He visto en mi vida muchas corridas de toros. He disfrutado de la emoción de momentos memorables que siempre recordaré y otros que no los recuerdo ya, pero que los saboreé en su momento, luego se disolvieron en el viento, al modo de una sinfonía o un bello poema recitado. Recuerdo haber disfrutado desde mi modesta localidad de la andanada en Las Ventas de la mano desmayada de Joselito, la variedad estética de Esplá, el temple clásico de César Rincón, la emoción vertical de José Tomás y tantos y tantos otros que no puedo traer aquí. Pero de todas las bellas luchas (la tauromaquia no es otra cosa que una pelea), me quedo con la última faena que he visto, y es la que saboreé hace unos pocos días y que todavía me tiene encogido el corazón y arrebujada el alma como un capote de áspero percal dibujando una media verónica. Y no es otra que la que tuvo a bien regalarnos el inigualable Morante de la Puebla el último día de la Hispanidad.
Seguramente no será la mejor faena que he visto, ni la más redonda, y por ello considerarla como la “mejor” sería injusto. Estoy casi seguro de ello. Pero también me atrevo a asegurar que mientras viva no podré olvidar un momento tan memorable como el del último toro de Morante y tras el cual, de manera sorpresiva, al menos para mí, se cortó la coleta. En esta faena , como en una conjunción perfecta de las esencias del Toreo, se dieron la mano la emoción, la lucha encarnizada, el arte y la precisión técnica, rematado todo ello con la referida y sorprendente decisión de cortarse la coleta y dejarnos tras la gloria del éxito, huérfanos de su arte para siempre.
Tengo todavía la emoción erizándome la piel. A cada momento quiero recrear en mi mente esa mano baja de un artista dibujando una lentísima elipse en el viento, acompasando los latidos de mi corazón con la furia dominada que embiste para matar. Quiero ver una y mil veces en mi cabeza, esa verdad del dolor de la lucha, del héroe maltratado por la fiera que se recupera de los revolcones que le da el astado, como si fuera un ciego destino, para volver a imponer su ley. Fuerza y arte, emoción y verdad. En un mundo de sucedáneos culturales, y de trampantojos de la realidad, emerge una visión hercúlea de un titán encarnado en un hombre que por su propia voluntad desafía los límites de la naturaleza, con una liturgia incomprensible arriesga su vida. Es tan cierto, hay tanta verdad que sólo puede generar asombro y admiración en todos los que desde la barrera cumplimos nuestra misión de saborear y deleitarnos con los sublimes efluvios que destilan un trozo de tela, una espada y hombre vestido con la luz del sol, encarnando un arquetipo del hombre primigenio, habitante por un rato de la edad de oro, donde el lenguaje es poesía y la lucha contra la adversidad y la decadencia, puro arte y belleza.
Han pasado varios días y sigo temblando ante un ejemplo depurado de la épica que, por otro lado, siento que para casi todo el mundo es algo incomprendido. En redes sociales, leí algún comentario en el que le tachaban de “asesino”, y comprendí que esta épica no es sino un pésimo ejemplo para el hombre contemporáneo, es decir para un tipo humano decadente como es el que predomina en la sociedad actual, que se regocija de su propia cortedad de espíritu, que se vanagloria de su mediocridad, de su enanismo mental, y de eso hace una expresión cultural asimismo mediocre y cobarde. Ese tipo humano que sólo se compadece del animal, pero desprecia la mística guerrera que es una virtud del hombre que es capaz de mirar a la muerte a los ojos. Es tan anticíclico el arte del toreo con los tiempos que vivimos que es casi una reliquia de un tiempo escapado, un fósil viviente de un mundo que valoraba la verdad, la emoción y la profundidad a diferencia del que nos domina donde solo triunfa la mentira, el cinismo y la superficialidad.
En esta última faena de Morante, yo sí sentí que el torero estaba jugando a una ruleta rusa con su vida y que por un pequeño detalle del destino salió triunfador el hombre. Cuando el toro le volteó y lanzó por los aires, al llegar al albero parecía un ser acabado, sin fuerza, exánime y llegué a temer por su vida, o por una lesión fatal, como la que ya sufrió años atrás mi paisano Julio Robles. Pero como un ave fénix renació, y aturdido y limitado, empuñó los trastos para deleitarnos con unos memorables muletazos, siempre plenos de emoción, con un puntazo de pitón incluido. La lucha comenzó a decantarse para el ser dorado, héroe áureo, que empuñó la espada y formó una certera cruz entre el vertical estoque y el horizontal del lomo del animal. Luego el delirio de la multitud que supo alimentarse de la gloria y le llevó en volandas por las calles de Madrid, hasta la calle de Velázquez donde fue aclamado. Justa ovación a un hombre que se elevó sobre los demás, haciendo algo que muy pocos podemos hacer: luchar, vencer, crear belleza, y pellizcar el alma.
Muchas gracias José Antonio Morante de la Puebla. Gracias por tu arte que me ha llevado al borde de las lágrimas como pocas manifestaciones artísticas lo han hecho. Me has hecho recordar algo que estaba olvidando, y es que el placer estético que proporciona el toreo no lo consigue casi ninguna otra disciplina artística. Gracias porque me has recordado lo bello que puede ser el toreo y la necesidad de mantener este arte vivo y conservar este rescoldo de un mundo casi desaparecido y del que me niego a aceptar que tenga que morir. Gracias maestro.
