba, y desde aquí le pido, estimada señora Chimpún, que, desde su posición actual, pida perdón a España por dejarnos en la estacada cuando más les necesitábamos. Por su ingratitud y por su resentimiento. Por divorciarse de la hispanidad para irse con una novia progre que le prometió el oro y el moro y ahora le humilla y desprecia.

    Como comprenderá, Señora Chimpún Pardo, estoy bastante ofendido como español por su desaire al Rey de España al no invitarle a su entronización republicana. Y por esa exigencia impertinente de pedir disculpas por el pasado.  No voy a recordarle las muchas razones por las que no es procedente esa exigencia, porque no las entendería, ya que no hay peor sordo que el que no quiere oír.

     Pero por otro lado le doy las gracias porque ha generado una reacción contraria a lo que pretendía. Gracias a Usted se ha enardecido el orgullo de ser español y una enorme parte de la opinión pública española ha reaccionado a favor de nuestro rey y de la reivindicación de nuestra historia. Gracias a Usted  y su desaire, estos días es una conversación común la reivindicación de Hernán Cortés y de toda la labor de Castilla en América. Es justo lo que necesitábamos, una ofensa exterior que espolee a los adormecidos españolitos. Y sobre todo porque nadie se ha enfadado con los mexicanos en su conjunto, sino solamente con su ínclita persona y con el resto de secuaces de su misma cuerda ideológica. 

      Y sepa señora, que gracias a Dios, esto no sólo ha ocurrido aquí, en la parte europea de nuestra comunidad. Personas tan mexicanas como el ya citado Verástegui,  publica en X : “¡No hay que pedir perdón hermanos! Los hijos de los que se quedaron estamos aquí, los descendientes de los conquistadores estamos aquí. No vamos a pedirnos perdón a nosotros mismos”. Todo este lamentable episodio no ha hecho más que recordar y afianzar el hermanamiento de españoles y mexicanos y que no deberíamos consentir que ninguna señora Chimpún venga a romperlo.

      Para terminar esta carta, quería que, si a bien lo tiene, me aclare una pequeña duda, una sospecha que me corroe.  Y así,  por la presente le pregunto, Señora Chimpún Pardo, honorable presidenta, si la inquina al Rey de España realmente le viene por México, o más bien se trata de un resentimiento centenario recibido de su señora madre. Los judíos tienen esa costumbre de no olvidar y casi nunca perdonar. No olvidaron nunca que procedían de las tierras circundantes a Jerusalén, y allá que fueron a instalarse dos mil años después de abandonarla. No olvidaron que fueron expulsados de lo que llamaban Sefarad, y que dicha expulsión fue una decisión personal de la Reina Isabel de Castilla. Tengo para mí, que ahora se le ha presentado una ocasión de exteriorizar todo su rencor personal, que no tiene nada que ver con el interés del pueblo mexicano y sí con su tradición familiar sefardí, y le han servido en bandeja de plata la ocasión de tener una venganza mezquina.   

    Señora Chimpún, voy a acabar esta carta con un deseo, y es que tenga éxito, porque eso será lo mejor también para el pueblo mexicano; con un consejo, y es que mire a los mexicanos y a los españoles, y comprenda nuestra bonita hermandad y no la destruya en nombre de supuestos agravios y por último, si me lo permite, o si no me lo permite también, con un verso del ya citado Rubén Darío, que no era español, sino nicaragüense:

           “Abominad las manos que apedrean las ruinas ilustres”.

En Madrid, a treinta de septiembre del año del señor de dos mil y veinticuatro. Festividad de San Jerónimo.

Fdo. CMG.

LA HISPANIDAD COMO PROPÓSITO

   Estoy en Madrid, mi ciudad. La capital de esta España, que amo, pero que siento que está incompleta, porque nos han arrebatado una parte de nuestra patria. He repetido ya muchas veces que creo que España no es nada sin América y que Hispanoamérica no es nada dividida en tantos y tantos trocitos y dándole la espalda a su realidad.  Y ya no me refiero tanto a la cuestión política, de himnos y banderas, sino a la íntima convicción de que no nos dejan ser como queremos ser, de sentirnos verdaderamente hermanados y unidos por una vocación y una cercanía que nos arrebatan cada día un poco más.

    Estoy firmemente convencido que lo que consistió la  Hispanidad en el pasado fue destruido tras ser duramente atacado por los intereses imperialistas y económicos anglosajones que vencieron e impusieron su modelo de globalización, puramente materialista y depredador que no es otra cosa que el antecedente de la actual dictadura globalista que nos ataca por doquier. De aquellos polvos vienen estos lodos.

     Pero no quiero hoy referirme demasiado a todo aquello que pasó, a la debilidad mental de nuestras élites que quedaron secuestradas intelectualmente por las logias y que siempre se muestran sumisas ante todo lo que nos llega de la cultura anglosajona y centro-europea. Hoy quisiera quedarme más a pie de calle, para reivindicar lo que veo y lo que siento aquí en mi ciudad y lo que he visto y sentido en los viajes por tierras americanas.

    Y es que aquí en Madrid, pero podría extenderlo a casi toda la península ibérica, cada día se nota más la cercanía y la presencia de nuestros hermanos del otro lado del Atlántico. Y no puedo decir otra cosa que es una absoluta bendición escuchar por aquí este nuestro idioma común, hablado con los acentos y cadencias de otras tierras lejanas. Siento un enorme regocijo cuando veo cada vez más niños en los parques de mi ciudad con los rasgos físicos externos que claramente han venido del otro lado del Océano, pero que su interior, su alma, es como la mía, hija de la hispanidad.

   Y es que ese niño de sangre americana y yo, de sangre castellana y europea, (quizás celta, tal vez vetona, quizás visigoda, quizás judía, quizás fenicia, ….)   pertenecemos a la misma raza. Por supuesto en ese concepto de raza que nada tiene que ver con la puramente biológica que defendieron los supremacistas centroeuropeos, desde el francés Conde de Gobineau hasta el mismísimo Adolf Hitler. Como dijo Juan Domingo Perón la raza no debe ser un concepto biológico, sino algo puramente espiritual. Es esa idea de comunidad espiritual que desembocó en denominar en muchos lugares de Hispanoamérica el día 12 de octubre como el Día de la Raza.

        El problema es que siempre nos estamos midiendo por los conceptos y magnitudes que nos vienen impuestos y que nos han llevado a interiorizar los prejuicios raciales que acabaron desembocando en una delirante búsqueda de la pureza de la raza aria, que es algo que nunca nos importó realmente a los españoles, tal vez por ser fruto de un mestizaje por nuestra ubicación geográfica, a caballo entre Europa y África. Sea como fuera, parece que se malinterpreta hoy en día ese concepto de “raza” al que me he referido y esa definición ha sido abandonada y sustituida por otra que seguramente se entiende mejor, como es la de la “Hispanidad”.

   Quisiera matizar que este concepto racial, puramente biológico, sí ha triunfado entre algunos españoles, que son aquellos que precisamente quieren dejar de serlo. El racismo es la clave de bóveda del nacionalismo vasco, desde que el desquiciado Sabino Arana, defendiera la identidad racial vasca. Y también del nacionalismo catalán, quizás menos conocidos pero con ejemplares como aquel Pompeyo Gener que consideraba que España estaba paralizada por la mezcla de sangres inferiores como la semítica y la bereber. O el más cercano Heribert Barrera, ilustre masón, que entendía que había que proteger a Cataluña de andaluces, seres pobres y destruidos, que iban contaminar la raza catalana que, según él, es genéticamente más inteligente.

       Pero estas posiciones no son más que tristes anomalías en España, que en su conjunto no ha tenido en sus elementos constitutivos el concepto de raza biológica o de una etnia concreta y por eso a la construcción americana de nuestra identidad, le encaja más el concepto de “Hispanidad”.  Es complicado dar una definición de determinados conceptos intangibles, de determinadas realidades difusas y que además se quieren negar. Y esto es lo que hace difícil definir a la hispanidad. Pero con toda la dificultad que implica,  creo que es un concepto correcto para identificar el nexo de unión que existe entre todos los países que geográficamente están en América del Centro y de Sur y la propia España.

     Y conviene aclarar que la Hispanidad no sólo el constituye el nexo de España con ellos, sino también de estas otras naciones entre sí. Si no hubieran llegado a esas tierras unos tozudos castellanos, las lejanas tierras entre la Tierra del Fuego y la península de Yucatán no tendrían nada, absolutamente nada en común. Habrían aterrizado en la modernidad con sus propios idiomas y costumbres, perfectamente válidas, pero sin ninguna conexión entre ellas. O tanta cercanía como puede tener hoy en día un portugués con un habitante de Atyrau en Kazajistan, por tomar los dos límites extremos de Europa.

    Las  pocas veces que la vida me ha permitido cruzar el Océano, hacia las tierras que otrora formaron parte de la Corona de España, he sentido una cercanía con las personas que allí me he encontrado que trasciende lo ideológico, para ser una relación cuasi familiar, he percibido que nos entendemos y que congeniamos con cierta facilidad y con predisposición recíproca a ello. El idioma ayuda a comunicarnos, pero no sólo eso, hay algo más, hay una cosmovisión parecida de la vida y hasta un sentido del humor semejante. Desgraciadamente no conozco más que cuatro de los actuales países de Hispanoamérica, que son Colombia, Costa-Rica, República Dominicana, y Cuba, y no tan profundamente como me hubiera gustado. Pero también he conocido aquí a otras personas de Ecuador, de Chile, de Guatemala, de Honduras, de México, de Venezuela, etc. Y todo ello me lleva a afirmar lo que digo.

    Es por eso que me he sentido particularmente reflejado en la recientemente estrenada película “Hispanoamérica, canto de Vida y Esperanza” del cineasta español José Luis López Linares. Es reconfortador pensar que esta idea va cuajando y tomando forma entre nosotros, entendiendo por tales a los que estamos allende y aquende los mares. Esta obra, aparte de ser de una belleza deslumbrante, no hace sino reflejar lo que nos une, y lo que nos ha unido, pero también las posibilidades que surgirían si consiguiéramos comprender que juntos seríamos una potencia impulsadora de una forma alternativa de vida y de civilización frente al materialismo y relativismo globalista de corte anglosajón.

   Creo firmemente que hay que trabajar por valorar e impulsar todo lo que nos une, en vez de destacar únicamente las diferencias y enemistades. Es complicado, porque hay que luchar contra todos esos tópicos archiconocidos y manidos de la leyenda negra, y también por superar o al menos relativizar los nacionalismos exagerados, en pos de la integración en una unidad superior de entendimiento. Y ello debe realizarse en varios frentes, uno desde luego es el puramente intelectual, conforme al cual las élites culturales y de pensamiento de todos estos países tomen conciencia de este propósito.

   Pero no todo está perdido, hay algunos síntomas de esperanza para avanzar por esta senda de la unidad o al menos de la mutua comprensión. Aparte de la ya citada película y su antecedente «la primera Globalización», habría que citar al vibrante espectáculo musical de “Malinche” de Nacho Cano, por más que la izquierda patria haya comenzado un proceso inquisitorial de cancelación contra su autor. O el cantante colombiano Carlos Vives, quien en el último 12 de octubre manifestó que parece lo más hermoso y natural” compartir el mensaje de ser hispanos, que “llevamos en nuestra sangre”, y mostrar con orgullo “nuestra hispanidad”.

     Y por supuesto no podría olvidar un fenómeno que me ha sorprendido de manera intensa y no es otro que el movimiento de reunificación de Puerto Rico, que reclama y defiende, separarse de la tutela yanqui, e incorporarse a España como una Comunidad Autónoma más, tal y como ya fueron en el pasado (https://adelantereunificacionistas.com/) . Ojalá ocurriera, les recibiríamos con los brazos abiertos, en un mutuo abrazo de reencuentro.

BERGOGLIO O DONDE IRÁ EL BUEY QUE NO ARE.

        El tema que pretendo tratar hoy reconozco que es más difícil de abordar para mí que otros. Hay cosas que cuesta decirlas, y mucho más escribirlas,  aunque no se haga más que afrontar la verdad. Aunque mi opinión es clara, hay algo me refrena para escribirla y publicarla. Quizás la sea la conciencia,  quizás pura superstición, quizás un temor reverencial asumido como una parte inseparable de mí. Por la razón que sea me cuesta mucho escribir algo que pueda entenderse como una crítica a la Iglesia Católica. Me eduqué dentro de la religión católica y siento por ella un respeto profundo  y por ello cualquier crítica me es particularmente complicada de realizar y de exteriorizar.

      No pretendo aquí plantear abiertamente una cuestión personal y bastante íntima,  de si a estas alturas de la vida sigo creyendo en el Dios que gobernó mi niñez y adolescencia, o por el contrario se encuentra escondido y latente entre las candilejas del teatro en el que cada vez siento que se va convirtiendo la vida, este caminar dentro de esta realidad tridimensional y temporal a la que llamamos existencia. Si las dudas me asaltan sobre la consistencia de lo que conocemos por realidad, todavía son mayores las incertidumbres sobre la vida futura que nos aguarda en los alrededores del Valle de Josafat.

    Por ello sí quisiera dejar muy claro que una cosa es la cuestión sobre la fe, sobre la validez última del mensaje cristiano, sobre la realización espiritual que puede alcanzarse por la vía de cristianismo, y otra cosa muy diferente es la opinión que puede merecer la actuación de la Iglesia Católica, de sus miembros y en particular de su máximo representante en la Tierra. Yo quiero seguir manteniendo una personal confianza en la religión en la que descanso en mis momentos de mayor zozobra como una búsqueda de la espiritualidad y la trascendencia. Le pido respuestas sobre las grandes preguntas que nos angustian como hombres, le pido que aporte un sentido a este limitado deambular sobre la faz de la tierra que acometemos durante unos pocos años antes de desaparecer.

      Pero siento que desde  la Iglesia los mensajes que actualmente me llegan, al menos desde la máxima autoridad jerárquica, van por otro camino. Estos mensajes se dirigen a dar respuestas a problemas,  como lo diríamos, más mundanos. Aunque por inercia de siglos se sigan repitiendo sin demasiada convicción unas consignas sobre la salvación, las cuestiones más difundidas y sobre las que se centra su labor pastoral son de orden muy menor, son casi todas cuestiones morales, de buenas costumbres,  cuando no propias de una descarriada ética laica que intenta consolarnos con unas formas de moderno estoicismo.

      Sin ir más lejos el otro día se despachó urbi et orbi el Santo Padre con la recomendación de que para salvar al planeta deberíamos comer menos carne. Ya de por sí es sorprendente que su interés sea salvar el planeta en vez de salvar las almas de los hombres que lo habitan. Y por otro lado también me sorprende que la “carne” ya no ocupe su lugar como uno de los enemigos del alma, junto al demonio y el mundo, sino que ahora la carne, aunque de otra naturaleza, constituye un peligro para el planeta. O sea, que fornicar ya no es pecado, pero comerse una hamburguesa sí. El problema no es destruir el alma con vicios disolventes y esclavizantes, sino que el problema es perjudicar al cuerpo por el exceso de colesterol. O tempora, o mores!

   Mi veneración es máxima por la Iglesia como institución y su misión en la historia, en particular en la modelación de la cultura occidental y por el cristianismo sapiencial que supo crear una civilización elevada, culta y hermosa que tuvo sus frutos en el románico, el gótico, pero sobre todo en la creación de un tipo humano que ha dado tantos y tantos hombres y mujeres  buenos, santos, sabios y justos. Aquella Iglesia que asumió la misión de llevar esa vía de salvación y de realización espiritual a todos los rincones del mundo.

      Por todo ello no puedo sentir mayor decepción que ver a tan egregia institución gobernada por un ser humano a quien le faltan demasiadas virtudes para ocupar la cátedra de San Pedro, y que podría calificar de botarate si sólo atendiera al hecho de que tiene poco juicio, pero que en realidad desconfío de sus verdaderas intenciones y creencias últimas. De hecho se ha convertido en el adalid de todas las causas de la modernidad y casi en un apóstol del cambio climático. Defiende casi todas las causas que detesto y es por ello que lamento que ocupe el sitial que legítimamente corresponde a un Santo Padre venerable y sabio, como es el Cardenal Ratzinger, que viejo y cansado entregó la tiara confiadamente a quien no duda en llevar a la Iglesia al abismo de la globalización luciferina.

   No conozco las normas eclesiásticas demasiado bien, y es posible que estas opiniones sobre el obispo de Roma, me procuren una sanción canónica. Lo sentiría porque no soy de los que presumen de apostatar al mismo tiempo que ensalzan la figura del papa montonero. Es esto lo que hacen la mayoría de los ministros del Gobierno ateo de España que casi ninguno se ha privado de hacerse una foto en el Vaticano y a la vez que reivindican a los que mataban curas y monjas hace no demasiado, no se cansan de reírle las gracias cada vez que se le ocurre una nueva majadería. Por todo ello siento que en la misma Iglesia no cabemos él  y yo, y si por jerarquía lo lógico es que permanezca Bergoglio, es obvio que el que sobro soy yo. Pero que se atrevan a echarme, que yo no voy a renunciar a mi condición de bautizado. Y de hecho creo que no podría aunque quisiera.

    Sé que la propia visión de ese jesuitón argentino me provoca un rechazo visceral y también que ese es un sentimiento muy poco cristiano. Tengo la sospecha que yo tampoco le gusto, como en general no le gustamos ninguno de mis compatriotas, lo cual después de mucho pensarlo, he llegado a la conclusión de que es por el mero hecho de ser españoles. Sólo salva a los comunistas patrios, a quienes como ya dije recibe con verdadero entusiasmo.  ¿Cómo es posible que después de once años de papado y visitar más de cincuenta países, no haya pisado ni una sola vez territorio español? Es algo que nos preguntamos todos los católicos españoles.  A un famoso presentador de su cadena de radio episcopal le dijo que sólo vendría a España cuando “cuando haya paz”. ¿Es que acaso hay una guerra en España y yo que vivo aquí no me he enterado? 

   Sólo puedo entender que esta situación se produce porque tiene una enorme animadversión por todo lo español y por lo que representa la Hispanidad ¿Por qué odia a España? Alguien debería decirle que odiar también es poco cristiano. Como tampoco es muy ejemplar el pegarle a una monja en la plaza de San Pedro y a la vista de toda la Cristiandad. Por contraste aquello me hace recordar aquella paciencia casi infinita de su predecesor San Juan Pablo II con las religiosas y con todas las personas que se le acercaban. Y sólo recordar su apacible rostro produce en mí un estremecimiento en el alma, que es el que produce la aparición en la memoria la mirada de un auténtico santo.

  Pero si hay algo que me ha molestado de manera profunda del obispo Bergoglio ha sido su comportamiento en su reciente viaje a Canadá, donde aparte de hacer  el indio con un penacho de plumas, me ha ofendido como católico su tratamiento sobre  la actuación de la Iglesia en la evangelización de América, de la que se arrepiente y avergüenza. No me parece mal que pidiera perdón por los desmanes que curas católicos concretos hubieran podido causar en algunos colegios de ese país. Pero de ahí a avergonzarse de la evangelización de América hay una gran diferencia.

     Esto requiere analizar lo que ha ocurrido en Canadá en los últimos siglos. Se podría resumir muy sintéticamente que  entre 1880 y 1996 en Canadá se obligó por el Estado a desarraigar de sus familias a cerca de 150.000 niños indios de esos territorios y a una inmersión obligatoria en centros de internamiento escolar,  y que muchos de estos colegios eran dirigidos por religiosos católicos. En dichos centros se han detectado enterramientos de alrededor de unos seis mil niños. Parece demostrado que el comportamiento de esos colegios, católicos y de otras confesiones, fue repugnante, y muchos de los niños desarraigados de sus familias, de sus bosques  y de su forma de vida tradicional, no pudieron superar vivir hacinados en internados y recibiendo en vena la ideología de la modernidad occidental.

     Canadá es uno de esos estados venerados por la modernidad por su «buen rollo» multiculturalista, que nos da lecciones de superioridad moral a todos como adalid de la modernidad revolucionaria y jacobina, y  que nos muestra orgulloso y sin remordimientos ni complejos como son los países del nuevo mundo creados bajo la advocación de los revolucionarios franceses, todos henchidos de fraternidad universal  y a la vez al amparo de su majestad británica, que como cabeza de la Commonwealth es la jefa del estado de esos fríos territorios.  Pero Canadá, aunque hoy se nos muestre como el paraíso globalista y del sincretismo cultural y racial, tiene sus propios muertos en el armario. Y en vez de afrontar su responsabilidad de causante de enormes injusticias con los que vivían allí antes de aterrizar los franceses e ingleses, se sirve de el tonto útil de turno para atribuirle a él la culpa de sus propios errores. Y este es el papelón que ha hecho el obispo de Roma por tierras canadienses.  Como ya está hecha y bien cocinada la leyenda negra de que la matanza de indios corresponde a los españoles, que son católicos, pues todo lo negativo que les es imputable es culpa de los españoles católicos ( y por extensión todos los católicos) que tuvieron la mala idea de cruzar el Atlántico y eso les hace responsables de todo lo negativo que haya ocurrido en ese continente, desde la Patagonia a Alaska. De este modo, con un culpable fijo (los españoles) y otro de repuesto (los católicos) los anglosajones y los masones franceses siempre quedan como inocentes, como diría un castizo, siempre se van de rositas.

       La responsabilidad y la culpa de la devastación cultural, de la inmersión, de la destrucción de los pueblos que allí vivían al margen de la modernidad es exclusivamente del Estado Canadiense y de los fundadores colonialistas que Francia e Inglaterra allí enviaron.  Pero con el reciente viaje del Papa han conseguido atribuirle la culpa de todo ello a la Iglesia Católica. Olvidan que esos  colegios católicos a los que se llevaba a los niños indios, en realidad eran meros instrumentos de la inmersión cultural igualitaria exigida por la modernidad laica y atea de los estados allí establecidos. La inmersión y la aculturación era un proyecto político y no religioso.

      ¿Podría explicar el Santo Padre porque estos fenómenos no se produjeron en la América hispánica? En la América española o España americana, nunca se separaron a los hijos de sus padres para llevarlos a centros de europeización obligatoria. Por el contrario, los misioneros franciscanos o jesuitas de la América hispana aprendieron todos los idiomas de los indios para enseñarles la fe en su propio idioma, a los padres y a los hijos, a las familias enteras a las que nunca pretendieron robarles a sus hijos para una inmersión cultural en la modernidad. Si se produjo una simbiosis cultural, no fue a golpe de decreto sino a fuerza de convencimiento y de trato cotidiano, de manera voluntaria y compartiendo valores de forma recíproca entre indios y misioneros. Al margen de conductas concretas que fueran reprochables, y que sin duda existieron, allí la Iglesia y sus miembros actuaron como auténticos cristianos, defendiendo a todas las personas con independencia del color de su piel o su etnia. Como ejemplo tenemos a Fray Junípero Serra que luchó continuamente contra todos los gobernadores en defensa de los indios y de sus derechos y que nunca jamás hubiera consentido separarlos de sus familias, aculturizarlos y obligarles por la fuerza a transformarse en ciudadanos occidentales. Tampoco ese fue el objetivo de la Corona española. Tras la independencia de España, los países creados, la mayoría de inspiración iluminista ya adoptaron posiciones más beligerantes con las personas y las culturas locales, y para bien o para mal la imposición de la modernidad se produjo mayoritariamente en este periodo.

     Pero el actual Papa, como tanto argentinos, no comprende la Hispanidad, se avergüenza de la labor evangelizadora de los misioneros católicos que mayoritariamente salieron de la España imperial para expandir la fe y proporcionarles una vía de salvación en la que creían profundamente a las personas que se encontraban en el Nuevo Mundo. Bergoglio, como tantos argentinos, incluido el antiespañol J.L. Borges, viven presos de la idealización de todo lo anglosajón, soñando con que en vez de los españoles hubieran desembarcado por aquellos pagos los ingleses y hubieran borrado de la faz de la tierra a todo vestigio aborigen, y cuando la eliminación física no hubiera podido conseguirse, llevar a los indios a reservas donde no molesten y a sus hijos a colegios de curas vendidos al poder donde hacerles comulgar con ruedas de molino hasta conseguir no un alma para Dios, sino un ciudadano para la  modernidad.

    Ojalá la Divina Providencia nos proporcione con la ayuda del Espíritu Santo un sucesor de Pedro que sepa estar a la altura, cuando este que tenemos hoy se reúna con el Creador en un día que por su bien y el nuestro esperemos que no sea muy lejano. Él gozará de la compañía de los Santos y nosotros nos consolaremos seguramente pronto de su ausencia.  Y todos tan contentos.

MADRE PATRIA

    Hay libros que llegan en la vida en un momento providencial, que vienen a llenar un hueco que antes de leerlos ni siquiera sabías que existía. Algunos libros pasan por la vida sin pena ni gloria. Se leen y se olvidan con la misma rapidez, aunque puede que de manera inconsciente dejen algún poso. Otros libros sin embargo marcan una huella indeleble, una marca permanente en el pensamiento o en el alma.

    En mi vida no son tantos los libros que pueden presumir de haber dejado esa impronta. Dedico estas líneas a uno cuya lectura acabo de terminar, y que es uno de aquellos que nada más leer una docena de páginas sientes su importancia, uno de esos libros destinados a tenerlos siempre a mano en la mesilla de noche, para consultarlo de vez en cuando, posiblemente durante muchos años. Y además de su interés particular para mí, creo que también ha llegado en el momento preciso para mucha otra gente y que viene a revitalizar una corriente de pensamiento por la que llevo tiempo caminando y avanzando con decidido entusiasmo y convencimiento. 

        Este libro al que me refiero es la obra del politólogo argentino Marcelo Gullo Omodeo, titulada “Madre Patria (Desmontando la leyenda negra desde Bartolomé de las Casas hasta el separatismo catalán)”. Lo encontré por casualidad y sin conocer su contenido en una de las visitas a una librería a la que acudí buscando otra obra que ahora mismo no recuerdo. Me llamó la atención el título y leí descuidadamente la solapa, como hago con otros tantos, para ver así a primera vista de qué pie cojea el autor, o dicho de otro modo, si puede ser de interés para mí o por el contrario es de aquellos que merecen acabar en la piscina como hacía el malhumorado Umbral. A primera vista me pareció interesante y con una cierta duda decidí comprarlo en una de las decisiones de las que menos me arrepiento.

Marcelo Gullo es Doctor en Ciencias Políticas argentino autor de numerosas obras tales como «La insubordinación fundante», «La lucha del pueblo argentino por la independencia del imperio inglés» y muchas otras. En 2021 publicó en España «Madre Patria» que en cinco meses ya ha alcanzado ocho ediciones de la obra.

       “Madre Patria” es una obra que podría ser incluida dentro de la vigorosa corriente actual del revisionismo histórico sobre la leyenda negra. Como es bien sabido la expresión de “leyenda negra” fue utilizada por primera vez hace más de cien años por Doña Emilia Pardo Bazán en una conferencia en París, quién sabe si después unos de los tórridos encuentros que en la capital francesa mantenía con Don Benito Pérez Galdós. La idea se desarrolló y tomó carta de naturaleza con Julián Juderías y su genial obra “La Leyenda Negra”. Posteriormente ha sido desarrollada y defendida por muchas otras personas con más o menos entusiasmo y acierto durante todo el siglo XX.  Pero en los últimos tiempos esta corriente revisionista de la historia oficial de España que supone la existencia de la leyenda negra, y simultáneamente el análisis riguroso de lo que constituyó y constituye todavía hoy en día, ha tomado una fuerza inusitada y casi diría imparable.

      Si la pérdida de Cuba y Filipinas determinó un pesimismo histórico que fraguó en la Generación del 98, ahora frente a un fenómeno similar como es la previsible desmembración de otras partes de España, ha surgido una reacción quizás menos pesimista, pero en todo caso muy realista, que tiende a mirar a la cara a la situación que nos acecha, y a plantearse el origen y las causas mediatas e inmediatas de estos procesos separatistas. La mejor intelectualidad de España está examinando esta cuestión y en su gran mayoría entienden que la raíz del problema separatista tiene su origen en la leyenda negra, que es la que ha minado nuestra fuerza como pueblo y la que ha destruido nuestra nación tanto moral como materialmente. En España nos hemos creído todo lo que nuestros enemigos han inventado de nosotros y hemos claudicado con una docilidad ovejuna a todo lo que nos han impuesto desde fuera. Sufrimos desde hace varios siglos algo así como el síndrome de la mujer maltratada por el marido, que a cada paliza reacciona asumiendo su culpa por sus errores y además venerando a su maltratador que con su poder no deja que se piense algo distinto de lo que a él le interesa.

       Afortunadamente empieza a haber muchos que consideramos que a lo mejor la única culpa real que debe asumir España es la de la debilidad, la de haber sido derrotada por otros que no son mejores sino más fuertes, la de vivir pensando nada más que complacer a nuestros difamadores históricos y la de la pereza de desmontar todas las mentiras y tópicos que se han divulgado por nuestros vecinos únicamente para aprovecharse de la situación. Hemos asumido de tal manera nuestra inferioridad que más que un complejo ya ha derivado en un auténtico síndrome de Wendy, en el que todo lo que hacemos, lo hacemos pensando en el qué dirán. Y solo vivimos para conseguir la aceptación de los demás países, con nuestra autoestima por los suelos y una continua autoconmiseración y autoflagelación, llevando la autocrítica a lo patológico. Mientras tanto, los países que han generado, creado y favorecido la leyenda negra para acabar con nuestra antigua supremacía se han hecho ricos y prosperado a costa de todo el planeta, devastándolo sin piedad y sin un átomo de remordimiento.

      En este proceso de restauración de nuestro orgullo excesivamente humillado hay un antes y un después de la impagable obra de Elvira Roca “Imperiofobia y leyenda negra”, en la que sistematizó y divulgó de manera amena todas las causas y las consecuencias de la leyenda negra, enmarcando su existencia para el caso de España dentro de una corriente que a su juicio es común a todos los imperios que ha habido en la historia, como es el caso de Roma, Rusia y Estados Unidos.

  «IMPERIOFOBIA Y LEYENDA NEGRA» de Elvira Roca Barea, auténtico “best-seller” que lleva 25 ediciones desde 2016,  ha tenido tanta importancia desde el punto de vista de la divulgación  y de la comprensión de la historia de España y de Hispanoamérica, que desde aquí aunque sé que no soy nadie para solicitarlo, pido para dicha autora el premio Princesa de Asturias  o cualquiera otro que refleje la deuda que tenemos los españoles con ella, por abrirnos a muchos los ojos y ayudar a dar forma a algo difuso que sentíamos, pero no acertábamos a canalizar y sistematizar.

        Aparte de Elvira Roca, ha habido otras muchas obras muy notables en la misma dirección, en una bibliografía relativamente abundante, que ha llegado a crear en ciertas librerías un apartado especial sobre la leyenda negra, dentro de la sección de la historia de España.  Y aunque no sea una obra escrita, quiero también resaltar en esta corriente la película documental,  “España, la primera Globalización”, de  López Linares, que se estrenó en el recién concluido 2021, con un éxito notable. Fue para mí una gran sorpresa cuando el día que la vi en uno de los cines de la periferia de Madrid, al terminar la sesión el público de forma unánime, y por supuesto yo entre ellos, prorrumpió en aplausos.

     Y dentro de esta corriente, creo que tiene un interés especial “Madre Patria” por varios motivos. El primero de ellos es que está escrito por una persona de allá, del otro lado del Atlántico, por un americano y concretamente un argentino. Un argentino además que según reconoce carece de ascendientes españoles, y confiesa que toda su ascendencia es italiana. El recibir el mensaje que se envía en este libro procedente de un hispanoamericano es una enorme satisfacción. Lo más habitual en los últimos tiempos es la defenestración de todo lo hispano, el derribar estatuas y recibir insultos y descalificaciones, y esto es así tanto aquí como allí. Y no es que como español me guste que me regalen los oídos, porque tampoco creo que sea todo elogioso en este libro. De hecho hay unas críticas feroces a determinadas actitudes altaneras que se mantienen en esta parte del océano Atlántico, críticas que son muy justificadas y más que razonables. Pero se agradece que desde allí se realice una búsqueda de la objetividad histórica y de la comprensión real de lo que fue la conquista de América, de lo que fue el Imperio y de lo que pudo haber sido de no entrometerse potencias enemigas destruyendo esta enorme labor. Y así, se me antoja que tiene más mérito todo lo que dice Marcelo Gullo, porque viene dicho desde allí, por alguien que no es español, con la seguridad de que si lo mismo lo dice alguien de aquí,  se le tacha de chauvinista, franquista y se desprecia sin más como un fruto de un trasnochado nacionalismo español.

     La segunda importancia que le concedo a este libro es que no está planteado desde una perspectiva de ideología política entendiendo por tal la lucha que tanto aquí como allí hay entre las izquierdas y las derechas. Se parte de una refutación de los motivos que sustentan la  leyenda negra sin hacer de ello una bandera partidaria y destacando que esta posición ha sido defendida por gente de toda posición política. Y prueba de ello es que el prólogo está escrito por el socialista español Alfonso Guerra. Y en ella se citan numerosos pensadores de clara posición marxista que han defendido y todavía hoy lo hacen la necesidad de recuperar la unidad de toda Hispanoamérica. Hay una cierta tendencia a identificar la reivindicación del imperio español con el franquismo o posiciones conservadoras, lo que se demuestra que es un error. La civilización que se extendió por las tierras americanas es perfectamente reivindicable desde la derecha y desde la izquierda. Al menos por la izquierda tradicional, es decir aquella que se preocupaba por los problemas sociales y no era globalista y vendida a intereses espurios. De hecho, el discurso defendido en el libro, al menos en lo esencial, es asumido sin complejo alguno por intelectuales españoles de izquierda radical como lo es el politólogo Santiago Armesilla.

(https://hispanoamericaunida.com/2013/07/28/hispanofobia/ )

          La tercera cuestión es hacernos ver a los españoles de Europa que la leyenda negra no es algo que ha perjudicado a España, o solamente a España, sino que por el contrario es algo que ha perjudicado de manera igual de intensa a los países hispanoamericanos, siendo ellos también víctimas de tan infamante propaganda. Son víctimas porque generó en ellos unas divisiones territoriales destinadas a debilitarles, a crear naciones débiles y claudicantes frente al poder anglosajón. Y después de ello han sido víctimas porque les han borrado la memoria, la identidad, el orgullo de su civilización, borrando los referentes culturales e imponiendo una servidumbre cultural e intelectual frente a la modernidad anglosajona. Han sido ellos tan acomplejados como los propios españoles frente a lo que desde determinados focos de opinión nos han dicho a todos que es lo correcto. Así una cultura como la anglosajona o la protestante en general que fue incapaz de interactuar con los pueblos que se encontraban a su paso, que solo supieron desplazarlos, humillarlos y despreciarlos y finalmente masacrarlos, da lecciones de cómo se deben de hacer las cosas para ser modernos. Marcelo Gullo nos aclara que las verdaderas víctimas de la Leyenda Negra son todos los pueblos hispanoamericanos, incluyendo en ello a los españoles de Europa y a los españoles de América.

      Es de justicia tanto para los españoles actuales como para los hispanoamericanos actuales  reivindicar nuestro pasado común, reivindicar sin complejos la liberación que Hernán Cortes y doña Marina efectuaron de los pueblos oprimidos por los antropófagos aztecas que vivían atemorizados de ser devorados por ellos como pollos de corral. Parece ser que Moctezuma, como emperador no era muy aficionado a la carne humana, como el resto de su corte, y sólo comía el muslo derecho de los hombres y mujeres que le cazaban, seguramente que en los seres humanos como en los pollos el muslo debe ser la parte más escogida y sabrosa. Es preciso aclarar que, si trescientos hombres pudieron acabar con un ejército de más de doscientos mil aztecas, fue únicamente porque así lo quisieron el resto de los pueblos que allí  vivían esclavizados,  que vieron la oportunidad de liberarse de la terrible costumbre de ser cazado y servido para cenar. Esto explica que un pequeño destacamento llegue a conquistar un imperio poderosísimo, en el único caso en la historia en que un país conquista otro sin enviar un verdadero ejercito de invasión. En el Siglo XVI los soldados de España estaban destinados en Flandes o en Sicilia, o luchando contra el turco en el mar, pero no se enviaron tercios a América. Solo se pudo conseguir la conquista porque así lo quisieron la mayoría de los pueblos nativos que estaban oprimidos y se sirvieron de los españoles para su liberación, y decidieron cambiar un emperador antropófago por un emperador lejano que les construía hospitales, carreteras, escuelas y universidades y les decía que todos los hombres son iguales, todos hijos de un Dios invisible y amoroso, que no exige sacrificios humanos.

     Aparte de la conquista inicial, es de justicia reivindicar la obra civilizatoria y bienintencionada que se realizó, en ningún caso depredadora como se ha dicho desde la leyenda negra. Prueba de ello son  las Universidades que se crearon, o la red de hospitales (por cierto gratuitos, lo que no son ahora en muchos países) para todos los habitantes súbditos de su majestad, fueran nacidos en Europa o de etnia mapuche, charrúa, aymara, nahualt o cualquier otra. Es decir se reivindica con orgullo un pasado imperial en el que todos los hombres que allí vivían eran miembros de una misma comunidad. En ella había hombres pobres y ricos, pero había ricos indios y blancos, y había pobres blancos e indios.  El mestizaje era algo normal y prueba de ello es que desde los primeros momentos el Inca Garcilaso de la Vega presumía de sus dos ascendencias castellana e inca, o el mestizo Martín Cortes Malintzin, quien orgulloso de su doble ascendencia, formó parte del ejercito del emperador en la lucha contra los musulmanes en las Alpujarras.  Qué diferencia con lo que ocurría en el Norte de América, donde el héroe nacional es el repugnante y despiadado General Custer y el lema oficial de la conquista del Oeste fue “el único indio bueno es el indio muerto”.  

      Marcelo Gullo nos explica todo esto, que yo brevemente gloso, con gran claridad,  haciendo ver las diferencias existentes entre el imperio y el imperialismo. El primero es integrador y civilizador, es el modelo de Roma, que se trasladó a América. El segundo es depredador y devastador, solo interesa lo que favorece a la metrópoli, aunque destruya lo conquistado. Es el modelo anglosajón y protestante. Pero para la opinión dominante ellos son los buenos y nosotros los malos.

       Y ya, por último, pero en absoluto menos importante, destaco de la obra de Marcelo Gullo el que no solo analiza el pasado sino que además plantea objetivos para el futuro. El superar la leyenda negra tanto en América como en España debe realizarse con la finalidad de reconocer que la finalidad de aquella fue dividirnos, crear naciones pequeñas y débiles mucho más fáciles de controlar por el poder británico y luego estadounidense. Mientras los Estados Unidos de América, hacían eso precisamente, es decir unirse, acumulando territorios previamente despejados de molestos ocupantes, se fomentaba la división del Sur del continente en pequeños estados claudicantes y sometidos. Nuestros enemigos no podían consentir tener a sus puertas una enorme nación-continente unida y poderosa. Pues bien, ahora toca intentar revertir el proceso lograr la unidad de los países hispanoamericanos y por supuesto con España.

          La relación de España e Hispanoamérica es mucho mayor de lo que parece. En cuanto a los ciudadanos de todos estos países nos sentimos a menudo hermanados de manera sincera, con una cercanía efectiva y real. Yo como español me siento más cercano de un ecuatoriano, cubano, chileno  o venezolano, que de un finlandés, búlgaro, escocés o noruego. Para empezar no les entiendo sino con mucho esfuerzo.

   En alguna forma debemos comprender que lo normal es que toda Hispanoamérica hubiera permanecido unida desde el momento de la independencia de la corona de España. Y que una vez superados los prejuicios falsos que motivaron la independencia se restablecieran los lazos, con la parte europea de Hispanoamérica. Es sabido que los nativos lucharon mayoritariamente a favor del Rey de España y las minorías criollas ilustradas y anglófilas a favor de la independencia, en lo que fue una auténtica guerra civil entre españoles. Una más de las seis o siete guerras civiles que ha padecido España en los últimos trescientos años.

       Por todo ello creo que lo más inteligente que podemos hacer unos y otros es suprimir las barreras que otros nos han creado y ahondar en nuestra unidad como una comunidad real de afectos que desemboque en una entidad política de intereses comunes destinada a crear amistad y prosperidad para todos. En suma, a reconocer primero la existencia de una nación hispanoamericana y luego dotarle de una estructura de estado, que reconozca como sus nacionales a los de españoles de Europa y a los españoles de América por igual. Como fue en tiempos de la monarquía hispánica, aunque actualizado y amoldado a los tiempos presentes. Adicionalmente la parte europea de Hispanoamérica necesita un nuevo impulso y la empresa de embarcarse en un proyecto ilusionante que nos dé la cohesión que necesitamos para seguir adelante y superar los secesionismos inminentes. Y para ello necesitamos que nos ayuden los españoles de América y que recibamos aquí a todos aquellos que deseen venir con la mayor de la cordialidad de la que seamos capaces. Esa cordialidad que se tiene cuando se recibe a un compatriota.

      Este proceso no es ni mucho menos fácil, y lo primero es superar los respectivos nacionalismos de banderas de colorines  e interiorizar este proyecto superior, para el que reivindico una bandera común que no debería ser otra que aquella que nos unió en su día y es la bandera blanca con la Cruz de Borgoña de aspas rojas, que llegó  a Castilla  con Felipe el Hermoso  y que nos unió a los allende y aquende los mares. Pero en todo caso lo de menos son las banderas y lo verdaderamente importante es atrevernos a mirar nuestra historia común sin resentimientos, con humildad y con orgullo a la vez. Que así sea.