QUE VEINTE AÑOS NO ES NADA…

  Qué bonitos son los tangos de Gardel. Desde este lado del Atlántico gozamos y disfrutamos con todo lo bueno y bello que compartimos las dos riberas del Océano, que, gracias a compartir idioma, podemos saborear. Y uno de los tangos más hermosos es aquel que se titula “Volver”, y que conocemos todos los de allende y aquende los mares. Es un precioso canto a la nostalgia, que nos hace encoger el corazón cuando decimos aquello de que es un soplo la vida, y aquello otro de que “veinte años no es nada”. Cuanta verdad….

  Y por otro lado cuanto tiempo es para la vida de una persona cuatro lustros. Veinte años es a veces todo lo que se nos es permitido vivir, y a veces ni eso. En veinte años podemos ver crecer nuestros hijos, enterrar alguna de nuestras queridas mascotas, y cambiar varias veces de casa o de trabajo. Cuando uno llega a una edad como la mía, a veces descubres que llevas todo ese tiempo sin ver a determinadas personas y a veces cuando se produce el reencuentro, comprendemos a Gardel y piensas, que es imposible que haya transcurrido tantos meses, días y horas, y que serías capaz de reanudar la última conversación que dejaste a medias. Algo así como el “decíamos ayer” de Fray Luis.

   No siempre es así, en algunas ocasiones percibes que el olvido quiere sepultar y cubrir de silencio aquello que pasó hace ya tiempo y que casi todo el mundo quiere olvidar. Puede ser una medida terapéutica para seguir viviendo. Ocurre con los traumas y también con las mentiras contadas, unos y otras se difuminan con el tiempo. En estos casos se prefiere dejar actuar al olvido, que es el más potente disolvente de la conciencia. Y si el dolor es bueno aislarlo en algún rincón de la memoria, con las mentiras no es así. Es conveniente recordarle al mentiroso su trampa. Afeársela cada día. Cuando el dolor y la mentira se me presentan juntos luchan en mí la necesidad de olvidar el primero con la de recordar a todo lo posible la segunda. Hay que curar las heridas del alma, pero no se puede permitir que se sepulte la verdad, no se puede consentir que ganen los malos.

      Estamos en el mes de marzo de 2024.  A punto de cumplir veinte años del acontecimiento que cambió de una manera definitiva la historia reciente de España el día 11 de marzo de 2004. A punto de cumplir veinte años de la masacre que se cometió en mi casa, en mi ciudad, en las periferias de mi vida. Y de la que ya nadie quiere saber nada. Y yo me rebelo frente a ese rodillo de  mentiras y silencio que han sepultado a tantas personas y a tantas verdades.

    Me duele todavía la muerte de mis vecinos. Pero me duele todavía más el no saber qué es lo que realmente ocurrió. Ignorar quién lo hizo, y por qué y para qué. Sólo sé que ese día todo cambió en el devenir de mi país. Ese día terminó un periodo y comenzó otro en el que los que hasta ese momento ganaban, comenzaron a perder y los que perdían comenzaron a avanzar. En lo personal me marcó profundamente, fue como si me quitaran de un puñetazo en la cara una ingenua confianza en los resortes que gobernaban mi mundo. Desde ese día, perdí la confianza en lo que se da en llamar el sistema o las instituciones, perdí la confianza en las Fuerzas de Seguridad que manipularon todo lo manipulable, perdí la confianza en los Servicios Secretos que no supieron o no quisieron defendernos, en los medios de comunicación que se sometieron sin vergüenza alguna al poder, y sobre todo en la Justicia española, que fue capaz de montar una pantomima de juicio sin precedentes conocidos. Y también perdí la confianza en la mayoría de mis conciudadanos que asumieron con sumisión pastueña todas las trolas que le contaron. Todos ellos al alimón montaron un cambalache de mentiras, pruebas falsas, testigos falsos, burdos montajes, que nos han impedido saber ni siquiera de manera aproximada qué es lo que realmente ocurrió.

   No puedo volver a repasar todos y cada uno de los que en su momento se llamaron “agujeros negros”, entre otras cosas porque veinte años borran de la memoria los detalles y dejan sólo una visión de conjunto de lo que fue una de los mayores espectáculos de ilusionismo que se puedan conocer, entendiendo por tales, aquellos que hacen ver y creer que ves lo que no existe y que engañan a los sentidos.

     En la investigación policial y subsiguiente juicio todo fue falso. Falsa fue la mochila que apareció milagrosamente sin explotar en una comisaría aquella noche. Se le llamó mochila, pero era una vulgar bolsa de deporte comprada en un bazar de chinos que apareció sin explotar en la comisaría de Vallecas con metralla (cuando en los trenes no hubo metralla) , con un falso dispositivo de un teléfono móvil y con explosivo goma-dos. Esa falsa bolsa tenía un peso aproximado de entre doce y quince kilos de explosivo, más la metralla. Y se supone que en total hubo como mínimo once mochilas como aquella que no explotó, ya que hubo diez explosiones en varios trenes. Dado el peso de las mismas y que estallaron en lugares diferentes debieron ser colocadas cada una una por un terrorista, es decir debería haber como mínimo once terroristas. Sin embargo en la sentencia judicial sólo se identifican a ocho, uno que se le juzgó vivo, y que todavía está en la cárcel (Jamal Zougam),  y otros siete que supuestamente murieron inmolados en Leganés.  

Y lo que siempre me he preguntado ¿Dónde están los otros tres terroristas que supuestamente faltan?. ¿Por qué ni la policía, ni los jueces, ni los políticos han tenido nunca el más mínimo interés por localizarlos o identificarlos?.  Todo el mundo da por concluido el proceso, pero la sentencia del Tribunal Supremo es clara. No están juzgados, y ni siquiera identificados, tres supuestos terroristas. Pero a nadie parece importar esto. Seguramente porque estos tres ausentes serían tan falsos como los realmente condenados. Y lo importante era hacer un trampantojo policial y judicial que sirviera para pasar página. Hoy ya todo da igual, porque precisamente al cumplirse veinte años prescribe su supuesta responsabilidad penal de esos fugados.  Veinte años de mirar para otro lado todos, policías, jueces, fiscales, periodistas y políticos. Veinte años de ominoso y cómplice silencio.

     Lo cierto es que el tiempo ha difuminado en mi memoria los detalles concretos, pero sí que hay algunos que se quedaron impresos para siempre. No puedo olvidar la imagen que la sentencia judicial da por cierta y es que los once supuestos terroristas con sus once pesadas bolsas, todos ellos salieron desde Alcalá de Henares de madrugada montados, -insisto todos ellos-, en una Renault Kangoo de apenas cinco plazas. Me recuerda la portada del comic de  Mortadelo y Filemón titulado “Contra el gang del Chicharrón” ( y quien no lo recuerde que lo busque en google). Ante lo descabellado de la imagen se decidió que tenía que haber un segundo vehículo, y oh casualidad, el 13 de junio (día de San Antonio, patrón de las cosas perdidas) la policía encontró de manera súbita un supuesto segundo coche utilizado por los malos, un Skoda Fabia, que apareció tres meses después de los atentados. Pero era tan burdo el montaje que hasta la Justicia tuvo que reconocer que era una prueba falsa.

     Pero al juez de turno no pareció importarle mucho que la policía “fabricara” una prueba. Las demás, seguían siendo válidas e incuestionables. Y  a pesar de declarar falsa una prueba, no se investigó qué agente de la policía la fabricó y para qué. Y al mismo tiempo a quienes dudábamos del resto de las presentadas a juicio, se nos argumentaba que cómo podíamos dudar de la policía, que era impensable que se falsificaran pruebas, y ello a pesar de que está probado que sí que fueron falsificadas algunas.

      Y si de los tristes hechos del 11 de marzo apenas sabemos nada, de lo ocurrido unos días después en Leganés todavía menos. O sí, de esto tenemos muchos la certeza absoluta de que fue un total montaje en el que nada es verdad. Y cuando digo nada, es nada. O sí, fue cierta la muerte de un policía, el Geo Torronteras, si bien   en unas circunstancias que no están nada claras y menos todavía que su cadáver fuera unos días después profanado, robado del cementerio donde descansaba, añadiendo una nueva incógnita y más preguntas sin responder. Seguramente para hacer desaparecer alguna evidencia molesta que pudiera desmontar la estrafalaria tragicomedia montada en Leganés.

     Se podría seguir con una colección de incongruencias, manipulaciones y falsificaciones, que avaló la justicia y la policía y por supuesto la prensa comprada por el poder, que es prácticamente toda, salvo algunas honrosas excepciones. Seguí con mucho interés todas las publicaciones, y también el juicio que fue televisado y pude ver en directo muchas veces. El tiempo transcurrido desdibuja los detalles de las manipulaciones, pero sí que me queda la sensación de una enorme estafa y de que lo que se contó era todo, salvo los muertos y el dolor de sus familiares, más falso que un duro de madera.

    Las únicas certezas de lo ocurrido hace veinte años es los 192 muertos en los trenes de aquella fría mañana de marzo. Y también los efectos que para mi país aquel día infausto produjo. Un vuelco electoral (no se debe perder de vista que el atentado tuvo lugar tres días antes de unas elecciones generales), que llevaron al poder a los más siniestros gobernantes que han trabajado de manera consciente para destruir a España. Que han dado alas a los independentistas, que de estar desaparecidos han llegado a estar muy cerca de sus objetivos, han debilitado profundamente a España frente a los enemigos regionales como Marruecos, en su posición en la Unión Europea, donde desde entonces no hemos sido más que meras comparsas y palmeros de Francia y Alemania, y nos han echado en brazos de todos los poderes globalistas sin ningún freno.

     Y por ello muchos tenemos la certeza de que detrás de aquella terrible masacre, no estaban unos moritos desharrapados, unos choricillos que de trapichear con droga se tornaron fanáticos yihadistas, tampoco unos etarras que esos momentos estaban prácticamente derrotados. No, no es creíble que pudieran éstos organizar un atentado con una precisión militar en el cual estallaron simultáneamente diez trenes en lugares distintos. Eso fue una operación que sólo puede ser hecha por profesionales, sin que sepamos quienes fueron aquellos y para quienes trabajaban.

Los enemigos de España son muchos, nuestros vecinos del Norte y del Sur, son firmes candidatos, y sacaron grandes ventajas, pero no los únicos. Sabemos que los beneficiados aquí fueron los que alcanzaron el poder aquellos días como consecuencia directa del atentado. Y eso nos puede invitar a seguir el rastro tirando del hilo, viendo quienes son sus amos, descubriendo a quien obedecen, y quienes estaban interesados en que alcanzaran el poder en España. Todo ello nos puede acercar hasta el verdadero autor.

Según Aristóteles se conoce algo cuando se conoce su porqué, es decir, la primera causa. Según esto, no sabemos nada. Tal vez alguna vez lo sepamos. Tal vez veinte años no sean suficientes para conocer la verdad. Quizás tengan que transcurrir otros veinte. No perdemos la esperanza ya que, como cantó Gardel, veinte años no es nada.

Y aunque el olvido, que todo destruye, haya matado mi vieja ilusión, guardo escondida una esperanza humilde, que es toda la fortuna de mi corazón ….

EL ATRONADOR SILENCIO.

 Atronador silencio es un ejemplo paradigmático de un  oxímoron. Que dicho en cristiano es cuando un adjetivo contradice el sentido del sustantivo. Un silencio no puede atronar, porque los truenos, por definición rompen el silencio. Pero como tantas veces el lenguaje hace una pirueta y utiliza esta figura para realzar o modificar el sentido de una palabra, no para contradecirlo realmente. A veces el silencio es tan sintomático, tan significativo, que es más elocuente que todo un discurso.

   Y en la sociedad moderna, en la que todo se habla en exceso, que todo es perorata y verborrea, son más valorados los silencios que las palabras. Y bastante más significativos. Los silencios, además de una virtud de los pocos sabios que en el mundo quedan,  son un síntoma de la degradación de los tiempos. Como dijo Unamuno el silencio puede llegar a ser la peor mentira. Y en estos tiempos de brutal control de la información, son tanto o más importantes los silencios que las consignas informativas que se repiten hasta la náusea.

  Las palabras ya no siempre se las lleva el viento, sino que la mayoría de las veces quedan impresas en cualquier soporte electrónico para la posteridad, incluso las dichas descuidadamente por teléfono pensando ingenuamente que nadie escucha. Las palabras hoy permanecen, eso sí, también es necesario reconocer que casi siempre quedan sepultadas bajo otra miríada interminable de palabras, que a su vez yacen pronto olvidadas por una nueva y prolífica generación de miles y millones de insulsas palabras.

  ¿Pero, y los silencios?, ¿Quién registra los silencios? Hoy el verdadero poder reside en poder controlar los silencios, en poder determinar de qué se habla y de qué no se habla. Casi siempre es más importante lo que no se dice, que lo que sí se dice, que por el mero hecho de expresarlo verbalmente pierde parte de su fuerza y virtualidad. Es frecuente en los artistas oírles decir, no puedo hablar de tal o cual proyecto, porque el expresarlo en voz alta hace que se frustre. Se presume que el silencio tiene una fuerza mágica, que se desvanece con el hecho de ser destruido por medio de la palabra. Pero sobre todo la verdadera fuerza radica en conseguir que sobre un determinado tema o asunto nadie hable, y a la vez conseguir que sí que se hable de lo que se desea. Ver un telediario cualquiera de un día cualquiera es un ejemplo de lo que quiero decir. Sólo se habla de lo que interesa al poder y lo que no interesa no existe, o se dice con tanta desgana que pasa totalmente desapercibido.

     Los silencios se guardan, en una expresión notoriamente acertada. Las palabras se derrochan, se malgastan, se malbaratan y malvenden en una almoneda de bullicios incontrolados. En los últimos tiempos me llegan bastantes reflexiones sobre el silencio. Y casi todas desde otra perspectiva distinta de la que trato en este escrito. Desde el significado del silencio en las artes escénicas sobre el que reflexiona Mayorga en su discurso de ingreso en la Academia, hasta el silencio interior, la calma reflexiva del corazón que nos propone Pablo D´Ors, en su búsqueda del desierto como patria de ese Dios que debemos encontrar después de conseguir que la mente se convierta en una hoja en blanco y no en un disparatado tráfago de convulsas ideas, pugnando por imponerse unas a otras. No quiero en un escrito sobre el silencio olvidarme de éstos. El silencio como tentación y como propuesta. Como antítesis de la vida extrovertida que es la que está bien vista en sociedad. La levedad del ser, la liviandad de seres mariposeando y picoteando todo sin reflexionar sobre nada. Battiato buscaba un centro de gravedad permanente, y esa búsqueda, aunque él lo hiciera cantando, se debe realizar en profundo y disciplinado silencio.

    Pero de todos los silencios, hoy 11 de marzo, no puedo menos que quedarme con el silencio que reina en las sepulturas de los 193 asesinados en Madrid, hace ya diecinueve años. El silencio que ha acompañado a las víctimas, que ya han sido olvidados, sin conseguir justicia y sin saber la verdad. Yo al menos quiero romper ese silencio con estas palabras y alzar la voz para gritar a voz en cuello ¿Quién ha sido?, ¡Queremos saber!. Pero me temo que ya todo el mundo ha pasado página sobre la más ignominiosa y triste jornada de la reciente historia de España. Las bombas tronaron y rompieron el silencio de la madrugada de aquel funesto día. Hoy el olvido hace que lo atronador sea nuevamente el silencio. Retorna el oxímoron.

     No me engaño, el silencio que como un manto cubre la verdad de lo que ocurrió en Madrid, en el año 2004, no es más que un episodio de otros muchos que le han precedido y que le han seguido.  Unos pocos años antes fue el 11-S en Nueva York, del que apenas sabemos quién lo pergeñó. Hay versiones oficiales y hay silencios en forma de apagones informativos sobre determinados temas que se imponen como una omertá mafiosa. Nada sabemos apenas del origen del virus chino. Por qué nadie habla de las alarmantes cifras del aumento de mortalidad en España y otros países como Grecia y Alemania. ¿Por qué nadie habla de las grabaciones de la policía abriendo paso al búfalo yanqui por el Capitolio hasta sentarlo en la silla de Nancy Pelosi?. ¿Realmente las elecciones de Brasil han sido limpias?, ¿Qué gases profundamente tóxicos se han vertido en el accidente del tren de Ohio del que apenas se ha informado?. ¿Quién ha volado el gasoducto Nord Stream en aguas noruegas?….

Tenia razón Unamuno, el silencio puede ser la mayor de las mentiras. Y esto me hace recordar otra de las frases célebres del rector salmantino: “la verdad antes que la paz”.

11 DE MARZO DE 2004. MADRID.

Hoy es día 11 de marzo. Desde hace diecisiete años es para mí una fecha que no pasa desapercibida. Más allá de las remembranzas oficiales, siempre impostadas y falaces, yo traigo a la memoria, a mi particular memoria, el horror padecido aquel día, así como la incredulidad, el miedo, el desasosiego, la impotencia y otros estados de ánimos y sensaciones que recupero con gran intensidad. Reconozco que en fechas posteriores las emociones mutaron, y prevaleció la búsqueda de la verdad como una auténtica obsesión ante las burdas maquinaciones que las cloacas y los políticos idearon para utilizar la muerte en su propio provecho. Pero eso fue después, el día del 11 de marzo y los dos o tres posteriores, fueron días de puro abatimiento y tristeza. Nunca como entonces, ni siquiera en lo más severo del confinamiento que hemos tenido recientemente, he compartido con los habitantes de Madrid un estado de ánimo de tanta tristeza general, colectiva y sincera. No puedo olvidar a una joven sentada frente a mí en el metro que de forma espontánea comenzó a llorar con un llanto que se contagió en mayor o menor medida a todos los que íbamos en aquel vagón. El que más y el que menos volvía el rostro para ocultar los sollozos. Aún hoy, diecisiete años después,  el recuerdo de ese momento hace que se me humedezcan los ojos. Es una sensación rara para una sociedad normalmente tan individualista que acostumbra a evitar al compañero de viaje y en la que casi siempre cada persona es una burbuja que defiende su asilamiento con unos auriculares o una conversación telefónica. Aquel día fue diferente, compartíamos sin palabras un mismo sentimiento. Nos sentíamos hermanados en el dolor, el desconcierto y la injusticia. Otros atentados, que en Madrid habían sido relativamente frecuentes, eran por decirlo así quirúrgicos, dentro de su maldita injusticia tenían por destino a una persona concreta. En este caso no era así, las víctimas potenciales éramos todos, cualquiera que viajara de madrugada en un tren para ir a trabajar.

    La historia de la hábil manipulación de esos sentimientos para fines concretos, así como de la farsa judicial y la montaña de mentiras que han sepultado los hechos que realmente ocurrieron bajo una burda versión oficial, no es hoy lo que me trae a escribir estas líneas. Lo dejo para otro momento y sin duda lo haré, porque creo que es una exigencia de justicia. Hoy sólo quiero recordar la angustia de esa mañana en la que nos llamábamos por teléfono unos a otros preguntándonos si habríamos pasado por la Estación de Atocha. El alivio al oír descolgar y comprobar que contestaban la llamada.  Recuerdo el cielo gris, el sol oculto por la niebla como si fuera un humo escapado de las hogueras del infierno, y un frío que parecía entumecer el alma. El silencio y la mirada cabizbaja de los caminantes inconsolables buscando en el asfalto una respuesta. Nunca he vuelto a sentir esa conmoción colectiva de una ciudad al completo en estado de shock.

      No me puedo olvidar tampoco de que poco después llegó la manipulación que transformó el dolor en  rabia dirigida, no contra los culpables de la matanza, sino contra  otros conciudadanos culpables al parecer de respaldar a quien nos había llevado a una guerra contra los musulmanes que ahora se vengaban. A los pocos días el dolor que el atentado me había causado, lejos de desaparecer se vio intensificado por la percepción del odio que sin disimulo recibía de parte de algunos vecinos. Los de siempre esparciendo su dosis generosa de veneno. Ni siquiera nos dejaron llorar en paz. Fue allí cuando comprendí que este país no tiene solución.

       Quiero terminar estas líneas, con unos versos que escribí a los pocos días de ese terrible suceso, cuando todavía tenía anclada en el alma la angustia sufrida. Hoy es ya una vieja cicatriz que escuece cuando cambia el tiempo, y eso ocurre al menos una vez al año, precisamente hoy.

MADRID. 11 DE MARZO DE 2004

Mientras florece el almendro,
un día como otro cualquiera de primavera temprana,
la Bestia de ojos sangrientos
ha inyectado su mirada en mis pupilas. 
Su aliento es el estrago del infierno, 
arrastrando inocentes al abismo. 
¡Oh tiempos de desamparo, que prohijas la miseria y el horror! 
¿Qué hemos hecho para ser azotados 
por tu furia en las desprevenidas almas, 
sino ser simples caminantes de la vida? 
El dolor ya me atosiga
con la herrumbre de los cuerpos traspasados
hincados en mi pecho.
Ya no hay palabras,
sino sollozos ahogados.
Ya no hay risas,
sino muecas ausentes.
Entre el silencio demacrado,
se esconde la muerte vengativa:
ha germinado el odio que ha sembrado,
y ya cosecha sus mieses
en el campo de los justos.
¿De qué ajedrez infernal somos peones? 
¿Qué sanhedrín sangriento 
nos ofrece en holocausto al dios espurio de la guerra? 
Con un rayo de fuego tenebroso,
nos han incendiado la esperanza
y la ciega muerte ha crepitado entre nosotros, 
blandiendo su guadaña, 
enlutando la fría mañana cotidiana.
La severa espada ha ejecutado
su injusta sentencia en mi costado.
Hoy ya me faltas, mi anónimo vecino,
un ladrón desalmado te robó la vida
y el alma del pueblo que te llora.
Y se conduele de tu ausencia,
como de un miembro amputado.
El que sirve para amar y el del consuelo.