CONVERSIONES CONTEMPORANEAS

 El día 25 de enero comencé este escrito. En el santoral católico este día es el de la conversión de San Pablo. Sí ese cambio súbito de bando que llevo a Saulo, en el camino de Damasco, a decidir que en vez de perseguir a los cristianos iba a unirse a ellos y más que eso ser el auténtico fundador de la Iglesia como institución, que realmente no la creó Jesucristo, sino este fariseo reconvertido.

  Y desde entonces, y seguramente ya antes, ha habido miles de conversiones, o desde otro punto de vista de traiciones. Porque todo depende de la perspectiva desde la que se mire el cambio de bando, si el convertido se une a los tuyos es una iluminación, una auténtica conversión, un descubrimiento de la verdad y el camino correcto. Si por el contrario el cambio es para abandonar tus huestes y pasarse al contrario, no se trata de un converso, sino de un traidor. Audax, Ditalco y Minuro son para nosotros traidores por asesinar a Viriato, y también para Roma que se negó a pagarles por su traición (Roma traditoribus non praemiat). Y también es un traidor y no un converso el Conde Don Julián que propició la pérdida de España y su entrega a los musulmanes.

    No creo que sea buena idea el hacer catálogo histórico de chaqueterismos, que es como las llamamos cuando las conversiones no son sinceras, sino interesadas.  El prototipo de la adaptación a las circunstancias, al menos en los personajes históricos de los que yo tengo noticia, fue Fouché, que pasó del seminario a trabajar para revolución francesa que decapitó al Borbón, y luego trabajó para el Directorio, el Consulado, el Imperio napoleónico y finalmente fue ministro en la restauración borbónica de Luis XVIII. Su vida narrada por Stefan Zweig, es una de las biografías más apasionantes que recuerdo haber leído.

    En un lugar destacado del pódium de las grandes conversiones de la historia,  ya debemos colocar la que hemos observado en los últimos tiempos en una parte significativa de los magnates y poderosos dominadores de la economía y las nuevas tecnologías. El cambio de bando de los  Jeff Bezos, Mark Zuckerberg, y el “googleiano” Sundar Pichai, ha sido muy, pero que muy llamativo. Ha sido realmente sorprendente ver a todos estos, hasta hace poco perseguidores despiadados de los enemigos del wokismo, sentados a la derecha del padre Trump en su reciente toma de posesión como presidente. Realmente ver para creer. Todos ellos, como Pablo, perseguían a los que ahora parecen defender. Como Pablo perdieron la vista, y la recuperaron por la milagrosa intercesión de Donald (no el pato, sino el otro).

    Ahora Zuckerberg reniega de su pasado y declara que fue obligado a censurar en Facebook e Instagram todo lo que negara la “plandemia” y todo lo que los bienpensantes progres decidían que les perjudicaba. Y con cara de “yo no fui”, alega que así se lo mandaron desde el gobierno socialista de Biden. Que solo obedeció órdenes. Fue un mandado, pero ahora con un dolor por sus pecados encomiable, promete no volver a hacerlo y devolver a sus juguetitos a la pureza original. Arrepentidos los quiere Dios. Aunque no sabemos cuánto le durará el propósito de enmienda censuradora. Tal vez hasta que los demócratas recuperen la Casa Blanca.

     Lo cierto es que en su conversión ha cantado de plano y ha reconocido por un lado que sus plataformas censuraban, y que lo hacían con un criterio ideológico y que lo hacían para defender unas determinadas posiciones políticas. En fin, lo que veíamos todos, pero ahora reconocido por el dueño del “tinglao”.

    Quizás alguien que haya permanecido leyendo este escrito hasta este punto, superando  con creces los primeros ciento cuarenta caracteres, haya echado de menos en este escrito alguna referencia a Elon Musk y su Twitter (ahora llamado “X”). No es un olvido involuntario, sino consciente. Y ello porque no creo que deba incluirse en el mismo saco que los otros que he citado anteriormente. Su conversión, no sé si es más sincera que la de los otros, pero al menos sí fue anterior. Los otros tres se han subido al caballo ganador, es decir una vez que Trump ganó las elecciones y era el nuevo POTUS, todos ellos se arrimaron a él, y renegaron de sus jefes anteriores. Y como USA sí paga traidores, han sido admitidos todos ellos en la camarilla del nuevo poder. Saben que, como reza el sabio refranero, quien a buen árbol se arrima buena sombra le cobija.

     El caso de Musk, a mi entender, es algo diferente. Su conversión fue anterior a que Trump ganara las elecciones, apostó por él cuando no estaba nada claro que fuera a ganar. Y aunque es un magnate igual o más poderoso que los anteriores, su conversión sí parece sincera. Y su arrepentimiento también. Por ello es el más odiado por la progresía. Realmente el cambio experimentado por Twitter después de ser adquirido por Musk fue espectacular. De un plumazo desapareció la censura y la cancelación de todo aquel que pensara diferente. Dejó de ser un coto privado de señoritos progres en el que sólo ellos podían opinar, e imponer tendencias. De pronto se podía hablar de casi todo, sin que salieran los moderadores de opinión para censurar y borrar discrepantes. Puede que ahora sea todo más descontrolado en X y que haya también algún efecto indeseado, pero sin duda hay mayor libertad. Por supuesto, quienes no pueden soportar que haya opiniones diferentes a las suyas, han abandonado en masa esta red social y se han refugiado en una reserva para progres y wokistas llamada Bluesky, fundada por Jack Dorsey (creador de Twitter), pero ahora capitaneada por una joven y brillante ingeniera “comme il faut” , que ya ha llenado su red de moderadores ávidos de acallar a los discrepantes.

        Lo que más me divierte de todo esto, es que muchos de los que antes eran felices con el apoyo incondicional de todos estos poderosos magnates, cuando han decidido defender otra opción política, han pasado a demonizarles. El señor que tenemos presidiendo el gobierno de España, desde la conversión, les llama la “tecnocasta  de Silicon Valley”,  e incita a una rebelión contra ellos porque son unos poderosos multimillonarios que utilizan su omnímodo poder para apoyar determinadas opciones políticas. ¡Otra iluminación! Otra recuperación súbita de la vista que le ha revelado que hay unos tenebrosos  y superpoderosos magnates que nos controlan y nos dominan. Lo más curioso es que ha sido una recuperación de la vista que podríamos llamar “estrábica”, parece que solo enfoca el ojo derecho y con el izquierdo sigue sin ver los supermagnates progres que siguen apoyando sin fisuras el globalismo. Atended bien, que es importante no equivocarse. No son “tecnocasta” ni Bill Gates,  ni su ex esposa Belinda, ni su siniestra fundación. No es «tecnocasta»  el hiperwokista y blasfemo  Reed Hastings, todopoderoso dueño de Netflix.  Ni por supuesto es un enemigo del pueblo el siniestro George Soros, ahora ya su hijito, de quien el presidente español es un convencido esbirro. Contra todos estos no hay que rebelarse, sino aceptar que su inmenso poder es benéfico y conveniente.

     Pero como hoy este escrito va de conversiones, no quiero dejar pasar la ocasión de mencionar dos, que sí realmente me han impresionado en los últimos tiempos, por ser unas conversiones, por decirlo así, anticíclicas, contrarias al signo de los tiempos, aunque en ambos casos parecen más bien procesos lentos y meditados que súbitas iluminaciones.

        La primera de ellas es la conversión al catolicismo del actual Vicepresidente de los Estados Unidos, J.D. Vance. A diferencia de otros políticos de familia católica, como los Kennedy, Vance nació en una familia cristiana, pero no católica, y reconoce haber pasado por un largo proceso de indiferencia religiosa e incluso de ateísmo furioso. Sin embargo, tras un proceso intelectual, en el que se encuentra con la obra de San Agustín, decide bautizarse. Según manifestó en una entrevista Agustín le mostró de manera conmovedora que la mentira según la cual hay que ser estúpido para ser cristiano, en la que creyó durante gran parte de su vida, era falsa. Y lo más interesante es que fruto de esta conversión a la fe católica, ha mutado sus posiciones políticas, abandonando el liberalismo furibundo, un liberalismo que ha devenido en el fomento de un individualismo a ultranza que solo puede ser sostenido por un Estado totalitario. En ese sentido, para Vance, el Estado norteamericano se encuentra a merced de un capitalismo corporativo global que va fraccionando toda la sociedad y que, haciendo uso de las nuevas tecnologías, polarizan y embrutecen. Nihil obstat.

  La segunda conversión que me ha llamado la atención es la de un escritor que me tiene fascinado últimamente, que es Jon Fosse, premio nobel de literatura de 2023. Parece ser que este escritor noruego ha llegado al catolicismo ya en la cincuentena, en un proceso de búsqueda de la espiritualidad, tras un proceso vital destructivo por el alcoholismo y la depresión. Y parece que entendió que el camino de espiritualidad que más se adecuaba a su búsqueda era el que le proporcionaba el catolicismo del que sintió fascinación por su  liturgia y por la forma de oración a base de mantras o repeticiones, tal y como se efectúa el rosario cristiano o cómo propone la filocalia. Ha escrito  un libro sobre esta conversión que titula “el misterio de la Fe”, que creo que no está publicado en español. Confieso que lo único que he leído de él, ( aparte de la visión del reciente estreno en Madrid, de su obra “Viento Fuerte”), es la fascinante novela en siete partes titulada “Septología”, la cual es un prodigio de buena literatura, pero también un libro profundamente religioso, con una religiosidad que se acerca mucho a mi forma de entenderla. Quizás porque, aunque yo haya sido criado en una familia católica, también tengo algo de converso. O al menos de no desfallecer en la búsqueda de la fe, ya en la edad tardía, la cual espero encontrar cualquier día. Incluso ya hay días que creo haberla encontrado.