Empieza el año 2026 con demasiados sobresaltos para lo que sería normal y deseable. No habían pasado ni dos días, mientras estábamos por estos lares celebrando el aniversario de la toma de Granada por los Reyes Católicos, cuando nos sorprendía una noticia de esas que te dejan con la boca abierta. Me llegó al móvil un aviso que decía que los Estados Unidos habían capturado y detenido al mandamás de Venezuela, el desdichado, maléfico y atrabiliario gorila rojo, que atiende en la vida civil al nombre de Nicolás Maduro. Y también a su malhumorada esposa, que no sé muy bien porqué, pero cada vez que la veo me viene a la mente la imagen de la marimandona primera dama de la aldea de Asterix, Clarabella, abroncando continuamente al gordinflón jefe de la tribu.
La primera sensación fue un estado de euforia, parecía significar que terminaría por fin el desgraciado régimen bolivariano, la dictadura que impuso el socialismo del siglo XXI el desaparecido Hugo Chávez. Seguí con gran expectación la comparecencia, del no menos atrabiliario presidente useño, quien rodeado por sus enérgicos chicos nos trató de explicar que no era una invasión, y por lo que yo entendí, que lo único que realmente le interesaba era el petróleo de Venezuela. Como casi ningún político dice una verdad completa, y casi siempre dicen todo lo contrario de lo que piensan, llegué a la conclusión que lo del petróleo era una simple excusa para su mercado interno. Que la realidad consistía en una toma de control de un país que se estaba volviendo demasiado molesto. Recordemos que llegó al poder prometiendo al ciudadano medio que se iba a desentender de los problemas del imperio y sólo ocuparse de las cosas de comer de la clase media y de los problemas con la obesidad de los hijos de los granjeros de Minnesota. Tardé un tiempo en comprender que pretendía hacernos creer que todo lo realizado era una rutinaria captura de un delincuente ( o dos) reclamado por un tribunal de un barrio de Nueva York, por un asuntillo de drogas.
No, ya he comprendido que entrar en otro país y llevarse por la fuerza a su presidente no es una invasión de un país soberano. No seamos mal pensados. Lo cierto es que mi mente calenturienta empezó a imaginar qué pasaría si ante la sospecha, o realidad, de que el rey de una dictadura vecina nos inunda con su hachís y otras lindezas en forma de patera, decidiéramos enviar a los Geos a secuestrarle en plena noche para encerrarlo en Soto del Real. Pero descarté inmediatamente esa descabellada idea.
Tras la alegría inicial, menudo bajón en el ánimo cuando escuché que aunque se llevaran al capo, dejaban al mando del país a la vicepresidenta Delcy, alias “la maletas”, al parecer debidamente sometida al nuevo poder ante el que se ha arrodillado rápidamente. Parece que ha quedado claro que no se pretendía acabar con el régimen dictatorial, sino sólo de que esa dictadura se sometiera y pusiera todo su poder sobre el pueblo al servicio de una potencia extranjera. Dicen que es por hacer una transición tranquila. Veremos. De momento se aclaró que lo de celebrar elecciones va para largo, que es mucho más interesante tener una oligarquía sometida y a su servicio, que un posible gobernante salido de las urnas, que podría tener opiniones propias. Parece que al igual que un escorpión no puede dejar de picar porque va en su naturaleza, un yanqui no puede dejar de ser imperialista, porque sería como negarse a sí mismo, como negar su propia naturaleza.
Y aquí es donde se me presenta el dilema para formarme una opinión sobre lo que ha ocurrido y puede seguir ocurriendo en Venezuela. Me debato entre sentirme indignado porque a un país hermano, miembro destacado de una Hispanidad, que defiendo sin fisuras, sea asaltado y humillado por la bota imperialista yanqui, que una vez más se arroga el derecho auto concedido por la denigrante doctrina Monroe, de pisotear a un pueblo hispano. Por otro lado, siento la tentación de alegrarme de que por fin se descabece una cruel dictadura y se libere a un pueblo hermano de la esclavitud del socialismo real.
Todo lo anterior se conjuga en un extraño coctel de sentimientos encontrados, de alivio, alegría y humillación al mismo tiempo, sobre lo que quisiera reflexionar.
Para ello no puedo menos que plantearme si realmente es un ataque a la Hispanidad el acabar con Maduro. Y la conclusión es que no lo creo así. De hecho, el bolivarianismo ha sido el motor y alimento del llamado Grupo de Puebla, que ha sido quien en los últimos tiempos, con más inquina ha trabajado contra la idea de Hispanidad, y quienes más han defendido la leyenda Negra y el indigenismo más pernicioso. Es obvio que los norteamericanos también han defendido e impuesto la leyenda Negra con entusiasmo, pero en su caso es lógico, son sus autores y beneficiarios. No así los pueblos hispanos del Sur de América, que defienden en gran medida la leyenda negra, cuando son las verdaderas víctimas de la misma. Y por ello resulta mucho más incomprensible la posición de estos últimos.
Por otro lado, con el secuestro de Maduro, se ha defenestrado a un ser despreciable, socialista, tiránico y cruel, que ha sido como un cáncer para su país y para casi toda la humanidad. Es cierto que, aunque pretendiera negarlo, es un ejemplar netamente hispánico, (dice ser medio judío sefardí, colombiano e indígena) pero como tantos otros que hay por allí y por aquí, un traidor a su propia realidad. Los españoles hemos sufrido directamente el veneno inyectado en nuestra sociedad por el chavismo o madurismo, a ellos le debemos la creación e impulso de un partido de radicalidad comunista, ha acogido y protegido etarras y defendido el separatismo catalán, por no hablar de su íntima relación con el gran enemigo de España, el Partido Socialista Obrero Español. Han alimentado y fomentado tanto aquí como allí, todo lo que puede hacernos daño y destruirnos. Solo puedo alegrarme con su desaparición.
El rojerío patrio y parte de los moderaditos nacionales, han bramado porque esta acción suponía una violación del derecho internacional. Lo primero es que creo que este concepto de “derecho internacional” es un oxímoron, una contradicción en los términos, no hay derecho sino hay un poder que lo imponga y esto sólo se alcanza si hay un estado con coerción suficiente para imponerlo. No existe un auténtico poder internacional, sino muchos poderes de muchas naciones poderosas cada una con sus intereses. Y esto que ha ocurrido en Venezuela, es una muestra más. Hubo casos semejantes que nadie o casi nadie ha cuestionado. Me refiero por ejemplo al asesinato de Bin Laden en Pakistán por Clinton, o el bombardeo de Sarajevo por la OTAN ordenado por Javier Solana. No creo que sea un argumento válido para criticar la captura de Maduro el decir que se ha violado el derecho internacional. Más bien es la constatación de que éste no existe. Y el lamento de que mi país, a diferencia de otros, no tenga el poder suficiente para hacerse respetar en el concierto internacional.
Por todo ello, creo que la conclusión es que aunque las formas sean discutibles, los españoles que defendemos a España y su integridad, así como los venezolanos y el resto de los pueblos hispanos, debemos estar agradecidos a Trump, y al también hispano Marco Rubio, de habernos librado de una pesadilla.
Ello no es obstáculo para que deje de sentir la humillación de tener que soportar la prepotencia y complejo de superioridad de los Estados Unidos. Y por ello, una vez dadas las gracias por librarnos del dictador , debemos seguir reivindicando con mayor fuerza si cabe, la necesidad de la unidad de los pueblos hispanos, el orgullo de nuestra identidad común y la defensa de nuestra identidad hispana frente a quien quiera borrarla y pisotearla, sobre todo si son coterráneos del General Custer.
