Carta abierta a la Sra. Chimpún Pardo.

    Estimada Sra. Chimpún Pardo,

     Soy un ciudadano español y quiero pedirle disculpas. Pero no por lo que Ud. solicita de los españoles y por todos ellos a nuestro Rey. Le pido disculpas por ser incapaz de memorizar su nombre y de transcribirlo correctamente. He visto un simpático video en Tic-toc, esa plataforma maléfica que nos llegó de la China, en el que nos indica cómo debe pronunciarse su nombre correctamente y tras oírlo varias veces y varias vacilaciones (Cheimpaun, Champún, Champéin)  he decidido que la grafía que mejor coincide con su apellido es Chimpún.

        Mi idioma, que casualmente por un error grave de la historia, es también el suyo suele pronunciarse tal como se escribe, por lo que yo me tomo la licencia contraria, de escribir su nombre tal y como lo oigo pronunciar. Es una costumbre de por aquí la de españolizar los apellidos extraños y así, el nombre inglés Malborough, pasó al cancionero infantil como “Mambrú”, o el nombre náhuatl Malīntzīni, se convirtió en la Malinche.  Por ello espero que no le moleste. Pero si le molesta, realmente me importa una higa, ya que poco me importa la opinión de una señora tan maleducada y ofensiva.

     Tengo menos problemas en pronunciar y escribir su segundo apellido, que es Pardo, es decir un apellido de innegable origen hispánico, que comparte por ejemplo con mi admirada Doña Emilia Pardo Bazán. Pero no nos engañemos, no se trata de un apellido que la señora Chimpún ostente por algún español ido a México, como por ejemplo le ocurría a su antecesor el señor López. La trazabilidad de su apellido es más compleja, porque se trata de una descendiente que conserva ese gentilicio en su familia desde hace quinientos años que fueron expulsados de Sefarad.  Vamos atando cabos, señora Chimpún.

   Por sus últimas declaraciones sabemos que cojea bastante en el conocimiento de la historia del país que preside. Su compatriota Eduardo Verástegui, le ha tenido que corregir en lo que antes era twitter varias imprecisiones por históricas y recordarle, por ejemplo,  que los Méxicas fundaron Tenochtitlan en 1325, no fundaron México, o que  en 1521 cayó Tenochtitlan, no México y otras varias por el estilo, que en mi caso sería un error comprensible, pero que en el suyo, señora Chimpún, es imperdonable.

     No era santo de mi devoción su antecesor, el señor López, también conocido, por “Malo”, perdón por “Amlo” (¡ay, esta dislexia!). Pero este señor, aunque odiaba como Usted a España y a los españoles como reconoció en privado a un político manchego, no cometía esos deslices históricos.  Y aunque renegara de la tradición española, era un innegable hijo de la hispanidad, que se manifiesta en la “ínclita  raza ubérrima, sangre de Hispania fecunda” como la definiera Rubén Darío, o dicho en español de andar por casa y sin la prosapia modernista, en la mezcla de la sangre de origen americano precolombino  con la de sus abuelos cántabro-astures.

  Pero usted señora Chimpún, ignora la historia de su país, y sólo recoge el resentimiento que navega por las venas de sus correligionarios políticos, que allende y aquende los mares, rezuman por todos sus poros la mala baba de la leyenda negra. Con ella dan una explicación a la incompetencia de sus inmediatos predecesores en el cargo.  De esos malhadados gobiernos criollos que solo supieron empobrecer al pueblo a costa de trabajar para intereses extranjeros. De la insoportable violencia y corrupción. De los robos de niños para abastecer a los pederastas de más allá del Río Grande. De la humillante claudicación ante su vecino del Norte, que les robó la mitad de su territorio y les desprecia y pisotea.

     Podría argumentar que por esta parte europea de “hispanosfera” las cosas no han ido mucho mejor y que tampoco estamos para tirar cohetes. Y en eso tendría razón, pero con una diferencia importante y es que desde aquí no le echamos a los de allí la culpa de los que nos pasa a nosotros. Y podríamos hacerlo, porque nada más fácil que inventarse un agravio histórico. Por ejemplo, podríamos argumentar que nuestra decadencia es porque después de apostar por un proyecto común y derramar lo mejor de nuestros esfuerzos en crear una comunidad fuerte de intereses, a mitad de camino, cuando creyeron que ya eran capaces de gestionarlo todo por su cuenta se bajaron del barco y abandonaron el proyecto. Dicho en castizo podríamos desde aquí reprocharles que nos dejaron colgados cambiando el proyecto hispánico por el iluminista masón que obedecía a intereses anglosajones.

    Pero lo que ahora no vale es decir que, como no les ha salido bien el andar por su cuenta, la culpa de España y de sus reyes. Es algo así como un hijo que una vez emancipado, si no consigue vivir como le gustaría, culpa a sus padres de no haberle dado una buena educación o de no haberle exigido que se formara lo suficiente. O simplemente le culpa por haberle parido. La ingratitud no tiene límites y es un deporte universal lo de utilizar argumentos y excusas para culpar a otros de los propios fracasos. Señora Chimpún, ya es hora que cada uno asuma sus propios éxitos y sus propios errores. Sería lo lógico después de doscientos años de independencia.

      Y dicho lo cual, me vengo arriba, y desde aquí le pido, estimada señora Chimpún, que, desde su posición actual, pida perdón a España por dejarnos en la estacada cuando más les necesitábamos. Por su ingratitud y por su resentimiento. Por divorciarse de la hispanidad para irse con una novia progre que le prometió el oro y el moro y ahora le humilla y desprecia.

    Como comprenderá, Señora Chimpún Pardo, estoy bastante ofendido como español por su desaire al Rey de España al no invitarle a su entronización republicana. Y por esa exigencia impertinente de pedir disculpas por el pasado.  No voy a recordarle las muchas razones por las que no es procedente esa exigencia, porque no las entendería, ya que no hay peor sordo que el que no quiere oír.

     Pero por otro lado le doy las gracias porque ha generado una reacción contraria a lo que pretendía. Gracias a Usted se ha enardecido el orgullo de ser español y una enorme parte de la opinión pública española ha reaccionado a favor de nuestro rey y de la reivindicación de nuestra historia. Gracias a Usted  y su desaire, estos días es una conversación común la reivindicación de Hernán Cortés y de toda la labor de Castilla en América. Es justo lo que necesitábamos, una ofensa exterior que espolee a los adormecidos españolitos. Y sobre todo porque nadie se ha enfadado con los mexicanos en su conjunto, sino solamente con su ínclita persona y con el resto de secuaces de su misma cuerda ideológica. 

      Y sepa señora, que gracias a Dios, esto no sólo ha ocurrido aquí, en la parte europea de nuestra comunidad. Personas tan mexicanas como el ya citado Verástegui,  publica en X : “¡No hay que pedir perdón hermanos! Los hijos de los que se quedaron estamos aquí, los descendientes de los conquistadores estamos aquí. No vamos a pedirnos perdón a nosotros mismos”. Todo este lamentable episodio no ha hecho más que recordar y afianzar el hermanamiento de españoles y mexicanos y que no deberíamos consentir que ninguna señora Chimpún venga a romperlo.

      Para terminar esta carta, quería que, si a bien lo tiene, me aclare una pequeña duda, una sospecha que me corroe.  Y así,  por la presente le pregunto, Señora Chimpún Pardo, honorable presidenta, si la inquina al Rey de España realmente le viene por México, o más bien se trata de un resentimiento centenario recibido de su señora madre. Los judíos tienen esa costumbre de no olvidar y casi nunca perdonar. No olvidaron nunca que procedían de las tierras circundantes a Jerusalén, y allá que fueron a instalarse dos mil años después de abandonarla. No olvidaron que fueron expulsados de lo que llamaban Sefarad, y que dicha expulsión fue una decisión personal de la Reina Isabel de Castilla. Tengo para mí, que ahora se le ha presentado una ocasión de exteriorizar todo su rencor personal, que no tiene nada que ver con el interés del pueblo mexicano y sí con su tradición familiar sefardí, y le han servido en bandeja de plata la ocasión de tener una venganza mezquina.   

    Señora Chimpún, voy a acabar esta carta con un deseo, y es que tenga éxito, porque eso será lo mejor también para el pueblo mexicano; con un consejo, y es que mire a los mexicanos y a los españoles, y comprenda nuestra bonita hermandad y no la destruya en nombre de supuestos agravios y por último, si me lo permite, o si no me lo permite también, con un verso del ya citado Rubén Darío, que no era español, sino nicaragüense:

           “Abominad las manos que apedrean las ruinas ilustres”.

En Madrid, a treinta de septiembre del año del señor de dos mil y veinticuatro. Festividad de San Jerónimo.

Fdo. CMG.

CITIUS, ALTIUS, FORTIUS…

     Languidece el verano. Septiembre, en este año de 2024, ha llegado como lo hace todos los años, es decir cuando termina agosto. Y como todos los años, el vendimiario nos trae la llegada del otoño, el equinoccio, el atardecer del año.

    Gracias a Dios todavía hay cosas como estas en las que podemos confiar. Por debajo de la mutabilidad de los avatares atmosféricos, de la temperatura y de las lluvias, que cada año se presentan de manera caprichosa y diferente, hay una inmutabilidad casi geométrica de la astronomía. Los días son más cortos y las noches más largas, la inclinación del sol hace languidecer los días y alargarse las sombras. Las constelaciones acuden a su parcela de cielo con una disciplina y puntualidad suiza, con la misma parsimonia de todos los años, Capricornio, Escorpión, Sagitario se pasean por el horizonte. Gracias a Dios que hay algo permanece inmutable, como si fuera el esqueleto que sustenta la realidad, y a ello podemos asirnos para navegar entre tantas mutaciones y cambios que nos empeñamos los hombres en imponer de manera obsesiva en nuestras vidas.

    Resulta una tragedia que nos tengamos que refugiar en lo obvio para poder mantener la cordura, que tengamos que asirnos a la realidad de la luna llena iluminando la noche cada veintiocho días, a confiar en la tenacidad de las mareas y en la volubilidad de los vientos. La naturaleza se nos ha quedado como lo único en lo que ya podemos creer, en la soga a la que nos aferramos, como una verdad absoluta, para no caer en el precipicio de la locura y en la tiranía de la relatividad. Es la naturaleza el último resorte de la realidad. Fuera de esto todo es variable y mudable, nada perdura. Es el reino de la subjetividad, donde todo es relativo, cambiante y opinable.

        Pero lo más reconfortante es que pese a todo, pese a toda la insistencia por acelerar los procesos de nuestras vidas y de nuestra historia, el tiempo sigue siendo el mismo. La Naturaleza sigue su ritmo inmutable, aunque los acontecimientos humanos se hayan despegado de ese ritmo natural.  Ya lo decía el sabio refranero español, no por mucho madrugar amanece más temprano. Sigue amaneciendo cuando tiene que amanecer, aunque corramos desaforados para conseguir todos nuestros objetivos vitales y nos veamos en los atolladeros diarios de los horarios, los atascos y las ansiedades. Los días son todos iguales pese a que los atiborremos de contenidos.

    Una de las patologías de esta civilización que tenemos, es la aceleración de la vida, la obsesión por la rapidez y la inmediatez de todo. El mundo moderno adora la rapidez, la velocidad, la impaciencia. No es casualidad que el mito olímpico de la modernidad, tenga el prometeico lema de «Citius, Altius, Fortius», es decir más rápido, más alto, más fuerte.

    Recientemente he leído un elogio encendido de la lentitud. Se trata de un ensayo de un autor francés, Laurent Vidal, titulado precisamente así “Los Lentos”. El autor sostiene que precisamente el mundo moderno se ha cimentado en una continua aceleración y obsesión por la velocidad, lo que comparto sin discusión. Así como que este mundo ha ido dejando de lado a los que considera lentos, premiando y fomentando a los rápidos, los resolutivos y los irreflexivos. Esto significa que durante los siglos que ya llevamos de modernidad se ha relegado a los metódicos, a los concienzudos y premiosos. Simplemente no encajan en el sistema productivo, que ha encumbrado la rapidez de la producción como un símbolo de progreso y eficacia social y desde luego como la fuerza motriz del capitalismo.

      Interesante planteamiento que desvela que el mundo moderno y capitalista de Occidente sería impensable sin la aceleración como patrón rítmico de la vida. No comparto sin embargo lo que este autor francés considera como origen de la aceleración del mundo moderno, que para él surge de la asociación que hizo en su día el cristianismo de los conceptos de lentitud con  pereza, y  por tanto considerar a la primera como un pecado capital. No me parece acertada esa causa porque esto supondría que serían acelerados por igual todos los países de origen cristiano tanto católicos como protestantes y esto ya no lo comparto. En mi opinión la aceleración es fruto del capitalismo industrial, o si se prefiere alterar los términos el capitalismo industrial es fruto de la aceleración, ya que se retroalimentan uno y otro. Sea como fuere desde que comienza ese proceso de modernidad van de la mano la velocidad, el capitalismo, la producción en masa, la generalización de la maquinización,  la necesidad de llegar antes y como consecuencia de ellos los automóviles y aviones cada vez más rápidos. Y se hace circular todo, tanto el dinero, como la información, las mercancías, e incluso las enfermedades y epidemias por cualquier confín del planeta a una velocidad de vértigo.  Pero en mi opinión esa  aceleración se muestra de manera más intensa en los países de origen protestante, y tiene su origen y desarrollo en esa ambición de enriquecimiento rápido y acumulación de riquezas que deriva de la ética protestante y calvinista, como ya demostrara Max Weber. Esta y no otra es la verdadera raíz del ritmo demoníaco y desquiciado del mundo moderno.

     Sea cual sea su origen, la obsesión por la velocidad hoy afecta a casi todos por igual a los llamados países occidentales. Y en todos ellos los individuos considerados lentos, siguen siendo discriminados por su parsimonia vital que no se acomoda al ritmo frenético de la vida moderna. Y por extensión algo parecido ocurre con los pueblos que, por decisión, por historia o por clima deciden vivir a un ritmo más pausado, más lento o más contemplativo. Enseguida aparecen los supremacistas de la acción para considerar a esos pueblos o gentes más lentos en su vivir,  como vagos o gandules, cuando quizás no hacen otra cosa que mostrarnos la forma en que deberíamos vivir los demás. Pero esos sambenitos son difíciles de quitar, y si no que se lo digan a los andaluces y en general a los españoles y también a algunos pueblos de Centroamérica, que tienen que cargar con esos tópicos creados por  los muy atareados y atolondrados hombres modernos.

     Y es que la lentitud siempre es relativa, depende de con qué se compare. Aunque vayamos por la carretera a ochenta kilómetros por hora, que es una velocidad enorme, siempre parecemos lentos a los ojos de los velocísimos conductores que nos adelantan con desprecio.  Pero sobre todo, a mi juicio, la lentitud debe de ser liberada de todos los adjetivos peyorativos que suelen acompañarla y que no son sino una campaña de difamación de los fanáticos de la velocidad. Lentitud no es desidia, ni vaguería, ni pereza, ni indolencia. Por el contrario, lentitud es reflexión, trabajo concienzudo, contemplación y armonía con los ritmos de la naturaleza.

      La poesía es lentitud. Es contemplación. El arte todo, si es verdadero arte, es lento. Es un acomodo a los ritmos naturales del universo, que no son lentos ni rápidos, simplemente son los que son. Pero que, hay que reconocerlo, muchas veces nos impacientan.

      La lentitud agranda los espacios, ya que si los recorremos más despacio se hacen más extensos y precisos. La velocidad por el contrario encoge la geografía, la ignora al atravesarla sin reparar en los detalles, solamente como un trámite que hay que cumplir para llegar cuanto antes al destino. Y lo mismo ocurre con el tiempo, quien recorre con lentitud las horas las saborea, puede recrearse en los detalles, puede detenerse en las sensaciones de cada momento. Quien vive deprisa puede hacer muchas cosas, pero la mayoría sin reparar en ellas, de manera distraída y mecánica. La lentitud suprime el aburrimiento, que llega cuando no hay nada que hacer por haberlo hecho todo demasiado rápido.

    La moraleja de todo lo anterior, no puede ser otra que una recuperación de la consciencia en la vida diaria, una llamada a la calma y a la acomodación de nuestro actuar a los ritmos naturales, a las estaciones,  y a la relajación de la acción y a huir de la hiperactividad, aunque ello suponga que tenemos que renunciar a parte de los objetivos que nos proponemos y que su obtención implica un sobreesfuerzo de aceleración. En resumen, un caminar a ritmo lento y reflexivo, en la búsqueda de la paz interior y de la vida simple. Propongo modificar el lema olímpico, conocido de Citius, Altius, Fortius, por el de «tardius, patientius, sapientior», que podría traducirse por «Más despacio, más paciente, más sabio»