NO SALGO DE MI ASOMBRO.

No salgo de mi asombro. Leo y releo la última encíclica que ha depuesto nuestro Santo Padre. No salgo de mi asombro. Leo y releo la encíclica, o la exhortación apostólica, o lo que quiera que sea el documento denominado “Laudate Deum”, (en cristiano moderno «Alabado sea el Señor») publicado en el día de San Francisco de Asís del annus domini MMXXIII.

        No salgo de mi asombro. Ahora resulta que el Obispo de Roma, sabe de datos científicos y nos los pregona como un dogma de fe. De esa fe que le falta o que al menos oculta, no vaya a pensar alguien que sigue creyendo en cosas tan desfasadas como la Divina Providencia.

         No salgo de mi asombro. O sí, para sentir vergüenza ajena. Me da verdadero rubor leer la sarta de lugares comunes de la dictadura climática expuestos por un amateur de la ciencia, que ni siquiera los expone excesivamente bien. Cuando oigo hablar de ciencia a un Papa, no puedo menos que recordar las censuras de sus antecesores a Galileo por defender determinadas teorías que el tiempo acabo confirmando. Y que llevó a la Iglesia a pedir perdón por la condena injusta que le impuso. Pero parece que no ha aprendido de los errores y sigue tropezando en la misma piedra.   No sería extraño que las teorías y datos sobre el calentamiento del planeta que expone urbi et orbi el sumo pontífice, acaben siendo refutados por otros más precisos, lo que es frecuente en la ciencia. Si esto ocurriera la infalibilidad papal va a quedar por los suelos y su apostólica autoridad va a quedar más o menos como Cagancho en Almagro, es decir fatal.

     Yo creía que el jesuita argentino era un cura venido a más y resulta que es un científico venido a menos, que desbarra como cualquier opinador y tertuliano, llevando al Magisterio de la Iglesia, tan respetado hasta lo presente por mí, a la altura y seriedad del horóscopo de la revista “Pronto”.

      No salgo de mi asombro. No puedo menos que asombrarme de que un cura hable de todo menos de su religión. Que pierda su tiempo en convertir una encíclica en un panfleto de divulgación seudocientífica.  En la exhortación papal, de los 73 puntos que contiene no se menciona la palabra Dios, hasta el punto 60. A Jesús se le menciona solamente 3 veces.   A Nuestra Señora, la Virgen María, el Espíritu Santo, los Arcángeles o los santos (salvo al mismo que le da nombre, que lo cita en el comienzo), ni se les menciona. El término Climático aparece 19 veces y otras tanto crisis climática o clima. Y hasta 14 veces hay referencias a las COP (Conferencias climáticas). 

     No salgo de mi asombro.  El largo escrito es, en mi modesta opinión de pecador, infumable. Acoge como ciertos todos los tópicos al uso de los calentólogos más fanáticos, defendiendo el calentamiento antrópico con ardor y llegando a insultar a quienes lo discutimos, siendo cualquier crítica según su criterio “opiniones despectivas y poco racionales”. Es el origen, sin duda alguna, de la aparición de un nuevo pecado, y al parecer de los gordos, que no es otro que el negacionismo climático. Mañana mismo me confieso.

     No encuentro nada que pueda salvar las opiniones papales. Es un paradigma del naturalismo que su antecesor León XIII condenó como enemigo acérrimo de la Iglesia en su encíclica “Humanun Genus”, donde advertía de que los enemigos de Orden Cristiano estaban ya por aquel entonces imponiendo “ a su arbitrio,  otro orden nuevo con fundamentos y leyes tomados de la entraña misma del naturalismo”. Ese naturalismo que habría de imponer una nueva moral atea, y que parte de que la naturaleza humana y la razón natural del hombre han de ser en todo maestras y soberanas absolutas. ”Establecido este principio, los naturalistas, o descuidan los deberes para con Dios, o tienen de éstos un falso concepto impreciso y desviado. Niegan toda revelación divina. No admiten dogma religioso alguno. No aceptan verdad alguna que no pueda ser alcanzada por la razón humana”. León XIII, parecía describir con ciento cincuenta años de antelación a su sucesor actual en la Cátedra de Pedro. Francisco está impregnado de ese naturalismo que considera que la razón debe salvar la naturaleza y el planeta tierra,  que solo corrigiendo la conducta humana con una nueva ética de la razón se puede cambiar el rumbo de su destrucción. En este proceso Dios no aparece por ningún lado. Ha sido borrado del mapa.

      De lo que más me ha asombrado de la exhortación papal,  es cuando Francisco justifica el vandalismo de los grupos activistas climáticos que están cercanos al terrorismo. Así habla de “las acciones de grupos que son criticados como “radicalizados”. Pero en realidad ellos cubren un vacío de la sociedad entera, que debería ejercer una sana “presión”.  De ello deduce que la Iglesia que dirige Francisco, ya no considera venerables a los que mueren por defender a la fe. Los nuevos mártires son los grupos que se encadenan y pintarrajean cuadros del Museo del Prado. Desalojen ya sin tardar de las iglesias las estatuas de San Isidro, de Santiago y de San Roque, que los anaqueles de los retablos deben ser ocupados por Al Gore, Leonardo di Caprio y por supuesto Greta.  Queda ya muy poco para subir a los altares a Greta Thunberg. A lo mejor no esperan ni a que se muera. Para qué esperar si ya no creemos en la vida eterna

      Con todo, lo más grave de tan execrable escrito no son sus opiniones científicas y de difusión de una nueva moralina medioambiental que sin duda viene a suplir el desfasado y excesivo puritanismo sexual que tanto gustó a la Iglesia en el pasado. Lo más grave es la conclusión a la que llega de que para conseguir detener el cambio climático, (pero también otros fines que coinciden sospechosamente con los objetivos de desarrollo sostenible de la agenda 2030), es imprescindible que alguien ponga orden y consiga acallar a todos los disidentes, pecadores, negacionistas y demás ralea. Y para ello no basta con una nueva censura eclesiástica, ni siquiera la recuperación de la Inquisición. Para ello, según Francisco, es preciso que exista sobre la tierra un poder único y total que con mano de hierro haga entrar en razón a los que todavía dudamos de dichos dogmas. Así, aboga por la implantación de (y copio literalmente) “organizaciones mundiales más eficaces, dotadas de autoridad para asegurar el bien común mundial, ….. La cuestión es que deben estar dotadas de autoridad real de manera que se pueda “asegurar” el cumplimiento de algunos objetivos irrenunciables “.   La nueva misión de la Iglesia en la tierra es ungir un poder temporal global que nos pastoree con mano firme y que tenga autoridad real para imponer su voluntad. Su propósito y objetivo no es luchar por el Reino de Cristo, sino la implantación de una Dictadura global y terráquea de corte naturalista y laica. ¿Será que nuestro Papa ya no sirve a Cristo Rey, sino a la bestia sentada en el trono mundial?  ¿No recuerda esto demasiado al Apocalipsis?

       No salgo de mi asombro. No puedo estar más triste. Yo creía que un sacerdote que considera que en la tierra hay injusticia, nos debería exhortar a rezar y pedir a Dios por la salvación del mundo y de nuestras almas. Yo como católico no puedo sentir más desamparo y desazón.  En qué recodo del camino se quedaron la fe, la esperanza, la caridad, el amor, la oración, la devoción y la realización espiritual del hombre. A este señor no le interesa nada de eso, no le interesa salvar almas, solo salvar el planeta y que haga más fresquito.

EL GRAN APAGÓN

  Hace algún tiempo que no me paseo por el Acantilado. Siento que muchos de los pensamientos e ideas que cada día se pasean por mi cabeza pasan de largo sin dejar el reposo necesario para recogerlas en estas líneas que navegan por la blogosfera. El mundo se acelera de manera vertiginosa y apenas deja espacio para cazar al vuelo alguna de las sensaciones o inquietudes y transformarlas en palabras. Por todo ello tengo la sensación de que cuando quiero escribir sobre algo ya es historia y otro acontecimiento lo sepulta y le hace perder interés.

    Si en general el mundo se mueve muy deprisa, lo de este país en el que vivo  es algo cercano a la locura. Tenemos en el poder unos fanáticos transformadores de la realidad que parecen apurar los días que se han autoconcedido para cambiarlo todo. Pudiera pensarse que saben que ostentan el poder de manera interina y posiblemente ilegítima. Se saben una minoría, y lo son, pero por una extraña conjunción de fuerzas ostentan el poder. Actúan como fanáticos presos de un furor irrefrenable en una carrera de demolición de lo existente y en la creación de la nueva realidad. Nada se les escapa en cuanto a la regulación minuciosa de este nuevo orden que encaja como un guante en la desquiciada agenda 2030.

  Y cuando digo que nada se escapa a su regulación es literalmente así. En su breve estancia en el poder y con su exigua representación en el parlamento, han regulado sobre casi todo y siempre de manera parcial y sectaria. Sin tener en cuenta en nada la opinión de la otra mitad de la población. No me atrevo a hacer un catálogo de sus contrafueros y lindezas legislativas en esta carrera de llegar cuanto antes a la meta que nos espera en la tierra prometida del paraíso progre.

Precisamente estos días andan nuestros dirigentes reunidos en una de las grandes tenidas globalizadoras, que tienen lugar entre Roma y Glasgow, haciendo unos ejercicios espirituales de afirmación de la nueva religión climática, sin que falten el dolor de los pecados cometidos contra el planeta y un decidido propósito de la enmienda para salvar a la humanidad. Si no fuera porque de ello resultan consecuencias nefastas para nuestra vida cotidiana, podría ser enternecedor ver nuevamente mendigando una foto con el septuagenario yanqui, a ese señor a quien un ilustre miembro de la Real Academia acaba de calificar como personaje maquiavélico, malo, chulo, ambicioso, arrogante y cínico. Y todo ello aderezado, tal vez por ser «Jalogüín, con la visita estelar de la reencarnación en una muchacha sueca de la niña del exorcista.

    Por eso creo que ya no queda otra cosa que hacer, al igual que cuando llega un tsunami, que buscar un lugar elevado donde refugiarse, un acantilado lo suficientemente alto donde se pueda sobrevivir el tiempo que tarde en amainar la furia de los elementos. Y no queda otra que sobrevivir y esperar a que, sea dentro de dos años o dentro de veinte, se pueda recuperar el imperio de la cordura y la libertad. Eso sí, haciendo buen acopio de víveres y mantas para aguantar la que nos tienen preparada desde las cumbres del poder mundial y sin olvidarnos de las linternas y antorchas para mejor sobrellevar el gran apagón. A lo mejor acabamos suplicando por un calentamiento verdadero del planeta para no morir congelados.

       La desesperanza es enorme. Con la promesa de levantar un mundo mejor, la barbarie arrasa todos los restos de la civilización que nos habíamos procurado. Estamos en manos de unos iluminados fanáticos, miembros de la secta universal que obedece sin titubeos al Señor Oscuro de Tolkien, al Guardabosques de Jünger y que nos lleva de la mano y sin vacilar a Un Mundo Feliz, a Walden Dos, a Matrix, al que ya nos van introduciendo poco a poco a través del metaverso. Para ello es preciso forzar un gran apagón de la realidad, de la vida, de la verdad, de la memoria y de la luz, para recrearnos en una nueva dimensión donde seremos como un nuevo hombre ya expulsado para siempre del paraíso terrenal pero siendo feliz para la eternidad en un paraíso virtual.

    Reconozco que con frecuencia me siento como un ciclotímico social y paso de la negatividad más extrema  a una euforizante confianza en el futuro. Al menos conservo en los momentos más neutros el convencimiento y la determinación de que algo debe hacerse, aunque sea poco, aunque sea solamente esparcir unas palabras al viento de este triste y destartalado blog que tengo prohijado para desahogos personales y reflexiones particulares.

      Sé que muchas personas que en principio consideran que tengo razón, al menos en algunas cosas, se van dejando arrastrar por la ola, adaptando a la realidad que se moldea poco a poco a nuestro alrededor, y acomodándose al nuevo hábitat, más que nada por la pereza de enfrentarse cada día a todo y convertirse en un estigmatizado socialmente y un casposo reaccionario. Yo lucho contra eso dentro de mí cada día, es decir lucho por no aceptar acríticamente el Nuevo Orden. Por ello estas palabras son de reafirmación, de dejar dicho, aunque no sirva para mucho, que de momento no entra en mis planes claudicar.