Regreso a este refugio mío en el Acantilado, abrumado por la realidad y buscando un modo de evasión con la escritura. El paisaje que me circunda en mi país es desolador y descorazonador, todo parece arrasado por la mediocridad, la codicia y la corrupción. Y esto hace que me sienta como un ser doliente y desacompasado, que se atreve a mirar de soslayo el entorno, buscando refugio de la ansiedad en el recogimiento y en el silencio. Pero me acuso de llevar demasiado tiempo silenciando este blog, casi bordeando los límites del olvido. No encuentro la clave para adentrarme en él. A veces demasiado excitado por la rabiosa actualidad, me invita a volcar un torrente de improperios y desacatos al buen gusto, que inmediatamente reprimo. Otras veces la duda, de si no será una simple pérdida de tiempo, que siempre es una buena excusa para la alimentar la desidia. Busco encontrar el tono correcto. Busco un equilibrio que no consigo alcanzar y el resultado es el prolongado silencio.
Con la llegada de la pausa obligada que impone en Madrid el severo calor del mes de agosto, hago propósito de regresar a mi Acantilado, de contar algo, lo que sea, siempre que ello me reporte un poco de satisfacción. No quiero rendirme a la sensación de que no tengo nada interesante que decir, incluso aunque fuera cierto. Y sobre todo, como ya dije antes, busco refugio en la frescura que para el alma procura la literatura. Demasiado pensamiento recalienta las neuronas y acentúa los sudores. Decididamente es muy difícil filosofar bajo un sol de justicia. La hora de la siesta invita más bien a la molicie que procura el adentrarse en mundos ajenos, esto es a la lectura de un buen libro de narrativa. Por ello, con cuidado aparto de mi cercanía los ensayos o los tratados políticos y sociales y busco aquello que la lectura puede aportarme de serenidad personal y también alimento para el espíritu. Me lanzo a la lectura de una buena novela.
Desde luego que también busco un aliado contra los sofocos veraniegos en la escritura, sobre todo en la poesía, y ello incluso cuando no escribo demasiado últimamente. Ello no impide que incluso en la duermevela de la siesta ejerza de poeta. Tengo entre mis manos un libro del que solo he leído tres páginas pero ya me ha cautivado (y sobre el que seguramente volveré), en el que leo que la poesía es una actitud ante la existencia, un estado de continua disponibilidad y atención silenciosa. No puedo estar más de acuerdo.
Si refugio busco en la literatura, en el arte de la palabra, no sólo lo hago cultivando la actitud poética sino también y sobre todo, como he dicho, con la lectura de ficción, de narrativa, que reconozco que en los últimos años la tengo un poco relegada. Y aquí he tenido la suerte de encontrarme en el camino con una novela excepcional, que me ha reconciliado con el género. Me estoy refiriendo a “Flor de Avispa” de Miguel de los Santos, publicado por “Pie de Página.
Para los que, además de una edad cierta, tenemos ya una cierta edad (curiosa expresión, que connota ya la cercanía a la ancianidad), Miguel de los Santos fue un referente del periodismo televisivo. Realmente no tenía noticias suyas desde hace mucho tiempo, y tampoco lo tenía considerado como un referente literario. Más bien he desconfiado de los periodistas famosos que escriben novelas, que son legión. Y tal vez sea injusto, pero siempre me han parecido más bien productos de marketing literario, más que buena literatura. A pesar de todas estas reticencias, este libro me decidí a comprarlo en la última feria del libro de Madrid, quizás por su llamativa portada, quizás por la recomendación personal de su editor, Álvaro Martín, a quien le debo gratitud y aprecio en partes iguales. Sea cual fuere el motivo, no puedo menos que congratularme con esta adquisición.
La novela “Flor de Avispa” es de una frescura sorprendente si se considera que su autor tiene ochenta y nueve años. Es amena y a ratos hasta divertida. Está inspirada al parecer, en la vida del sacerdote, poeta y revolucionario Ernesto Cardenal, aunque en lo que creo una inspiración más evocadora que estrictamente biográfica. Y realmente, esta referencia no creo que sea un aliciente especial para quienes, como yo, no somos precisamente unos admiradores de la teología de la liberación. Tampoco es que sea un enamorado de su poesía, que sólo conozco parcialmente (si soy sincero sólo conocía un poema-oración dedicado a la muerte de Marilyn Monroe, que no me entusiasma). Y en cuanto su vida, prefiero quedarme con la última parte, en la que reniega del resultado en el que ha terminado la dictadura de Daniel Ortega, que tan activamente apoyó.
La novela “Flor de Avispa” la coprotagonizan un sacerdote, -como Cardenal-, y su hijo adoptivo, que es un ser de una inocencia e ingenuidad salvífica. Relata con agilidad y cierto desasosiego la peripecia de una redención por un mal causado, de una búsqueda del sentido de la vida, y no hallándolo en la ambición material, ni en la vida política, ni en la lucha social, sino en la vida simple y sencilla y en el puro amor, que no es un amor carnal, sino una pura entrega. Nos propone que la salvación personal para los seres perdidos, los deshechos de la sociedad, está en la vida interior simple, alejada de casi todo lo material superfluo, que se representa en una comunidad perdida en un rincón de Nicaragua, donde seres olvidados y preteridos son capaces de conseguir que fructifique una planta sin flor, pero que da un fruto de amor y felicidad verdadera. Frente a esta comunidad de seres felices y extraños, se exhibe una llamativa flor, la que da título al libro, que es la vistosa “Flor de Avispa” (o hibisco), que es la que da nombre a un burdel, y que es la antítesis de todo lo anterior: lujuria, materialismo, violencia, corrupción y en suma destrucción del hombre que queda atrapado por los oropeles de esa deslumbrante trampa visual. Y que se propone corromper la inocencia y utilizarla para sus espurios fines.
La obra es, a mi juicio, profundamente religiosa, y reivindicativa de una religiosidad interior. Sugiere un cristianismo personal, alejado quizás de la jerarquía, aunque no opuesta a ella, pero también alejado de lo que parecería que podía ser lo dominante en ese entorno vital concreto, la reivindicación de la lucha social. Pese a que está ambientada en ese tiempo y lugar donde floreció la misa campesina, y aquel credo que nos llegó a nosotros de la mano de Carlos Mejía Godoy y Elsa Baeza, en la que se reivindica un Cristo obrero que resucita en “cada brazo que se alza para defender al pueblo del dominio explotador.” Sin embargo, el cura protagonista de la novela no es un luchador contra la opresión y la lucha de clases, no es un revolucionario, sino que lo que afronta es una lucha interior. Casi diría que antes que revelarse contra la injusticia, pone la otra mejilla, asume con mansedumbre su destino. Muy poco apropiado para la combativa teología de la liberación.
Además la novela es también en gran medida una novela política y profundamente crítica con las dictaduras represivas, sean del signo que sean y por ello, también con las utopías liberadoras que nos ha propuesto el marxismo en el siglo XX, y todavía ahora. En cierto modo recuerda a la “Rebelión en la Granja” (animal farm) de Orwell, cuando los ilusionados animales se rebelan buscando justicia contra la tiranía del granjero y solo consiguen una dictadura peor, sustituyendo a los hombres por los cerdos en el poder. Algo parecido ha ocurrido en la realidad en Nicaragua, con la destitución del tirano Anastasio Somoza, y la colocación en su lugar del despiadado Daniel Ortega y su señora la poetisa Rosario Murillo. En “Flor de Avispa” se muestra de manera patente este enorme desengaño político, que sí parece que sufrió al final de su vida Ernesto Cardenal, como también Sergio Ramírez. Esta desilusión la encarna en la novela, y por qué no decirlo, también en la realidad, como un potente símbolo omnipresente, el terrorífico penal ”El Chipote” de Managua, donde torturaba Somoza y que los sandinistas mantuvieron intacto y todavía hoy, después de cincuenta años de la caída de aquel dictador bananero, sigue activo y en plena actividad.
Las vistosa flor de avispa es como aquellos ideales que atraen a los hombres, al modo que la flor atrae a los insectos, los seduce y deslumbra, y los utiliza para sus propios fines. Muchos hombres quedan para siempre atrapados en esa vistosidad, o lo están hasta que descubren que no hay nada consistente detrás, sino la lucha por el poder, y que han sido un instrumento útil para encumbrar a otros. Metáfora que encierra una interesante moraleja, conforme a la cual conviene desconfiar de casi todo, incluso de aquello que se nos presenta como una solución milagrosa a nuestros problemas y nos promete un paraíso de libertad. Utilizando la frase hecha con otro país centroamericano, es como salir de Guatemala, para ir a “Guatepeor”. En suma, y sin ánimo de destripar el final, que no deja de ser sorprendente, es para mí una muy recomendable novela.
