CAMBIO DE PLANES. CONFINADO.

Cambio de planes. Si nuestra vida fuera una obra de teatro, habíamos vivido el primer, segundo y tercer acto con unas premisas, pero ha ocurrido algo que ha venido a dar un giro dramático al argumento. Ha llegado hasta nosotros desde China un virus que ha cambiado la realidad, de manera súbita e intensa. Yo como cualquiera estoy en casa enclaustrado, dejando que escampe y confiando en no tener la mala suerte de que ese virus me infecte, ni a mi ni a mis personas más cercanas. Eso si no me ha infectado ya, y no lo sé.

Se entremezclan los sentimientos y las actitudes frente a esta situación. Cada día, cada hora, cada minuto se tiene una perspectiva diferente. Paso de la ansiedad al aburrimiento, del miedo a la esperanza.

Desde luego, como el título de este blog, me siendo como en un monasterio doméstico, perdido en un acantilado, al que llega el rumor de la guerra que tiene lugar ahí fuera, y en la que llegan noticias parciales de las batallas. Llegan rumores y novedades del frente, traídas por éste o por aquél que cuenta que ha perdido un familiar o un amigo. Y sobre todo llega la desinformación y la propaganda.

La primavera debe estar ahí, hermosa y seductora. Lo deduzco por la experiencia de los años anteriores, pero no por mi comprobación directa. Casi nadie puede observar más que la parte de la realidad que te permite ver la ventana de tu casa. Se nos ha reducido dramáticamente la realidad, y por ello la libertad. Los límites del mundo se han estrechado para cada individuo a los tiempos preindustriales, en los que la parte del mundo que una persona podía abarcar era su pueblo, su ciudad o su comarca. Hoy el límite está en las paredes de la casa.

Y como una metáfora de la vida del hombre contemporáneo, tenemos a cambio un sucedáneo de realidad a través de las imágenes que recibimos por los diferentes artilugios mecánicos a los que estamos enchufados. Falsa realidad para una vida falsa. Falsa libertad. Falsas experiencias. No vivimos un vida propia, pero soñamos vivir la vida perfecta de otros, con la ración diaria de consignas para no despertar del sueño. Mientras duren las distracciones y pasatiempos todo irá bien. Los que estamos confinados y sanos tenemos una vida de segunda mano, usada y puramente vicaria.

Todo ello mientras no irrumpa la realidad auténtica, la lucha verdadera y propia que si que tienen los que sufren la enfermedad en los hospitales, o los que les cuidan. O tantos otros que no pueden distraerse de los estragos de la guerra, que no pueden apartar la mirada del sufrimiento propio o ajeno.

Aquí hemos llegado al verdadero planteamiento del dilema. ¿Debemos despertar los somnolientos? ¿Debemos dejar de tomar somníferos que nos proporciona el poder para que no veamos su incompetencia? ¿Debemos aprovechar un rato más en duermevela, hasta que la realidad nos zarandee, y nos despierte a empujones?

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