Otoño, «El Buen Lugar» para la poesía.

(POETICA I)

  Ha regresado el otoño. Ese periodo de tiempo en que el año  se equipara con mi propia vida. Y como cada año, retorna la sensación de que he perdido parte de mi tiempo en el pasado verano, y en la anterior primavera. Que se aproxima otro fin de año sin grandes avances vitales. Desperdiciar el tiempo es la última y quizás única razón de vivir. Y ello porque no sé en qué consiste aprovechar el tiempo o perderlo. Quiero decir que todo tiempo se pierde, siempre, en todo momento y esta es la única realidad. Lo de tener la sensación de haberlo aprovechado o utilizado correctamente o no, es ya algo puramente subjetivo. Es algo que pertenece al mundo de la utilidad, de la productividad y de la vanidad. O quizás ni eso, al resbaladizo mundo de la conciencia y la autosatisfacción.

    Lo cierto es que el otoño, enciende en mí, la ardorosa necesidad de la poesía, de leerla, de escribirla, casi diría de respirarla. No sé cuál es la razón de ello, quizás ese clima que cada año retorna a pesar de los fanáticos de la secta apocalíptica que se han alzado con casi todos los resortes del poder. El otoño trae días más cortos y noches más largas, y la progresiva huida de la luz desata un sentido de melancolía crepuscular que me lleva a transitar por  los versos y las metáforas.

      Este año no ha sido una excepción, pero con una especialidad respecto de otros años y es que en el verano recién terminado he leído un libro escrito por un poeta, el cual leído a su vez por otro poeta, o que al menos pretende serlo, ha reactivado algunas de las preguntas e inquietudes que todo escritor que se toma en serio su creación se plantea. Es muy fácil hablar de poesía, y algo menos escribirla, pero lo verdaderamente difícil es saber qué es la poesía.

      Y el libro al que me refiero es la reciente publicación de la obra “El Buen Lugar” del poeta extremeño Basilio Sánchez, donde recoge una y mil expresiones de lo que, para él, gran poeta, significa la poesía. Ofrece en su obra una catarata de pensamientos ante los que te tienes que detener exánime, desmayado, con la imperiosa necesidad de parar un momento la vida para paladearlo, para intentar comprenderlo. Y es así que encuentro, salvando todas las comparaciones que humildemente asumo, una afinidad de planteamiento sobre lo que es la poesía, o lo que puede o debe ser. Me resulta ciertamente revelador ver expresadas muchas cosas que a mí me resultarían difíciles de explicar. Y es por ello un libro extraordinario, de lectura atenta y relectura pausada. No puedo menos que compartir con él la vocación de vivir la poesía como una necesidad metafísica e inexplicable.

        Comparto esta sensación de encontrar una necesidad de trascendencia de la poesía, de una rara inquietud que te lleva a caminar por territorios resbaladizos, entre la realidad de las palabras y la irrealidad de algún territorio todavía por descubrir. Dice en algún momento Basilio Sánchez, que no es posible definir la poesía, de la misma manera que no se puede definir la vida, la muerte o el amor. Y citando a Pedro Salinas nos indica que la poesía es la experiencia profunda del misterio, de lo inexplicable.

     Pese a que afirma que no se puede definir la poesía, hay que reconocer que el autor lo intenta, pero de una manera poética, es decir utilizando el símbolo, la metáfora, la propia poesía con que desarrolla sus meditaciones. Y reconozco que  casi siempre me valen estas aproximaciones, aunque no siempre, ya que muchas veces a lo largo de mi vida he intentado encorsetar en una definición lo que es la poesía, sin tener que acudir al lenguaje poético.

      Y es que, este libro que comento, ha reavivado una vieja inquietud, que por periodos mantengo adormecida y que rebrota periódicamente como una comezón crónica en el alma que a veces se apacigua y otras estalla. Escribo poesía desde que tengo uso de razón, y debo reconocer con humildad, que desconozco realmente lo qué es la poesía. Seguramente cada persona que escribe poesía tiene algún motivo o alguna explicación de por qué lo hace. Creo que en mí es una búsqueda de una transcendencia que de otro modo se me niega, es quizás una ansiedad antropológica ante las limitaciones físicas, temporales, anímicas o espirituales que nos plantea la vida y que soñamos como no existentes en algún estado superior del hombre.

      Resultaría un poco cómico perder parte de las horas de una vida sentado ante un folio en blanco buscando palabras que quieran encadenarse en la forma adecuada, si esto no fuera el modo de satisfacer una necesidad íntima de trascender. Y no me refiero a una trascendencia vanidosa de todo creador como reconocimiento mundano, sino a la necesidad profunda de elevarse por un rato por encima de una realidad limitada y frustrante, como lo es la realidad del hombre.

     Para mí, el hombre ha inventado la poesía como un intento de regresar a un paraíso perdido. El estado poético es algo así como un estado adánico, donde el hombre vive en un estado de perfección, con un lenguaje asimismo perfecto, donde todo está ordenado y se es feliz de una manera plena. El poeta es un hombre que a su modo, es decir usando el lenguaje, rememora una pérdida difusa y comprende a su manera que hemos sido expulsados del Paraíso. Así la poesía se torna búsqueda, lamento, pérdida, queja e insatisfacción. La poesía es una reminiscencia del lenguaje que se hablaba en el paraíso perdido y cada poeta intenta encontrar, casi diría recordar, aquellas palabras, aquella música, aquel amor.

   Soy consciente que caigo en el error que hace un momento pretendía criticar, y es que doy una definición de la poesía puramente poética, incurriendo en una tautología como es explicar la poesía con un poema o lenguaje poético que encripta lo definido. Reconozco mi fracaso, ya que en estas líneas que escribo hoy me planteaba hacer una definición más prosaica de la poesía, es decir algo más cartesiano, menos impenetrable. Pero estamos en otoño y todos mis intentos por centrarme en una definición técnica de la poesía han fracasado.

    No obstante voy a tirar la piedra, sin esconder la mano, y voy a dejar aquí escrita la definición que de la poesía me atreví a plantear hace algún tiempo y sobre la que prometo volver en este blog el día que me encuentre más terrenal, quizás para la próxima primavera.

      Como adelanto diré que un poema, que es la cristalización de la poesía en lo concreto, para mí, tiene que tener siempre y en todo caso un contenido, una razón, una búsqueda, un sentido, que a mí me gusta definir como una “verdad”. Y también tiene que tener una forma concreta que se elabora con la materia del lenguaje, pero siempre con una cadencia, una sonoridad, una musicalidad, un ritmo. Alma y cuerpo, fondo y forma. Con todo ello yo he definido de manera no académica, puramente personal y que no me atrevería a defender ante nadie, pero que a mí me sirve. Poesía es para mí, la expresión de palabras que guardan, encierran, revelan o atesoran una verdad, grande o pequeña, enunciada con el ritmo de la música del Universo.