¡O tempora, o mores!.

      Hace unos días escuché esta alocución latina que he consignado en el título, (que conozco, no voy a negarlo, gracias a los cuentos de Asterix), en una obra de teatro de reciente estreno en Madrid: “Viejo amigo Cicerón” de Ernesto Caballero. Fue una curiosa coincidencia que unas horas antes de ello yo había escrito esa frase en el estado en el whatsapp,  lo que he percibido como una premonición que  me ha sugerido una especie de comunión mística entre algunos conciudadanos que no nos sentimos cómodos con el mundo actual y que acudimos a esta frase (O tempora, o mores!) para expresar nuestro desconcierto con la realidad que nos circunda.

   Aparece en la obra citada esa expresión (Oh tiempos, oh costumbres), recordando que fue empleada por Cicerón, en sus Catilinarias,  para referirse a la situación de Roma en tiempos de la célebre conjura de Catilina. Y realmente la expresión, que trasluce disgusto e incomprensión con los tiempos que nos han tocado vivir, es aplicable no sólo a la época de la República romana sino también a los tiempos actuales. Si en aquel momento Cicerón destapó la conjura de un caudillo populista y agitador de masas que aspiraba conseguir el poder total de Roma, como era Catilina, hoy en día nuestra frágil convivencia, está también atacada por fuertes enemigos que nos asedian y nos amenazan con imponer un poder omnímodo.

    La diferencia más relevante es que nuestro enemigo actual no es una persona concreta, sino que la conjura que nos amenaza es una conspiración total y general dirigida por brujos ocultos del poder, de una hidra que al no tener una única cabeza es casi imposible de derrotar. Pero no por ello es menos pertinente recuperar en estos momentos la figura de Marco Tulio Cicerón, como luchador por la libertad, y el ejemplo de un guerrero que utiliza como arma principal la palabra, poderosa arma que no fue bastante para conservar la vida frente al tirano. Debemos por ello agradecer a Ernesto Caballero que nos haya presentado un brillante texto teatral de reivindicación de Cicerón.

        Reconozco que fui a ver la obra por la recomendación expresa de quien me suele hacer óptimas recomendaciones sobre teatro y otras sugerencias interesantes, pero sin mirar de antemano quien era el autor. Al llegar al teatro mis expectativas aumentaron al ver que el texto era de Caballero, de quien ya había hablado en este blog en una entrada anterior. ( https://desdeelacantilado.com/2020/10/22/salida-urgente/ ) Y tras ver la obra confieso que no sufrí decepción alguna, sino todo lo contrario. La obra es literariamente, en mi humilde opinión, un prodigio de creación artística, que para en los tiempos que corren es casi un milagro, lo que me lleva a considerar que Ernesto Caballero es posiblemente el autor teatral vivo y en activo más importante del momento, y que merece un puesto de honor entre los grandes autores teatrales del teatro contemporáneo.

        

En el teatro actual parece que hay un ocultamiento de los autores, que antes eran los indiscutibles reclamos para una obra. Así ocurrió con Lope de Vega,  Lorca,  Benavente,  Jardiel, Mihura, Casona y un largo etcétera. Hoy en los carteles el nombre del autor se pone en pequeño, en forma casi vergonzante, como si más importante fuera el espectáculo, la función, o el actor que el texto. Esto me parece injusto y por ello, modestamente quiero reivindicar el nombre y el valor del autor de obras de teatro. 

      Cada escritor escribe para su tiempo, y aporta algo (o no) que sus contemporáneos quieren escuchar y sentir. Pasado un tiempo puede que ese sentimiento y discurso  no conserven la misma vigencia, y simplemente las obras caen en el olvido. Por ejemplo, el teatro de Buero Vallejo, fue muy interesante en su momento concreto para una sociedad en pleno franquismo, ávida de ver otras perspectivas de la vida distintas de las oficiales, pero hoy muchas de sus obras, sin negarles la indudable calidad literaria, han quedado ciertamente desfasadas. O todavía más claro en el caso del premio nobel Echegaray. Otras obras, sin embargo,  como “Los Intereses Creados” de Benavente o “Un enemigo del pueblo” de Ibsen, consiguen mantener el interés más allá de su momento concreto de creación. Es la diferencia entre espectáculos de consumo,  buenas obras de teatro y  las obras maestras, quedando limitadas éstas a las que consiguen trascender a su época y hacerse imperecederas.    

No me atrevo a decir en qué categoría debemos incluir “Viejo Amigo Cicerón”. Posiblemente, de momento, sólo es una buena obra de teatro, pero tiene todos los mimbres para convertirse en una obra de largo recorrido. Y ello es así porque tiene un discurso que penetra en la mente, que plantea problemas políticos, de conciencia, que revisiona y cuestiona ideas, las actualiza y las vuelve a plantear con toda su crudeza con el lenguaje de hoy, haciéndonos ser conscientes de que nuestra situación actual es claudicante frente a tentaciones totalitarias, y que nos exige no dar nada por supuesto, es decir, tener cada día que luchar por defender lo que tenemos, por poco e insuficiente que pueda parecernos.

     La obra, he leído por ahí, es un clásico sin togas, y estoy de acuerdo. Es decir nos muestra el mundo clásico visto desde una prisma actual, lo que lo hace más cercano a nuestra vida que los Marco Antonio, Julio César o Bruto de Shakespeare. Quiero con ello decir que tal vez el mismo mensaje nos llega con un lenguaje que hoy nos es cercano, y nos hace inteligibles los problemas, nos lo explica o nos lo plantea en términos que sabemos entender hoy sin demasiado esfuerzo. Pero todo ello con unos diálogos trepidantes e intensos que apenas te dejan saborear las deliciosas frases o reflexionar sobre ellas, en un ritmo teatral que maneja con maestría, por supuesto defendido por la magistral y contundente actuación de José María Pou.

    Se puede argumentar, que es una obra con “recado”, es decir que plantea las cuestiones para llegar a una conclusión que es querida por el autor, lo cual es cierto, pero eso no es una crítica a la obra, sino por el contrario un elogio. Estamos en un momento en el que no es aceptable la equidistancia y es exigible un compromiso con valores que son dignos de ser defendidos. También desde otras posiciones ideológicas tenemos derecho a percibir que alguien escribe para nosotros, que el teatro puede ser, como dijera Gabriel Celaya de la poesía, un arma cargada de futuro.

SALIDA URGENTE

    Después de muchos meses, he vuelto al teatro. No al enlatado Estudio Uno que por internet ha servido de alimento a los teatreros empedernidos como yo en los tiempos de confinamiento domiciliario, sino a un escenario real, con unos actores reales, con un público real, aunque convenientemente distanciado entre sí. Dado lo poco que me prodigo en salidas sociales y de ocio en los últimos tiempos, era esta visita a un teatro una necesidad que se estaba convirtiendo en una verdadera urgencia.

   Y si la última vez que fui al teatro, la obra me dejó un regusto amargo, que ya relaté en una entrada anterior («Juan Rana») , en esta ocasión la sensación ha sido totalmente contraria. He tenido la suerte de reencontrarme con el teatro con una obra inteligente, divertida y audaz. Un estreno englobado dentro de una propuesta teatral que han denominado sus promotores muy acertadamente como “Teatro Urgente”. Y es que es urgente recuperar el teatro y en general la cultura, pero no de cualquier manera sino generando propuestas interesantes en lo estético y también en lo ético.

     La obra  estrenada en el Teatro Galileo de Madrid, se titula  “En el lugar del otro” y son sus co-autores, Javier Gomá y Ernesto Caballero. Consiste en cuatro historias diferentes, de las que corresponden dos a cada uno de los autores citados. Si nos halláramos en el Siglo de Oro seguramente se les hubiera definido como entremeses, pero como estamos en el pedante siglo XXI, lo llamaremos propuestas.

    Las dos historias escritas por el filósofo Gomá, del que ya nos habíamos deleitado con su obra anterior “inconsolable”, son dos historias ingeniosas, pero sobre todo profundamente literarias. Es un placer escuchar sus textos, porque suponen la recuperación de la literatura para el teatro, no sólo el espectáculo, el entretenimiento y el ritmo, sino sobre todo el arte, la construcción del texto de manera cuidada y minuciosa, recuperando la más elevada utilización del idioma. Esto sobre todo se manifiesta en el texto de “Don Sandio”. Pero por supuesto el autor no puede ser ajeno a su preocupación por la ética y otras cuestiones puramente filosóficas que son su mundo, como filósofo en ejercicio. Éstas se hacen más presentes en el segundo de sus entremeses, titulado “la Sucursal”, que gira en torno al concepto de la “dignidad” como exigencia ética de todo ser humano para poder vivir, más allá de los condicionamientos económicos. Y sobre todo la necesidad de superar las apariencias a la hora de juzgar a las personas, puesto que quien a priori parece más superficial puede resultar finalmente tener más dignidad que aquel que se presenta en sociedad como un  Diógenes de pacotilla. Nos invita el autor a desconfiar de quienes desde una superioridad ética nos dan lecciones de conducta moral, y lo desenmascara haciéndonos descubrir que el supuesto referente moral no es más que un fariseo contemporáneo que puede vivir así no por virtud, sino gracias a una subvención del Estado y a costa de todos.

    Pero si las historias de Gomá son intelectuales y literarias, las dos propuestas de Ernesto Caballero, son de una audacia y crítica de la realidad actual poco frecuentes. Plantea problemas nucleares de la sociedad en la que vivimos, como son la soberbia de la juventud despótica e intolerante con unos padres y en general un entorno que le han facilitado todo, o la nueva moralidad que impone una censura implacable que evita el dialogo intelectual sustituyéndolo por dogmas y consignas. Todo esto está en la historia denominada “Que venga Miller”, siendo éste un supuesto intelectual heterodoxo al que se le niega asistir a dar una conferencia en la universidad porque no es del agrado de toda la élite instalada y dominante. Pero la crítica es más furibunda todavía en la última de las historias (“El reverendo Dogson”) donde se describe el fanatismo de nuestra actual sociedad en general para todo aquello que se aparte de su canon y en especial para observar tiempos pasados a los que se juzga retrospectivamente con nuestras deformaciones mentales sin ni siquiera comprender que otros vivieron antes que nosotros con otras perspectivas y valores, y posiblemente con mayor inocencia e ingenuidad. Y todo ello lleva a no comprender al diferente, sea de otro tiempo o de otro espacio, al cual sólo se le puede observar y juzgar desde la atalaya de los empoderamientos ensoberbecidos de una sociedad fanatizada, que se niega a admitir algo que no sean sus propios puntos de vista. Denuncia con mucho  fundamento la implantación de un nuevo puritanismo y un nuevo decoro que es la antesala de la censura y la intolerancia.

       Gracias Gomá, gracias Caballero, gracias a la directora y a todo el elenco de la obra. Esperamos con expectación nuevos textos y nuevas propuestas, quiero decir entremeses, tan interesantes, tan valientes, tan literarias y tan poco frecuentes en la escena española.