LA MÁQUINA DEL FANGO

     Hoy escribo desde el abatimiento. Hundido en el fango de la realidad, en el lodazal de la triste realidad que nos rodea. Ser parte de una nación es sentir como propio lo que le acontece a cualquiera de las personas que la conforman. Tanto lo bueno como lo malo. Quizás esto es un poco exagerado, lo reconozco, y también sé que no es del todo cierto, porque no todo se puede sentir como propio, porque esto haría materialmente imposible nuestra existencia y además sería falaz e hipócrita. Pero, si esto es así, también lo es que no se puede vivir con indiferencia del sufrimiento generalizado de una parte de los españoles y este es el caso actual, en el que una parte importante de nuestros conciudadanos están atravesando por una terrorífica tribulación.

     Creemos vivir en un plácido bienestar invulnerable, en el que sesteamos cómodamente. Vivimos en un mundo donde casi todo funciona razonablemente, incluso cuando protestamos porque en nuestra opinión no funciona como debiera. Yo mismo me he quejado de ello en muchas ocasiones, cuando un tren se retrasa, cuando espero más de lo debido a mi juicio en una sala de espera de un médico, cuando hay un corte inesperado y molesto del tráfico. Pero todo ello queda como una leve brisa frente a un vendaval, si comparamos todos estos contratiempos con lo que ha ocurrido estos días en Valencia, en donde simplemente para muchas personas ha sido barrida la realidad. En unas pocas horas ha desaparecido bajo sus pies la cómoda existencia cotidiana, arrastrada por una inmensa marea de agua que no debería estar allí. Muchos han perdido la vida, pero no sólo eso, sino que nos ha mostrado a todos la enorme vulnerabilidad de nuestra complaciente existencia.  Siempre pensamos, como le ocurría a Abraracúrcix cuando se le surgía la idea de que el cielo pudiera desplomarse sobre su cabeza, que eso, aunque pueda suceder, no va a ocurrir mañana. Y así un día y otro día, siempre posponemos la amenaza, pensando en realidad que eso sólo le puede ocurrir a otros. O como mucho esas desgracias pueden producirse en países lejanos y poco desarrollados. Pero nunca en nuestro confortable occidente.

    Debemos tomar estar riadas como un aldabonazo en las conciencias que nos debe hacer pensar que no estamos tan lejos de lo imposible, de lo impensable. Por ejemplo, de vivir una guerra, con muertos reales y con bombardeos en nuestra ciudad. Lo hemos borrado de nuestro imaginario pese a que vivir una guerra le ha ocurrido a la mayoría de las generaciones desde que tenemos controlada la historia. Y de hecho probablemente en los últimos meses hemos tenido más cerca que nunca desde hace ochenta años el riesgo de una guerra en nuestra propia casa.

    Y es que este puede ser el verdadero problema de los países europeos y singularmente de España. Que los que los dirigen no atienden a las exigencias elementales del bien común. Están imbuidos de unas deleznables ideologías sectarias que persiguen intereses oscuros, nunca sabremos si por convicción fanática o por una búsqueda de la riqueza más desbordada o la conquista de un absoluto poder total, o tal vez por todas estas cosas a la vez.

      Y así por ejemplo nos llevan a tomar partido de manera irresponsable en conflictos bélicos regionales, haciéndonos defender a líderes y jerarcas corruptos, mientras se invoca una supuesta defensa de una democracia inexistente. Con ello están provocando una casi inevitable guerra con Rusia, que en principio no era para nosotros, los españoles, un vecino hostil. Puede que el regreso del vilipendiado Trump a la Casa Blanca, suavice esta situación, y regresemos a aquellos años en que gobernó y que, por causalidad o no, durante cuatro años no hubo ninguna guerra sobre el planeta. Pero esto está por ver.

   Y algo parecido ocurre con la política local española, donde estos iluminados dirigentes que tenemos llevan años únicamente enfrascados en sus luchas cainitas y en una ideologización de la realidad, que hace que no se preocupen ni actúen sobre las necesidades reales de la población, sino que tan solo están para defender ardorosamente postulados ideológicos etéreos.  Se olvidan de la gestión de problemas y búsqueda de soluciones y escudan su acción política en vagos principios no tangibles como la lucha contra el patriarcado, el cambio climático, la persecución  de imaginarios enemigos propaladores de bulos y otras mandangas por el estilo que les disculpan de ocuparse de lo real.  En esto consumen las energías y los recursos.

   Volviendo a los sucesos recientes de Valencia, estos han dejado al descubierto que en esa región, como en otras, no se han preocupado de prevenir las causas que han provocado el desastre y de mitigar sus efectos. La mayoría de los políticos sobre todo los de izquierdas y al frente de ellos el propio presidente de Gobierno, simplemente se lamentan de la inevitabilidad de lo ocurrido como consecuencia del cambio climático. Culpabilizan a toda la sociedad de  que haya habido inundaciones como responsables de provocar el cambio climático. (Quien es causa de la causa, es causa del mal causado).  Y de paso demonizan a los que desconfían de ese dogma como antisociales negacionistas. Cuando es probablemente al contrario, es su creencia ciega en el cambio climático y en la nueva religión panteísta del culto a la naturaleza lo que ha provocado en gran medida este desastre.

     Y no es una exageración porque es esa ideología o religión climática la que lleva por un lado a no limpiar los cauces provocando represamientos y embalsamientos que cuando rompen generan olas arrasadoras y por otro lado a no acometer la realización de  infraestructuras, como presas, embalses, encauzamientos, tanques de tormentas etc. que hubieran evitado muchas muertes. Si no hubiera existido el nuevo cauce del Turia probablemente Valencia capital estaría hoy arrasada. Pero esa obra enorme sólo se pudo hacer porque Franco priorizó la seguridad de los ciudadanos a la vida de los peces y las ranas. Hoy ocurre lo contrario. De hecho a punto han estado de devolver el paso del río a su cauce natural, con la “ideica” tan progre de “restaurar la naturaleza”.

    Pero es que una vez acontecido el desastre, el comportamiento de nuestros gobernantes ha sido también lamentable. Una descoordinación absoluta que ha demostrado que no están preparados para situaciones de crisis. Nuestra organización territorial, y perdón por el símil macabro, hace aguas por todos los lados. La bicefalia entre Estado y comunidades autónomas ha demostrado provocar unos daños criminales, ya que no hace otra cosa que descargar continuamente la responsabilidad en el otro, y de paso sacar rédito político para desgastar al contrario y conseguir arrebatarle su parcela de poder para que la ocupen los incompetentes de mi propio bando.

      En España es un clásico la utilización política descarada de las tragedias o desastres. Ocurrió en el “Prestige”, en los atentados del “11-M”, en la epidemia del virus chino …. Y ahora como en un  “déjà vu”  estamos nuevamente en una supuesta reacción social que no es otra cosa que una  orquestada lucha partidaria de baja estofa revestida de supuesto buenismo y pureza democrática. Alguna vez he caído en las redes de esta propaganda, hasta que me he dado cuenta de lo torticero y espurio de estas causas. Y lo absolutamente inmoral de utilizar a las víctimas para el éxito de los «míos», para que consigan el mezquino triunfo de conquistar un poco más de poder y se lo arrebaten al contrario. Como diría el castizo “quien no te conozca, que te compre”.

     Frente a estas respuestas manipuladas y teledirigidas, la auténtica reacción social la vimos en la visita personal del presidente del Gobierno, a la localidad Paiporta, donde fue recibido con abucheos, insultos y un bombardeo de blando barro, y de donde tuvo que salir poniendo los pies en polvorosa protegido por un ejército de guardaespaldas en evitación de un probable linchamiento. Este individuo estuvo meses estuvo acusando de esparcir fango sobre él a todos aquellos que denunciaban las corrupciones de su esposa, de su hermano, de sus ministros, y de él mismo, y mira por donde, resulta que quien hisopeó fango en su augusta cara fue el pueblo soberano.

      Y es que a veces hay justicia poética y resulta, que Don Pedro Sánchez Pérez-Castejón, como responsable último y vicario en la tierra hispana de la fe climática y por tanto causa eficiente última de sustentar un sistema que ha provocado estas inundaciones y llenado media provincia de Valencia de barro y lodo, es el que ha generado este océano de fango real, y no figurado como el que supuestamente manchaba su reputación. Tanto acusar a los demás de esparcir fango y resulta que la auténtica máquina del fango era él.

NO SALGO DE MI ASOMBRO.

No salgo de mi asombro. Leo y releo la última encíclica que ha depuesto nuestro Santo Padre. No salgo de mi asombro. Leo y releo la encíclica, o la exhortación apostólica, o lo que quiera que sea el documento denominado “Laudate Deum”, (en cristiano moderno «Alabado sea el Señor») publicado en el día de San Francisco de Asís del annus domini MMXXIII.

        No salgo de mi asombro. Ahora resulta que el Obispo de Roma, sabe de datos científicos y nos los pregona como un dogma de fe. De esa fe que le falta o que al menos oculta, no vaya a pensar alguien que sigue creyendo en cosas tan desfasadas como la Divina Providencia.

         No salgo de mi asombro. O sí, para sentir vergüenza ajena. Me da verdadero rubor leer la sarta de lugares comunes de la dictadura climática expuestos por un amateur de la ciencia, que ni siquiera los expone excesivamente bien. Cuando oigo hablar de ciencia a un Papa, no puedo menos que recordar las censuras de sus antecesores a Galileo por defender determinadas teorías que el tiempo acabo confirmando. Y que llevó a la Iglesia a pedir perdón por la condena injusta que le impuso. Pero parece que no ha aprendido de los errores y sigue tropezando en la misma piedra.   No sería extraño que las teorías y datos sobre el calentamiento del planeta que expone urbi et orbi el sumo pontífice, acaben siendo refutados por otros más precisos, lo que es frecuente en la ciencia. Si esto ocurriera la infalibilidad papal va a quedar por los suelos y su apostólica autoridad va a quedar más o menos como Cagancho en Almagro, es decir fatal.

     Yo creía que el jesuita argentino era un cura venido a más y resulta que es un científico venido a menos, que desbarra como cualquier opinador y tertuliano, llevando al Magisterio de la Iglesia, tan respetado hasta lo presente por mí, a la altura y seriedad del horóscopo de la revista “Pronto”.

      No salgo de mi asombro. No puedo menos que asombrarme de que un cura hable de todo menos de su religión. Que pierda su tiempo en convertir una encíclica en un panfleto de divulgación seudocientífica.  En la exhortación papal, de los 73 puntos que contiene no se menciona la palabra Dios, hasta el punto 60. A Jesús se le menciona solamente 3 veces.   A Nuestra Señora, la Virgen María, el Espíritu Santo, los Arcángeles o los santos (salvo al mismo que le da nombre, que lo cita en el comienzo), ni se les menciona. El término Climático aparece 19 veces y otras tanto crisis climática o clima. Y hasta 14 veces hay referencias a las COP (Conferencias climáticas). 

     No salgo de mi asombro.  El largo escrito es, en mi modesta opinión de pecador, infumable. Acoge como ciertos todos los tópicos al uso de los calentólogos más fanáticos, defendiendo el calentamiento antrópico con ardor y llegando a insultar a quienes lo discutimos, siendo cualquier crítica según su criterio “opiniones despectivas y poco racionales”. Es el origen, sin duda alguna, de la aparición de un nuevo pecado, y al parecer de los gordos, que no es otro que el negacionismo climático. Mañana mismo me confieso.

     No encuentro nada que pueda salvar las opiniones papales. Es un paradigma del naturalismo que su antecesor León XIII condenó como enemigo acérrimo de la Iglesia en su encíclica “Humanun Genus”, donde advertía de que los enemigos de Orden Cristiano estaban ya por aquel entonces imponiendo “ a su arbitrio,  otro orden nuevo con fundamentos y leyes tomados de la entraña misma del naturalismo”. Ese naturalismo que habría de imponer una nueva moral atea, y que parte de que la naturaleza humana y la razón natural del hombre han de ser en todo maestras y soberanas absolutas. ”Establecido este principio, los naturalistas, o descuidan los deberes para con Dios, o tienen de éstos un falso concepto impreciso y desviado. Niegan toda revelación divina. No admiten dogma religioso alguno. No aceptan verdad alguna que no pueda ser alcanzada por la razón humana”. León XIII, parecía describir con ciento cincuenta años de antelación a su sucesor actual en la Cátedra de Pedro. Francisco está impregnado de ese naturalismo que considera que la razón debe salvar la naturaleza y el planeta tierra,  que solo corrigiendo la conducta humana con una nueva ética de la razón se puede cambiar el rumbo de su destrucción. En este proceso Dios no aparece por ningún lado. Ha sido borrado del mapa.

      De lo que más me ha asombrado de la exhortación papal,  es cuando Francisco justifica el vandalismo de los grupos activistas climáticos que están cercanos al terrorismo. Así habla de “las acciones de grupos que son criticados como “radicalizados”. Pero en realidad ellos cubren un vacío de la sociedad entera, que debería ejercer una sana “presión”.  De ello deduce que la Iglesia que dirige Francisco, ya no considera venerables a los que mueren por defender a la fe. Los nuevos mártires son los grupos que se encadenan y pintarrajean cuadros del Museo del Prado. Desalojen ya sin tardar de las iglesias las estatuas de San Isidro, de Santiago y de San Roque, que los anaqueles de los retablos deben ser ocupados por Al Gore, Leonardo di Caprio y por supuesto Greta.  Queda ya muy poco para subir a los altares a Greta Thunberg. A lo mejor no esperan ni a que se muera. Para qué esperar si ya no creemos en la vida eterna

      Con todo, lo más grave de tan execrable escrito no son sus opiniones científicas y de difusión de una nueva moralina medioambiental que sin duda viene a suplir el desfasado y excesivo puritanismo sexual que tanto gustó a la Iglesia en el pasado. Lo más grave es la conclusión a la que llega de que para conseguir detener el cambio climático, (pero también otros fines que coinciden sospechosamente con los objetivos de desarrollo sostenible de la agenda 2030), es imprescindible que alguien ponga orden y consiga acallar a todos los disidentes, pecadores, negacionistas y demás ralea. Y para ello no basta con una nueva censura eclesiástica, ni siquiera la recuperación de la Inquisición. Para ello, según Francisco, es preciso que exista sobre la tierra un poder único y total que con mano de hierro haga entrar en razón a los que todavía dudamos de dichos dogmas. Así, aboga por la implantación de (y copio literalmente) “organizaciones mundiales más eficaces, dotadas de autoridad para asegurar el bien común mundial, ….. La cuestión es que deben estar dotadas de autoridad real de manera que se pueda “asegurar” el cumplimiento de algunos objetivos irrenunciables “.   La nueva misión de la Iglesia en la tierra es ungir un poder temporal global que nos pastoree con mano firme y que tenga autoridad real para imponer su voluntad. Su propósito y objetivo no es luchar por el Reino de Cristo, sino la implantación de una Dictadura global y terráquea de corte naturalista y laica. ¿Será que nuestro Papa ya no sirve a Cristo Rey, sino a la bestia sentada en el trono mundial?  ¿No recuerda esto demasiado al Apocalipsis?

       No salgo de mi asombro. No puedo estar más triste. Yo creía que un sacerdote que considera que en la tierra hay injusticia, nos debería exhortar a rezar y pedir a Dios por la salvación del mundo y de nuestras almas. Yo como católico no puedo sentir más desamparo y desazón.  En qué recodo del camino se quedaron la fe, la esperanza, la caridad, el amor, la oración, la devoción y la realización espiritual del hombre. A este señor no le interesa nada de eso, no le interesa salvar almas, solo salvar el planeta y que haga más fresquito.