Languidece el verano. Septiembre, en este año de 2024, ha llegado como lo hace todos los años, es decir cuando termina agosto. Y como todos los años, el vendimiario nos trae la llegada del otoño, el equinoccio, el atardecer del año.
Gracias a Dios todavía hay cosas como estas en las que podemos confiar. Por debajo de la mutabilidad de los avatares atmosféricos, de la temperatura y de las lluvias, que cada año se presentan de manera caprichosa y diferente, hay una inmutabilidad casi geométrica de la astronomía. Los días son más cortos y las noches más largas, la inclinación del sol hace languidecer los días y alargarse las sombras. Las constelaciones acuden a su parcela de cielo con una disciplina y puntualidad suiza, con la misma parsimonia de todos los años, Capricornio, Escorpión, Sagitario se pasean por el horizonte. Gracias a Dios que hay algo permanece inmutable, como si fuera el esqueleto que sustenta la realidad, y a ello podemos asirnos para navegar entre tantas mutaciones y cambios que nos empeñamos los hombres en imponer de manera obsesiva en nuestras vidas.
Resulta una tragedia que nos tengamos que refugiar en lo obvio para poder mantener la cordura, que tengamos que asirnos a la realidad de la luna llena iluminando la noche cada veintiocho días, a confiar en la tenacidad de las mareas y en la volubilidad de los vientos. La naturaleza se nos ha quedado como lo único en lo que ya podemos creer, en la soga a la que nos aferramos, como una verdad absoluta, para no caer en el precipicio de la locura y en la tiranía de la relatividad. Es la naturaleza el último resorte de la realidad. Fuera de esto todo es variable y mudable, nada perdura. Es el reino de la subjetividad, donde todo es relativo, cambiante y opinable.
Pero lo más reconfortante es que pese a todo, pese a toda la insistencia por acelerar los procesos de nuestras vidas y de nuestra historia, el tiempo sigue siendo el mismo. La Naturaleza sigue su ritmo inmutable, aunque los acontecimientos humanos se hayan despegado de ese ritmo natural. Ya lo decía el sabio refranero español, no por mucho madrugar amanece más temprano. Sigue amaneciendo cuando tiene que amanecer, aunque corramos desaforados para conseguir todos nuestros objetivos vitales y nos veamos en los atolladeros diarios de los horarios, los atascos y las ansiedades. Los días son todos iguales pese a que los atiborremos de contenidos.
Una de las patologías de esta civilización que tenemos, es la aceleración de la vida, la obsesión por la rapidez y la inmediatez de todo. El mundo moderno adora la rapidez, la velocidad, la impaciencia. No es casualidad que el mito olímpico de la modernidad, tenga el prometeico lema de «Citius, Altius, Fortius», es decir más rápido, más alto, más fuerte.
Recientemente he leído un elogio encendido de la lentitud. Se trata de un ensayo de un autor francés, Laurent Vidal, titulado precisamente así “Los Lentos”. El autor sostiene que precisamente el mundo moderno se ha cimentado en una continua aceleración y obsesión por la velocidad, lo que comparto sin discusión. Así como que este mundo ha ido dejando de lado a los que considera lentos, premiando y fomentando a los rápidos, los resolutivos y los irreflexivos. Esto significa que durante los siglos que ya llevamos de modernidad se ha relegado a los metódicos, a los concienzudos y premiosos. Simplemente no encajan en el sistema productivo, que ha encumbrado la rapidez de la producción como un símbolo de progreso y eficacia social y desde luego como la fuerza motriz del capitalismo.
Interesante planteamiento que desvela que el mundo moderno y capitalista de Occidente sería impensable sin la aceleración como patrón rítmico de la vida. No comparto sin embargo lo que este autor francés considera como origen de la aceleración del mundo moderno, que para él surge de la asociación que hizo en su día el cristianismo de los conceptos de lentitud con pereza, y por tanto considerar a la primera como un pecado capital. No me parece acertada esa causa porque esto supondría que serían acelerados por igual todos los países de origen cristiano tanto católicos como protestantes y esto ya no lo comparto. En mi opinión la aceleración es fruto del capitalismo industrial, o si se prefiere alterar los términos el capitalismo industrial es fruto de la aceleración, ya que se retroalimentan uno y otro. Sea como fuere desde que comienza ese proceso de modernidad van de la mano la velocidad, el capitalismo, la producción en masa, la generalización de la maquinización, la necesidad de llegar antes y como consecuencia de ellos los automóviles y aviones cada vez más rápidos. Y se hace circular todo, tanto el dinero, como la información, las mercancías, e incluso las enfermedades y epidemias por cualquier confín del planeta a una velocidad de vértigo. Pero en mi opinión esa aceleración se muestra de manera más intensa en los países de origen protestante, y tiene su origen y desarrollo en esa ambición de enriquecimiento rápido y acumulación de riquezas que deriva de la ética protestante y calvinista, como ya demostrara Max Weber. Esta y no otra es la verdadera raíz del ritmo demoníaco y desquiciado del mundo moderno.
Sea cual sea su origen, la obsesión por la velocidad hoy afecta a casi todos por igual a los llamados países occidentales. Y en todos ellos los individuos considerados lentos, siguen siendo discriminados por su parsimonia vital que no se acomoda al ritmo frenético de la vida moderna. Y por extensión algo parecido ocurre con los pueblos que, por decisión, por historia o por clima deciden vivir a un ritmo más pausado, más lento o más contemplativo. Enseguida aparecen los supremacistas de la acción para considerar a esos pueblos o gentes más lentos en su vivir, como vagos o gandules, cuando quizás no hacen otra cosa que mostrarnos la forma en que deberíamos vivir los demás. Pero esos sambenitos son difíciles de quitar, y si no que se lo digan a los andaluces y en general a los españoles y también a algunos pueblos de Centroamérica, que tienen que cargar con esos tópicos creados por los muy atareados y atolondrados hombres modernos.
Y es que la lentitud siempre es relativa, depende de con qué se compare. Aunque vayamos por la carretera a ochenta kilómetros por hora, que es una velocidad enorme, siempre parecemos lentos a los ojos de los velocísimos conductores que nos adelantan con desprecio. Pero sobre todo, a mi juicio, la lentitud debe de ser liberada de todos los adjetivos peyorativos que suelen acompañarla y que no son sino una campaña de difamación de los fanáticos de la velocidad. Lentitud no es desidia, ni vaguería, ni pereza, ni indolencia. Por el contrario, lentitud es reflexión, trabajo concienzudo, contemplación y armonía con los ritmos de la naturaleza.
La poesía es lentitud. Es contemplación. El arte todo, si es verdadero arte, es lento. Es un acomodo a los ritmos naturales del universo, que no son lentos ni rápidos, simplemente son los que son. Pero que, hay que reconocerlo, muchas veces nos impacientan.
La lentitud agranda los espacios, ya que si los recorremos más despacio se hacen más extensos y precisos. La velocidad por el contrario encoge la geografía, la ignora al atravesarla sin reparar en los detalles, solamente como un trámite que hay que cumplir para llegar cuanto antes al destino. Y lo mismo ocurre con el tiempo, quien recorre con lentitud las horas las saborea, puede recrearse en los detalles, puede detenerse en las sensaciones de cada momento. Quien vive deprisa puede hacer muchas cosas, pero la mayoría sin reparar en ellas, de manera distraída y mecánica. La lentitud suprime el aburrimiento, que llega cuando no hay nada que hacer por haberlo hecho todo demasiado rápido.
La moraleja de todo lo anterior, no puede ser otra que una recuperación de la consciencia en la vida diaria, una llamada a la calma y a la acomodación de nuestro actuar a los ritmos naturales, a las estaciones, y a la relajación de la acción y a huir de la hiperactividad, aunque ello suponga que tenemos que renunciar a parte de los objetivos que nos proponemos y que su obtención implica un sobreesfuerzo de aceleración. En resumen, un caminar a ritmo lento y reflexivo, en la búsqueda de la paz interior y de la vida simple. Propongo modificar el lema olímpico, conocido de Citius, Altius, Fortius, por el de «tardius, patientius, sapientior», que podría traducirse por «Más despacio, más paciente, más sabio»
