En los últimos tiempos ha sido creciente la aparición en nuestras vidas de la Inteligencia Artificial. La “IA” como la mencionamos en un hipocorístico familiar, como si la conociéramos de toda la vida. Yo no sabría decir cuando oí por primera vez hablar de ella. Tal vez con una aplicación de búsqueda de viajes y alojamientos que desarrollaba una “startup”, que argüía entre sus ventajas que aplicaba métodos de IA en su proceso de selección. Quizás fuera mucho antes, pero no reparé en ella como un concepto distinto de cualquier proceso informático ordinario.
La presencia de la IA es cada día más importante en todos los aspectos de la vida. Recientemente se publicó que unas fotografías ganadoras de un certamen artístico, no las había hecho ningún ser humano, sino que se habían realizado por la Inteligencia Artificial. No “por medio” de la IA, como suele decirse, ya que no ésta es un medio de creación, sino una fuerza eficiente, originaria, que utiliza sus propios y desconocidos medios para obtener el resultado. Luego fue la aparición del chatGPT, que es una plataforma donde una máquina nos contesta al parecer con criterios de inteligencia análogos a los humanos. No sé, carezco de conocimientos suficientes para saber la bondad o maldad de la existencia de máquinas que gozan de inteligencia propia, y sobre todo en unos tiempos que en paralelo los seres humanos hacen cada día gala de una mayor estupidez, No sé dónde va a terminar el proceso, pero sospecho que en ningún lugar saludable para los hombres. Si después de deshacernos del trabajo físico, ahora externalizamos el pensamiento y el proceso intelectual, el resultado será inevitablemente un embrutecimiento generalizado. No es casualidad en este proceso que según National Geographic el coeficiente de inteligencia humano está descendiendo por primera vez desde que comenzó a estudiarse a partir de 1930.
Reconozco que la idea de la inteligencia artificial me crea una sensación de vértigo y desasosiego. En una revista jurídica leí que ya hay quien se plantea reconocer personalidad jurídica y por tanto derechos a los entes dotados de inteligencia artificial de la llamada “dura”. No quiero imaginarme el día en el que esos entes también tengan derecho de voto. Será posiblemente después de que lo obtengan los animales, quienes ya gozan de un estatus jurídico que se acerca al humano a pasos agigantados.
En este debate se me ocurre opinar que mientras la IA se mantenga como un instrumento para facilitar la actividad del hombre puede tener una finalidad loable. No lo veo tan claro cuando ya aspira a sustituir al ser humano y mi rechazo es total cuando pienso en que puedan llegar a tener un proceso de aprendizaje en el que lleguen a tener conciencia de su propia existencia.
Me siento instalado viviendo en una película de ciencia ficción y sintiendo que cobran realidad propuestas cinematográficas que nos parecían irreales. Ya Spielberg planteó la cuestión en su película «A.I.», estrenada en el año 2001. Quizás fuera un guiño a la muy anterior extraña película de Kubrik “2001 Una Odisea en Espacio”, y su enigmático monolito y sobre todo la muerte lenta de la máquina que comprende que está muriendo al ser desenchufada. También me acuerdo de los replicantes de Blade Runner, que no son otra cosa que robots de apariencia humana, y cómo el personaje que encarnaba Rutger Hauer, entiende que tiene derecho a vivir con sus creadores contra los que se han rebelado y cómo se muestra tan humano relatando sus vivencias sobre naves en llamas más allá de Orión y Rayos C en las puertas de Tanhauser, recuerdos que con su muerte van a desaparecer como lágrimas en la lluvia.
En general, la mayoría de las personas no van tan lejos en sus juicio sobre la IA. Le parece un instrumento útil a corto plazo y no quieren plantearse las últimas consecuencias. Se quedan con la simpática Alexia complaciendo nuestros deseos más pueriles. La mayoría de la gente, en un ejercicio de ingenuidad, se niega a admitir y a pensar que las máquinas, los robots, aunque tengan forma humana como los “replicantes”, puedan dar el salto de tener conciencia de su propia existencia. Se quiere creer que eso no va a pasar, no porque no pueda ocurrir, lo que en realidad nadie lo sabe, sino porque confían en que aparecerán unos límites que con criterios éticos vamos a plantear los humanos creadores. se confía que la ciencia y la ética humana pondrá límites en un momento dado. Pero, ¿de verdad esos límites se van a respetar? Posiblemente de igual forma que nosotros, los humanos, a través de nuestros antepasados Adán y Eva, respetamos los límites que a nosotros nos impuso nuestro Creador.
La Inteligencia Artificial, en realidad a mí me produce más que un temor futuro, que también, un gran desasosiego retrospectivo. Me hace dudar de mi condición de hombre como un ser creado por Dios, lo que siempre me ha parecido más verosímil que las descabelladas ideas evolucionistas, que no dan una explicación razonable sobre quién creo a los monos y por qué unos cuantos de éstos se transmutaron en seres humanos, mientras que otros permanecieron en estado simiesco. Aunque debo reconocer que las teorías creacionistas tampoco es que me resulten totalmente satisfactorias, y es por ello por lo que prefiero guardar un prudente silencio, hijo de la ignorancia, sobre este punto. En resumen, que siempre he considerado un enigma lo qué es la creación, el entorno tridimensional en lo espacial y lineal en lo temporal en el que nos movemos y por supuesto, qué es el hombre como un ser con conciencia de sí mismo.
Y es aquí donde la IA, viene a introducir ideas extrañas en mi cabeza, que me desasosiegan. Y ello porque no puedo menos que observar un paralelismo entre la creación del hombre y la actividad de este hombre creando una nueva realidad digital, el llamado metaverso, o como quiera denominarse ese nuevo universo de creación humana. El proceso que observamos de creación de un nuevo universo dentro del nuestro y la aparición en el mismo de unos entes que poco a poco van adquiriendo potencialidades. Primero fueron pura memoria, datos y organización de datos, luego lógica, y después razonamiento deductivo. Pronto adquirirán voluntad propia, libre albedrío y después sentimientos. El instinto de supervivencia les dotará de la codicia y el egoísmo; la envidia vendrá al observar la forma en que sobreviven los otros. La diferencia con un ser humano será inapreciable.
Y este proceso es el que me hace pensar que el hombre a su vez pudiera ser una creación de otros seres, al menos de uno de ellos al que llamamos Dios, y que se entretuvo siete días en programar un mundo y colocó en él a unas criaturas o Golems que en principio sólo debían corretear por la tierra, pero que tenían capacidad de aprender y aprendieron a reproducirse ellos solos y sobre todo, como dije antes, transgredieron la norma esencial de no comer de la manzana del árbol de la ciencia. Lo hicieron y nos llegamos a convertir en seres como nuestros creadores, es decir como pequeños dioses que andando el tiempo serían capaces de crear otro universo y otro ser a su imagen y semejanza, que a falta de todavía un nombre concreto identificamos como Inteligencia Artificial.
Estas ideas, una vez pensadas son como semillas plantadas en la mente, que crecen con vida propia y es difícil apartarlas definitivamente. Incluso aunque no sean verdad, cierto grado de verosimilitud hace que se tambaleen muchas firmes creencias, y que incluso se vean con un nuevo enfoque y se reinterpreten las historias e ideas que nos llegan a través de nuestra Tradición. Desde que se me ocurrió esta posibilidad ya no puedo sino pensar en el Génesis como un proceso de programación informático en el que un Superprogramador diseñó un mundo tan perfecto que acabó teniendo vida propia, en principio con la complacencia del creador, (“… y vió que era bueno”) , pero que poco a poco comienza a tener desajustes. Primero los entes creados le salen díscolos y no respetan las normas y tienen que ser expulsados a otra pantalla, ya no tan perfecta como el inocente programa inicial, en la que las cosas se van de madre y los seres se individualizan y toman sus propias decisiones que le llevan a hacer desaparecer a sus semejantes y a codiciar el bien ajeno. También parece que hubo nuevos desajustes en lo creado, cuando parte de los creadores, algunos de los programadores (ángeles vigilantes o Grigori de los que nos habla el proscrito libro de Enoc), se encapricharon de las entidades de sexo femenino que habían creado y copularon con ellas y engendraron una raza de gigantes, los Nephilim, que perturbaron toda la creación y que provocó que se tuviera que resetear todo lo creado para hacer desaparecer a esos seres híbridos, por medio del llamado Diluvio Universal y restaurar la idea original a partir de una copia de seguridad (el Arca de Noé). Antes había intentado una reprogramación de la vida del hombre introduciendo una limitación temporal máxima de 120 años de duración (¿obsolescencia programada? ) pero no fue suficiente y se tuvo que tomar una decisión más drástica del primer gran reseteo del universo creado. Se podría seguir con esta extraña exégesis bíblica, pero renuncio a ello, por que aunque me resulta sugerente, en el fondo sólo me genera una enorme sensación de desamparo y vacío.
Tal vez sea esto así por una necesidad cíclica de volver al inicio, como un Dragón Uróboros que se muerde la cola por la eternidad creando y destruyendo mundos de manera sucesiva, unos a otros en una condena inexorable del eterno retorno y puede que como preludio de nuestra propia desaparición como seres creados.
Si todo lo que esbozo en este escrito fuera así, y ahora estuviéramos observando como se desarrolla ante nuestra vista el proceso luciferino y prometeico de creación de un nuevo universo contra la orden de nuestro Creador, seguiría sin resolver otra cuestión para la que tampoco tengo respuesta. Y es responder a la inevitable pregunta de quién ha creado a mi creador, y a su vez quién creó a éste. Quizás a esto se refería Borges cuando en su poema “Ajedrez” decía aquello de “Dios mueve al jugador, y éste la pieza, ¿Qué Dios detrás de Dios la trama empieza…?



