Vieja casa que en Castilla me esperaba
y abrazaba alborozada mis regresos infantiles
cuando la escuela dormía en eternos estíos.
Hoy palpita en mi memoria
como un cofre de furtivos recuerdos
que guarda voces apagadas
enredadas en el eco travieso de los duendes
que escondieron del olvido aquella patria de mi niñez.
Varada lejos del mar,
entre jaras, encinas y retamas,
en un pueblo ya olvidado por la historia,
con ventanas que admiran la llanura
y al sol besando el horizonte al nacer.
Hasta su puerta partida bajo el dosel de una parra
llega el tañido de las campanas envueltas en la brisa
y el chasquido de las herraduras en los cantos rodados.
Desde el ventanal se atisba el océano de trigales
surcados por veleros tranquilos que sombrean un río indeciso.
Cristales soñadores tras los visillos
nublados por la polvareda de los rebaños
que acompasa el tintineo de las esquilas
y el rumor de carros cargados de mieses
que arrastran con parsimonia el verano.
Las nubes pasan como bandejas de espuma
sobre el corral donde un viejo mastín
vigila mi imprudencia infantil de derrochar el tiempo
alborotando el plácido zureo de palomas
tras la merienda de pan con membrillo
en un huerto con olor a higuera y laurel.
Guarda en sus muros el sabor de la tierra mojada
y en sus raíces, silencios ancestrales dormidos,
leyendas escondidas en las oscuras alcobas
que despertaban entre susurros
durante las largas siestas de agosto.
Es mi casa la mirada indulgente de mi abuelo,
el cacharreo de mi abuela trajinando,
el olor de las castañas en la lumbre,
el de hogazas crujientes de sartén calentando la fría madrugada,
el de los dulces de almendras machadas con paciencia,
el olor de la vida a fuego lento
en un puchero sin tiempo cabalgando las trébedes.
Cumbres de arcilla sobre cerchas de amor
lienzos de barro y piedra abrigados de cal,
y el musgo en el alféizar para adorar al Niño
en aquellas navidades de villancicos de escarcha
que conducían con el humo al cielo mis plegarias
con el fervor de la leña crepitando en la lumbre.
Tiene mi casa el color de las uvas madurando,
y el frescor del agua que en baldes de latón
emerge del pozo para reposar en las tinajas.
Cobija mi casa un desván, escondite de recuerdos,
donde juega mi disfraz de monaguillo
con un caballo de cartón que cumple años conmigo
para recordarme que siempre seré un niño,
que seguiré apacentando bogallas y bellotas,
y apostando a la taba ser un fiero rey o un fiel verdugo.
Es mi casa con ventanas a Castilla
el puerto umbrío que arribo cuando el sol abrasa
y el amor de brasero cuando tirita la noche estrellada,
y el inventario de vidas en las tertulias
en el fresco poyo de piedra que sujeta su fachada
respirando la brisa agradecida de las noches de verano.
Mi casa, de fríos suelos, cobija en sus techos
tesoros que danzan a resguardo de los esquivos gatos.
Mi casa se enciende de velas implorando piedad a la tormenta,
guarda cántaras de amor, vino y aceite,
y agua bendita para lavar los pecados que nadie sabrá,
y que callará, sin desvelar que nos ha visto nacer,
soñar, rezar, amar y morir en jergones de lana.
Era mi casa badila, cisco y ceniza
en el cálido tabernáculo del invierno
donde humeaban las legumbres junto al pan
en una transmisión circular de amor.
Tus paredes saben del dolor de las ausencias,
del temor a la sequía y al granizo
del color de las mañanas de los soleados domingos
y de la voluntad de virar a sotavento con los suspiros
de los cuerpos juveniles camino de la iglesia.
Mi casa, abrigo del viento solano
confidente de mis primeros versos,
despensa de cuentos, alacena de refranes,
trojes de cantares, paneras de nostalgias.
Santuario protegido por las palmas bendecidas,
cerrado refugio de las conciencias
encamina a las almas cansadas que quieren partir
por la trocha hacia el cielo de la chimenea,
por la que regresan a vigilar nuestro sueño,
a susurrarnos palabras de esperanza
durante la duermevela del monótono rosario.
Mascarón es mi casa que navega el tiempo,
crucero naufragado de mis sueños juveniles,
ya no hay tripulantes que te insuflen vida.
Tus capitanes partieron para siempre. Y yo,
que fui un pequeño grumete navegando tus pasillos
arribé en otro puerto, desde el que te añoro.
Al fin ya somos viejos los dos,
compartimos la misma soledad,
vacías quedaron tus estancias, vacía mi alma.

CODA.- La I.A. ha hecho el siguiente sumario de la poesía, que me ha parecido interesante añadir, para que digáis si estáis o no de acuerdo con este resumen y os parece acertado o no:
«El autor evoca su antigua casa en Castilla, llena de recuerdos infantiles y vívidas imágenes de la vida rural. La casa atesora momentos de familia, tradiciones, y paisajes. A través de la nostalgia, el autor reflexiona sobre el paso del tiempo y la soledad compartida con su querida morada».
