HAY QUE VIVIR!

       Aunque el mundo convulsiona y no puedo dejar de mirar desde este mi Acantilado todo lo que es el torbellino de la actualidad, hoy quiero dejar un poco a un lado la vorágine de acontecimientos patrios y foráneos.

Y es que desde hace algún tiempo quiero hacer una especie de homenaje a una canción que he redescubierto. Se trata de una canción que cuando se publicó tuvo un relativo éxito, pero que luego cayó en el olvido, y que hace no mucho volví a escuchar. Y esta nueva audición me dejó paralizado ante la letra de la canción. Comencé a escucharla compulsivamente, diez, quince, quizás treinta veces, reparando en cada palabra en cada estrofa, en cada mensaje transmitido. Y tras ello concluí que esa canción había sido escrita para mí, o tal vez para mi generación, o tal vez para el hombre contemporáneo, que vive sin reparar en su entorno, ni en su realidad. Dicha canción resume muchas de las cosas que creo y pienso y están dichas con un lenguaje poético y directo. Se me ha convertido en un himno personal que en mi opinión debería ser colocado al nivel de los himnos generacionales del bardo Dylan.

     Me estoy refiriendo a la canción “Hay que vivir” del cantautor español Juan Bautista Humet. No niego que de este autor hay otras canciones que me gustan. Me resuenan los acordes  silbados de su magistral “Clara” y otras cuantas. Pero pese a ello nunca lo tuve entre mis cantantes favoritos, sino simplemente como uno más. No está en mi panteón particular colocado  a la altura de Antonio Vega, o de Leonard Cohen, o del propio Dylan de los primeros tiempos. Pero esta canción a la que  me refiero, sí estaría en lo más alto y en un lugar preeminente, porque, insisto, es un auténtico himno de reafirmación

    Desde su inicio esta canción se muestra como un canto  contra la ilusión fantasmagórica de la modernidad. Y paso a explicar lo que quiero decir glosando parte de la letra de la misma. La canción comienza diciendo habrá que hacernos a la idea de que nuestra forma de vivir, ya «no da más de sí«, porque “al sueño americano se le ha ido la mano y ya no tiene nada que ofrecer”. Obviamente el «sueño americano» es la ilusión del progreso  y la modernidad. El “american way of life”, el llamado estado del bienestar, y por extensión el materialismo y el consumismo como proyecto de felicidad, que ya está agotado. Esta ilusión de felicidad material tuvo su apogeo en los años sesenta del siglo pasado y hasta el final de los ochenta y tal vez un poco más, pero ya no sirve. Era aquel tiempo que la felicidad parecía que iba a ser eterna y que nos la proporcionaban las lavadoras y los coches cada vez más atómicos. Pero esto ya no es así, ya hemos comprobado que una televisión de más pulgadas, solamente es eso. No nos hace más felices y sólo da una satisfacción relativa que dura hasta que vemos otra más grande y con mejor color.  Y además hemos ido percibiendo cada vez de forma más intensa la cara oculta de ese consumismo atroz, de esa felicidad impostada de hipermercado.

      Por ello como dice la canción, sólo nos queda esperar a ver si “cede la gran bola de nieve que va creciendo por doquier”, porque debemos hacernos a la idea, debemos comprender que hay que buscar alternativas a este mundo, a esta cultura de la modernidad, que ya está agotada. Pero si esto es así, hay que valorar que la canción no se limita a plantear una crítica de la situación, quedándose en la pura negatividad. Una vez identificado el problema, es decir el diagnóstico, no cae en el pesimismo, sino que por el contrario nos propone soluciones. La más inmediata es la que sugiere el título de la canción: “hay que vivir”, y hay que hay que burlar este futuro que empieza a hacerse como muro que nos impide ser felices. En otras palabras, como diría el castizo, hay que tirar «p´alante”,  es decir hay que buscar los modos de sortear la ola de la modernidad y de la globalización o como sugiriera Julius Evola, hay que cabalgar el tigre.

     Pero si en un primer momento propone una actitud positiva, de navegar la adversidad, no se queda sólo en esto. Va más allá, y así esta canción es un himno de esperanza, y propone una nueva forma de vivir, apuesta por un futuro con nuevas propuestas, con nuevos retos y sustentada en nuevos presupuestos. Una auténtica revolución social y personal. Así en unos bonitos versos, nos dice aquello  que “habrá que componer de nuevo” , «crear nuevas maneras» y “aprender de nuevo a andar”, es decir construir un mundo nuevo sobre las cenizas de éste. Y en este proceso de reconstrucción, hay que hacer “al Sol nuestro aliado” , hay que volver a la naturaleza, al orden natural, alejado de tanto artificio ideológico, y “pintar el horno ajado” , lo que entiendo como mantener y recuperar lo que es válido de nuestro mundo actual, como sería recuperar el hacer el pan en el horno, en vez de comprar todo empaquetado en asépticos envases de plástico. Y sobre todo, nos dice la canción es imprescindible “volver a respirar”,  liberarnos de todos los corsés y limitaciones con que nos oprime el asfixiante mundo moderno. En el mismo sentido propone que hay que “quitar centinelas al parque y a la escuela”,  recuperar nuestra libertad personal, y la de nuestros hijos, de las nuevas generaciones que están amenazadas por un esclavizante adoctrinamiento.

    Pero para mí lo más interesante de la canción es la propuesta para llegar a esta nueva realidad, a esta nueva civilización simple y libre, que hay saber encontrarla, y no basta con subirse a la ilusión de una nueva utopía que llegue de la mano de la modernidad.  Esto es lo que propone por doquier todo el progresismo desde hace doscientos años, que cuando se les desploma un sueño, lo sustituyen por otro y nos tratan de convencer que este ya será el bueno, el definitivo. Vivir de la utopía hasta que la tozuda realidad demuestra que era otra distopía, una gran bola de nieve que acaba inundándolo todo y desmoronándose. El materialismo que lleva en su seno la modernidad, tiene dentro de sí el consumismo y el comunismo, pero ni uno ni otro persiguen liberar al hombre interior, sino sólo entretenerlo. Esta canción propone, no sé si consciente o inconscientemente por su autor, superar la modernidad, por decirlo así mirando hacia atrás, buscando en el pasado, con la vuelta a la tradición. Así dice que hay que “darles a nuestros hijos el credo y el hechizo del alba y el rescoldo en el hogar”. Esto es una invitación a que la nueva sociedad debe girar en torno a la familia, a las creencias tradicionales y a la vida simple, ajena a la vida descarriada de la modernidad. Y por si alguien tiene alguna duda de que esta es la solución, nos dice que se debe alzar “una nueva verdad” , pero esta nueva verdad no hay que buscarla en retorcidas utopías, sino que se encontrara mediante “desempolvar viejas creencias, que hablaban en esencia sobre la simplicidad”. No puede decirse de una manera más clara. Nuestra salvación, como personas y como sociedad, debemos buscarla en las «viejas creencias», que han sido sepultadas bajo el polvo del sucio progreso, hay que desempolvarlas y hallar las respuestas a nuestras preguntas en la Tradición, en la vida simple que nos proponen casi todas las tradiciones que buscan la realización espiritual del hombre, sea el cristianismo, budismo, o cualquiera otra.

Esta canción no es una canción que se pueda considerar como religiosa, no es una canción parroquial, y supongo que nunca pretendió serlo. Pero aun sin quererlo es una invitación a los desencantados de las formas modernas de vida a mirar al pasado y también al interior de cada uno, a la recuperación de la espiritualidad, a disfrutar de las cosas sencillas y la búsqueda de la libertad real. No sé si Juan Bautista Humet, quiso o no transmitir este mensaje que yo percibo. Presupongo que sí, porque era un gran autor. Pero tal vez quería decir otra cosa. Me da lo mismo. La canción dice lo que dice y es una obra que transmite, al menos a mí, una singular emoción. Y si no es lo que quería transmitir el autor, habrá que convenir que por su mano nos envío un mensaje la divina Providencia. Por todo ello, por lo que para mí significa, a veces la escucho, sobre todo cuando voy sólo en mi coche, hasta diez veces seguidas y no me canso de escucharla.

ANTIMODERNOS

  Siento cada día de manera más clara que este mundo en el que vivo no es el mío. Y no es que siga los pasos de Santa Teresa y muera porque no muero, que no tengo vocación de mártir. Tampoco, aunque lo intento, consigo un desapego de las tentaciones que me ofrece el mundo el demonio y la carne .Sobre todo si la carne es de res, – como dicen por la España ultra-atlántica- y va acompañada con un Ribera de Duero. Es algo difícil de explicar, una sensación de ajenidad y de desaliento por partes iguales ante la realidad cotidiana. Es como si fuera montado en un cómodo tren a gran velocidad y bien atendido por las azafatas, pero sabiendo que voy en dirección contraria al lugar donde tengo que llegar.

        Tal vez sea sólo un problema de edad. Voy acumulando ya bastantes años y cada día cuesta más engancharse a las ilusiones que servían como velas que dirigían el barco hacia destinos desconocidos pero emocionantes. Hoy casi todas esas metas se han convertido en puertos inaccesibles, lejanos, y denegados. Algunas veces al llegar a la bocana de un puerto esperado y anhelado me han dado la orden de retroceder, no había tenido en cuenta que estaba reservado el derecho de admisión. Y por fin algunos puertos que sí he conseguido conquistar, rara vez han satisfecho las expectativas que se esperaban durante la singladura.

      Tengo una extraña sensación de querer frenar el curso de la historia, algo así como pretender detener con las manos una riada descontrolada o un alud de nieve rodando ladera abajo por la montaña. El mundo y el modo de vivir que se despliega a mi alrededor no me parece nada sugerente, pero al mismo tiempo no me seduce la idea de recuperar el tiempo ya pasado. Es una contradicción interna que a veces se torna insuperable. No puedo dejar de vivir en el mundo en el que estoy, no puedo prescindir de él,  pero a la vez lo detesto.

   

    Esta contradicción vital no es nada original y ya A. Compagnon en su célebre y excelente libro “Los Antimodernos”, nos advierte que esto era lo que le ocurría a Chateubriand, que era de carácter avanzado y un verdadero hijo de la Ilustración pero su pensamiento era profundamente reaccionario. Para aquel autor , un antimoderno es un moderno a su pesar. Y esa característica de “antimoderno” es lo que lo diferencia de un hombre pre-moderno o tradicional.

     Un hombre pre-moderno es el que vive una vida tradicional, en el sentido de ordenada por la tradición, en nuestro caso católica. Pero podría ser la vida y forma de vivir ordenada por otras tradiciones, siempre fuera de la modernidad, por ejemplo la de un indio piel roja, de un budista tibetano, de un japonés sintoísta. Es complicado definir este concepto, pero podría intentarse diciendo que se trata de  una vida ordenada, de costumbres morigeradas, con la convicción profunda de la religión o tradición espiritual que se trate y una cosmovisión que está centrada en la disciplina y el orden interior y sólo después en los aspectos materiales. En resumen y con una demarcación del concepto por exclusión, serían quienes no comparten los mitos, valores e ídolos de la modernidad. Hoy se puede vivir así, pero es difícil hacerlo salvo con una gran fortaleza interior o bien retirándose a algún cenobio benedictino.

     Por el contrario, el hombre moderno está totalmente desligado de esa visión tradicional del mundo. Busca un continuo movimiento en su pensamiento y en su acción cotidiana desligado de cualquier trascendencia y dando la espalda a toda inquietud espiritual. Como mucho le mueve un impulso intelectual o artístico, aunque la mayoría de las veces es simplemente la búsqueda del mero entretenimiento y llenar las horas con distracciones sin profundidad alguna.

       Y es en este punto donde entre los hombres por decirlo así “modernos”, se dan al menos dos posiciones que los hace diferenciarse y a veces incluso enfrentarse entre sí. Están los modernos que son felices de serlo, que disfrutan acelerando el proceso de la modernidad y saborean cada paso en el sentido que señala la historia. Estos disfrutan tanto de la modernidad que entienden que ese camino es lo que hace progresar al hombre, y frecuentemente se consideran a sí mismos como “progresistas”, impulsadores de ese proceso sin fin de la modernidad. Son aquellos que como decía Cioran creen que la modernidad es la creencia de que el tiempo contiene en potencia todas las respuestas a nuestras preguntas.

     Frente a ellos, está otro tipo de personas que, sabiéndose modernos, y no pudiendo evitar esta condición, no disfrutan de ella. Entienden que es un proceso, el de la modernidad que lejos de mejorar, tiende a destruir al hombre. Que no aporta ninguna respuesta a nada, salvo como mucho a una cierta prosperidad material. Pero no pueden escapar de su propia condición de modernos. Son aquellos a los que Antonie Compagnon califica de “antimodernos”. Dentro de ellos sitúa  al ya citado Chateubriand, a De Maistre, a Proust,  Baudelaire, Bernanos etc, , todos ellos, y dentro del ámbito de la cultura francesa formarían parte de la retaguardia de la vanguardia.

    Salvando todas las distancias, esta posición se parece bastante a la que me toca vivir. Después de lo expuesto creo que me debería considerar enrolado en las levas de los antimodernos. Somos modernos contra nuestra voluntad, y no podemos dejar de serlo porque en el fondo vivimos acomodados en un mundo que no nos trata tan mal como pretendemos, que nos seduce y atrapa, pero que nos deja una profunda insatisfacción. Es frecuente que tratemos de consolarnos con el pasado, en el que buscamos respuestas y ejemplos y sobre todo el momento en el que se torció el rumbo. Decía Sartre de Baudelaire que avanzaba, pero siempre mirando el retrovisor.

    Nuestra posición como antimodernos es complicada, porque somos despreciados por los modernos acomodados, confiados y entusiastas, que nos consideran meros reaccionarios y un poco absurdos, dentro de su posición prepotente de superioridad moral. Y tampoco somos muy apreciados por los auténticos tradicionales, quienes nos ven como simplemente modernos, sin distinguir  entre unos y otros el grado de entusiasmo que la modernidad nos proporciona..

         Al antimoderno  le gustaría poder llegar a ser un hombre que viviera al modo tradicional, pero le es imposible o casi imposible conseguirlo. Ello supondría renunciar a demasiadas cosas que se tienen interiorizadas por muchos años de educación y vida social, fuertes presiones exteriores e interiores. En suma, un cambio muy profundo que no es cómodo acometer. Y eso supone que vive con una contradicción interna que muchas veces conduce a la melancolía y el pesimismo. Y habitualmente desemboca en una posición puramente estética, cosmética, de mera pátina exterior, que a menudo culmina en el dandismo e incluso la extravagancia.

      Y es que la mayoría de los que militamos en la antimodernidad somos más o menos conscientes de que en muchas ocasiones vivimos en la paradoja que angustiaba a Chateubriand, quien escribió pleno de sinceridad: “defiendo una causa que si triunfara se volvería de nuevo contra mí”, para luego añadir “si gano, pierdo”. Pero pese a todo hay un imperativo ético que nos lleva a defender lo que consideramos que es más correcto, incluso a costa de los que nos resulte más gratificante y a costa de poner en riesgo nuestra confortable existencia en la modernidad.