¡Vaya con Mariano Rajoy! El presidente que no quería pisar ningún charco porque todo era un lío, el que huía de cualquier compromiso y decisión categórica y el que parecía querer exiliarse de cualquier compromiso político opinando únicamente de deportes, la ha liado parda. En su columna en un diario digital sobre futbol y el mundial que ahora se está disputando, ha vertido una opinión que ha trascendido lo deportivo para recibir las críticas más furibundas de casi todo el mundo, en especial de la izquierda española y del gobierno de Francia. Y lo que ha motivado semejante terremoto es la siguiente frase “Francia ….ocupa la primera posición del ranking FIFA. Tiene, además, una plantilla de altísimo nivel. Eso sí, sin franceses.”
Como he dicho, lo más suave que le han calificado es de racista, que es el epíteto que se acaba llevando todo aquel que discrepa de las políticas oficiales sobre inmigración que la bienpensancia europea cacarea e impone. Y lo peor es que seguramente el señor “emepuntorajoy” ni siquiera lo ha pretendido, o al menos nunca ha mostrado, ni él ni su grupo político, la más leve desviación de la ortodoxia bruselense en materia migratoria, y por supuesto tampoco en ninguna otra materia de compromiso woke.
Ha sido seguramente un lapsus, en el que el político de marras se ha dejado llevar por el sentido común, dejando a un lado la verborrea de lo políticamente correcto, seguramente por bajar la guardia al estar tratando de un tema deportivo y por el tiempo que dejó la política activa, que hace que esté algo desentrenado en el idioma politiqués. Creo que por una vez le he oído decir algo que piensa mucha gente y no se atreve a decir. Intentaré reflexionar si tiene algo de razón en su afirmación..
Casi todo el mundo ha querido interpretar que no se puede ser negro y francés y creo que esto no es lo que se trasluce de sus palabras o al menos lo que yo entiendo o quiero entender. El problema es otro, es el de lo que significa ser nacional de un país. Es un tema que es de gran actualidad ahora en España en un momento en el que por ejemplo se está concediendo la nacionalidad a gente que no ha pisado jamás el territorio español por meras conveniencias electorales. La nacionalidad es desde luego un concepto jurídico, pero ¿realmente es solamente esto? Ser español, o francés, o sueco, es solamente tener un pasaporte, o es algo más.
No es un problema del color de la piel, aunque es indudable que cada país tiene un fenotipo racial dominante, este no es un elemento decisivo. No es un problema de raza, aunque en las selecciones africanas que están jugando el Mundial, tales como Senegal, Cabo Verde, República de Congo, y alguna otra, no hay un solo jugador de raza blanca. Obviamente no pasaría nada porque lo hubiera, pero no es el caso.
Realmente el batiburrillo racial se muestra de manera muy intensa en tres o cuatro países europeos, pero en mi opinión nadie cuestiona esto. No creo que nadie pueda decir que por ser blanco no pueda ser nacional de Costa de Marfil o por ser negro no pueda ser francés. Creo que no van por ahí los tiros, aunque se quiera utilizar como arma arrojadiza el estigma de ser racista a la menor desviación de la consigna oficial multiculturalista. Al menos en el caso de España este debate se superó ya hace siglos, cuando Isabel de Castilla y su nieto Carlos no dudaron en considerar a todos los nativos americanos como súbditos de la Corona en igualdad con los castellanos o aragoneses. Y no eran racialmente europeos, y por aquel entonces tampoco existían las naciones en sentido moderno, de existir sin duda habrían gozado de la nacionalidad en igualdad de condiciones que los peninsulares europeos.
En mi opinión la nacionalidad va más allá de los pasaportes. Por ejemplo, un famosísimo jugador como es Messi, tiene nacionalidad española y pasaporte español, y sin embargo hace gala de defender a su nación argentina y llora por su país cuando gana títulos y consigue que se emocione toda la población de Buenos Aires y resto del país cuando marca goles. Nadie califica a Messi como español, aunque lo sea. Es argentino porque además de decirlo su pasaporte al tener doble nacionalidad, llora, sufre y vive por y para Argentina. Utilizó la nacionalidad española para beneficiarse en su carrera deportiva, pero nunca sintió a España como su nación verdadera.
En las selecciones deportivas, cada vez se percibe más una especie de nacionalidad de conveniencia o a la carta, por un interés puramente deportivo que no afectivo con la selección que se defiende y lo hace como si de un contrato profesional con un club más que como una prestación pública y vocacional hacía una nación de la que se siente parte. En un momento en que sobre todo en Europa hay una fortísima inmigración, estas situaciones de dobles fidelidades son cada día más frecuentes. La selección española no es ajena a ello, por ejemplo, Nico Williams ha decidido jugar con España, mientras su hermano mayor lo hace con la selección de Ghana. Un tal Yamal, participa por España, aunque en sus botas luce la bandera de Marruecos. El defensa central Aymeric Laporte, era un francés de pura cepa que se ha nacionalizado para defender a España frente su verdadero país de origen. Y otros como Brahim Díaz, español de Málaga, al no ser llamado por la selección española se enroló en las filas de Marruecos. Los ejemplos podrían seguir, incluso en otras disciplinas deportivas.
Yo desconozco los casos concretos que afectan a la selección francesa. Más allá de los hermanos Hernández que les hemos “prestado” para que jueguen con su selección en los últimos años, ignoro la verdadera vocación nacional de los jugadores galos, pero sospecho que será algo parecido a lo que he indicado anteriormente que ocurre en España. La estrella emergente Olise, nacido en Inglaterra, apenas habla francés y parece que podía elegir hasta cinco posibles naciones con las que jugar. También me viene a la memoria que el hijo del muy francés Zinedine Zidane, ha defendido en este campeonato a la selección de Argelia. Sospecho que pueda ocurrir que en la selección francesa son desde luego todos franceses de pasaporte, pero puede que no todos franceses de sentimiento. O puede que no sea así, como digo realmente lo desconozco. Por esto creo que el expresidente se refiere más bien a esta sensación de identidades nacionales claudicantes o difusas que parecen emanar de la selección nacional gala.
Vemos así que la nacionalidad es a veces pura conveniencia y que adquirirla no siempre implica su ruptura sentimental con la nacionalidad anterior. Es por ello que hoy en día la vinculación afectiva o emocional con una nación, es una cosa y la nacionalidad como vínculo jurídico es otra. En muchas ocasiones coinciden, pero no siempre. Y ya como opinión personal yo creo que lo correcto sería que coincidieran, es decir que, para adquirir o conservar una nacionalidad, al menos la española, debería tenerse claro que se quiere cultivar ese vínculo que va más allá del puro interés. Así es que opino que solo debería concederse la nacionalidad en los casos de que no se tenga por origen, a quienes manifiesten una vocación de ser españoles, de compartir emociones, historia, proyectos y futuro en común. Dicho en términos futboleros, a quienes sientan los colores de la nación española.
Esta implicación sentimental, de pura vocación, de afinidad de historia y destino, no tiene nada que ver con la raza, pero tampoco con el mero interés pecuniario o de prestigio social o deportivo. Es la certeza inequívoca de pertenecer a un colectivo intergeneracional que te aporta una determinada identidad, quizás no única, pero si indeleble, imprecisa pero categórica. Y esto no te lo da un carnet ni estar incluido en un censo, te lo da el corazón, con aquellas razones que cuestan definir a la propia razón, tal y como expresara el gabacho, pero sabio, Blas Pascal.
Esta sensación de pertenencia no tiene nada que ver con lo que luego se ha dado en llamar nacionalismo. Tener una nacionalidad concreta no necesariamente implica orgullo de pertenencia, aunque puede darse a veces legítimamente y otras no tanto. Y mucho menos puede significar desprecio a los demás, ni cualquier suerte de supremacismo, lo cual es una desviación patológica del hecho objetivo que proporciona formar parte de una nación. Como igualmente, patológico, aunque legítimo, puede ser el desprecio de la propia identidad nacional por prejuicios globalizadores sobre este colectivo tachándolo con una falsa humildad como inferior a otros o incluso negarlo como inexistente.
Y lo más paradójico es que precisamente hoy en día se cultivan estas identidades colectivas como signo de modernidad, salvo que se invoquen tres o cuatro naciones históricas, en cuyo caso son reprobables, cuando no racistas. Me explicaré para no llevar a confusión, con unos cuantos ejemplos. Es progresista pertenecer y sentir orgullo del colectivo gay, y si algún homosexual no se identifica con aquel es un traidor a su causa. Lo mismo con colectivos feministas, para las mujeres, con el “blacks lives matter”, para los hombres de raza negra, con la clase obrera para los trabajadores por cuenta ajena. En estos casos lo único lícito es el orgullo de tu colectivo, aunque ser miembro del mismo no genere por sí nada especial que lo motive. Es como estar orgulloso de ser rubio o pelirrojo. Sentir orgullo por pertenecer a cualquier colectivo, por extravagante que sea es aceptable. Pero estar orgulloso de ser español no es nada moderno, es más bien casposo
Tal vez no tiene sentido crear competiciones de selecciones deportivas nacionales, al tiempo que parece discutirse el concepto de nación. Puede ser un contrasentido fomentar la identidad en torno a unos equipos deportivos que se definen por representar a una nación y a la vez diluir las fronteras de quienes forman parte de una u otra nación, de manera que se puede ser de una nación o de otra a conveniencia. Si a una nación la puede representar cualquiera aunque no se sienta parte de la misma solo por un interés de éxitos deportivos, no hay diferencia alguna entre este plantel de deportistas y el de un club de fútbol cualquiera. Seguramente porque lo verdaderamente importante en estos asuntos es el business y las clases dirigentes son conscientes de la cantidad de dinero que pueden ganar con estos eventos en los que utilizan una realidad incuestionable como son los sinceros sentimientos nacionales de las personas, si bien debidamente encauzados en unos espectáculos mundialistas travestidos de auténticas orgías del globalismo.
El asunto no deja de ser complicado de abordar al interferir los sentimientos y el derecho, y como todo en la vida real, no hay nada del todo blanco ni negro. Puedo comprender que en personas concretas se pueda dar un conflicto de afinidades o de identidades. Algo así como a quién quieres más a mamá o a papá, cuando en realidad puedes querer por igual a los dos. No entiendo tanto cuando después de varias generaciones se sigue cultivando un sentimiento atávico de devoción por una nación a la que ya realmente no se pertenece, pero parece empeñado en pertenecer a ella, descuidando aquella a la que realmente sí pertenece o debería ya formar parte inequívoca de ella. Es como una especie de disforia de nacionalidades que lo único que genera es disfuncionalidades personales y sociales y una enorme insatisfacción. Pero esto es un mal endémico de muchos países europeos que, por impotencia o desidia, no han sabido integrar a muchas de las personas que vienen de fuera a su propia forma de vida y han mantenido islas culturales que se empeñan en conservar las identidades de origen durante varias generaciones, sin diluirse como sería lo normal en la sociedad de acogida.
Por esta razón y de lege ferenda, y en España, abogo por un endurecimiento radical en la concesión de la nacionalidad a quienes no la tienen por origen. Esto no es discriminación, ya que puedes perfectamente crear un derecho de residencia y ciudadanía que otorgue los mismos o análogos derechos que a los nacionales. Ya en el derecho romano había al menos dos categorías jurídicas de pertenencia al estado, como la latinidad y la ciudadanía. Y restringiría la nacionalidad a aquellas personas que verdaderamente deseen de corazón adquirirla, que quieran formar parte de este colectivo, no por interés cualquiera que sea, no porque te de un plus en derechos, sino porque quieres como en un matrimonio, unirte con un compromiso de futuro a un proyecto de vida compartido, renunciando a cualesquiera relaciones anteriores, que pudieron ser maravillosas en su momento, pero ya no lo son. Y solo permitiría acceder al privilegio de defender los colores de la selección de mi país, si se hace sin reserva mental alguna, con pleno convencimiento y con la devoción que en exclusiva se merece. Si sigues unido sentimentalmente a otra nación el renunciar a su nacionalidad es traicionarla y el adoptar una nueva no es otra cosa que un matrimonio de conveniencia, donde puede que el sexo sea satisfactorio, pero no hay amor.
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