De vez en cuando, la vida te regala una sorpresa. Hay libros buenos, malos e indiferentes. La mayoría no aportan nada o apenas nada. Pasan por nuestra vida sin pena ni gloria. Pero algunos, muy pocos, por el contrario, llegan como una pequeña revelación casi mística, que te llevan, se lo propongan o no, a adentrarte en ese bosque interior en el de que tanto en tanto aparece uno de los claros que perseguía en el bosque la gran María Zambrano. O que te hacen despertar con la luz de la aurora.
Y hasta mis manos y mis ojos ha llegado uno de esos pocos libros elegidos. Y no se trata de un prosaico manual de autoayuda o de una guía espiritual al uso, sino de un libro que aunque está escrito en prosa, todo lo que aporta lo hace de la mano de la poesía. De la poesía que rezuma y emborracha cada página, cada reflexión que aprovecha la excusa de aparentar ser un libro de viajes, para revelar que es mucho más que eso, que ha sido escrito por un poeta, que no puede evitar serlo, y que ni siquiera lo intenta.
Toda la vida he dudado si era posible escribir poesía en prosa. Me parecía una contradicción en los términos hasta que he leído esta obra. Ahora lo comprendo perfectamente y la recordaré cuando quiera encontrar un ejemplo de lo que significa la expresión “prosa poética”.
El libro al que me refiero, y que seguramente ya se habrá averiguado con el título de esta entrada, es “La aurora cuando surge” de Manuel Astur (Acantilado, 2022). https://www.acantilado.es/catalogo/la-aurora-cuando-surge/

No estoy muy atento a las novedades de los escritores contemporáneos, porque hay tanta y tanta oferta, que es difícil leer todo lo que se ofrece en el mercado editorial y la mayoría no es precisamente de gran calidad o es simplemente literatura de consumo. Y no es porque no estén muchos de ellos bien escritos y sean literariamente correctos o incluso buenos. Es que no hay tiempo para perder en determinadas cosas, aunque sean buenas. Comparto con el autor de esta obra a la que me refiero la sensación de estar perdiendo el tiempo cuando uno está leyendo, y diría que hasta disfrutando, una novela, incluso cuando son buenas. Por eso me ha parecido como escrito para mí cuando en esta obra Manuel Astur escribe: “Quiero libros que, como la poesía, no me saquen de mi realidad, sino que me metan todavía más en ella … libros como compañeros de viaje…. Libros que sean como miradores desde los que ver el paisaje de la existencia.”
Esa es la clave, que los libros, sean de lo que sean, que no se caractericen por ser aquello que se denomina como literatura de evasión, es decir que distraen, que te entretienen y te tienen preso en unas historias ajenas, que lo único que hacen es desconectarte de la realidad. Por el contrario, los buenos libros son los que te conectan más con la realidad, como dice Astur, te metan todavía más en ella. Y los libros más indicados para ello, son precisamente los de poesía, al menos esa poesía que tiene por objetivo el de no ser un mero placer estético, sino de nutrir las raíces que se entierran en la materia para servir de alimento al pensamiento y al corazón.
Me viene a la memoria las cartas de Séneca donde el cordobés le recomienda a Lucilio que no lea en exceso, sino que lea lo justo, ya que las lecturas desordenadas son un ejemplo de la inconsistencia y desorden intelectual. Y es precisamente este autor estoico quien está casi diríamos obsesionado por no perder el tiempo, dada la brevedad de la vida. Y si no hay que perder el tiempo en lecturas incorrectas, todavía menos en espectáculos groseros y disolventes que son los en su mayoría se nos ofrecen como menú de evasión cotidiana.
Casualmente esta entrada estaba pensada casi como un exabrupto para denigrar el chabacano y ofensivo espectáculo con el que París ha inaugurado sus juegos olímpicos, y cuya visión abandoné después de unos minutos para sustituirlos por la lectura de la obra a la que me refiero. Fue como pasar del infierno al paraíso. De un estercolero a un jardín de cerezos en flor. Y por ello no quiero embadurnar con más basura la realidad y dejar en el olvido aquello y recordar y alabar allí donde se muestra la belleza y donde he encontrado el verdadero placer de emplear mis ojos para arañar la costra de la realidad en la búsqueda de lo que debe permanecer en el interior y oculto.
“La aurora cuando surge”, es desde la primera hasta la última página una delicia de reconciliación con la literatura, con la poesía, con el sentimiento. Porque aporta inquietud, frases bellísimas que sólo un gran poeta puede escribir y conmueve y emociona en todo momento. Y es en particular conmovedor y emocionante la palpitante presencia a lo largo de todo el libro de la memoria de su padre recientemente fallecido, que acompaña al autor por todo su periplo mochilero por Italia, demostrando que uno se puede ir muy lejos pero siempre nos acompañan nuestras raíces como una fuerza querida que se hace presente y nos conecta con nuestro centro, con nuestra esencia, con lo verdaderamente importante de nuestra vida. No hay página que no encierre un pequeño pellizco de los que te dejan pensando, sintiendo o soñando. Utilizando una vez más sus palabras, con esta obra “nos hemos asomado a lo eterno y lo eterno se ha asomado a nosotros”.
Manuel Astur nos ofrece una joya como “La aurora cuando surge”, y ante ello no cabe otra consideración que darle las gracias por permitirnos disfrutar de ella. Y ello me lleva a considerar que no todos los días tenemos la suerte de que surja la aurora. Casi siempre estamos en una terrible oscuridad permanente, y es esa precisamente nuestra esperanza, nuestro sueño, que alguna mañana, alguna tarde, con la lectura de una obra como esta, como un destello de iluminación, surja la aurora.
